1122

 

Extramuros del barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

10 de enero de 2009

 

ZOE – Son mis ojos, ¿verdad?

Christian apartó la mirada, avergonzado, consciente que llevaba un tiempo mirándola de reojo con todo descaro. Creía que no se había dado cuenta.

CHRISTIAN – Lo siento.

La pequeña de la cinta violeta en la muñeca con aquella fea cicatriz en forma de media luna agachó la mirada, apesadumbrada. Christian paró en seco su avance y ella le imitó, pero con la cabeza ladeada en dirección opuesta, impidiéndole ver sus ojos, algo más brillantes de lo habitual.

CHRISTIAN – Lo siento, Zoe. Supongo que… tendré que acostumbrarme. Es…

ZOE – No. No pasa nada, Chris. No es tu culpa.

Al ex presidiario se le hizo un nudo en el estómago al escuchar cómo le temblaba la voz a su amiga.

ZOE – Es cosa mía, pero…

Zoe sorbió los mocos.

ZOE – Además, me molesta mucho tanta luz. Es… muy…

Christian frunció el ceño. Echó un vistazo al cielo, completamente encapotado. Hacía algo más de una hora que había dejado de llover, pero era un día bastante oscuro.

CHRISTIAN – ¿Tanta luz?

ZOE – No sé… Me pican los ojos. Me escuecen. Es como… como si tuviese que… Bah, da igual.

El ex presidiario suspiró, sin saber muy bien cómo tranquilizarla. Ese no era uno de sus fuertes.

Ambos se mantuvieron en silencio el corto trayecto que les separaba de la obra inacabada. No habían encontrado el más mínimo atisbo de hostilidad por el camino. Entraron con cautela y cerraron tras de sí, perfectamente conscientes que estaban incurriendo en una actitud abiertamente temeraria e indisciplinada. A ninguno de los dos parecía importarle lo más mínimo. Christian se sentía en deuda con Zoe porque le había mentido: no había vuelto a visitar a Morgan ni una sola vez desde que ambos abandonaran el solar hacía cuatro largos días. Zoe, por su parte, sentía la imperiosa obligación de cuidar del policía, pese a que éste había estado a punto de enviarla al otro lado de la vida.

Christian invitó a Zoe a quedarse donde estaba y se acercó con paso dubitativo hacia la caseta de obra donde presumiblemente seguiría encerrado Morgan. No hizo falta siquiera que llegase hasta ahí para averiguar que, en efecto, el policía seguía dentro.

Los gritos y los golpes iracundos de Morgan desde el otro lado de los barrotes de la ventana desde la que había visto al ex presidiario dejaron a éste mucho más tranquilo. De haber llegado y encontrado al policía muerto de inanición se hubiese sentido fatal. Pese a que sabía que no era más que un infectado, como cualquier otro de los que deambulaban por la isla, no podía evitar ese tipo de reflexiones. No en vano, si él seguía con vida era gracias a Morgan. De lo contrario, ahora sería un cadáver huesudo y reseco metido aún en aquella pequeña celda en la prisión Kéle.

Morgan llevaba demasiado tiempo a solas, esforzándose en vano por encontrar el modo de salir de ahí. No era la primera vez que pasaba por algo parecido desde que perdió la condición de humano como tal, pero esta nueva etapa le estaba resultando mucho más angustiante que la primera, de la que se libró por mero azar. El modo cómo sacudía los barrotes desesperadamente hizo que Christian temiera que acabase arrancándolos, pese a que tal idea resultaba ridícula. Eran demasiado fuertes y firmes. Morgan estaba increíblemente exaltado.

El ex presidiario trató de calmarlo, hablándole, pero ello no hizo si no aumentar más su estado de excitación. Acabó dándose por vencido al poco, mientras Zoe les observaba a ambos desde una distancia prudencial, donde Christian la había hecho quedarse, aún sujetando aquella pesada bolsa llena de alimento para el policía. Christian volvió con ella, negando con la cabeza. Podrían echarle la comida entre los barrotes sin demasiada dificultad, pero en ese estado, ofrecerle algo que beber, sin que se lo echase todo encima, resultaba inverosímil. El ex presidiario empezó a arrepentirse de haber venido, y más aún de haber traído consigo a Zoe.

CHRISTIAN – No hay manera. Está demasiado nervioso.

Ambos miraron hacia la caseta de obra. Morgan se había calmado, y pese a que le veían deambular inquieto de un extremo al otro de la pequeña sala, ya no gritaba ni agredía el mobiliario.

ZOE – Déjame acercarme a mi. Quizá…

CHRISTIAN – ¿Pero qué más da? A la que nos acerquemos cualquiera de los dos, se va a poner igual. ¿No lo has visto?

ZOE – Déjame intentarlo al menos…

Christian alzó ambos hombros, mostrando su indiferencia al respecto. Sujetó la bolsa que le ofrecía la niña y vio cómo ésta se acercaba a la caseta de obra, a paso más ligero que el suyo. El ex presidiario frunció ligeramente el ceño al comprobar que Morgan la estaba mirando desde el otro lado de los barrotes, pero que no mostraba signo alguno de hostilidad, a diferencia de cómo se había comportado con él. La pequeña se giró hacia el ex presidiario, con una expresión de asombro en el rostro, y Christian se rascó la cicatriz en forma de ele que tenía sobre la oreja izquierda.

Zoe llegó hasta la caseta sin haber conseguido despertar la ira del policía. Éste se acercó a los barrotes y posó su mano derecha sobre uno de ellos. El estado de su piel y sobre todo el de sus uñas hizo que Zoe sintiera un nudo en el estómago.

ZOE – Hola, Morgan.

El infectado ladeó ligeramente la cabeza y emitió un corto sonido con la garganta, parecido al ronroneo de un gato. Zoe se giró de nuevo hacia Christian, tratando de corroborar que no eran imaginaciones suyas. Morgan parecía estar ignorándola a voluntad, pero era perfectamente consciente que la niña estaba ahí, porque la estaba escrutando con la mirada, a un escaso metro de distancia. Nada de eso albergaba el menor sentido para él.

Christian sintió la necesidad de gritarle a Zoe que se apartase cuando ésta acercó su brazo a la ventana y acarició la alborotada y entrecana barba del policía. El ex presidiario no daba crédito a lo que veían sus ojos. Morgan empujó la mano de la niña con la cabeza, apartándola de sí en un gesto instintivo, pero no hizo el menor amago de morderla. Lo que sí hizo fue olisquearla, arrugando el entrecejo, mientras Zoe la dejaba en la misma posición, con los dedos temblorosos suspendidos en el aire. La apartó rápidamente tan pronto vio que el policía empezaba de nuevo a ponerse nervioso y a gritar, y dio un paso atrás, asustada, al tiempo de ver a Christian aproximándose al trote hacia ambos.

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1121

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

10 de enero de 2009

 

CHRISTIAN – Fue… fue poco antes de conocernos allá en el faro. Cuando… Íbamos a buscar el barco de Carlos, y encontramos el puerto vacío.

Maya asintió, aún masticando aquél reseco trozo de cecina. La mayor parte del embutido que tenían en la alacena del centro de ocio había sido consumido o había desaparecido en extrañas circunstancias. Ella estaba ya cansada de comer jamón, por más que las patas que tenían eran de una calidad excelente. A nadie más parecía gustarle la cecina, de modo que ella se había apropiado de un pequeño alijo, y de vez en cuando echaba mano cuando le entraba hambre entre comidas. Christian tragó saliva, nervioso. Esa no era la reacción que había esperado ante esa revelación que llevaba guardándose tanto tiempo.

MAYA – ¿Y estás seguro que era ella?

CHRISTIAN – Sí. Era igual que tú. Quiero decir… ella… era morena, y tenía el flequillo cortado así… recto.

El ex presidiario se llevó una mano a la frente y simuló el flequillo de Melissa, la hermana de Maya.

CHRISTIAN – Tenía como… muchos pendientes, y un piercing en la nariz, o en la ceja, pero… estoy convencido que era tu hermana. Por lo que me contaste…

MAYA – No. Está claro. Era ella. Tal como la describes…

CHRISTIAN – Por eso me llamaste tanto la atención cuando te conocí, allí en el faro.

Maya asintió y le pegó otro bocado al reseco trozo de cecina. Aún con la boca llena, continuó hablando.

MAYA – Joder, y parese que haga… mil años que pasó, todo eso. Ha cambiado tanto… todo, desde entonses. Tanto. Qué pena. Quiero desirParese que ya no nos…

La joven tragó saliva y respiró hondo, haciendo un gesto de negación con la cabeza al tiempo que chistaba con la lengua, algo apesadumbrada.

MAYA – Con la de noches que yo me he pasado llorando.

El ex presidiario asintió. Sin saber muy bien por qué, le vino a la memoria el recuerdo de su madre despidiéndose de él el día de su decimoctavo cumpleaños, cuando ocurrió el desafortunado incidente del carro de la compra. Se le hizo un nudo en el estómago.

CHRISTIAN – Tienes razón… Pero es importante que no olvidemos nunca de dónde venimos. Ni quienes somos.

Maya sonrió, y se disponía a darle un beso en la mejilla cuando el joven se giró al escuchar unos golpecitos en la puerta de entrada.

CHRISTIAN – Ya voy yo.

El ex presidiario se dirigió al recibidor mientras Maya envolvía lo que quedaba de cecina en aquél papel satinado y lo devolvía al armario de la cocina de donde lo había sacado. Cuando abrió la puerta de entrada Christian frunció el ceño al ver a Zoe, ataviada con un chubasquero turquesa con florecillas rosas. La niña tenía la mirada gacha, al parecer, observando con mucha atención las baldosas del suelo.

Esa misma mañana Abril había abandonado el barrio sola, del mismo modo que había venido, aprovechando la lluvia, pese a la insistencia de Carlos por acompañarla. Su trabajo ahí había concluido: Zoe estaba más sana que todos los demás juntos y no precisaba ningún tipo de atención médica. La normalidad había vuelto a Bayit, y pese a que la recuperación de la niña se había vuelto tema de conversación recurrente, todos lo habían integrado y de nuevo cundía entre ellos el habitual hastío propiciado por la rutina y la excesiva tranquilidad que reinaba en esa zona de la isla.

ZOE – Hola, Chris.

CHRISTIAN – ¿Qué haces aquí tan pronto?

Zoe se asomó al interior del piso, mostrando así sus ojos a Christian, que no pudo evitar que se le erizase el vello de los brazos. Por fortuna la niña no se dio cuenta. Maya se acercó al recibidor y cogió con total normalidad una chaqueta de plumas de uno de los percheros que pendían de la pared.

MAYA – Hola, cariño. ¿Qué tal te encuentras?

La niña de la cinta violeta en la muñeca volvió a agachar la mirada, rehuyendo los ojos de Maya. Ella no se dio cuenta, y se vistió con la chaqueta, a la que subió la cremallera hasta el cuello.

ZOE – Bien. Me encuentro… muy bien. He dormido como un tronco.

La adolescente le acarició el pelo, con una sonrisa en los labios.

MAYA – Me alegro. Me alegro mucho. Bueno, yo… me voy ya, que empiesa mi turno con los bebés, y con la tontería al final se me ha ido el santo al sielo. Carlos me va a echar la bronca, que dise que siempre que me toca con él llego tarde.

Christian le hizo paso y le regaló un beso en la mejilla. Se moría de ganas de hacerlo en la boca, pero eso era algo que ya había integrado, y por fortuna, incluso normalizado.

ZOE – Coge un paraguas, que está lloviendo.

MAYA – No. No hase falta, si… voy aquí al lado mismo. Ya iré pegadita a la fachada. Pero grasias. Os dejo hablando de vuestras cosas.

Ambos asintieron y vieron cómo la joven bajaba las escaleras canturreando alegremente.

CHRISTIAN – Ya te podías haber esperado un rato más.

ZOE – Pero…

CHRISTIAN – Al final vas a conseguir que nos pillen.

ZOE – Me prometiste que iríamos.

CHRISTIAN – Sí. Que sí… ¿Qué tienes ahí?

El ex presidiario señaló la bolsa que sostenía la pequeña, y ésta le mostró su contenido. Había un comedero para perros, una botella de dos litros de agua y varias bolsas y latas con comida. Christian puso los ojos en blanco.

CHRISTIAN – Madre mía, Zoe. Eres la reina de la discreción.

ZOE – ¡Tiene que estar muerto de hambre!

CHRISTIAN – Yo no te lo discuto, pero…

ZOE – ¿Vamos a ir, o no?

CHRISTIAN – Que sí, pesada. ¡Madre mía!

Zoe sonrió, y por un momento se tomó la libertad de levantar la mirada. Christian se encontró de frente con aquellos ojos inyectados en sangre, y esbozó una sonrisa fingida. Le costaría mucho normalizarlo.

Ambos bajaron las escaleras en silencio, confiando no encontrar miradas indiscretas en su peregrinaje al solar abandonado.

3×1120 – Sopa

Publicado: 14/11/2017 en Al otro lado de la vida

1120

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

9 de enero de 2009

 

Bárbara golpeó la puerta con los nudillos de la mano izquierda. Notaba bastante calor en la derecha, que sostenía un bol con sopa y una cuchara dentro. En otro momento de su vida incluso se hubiese visto en la obligación de tirar el bol al suelo, incapaz de soportar tanto calor, pero eso ahora no le suponía el menor problema. Pese al cansancio propiciado por la reiterada falta de sueño, la profesora lucía una sonrisa radiante en el rostro. No se había encontrado de mejor humor en mucho tiempo. Zoe le dio paso y Bárbara entró al dormitorio, aún algo nerviosa.

La niña estaba sentada en la cama, con la espalda apoyada en la pared; la almohada de por medio. Incluso se había destapado y lucía sus enclenques piernas ataviadas con aquél feo pijama a rallas. Agradeció encarecidamente la sopa que Bárbara le ofreció, y la devoró en menos de un minuto. Estaba hambrienta. La profesora no cabía en sí de gozo. Zoe hacía demasiado tiempo que no se alimentaba como era debido, y verla tan vital y animada, en un contraste tan extremo con el declive que había llevado a su muerte hacía escasas horas, hacía que Bárbara sintiese que todo esfuerzo había valido la pena.

Pese a que ahora estaban a solas, Zoe había recibido muchas visitas desde su inesperada recuperación, a la que nadie era capaz de dar crédito. Incluso Carboncillo había venido saludarla, llevado de la correa por un Josete que supo mantener la promesa de Christian al ver la cinta violeta en la muñeca de la niña. Tan solo Juanjo y Paris dejaron de atender la cita con aquella niña que, contra todo pronóstico y haciendo caso omiso a las reglas del juego, había superado una enfermedad mortal de necesidad y ahora lucía sana como una manzana, pese al tétrico aspecto de sus ojos.

BÁRBARA – ¿Tienes más hambre?

ZOE – No.

BÁRBARA – Puedo traerte algo más, si quieres. Algo de postre…

ZOE – No, gracias. Estoy bien, de verdad. He comido mucho. Lo que estoy es… cansada, pero de estar aquí encerrada. Necesito estirar las piernas.

BÁRBARA – ¿No quieres decir que es un poco pronto, después de…?

Zoe negó con la cabeza, esbozando aquella sonrisa que derretía a Bárbara. La profesora no daba crédito al cambio tan drástico que había dado la pequeña en tan poco tiempo. Abril mucho menos.

ZOE – Estoy bien, de verdad. No me he encontrado mejor en… mucho tiempo.

BÁRBARA – ¿Seguro que no… que no te duele nada? Ni la cabeza, ni el estómago…

Zoe volvió a hacer aquél gesto de negación girando la cabeza a lado y lado. Bárbara sabía de primera mano y mejor que nadie a lo que Zoe se refería, de modo que no le costó demasiado empatizar con ella, pese a que sentía que la niña debía descansar un poco más antes de retomar su actividad habitual. Las bondades de la creación de su padre jamás dejarían de sorprenderla.

BÁRBARA – Bueno, supongo que tomar un poco el aire no te hará mal.

La niña asintió y enseguida se levantó de la cama y comenzó a vestirse. Fuera hacía mal tiempo, pero ese día no llovería. Ambas salieron del ático bien abrigadas y con una de las bufandas que Ío les había enseñado a hacer en un tiempo que se les antojaba ya muy lejano. No se cruzaron con nadie en el camino hacia la calle corta. Después del revuelo formado tras el disparo y la noticia explosiva de su recuperación, cada cual había vuelto a sus quehaceres diarios. El día que hacía no invitaba precisamente a pasear por la calle, si no más bien a quedarse en casa tapado con una manta y en buena compañía.

Una fuerte ráfaga de viento las sorprendió tan pronto salieron a la calle. El ambiente era húmedo y aún persistía en él aquél penetrante y agradable olor a tierra mojada. Sin siquiera ponerlo en común, ambas se dirigieron hacia el taller mecánico desde el que se accedía al Jardín. La calle corta no tenía mucho que ofrecer, y Zoe no se sentía con ánimo de visitar el centro de día en ese momento, pues sabía que estaría concurrido y ya había tenido una sobredosis de muestras de afecto las últimas horas.

Al cruzar la segunda persiana del taller mecánico se encontraron de frente con Paris. El dinamitero había pasado gran parte de la tarde en uno de los baluartes, extremadamente aburrido por la falta de actividad en el barrio, esperando poder abatir a algún infectado errante. No tuvo el menor éxito. Desde que comenzó aquella temporada de lluvias y las temperaturas empezaron a bajar en picado, raramente veían aproximarse a ninguno. Lo cual, pese a que indiscutiblemente se traducía en una buena noticia, a Paris le resultaba bastante molesto.

El dinamitero frunció ligeramente el ceño al ver aproximarse a la niña. Había recibido noticias de su mejoría, pero no esperaba verla deambulando por ahí tan pronto, no después de haberla dado por muerta. Al cruzarse con ella, cuando vio que sus ojos habían adquirido el característico color del de los infectados, dio un respingo acompañado de un exabrupto. Abrió los suyos como platos, incapaz de creer lo que veía. Zoe se dio cuenta y agachó la mirada, avergonzada. Bárbara la atrajo hacia sí y ofreció a Paris una mirada de reproche. Era consciente de la inseguridad que brindaban aquellos ojos a la pequeña, y no quería que eso acabase convirtiéndose en un trauma para ella.

BÁRBARA – Sigue, ahora te alcanzo.

Zoe asintió y continuó caminando en dirección a la escuela, aún sorprendida al comprobar que ya no quedaba absolutamente nada de los adornos navideños que hasta hacían tan poco habían engalanado el Jardín. Unos segundos después se giró y vio cómo Bárbara estaba hablando acaloradamente con Paris, que la observaba hastiado, asintiendo a regañadientes con la cabeza. Eso la hizo sentir mal.

3×1119 – Mamá

Publicado: 11/11/2017 en Al otro lado de la vida

XXIII. ZOE

Nada es definitivo hasta que lo es

1119

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

9 de enero de 2009

 

Durante un instante todos aguantaron la respiración, expectantes.

Abril dio un paso atrás, colocándose bajo el umbral de la puerta, más que dispuesta a salir de ahí por piernas al primer atisbo de peligro. Christian notó cómo le corría una gota de sudor frío por la sien. Bárbara se había quedado inmóvil como una estatua, con la mano fuertemente aferrada a la cómoda, incapaz de asumir que sus peores pesadillas se habían hecho realidad. Zoe volvió a emitir aquél característico y escalofriante sonido que parecía reclamar su primera víctima.

ZOE – Mmha…

La niña adelantó uno de sus brazos en dirección a la profesora, con la evidente intención de agarrarla. Carlos no se lo pensó dos veces y tomó la iniciativa, consciente que si no lo hacía él, nadie más lo iba a hacer. No hasta que ya fuese demasiado tarde. Se llevó una mano al final de su espalda y asió la fría y dura pistola. La funda nórdica que cubría a Zoe cayó a plomo sobre su regazo tan pronto la niña se incorporó lo suficiente, con sus débiles y huesudas manos ya a escasos centímetros del cuello de Bárbara. Carlos la apuntó con la pistola, pidió perdón al universo tan solo moviendo los labios, y apretó el gatillo.

El estruendo resonó como una explosión en ese pequeño dormitorio con la ventana cerrada. Los gritos de Abril y de Christian se unieron al eco del disparo. Carlos se llevó la mano al antebrazo, donde Bárbara le había golpeado con una fuerza desmesurada. Pronto emergería la fea silueta de un moratón en el lugar del impacto. El agujero de bala que había hecho el proyectil en la pared, sobre la mesilla de noche, formó una pequeña nube de yeso y partículas de cerámica, aportando a la estancia un olor muy característico que enseguida se desvaneció.

La niña, algo sorprendida por todo aquél revuelo, giró un momento el cuello en dirección al instalador de aires acondicionados, pero enseguida volvió a centrar su mirada en Bárbara, que observaba a su vez a Carlos con una expresión a caballo entre la sorpresa y el odio desmedido. La profesora dejó de prestarle atención tan pronto Zoe volvió a abrir la boca.

ZOE – ¿Mamá?

Bárbara estuvo a punto de perder el conocimiento ante tal atropello de sentimientos encontrados. Pese al indiscutible mensaje que recibía por parte de sus ojos, inyectados en sangre como los de cualquiera de los cientos de infectados a los que ella misma había arrebatado la vida sin apenas contemplaciones, Zoe acababa de hablar. Pero los infectados no hablaban. Y la gente sana no tenía los ojos encharcados en sangre. Lo que quiera que fuese que Bárbara tenía delante no era ni una cosa ni la otra, y ello hizo que la profesora sintiese un desagradable malestar en el pecho.

BÁRBARA – No, cariño. No soy tu madre. ¿No te acuerdas de mí?

Zoe frunció ligeramente el ceño. Daba la impresión de estar muy desorientada e incluso algo mareada, pero en ningún caso parecía hostil. La profesora se esforzó por ignorar el insano color de los ojos de la niña, aunque no pudo evitar que se le erizase el vello de los brazos ante tal visión. Dejando a un lado la voz de su conciencia, y haciendo caso únicamente a la de su corazón, dio un paso al frente y la abrazó con fuerza. Las lágrimas no tardaron en brotar de sus ojos, lo cual parecía imposible, habida cuenta de cuántas había derramado las últimas horas.

La niña de la cinta violeta en la muñeca fijó su mirada irremediablemente en Carlos, que aún no era capaz de dar crédito a lo que estaba viendo y se acariciaba la zona del antebrazo donde había recibido el golpe. Ya no había rastro de la pistola que a punto estuvo de acabar con la vida de la pequeña. El instalador de aires acondicionados creyó leer en sus ojos un atisbo de reproche, y quizá por eso se sorprendió tanto al ver cómo la niña sonreía.

El eco de pasos atropellados subiendo las escaleras del bloque de pisos se apoderó de la estancia al tiempo que Bárbara apartaba a Zoe de sí y la sujetaba por los hombros, observándola de arriba abajo, incapaz de creer lo que acababa de ocurrir. Al parecer, aquél salto de fe desesperado que había obligado hacer a su hermano había surtido efecto. Aunque resultaba evidente que no el que ella esperaba, al menos la niña seguía con vida y a juzgar por su reacción, en mejor estado que el de su sobrino.

BÁRBARA – Zoe, cariño. ¿Sabes quien soy yo?

ZOE – Sí…

La profesora aguantó la respiración, sintiendo que la respuesta a esa pregunta delataría el estado mental de la niña. Era perfectamente consciente que si no obtenía la contestación deseada, se hundiría de nuevo.

ZOE – Eres… Eres Bárbara.

Bárbara estalló de nuevo en llanto y volvió a abrazar a Zoe, estrujándola sin contemplación. En ese momento el golpe del tirador de una puerta impactando contra la pared, seguido de pasos y jadeos nerviosos, hizo que los presentes se girasen hacia la entrada del dormitorio. Guillermo enseguida asomó el cuerpo por el umbral de la puerta, apartando a Abril para hacerse paso. Estaba muy exaltado.

GUILLERMO – ¿¡Qué ha pasado?! He escuchado un disparo.

Carlos quiso que se le tragase la tierra al notar media docena de ojos inquisitivos clavándose en él. Lo único que pretendía era evitar una tragedia, y había estado a punto de acabar con la vida de Zoe. Estaba convencido que Bárbara jamás se lo perdonaría. Por fortuna, la voz de la profesora enseguida le robó todo el protagonismo.

BÁRBARA – No ha pasado nada, Guille. Zoe está bien. Gracias a Dios, Zoe está bien.

Guillermo esbozó una tímida sonrisa. Tan solo él leyó en sus labios cómo la profesora decía “gracias” en silencio, y por primera vez desde el inicio de la epidemia, se sintió útil.

1118

 

Masía de los abuelos de Guillermo en la periferia rural de Sheol

27 de septiembre de 2008

 

Las lágrimas recorrían las mejillas de Guillermo, formando un surco de humedad que el viento que entraba por la ajada puerta se encargaba de secar, dejando una sensación desagradablemente fría. Un grito desgarrador inundó la cabaña, un grito que aunaba frustración, pesar y resignación. Un par de gorriones que hasta el momento habían estado descansando sobre un viejo olivo a escasos metros de ahí alzaron el vuelo.

Consciente que sólo un milagro permitiría que encontrase a su hermana Bárbara, Guillermo había abandonado las ruinas del centro de Majaneh y había puesto rumbo al lugar donde empezó todo: Sheol. Su estado de apatía era tal, después de tan ingrato desengaño, que volvió a hacer oídos sordos a la voz de la cordura, que le pedía a gritos que volviese con su hijo y dejase de esforzarse en vano por conseguir algo inalcanzable, y lo que era peor: poniendo su vida en riesgo.

Había traído consigo una libreta que tomó prestada de otro de los supervivientes de Midbar, y durante el trayecto estuvo dándole vueltas a la nueva nota que escribiría a su hermana. Si realmente nunca había leído la primera, y jamás se había dirigido a Majaneh, lo más seguro es que ya estuviese muerta o tan lejos de ahí que todos sus esfuerzos por generar un nexo entre ambos que les permitiese volver a encontrase sería inútil. No obstante, él aún no había perdido la esperanza, y estaba dispuesto a hacer un último esfuerzo, aunque eso significase meterse en la boca del lobo. Al fin y al cabo, ese era el único lugar en el que tendría sentido que él supiese algo de ella, el último nexo que había entre los dos hermanos a los que el destino había separado, según todo parecía apuntar, sin intención alguna de volver a reunir.

Practicar en voz alta la nota que le dejaría a su hermana en una de las hojas de aquella vieja libreta de anillas le ayudó a mantener la compostura ese mundo aparentemente yermo de vida. El mero hecho de escuchar una voz, aunque fuese la suya propia, le hizo sentirse algo mejor, pues en todo el espectro de la radio lo único que fue capaz de encontrar fue estática y más estática. Después de convivir durante tanto tiempo entre una cantidad tan grande de gente tan ruidosa, a la que había llegado a detestar, sobre todo durante las largas noches, ahora incluso los echaba en falta.

El indicador de gasolina era una de sus principales preocupaciones. Si bien sabía perfectamente que la autonomía que le marcaba el panel de control y las dos garrafas de gasolina que tenía en el maletero le permitirían de sobra cumplir su propósito y llegar de vuelta a Midbar con una buena reserva, el hecho de saber que ninguna estación de servicio podría atenderle si surgía cualquier contratiempo le ponía de los nervios. El correcto funcionamiento de ese fiel coche era todo cuanto le separaba de una muerte casi segura, y por más que confiaba plenamente en él, estaba deseando perderlo de vista.

La primera parte del viaje resultó sospechosamente tranquila. Del mismo modo que durante el trayecto de ida a Majaneh, no se cruzó con un solo vehículo. Resultaba a un tiempo tranquilizador y escalofriante. Guillermo tuvo la sensación de encontrarse en un mundo perdido, una nueva versión del mundo que él había conocido en la que el ser humano hubiese pasado a la historia. Sin embargo, esa sensación se fue diluyendo cada vez más a medida que se iba aproximando a Sheol.

Al principio tan solo fue algún que otro infectado errante caminando por campos de cultivo en busca de algún conejo despistado al que hincar el diente, pero pronto empezó a ver a verdaderos rebaños, deambulando en lo que parecían pequeñas hordas primitivamente organizadas, en las afueras. Dado que él era mucho más rápido que ellos a bordo de su Audi, siempre que temía cruzarse con algún grupo que pudiese poner en jaque su seguridad al abalanzarse sobre su coche, daba media vuelta y buscaba una vía alternativa. Para su sorpresa y tranquilidad, esa simple estrategia le permitió llegar a su destino sin haber atraído la atención de ninguno de aquellos detestables seres carentes de humanidad.

La masía de los abuelos seguía en el mismo sitio y con el mismo aspecto de la última vez que él había estado ahí, hacía casi tres semanas. Pese a que sería precisamente lo contrario lo que carecería de sentido, a él le llamó la atención descubrir que, pese a todo cuanto había cambiado por doquier en tan poco tiempo, ese lugar anclado en la infancia de su memoria seguía exactamente igual. Tuvo la sensación que ese era un lugar mágico, un lugar seguro en el que no podía ocurrir nada malo.

Utilizando la misma estrategia que había enseñado a su hermana en un verano que parecía imposiblemente lejano, se escurrió por aquél pequeño hueco en el muro, que parecía haber menguado en todos estos años. Una vez dentro, al abrigo de aquella imponente pared de piedra aún se sintió más a salvo. Paseó sin prisa por el viejo camino que llevaba a la masía, sucumbido en parte a las malas hierbas, ignoró la casa familiar y se dirigió a la vieja barraca, el lugar donde tanto tiempo atrás le había dicho a Bárbara, mientras huía de la policía, que sería su lugar de reunión si las cosas se ponían feas. Y las cosas se habían puesto muy feas desde entonces.

La puerta de la vieja barraca donde él había sido engendrado estaba entreabierta. Guillermo frunció ligeramente el entrecejo, incapaz de recordar si la había cerrado la última vez que estuvo ahí, en compañía de Guille. Respiró hondo, consciente que si todo seguía ahí dentro tal cual él lo había dejado, toda esperanza de encontrar a su hermana se perdería para siempre. Caminó hasta la puerta y la abrió del todo. Sus ojos tardaron unos segundos en amoldarse a la relativa oscuridad que reinaba en esa pequeña estancia que olía a humedad. No le hizo falta siquiera, porque enseguida vio el cuerpo, tendido en el suelo, en posición fetal. Sus ojos se abrieron como platos y una sonrisa surcó su cara.

Si bien ese era precisamente su objetivo final, lo último que hubiese esperado era encontrar a Bárbara ahí dentro, hecha un ovillo en el suelo, durmiendo. Aún incapaz de creer su suerte, tiró la libreta al suelo, pues ya no la necesitaría, y corrió risueño hacia ella. Se ruborizó al ver el pecho desnudo de Bárbara a través de su camiseta desgarrada. Estaba descalza y tan solo tenía un pequeño calcetín blanco, cuya planta estaba negra de suciedad, al igual que su pie descalzo. El investigador biomédico hincó las rodillas en el suelo polvoriento y la sujetó del hombro, zarandeándola ligeramente, para despertarla sin darle un sobresalto mayor de lo imprescindible. Su sonrisa se fue borrando al ver que la profesora no reaccionaba, pues él sabía que su hermana tenía el sueño bastante ligero.

No le hizo falta siquiera tomarle el pulso para atestiguar que en realidad no estaba dormida, tal como él había imaginado en primera instancia. El motivo por el que había decidido acabar sus días precisamente ahí se escapaba a su imaginación. Sus peores pesadillas se habían vuelto realidad: Bárbara estaba muerta.

1117

De camino al centro de acogida a refugiados de Majaneh

27 de septiembre de 2008

 

Guillermo, con los dedos aferrados firmemente al volante y los ojos abiertos como platos, respiraba agitadamente por la boca. El coche se había salido de la calzada y se había deslizado por un terraplén girando sobre sí mismo hasta acabar detenido a escasos centímetros de un viejo algarrobo seco. Todo estaba sumido en el mayor de los silencios a su alrededor, sólo roto por el incesante canto de los grillos.

GUILLERMO – Ha… Ha salido… Ha salido de la nada, joder. ¡Hostia puta!

Le temblaban las piernas y le castañeaban los dientes. Aún quedaba un poso de la adrenalina que había surcado todo su cuerpo durante esos momentos que se le hicieron interminables. Apartó la mano derecha del volante, agarrotada por la tensión, y accionó el botón rojo con el triángulo grabado que tenía a su derecha, activando simultáneamente los cuatro intermitentes. Lo hizo en un acto instintivo e inútil a un tiempo, heredado de la vida previa al holocausto. Acto seguido se quitó el cinturón que le había salvado la vida o al menos le había librado de algún que otro moretón. Respiró hondo y hurgó en la mochila de tela que había sobre el asiento del conductor hasta dar con la tubería de cobre que había traído consigo de Midbar: lo único vagamente contundente con lo que poder defenderse que había sido capaz de encontrar sin despertar demasiadas sospechas.

Se lo pensó mucho antes de abrir la puerta. Estaba a mitad de camino de ninguna parte en una carretera comarcal y no se había cruzado con un solo vehículo desde que abandonase Midbar a primera hora de la mañana. No había tenido tiempo de reaccionar cuando aquél hombre se le echó encima. Si se trataba de un transeúnte que había corrido hacia él para pedirle ayuda o por el contrario era un infectado, él lo desconocía. Lo único que sabía es que se lo había llevado por delante a una velocidad demasiado alta como para que su sentido de la moral le permitiese darse a la fuga sin más. Lo que no hacía si no demostrar que aún le quedaba mucho por aprender.

Tragó saliva y salió del vehículo. Dejó la puerta abierta, temeroso de tener que volver a entrar a la carrera. No obstante, se metió la llave en el bolsillo, porque aún temía más que le robasen su único medio de transporte y quedar aislado e incomunicado en mitad de la nada. Con la tubería firmemente sujeta caminó hacia la parte delantera del coche y comprobó la abolladura que el golpe había provocado. No había rastro alguno de sangre. Tampoco había rastro de la persona a la que había atropellado.

GUILLERMO – ¿¡Hola!?

El investigador biomédico se mantuvo en silencio, aguardando una repuesta que no llegaría. No estaba dispuesto a alejarse mucho de su vehículo, pero quería llegar hasta el fondo del asunto. Una rápida inspección ocular le convenció que la persona que se había llevado por delante sólo podía estar en dos lugares: o bien debajo del coche o hecha un ovillo entre unos arbustos que había a la sombra del algarrobo. No había más lugares donde esconderse en demasiados metros a la redonda.

Se agachó para mirar bajo su Audi y respiró aliviado al comprobar que ahí abajo no había nada. Consciente que sólo quedaba un lugar por explorar, tanteó de nuevo la tubería en sus manos y se dirigió hacia los arbustos. No le hizo falta siquiera llegar. El infectado fue más rápido que él.

Guillermo cayó de espaldas al suelo del susto y perdió la tubería de cobre. Jamás se había sentido más inútil. Por fortuna para él, el infectado había salido muy mal parado del accidente. Tenía una de sus rodillas doblada hacia delante, mostrando un feo trozo de hueso astillado, y por más que lo intentaba no era capaz de tenerse en pie, y no hacía más que caer de bruces al suelo cada vez que se incorporaba para alcanzarle con la intención de darle muerte. El investigador biomédico aprovechó la oportunidad para correr hacia el coche, arrancarlo a toda prisa y salir de ahí quemando rueda y levantando una polvareda importante. No fue hasta que se había alejado unos quinientos metros, con el corazón todavía latiéndole a toda velocidad bajo el pecho, cuando se dio cuenta que había olvidado la tubería el en suelo. No tenía intención alguna de volver a recogerla.

El resto del camino a Majaneh lo hizo reflexionando sobre lo ocurrido, convencido que abandonar la seguridad que le brindaba el campamento de Midbar había sido un craso error. El mundo ya no era un lugar seguro, y actos temerarios como ese eran los que diferenciaban a los supervivientes de la horda de infectados que se había hecho con la hegemonía del planeta. No tardó mucho en llegar a su destino, y hacerlo le convenció definitivamente que venir había sido un error.

El investigador biomédico se apeó del coche, ignorando su seguridad. Tenía la boca abierta de par en par y un rictus de dolor en el rostro. Estaba todo quemado, hasta los cimientos. Y no había rastro alguno de supervivientes. El centro no era más que un montón de cenizas y esqueletos colapsados de las naves que antaño habían albergado tanta vida. Parecía una broma de mal gusto.

Una rápida inspección por los alrededores le convenció de que no valía la pena seguir buscando. No parecía haber rastro alguno de cadáveres, lo cual le resultó muy llamativo. Ni de los antiguos moradores del centro ni de infectados. Daba la impresión que hubiesen abandonado a su suerte y por su propio pie el centro tras el inicio de un incendio que no fueron capaces de controlar. Dónde se encontraba toda esa gente a esas alturas era todo un enigma para él. Un enigma que no resolvería quedándose ahí quieto como una estatua.

Arrastrando los pies y con el espíritu a la altura de los talones, volvió a su vehículo. Dio media vuelta y volvió por donde había venido. Ahora ya sólo le quedaba una última carta por jugar.

3×1116 – Deber

Publicado: 31/10/2017 en Al otro lado de la vida

RECETA PARA EL APOCALIPSIS: PASO 7 (PARTE I)

 

Reservar unos pedazos de incomprensión

1116

 

Campamento de refugiados a las afueras de Midbar

27 de septiembre de 2008

 

GUILLERMO – Lo siento, Guille.

El niño hacía pucheros con un rictus de pena en el rostro. Ello no hizo si no reafirmar a su padre en su decisión.

GUILLE – ¿Y si te pasa como a la mama? ¿Y… y si no vuelves?

GUILLERMO – Tengo que ir. ¿Qué pasa, que no quieres ver a la tita?

Guille se quedó callado, tomándose su tiempo para procesar la respuesta a la pregunta que le había formulado su padre. Deseaba reencontrarse con su tía, pero al mismo tiempo estaba convencido que si su padre abandonaba el campamento, jamás le volvería a ver.

GUILLE – Pero… Pero…

GUILLERMO – No se hable más. Aquí estás seguro. Y a mi no me va a pasar nada. Yo… volveré con ella esta tarde, o… lo más tardar, mañana.

El chaval comenzó a llorar y su padre le abrazó, negando con la cabeza, lamentándose por enésima vez por haber esperado tanto para dar ese paso.

Encontrar excusas para demorar ese acto temerario había resultado excesivamente sencillo, y más después de la traumática experiencia a la que habían sobrevivido padre e hijo en el centro de acogida a refugiados de Mávet, del que escaparon por los pelos. De eso hacía ya más de una semana. Encontrar asilo en otro centro había sido difícil, pues éste era el tercero por el que habían pasado desde el inicio de ese corto peregrinaje: el único que aceptaba a varones mayores de edad.

El de Midbar era, sin lugar a dudas, el centro más cercano a Sheol de cuantos había habilitado el estado. Al menos el más cercano de cuantos aún seguían en pie, pues durante el inicio de la pandemia habían caído varios en el centro de la ciudad y en la periferia, ubicados la mayoría en centros cívicos y polideportivos. Sin embargo, tenía todo cuanto él necesitaba: personal armado dispuesto a abatir a cualquier infectado que se acercase más de la cuenta y recursos suficientes para alimentarles y darles cobijo durante meses. Exactamente lo mismo que todos los demás centros que habían caído las últimas semanas a manos de los infectados o de grupos violentos que pretendían saquearlos.

Sólo Dios sabía dónde podía estar Bárbara a esas alturas, pero Guillermo aún no había perdido la esperanza de encontrarla. No podía parar de pensar en la nota que le había dejado en la masía de los abuelos, en la que le invitaba a dirigirse al centro de Majaneh.

Si Bárbara la había leído, habría ido a buscarle, y si había hablado con Jaime y éste le había informado del cambio de planes, Guillermo supuso que acabaría quedándose ahí, habida cuenta que el centro en el que se supone que su hijo y él debían estar había caído. Durante días quiso convencerse que su hermana se había quedado a salvo en Majaneh, con Jaime. Lamentablemente, sólo había una manera de averiguarlo.

Convencer a Guille de que no le siguiese hacia la entrada, con aquella maleta bien agarrada con la mano derecha, fue una tarea difícil.

La soldado se sorprendió al ver a Guillermo acercándose con paso tan decidido, y se acercó a él.

SOLDADO – ¿Le puedo ayudar en algo?

GUILLERMO – Tengo que irme.

La mujer se mostró sorprendida, pero asintió, y sin darle una respuesta, se metió en la pequeña garita desde la que le había visto acercarse. Enseguida salió de ella con un documento que había sacado de una carpeta que tenía sobre la mesa, junto a la puerta.

SOLDADO – Tiene que firmar aquí.

Guillermo frunció el ceño, y echó un vistazo al papel que le ofrecía aquella mujer. La parte que rezaba “Renuncio a mi plaza” no le gustó un pelo.

GUILLERMO – ¿Esto significa que no podré volver?

SOLDADO – No… Mientras siga habiendo plazas será igualmente bienvenido.

GUILLERMO – Pero si se cubren todas antes que vuelva… ¿podría quedarme fuera?

La mujer alzó los hombros, demostrándole su ignorancia al respecto.

SOLDADO – Nosotros no retenemos a nadie aquí dentro, pero éste es el procedimiento. No le puedo garantizar nada.

GUILLERMO – Tengo un hijo, aquí conmigo, un niño de diez años.

SOLDADO – Mientras esté aquí dentro, su seguridad corre de nuestro cargo. No tiene de qué preocuparse.

GUILLERMO – Pero… entre usted y yo… ¿Podré volver o no? Si vuelvo… digamos… en veinticuatro horas.

La mujer puso los ojos en blanco. Echó un vistazo a un lado y a otro, y se incorporó ligeramente. Guillermo la imitó.

SOLDADO – Ahora mismo disponemos de muchas plazas. Aquí no creo que tengas problemas para volver. Esto está demasiado jodidamente cerca de Sheol para que a nadie con dos dedos de frente se le ocurra acercarse.

La expresión del rostro de Guillermo hizo que la mujer se sonrojase.

SOLDADO – No. Entiéndeme. Es un lugar seguro, pero… pudiendo ir a un centro de la meseta… o del norte, que es mucho más tranquilo… Quiero decir… que no tiene tanta demanda como el resto, no es que…

Un compañero de la soldado pasó junto a ellos, y la mujer se puso en tensión.

SOLDADO – ¿Entonces, va a firmar o no?

Guillermo sentía en su interior una contradicción de difícil solución. Su apego a la supervivencia le suplicaba a gritos que olvidase lo que estaba haciendo y volviese con Guille ipso facto. Por otro lado, el deber para con su hermana, a la que él mismo había metido en ese problema, le instigaba a todo lo contrario.

El investigador biomédico cogió el bolígrafo que pendía burdamente de un trozo de lana atado a la plancha de plástico a la que estaba adherido el documento con una pinza metálica, y rellenó los datos a mala gana.

SOLDADO – Muchas gracias. Ahora si es tan amable, acompáñeme.

Guillermo siguió a la soldado hacia el portón de acceso firmemente vigilado por media docena de hombres y mujeres armados, y tras una corta conversación con uno de los centinelas, le abrieron la puerta. Guillermo tragó saliva, afianzó el asa de su maleta en la palma de su mano sudorosa y echó un último vistazo hacia atrás. La mirada de Guille desde mitad del patio se le quedó grabada en la retina. Guillermo respiró hondo y se dio media vuelta, rezando porque esa no fuese la última vez que viese a su hijo, para acto seguido continuar su camino fuera del campamento, al que esperaba con todas sus fuerzas volver cuanto antes.

Por fortuna, no había aparcado demasiado lejos.

3×1115 – Rojo

Publicado: 01/07/2017 en Al otro lado de la vida

1115

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

9 de enero de 2009

 

La tensión se podía cortar a cuchillo. Daba la impresión que el tiempo se hubiese parado, únicamente en esa pequeña estancia de escasos nueve metros cuadrados, de la que se había apoderado el silencio. Nadie había osado abrir la boca desde que Abril dictaminase la muerte de Zoe.

Todos sabían a la perfección lo que pasaría a continuación, si no más temprano, más tarde. Lo habían presenciado en demasiadas ocasiones, lamentablemente. No obstante, se limitaban a dejar pasar el tiempo, mirándose unos a otros, para acabar centrándose irremediablemente en Bárbara, que estaba devastada por la mala nueva. Momentos como ese evidenciaban el motivo por el que la humanidad se había ido al traste en tan poco tiempo, y que si ellos habían sobrevivido, no era porque destacasen en ese aspecto por encima de todos cuantos habían perecido por el camino.

La profesora lloraba desconsolada con la cabeza apoyada en el pecho inmóvil de Zoe, abrazada a su cadáver aún caliente. El hecho que no se hubiese molestado en traer un arma, unas esposas o siquiera un trapo con el que taparle la boca decía mucho de lo que podía esperarse de ella en ese aspecto. En ese momento imperaba en ella el corazón por encima de la cabeza. Carlos era consciente que si ocurría lo que todos imaginaban que ocurriría en cuestión de minutos si no de segundos, él debía tomar la iniciativa: estaba claro que ella no iba a mover un dedo. Lamentó no haber atado a la niña a la cama. Llevaba todo el día pensándolo, pero no se había visto con cuerpo de proponérselo a Bárbara mientras la niña aún conservaba la vida. Resultaba demasiado violento y de excesivo mal gusto, pero ahora se arrepintió, y mucho. Por fortuna, la profesora era inmune al mal que la niña podía contagiar, pero él, al igual que Abril y que Christian, no.

Habían pasado ya cinco minutos, en los que Bárbara tuvo la oportunidad de calmarse. Carlos dio un paso al frente, dispuesto a llevarse a la profesora fuera del dormitorio, para hacerla entrar en razón y proceder a inmovilizar el cuerpo de la pequeña antes que fuera demasiado tarde. No habían puesto en común cómo proceder, pues mientras aún quedaba un hálito de esperanza, tal conversación no hubiese tenido cabida, pero ahora se veía en la obligación de tomar una decisión consensuada a ese respecto. Pese a que estaba convencido que Bárbara no querría tratar a la pequeña Zoe como Paris había hecho con Nuria, la idea que concediese volver a arrebatarle la vida tan pronto la recuperase para que no tuviera que pasar por ese amargo trance aún le parecía más descabellada. Toda alternativa parecía abocada al fracaso: era evidente que no había decisión correcta, y que hicieran lo que hiciesen, acabarían arrepintiéndose. Pero lo que tampoco podían hacer era seguir tentando a la suerte de un modo tan ridículo.

El instalador de aires acondicionados no había dado siquiera un par de pasos en dirección a la profesora cuando quedó petrificado. Bárbara dio un respingo al notar un espasmo en el cuerpo de Zoe, acompañado de una corta inspiración. Se puso en pie y dio un paso atrás, con el corazón a punto de salírsele del pecho. En su interior se mezclaron una miríada de sentimientos contradictorios. Por más absurdo que resultase, aún albergaba un pequeño reducto de esperanza: quizá el fármaco que debía revertir los efectos de la vacuna sí había surtido efecto, después de todo, y aquella trágica historia acabaría resolviéndose con un final feliz. Hasta ahí llegaba su desesperación y su ingenuidad. Abril puso los ojos en blanco, y echó un vistazo hacia la puerta entreabierta. Christian se había agarrado al forro de la chaqueta que llevaba puesta, y tenía la mano prácticamente agarrotada.

La niña volvió a quedar inmóvil, sin mostrar sigo alguno que lo que acababa de ocurrir fuese más que un espejismo. Llegó un momento que incluso se llegaron a plantear si no habían sido imaginaciones suyas. Bárbara tragó saliva, con el ceño ligeramente fruncido. Carlos dio otro paso al frente y posó su brazo sobre el hombro de la profesora. Ella echó un rápido vistazo al instalador de aires acondicionados, para acto seguido centrar de nuevo toda su atención en la pequeña. Cuando todos creían que ya no volvería a moverse, pasado casi un minuto, un nuevo espasmo, mucho más violento que el anterior, recorrió el cuerpo de Zoe.

La niña incorporó la cabeza, aún echada sobre la cama, mientras cuatro pares de ojos observaban con atención todos y cada uno de sus movimientos, aguantando la respiración. Carlos tragó saliva y palmeó el final de su espalda, donde descansaba el arma cargada que había traído consigo por si las cosas se ponían realmente feas. Observando la complexión de la pequeña, y además tan demacrada después de tantos días sin comer, la idea que no pudiesen reducirla entre los cuatro, infectada o no, resultaba incluso ridícula. Deseaba con todas sus fuerzas no tener que usarla, pero no permitiría que nadie más resultase infectado. No estaba dispuesto a dejar nada al azar. Era su obligación, tanto para con los demás, como para con la propia niña.

Zoe se incorporó del todo, ayudándose de sus escuálidos brazos; ya no parecía que le doliese nada Eran unos movimientos naturales y ágiles. Fue entonces abrió los ojos, muy lentamente. Bárbara quedó estupefacta al comprobar que sus ojos, antaño de un precioso verde, ahora habían adquirido el inconfundible color rojo de la muerte. Rojo como su rebelde cabellera pelirroja. Los clavó en ella, y Bárbara sintió que desfallecía. Tuvo que agarrarse a la cómoda que tenía al lado para mantener el equilibro. No fue hasta entonces que cayó en la cuenta que todo su esfuerzo había sido en vano. Tragó saliva, al mismo tiempo que Zoe abría la boca y empezaba a emitir un característico sonido con la garganta, similar a un gemido.

ZOE – Mmmmh…

1114

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

9 de enero de 2009

 

ZOE – Y cuando… y cuando… y cuando Morgan se ponga bueno. Entonces… Entonces le llevaré a ver los pollitos. ¡Sí! Le encantarán los pollitos. Seguro que le gustan. Yo… hace mucho tiempo que no los veo. Deben de estar grandes, ya. Aunque… hace mucho frío. A mi no me gusta el frío. Prefiero que sea verano. En verano siempre es fiesta, y… puedes salir a jugar. Aunque… la yaya Claudia se murió en verano, y yo… me puse muy triste. Fue hace mucho tiempo. Mamá también se puso muy triste, porque… claro, era su madre. Yo… yo también quería mucho a la yaya. La gente no tendría que morirse. Es muy triste que la gente se muera.

Bárbara se llevó una mano a la frente al tiempo que su mandíbula inferior comenzaba a temblar convulsivamente. Carlos le pasó la mano por la espalda y le acarició el hombro, en un intento desesperado por apaciguar su maltrecho espíritu. En el dormitorio de Zoe también se encontraban Abril y Christian, cada uno a un lado de la puerta, cuales centinelas, observando con un nudo en el estómago los desvaríos de Zoe. Muchos más habían solicitado a Bárbara estar presentes, pero ella se había negado en redondo, y ellos habían respetado su decisión. En ese momento se encontraban todos los demás, a excepción de Juanjo y Paris, en el centro de día, en compañía de los bebés, sumidos en un silencio incómodo.

El mal que aquejaba a la pequeña había llegado a un extremo que incluso Abril reconoció que lo único que podían hacer por ella sería acompañarla en ese viaje de trágico destino. Las medicinas con las que había intentado paliar su dolor y hacer bajar su fiebre, lejos de cumplir su propósito, daba la impresión que aún hubiesen empeorado más su estado. Además, la niña había empezado a tener alucinaciones, hablando con personas que no se encontraban en la habitación o protagonizando monólogos sin demasiado sentido, como el del que ahora estaban siendo testigos.

Pese a que ya no se quejaba del dolor como antaño, tan solo observando sus gestos al hacer el más leve movimiento o al hablar más tiempo de la cuenta, cualquier observador externo se daría cuenta que la niña lo estaba pasando francamente mal. Abril no se había sentido más impotente en toda su carrera profesional. El mal que aquejaba a Zoe estaba muy por encima de su capacidad para buscarle una solución, y la médico se sentía muy avergonzada por no haber sido siquiera capaz de hacer más llevaderas sus últimas horas. Y aunque sabía que nadie se lo echaría en cara, pues había hecho todo cuanto estaba en su mano y más por ayudarla, sentía que les había defraudado.

Zoe había seguido con su retahíla de incoherencias mientras todos presenciaban tan lamentable espectáculo con la mirada gacha. En ese momento estaba hablando de su gatita gris llamada Cleo, a la que su padre había atropellado por accidente mientras sacaba el coche del garaje, mientras ella jugaba con el animal en el jardín. Estaba explicando cómo sus abuelos paternos se la habían regalado, y cómo cuando ella la recibió, el animal llevaba en el cuello aquella cinta violeta que no la había abandonado desde que decidiera abandonar su casa, fallecidos sus padres, por temor a morir de inanición. Justo cuando comenzaba a relatar cómo conoció a Bárbara, en un tiempo en el que estaba más que convencida que no sobreviviría ni veinticuatro horas en el mundo hostil en el que se había convertido Sheol, de repente, sin previo aviso ni el más mínimo tipo de solución de continuidad, se quedó callada.

Fue Bárbara la primera que levantó la mirada del suelo tan pronto Zoe cortó su particular monólogo. La niña acostumbraba a parar para tomar aire, lo cual en muchos casos acababa desembocando en un ataque de tos. Pero en esta ocasión la profesora sintió que algo era distinto. Pese a sus más que evidentes desvaríos, siempre acostumbraba a hacer coincidir dichos parones entre frase y frase, pero ahora había sido diferente. Lo había hecho en mitad de una palabra, de un modo excesivamente abrupto.

La profesora tragó saliva y se inclinó hacia la niña. Zoe tenía ambos ojos abiertos, límpidos y de un precioso color verde esmeralda. Incluso el derrame que había aquejado a su ojo herido, del que había desaparecido incluso la mancha perimetral del moratón, se había curado. Bárbara aguantó la respiración mientras miraba el pecho de la niña, esperando ver cómo subía y bajaba acompañando a su respiración. No sabía si se trataba de imaginaciones suyas, fruto del nerviosismo, o si realmente no respiraba, pero fue incapaz de detectar movimiento alguno. Un desagradable escalofrío recorrió su espalda.

BÁRBARA – ¿Zoe?

Bárbara asió a la niña del hombro, y la zarandeó con suavidad. Sus ojos seguían abiertos, pero ya no miraban a ningún lado. Su cabeza se ladeó de un modo desagradable, fruto del movimiento.

BÁRBARA – ¡Zoe!

La profesora se giró hacia Abril, suplicándole ayuda con la mirada. La médico asintió vagamente, y corrió a ocupar su lugar junto a la pequeña Zoe. Comprobó que, en efecto, carecía de respiración, y fue incapaz de encontrarle el pulso. Serena pese a la situación, haciendo gala de su profesionalidad, llegó incluso a inclinarse, guiada por su instinto de médico, para practicarle la respiración asistida. Pero entonces se dio cuenta que así lo único que conseguiría sería compartir su mismo destino, al resultar infectada con su saliva.

Sintió una enorme presión al notar las miradas de todos los presentes centradas en ella, pero no hizo nada. Todos los presentes sabían que ya nada podía hacerse por ella, que su destino había sido escrito días antes. Nada de lo que ella hiciese iba a cambiar eso.

Bárbara estalló en llanto al ver cómo Abril posaba sus dedos índice y corazón en los ojos de la niña, para cerrarlos definitivamente. Carlos, lejos del ángulo de visión de Bárbara, comprobó una vez más que la pistola que llevaba estuviese cargada y preparada para ser utilizada. Zoe había muerto.

3×1113 – Cinta

Publicado: 24/06/2017 en Al otro lado de la vida

1113

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

8 de enero de 2009

 

Christian se sorprendió bastante al comprobar que Bárbara accedía a su sugerencia de relevarla al cuidado de Zoe. La profesora llevaba más de cuarenta y ocho horas sin dormir y necesitaba descansar, aunque eso significase alejarse del lado de la pequeña enferma. El ex presidiario se molestó incluso en arroparla, después que cayese rendida en los brazos de Morfeo segundos después de echarse en su propia cama.

La vida en el barrio había seguido avanzando sin pena ni gloria, pero todo eran caras largas y silencios incómodos. Carlos había rescatado todos aquellos regalos que con tanta ilusión había ocultado bajo el árbol con la ayuda de Bárbara, y los había guardado a buen recaudo, sin saber muy bien si jamás llegarían a servir su propósito original. También se había molestado en retirar toda la decoración navideña del barrio, incluida la del álamo, aunque ello lo hizo tan solo para distraer la mente. No tuvo demasiado éxito en ese aspecto.

Habían seguido cuidando de los bebés como siempre, pero con la ayuda de Abril, que se había ofrecido a hacer una exploración pediátrica a todos y cada uno de ellos. Acabó bastante sorprendida por su buen estado de salud. Seguían reuniéndose para preparar la comida, alimentarse con ella y para limpiar utensilios y ropa, como de costumbre. Para desconcierto de todos, Paris y Abril tuvieron incluso la ocasión de enterrar el hacha de guerra. Fue el propio dinamitero quien propició el acercamiento, y Abril, que no era especialmente orgullosa, aceptó sus disculpas y se esforzó al menos en tolerar su presencia. A los ya habituales rituales se había sumado el de visitar a Zoe para ver cómo evolucionaba. Bárbara tan solo permitía visitas de cómo máximo dos personas a una vez, pero raro era el momento en el que la niña no estuviera acompañada.

Christian cerró con suavidad la puerta de la habitación de Bárbara y se dirigió a la de Zoe, notando cómo le latía con fuerza el corazón bajo el pecho. Sabía lo que se encontraría al cruzar aquél umbral, no en vano acababa de salir de ahí hacía un minuto, pero estaba muy nervioso. La puerta estaba entreabierta, y tan solo tuvo que empujarla un poco. Ahí dentro olía rancio, a cerrado, pero fuera hacía tanto frío y Zoe estaba tan débil, que la idea de abrir la ventana para ventilar el cuarto ni siquiera se le llegó a pasar por la cabeza.

Zoe había empeorado muchísimo las últimas horas. Si bien los frutos de la batalla con Morgan habían remitido hasta prácticamente desaparecer, pues incluso la hinchazón de su ojo amoratado había mejorado sustancialmente, su estado de salud general había empeorado preocupantemente.

En cuestión de veinticuatro horas había recuperado la fiebre de antaño, que se había vuelto mucho más fuerte, hasta incluso hacerla desvariar. A ella se había sumado un dolor general por todo el cuerpo que no le permitía siquiera dormir, y le obligaba a mantener los dientes apretados la mayor parte del tiempo. Abril la había visitado en varias ocasiones, recetándole una medicación cada vez más fuerte, pero todo esfuerzo había sido en vano. Aquél lento y triste declive parecía tener las horas contadas, y nada de lo que ellos hicieran iba a hacerlo cambiar.

Zoe giró lentamente la cabeza hacia la puerta al notar cómo Christian se acercaba a ella. Emitió un ligero gemido de dolor. Le dolían todos los músculos, como si hubiese estado haciendo un esfuerzo titánico las últimas horas, y aquél simple gesto le suponía todo un mundo. Se esforzó por esbozar una sonrisa al ver al ex presidiario. Christian, sin embargo, lucía un rictus de seriedad en la cara.

El ex presidiario tomó asiento en el mismo lugar donde Bárbara había estado sentada hasta hacía tan poco, y ambos amigos se miraron el uno al otro. Christian frunció ligeramente el ceño al ver cómo en el ojo antaño amoratado de Zoe, que ahora tan solo lucía un sutil tono violeta en su perímetro, mostraba un capilar roto, que había encharcado parcialmente el cuadrante inferior izquierdo del ojo de la niña. Si bien sabía que eso no tenía nada que ver con la infección, no pudo evitar notar un escalofrío en la espalda. Sintió que era una especie de mal presagio.

CHRISTIAN – ¿Qué tal te encuentras, Zoe?

La niña separó con dificultad sus labios, que se habían quedado pegados debido a la sequedad de su boca. Le dolía tanto la garganta que no era capaz de tragar, ni alimento ni agua, y hacía ya más de veinticuatro horas que no hacía aguas menores ni mayores. Mintió.

ZOE – Bien.

Christian tragó saliva. El corazón luchaba por salírsele del pecho.

CHRISTIAN – Tengo… He traído algo para ti.

Zoe frunció ligeramente el ceño. No era la primera vez que alguno de sus amigos, ignorante de su verdadero estado de salud, le traía alguna golosina. Sin embargo, la expresión facial de Christian no parecía sugerir algo así. El ex presidiario respiró hondo y se llevó la mano al bolsillo. Zoe emitió una corta inspiración, fruto de la sorpresa, al ver emerger del bolsillo de Christian su cinta violeta. La niña enseguida comenzó a toser, tapándose la boca con el brazo. Por fortuna, en esta ocasión no tardó mucho en recuperarse. El ex presidiario le entregó la cinta, y la niña la observó con detenimiento. No cabía duda, se trataba de su cinta, y no otra que Christian hubiese podido encontrar en cualquier mercería.

ZOE – ¿Dónde la has encontrado?

Christian cerró los ojos. Aún recordaba cuánto le había costado convencer a Josete para que se la diese y se comprometiese a no contárselo a nadie, explicándole que debía ser un secreto entre hombres de palabra. Mintió.

CHRISTIAN – La encontré en el solar de la grúa. Estaba ahí, entre unas bolsas. Sólo que… no tuviste ocasión de buscar lo suficiente.

Se había pasado más de media hora buscándola infructuosamente, y al parecer tan solo había sido el azar quien había impedido el éxito de su empresa. La niña acarició la cinta entre el pulgar y el índice y suspiró.

ZOE – ¿Cómo está Morgan?

Christian notó cómo le temblaban las piernas. No estaba acostumbrado a mentir, y si bien había decidido hacerlo por el bien de la niña, por apaciguar su espíritu, temía no estar a la altura. Estaba deseando salir de ahí cuanto antes, pero había prometido a Bárbara no separarse de la niña hasta que ella despertase, un par de horas más tarde.

CHRISTIAN – Bien… Se pone nervioso cuando escucha ruido alrededor, pero… él está bien.

ZOE – ¿Le has llevado comida?

El ex presidiario tragó saliva. Negó con la cabeza, al tiempo que se mordía el labio inferior.

ZOE – Estaba… estaba muy flaco. Necesita comer algo. Prométeme que le llevarás algo la próxima vez que vayas. Y… algo de agua.

Christian asintió con la cabeza.

CHRISTIAN – ¿Quieres que te la ponga?

ZOE – Sí. Claro. Gracias.

El ex presidiario siguió las instrucciones de la niña y le volvió a colocar la cinta en la muñeca de la pequeña. Pese a que aún conservaba los puntos que Abril había cosido en su herida, ésta había cicatrizado a una velocidad antinatural, como si de la de un infectado cualquiera se tratase, y ahora se veía hasta saludable. Zoe levantó con dificultad su brazo derecho, mostrando el dorso de la mano, para alejar de su campo de visión la cicatriz en forma de media luna que lucía por dentro, y sonrió al ver de nuevo la cinta en su muñeca. Christian tuvo que ocultar con tos el gimoteo nervioso que le provocó tal visión, manteniendo los ojos bien abiertos para evitar que sus lágrimas corrieran mejillas abajo.