1146

 

Mansión de Nemesio, isla Nefesh

22 de enero de 2009

 

HÉCTOR – ¿Estás totalmente seguro?

JUANJO – Que te digo que sí. Les he visto irse con mis propios ojos. Han salido con la furgoneta aquella, hará… una media hora como mucho.

HÉCTOR – ¿¡Media hora!?

JUANJO – Te hubiera llamado antes, pero… no quería levantar sospechas, y… no me he atrevido a acercarme hasta ahora. Al final no se han quedado los hermanos.

HÉCTOR – ¿Cómo que no?

JUANJO – No. No sé a cuento de qué, pero ellos también se han ido. ¡Si se han llevado hasta al perro!

HÉCTOR – ¿Y entonces quién se ha quedado con los niños?

JUANJO – Se ha quedado Marion, la morena, la de las tetas.

HÉCTOR – Sí, sí. Sé quién es.

JUANJO – Y la cría esa sorda, la que es tan rubia.

Una enorme sonrisa se dibujó en el rostro de Héctor. Esas eran las mejores noticias que podía recibir.

Había pasado al menos dos horas frente a la puerta del dormitorio de Abril esa mañana, esperando ansiosamente la llamada que creyó que no llegaría nunca. Ella estaba trabajando duro en la cocina, preparando un banquete de proporciones épicas para sus invitados. Había hablado con ellos la noche anterior, y aguardaba su llegada para pasado el mediodía. Cuando finalmente sonó, el corazón estuvo a punto de salírsele del pecho. La paró a toda prisa, pese a que con toda la ropa que había echado encima para sofocar el sonido, Abril no habría podido escucharla jamás desde la planta baja.

Su intención desde el principio era la de infiltrarse en el barrio sin ser visto, e ir matándolos uno a uno tan pronto volvieran, saboreando la venganza. Gustavo y su hermana serían un estorbo a ese respecto, y debían ser los primeros en morir. Si tal como Juanjo decía, finalmente habían cedido su puesto a aquellas dos chicas, eso aceleraría mucho más su plan de venganza. En su perversa mente, ambas merecían pasar a mejor vida con el mayor sufrimiento imaginable: no en vano habían ultrajado su honor.

HÉCTOR – Eso es lo de menos.

JUANJO – Ya…

HÉCTOR – Bueno, pues… si ellos ya se han ido, mejor será que vaya tirando, para que no me los acabe teniendo que encontrar cuando salga.

JUANJO – Sí… claro.

HÉCTOR – ¿Estarás pendiente de la entrada del colegio, para abrirme cuando llegue?

JUANJO – En eso habíamos quedado. ¿Cuánto crees que vas a tardar?

HÉCTOR – No conozco muy bien el camino, pero… de noche no se le me hace. Eso seguro.

Una vez más, Héctor mentía. Sí conocía bien el camino. Había estudiado el mapa de Nefesh hasta la extenuación las últimas semanas, analizando mil y una rutas para llegar a Bayit

JUANJO – Tú no te preocupes por eso. Y tampoco te preocupes si tardas un poco, que la isla está llena de esas cosas. Tómate tu tiempo.

HÉCTOR – Vale. Pues… quedamos así. Nos vemos luego.

JUANJO – Hasta ahora.

Héctor cortó la comunicación. Respiró hondo. Había llegado el momento. Volvió a colocar el taburete en su sitio, dejó la pila de ropa usada sobre la silla de la que la había quitado y salió del dormitorio. Estaba muy tenso, pero simultáneamente seguro de sí mismo y esperanzado. Llevaba demasiado tiempo esperando ese momento, y ahora se sentía más vivo que nunca.

Bajó las escaleras, dispuesto a abandonar a quien había sido su única compañía, amén de médico y cocinera, desde su encuentro fortuito en el hospital. Pensó en matarla a ella también, para no dejar cabos sueltos, pero ello no haría si no poner en alerta a sus enemigos. Asumió que también lo haría su reiterada ausencia, pero contra eso no podía hacer nada. Si había conseguido pasar desapercibido hasta el momento, haría todo lo que estuviera en su mano por conservar esa ventaja: ella viviría. Al menos por ahora.

HÉCTOR – Voy a salir un momento.

Abril se sobresaltó al escucharle. No le había visto entrar en la cocina. Sonrió. Llevaba toda la mañana trabajando a fondo en la cocina. La noticia de la repentina visita de los habitantes de Bayit la había cogido por sorpresa, pues ella misma pretendía invitarles, tras aceptar la fortuita sugerencia de Héctor. No había pasado ni una hora, y ella recibió una llamada en la que ellos proponían literalmente lo mismo. Lamentablemente, lo interpretó como una curiosa coincidencia, y no le dio mayor importancia. Él encontró ese hecho especialmente divertido.

ABRIL – ¿Qué vas, a por leña?

HÉCTOR – Sí.

Héctor esbozó una sonrisa. Abril puso los ojos en blanco.

ABRIL – ¿Intentas tomarme el pelo?

El ex presidiario rió abiertamente.

HÉCTOR – Que no. Que nos estamos quedando sin. Además, voy a ir aquí al lado.

ABRIL – Parece que estés esperando que recibamos visita para acordarte que nos falta leña, chico.

HÉCTOR – Mera coincidencia. Esta vez volveré antes que lleguen. Te doy mi palabra.

ABRIL – Haz lo que quieras, ya eres mayorcito. De todas maneras… aún tardarán un montón en llegar. ¿Luego podrías ayudarme con esto? Es que voy un poco mal de tiempo.

HÉCTOR – Sí. Claro. Cuenta con ello.

ABRIL – Ve con cuidado, ¿vale?

Héctor asintió, y sintió un extraño nudo en el estómago.

HÉCTOR – Adiós, Abril.

Ella estaba muy atareada con lo que tenía entre manos, y le despidió con un gesto de la cabeza, sin siquiera dirigirle la mirada.

Héctor corrió al establo. Sabía que tenía tiempo de sobras, pero no quería desperdiciar ni un segundo.

Se dirigió a toda prisa hacia el establo y fue directo hacia el armario amarillo del fondo. Cargó todas las garrafas de gasolina que guardaban en la pickup a excepción de las dos que estaban vacías. Acto seguido levantó uno de los sacos de semillas que había junto a los útiles de labranza, y dejó al descubierto un machete, un par de afiladísimos bisturís y un cuchillo de deshuesar que parecía sacado de una película de miedo de serie B. No había sido capaz de averiguar dónde guardaba sus armas, y no había tenido presencia de ánimo para buscarlas en ausencia de Abril, por miedo a echar al traste la confianza que ella había depositado en él. Estaba convencido que no necesitaría nada más, y siempre podía robar las armas de los cuerpos sin vida de quienes fuese eliminando.

Arrancó el vehículo y salió de las inmediaciones de la mansión, sin dejar de mirar atrás, temeroso de alertar a Abril. Salió de ahí a toda velocidad, consciente que debía ser muy precavido. No se dirigió a la ciudad, sino que tomó el camino opuesto. Daría un rodeo con el que garantizaría que cruzarse con sus enemigos. Lo tenía todo pensado. En adelante, nada podía salir mal.

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3×1145 – Aliados

Publicado: 12/05/2018 en Al otro lado de la vida

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Mansión de Nemesio, isla Nefesh

20 de enero de 2009

 

Héctor respiró hondo. Echó de nuevo un vistazo al reloj que pendía de la pared: pasaban veinte minutos de la hora acostumbrada. Chistó con la lengua y salió del dormitorio de Abril arrastrando los pies, con la intención de ir a desayunar.

Pese a que había estado esperándolo, el ex presidiario no pudo evitar dar un respingo tan pronto aquél estridente sonido hizo acto de presencia, cuando él se encontraba a punto de comenzar a bajar las escaleras. Se apresuró a desandar sus pasos, entró a toda prisa en la habitación y abrió la comunicación, acallando de ese modo el ruido. No quería que éste llamase la atención de Abril, por más que sabía que ella no sería capaz de escucharlo desde el establo, donde estaba dando de comer a los animales y tratando de curar la herida infectada en una las patas del potrillo.

JUANJO – ¿Hola?

HÉCTOR – ¿Juanjo?

JUANJO – Sí. Soy yo.

HÉCTOR – ¡Hombre! Ya pensé que hoy no me llamabas.

JUANJO – Es que… Ha habido mucho jaleo por aquí esta mañana. Y… ya sabes que no me gusta andar merodeando mientras todavía hay gente de por medio. Pero tenía que hablar contigo. Tengo una noticia… ¡No te lo vas a creer!

HÉCTOR – ¿El qué, qué pasa?

Desde su primer contacto, había pasado más de un mes hasta que volvieron a hablar, y fue de nuevo algo fortuito. Héctor había aprovechado una de las recurrentes ausencias matutinas de Abril para llamar de nuevo. Sus ansias de venganza le estaban minando la moral, y necesitaba sentir que hacía algo, pues ya llevaba demasiado tiempo metafóricamente de brazos cruzados. Él sabía a ciencia cierta que los habitantes del ático en el que habían instalado la estación de radio no acostumbraban a estar presentes a esa hora de la mañana. Abril se lo había hecho saber en uno de sus interminables monólogos, y él pensó que no perdería nada por probar suerte. Para su sorpresa y deleite, fue Juanjo el que respondió.

La fortuna quiso que esa mañana todos los habitantes de Bayit se encontrasen en el extremo más alejado del barrio amurallado, lejos del radio de acción de la señal acústica. Ahí estaban todos a excepción de Josete e Ío, que se encargaban de los bebés. El uno a duras penas entendía qué era ese ruido y no le dio importancia, y la otra sencillamente no lo escuchó, al ser sorda. En esos momentos Juanjo se encontraban en la calle corta, dispuesto a saquear por enésima vez las provisiones que guardaban, con excesivo poco celo, en el centro de ocio. Había visto cómo todos se dirigían al solar, y no había podido evitar aprovechar la oportunidad. Sin embargo, al ver que pasaban los minutos y el ruido no cesaba, la curiosidad fue más fuerte y acabó subiendo al ático, lo que permitió que ambos se pusieran en contacto por segunda vez.

Esa conversación, a diferencia de la primera, duró casi una hora. Juanjo necesitaba con urgencia alguien con quien hablar para desfogarse. Desde la llegada de Fernando al grupo cada vez se había ido distanciando más de todos, y a esas alturas a duras penas hablaba con nadie. Estaba muy frustrado por haber quedado al margen, como un apestado. Había aprendido a odiar a los habitantes de Bayit casi tanto como Héctor, y encontrar alguien con quien poder hablar al respecto le resultó muy gratificante. Más gratificante le resultó a Héctor contar con un infiltrado en la casa del enemigo, al que, si sabía dirigir adecuadamente, podría acudir para que le ayudase a llevar a término su ansiada venganza.

Para su sorpresa, fue el propio Juanjo el que propuso mantener conversaciones más regulares, aprovechando las horas de la mañana en las que sabía que el ático estaría desocupado. Al fin y al cabo, el bloque de pisos prácticamente tan solo lo utilizaban para ir a dormir. El ex presidiario aceptó de buena gana su propuesta y desde entonces, rara era la mañana que Juanjo no le llamaba y pasaban al menos quince minutos charlando. Tan solo ocurrió en una ocasión que quien contestó a su llamada fue Abril, tras una noche en la que se había ido a dormir tardísimo y no madrugó tanto como de costumbre. Juanjo se limitó a cortar la comunicación y ella se volvió a acostar, pues estaba demasiado agotada.

JUANJO – Estás de suerte. He escuchado que vas a recibir visita.

A Héctor le dio un vuelco el corazón.

HÉCTOR – ¿Cómo?

JUANJO – Sí. Escuché que lo comentaban ayer por la noche. Se ve que quieren ir a visitar a Abril. ¿Y a que no sabes a quién no han invitado?

Héctor frunció el ceño, demasiado superado por la noticia.

HÉCTOR – No les hagas ni caso, Juanjo. El tiempo pondrá a cada uno en su sitio, te lo garantizo.

JUANJO – No, si… ya me da igual. Como si se los quieren merendar un montón de infectados por el camino. Que les jodan.

HÉCTOR – ¿Y cuándo dices que van a venir?

JUANJO – No lo sé… Mañana o pasado. Estaban discutiéndolo. Todavía no creo que hayan tenido tiempo de decírselo ni a Abril. Lo que sí que sé es quién va ir. Irán todos menos estos dos últimos que llegaron con el barco. Olga y… el niño este… sí… ¿cómo se llamaba?

HÉCTOR – Sí. Los dos hermanos.

JUANJO – Sí… sí. Estuvieron discutiendo un rato, porque el niño quería ir, pero al final quedaron en que no. Alguien tenía que quedarse con los bebés. Y conmigo, desde luego, que no cuenten.

Héctor tragó saliva. El corazón le latía con fuerza. Esa era la oportunidad que tanto había esperado. Debía jugar bien sus cartas.

HÉCTOR – Pues no te pienses que me hace mucha gracia a mí, que vengan aquí a mi casa a dar por saco, la verdad…

El ex presidiario trató de poner en orden las mil y una ideas que le rondaban la cabeza. No podía dejarse ver en la mansión, y desaparecer fortuitamente de nuevo, sería demasiado sospechoso. Una idea le vino a la mente. Por fortuna, había forjado la suficiente confianza con el banquero para hablar sin tapujos, y decidió tirarse a la piscina.

HÉCTOR – Oye, ¿por qué no hacemos una cosa?

JUANJO – ¿El qué?

HÉCTOR – ¿Qué te parece si te voy a hacer una visita yo a ti, aprovechando que toda esa gente va a estar fuera?

Los tres segundos que tardó Juanjo en contestar se le asemejaron horas, y temió haber sido demasiado atrevido, demasiado directo.

JUANJO – Ah, mira. Genial. Me parece bien. Ya tengo ganas de conocerte. Además… será un buen momento, para que no anden preguntando.

A Héctor se le dibujó una enorme sonrisa en la cara.

HÉCTOR – Sólo que… no les digas nada a ellos, ¿vale?

El ex presidiario era consciente que estaba andando en la cuerda floja, pero al mismo tiempo sabía que jamás volvería a tener otra oportunidad como esa.

HÉCTOR – ¿Podrás hacerlo?

JUANJO – ¿Que si podré hacerlo? Me molestaría más que me pidieras que lo hiciera. Esto es cosa mía… Es cosa nuestra. Yo puedo invitar aquí a quien me dé la gana, Ezequiel. Faltaría más.

HÉCTOR – ¿Te encargarás tú de abrirme cuando llegue con el coche? Es que… no quiero estar ahí fuera mucho tiempo esperando. Es por los infectados… ¿sabes?

JUANJO – Ah… sí. Claro. No hay problema. Joder. ¡Faltaría más!

Héctor se apresuró a dirigir la conversación en otra dirección. Ahora que había conseguido lo que quería, no tenía intención de jugársela. En adelante, tenía mucho trabajo para urdir su plan maestro.

3×1144 – Hacha

Publicado: 08/05/2018 en Al otro lado de la vida

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Mansión de Nemesio, isla Nefesh

14 de diciembre de 2008

 

ABRIL – ¿Y tiene que ser precisamente ahora?

Héctor alzó los hombros. Resultaba algo cómico verle hacerlo sin uno de sus brazos.

HÉCTOR – ¿Qué quieres, que tengan que estar con la chaqueta puesta todo el rato? Nos quedamos anoche sin leña. Sólo queda la de la cocina. Hace un frío que pela.

Abril reflexionó al respecto, abrigada hasta el cuello. Héctor tenía razón. Ella llevaba mucho tiempo posponiendo el momento de ir a buscar leña. En la mansión había madera por todos lados, pero consideró que no era adecuado ir partiendo las patas de las camas o destrozando las puertas para alimentar la chimenea, habida cuenta que les circundaban cientos de hectáreas de bosque tupido. Hubiera preferido acompañarle, pero tenía la comida a medio preparar, y quería demostrar que era una buena anfitriona cuando llegasen sus invitados. Héctor parecía impaciente.

ABRIL – Bueno, vale. Pero no tardes, que tienen que estar ya al caer.

HÉCTOR – Que no, mujer. Para cuando lleguen ya he vuelto de sobras. Buscaré un árbol que tenga la leña bien seca, y vuelvo enseguida.

ABRIL – Coge lo justo para aguantar hasta mañana, tampoco te mates. Ya tendremos tiempo de ir a buscar más cuando se vayan. Y así te puedo acompañar. Entre los dos será… más… fácil.

HÉCTOR – Que sí…

Abril despidió a Héctor con un gesto de la cabeza, y prosiguió con sus quehaceres en la cocina, en la que llevaba encerrada varias horas. El ex presidiario salió de la mansión a toda prisa, con el corazón latiéndole a toda velocidad en el pecho. Había esperado más de lo prudente a abandonarla, y temía cruzarse con sus enemigos. Su intención era la de ausentarse el tiempo justo para evitar el encuentro con los invitados, pero sin despertar más sospechas de lo imprescindible.

La noticia de que recibirían visita le había cogido con la guardia baja. Llevaba mucho más tiempo del que hubiese deseado posponiendo el momento de ir a por ellos, pero sabía que ese no era el adecuado para actuar. El grupo estaba dividido en tres, ahora que una parte había abandonado la isla en otro barco para ir a buscar más supervivientes. El resto estaba en Bayit, y tres de ellos se dirigían hacia la mansión. Podría acabar con ellos ese mismo día, pero así echaría por tierra el factor sorpresa, y tenía demasiado rencor guardado para dejar el trabajo a medias. Cuando lo hiciera, lo haría bien. Debía esperar un poco más.

Se alejó de la mansión siguiendo el serpenteante curso del río, en sentido opuesto al de la corriente. De ese modo resultaba virtualmente imposible perderse: tan solo tendría que encontrar de nuevo el río y seguir su curso hasta dar con la caída de agua que había junto a la mansión. Caminó y caminó, regañándose por seguir posponiendo su cada día más ansiada venganza. Ya había perdido la noción del tiempo cuando algo le llamó la atención.

En mitad de un claro junto al río descansaba un árbol que en tiempos debió de ser majestuoso. Su madera era grisácea, del tiempo que hacía que debía llevar muerto. Estaba literalmente partido por la mitad. Al acercarse un poco más, empujando la carretilla sobre la que descansaba el hacha, se dio cuenta del motivo. Todo apuntaba a pensar que había sido víctima de un rayo, aunque más bien parecía que le hubieran dado un hachazo con un hacha descomunal, a juzgar por la forma que había adoptado. Eso era más de lo que él necesitaba, y se descubrió sonriendo.

Para su sorpresa, hacer leña del árbol, pese a carecer de uno de sus brazos, no resultó demasiado complicado. La leña estaba excepcionalmente seca, y él había fortalecido mucho el único brazo que le quedaba, que ahora lucía incluso más musculoso que antes de su defunción.

Perdió por completo la noción del tiempo a medida que llenaba más y más la carreta con aquellos pedazos de madera que calentarían la mansión las frías noches del invierno que estaba a punto de llegar. Se ensañó mucho con él, imaginando que los hachazos no se los daba al árbol muerto sino a los cuerpos de Bárbara, Paris, Carlos o aquella niña pelirroja cuyo nombre no era capaz de recordar. Al menos consiguió desfogarse un poco, y para cuando quiso darse cuenta, la carreta ya no daba más de sí. Podría haberse pasado otra hora generando leña, pero no tendría con qué llevarla a la mansión. Algo más relajado, con la frente perlada de sudor y respirando agitadamente, desanduvo sus pasos, volviendo hacia la mansión.

Llevaba más de dos horas esperando entre la espesura del bosque, junto a la mansión, con la carreta hasta arriba de madera, cuando escuchó sus voces. Se le revolvió el estómago al ver aparecer a Marion, riendo alegremente ante alguna ocurrencia de Carlos, que le seguía a corta distancia. No fue hasta entonces que cayó en la cuenta que era a ella a quién más ganas tenía de arrebatar la vida. Los demás le habían insultado y le habían vilipendiado, pero ella lo había hecho de la manera más humillante: primero matando a su mejor amigo, y luego huyendo en plena noche después de dejarle desnudo y dolorido.

Se convenció del todo de que debía hacerlo cuanto antes, y se sorprendió sosteniendo el hacha en la mano. Le costó mucho trabajo contenerse, más al ver aparecer a Fernando en escena. Aquél hombre también le había traicionado, y al final había acabado optando por unirse al enemigo, participando activamente en la misión que acabó con la vida del resto de ex presidiarios, en compañía de aquél hombre tan gordo. Él también debía morir.

Ellos se despidieron cortésmente de Abril, con besos y abrazos, y subieron al vehículo con el que habían venido hasta ahí. Tan pronto les perdió de vista, anudó a su hombro aquella cuerda hábilmente asida a la carreta, agarró la otra asa con la mano que le quedaba libre, y se dirigió hacia Abril. Ella se había quedado quieta frente a la entrada de servicio, con la mirada perdida, pero tan pronto le vio corrió a recibirle.

ABRIL – ¿¡Se puede saber dónde te habías metido!?

HÉCTOR – Yo también me alegro de verte.

3×1143 – Nexo

Publicado: 05/05/2018 en Al otro lado de la vida

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Mansión de Nemesio, isla Nefesh

30 de noviembre de 2008

 

Un sonido al otro lado de la pared abstrajo a Héctor de la duermevela en la que se había sumido tras la más que copiosa comida que había compartido con Abril hacías unas horas. Se incorporó en la cama, apoyando su muñón en las sábanas arrugadas. Ya no precisaba siquiera de vendajes: había cicatrizado por completo y lucía un aspecto saludable, en gran medida gracias a la ayuda de la médico.

Llevaba conviviendo con ella desde hacía casi una semana, y desde entonces no había parado de darle vueltas a la idea de acabar con su vida. Sin embargo, la original prórroga se iba convirtiendo a cada nuevo día en una convicción cada vez más clara de que no quería deshacerse de ella. Al menos no por el momento.

Desde hacía demasiado tiempo, a Héctor siempre le precedía su infamia, y debido a ello se había ganado el respeto y el temor de todos quienes se cruzaban en su camino, ya fueran funcionarios de la prisión u otros presos. Todos le veían como Cobra, el asesino despiadado que jamás se había arrepentido de las atrocidades que le habían privado de la libertad. Con Abril era totalmente distinto. Frente a ella se había presentado desde el minuto cero como Ezequiel, un hombre algo huraño y parco en palabras, que como carta de presentación le había salvado la vida. Ella le trataba como a un igual, quizá con demasiada familiaridad para su gusto, pero con una educación y un respeto exquisitos, tanto que la idea original de acabar con su vida se iba diluyendo más y más a medida que pasaban los días.

Por una parte, debía reconocer que su ayuda con el brazo amputado había sido de valor incalculable. Ella había cuidado de él desde el primer momento y se había mostrado muy volcada en su papel de médico, ofreciéndole sus cuidados desinteresadamente. Tanto, que incluso se vio tentado a pedirle ayuda con sus demás heridas. Pero eso sencillamente no podía ocurrir. Él nunca se había desnudado frente a ella: jamás podría justificar todas las cicatrices que tenía en el pecho con una historia convincente. Suficiente tenía con pasar por alto la que le cruzaba de extremo a extremo la mejilla izquierda, fruto del infructuoso intento por defenderse de su primera víctima mortal.

Pero es que además de su faceta de médico y la de cocinera, que le tenía encantado, pues ya incluso había olvidado el tiempo que hacía que había dejado de disfrutar de una buena comida, era su manera de tratarle lo que más le agradaba. Jamás serían amigos: no tenían nada en común y a él no le atraía especialmente su personalidad, pero era una persona con la que podía pasar horas charlando. No obstante, había aprendido a tolerarla, y resultaba demasiado valiosa como fuente de información sobre el grupo de personas con el que quería acabar como para pensar en borrarla del mapa.

Abril hablaba con toda naturalidad de sus amigos, y Héctor estaba convencido a esas alturas que sabría dar con ellos, siguiendo las pistas que ella le había expuesto en uno de sus frecuentes monólogos. En una ocasión incluso le habló de sí mismo, mostrándole una versión algo distorsionada de los encuentros que sus amigos habían tenido con él y el resto de ex presidiarios. Fue así como pudo corroborar sus sospechas sobre que le daban por muerto, lo cual le hizo sentir aún más orgulloso de sí mismo. Cuando encontrase el momento idóneo para dar rienda suelta a su meditada venganza, jugaría con el factor sorpresa. Pero aún debía responder a dos preguntas que le atormentaban día y noche: el cómo y el cuándo.

El ex presidiario caminó hacia la puerta y echó un vistazo a la habitación contigua: el dormitorio de Abril. Era de ahí de donde provenía aquél sonido, de la estación de radioaficionado con la que la médico se comunicaba con sus amigos; sus enemigos. Ella hacía más de una hora que había salido de la mansión para ir a cuidar de los animales, y él estaba convencido que no volvería hasta bien entrada la tarde: era una mujer de costumbres. Caminó hacia la radio y se plantó delante. Ella estaba lo suficientemente lejos de ahí como para no oír la llamada.

Respiró hondo, y se vio tentado a contestar. Se lo había visto hacer a Abril más de una vez, y estaba convencido que sabría cómo hacerlo. Pensó que no perdería nada por abrir la vía de comunicación, con no contestar si quien había al otro lado era alguno de ellos, tendría más que suficiente.

JUANJO – ¿Hola?

Héctor frunció el entrecejo. No recordaba haber oído aquella voz anteriormente.

JUANJO – Hola, soy Juanjo. ¿Hay alguien ahí?

Abril le había hablado de sus amigos y conocía el nombre de todos ellos. El hombre que estaba al otro lado de la línea no formaba parte de aquél grupo, al menos no que él supiera. Durante unos instantes se vio tentado a cortar la comunicación, pero la curiosidad que albergaba era demasiado grande. El ex presidiario respiró hondo, y decidió arriesgarse. Amparándose en el anonimato que le brindaba su nuevo apodo y el hecho que aquél hombre no sabía de su existencia, decidió probar suerte.

HÉCTOR– ¿Y tú quién eres?

Fue una conversación muy corta, en la que a duras penas intercambiaron unas cuantas frases. Héctor se mantuvo en todo momento muy a la defensiva, aunque más tarde se arrepentiría de ello. En cualquier caso, tuvo que cortar la comunicación a toda prisa enseguida, con el corazón en un puño, tan pronto escuchó a Abril llamándole a voces desde la planta baja, informándole de que había vuelto y que la encontraría en la cocina. Ello sembró los cimientos de una relación muy particular. Cada cual a su manera, ambos se parecían más de lo que cualquiera podría observar a simple vista.

Esa fue la primera vez que Héctor y Juanjo hablaron. Pero no sería la última.

3×1142 – Vano

Publicado: 01/05/2018 en Al otro lado de la vida

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Alrededores de la mansión de Nemesio, isla Nefesh

25 de noviembre de 2008

 

Héctor observaba la imponente mansión a través de la ventanilla, con el mentón ligeramente levantado. No daba crédito a cómo alguien había decidido erigir una vivienda de esa envergadura en un lugar tan recóndito y mal comunicado con la ciudad. Sin duda, debía tratarse de una familia adinerada y especialmente huraña. La médico estaba visiblemente nerviosa y resultaba evidente que tenía mucha prisa por encontrarse con su paciente, lo cual resultaba un engorro para Héctor. Abrió su puerta y le hizo un gesto con la mano, instándole a salir del coche.

ABRIL – Ven, ven.

El ex presidiario cerró con un fuerte portazo la puerta del vehículo al salir y acompañó de mala gana a la médico hacia aquella pequeña puerta de servicio, maravillado por la caída de agua que provocaba todo aquél ruido, preguntándose por qué no entraban por al puerta principal. La siguió por varios pasadizos, iluminados pobremente por ventanas firmemente tapiadas con maderos y puertas abiertas, hasta que llegaron al vestíbulo de entrada, ridículamente ostentoso. Entonces cayó en la cuenta de por qué no habían entrado por la puerta principal; por ahí no habrían podido entrar ni cien infectados golpeándola y empujándola al mismo tiempo. Esa vivienda estaba muy bien protegida ante la pandemia que asolaba el planeta, por más que no lo necesitaba.

La acompañó escaleras arriba, y de nuevo por un par de pasillos aún más oscuros, hasta que vio cómo se plantaba frente a una puerta cerrada. Héctor se quedó a una distancia prudencial de ella, y tanteó el bolsillo para comprobar que el bisturí seguía ahí.

ABRIL – ¿Hola?

La médico tragó saliva, respiró hondo, y giró del pomo de la puerta, atrayéndola hacia sí. Tan pronto tuvo ocasión de ver lo que había al otro lado, chistó con la lengua, contrariada, agitando la cabeza de lado a lado.

ABRIL – Tenía que haberlo imaginado…

Héctor se acercó un poco más, sin soltar el bisturí, curioso por el destino de aquella otra mujer de la que tanto había hablado Abril durante el trayecto a la mansión.

Al echar un vistazo a través de la puerta abierta descubrió un dormitorio bastante grande, por el que parecía haber pasado un pequeño huracán. Las cortinas descansaban hechas un bulto informe en el suelo, y una de las barras de madera estaba partida por la mitad. Había ropa de cama tirada por todos lados, varios armarios y cajones estaban abiertos y las paredes lucían manchas irregulares de sangre, algunas de las cuales recordaban la forma de una mano humana. Lo que más le llamó la atención fue la ventana: estaba rota de un modo muy extraño, y entre los cristales partidos se podían ver más manchas de sangre seca.

Abril respiró hondo y soltó el aire lentamente, en medio de la habitación, de espaldas a Héctor. Había llegado tarde. De todos modos, tampoco hubiera podido hacer nada por ayudarla, de modo que haber estado ausente durante su muerte, resucitación y posterior huida, en el fondo había sido un golpe de suerte. Se puso a hablar atropelladamente, más consigo misma que con Héctor, lamentando su demora, intentando justificar que había hecho todo lo que estaba en su mano, e imaginando que a esas alturas aquella mujer podía estar en cualquier lugar del bosque, y que con toda seguridad no volverían a saber de ella. Pero Héctor ya no la escuchaba. Decidió que ya había tenido bastante: había obtenido de ella más de lo que podría haber soñado. Ya no la necesitaba. Sacó el bisturí del bolsillo, mientras la médico no paraba de hablar, ajena a sus intenciones.

Héctor dio un paso en su dirección, ocultando el bisturí en la palma cerrada de su mano, dispuesto a rebanarle el cuello ahí mismo, sin darle siquiera ocasión a defenderse. Tenía mucha curiosidad por saber cuánto podría encontrar ahí, y Abril no era más que un estorbo. Durante el trayecto hacia la mansión había fantaseado con la idea de violarla antes de acabar con su vida, pero aún tenía demasiado reciente el incidente con Marion, y prefirió no arriesgarse, pues ahora jugaba aún con menos ventaja, al carecer de un brazo. Además, no se sentía nada excitado ni atraído por la médico: no era su tipo.

Estaba tan solo a un paso de ella, con el bisturí en alto, cuando se sobresaltó al escucharla gritar.

ABRIL – ¡Eh!

La médico se giró hacia Héctor, que tuvo el tiempo justo de esconder el bisturí en su mano. De no haber estado infectado, habría gritado de dolor al notar aquél pequeño corte en la palma.

ABRIL – Tengo que hacer una llamada.

Abril sorteó ágilmente al ex presidiario y salió de la habitación. Él giró levemente la cabeza, contrariado. La médico se dirigió a Héctor, desde el pasillo, y le invitó a acompañarle.

ABRIL – Tengo a unos amigos, en… a las afueras de la ciudad. Les prometí que les llamaría en cuanto llegase. No quiero que se preocupen.

Aún siendo consciente que la probabilidad de que aquellos amigos de los que ella hablaba fueran los mismos que habían intentado hacerle volar por los aires era muy baja, Héctor prefirió no dejar pasar esa oportunidad. En un hábil gesto, girando el cuerpo cuarenta y cinco grados haciendo ver que observaba uno de los viejos cuadros de caza de la pared, se volvió a guardar el bisturí en el bolsillo. Por el momento no lo necesitaría.

Siguió a la médico hasta el final del pasillo, hasta dar con otro dormitorio, aún más grande, en el que había instalado algo parecido a una estación de radio para aficionados. Se sorprendió al ver cómo la médico la ponía en funcionamiento.

ABRIL – ¿Zoe?

MAYA – No. Soy yo, Maya.

Por fortuna, Abril le estaba dando la espalda y no vio la expresión perpleja de su cara. De lo contrario, habría tenido severos problemas para justificarla. Héctor se esforzó por serenarse, a medida que escuchaba hablar a las dos mujeres. Si estaba en lo cierto, la joven con la que la médico estaba hablando era aquella chica que, según la versión del difunto Gerardo, lucía un mordisco en la pierna, y Abril hablaba de aquella niña pelirroja que habían capturado para luego perder en el desafortunado incidente de la granada.

A medida que la conversación avanzaba, la médico intentó involucrarle a él presentándoselo a su joven amiga. Él rehusó torpemente tal ofrecimiento, despertando las sospechas de la médico. Por fortuna, la conversación fue bastante corta. Una vez acabada, Abril se dirigió de nuevo a él.

ABRIL – No tenías pinta de ser tan tímido en el hospital.

Héctor alzó los hombros. La médico se levantó del taburete y se acercó a él, le agarró del antebrazo y le hizo un gesto con la cabeza.

ABRIL – Va, vamos a comer algo, que debes estar muerto de hambre.

Abril estaba en lo cierto. El ex presidiario asintió, y siguió de nuevo a Abril por los pasillos y las escaleras en dirección a la cocina, mientras reflexionaba sobre lo que acababa de ocurrir. Eso lo volvía todo mucho más fácil. Héctor se sentía pletórico; no daba crédito a la suerte que había tenido de encontrar fortuitamente a Abril. Disponía de la oportunidad perfecta para llevar a cabo su ansiada venganza, contando con el factor sorpresa. Aquella mujer le sería de mucha más utilidad de la que había pensado: por el momento, le perdonaría la vida.

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Hospital Qinah, ciudad de Nefesh

25 de noviembre de 2008

 

ABRIL – ¿Y cuánto tiempo dices que llevas aquí?

HÉCTOR – No lo sé… ¿Una semana?

La médico asintió, interesada pero también muy concentrada en su tarea. Sabía que jugaba a contrarreloj, y ya había perdido demasiado tiempo. Héctor observaba con más que evidente hastío cómo Abril seguía paseándose de un extremo al otro de la sala, colocando todo tipo de medicamentos y equipamiento médico sobre un carrito de acero inoxidable que había aparecido ahí como por arte de magia. Se hostigaba por no haber sido más rápido de reflejos, pues la médico cogió el arma antes que él cayera en la cuenta. Los cadáveres de los tres infectados seguían desangrándose en el suelo, pero ella parecía no verlos.

ABRIL – ¿Y te lo has curado tú solo?

HÉCTOR – ¿El qué?

Abril señaló su muñón. Él le echó un vistazo a sus vendajes. Resultaba evidente que no lo había hecho un profesional, pero para habérselo vendado él mismo y con una sola mano, no estaban nada mal.

ABRIL – Yo es que soy médico, ¿sabes?

HÉCTOR – ¿Tan mal lo he hecho?

ABRIL – No, no. Para nada. No me malinterpretes. Si has conseguido… Joder, has hecho un muy buen trabajo, Ezequiel.

Héctor frunció ligeramente el ceño al escuchar ese nombre, un instante antes de recordar que era su nuevo apodo.

ABRIL – Si quieres le puedo echar un vistazo, para… comprobar si está todo en regla.

HÉCTOR – No, no hará falta. Está bastante bien.

ABRIL – No es molestia. De hecho… he venido aquí en busca de medicamentos y equipamiento que necesitaba, porque me he encontrado a otra persona herida allá donde vivo, y necesita ayuda urgente. Por eso tengo tanta prisa, ¿sabes?

El ex presidiario recuperó repentinamente el interés por la conversación.

HÉCTOR – ¿Dónde dices que vives?

ABRIL – En… una casa que hay en mitad del bosque, junto a una cascada. Vivo sola. Tengo… unos pocos animales. Desde que… llegó aquí la epidemia… nunca me ha parecido buena idea vivir en la ciudad. La mayoría de los infectados están por aquí. Y yo, la verdad… es que no se me da muy bien lidiar con ellos. Bueno, ya lo has visto. En el bosque… sí, hay alguno por ahí perdido, pero… donde yo vivo, no se acerca ni uno. Pero ni uno, de verdad. Es exagerado.

Ella siguió con sus quehaceres. Héctor aprovechó para recuperar su bisturí, arrancándoselo de la cabeza al último infectado que había ajusticiado, y comenzó a limpiarlo despreocupadamente.

ABRIL – ¿Y cómo te hiciste eso?

Héctor respiró hondo. No le gustaba un pelo esa mujer, pero resultaba evidente que con su ayuda podría recuperarse definitivamente, obtener un lugar seguro donde dormir y alimento. Tenía mucho que ganar y muy poco que perder, de modo que prefirió seguirle el juego un poco más.

HÉCTOR – Me mordió uno, en la muñeca.

Abril dejó lo que estaba haciendo y se lo quedó mirando, con los ojos bien abiertos.

HÉCTOR – Por suerte, pude cortarme el brazo antes de que la infección se extendiera, y salvé la vida.

La médico se dio media vuelta e hizo ver que buscaba algo en la estantería que tenía delante, para evitar que Héctor pudiera ver la expresión de su cara. Su respuesta más bien parecía el argumento de una mala película de muertos vivientes. No obstante, prefirió no decirle nada. Estaba convencida que amputando el miembro, si realmente había resultado infectado, no conseguiría nada. El virus era mucho más rápido, y tan pronto accedía al aparato circulatorio, se extendía como la pólvora encendida por todo el cuerpo. Si aquél hombre realmente había resultado infectado y se había amputado el brazo para evitar la propagación del virus, debía haberlo hecho en vano, pues si seguía vivo, era sin duda porque jamás se había vacunado, y no por su noble aunque estéril hazaña. No obstante, prefirió no mostrarle abiertamente su perspectiva, por no hacerle sentir aún peor. El cualquier caso, ahora sabía que estaba infectado, al igual que Bárbara, de modo que mantendría las distancias.

Abril se giró de nuevo hacia él, sosteniendo un paquete lleno de píldoras blancas en la mano. No pudo evitar mirar de nuevo el vendaje de su muñón, y reparó en que tenía una mancha de sangre.

ABRIL – ¿Seguro que no quieres que te lo mire? Estás sangrando.

Héctor frunció el ceño, contrariado, y miró el vendaje. Se sorprendió al ver que, en efecto, en el extremo del codo había una mancha rojiza que crecía por momentos. Hasta el momento había estado perfectamente limpio. Él guardaba mucho celo con la higiene de sus heridas, y en especial con la de su brazo amputado.

HÉCTOR – Esto es porque le he dado un golpe al… payaso este.

El ex presidiario le dio una patada al infectado que tenía a sus pies.

HÉCTOR – Y… Pero que estoy bien, de verdad.

Ambos cruzaron la mirada un segundo. Abril no pudo evitar que su vena profesional se impusiera al instinto.

ABRIL – ¿Por qué no te vienes?

Héctor alzó las cejas, sorprendido. Pensaba que le costaría mucho convencerla para ello, y que tendría que hacerlo a punta de bisturí. Eso sólo facilitaba las cosas. Se demoró unos segundos en responder, haciendo ver que reflexionaba al respecto.

HÉCTOR – ¿No seré una carga?

ABRIL – Parece que te las arreglas bastante bien, solo. Y además…

La médico echó un vistazo a los cadáveres que había estado esquivando continuamente mientras recolectaba todas aquellas medicinas.

ABRIL – Te debo una.

HÉCTOR – Pues… Vale. Gracias.

ABRIL – Gracias a ti. Insisto.

Abril empujó el carrito por aquél largo pasillo, dejando en el proceso cuatro marcas rojas en el suelo durante su avance, junto a la miríada de huellas de pies de idéntico color que lo decoraban por doquier.

ABRIL – Ayúdame con esto. Tengo el coche aparcado ahí delante.

Héctor respiró hondo, y agarró la bolsa que la médico le ofrecía. Ambos desanduvieron el camino que la médico había tomado para llegar hasta aquél almacén y, tras cerrar concienzudamente a su paso, subieron a bordo de la pickup que Abril había utilizado para llegar a Nefesh, y pusieron rumbo de vuelta a la mansión de Nemesio.

1140

Hospital Qinah, ciudad de Nefesh

25 de noviembre de 2008

 

Un ruido en la planta baja despertó a Héctor de una pesadilla bastante recurrente en la que un millar de infectados le descuartizaban sin clemencia. Se incorporó rápidamente, con las sientes perladas por sudor y aún algo aturdido. Aguzó el oído y esperó pacientemente unos segundos, pero aquél sonido no se repitió. No obstante, él estaba convencido que había oído un disparo.

Llevaba más de una semana encerrado en el hospital, sin encontrar el momento de abandonarlo de una vez por todas. Durante ese período de tiempo sus heridas habían evolucionado muy favorablemente: muchas de ellas ya estaban perfectamente cicatrizadas e incluso se había tomado la libertad de quitarse los puntos. Otras, sin embargo, mucho más profundas, aún requerían constantes cuidados, lo cual le resultaba excepcionalmente tedioso. Ahí dentro había dado con una fuente ilimitada de agua, pero a excepción de eso, a duras penas había encontrado unas pocas bolsitas de bollería industrial, algunas golosinas y media docena de refrescos azucarados que echarse a la boca. Desde su resucitación había perdido mucho peso debido a su paupérrima alimentación. El poco pelo que tenía estaba grasiento y tenía la barba descuidada y llena de migajas. Olfateó su axila y tuvo que apartarse, después de haberse ofendido a sí mismo.

Tenso ante la perspectiva de recibir la visita de los verdugos de sus verdugos, a sabiendas que estaban mucho mejor preparados que él, se puso en pie. Durante un momento se vio tentado a esconderse, consciente que aún no estaba preparado para hacerles frente. Respiró hondo y escuchó el eco de unas voces. La curiosidad fue mucho mayor que su recelo y tomó la decisión de bajar. Llevaba ya demasiado tiempo postergando el momento de abandonar definitivamente el hospital, y esa excusa parecía tan buena como cualquier otra.

Bajó las escaleras de dos en dos, intentando mantener el equilibrio pero aún con dificultades para acostumbrarse a la ausencia de su miembro. Pese a que no se había vuelto a repetir ningún disparo, resultaba evidente que ya no estaba solo en el hospital. Siguió el ruido de los ecos de aquellas voces que sonaban cada vez más cercanas. Camuflada entre las habituales incongruencias de los infectados se escuchaba una voz femenina que intentaba, en vano, razonar con ellos. No tardó mucho en llegar al lugar del que provenía el sonido.

Cruzó la última esquina de aquél pasillo laberíntico y vio a una infectada tumbada boca arriba bajo el umbral de una puerta abierta, con un agujero de bala en la sien del que manaba una sangre tan oscura que parecía negra. Se acercó a toda prisa y echó un vistazo al interior de aquella sala, lugar del que provenían las voces. Junto al tobillo de la infectada descansaba una pistola semiautomática, sin duda la autora del disparo que le había desperado de su siesta. Delante de ella, dos infectados le daban la espalda. Ambos caminaban sin prisa pero sin pausa hacia el final de la sala en busca de una mujer bajita de piel y pelo oscuros a la que él no había visto en su vida.

Héctor no comprendía cómo había podido llegar esa mujer hasta ahí, y mucho menos los infectados. Hasta el momento, el hospital había sido una fortaleza tanto o más eficaz para mantenerlos a raya que el propio hotel, con muralla y todo. Resultaba evidente que la mujer conocía un lugar por el que acceder al hospital, lugar por el que, presumiblemente sin querer, había dejado entrar a los infectados. No en vano, había estado trabajando en él hasta que la infección se apoderó de la isla, y conocía hasta el último centímetro como la palma de su mano.

Abril estaba acorralada en una larga habitación cuyo único acceso era la puerta por la que había entrado. Tenía a lado y lado docenas de estanterías con infinidad de medicamentos y equipamiento médico sin estrenar, que arrojaba ansiosamente hacia los infectados que pretendían darle caza en un vano intento por persuadirles de que cejaran en su empeño. El ex presidiario esbozó una sonrisa. Por un momento se vio tentado a ver cómo se desarrollaba la escena, deleitándose con la muerte de la aquella mujer a manos de los infectados, pero tuvo una revelación. Si ella tenía un arma y hasta ahora había conservado la vida, seguramente vendría de un lugar en el que habría comida, o incluso mejor: más armas y municiones. Sacó el bisturí que llevaba en el pantalón y actuó instintivamente.

HÉCTOR – ¡Eh!

Uno de los infectados se giró; el otro siguió caminando en dirección a Abril, que se le quedó mirando a él, aún aterrorizada, pero con un brillo de esperanza en los ojos. Prácticamente sin esfuerzo, Héctor rebanó la yugular del infectado cuando éste llegó a su altura, haciendo una finta en el último momento para evitar su embestida. Se llevó un buen golpe en el muñón, pero mantuvo el tipo. El infectado, sin embargo, cayó a plomo al suelo, sujetándose el cuello con ambas manos, entre las que salía sangre a chorro, como en una fuente. No se levantaría de ahí con vida. El otro estaba a punto de alcanzar a Abril. El ex presidiario gritó de nuevo para llamar su atención, pero el infectado ni siquiera se inmutó. Eso le enfureció. Caminó hacia él al trote, esquivando todo lo que Abril había dejado desperdigado por el suelo, y justo en el último momento, cuando estaba a punto de alcanzar a Abril, que se había hecho un ovillo en el suelo, le rebanó el cuello por delante, con un ágil movimiento de muñeca.

Abril tuvo que taparse la cara con ambos brazos para evitar que la sangre le salpicase, al tiempo que gritaba, horrorizada ante tan dantesca perspectiva. El infectado se giró hacia Héctor, y éste aprovechó para clavarle el bisturí en la sien derecha, acabando definitivamente con su vida. En menos de un minuto, lo había dejado todo perdido de sangre. Pero al menos, ahora ya no había peligro alguno.

La médico apartó los brazos de delante de sus ojos y observó la escena. Aquél hombre, que había salido de la nada, acababa de salvarle la vida.

ABRIL – Joder. Creía que no lo contaba. ¡Madre de Dios!

Héctor le ofreció su única mano, para ayudarla a levantarse. Ella la miró, aún en un más que evidente estado de shock. La aceptó y se puso en pie con su ayuda. Las piernas aún le temblaban del miedo. Tragó saliva, y esbozó una sonrisa.

ABRIL – Gra… Gracias. Muchas gracias. Yo me llamo Abril.

HÉCTOR – Yo soy Héc… He… Ezequiel. Me llamo Ezequiel.

Abril frunció ligeramente el ceño, pero enseguida recuperó el semblante afable. Se acercó aún más a él, le plantó un beso por mejilla y le abrazó con fuerza. Héctor quedó quieto como una estaca, sin saber cómo reaccionar.

1139

 

Hospital Qinah, ciudad de Nefesh

15 de noviembre de 2008

 

Héctor no daba crédito a lo que le decían sus ojos. Volvió a introducir la hoja del bisturí en la carne viva de su brazo amputado, pero no notó prácticamente nada; poco más que un ligero cosquilleo. Estaba a mitad de camino  entre el desconcierto y la euforia. Creía encontrarse atrapado en un sueño, pero ni siquiera podía pellizcarse para corroborarlo, pues a duras penas lo habría notado.

Recuperar la vida después de haber asumido que la abandonaría para siempre le había resultado extremadamente satisfactorio. No en vano, aún recordaba la sensación de impotencia de sus últimos segundos de vida, a bordo del yate. Tener que pagar por ello con su brazo derecho y todas aquellas cicatrices, no era tanto de su gusto. De cualquier modo, se alegraba de lo que les había ocurrido a sus anteriores compañeros de prisión. No podría ser él quien se vengara por lo que le habían hecho, pero todos habían recibido su justo merecido, a juzgar por cuanto encontró en la playa al despertar de su efímero fallecimiento. Y encontró otra ventaja digna de mención: los autores de tal matanza también le darían a él por muerto, por lo que jugaba con el factor sorpresa para poder darles su merecido llegado el momento. Pero para eso aún era pronto.

Consciente que en su estado no duraría mucho por las calles de Nefesh, por más que el astro rey mantuviera a raya a la mayoría de los infectados y que los más próximos se encontraban en la playa dándose un festín, decidió buscar un lugar seguro en el que recuperarse. En cualquier caso, en el estado en el que se encontraba, pronto serviría de postre a alguno de ellos si no hacía algo por evitarlo. Su primera idea fue la de volver al hotel, pero enseguida recordó que eso ya no era una opción viable: a esas alturas tan solo debía quedar un esqueleto chamuscado donde antaño se había erguido aquél fortín que le había servido de refugio desde su llegada a la isla. La decisión de haberle prendido fuego ahora le resultaba un inconveniente mayúsculo, pero no se arrepentía de ella. De lo único que se arrepentía era de no estar ahí para ver la cara de aquél hombre tan gordo y aquella mujer de rubio pelo corto al descubrirlo.

Tan pronto llegó al paseo marítimo estudió los altos apartamentos para veraneantes que ahí se erguían. Se podría meter en cualquiera de ellos sin demasiados problemas, pero así lo único que haría sería ganar algo de tiempo. Tiempo en el que no tendría con qué curar sus heridas ni nada que llevarse al estómago. Convencido de que lo que necesitaba era recuperar su pretérito estado físico para poder estar en forma para su venganza final, concluyó que lo más inteligente sería dirigirse al hospital, donde poder curar sus cuantiosas heridas con el equipamiento necesario y sin visitas indeseadas. Ahí es donde se encontraba en esos momentos, ignorante de que la medicina moderna no podría darle nada que el virus que recorría su cuerpo no le hubiese regalado ya.

El camino hasta ahí no había sido en absoluto fácil. Se demoró más de cuatro horas, en las que tuvo serios problemas en más de media docena de ocasiones. Buena cuenta de ello la daban los numerosos arañazos y mordiscos que lucía en brazos y cuello, que hasta hacía unos minutos habían estado sangrando con mayor o menor profusión. Pero ni eso parecía preocuparle. Consciente que era gracias a ello que había recuperado la vida, ahora ya no tenía ningún miedo a resultar infectado: era obvio que ya lo estaba. Lo que no resultaba tan evidente era por qué no se había convertido en una de aquellas bestias en el proceso. No obstante, encontrar respuestas a esas preguntas tampoco era su prioridad en esos momentos. Seguía con vida y se encontraba en plena forma: eso era cuando necesitaba saber por el momento.

El acceso al hospital con un solo brazo tampoco había sido fácil. Por fortuna, éste estaba en un enclave aparentemente poco atractivo para los infectados. Hacía más de cinco minutos que no veía uno cuando llegó. Tuvo que rodearlo por completo dos veces hasta que encontró un punto por el que poder acceder, y aún así, tuvo serios problemas para escalar lo suficiente para colarse por aquél ventanuco. De lo que estaba convencido, era que un infectado jamás podría hacer lo que él acababa de hacer. Eran demasiado estúpidos. Fue precisamente en ese momento, forzando al máximo su brazo amputado, cuando se dio cuenta que apenas tenía sensibilidad, y que no sentía nada vagamente parecido al dolor.

Ahora se encontraba encerrado en una especie de quirófano que había encontrado vagando por la primera planta. Llevaba ahí más de dos horas atendiendo a sus numerosas heridas, con la más que evidente dificultad añadida de disponer de un único brazo y del hecho de ser su propio paciente. Había cosido todos y cada uno de los apuñalamientos de su pecho y su estómago, que más bien parecía un colador diseñado por un loco, con más de un centenar de puntos, y sin necesidad alguna de anestesia. Le sorprendía el hecho que no es que fuese insensible. Sí notaba cómo la aguja entraba y salía de su piel, pero más como una ligera caricia que como un pinchazo. Le costaría mucho acostumbrarse.

Con el trabajo acabado, se encontró con el dilema de qué hacer con su brazo amputado. Lo había desinfectado a conciencia, quizá incluso en exceso, pero no era capaz de encontrar el modo de coserlo. La piel no era tan flexible. Por fortuna, el corte había sido excepcionalmente limpio, y confió en que vendándolo sería suficiente. Así lo hizo, al igual que había hecho con sus demás heridas, y una vez concluida tan ardua tarea, se descubrió con una amplia sonrisa en la boca. Se sintió invencible, convencido que ahora ya nadie podría hacerle frente, que era prácticamente inmortal.

3×1138 – Arena

Publicado: 17/04/2018 en Al otro lado de la vida

XXIV. HÉCTOR

Segundas partes nunca fueron buenas

1138

 

Playa junto al puerto deportivo de Nefesh

15 de noviembre de 2008

 

Héctor despertó sobresaltado, tomando una gran bocanada de aire que le provocó una arcada. La cabeza le daba vueltas. Estaba tumbado sobre su costado en una de las playas de aquella maldita isla a la que jamás debía haber acudido. Tenía la cara llena de arena, y sentía un intenso sabor a mar en la boca y un desagradable cosquilleo en su mano derecha. Todavía algo aturdido, intentó infructuosamente rascarse la palma de la mano con los dedos.

Aún algo mareado y con bastante dificultad, entreabrió los ojos. Una rápida inspección ocular le reveló algo que le heló la sangre: donde debía estar su mano derecha y su antebrazo, no había nada. Junto con él, había desaparecido el tatuaje de la cobra real que éste lucía, del que tan solo había conservado la punta de la cola, a la altura del codo. Su lugar, no obstante, lo ocupaba la cabeza de una infectada que, arrodillada sobre la arena, lamía su herida: un corte limpio que prácticamente había dejado de sangrar. Héctor no comprendía nada.

Ya no llovía, y por la posición del sol en el cielo aquella apacible mañana de otoño, todo apuntaba a pensar que no hacía mucho que había amanecido. En un cielo azul sin mácula vio la luna casi llena, que se despedía para volver la noche siguiente. Tragó saliva mezclada con un poco de arena y notó de nuevo aquél desagradable sabor salado en la boca. La infectada seguía lamiendo su herida, y pronto Héctor comprendió el motivo. Se trataba de una anciana, que a juzgar por su aspecto debía tener más de ochenta años. Carecía de dientes; debía haber perdido la dentadura postiza en alguno de sus primeros ataques después de resultar infectada. Si no le mordía era sencillamente porque no podía. Ya lo había intentado.

Aprovechando que aún no había despertado la atención de la infectada, miró en derredor sin mover la cabeza. No dio crédito a lo que le revelaban sus ojos recién resucitados. Sobre la arena y flotando en el agua, atraídos hacia la costa por la marea, había cientos de pedazos de aquél yate en el que sus hasta hacía tan poco compañeros de viaje habían intentado huir de la isla. Asimismo, cientos e incluso miles de pedazos de carne medio chamuscada eran atraídos por el incesante oleaje hacia la costa, a la que se habían acercado al menos dos docenas de infectados, que se alimentaban de la carne fresca con más que evidente deleite. Por fortuna, él no despertaba más atención que todos aquellos pedazos de carne sanguinolenta que había por doquier.

Héctor respiró hondo. Se incorporó un poco y ello hizo que la infectada, que hasta el momento tan atareada había estado bebiendo su sangre, se pusiera en estado de alerta. El ex presidiario intentó incorporarse, pero aún estaba demasiado débil, y no pudo evitar caer de espaldas cuando ésta se abalanzó sobre él y comenzó a mordisquearle el cuello con las encías desnudas, manchándole de saliva. Incluso sin su brazo derecho y aún algo indispuesto, pues hacía un minuto aún estaba muerto, no tuvo demasiadas dificultades para partirle el cuello, en un movimiento rápido y certero. No era la primera vez que lo hacía.

La infectada, ya muerta, cayó a plomo sobre su pecho, cual saco de patatas. Héctor, boca arriba en la arena, se llevó la mano al hombro, esforzándose en vano por limpiarse toda aquella saliva. Una tímida sonrisa se dibujó en su rostro. Fue entonces cuando se dio cuenta: era precisamente la saliva de aquella octogenaria la que le había devuelto la vida, pues de lo que no cabía la menor duda era que él había muerto la noche anterior a bordo del yate.

No le hizo falta siquiera levantar la camiseta que llevaba puesta para entender que había recibido muchas más puñaladas después de muerto, gentileza de los mismos individuos a los que el había salvado la vida en la prisión de Kéle, devolviéndoles la libertad de la que el estado de derecho les había privado. Ésta lucía muchos más agujeros de los que hubiese deseado. Al contrario de lo que él mismo hubiese podido prever, lo que sintió no fue rabia si no una increíble paz interior. Resultaba evidente que quienes le traicionaron habían corrido incluso peor suerte que él. Al fin y al cabo, si seguía vivo y de una sola pieza, a excepción de la porción de brazo que había perdido fruto de la explosión, mientras su cadáver era mecido por las olas, era gracias a ellos. La ironía le hizo esbozar otra sonrisa nerviosa.

Al pretender matarle a sangre fría, lo que habían hecho era darle una última oportunidad con la que ellos ya no podrían siquiera soñar jamás. Aquella paz le duró muy poco, tan pronto se preguntó cómo había ocurrido todo aquello.  No le cabía la menor duda de quién había perpetrado tal atrocidad. Le hirvió de nuevo la sangre, al darse cuenta que había vuelto a caer en la trampa de aquél pequeño grupo de supervivientes que tantas veces se la habían jugado, los mismos que habían acabado a sangre fría con la vida de Ángel, su único y mejor amigo. Héctor aún tenía muchas cuentas pendientes con ellos, pero no podría saldarlas si no abandonaba la playa cuanto antes.

Al intentar incorporarse de nuevo se llevó la mano izquierda al lateral del cuerpo, esforzándose por atesorar la fuerza suficiente para tenerse en pie. Notó algo duro y frunció ligeramente el ceño. Metió su única mano en el bolsillo y extrajo de él un pequeño vial con un extraño líquido violeta en su interior. Recordaba perfectamente cómo había llegado eso hasta ahí. Apretó los dientes con fuerza y volvió a guardarlo donde estaba. Conservarlo le recordaría cuál debía de ser su principal objetivo en adelante: acabar con todos y cada uno de ellos.

Finalmente consiguió levantarse, aún débil y extremadamente pálido, pues había perdido una cantidad de sangre incompatible a todas luces con la supervivencia. Por fortuna, el virus que ahora recorría hasta el último centímetro de su cuerpo se encargaría de restaurarla en tiempo récord, y devolverle en cuestión de horas la fuerza de la que había hecho gala antes de fallecer.

Caminó tambaleante hacia el paseo marítimo, sin dar crédito al hecho que los demás infectados no parecían en absoluto interesados en darle caza. Pensó que quizá fuese su caminar errático, el modo cómo arrastraba los pies, o tal vez el hecho que estuviese manchado de sangre. La realidad tenía mucho menos atractivo: si no intentaban atraparle, era sencillamente porque tenían demasiada hambre, y sobre la arena había mucha más comida que en su cuerpo mutilado y de color enfermizo.

1137

 

Campamento de refugiados a las afueras de Midbar

1 de octubre de 2008

 

Guille abandonó toda resistencia prácticamente antes de empezar. Curiosamente, esa era la reacción de gran parte de las víctimas de los infectados: gente que no estaba preparada ni física ni psicológicamente para hacer frente a un problema de tal calibre, que quedaba a merced de sus verdugos poco antes de unirse a ellos en busca de nuevas víctimas. Ver semejante explosión de violencia a su alrededor había hecho que su joven cerebro colapsase de puro estrés. El caos se había vuelto absoluto ahí dentro en cuestión de segundos.

Tras la caída de la primera porción de valla, y habida cuenta que ese no era bajo ningún concepto el mejor lugar por el que abandonar el ya nada seguro campamento, los refugiados que no se encontraban en primera fila, héroes que habían dado su vida por los demás aún sin tener la más remota intención, habían corrido hacia el portón de acceso donde se encontraban padre e hijo discutiendo con el soldado. La estampida de infectados venía tras ellos. Unos pocos tuvieron la suerte de meterse a toda prisa en algunos de los pequeños habitáculos prefabricados con paredes metálicas, cerrando a toda prisa tras de sí. El resto se limitó a huir hacia el mismo lugar por el que habían entrado al recinto, ignorantes de la suerte que correrían. El fuego de las armas retumbaba por doquier, y quienes las portaban pronto dejaron de distinguir entre infectados y refugiados, disparando a todo el que se moviese, con el único propósito de sobrevivir, aunque fuese a costa de la vida de cien inocentes.

Se trataba de un hombre alto y fornido, con una mirada de loco acentuada por aquellos ojos inyectados en sangre. Le faltaba un pedazo de mejilla, y desde el agujero, por el que se escapaba una saliva espumosa, se podían ver sus dientes y parte de su lengua. De entre todos los refugiados que corrían como pollos sin cabeza de un lado para otro intentando en vano salvar la vida, por alguna extraña razón, le escogió a él.

Guille sintió la necesidad de pedir ayuda a su padre, pero éste estaba forcejeando con otros dos infectados, intentando salvar su propia vida. Aquél hombre se abalanzó sobre él y le agarró con fuerza del cuello. El pequeño notó que le faltaba el aire, y sujetó al infectado del antebrazo, mientras notaba cómo se les entrecerraban los ojos. El grito que profirió al recibir aquél profundo mordisco bajo la muñeca hizo que incluso el infectado le soltase por un momento. Guillermo se quitó a la infectada que tenía encima de un fuerte manotazo al escuchar el grito, dejándole un par de dientes bailando. Ella trastabilló e hizo caer de espaldas al otro de aquellos seres que intentaba dar caza a Guillermo.

El investigador biomédico se levantó y corrió hacia su hijo, que acababa de perder el conocimiento, incapaz de soportar tal nivel de estrés. Agarró del tobillo al infectado, que pretendía seguir donde lo había dejado, y tiró hacia arriba con todas sus fuerzas. Éste cayó de bruces al suelo. El fuerte golpe en la cabeza le dejó aturdido unos segundos. Guillermo no necesitó más: agarró a su hijo, tal como lo hacía cuando era un bebé, aún con las evidentes dificultades que añadía su sobrepeso, y miró en derredor. Los infectados corrían de un lado para otro. Había mucha sangre por todos lados, y los gritos, tanto de personas sanas como de infectados, resultaban ensordecedores. Pero algo había cambiado sustancialmente: el portón de acceso estaba abierto de par en par.

El mismo soldado que le había negado la apertura, había acabado abriéndolo, con la poco noble intención de salir de ahí por piernas. Ahora descansaba boca arriba en el suelo a escasos metros de la puerta, con la mirada perdida en el cielo y el estómago, del que media docena de infectados se alimentaba, abierto. El investigador biomédico corrió hacia ahí. Poco antes de cruzar el umbral vio su arma en el suelo. Se vio tentado a cogerla. Sin embargo, para eso debería haber soltado a su hijo, y eso era algo que no entraba en sus planes. Pasó de largo.

Tan pronto salió, se encontró de frente con unos veinte infectados. No había manera humana de esquivarlos, y varios de ellos se interesaron por él y por su hijo, de modo que Guillermo se limitó a ignorarlos. Corrió en línea recta hacia el coche que había aparcado a unos cincuenta metros de ahí, haciendo caso omiso a la presencia de los infectados. Para su sorpresa, el primero se apartó, antes de recibir su embiste. Al segundo consiguió placarlo, y cayó rondando al suelo. El tercero, una mujer joven, se mantuvo inmóvil como una estaca. Guillermo intentó placarla también, pero lo único que consiguió al chocar contra ella fue que Guille se le escurriese de las manos, al tiempo que ambos caía de bruces al suelo.

La infectada se abalanzó hacia Guille, dispuesta a brindarle otro mordisco. Su padre consiguió levantarse justo a tiempo de evitarlo. La agarró de la camiseta y se la desgarró, dejándola desnuda de cintura para arriba: no llevaba sujetador, y lucía un piercing en el pezón izquierdo. La infectada, molesta por la intromisión del investigador biomédico, dio un salto hacia él y le hizo caer de espaldas al suelo, colocándose a horcajadas sobre él.

Guillermo se dio un fuerte golpe en la nuca. Mareado y dolorido, intentó mantener la cara de la infectada a cierta distancia de su piel, para evitar un mordisco que podría resultar fatal. Milagrosamente, aún no se había infectado. Forcejearon durante unos segundos, pero Guillermo enseguida se quedó sin fuerzas. Esa joven era mucho más fuerte que él. Consciente que había llegado su fin, Guillermo notó cómo la boca de la infectada se acercaba cada vez más y más a su cuello, a su yugular. En el último momento, justo antes de recibir aquél mordisco mortal de necesidad, la cabeza de la infectada estalló en mil pedazos, salpicando sangre y esquirlas de cráneo por doquier.

El investigador biomédico, que había cerrado los ojos justo a tiempo, los volvió a abrir y se limpió la sangre de la cara con el antebrazo. Miró a su izquierda y vio a la persona que le había salvado la vida: No se trataba de un soldado, sino de un refugiado más, un chico de unos quince años que sostenía el subfusil que él mismo había dejado atrás segundos antes.

GUILLERMO – ¡Gracias!

Aquella alma caritativa le quitó importancia a su acto con un gesto de la mano que tenía libre y corrió colina abajo, zigzagueando entre los infectados, disparando a alguno de vez en cuando. Guillermo, consciente que un golpe de suerte de esa envergadura no se repetiría, volvió a levantar a Guille del suelo y corrió hacia su Audi. Por fortuna, en esta ocasión no se encontró con ningún infectado más interesado en ellos por el camino. La mayoría habían entrado al campamento, y el resto se estaba alimentando con los muchos refugiados y soldados que ya habían caído. No obstante, aún había muchos por los alrededores, y unos cuantos repararon en él y procedieron a darle caza.

Sangrando, magullado, dolorido y aún algo mareado por el golpe en la nuca, tras haber dejado a Guille en el asiento del copiloto con el cinturón firmemente aferrado al pecho, Guillermo arrancó el motor del coche, mientras media docena de infectados golpeaban los cristales, manchándolos con la sangre fresca de sus manos, amenazando con romperlos de un momento a otro.

El investigador biomédico metió la primera marcha, con las manos temblando, y apretó el pedal del acelerador de tal manera que incluso temió partirlo en dos. El coche patinó unos instantes en el suelo, levantando una nube de tierra y polvo que obligó a los infectados que golpeaban el coche desde atrás a hacerse a un lado, antes de conseguir tracción y salir a toda velocidad.

Uno de los infectados se había quedado sobre el capó, y vociferaba las habituales incongruencias de aquellos seres. Se trataba de una niña de origen sudamericano de la edad de Guille. Quizá incluso más pequeña. Durante un instante Guillermo sintió compasión por ella, pero tal sentimiento fue extremadamente fugaz. Echó un vistazo al asiento del copiloto. Guille seguía inconsciente: cualquiera hubiera podido jurar que estaba muerto, pero sus jadeos entrecortados delataban lo contrario. Acto seguido echó un vistazo por el retrovisor y comprobó que los infectados que había dejado atrás ya estaban a más de ciento cincuenta metros de él, por más que le seguían a buen ritmo. Entonces frenó en seco el coche, haciendo que la pequeña infectada saliera disparada hacia delante, rodando aparatosamente por el suelo mientras profería un grito de sorpresa. No tuvo ocasión siquiera de inmovilizar el coche, cuando apretó de nuevo el acelerador con todas sus fuerzas.

GUILLERMO – ¡Muérete, hija de la gran puta!

Una sonrisa histérica se dibujó en sus labios al notar cómo el coche se agitaba violentamente al pasar con las dos ruedas izquierdas por encima de la pequeña.

Un minuto más tarde, consciente de que lo peor ya había pasado, pero también consciente de que su hijo había resultado infectado, y que si no hacía nada por evitarlo, se habría convertido en una de aquellas bestias en cuestión de horas, Guillermo tomó una decisión suicida. Respiró hondo y accionó el intermitente izquierdo, al tiempo que dirigía el coche hacia el desvío más cercano, que le llevaría hacia el incendio, hacia el mismo lugar del que provenían todos aquellos infectados; de vuelta a Sheol.