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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

9 de enero de 2009

 

ZOE – Y cuando… y cuando… y cuando Morgan se ponga bueno. Entonces… Entonces le llevaré a ver los pollitos. ¡Sí! Le encantarán los pollitos. Seguro que le gustan. Yo… hace mucho tiempo que no los veo. Deben de estar grandes, ya. Aunque… hace mucho frío. A mi no me gusta el frío. Prefiero que sea verano. En verano siempre es fiesta, y… puedes salir a jugar. Aunque… la yaya Claudia se murió en verano, y yo… me puse muy triste. Fue hace mucho tiempo. Mamá también se puso muy triste, porque… claro, era su madre. Yo… yo también quería mucho a la yaya. La gente no tendría que morirse. Es muy triste que la gente se muera.

Bárbara se llevó una mano a la frente al tiempo que su mandíbula inferior comenzaba a temblar convulsivamente. Carlos le pasó la mano por la espalda y le acarició el hombro, en un intento desesperado por apaciguar su maltrecho espíritu. En el dormitorio de Zoe también se encontraban Abril y Christian, cada uno a un lado de la puerta, cuales centinelas, observando con un nudo en el estómago los desvaríos de Zoe. Muchos más habían solicitado a Bárbara estar presentes, pero ella se había negado en redondo, y ellos habían respetado su decisión. En ese momento se encontraban todos los demás, a excepción de Juanjo y Paris, en el centro de día, en compañía de los bebés, sumidos en un silencio incómodo.

El mal que aquejaba a la pequeña había llegado a un extremo que incluso Abril reconoció que lo único que podían hacer por ella sería acompañarla en ese viaje de trágico destino. Las medicinas con las que había intentado paliar su dolor y hacer bajar su fiebre, lejos de cumplir su propósito, daba la impresión que aún hubiesen empeorado más su estado. Además, la niña había empezado a tener alucinaciones, hablando con personas que no se encontraban en la habitación o protagonizando monólogos sin demasiado sentido, como el del que ahora estaban siendo testigos.

Pese a que ya no se quejaba del dolor como antaño, tan solo observando sus gestos al hacer el más leve movimiento o al hablar más tiempo de la cuenta, cualquier observador externo se daría cuenta que la niña lo estaba pasando francamente mal. Abril no se había sentido más impotente en toda su carrera profesional. El mal que aquejaba a Zoe estaba muy por encima de su capacidad para buscarle una solución, y la médico se sentía muy avergonzada por no haber sido siquiera capaz de hacer más llevaderas sus últimas horas. Y aunque sabía que nadie se lo echaría en cara, pues había hecho todo cuanto estaba en su mano y más por ayudarla, sentía que les había defraudado.

Zoe había seguido con su retahíla de incoherencias mientras todos presenciaban tan lamentable espectáculo con la mirada gacha. En ese momento estaba hablando de su gatita gris llamada Cleo, a la que su padre había atropellado por accidente mientras sacaba el coche del garaje, mientras ella jugaba con el animal en el jardín. Estaba explicando cómo sus abuelos paternos se la habían regalado, y cómo cuando ella la recibió, el animal llevaba en el cuello aquella cinta violeta que no la había abandonado desde que decidiera abandonar su casa, fallecidos sus padres, por temor a morir de inanición. Justo cuando comenzaba a relatar cómo conoció a Bárbara, en un tiempo en el que estaba más que convencida que no sobreviviría ni veinticuatro horas en el mundo hostil en el que se había convertido Sheol, de repente, sin previo aviso ni el más mínimo tipo de solución de continuidad, se quedó callada.

Fue Bárbara la primera que levantó la mirada del suelo tan pronto Zoe cortó su particular monólogo. La niña acostumbraba a parar para tomar aire, lo cual en muchos casos acababa desembocando en un ataque de tos. Pero en esta ocasión la profesora sintió que algo era distinto. Pese a sus más que evidentes desvaríos, siempre acostumbraba a hacer coincidir dichos parones entre frase y frase, pero ahora había sido diferente. Lo había hecho en mitad de una palabra, de un modo excesivamente abrupto.

La profesora tragó saliva y se inclinó hacia la niña. Zoe tenía ambos ojos abiertos, límpidos y de un precioso color verde esmeralda. Incluso el derrame que había aquejado a su ojo herido, del que había desaparecido incluso la mancha perimetral del moratón, se había curado. Bárbara aguantó la respiración mientras miraba el pecho de la niña, esperando ver cómo subía y bajaba acompañando a su respiración. No sabía si se trataba de imaginaciones suyas, fruto del nerviosismo, o si realmente no respiraba, pero fue incapaz de detectar movimiento alguno. Un desagradable escalofrío recorrió su espalda.

BÁRBARA – ¿Zoe?

Bárbara asió a la niña del hombro, y la zarandeó con suavidad. Sus ojos seguían abiertos, pero ya no miraban a ningún lado. Su cabeza se ladeó de un modo desagradable, fruto del movimiento.

BÁRBARA – ¡Zoe!

La profesora se giró hacia Abril, suplicándole ayuda con la mirada. La médico asintió vagamente, y corrió a ocupar su lugar junto a la pequeña Zoe. Comprobó que, en efecto, carecía de respiración, y fue incapaz de encontrarle el pulso. Serena pese a la situación, haciendo gala de su profesionalidad, llegó incluso a inclinarse, guiada por su instinto de médico, para practicarle la respiración asistida. Pero entonces se dio cuenta que así lo único que conseguiría sería compartir su mismo destino, al resultar infectada con su saliva.

Sintió una enorme presión al notar las miradas de todos los presentes centradas en ella, pero no hizo nada. Todos los presentes sabían que ya nada podía hacerse por ella, que su destino había sido escrito días antes. Nada de lo que ella hiciese iba a cambiar eso.

Bárbara estalló en llanto al ver cómo Abril posaba sus dedos índice y corazón en los ojos de la niña, para cerrarlos definitivamente. Carlos, lejos del ángulo de visión de Bárbara, comprobó una vez más que la pistola que llevaba estuviese cargada y preparada para ser utilizada. Zoe había muerto.

3×1113 – Cinta

Publicado: 24/06/2017 en Al otro lado de la vida

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

8 de enero de 2009

 

Christian se sorprendió bastante al comprobar que Bárbara accedía a su sugerencia de relevarla al cuidado de Zoe. La profesora llevaba más de cuarenta y ocho horas sin dormir y necesitaba descansar, aunque eso significase alejarse del lado de la pequeña enferma. El ex presidiario se molestó incluso en arroparla, después que cayese rendida en los brazos de Morfeo segundos después de echarse en su propia cama.

La vida en el barrio había seguido avanzando sin pena ni gloria, pero todo eran caras largas y silencios incómodos. Carlos había rescatado todos aquellos regalos que con tanta ilusión había ocultado bajo el árbol con la ayuda de Bárbara, y los había guardado a buen recaudo, sin saber muy bien si jamás llegarían a servir su propósito original. También se había molestado en retirar toda la decoración navideña del barrio, incluida la del álamo, aunque ello lo hizo tan solo para distraer la mente. No tuvo demasiado éxito en ese aspecto.

Habían seguido cuidando de los bebés como siempre, pero con la ayuda de Abril, que se había ofrecido a hacer una exploración pediátrica a todos y cada uno de ellos. Acabó bastante sorprendida por su buen estado de salud. Seguían reuniéndose para preparar la comida, alimentarse con ella y para limpiar utensilios y ropa, como de costumbre. Para desconcierto de todos, Paris y Abril tuvieron incluso la ocasión de enterrar el hacha de guerra. Fue el propio dinamitero quien propició el acercamiento, y Abril, que no era especialmente orgullosa, aceptó sus disculpas y se esforzó al menos en tolerar su presencia. A los ya habituales rituales se había sumado el de visitar a Zoe para ver cómo evolucionaba. Bárbara tan solo permitía visitas de cómo máximo dos personas a una vez, pero raro era el momento en el que la niña no estuviera acompañada.

Christian cerró con suavidad la puerta de la habitación de Bárbara y se dirigió a la de Zoe, notando cómo le latía con fuerza el corazón bajo el pecho. Sabía lo que se encontraría al cruzar aquél umbral, no en vano acababa de salir de ahí hacía un minuto, pero estaba muy nervioso. La puerta estaba entreabierta, y tan solo tuvo que empujarla un poco. Ahí dentro olía rancio, a cerrado, pero fuera hacía tanto frío y Zoe estaba tan débil, que la idea de abrir la ventana para ventilar el cuarto ni siquiera se le llegó a pasar por la cabeza.

Zoe había empeorado muchísimo las últimas horas. Si bien los frutos de la batalla con Morgan habían remitido hasta prácticamente desaparecer, pues incluso la hinchazón de su ojo amoratado había mejorado sustancialmente, su estado de salud general había empeorado preocupantemente.

En cuestión de veinticuatro horas había recuperado la fiebre de antaño, que se había vuelto mucho más fuerte, hasta incluso hacerla desvariar. A ella se había sumado un dolor general por todo el cuerpo que no le permitía siquiera dormir, y le obligaba a mantener los dientes apretados la mayor parte del tiempo. Abril la había visitado en varias ocasiones, recetándole una medicación cada vez más fuerte, pero todo esfuerzo había sido en vano. Aquél lento y triste declive parecía tener las horas contadas, y nada de lo que ellos hicieran iba a hacerlo cambiar.

Zoe giró lentamente la cabeza hacia la puerta al notar cómo Christian se acercaba a ella. Emitió un ligero gemido de dolor. Le dolían todos los músculos, como si hubiese estado haciendo un esfuerzo titánico las últimas horas, y aquél simple gesto le suponía todo un mundo. Se esforzó por esbozar una sonrisa al ver al ex presidiario. Christian, sin embargo, lucía un rictus de seriedad en la cara.

El ex presidiario tomó asiento en el mismo lugar donde Bárbara había estado sentada hasta hacía tan poco, y ambos amigos se miraron el uno al otro. Christian frunció ligeramente el ceño al ver cómo en el ojo antaño amoratado de Zoe, que ahora tan solo lucía un sutil tono violeta en su perímetro, mostraba un capilar roto, que había encharcado parcialmente el cuadrante inferior izquierdo del ojo de la niña. Si bien sabía que eso no tenía nada que ver con la infección, no pudo evitar notar un escalofrío en la espalda. Sintió que era una especie de mal presagio.

CHRISTIAN – ¿Qué tal te encuentras, Zoe?

La niña separó con dificultad sus labios, que se habían quedado pegados debido a la sequedad de su boca. Le dolía tanto la garganta que no era capaz de tragar, ni alimento ni agua, y hacía ya más de veinticuatro horas que no hacía aguas menores ni mayores. Mintió.

ZOE – Bien.

Christian tragó saliva. El corazón luchaba por salírsele del pecho.

CHRISTIAN – Tengo… He traído algo para ti.

Zoe frunció ligeramente el ceño. No era la primera vez que alguno de sus amigos, ignorante de su verdadero estado de salud, le traía alguna golosina. Sin embargo, la expresión facial de Christian no parecía sugerir algo así. El ex presidiario respiró hondo y se llevó la mano al bolsillo. Zoe emitió una corta inspiración, fruto de la sorpresa, al ver emerger del bolsillo de Christian su cinta violeta. La niña enseguida comenzó a toser, tapándose la boca con el brazo. Por fortuna, en esta ocasión no tardó mucho en recuperarse. El ex presidiario le entregó la cinta, y la niña la observó con detenimiento. No cabía duda, se trataba de su cinta, y no otra que Christian hubiese podido encontrar en cualquier mercería.

ZOE – ¿Dónde la has encontrado?

Christian cerró los ojos. Aún recordaba cuánto le había costado convencer a Josete para que se la diese y se comprometiese a no contárselo a nadie, explicándole que debía ser un secreto entre hombres de palabra. Mintió.

CHRISTIAN – La encontré en el solar de la grúa. Estaba ahí, entre unas bolsas. Sólo que… no tuviste ocasión de buscar lo suficiente.

Se había pasado más de media hora buscándola infructuosamente, y al parecer tan solo había sido el azar quien había impedido el éxito de su empresa. La niña acarició la cinta entre el pulgar y el índice y suspiró.

ZOE – ¿Cómo está Morgan?

Christian notó cómo le temblaban las piernas. No estaba acostumbrado a mentir, y si bien había decidido hacerlo por el bien de la niña, por apaciguar su espíritu, temía no estar a la altura. Estaba deseando salir de ahí cuanto antes, pero había prometido a Bárbara no separarse de la niña hasta que ella despertase, un par de horas más tarde.

CHRISTIAN – Bien… Se pone nervioso cuando escucha ruido alrededor, pero… él está bien.

ZOE – ¿Le has llevado comida?

El ex presidiario tragó saliva. Negó con la cabeza, al tiempo que se mordía el labio inferior.

ZOE – Estaba… estaba muy flaco. Necesita comer algo. Prométeme que le llevarás algo la próxima vez que vayas. Y… algo de agua.

Christian asintió con la cabeza.

CHRISTIAN – ¿Quieres que te la ponga?

ZOE – Sí. Claro. Gracias.

El ex presidiario siguió las instrucciones de la niña y le volvió a colocar la cinta en la muñeca de la pequeña. Pese a que aún conservaba los puntos que Abril había cosido en su herida, ésta había cicatrizado a una velocidad antinatural, como si de la de un infectado cualquiera se tratase, y ahora se veía hasta saludable. Zoe levantó con dificultad su brazo derecho, mostrando el dorso de la mano, para alejar de su campo de visión la cicatriz en forma de media luna que lucía por dentro, y sonrió al ver de nuevo la cinta en su muñeca. Christian tuvo que ocultar con tos el gimoteo nervioso que le provocó tal visión, manteniendo los ojos bien abiertos para evitar que sus lágrimas corrieran mejillas abajo.

3×1112 – Fe

Publicado: 20/06/2017 en Al otro lado de la vida

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

7 de enero de 2009

 

Zoe se despertó al escuchar cuchicheos a su alrededor. Entreabrió con lentitud su único ojo sano pero tuvo que cerrarlo enseguida, abrumada por tal cantidad de luz. Junto a ella distinguió dos siluetas borrosas que la observaban con detenimiento. Volvió a abrirlo, acostumbrándolo paulatinamente a la luz diurna que entraba por la ventana, a través de la cortina: se trataba de Bárbara y de su hermano.

BÁRBARA – Buenos días cariño.

La niña parpadeó un par de veces, aún bastante desubicada. Había tenido un mal sueño, y pese a que ya lo había olvidado, aún sentía parte de la congoja que éste le había provocado. Recordar dónde estaba y por qué se sentía tan mal tampoco la ayudó. Bárbara posó con suavidad la palma de su mano en la frente a la pequeña: la fiebre no había remitido, y pese al frío que reinaba por doquier, comprobó que Zoe estaba empapada en sudor. La profesora respiró hondo, visiblemente nerviosa.

BÁRBARA – ¿Cómo… cómo te encuentras?

Zoe notó cómo sus labios se resistían a abrirse al intentar responder. Tenía la boca muy seca, y notó cierta congoja al sentir cómo se separaban. Al hacerlo, tan pronto inspiró le sobrevino un ataque de tos, y enseguida se llevó una mano a la boca, temiendo que el mal que la atormentaba pudiese extenderse por el aire. Se trataba de una reacción bastante estéril habida cuenta que las otras tres personas que se encontraban en ese momento en el ático, al igual que ella, estaban infectadas. Bárbara notó un nudo en el estómago y se apresuró a coger un vaso de agua que ella misma había dejado sobre la mesilla de noche la jornada anterior.

BÁRBARA – Toma, bebe un poco. Te sentará bien.

La niña se incorporó y cogió el vaso que le ofrecía la profesora. A duras penas bebió un corto sorbo y se lo devolvió, con la mirada gacha, el silencio como única respuesta. Se sentía muy avergonzada por el fruto de su imprudencia, y cada vez que veía a Bárbara, ahora todavía más al verla lucir aquellas acusadas ojeras por la falta de sueño, esa sensación se convertía en un dolor prácticamente tangible. Ser consciente de lo mal que se lo estaba haciendo pasar le hacía casi tanto daño como el virus que corría por sus venas, exigiendo el gobierno de su cuerpo.

A Bárbara se le rompía el alma viéndola en ese estado. Zoe estaba empezando a parecerse cada vez más a la niña triste, asustada y desmotivada que conoció por pura casualidad en aquél supermercado abandonado en Sheol, alejándose de la jovencita vital, positiva y ávida de aventuras en la que se había convertido durante su larga convivencia. La profesora tomó aire, con el corazón latiéndole a toda velocidad debajo del pecho.

BÁRBARA – Zoe, cariño.

Volvió a tomar aire. Le temblaban las manos.

BÁRBARA – Hemos traído una medicina, para… que…

Notó cómo le temblaba la mandíbula y se esforzó por mantener la compostura. Zoe tenía serias dificultades para mantener el ojo abierto. Se encontraba muy débil y necesitaba seguir descansando.

BÁRBARA – Te sentará bien.

ZOE – ¿Más pastillas?

BÁRBARA – No… Es… Es… Te lo tendremos que inyectar en la corriente sanguínea, en… el brazo.

La niña suspiró, desanimada, pero enseguida sacó su huesudo brazo de debajo de las sábanas y se lo ofreció a Bárbara. Confiaba en ella más que en sí misma. La profesora se giró hacia su hermano y realizó un corto asentimiento con la cabeza. Él le respondió con idéntico gesto, y ambos intercambiaron sus posiciones.

GUILLERMO – La aguja es muy pequeña. A duras penas notarás un pequeño pinchazo.

ZOE – No pasa nada. Eres el hermano de Bárbara. Confío en ti.

Bárbara se apresuró a limpiar con el dedo índice la lágrima que emergió de su ojo izquierdo. Le entregó el vial a su hermano, que ya tenía preparada la jeringuilla, una de las que venía con el juego de vacunación que habían tomado prestado del hospital de la isla. Demostró su habilidad vaciando por completo el vial. Bárbara notó un sobresalto al ver cómo un minúsculo chorro de aquél líquido volaba por los aires cuando su hermano aseguró que no quedase nada de aire en la jeringuilla.

GUILLERMO – Puedes mirar si quieres. Dicen que da menos impresión.

ZOE – No, no, no. No quiero mirar.

Zoe giró el cuello en un gesto exagerado, para apartar de su campo de visión aquella jeringuilla, al mismo tiempo que cerraba su ojo sano.

GUILLERMO – Bueno, como quieras…

Guillermo colocó una tira de plástico en el antebrazo de la niña, para facilitar la inyección. Respiró hondo, consciente que ya no había marcha atrás. Zoe profirió una corta inspiración al notar cómo la aguja penetraba en su piel. Bárbara se tapó la boca con la palma de la mano, observando con detenimiento cómo aquél líquido incoloro entraba en el organismo de la pequeña, mientras temblaba de pies a cabeza. Esa era su última carta. Si no surtía efecto, Zoe estaba sentenciada a algo incluso peor que la muerte. La incertidumbre amenazaba con hacerle perder la cordura.

Aguantó la respiración unos segundos al tiempo que su hermano sacaba la minúscula aguja del brazo de la pequeña, y acto seguido le colocaba una tirita con motivos de Bob Esponja en el lugar del pinchazo, del que emergió una minúscula gota de sangre. Esperaba una reacción, algún tipo de señal que le dijese que aquél salto de fe no había sido en vano, pero no ocurrió absolutamente nada. Guillermo guardó el vial vacío y la jeringa, debidamente protegida en la riñonera. Corrió la cremallera. Se apartó para devolverle a su hermana la posición privilegiada junto a la enferma. Bárbara asió la mano de Zoe con la muñeca vendada.

BÁRBARA – ¿Quieres…? ¿Quieres que te traiga algo para comer?

ZOE – ¡No! No podría comer nada, ahora. No… Gracias. Lo siento, pero… estoy muy cansada.

Bárbara asintió. Respiró hondo. Cruzó la mirada un instante con su hermano, y volvió a mirar a la niña, que mostraba signos evidentes de tener dificultades para mantener el ojo abierto.

BÁRBARA – Descansa entonces.

La profesora le dio un beso en la frente, y se disponía a alejarse de ella para dejarla descansar, cuando la niña la agarró con ambos brazos, impidiéndole alejarse. Bárbara se dejó abrazar, en una posición terriblemente incómoda. Zoe le susurró al oído.

ZOE – Lo siento. Lo siento mucho.

Ambas estallaron en llanto al unísono. Guillermo puso los ojos en blanco.

BÁRBARA – No pasa nada, cariño. Te pondrás bien. Confía en mí.

ZOE – No. No me pondré bien. Lo he jodido todo. Lo siento muchísimo. Lo siento… De veras que lo siento…

Bárbara acabó derrumbándose. Guillermo las dejó a solas mientras ambas lloraban. La suerte estaba echada.

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

7 de enero de 2009

 

Guillermo frunció ligeramente el ceño al escuchar aquél ruido desde el rellano. Hizo pasar a su hijo al ático, sujetándole de la mano, y cerró con suavidad a su paso. Ambos abandonaron el recibidor y se dirigieron al dormitorio que compartían, el único que tenía la puerta entreabierta, a diferencia del de Zoe y el de Bárbara.

Guillermo empujó con suavidad la puerta y aquél ruido cesó al instante. Bárbara tenía sujeta con ambas manos la funda de la almohada de Guille. Se giró a toda prisa hacia ellos, sorprendida, y se quedó inmóvil. La habían pillado infraganti.

La habitación estaba manga por hombro: daba la impresión que hubiese pasado un huracán. No había un solo cajón en su sitio, y tanto los propios cajones como su contenido descansaban sobre la cama y desparramados por doquier. La cómoda estaba tirada en el suelo, con la trasera mirando al techo. Las camas lucían desnudas de ropa y el colchón de la de Guille descansaba apoyado en la pared, junto a la ventana.

GUILLERMO – ¿Buscas algo?

Bárbara agachó la mirada, avergonzada, y tomó aire con un ligero gimoteo. La luz del sol matutino que entraba por la ventana formaba una franja prácticamente tangible en el aire a causa del polvo en suspensión. Cualquiera que hubiese mirado por la ventana habría negado que la jornada anterior se pasó todo el día lloviendo.

BÁRBARA – Ahora… ahora lo recojo todo. Lo siento.

La profesora comenzó a introducir la almohada de Guille en su funda, mientras una lágrima recorría su mejilla y bajaba hasta su barbilla, para acabar impactando en su pecho. Estaba desesperada viendo morir lentamente a Zoe, más que dispuesta a agarrarse a un clavo ardiente, y ya no sabía qué hacer.

GUILLERMO – Deja eso ahí.

Bárbara miró a su hermano. Padre e hijo venían de la calle y estaban bien abrigados. Sin embargo, él se había desabrochado la chaqueta, y entre los dos lados de la cremallera podía verse claramente en su cintura la riñonera que con tanto ahínco ella había buscado desde que padre e hijo abandonasen el ático hacía algo menos de quince minutos. Se sintió realmente estúpida: debió haberlo imaginado. Su hermano no era estúpido.

Guillermo tomó asiento en su propia cama y le hizo un gesto a Bárbara, palmeando el colchón desnudo junto a él. La profesora miró su mano y se le volvió a quedar mirando a los ojos, con los suyos propios anegados en lágrimas.

GUILLERMO – Siéntate.

Bárbara titubeó, superada por la situación, pero acabó acatando su orden. En ese momento hubiese deseado que se la tragase la tierra. El investigador biomédico se rascó la cabeza a la altura de sus incipientes entradas. Respiró hondo. Su hermana estaba en silencio, mirando el suelo, enfadada y avergonzada consigo misma a partes iguales. Guillermo cerró con fuerza los ojos y se llevó las manos a la entrepierna. Bárbara frunció el ceño al escuchar descorrerse la cremallera de la ansiada riñonera, y se quedó de piedra al ver cómo su hermano sacaba de su interior aquél minúsculo vial, con a duras penas diez mililitros de un líquido incoloro que bien podía tratarse de agua. Ambos cruzaron sus miradas. La expresión facial de la profesora era todo un cuadro. Su mandíbula inferior temblaba nerviosamente. Guillermo se tomó su tiempo antes de volver a abrir la boca.

GUILLERMO – Toma.

Bárbara arrugó aún más la frente, sin comprender nada. Guillermo le acercó el vial, y le hizo un gesto, agitando ligeramente la cabeza. Ni él mismo sabía muy bien lo que estaba haciendo, aunque se había pasado toda la noche, en la que había sido incapaz de pegar ojo, dándole vueltas.

GUILLERMO – Toma, cógelo.

La profesora presentó la palma de su mano hacia arriba y Guillermo posó en ella el vial. Bárbara cerró la mano con suavidad, notando la frialdad del cristal en su piel, quizá la última esperanza de supervivencia de la pequeña Zoe.

GUILLERMO – Es probable que no sirva para nada, pero no quiero más muertes en mi conciencia.

BÁRBARA – ¿De verdad? ¿Estás seguro?

Guillermo asintió. Otra lágrima brotó de los ojos de Bárbara, que estaba temblando de pies a cabeza. Tal revelación le había cogido por completo con la guardia baja.

GUILLERMO – No sé a quién pretendo engañar. Esto lo hizo el papa, por libre, mientras trabajábamos en la vacuna. A mi no me dejó participar. A nadie le dejó participar. Ya le conoces… A él siempre se le han dado mucho mejor estas cosas. Tenía… un don. Pensaba que quizá la OMS le pediría un fármaco para revertir los efectos de la vacuna, por si… la cosa no salía del todo bien, y… el cabrón lo consiguió, aunque nunca llegaron a pedírselo. Ni siquiera se llegó a hacer experimentación humana, aunque tuvo muy buenos resultados con las ratas. Al fin y al cabo la vacuna funcionaba como un tiro. No lo necesitaban. Pero él de todos modos guardó una muestra.

Bárbara escuchaba con atención lo que su hermano tenía que decirle, sin dar crédito a su repentino cambio de actitud.

GUILLERMO – Eso que tienes en la mano es lo último que queda. Yo… no sabría ni por dónde empezar, si pretendiese replicarla, y mucho menos sin la maquinaria de los laboratorios, y toda la documentación y… sin él. Creo que el único que podría hacerlo es él… pero él ya no está aquí. Y no va a volver, y Zoe se va a morir si no hacemos algo, así que será mejor que levantes el culo de ahí.

El investigador biomédico respiró hondo y se levantó. Se colocó frente a su hermana y le ofreció su mano para incorporarse. Ella la rechazó, pero se levantó de todos modos, y se quedó frente a frente con él unos segundos, antes de abrazarle con fuerza, abandonándose al llanto, mientras sujetaba con fuerza en su mano derecha, la misma en la que llevaba el anillo de pedida de Enrique, ese último cartucho.

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

7 de enero de 2009

 

GUILLERMO – ¿Es esto lo que quieres para ella? ¿En serio, Bárbara?

Guillermo sujetó a Guille por la muñeca y le obligó a dar un paso en dirección a su tía. Bárbara sorbió los mocos escandalosamente. El niño gruñó, tratándose de zafarse de él. Lo consiguió sin demasiada dificultad y se dirigió al extremo opuesto del dormitorio, visiblemente inquieto. Se estaba poniendo nervioso por la subida de tono en la conversación entre su padre y su tía. Bárbara resopló airada. Su hermano no la había visto tan enfadada en mucho tiempo. Sólo el padre de ambos había conseguido llevarla hasta ese extremo.

Pasaban unos minutos de la medianoche y tanto Carlos como Abril habían abandonado el ático. La médico pasaría la noche en la habitación de invitados que Carlos había habilitado en su propio piso, escaleras abajo. Ezequiel se había quedado al cargo de la mansión, los animales y el invernadero. Ella se quedaría con ellos hasta que fuera preciso, por más que su presencia ya poco podía aportar. Zoe dormía en su propia habitación. Fuera ya había dejado de llover.

BÁRBARA – Tú no sabes lo que puede pasar si lo hacemos. ¡Tú mismo lo dijiste! Tan pronto puede no servir de nada como…

GUILLERMO – No vas a cambiar nada, Bárbara. Nada. Y si lo hicieras, no va a ser lo que esperas. No quiero darte falsas esperanzas.

BÁRBARA – Pero podríamos… evitar que…

El investigador biomédico negó con la cabeza, esforzándose en vano por hacerla entrar en razón.

GUILLERMO – No lo entiendes. El proceso ya ha empezado. Con esto como mucho podrías… prevenirlo. Pero antes. Ahora ya es tarde.

BÁRBARA – Quizá todavía estamos a tiempo. ¡No sabemos cómo funciona! Ha empezado esta misma mañana. Hace muy poco tiempo. Quizá… todavía podríamos curarla.

GUILLERMO – ¡No puedes curar algo que no existe! La infección esa de la que todo el mundo habla no… no existe. No es nada. Es una entelequia. No es más que una mala reacción entre dos fármacos. Ya no sé cómo explicártelo.

BÁRBARA – ¡¿Cómo tienes la sangre fría de decir eso después de toda la gente que ha muerto?!

Guillermo suspiró, consciente que estaba hablándole a la pared.

GUILLERMO – Lo siento, pero no puedo dártelo. Es lo único que queda. Es la única muestra que queda en la Tierra. No te lo puedo dar.

Bárbara comenzó a girar el anillo de pedida en su dedo. Se sentía como una bestia enjaulada, y en esos momentos hubiese abofeteado a su hermano.

BÁRBARA – Entonces qué, ¡¿dejamos que se muera?! ¿Aunque tengamos la posibilidad de salvarla? Aunque sea pequeña…

El investigador biomédico respiró hondo. Se sentía entre la espada y la pared, pero no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.

GUILLERMO – Bárbara. Los laboratorios ardieron hasta los cimientos. Medio Sheol fue reducido a cenizas. ¡Tú misma lo viste! Todo el trabajo, toda la documentación, todos los ordenadores, todas las muestras… Sólo conseguí salvar eso, y… ya lo estás viendo. Mira a tu sobrino. No es lo que tú quieres. Esa muestra es demasiado importante para utilizarla frívolamente. No puedes anteponer la vida de una persona individual al destino de la humanidad.

BÁRBARA – Hipócrita. Cínico. ¡Hijo de la gran puta!

Bárbara amenazó con golpear a su hermano, pero se lo pensó dos veces. Guillermo cayó en la cuenta de lo desafortunado que había sido su comentario.

GUILLERMO – Yo no sabía lo que iba a pasar, Bárbara. ¿Te piensas que lo hubiese hecho de saberlo? ¿Por quién diablos me tomas? ¡Por el amor de Dios, también era tu padre!

La profesora no pudo soportarlo más y estalló en llanto.

BÁRBARA – No puedo. No puedo. No puedo. No quiero oír una palabra más.

GUILLERMO – Bárbara.

Guillermo sujetó a su hermana por el antebrazo. Ella apartó el brazo con violencia, como si le hubiese quemado. Le brindó una mirada que le heló la sangre.

BÁRBARA – ¡Suéltame!

GUILLERMO – Barbie… escúchame.

BÁRBARA – Que me olvides. ¡Para mi estás muerto!

Bárbara se dirigió a la puerta y la abrió de un fuerte tirón. Al hacerlo se encontró de frente con Carlos, que se dirigía hacia ella visiblemente sobresaltado. Le cogió con la guardia baja, y soltó una exclamación.

CARLOS – ¿Se puede saber qué os pasa? Por el amor de Dios. ¿Sabéis qué hora es? Se os oye discutir desde el patio de luces.

BÁRBARA – Nada. No pasa nada. Déjame pasar. Aparta.

Bárbara echó a un lado a Carlos y abandonó la habitación. Cruzó medio pasillo y abrió con suavidad la puerta tras la que descansaba Zoe. La cerró y tomó asiento en el taburete que había junto a la cama donde dormía la pequeña. Apoyó los codos en las rodillas y comenzó a llorar, esforzándose por no despertarla. La niña estaba sumida en un profundo sueño, y tan medicada, que difícilmente podría haberlo conseguido.

Carlos giró del cuello de la puerta de la habitación de Zoe y fijó su mirada en Guillermo que se había quedado quieto como una estaca bajo el umbral. Guille se había hecho un ovillo en su cama, bajo las sábanas. Carlos se rascó la nuca, algo incómodo por la situación.

GUILLERMO – Estamos todos muy nerviosos. Será mejor que nos acostemos ya. Disculpa si te hemos molestado.

CARLOS – No… Descuida. Sólo que… Nada. Tienes razón. Descansa, que mañana será un día duro para todos.

Guillermo asintió y acompañó a Carlos a la entrada del ático, azuzándole para que le dejase en paz. Estaba todavía muy exaltado. Tan pronto el instalador de aires acondicionados pisó el rellano, Guillermo cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella. Cerró los ojos e inspiró profundamente. El corazón le latía a toda velocidad en el pecho.

Entendía la postura de su hermana. Él mismo se había encontrado en una situación muy parecida tiempo atrás y había arriesgado su vida ridículamente con tal de conseguir lo que ahora él le estaba negando a ella: una oportunidad. No obstante, estaba plenamente convencido que había tomado la decisión correcta.

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

6 de enero de 2009

 

Bárbara levantó la mirada del suelo al escuchar voces familiares en la entrada del ático. Respiró aliviada.

Hacía cerca de media hora que se había puesto el sol, pero aún no era noche cerrada. No había parado de llover desde esa mañana, pero ahora a duras penas caía un ligero rocío. Los regalos que habían escondido ilusionados ella y Carlos bajo la lona, a los pies del árbol de Navidad, habían acabado mojándose. Bárbara no había caído en la cuenta que las titilantes luces de colores se habían apagado. Carlos se había encargado de ello: no había nada que celebrar.

Ella no había abandonado a Zoe ni un solo momento desde que Christian la trajese en brazos al barrio es mañana. La pequeña había bebido bastante y había comido media tortilla hecha con huevos recién cogidos, que acabó vomitando poco después. Ella no había probado bocado en todo el día. El estado de la niña era bastante delicado, y Bárbara temía por su fiebre, que no había manera de hacer remitir. Zoe estaba ahora de nuevo dormida. Respiraba por la boca, emitiendo unos silbidos que al menos apaciguaban el maltrecho espíritu de la profesora.

Christian e Ío hacía un par de horas que se habían ido, a cubrir el turno de esa noche de Bárbara y Carlos al cargo de los bebés. La profesora lo agradeció. Los lloriqueos de Ío estaban empezando a ponerla realmente nerviosa, y la expresión ceñuda y compungida de Christian no hacía si no inquietarla aún más. Estaba especialmente susceptible en esos momentos, y todo parecía molestarle más de la cuenta.

Pese a que no tenía otra cosa en la cabeza durante toda la tarde, no había osado preguntar al ex presidiario cómo y dónde había encontrado a Zoe. Su estado delataba cuanto había ocurrido, y la forma de la herida de su muñeca no dejaba lugar a la especulación. Sin embargo, algo dentro de sí le decía a Bárbara que hasta que no tuviera datos objetivos para asumir el destino trágico de la niña, aún había lugar para la esperanza. Sabía que así sólo se engañaba, pero no pudo evitarlo.

La profesora se giró justo a tiempo de ver, a la luz de la lámpara de camping que pendía del techo, a Carlos seguido de cerca por Abril, que lo escrutaba todo con la cabeza entre los hombros. Se levantó y se acercó a ellos. La médico frunció el ceño al ver la expresión triste y agotada en los ojos hundidos de Bárbara, y se limitó a abrazarla, sin mediar palabra. Bárbara respiró entrecortadamente y una lágrima le recorrió la mejilla. Abril le acarició la espalda, notando los espasmos de la profesora. Chistó con la lengua al ver, por encima del hombro de Bárbara, a Zoe tumbada en la cama.

En adelante fue Abril quien tomó la iniciativa. Bárbara lo agradeció. Estaba demasiado agotada psicológicamente para tomar ningún tipo de decisión. Si bien esos eran sus amigos, Abril había acudido a Bayit en calidad de médico, y estaba muy concienciada en su papel. Despertó a Zoe y la sometió a un corto pero intenso interrogatorio que no sirvió sino para corroborar sus sospechas. La niña a duras penas respondió con monosílabos, con la voz entrecortada, sin parar de disculparse por lo que había hecho. La médico tuvo suficiente para hacer sus primeras valoraciones. En realidad, todos sabían qué mal aquejaba a la niña, por más que no lo decían en voz alta. Ella misma lo sabía demasiado bien.

El siguiente paso resultó todo un revulsivo para el ánimo de Bárbara. Abril trató a la niña del mismo modo que la hubiera tratado en la UCI del hospital Qinah. Le tomó la temperatura, revisó la reacción de sus pupilas, limpió y desinfectó sus heridas, la medicó para hacerle bajar la fiebre y le diagnosticó un tratamiento. Incluso le dio media docena de puntos en la herida de la muñeca. Zoe aguantó estoicamente el dolor y se dejó hacer, consciente que sólo pretendía ayudarla. Zoe adoraba a esa mujer, y verla en el barrio le hizo sentir un poco mejor, pese a lo crítico de su situación. Por fortuna, la niña no formuló en ningún momento la pregunta incómoda que Abril tanto temía, y cuya respuesta ambas conocían perfectamente. Pasados poco menos de veinte minutos, concluyó con su trabajo.

Para su sorpresa, a Abril no le costó nada convencer a Bárbara para tomar una muestra de sangre de la niña pelirroja. Zoe se dejó hacer, con un minúsculo atisbo de esperanza en el corazón al ver a los demás tan preocupados por ella. Ambas abandonaron la habitación, dejando a la niña a solas para que pudiese seguir descansando, y se dirigieron con la muestra de sangre al salón, donde les esperaban Carlos y Guillermo. Guille descansaba en la habitación que compartía con su padre. No había pegado ojo en todo el día y ahora, contra todo pronóstico dada su tendencia a mantenerse en vela durante la noche, dormía como un bendito.

El experimento fue bastante rápido, y resultó especialmente tenso para Guillermo y Bárbara. Abril colocó con extremo cuidado unas gotas de la sangre de Zoe en una probeta, y acto seguido vertió encima una sola gota de la vacuna que había creado el padre de ambos hermanos. La reacción no se hizo esperar, y fue idéntica a cuando llevaron a término ese mismo experimento en la mansión de Nemesio con la sangre de Bárbara. Guillermo la observó con especial atención. Quizá con excesiva atención, pues hizo que incluso Carlos frunciera ligeramente el ceño al verle tan interesado.

Ahora ya no cabía lugar a dudas: la sangre de Zoe estaba infectada. A Carlos le sorprendió la calma con la que Bárbara se tomó la mala nueva, pero no le dio la importancia que merecía a tal ausencia de reacción por su parte. Por fortuna para ambos hermanos, ni Abril ni Carlos cayeron en la cuenta de la mirada que Bárbara le brindó a Guillermo, y mucho menos de la expresión seria e incómoda que éste le ofreció en contestación, en una conversación muda con una enorme carga de tensión.

1108

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

6 de enero de 2009

 

CARLOS – No lo sé. No sé en qué diablos estaría pensando… ¡Maldita cría! ¿Podrás venir?

ABRIL – Sí. Claro… Salgo… Salgo ahora. Descuida.

CARLOS – ¡No, mujer! Te paso buscando si quieres. No… No vayamos a tener otro disgusto. Sólo faltaría.

ABRIL – Qué va. Tengo… Tengo aquí el coche a punto, y un montón de combustible del que me trajisteis la última vez. Además, hace un día genial para salir. No me va a pasar nada. Ya voy yo.

CARLOS – ¿Estás segura?

ABRIL – Sí. Mientras antes llegue, mejor. No podemos perder más tiempo.

CARLOS – A ver… Tampoco… Quiero decir… la niña está mal, pero no creo que…

ABRIL – Olvídate. Cojo el coche y voy. No se hable más. Además, hace mucho tiempo que os debía una visita. Aunque… es una pena que tenga que ser en estas condiciones.

Abril suspiró. Carlos no encontró las palabras con las que responder a la médico. Fue ella la que rompió el silencio incómodo que se había apoderado del dormitorio de Bárbara, con la cama aún deshecha.

ABRIL – Nos vemos esta tarde.

CARLOS – Muchas gracias. Te debemos una.

ABRIL – No digas tonterías. Hasta luego.

El ruido de la estática se adueñó de la habitación. Carlos cortó la comunicación de radio. Respiró hondo, con los ojos cerrados y la nuca apoyada contra el respaldo de la silla del escritorio, dejó pasar unos segundos y acto seguido se puso en pie. Miró de reojo la puerta por la que había entrado y un escalofrío le recorrió la espalda. La puerta que comunicaba con la terraza estaba abierta: seguía lloviendo. El instalador de aires acondicionados se levantó, echó mano del bolsillo y extrajo una cajetilla de tabaco. Se acercó a la terraza, sacó un cigarro y el mechero de la cajetilla y lo encendió con manos temblorosas. Empezó a fumar, con caladas excesivamente largas y la mirada perdida en el cielo encapotado.

Aunque durante los períodos de bonanza como el que acababan de disfrutar la sensación se diluía sustancialmente, haciéndoles incluso bajar la guardia, Carlos se convenció que nada de lo que hicieran iba a parar la rueda que se estaba llevando por delante el mundo entero. En su mente volvió a formularse la pregunta que jamás le había abandonado desde que comenzase esa pesadilla: ¿Valía realmente la pena seguir luchando contra lo inevitable?

Acabó el cigarro en tiempo récord, esforzándose porque no entrase humo a la habitación, y se dispuso a encender otro. Llegó a posar el dedo sobre el pequeño botón de plástico del mechero, el cigarro pendiente de los labios, pero se lo pensó mejor y lo guardó de nuevo todo en la cajetilla, y ésta de vuelta al bolsillo. Evadirse de los problemas no era su estilo, y en el dormitorio contiguo sería más útil que ahí, aunque sólo fuese aportando algo de apoyo moral, de lo que él mismo estaba bastante falto.

Al entrar en el dormitorio de Zoe se sorprendió por lo vacío que estaba. Ya se había ido prácticamente todo el mundo, después del lamentable espectáculo que había protagonizado echando a cuantos compañeros curiosos y preocupados se habían congregado en el dormitorio, ávidos de conocer la gravedad de la situación y ofrecerle palabras de ánimo a la pequeña. Tan solo quedaban la profesora, Ío, a la que no había conseguido convencer, y Christian, que no había abandonado a Zoe desde que volviese con ella en brazos al barrio. La niña estaba tumbada boca arriba en su propia cama, la colcha hasta el cuello, con los ojos cerrados. No había manera de saber si sólo descansaba o si finalmente se había quedado dormida. Bárbara estaba sentada a su lado, junto a la cama, sujetándole con suavidad la mano con la muñeca nuevamente vendada. Al menos ya no sangraba.

CARLOS – Acabo de llamar a Abril. Vendrá esta tarde, a… a… a echar un vistazo.

Todos le miraron, pero nadie le ofreció una respuesta. Tampoco había mucho que añadir. Su gesto no dejaba de ser loable, pero todos sabían que Abril poco podría hacer por la pequeña Zoe, más allá de limpiar y desinfectar sus heridas, ofrecerle alguna medicación para paliar el dolor y darle algún que otro punto. El mal que aquejaba a la niña no lo podría curar ni el mejor médico del mundo. Ío volvió a agachar la mirada, los ojos enrojecidos por el llanto. Bárbara no paraba de mirar a la niña, cuya cara herida se hinchaba más por momentos. La impotencia la estaba matando por dentro. No estaba preparada para un golpe como ese.

Christian fue el único que asintió vagamente al instalador de aires acondicionados, segundos después, para acto seguido dirigir su mirada de vuelta a la ventana. Él estaba muy preocupado por la más que probable avalancha de preguntas que recibiría tan pronto volviese al barrio, pero nadie le había interrogado aún sobre el modo cómo había encontrado a la niña, lo cual le había sorprendido bastante. Al parecer, el lamentable estado físico de la niña y la herida de su muñeca resultaban lo suficientemente explicativas del destino que había sufrido la pequeña, y visto lo visto, los pormenores del mismo poco importaban ya. Todos se habían centrado en ella, y él había pasado a un segundo plano, aún siendo su salvador. Tampoco nadie se lo había agradecido, aunque eso a él no le importó lo más mínimo.

Carlos se colocó a la vera de Bárbara, y posó su mano sobre el hombro de la profesora. Bárbara levantó la mirada, con sus ya habituales ojeras aún más acusadas por la falta de sueño y la preocupación, y el instalador de aires acondicionados vio cómo sus ojos color avellana adquirían un brillo característico. A Carlos se le rompió el alma, y su mente comenzó a divagar hacia el futuro. Estaba convencido que Bárbara no sería capaz de dar paz a la niña llegado el momento, y que en consecuencia, esa difícil tarea le correspondía a él. Miró a la niña, que respiraba pausadamente por la boca. Se le hizo un nudo en el estómago tan solo de imaginarlo.

1107

Obra abandonada en el barrio de Bayit

6 de enero de 2009

 

Christian sintió un desagradable déjà vu al llevar a la pequeña a cuestas por el suelo embarrado. No era la primera vez que se encontraba en una situación similar con una persona a la que apreciaba que había resultado mordida. La anterior ocasión aún quedaba algo de lugar a la esperanza, al no saber a ciencia cierta cómo funcionaba aquél maldito virus. Maya salvó la vida contra todo pronóstico, e incluso recuperó la movilidad de cintura para abajo, sorprendiendo a propios y extraños. Pero Maya no había sido vacunada. Zoe sí lo estaba, y ambos sabían muy bien lo que ocurría a las personas vacunadas que recibían el mordisco de un infectado. Quizá por ello cundía tal silencio tenso entre los dos amigos.

El vendaje con el que habían cubierto burdamente la herida en la muñeca de la pequeña empezaba a empaparse de sangre. Pese a que se trataba tan solo de un pequeño parche hasta que llegaran de vuelta al barrio y Zoe pudiese recibir la cura que se merecía, Christian se sintió fatal por no poder hacer nada más por ella. La niña incluso tenía unas décimas de fiebre y le costaba enfocar la vista. El ex presidiario no paraba de pensar que si hubiese llegado más pronto, tal vez podría haber cambiado su destino. De nada serviría ahora lamentarse.

Zoe no se quedó tranquila hasta que comprobó que Morgan estaba realmente dentro de la caseta de obra. Pese a que aquél hombre había intentado matarla para luego devorarla, la niña seguía sintiendo una fuerte vinculación emocional con él. Al verles a través de la ventana, el policía volvió a ponerse realmente nervioso, gritando y danto golpes, intentando sin éxito encontrar el modo de salir de ahí.

La pequeña bien pudiera haber caminado por su propio pie, pero estaba demasiado agotada física y emocionalmente por la pelea con Morgan, y tras una corta discusión, al final concedió que Christian la llevase en volandas. A él no le supuso ningún problema: la niña era un saco de huesos. La lluvia se había intensificado mientras hablaban, y la idea que cualquier otro infectado les pudiese abordar durante el trayecto de vuelta al barrio resultaba cuanto menos ridícula. Christian dio media vuelta y se dirigió a la entrada de la obra.

ZOE – Chris.

El ex presidiario no respondió. Estaba concentrado en su papel de llevarla de vuelta al barrio y no se sentía con ánimos de hablar.

ZOE – Chris, tienes que prometerme que no le dirás a nadie…

Christian agachó ligeramente la mirada y la cruzó con la de Zoe. La niña estaba muy seria. No aceptaría un no por respuesta.

ZOE – Chris. Por favor. Si se enteran, lo querrán matar. No se lo podemos contar.

El chico respiró hondo, con un ojo entrecerrado por culpa del chorreo del agua de lluvia en su cara, que había vencido el poder de su ceja. Dejó pasar unos segundos, en los que la niña no paró de acribillarle con la mirada, hasta que finalmente llegaron al portón de acceso. Respiró hondo, rememorando las palabras del policía cuando descubrió que estaba infectado.

CHRISTIAN – Tranquila.

Ambos abandonaron la obra en silencio, conscientes que compartían un secreto que no debía ser desvelado, y en cierto modo, pese a lo irónico de la situación, satisfechos al saber que Morgan seguía vivo. No en vano ambos le debían la vida a aquél negro cascarrabias.

El camino de vuelta fue lento, pesado y bastante triste. Zoe comenzó a lloriquear de nuevo, al tener ocasión de reflexionar sobre las consecuencias de su imprudencia. Sabía muy bien lo que vendría a continuación, y se le venía el mundo encima. Christian, aún sin saber muy bien por qué, no podía apartar de su cabeza la idea de decirle a la niña que la cinta violeta estaba a buen recaudo. Sin embargo, tal revelación no haría sino tornar aún más inútil y estéril el esfuerzo de la niña por encontrarla, delatando que se había dejado infectar por una estupidez. Después de darle muchas vueltas, prefirió no contarle nada.

Christian sintió un escalofrío al girar una de las últimas bocacalles y ver a tres personas en mitad de la calzada. Por un instante les confundió con infectados y a punto estuvo de dar media vuelta, dejar a Zoe en el suelo y echar mano de su arma. Pero enseguida se tranquilizó. Desconocía quienes eran los otros dos, pero la silueta de Paris resultaba inconfundible, incluso a esa distancia. Tan pronto ellos se percataron de su presencia, una de las tres figuras corrió bajo la lluvia para encontrarse con ellos.

Bárbara les alcanzó enseguida, hecha un manojo de nervios.

BÁRBARA – ¿Qué ha pasado? ¿Qué… qué te… que le… qué ha pasado, Chris?

Christian respiró hondo. Bárbara miró compungida a la pequeña. Zoe le apartó la mirada, avergonzada. La profesora no entendía nada, y se le formó un nudo en el estómago al ver el lamentable estado en el que se encontraba la pequeña y la venda empapada en sangre y agua de lluvia en su muñeca. Carlos y Paris acudieron prestos junto a ellos, arma en mano. Paris se mantuvo en silencio, consciente que no era el momento de dar a conocer su opinión al respecto de lo ocurrido. Carlos chistó con la lengua al comprobar que sus más lúgubres sospechas se habían demostrado ciertas.

CHRISTIAN – Vamos al barrio. Nos vamos a empapar aquí fuera, va.

A la profesora le temblaba la mandíbula y fue incapaz de reaccionar. Zoe seguía rehuyéndole la mirada, y eso le hizo sentir aún peor. Christian se la llevó, y Bárbara se quedó donde estaba bajo la intensa lluvia, quieta como una estaca, con un rictus de dolor en el rostro. Reaccionó únicamente al notar la mano de Carlos en su hombro. Se giró lentamente hacia él. Sus lágrimas se confundían con el agua de la lluvia.

CARLOS – Venga…

Bárbara le miró a los ojos, y él la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza.

3×1106 – Vilo

Publicado: 30/05/2017 en Al otro lado de la vida

1106

 

Obra abandonada en el barrio de Bayit

6 de enero de 2009

 

Christian no daba crédito a la suerte que había tenido. Morgan no sólo no se había percatado de su presencia, si no que se había metido en la caseta de obra y se había echado cuan largo era en el suelo. El ex presidiario desconocía si había pasado desapercibido debido al ruido de la tormenta o al olor a desperdicios mezclado con el de la tierra mojada o si Morgan había decidido ponerse a cubierto sencillamente porque había empezado a llover, pero no estaba dispuesto a dejar escapar esa oportunidad de oro. No paraba de repetirse que no debía dudar un instante en acabar con él si las cosas se ponían feas, por más que el corazón le dictase lo contrario, pero si el propio policía le ponía las cosas más fáciles, no sería él quien se quejase.

Observándole de soslayo por la ventana, comprobó que incluso había cerrado los ojos, más que dispuesto a echarse a dormir. De todos modos, hacía mucho tiempo que había amanecido. Ya era hora. Christian estaba temblando de pies a cabeza, aún bastante abrumado por la situación. Venía con la intención de rescatar a Zoe y lo último que se le hubiese pasado por la cabeza era que acabase encontrando al policía ahí dentro. Había llegado a dar por hecho que jamás lo volvería a ver. Morgan no movió un músculo mientras el ex presidiario buscaba por las proximidades con qué encerrarle ahí dentro, pero sí se levantó a toda prisa cuando el joven atrancó la puerta con una de aquellas varillas corrugadas que tenían que haber servido para hacer la armadura de la cimentación.

Morgan no paraba de dar golpes a la puerta, tratando en vano de pasar al otro lado para hincharle el diente, pero Christian había hecho un muy buen trabajo con aquella barra de metal, tanto que temió que tendría serios problemas para sacarla de ahí si en algún momento decidía liberar al policía de esa cárcel de metal, lo cual ahora parecía cuanto menos descabellado. Resultaba evidente que esa no era la puerta original de la caseta. Todo apuntaba a pensar que sus antiguos dueños habían sufrido algún tipo de robo en el pasado, y habían sustituido la original por otra mucho más robusta, hecha enteramente de metal y con anclajes mucho más gruesos.

Christian respiró hondo, consciente que ahora venía la peor parte. Que Zoe había estado ahí esa mañana era un hecho. Aquella pistola automática no dejaba lugar a dudas. Si seguía ahí o no, era algo que el ex presidiario pretendía averiguar cuanto antes.

CHRISTIAN – ¡Zoeeeeee!

Los gritos y los golpes airados de Morgan se recrudecieron, pero Christian se esforzó por ignorarlos. El ex presidiario volvió a gritar el nombre de la pequeña, y se mantuvo en escrupuloso silencio acto seguido, mientras la lluvia, que se volvía más intensa por momentos, le empapaba la ropa. No obtuvo ni el más remoto amago de respuesta. Su propio instinto le dirigió al lugar del que había venido Morgan.

Bajó la rampa a toda prisa. Resbaló y a punto estuvo de caer de bruces al barro, pero consiguió mantener el equilibrio apoyando y hundiendo la mano izquierda en el lodo. Reptó por encima de la basura hasta alcanzar el lavabo portátil y entonces respiró hondo.

CHRISTIAN – ¿Zoe?

Las gotas de lluvia impactaban con saña contra la superficie de plástico del lavabo. En esos momentos, el intenso olor del producto químico luchaba por ganarle la hegemonía del hedor al de los pañales sucios y mojados. El ex presidiario seguía sin obtener respuesta y estaba poniéndose cada vez más nervioso. No le costó demasiado forzar con los dedos el dial que hacía de pestillo, que pasó de rojo a verde. Tiró de la puerta, que había quedado perpendicular al suelo, y ésta cayó a plomo contra un puñado de pañales sucios. Sintió un cosquilleo de felicidad al comprobar que ahí dentro estaba Zoe, que tenía la piel manchada de color azul. Su alegría se desvaneció al instante tan pronto vio el aspecto que lucía su cara y se le heló la sangre al ver la fea herida que lucía en la muñeca derecha, donde debía encontrarse la cinta violeta que había perdido. La niña o estaba muerta o había perdido el conocimiento.

Temblando de pies a cabeza, Christian la sacó con delicadeza del interior del lavabo y la llevó en volandas hasta la rampa. La colocó con suavidad boca arriba el en suelo, y aguantó la respiración mirando su pecho. Exhaló todo el aire de sus pulmones y gritó aliviado al comprobar que todavía respiraba. Zoe había conseguido salvar la vida después de todo. Christian la sujetó por los hombros y comenzó a zarandearla. Los golpes y los gritos de Morgan se extinguieron paulatinamente.

CHRISTIAN – Zoe. ¡Zoe despierta!

La siguió zarandeando un buen rato y se disponía a darle un bofetón en la cara cuando la niña emitió un gruñido y trató de agarrarle con la mano derecha. Christian reaccionó instintivamente: dio un respingo hacia atrás, y cayó de culo al suelo, a tiempo de ver abrirse el ojo de la pequeña que no estaba hinchado por los golpes. Lucía triste, pero de un color verde inmaculado. El ex presidiario, algo avergonzado, se maldijo a sí mismo por su salida de tono y se adelantó de nuevo para estar a su lado.

ZOE – ¿Chris?

Con el ojo entreabierto, la niña trató de nuevo de alzar la mano, y Christian se la sujetó con firmeza.

CHRISTIAN – Tranquila. Ya ha pasado…

Zoe hizo una rápida inspiración, repentinamente consciente del peligro al que estaban expuestos. La lluvia se volvía cada vez más fuerte.

ZOE – Christian, ¡ve con mucho cuidado! Morgan está por aquí. Es… Es… ¡Está infectado!

El ex presidiario se esforzaba por mirar a la niña a los ojos, pero no podía apartar de su cabeza la herida en forma de media luna que lucía en la muñeca. Él sabía perfectamente que la niña estaba vacunada, y negar que esa herida era de un mordisco sería estúpido. Se parecía demasiado a la que lucía Maya en la parte interior del muslo derecho.

CHRISTIAN – Tranquila, Zoe. Morgan ya no te volverá a hacer daño.

El ojo sano de Zoe se abrió por completo al tiempo que cambiaba por completo su expresión facial.

ZOE – ¿¡Lo has matado!?

Instantáneamente, Zoe comenzó a llorar.

CHRISTIAN – ¡No! No, no, no, no, no. No lo he matado. Lo he encerrado en la caseta, ahí arriba.

Zoe miró hacia donde señalaba Christian, y se relajó bastante.

ZOE – Él… no tiene la culpa de…

La niña tragó saliva, consciente de lo ridículas que sonaban sus palabras, después de todos los infectados que ella había matado sin el menor reparo. Se le formó un nudo en el estómago y comenzó a llorar de nuevo. Christian la abrazó, y le susurró al oído.

CHRISTIAN – Tranquila. Tranquila, pequeña. Ahora te llevaré de vuelta al barrio y… llamaremos a Abril para que te cure. ¿Vale?

Por algún motivo, las palabras de aliento de Christian, lejos de apaciguar el maltrecho espíritu de la pequeña, tan solo consiguieron hacer que llorase aún con más intensidad. Christian la abrazó con más fuerza, sintiéndose increíblemente impotente, y fue incapaz de no empezar a llorar, igual que ella.

1105

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

6 de enero de 2009

 

Christian no paraba de mirar hacia atrás por encima del hombro, temeroso que alguien le estuviera siguiendo. Salpicó en todas direcciones al pisar un charco poco profundo en el patio de la escuela, manchándose las deportivas de barro, y siguió adelante hacia el portón de acceso trasero. No estaba haciendo nada malo, al contrario, pero no quería despertar sospechas entre los demás supervivientes. Nadie le echaría en falta a él, al menos durante un tiempo, habida cuenta que tenían problemas mucho más importantes entre manos. Finalmente llegó al gran portón y se quedó delante, pensativo.

Se echó la mano a la parte trasera de la cintura y agarró su arma. Comprobó de nuevo que estuviera cargada y a punto para ser utilizada, y la volvió a dejar donde estaba. Respiró hondo y abandonó el recinto de la escuela, cerrando concienzudamente a su paso. En esos momentos no temía en absoluto por sí mismo. Estaba armado y sabía defenderse. En su cabeza no había otra cosa que encontrar a Zoe.

Deseaba por encima de todas las cosas no estar en lo cierto, pero la evidencia hablaba por sí misma: todo apuntaba a pensar que Zoe no se encontraba en el barrio. Él tenía cierta sospecha de dónde podría estar, respaldada por el descubrimiento de la cinta violeta de la niña en posesión del pequeño Josete y su burdo intento por hacer creer a Bárbara que seguía durmiendo. Ella le había explicado la historia que había detrás de aquella insignificante pieza de tela, e incluso le había pedido en un par de ocasiones que se la anudase con más fuerza por miedo a perderla. Él sabía que era muy importante para ella. Resultaba inconcebible que Zoe no se hubiese dado cuenta de su desaparición, y aún más ridículo imaginar que no haría cualquier cosa por recuperarla. Zoe era una niña excesivamente testaruda.

Durante el camino hacia la obra abandonada, literalmente el mismo trayecto que habían hecho ambos el día anterior, no paró de maldecirla por su más que probable temeridad. No paraba de repetir en su cabeza la bronca que le echaría tan pronto la encontrase, ignorante que él estaba haciendo literalmente lo mismo que había hecho ella horas antes al abandonar el barrio sin avisar a nadie, demostrando no haber aprendido de sus errores. Llegó al solar de la obra abandonada en tiempo récord, sin haber sido capaz de encontrar indicio alguno de la pequeña. Deseaba con todas sus fuerzas que se le hubiese ido el santo al cielo y estuviese buscando la cinta dentro del solar donde rescataron al cachorro.

El portón de acceso estaba perfectamente cerrado, como él recordaba haberlo dejado el día anterior. Siempre lo cerraban cuando abandonaban el lugar después de usar el vertedero. No obstante, eso no tenía por qué significar nada. Si Zoe estaba dentro, lo más sensato sería pensar que habría cerrado a su paso para evitar que algún infectado errante se colase. Christian se acercó al portón y lo abrió con sigilo. El inesperado brillo de un relámpago le hizo dar un respingo, y se apresuró a cerrar tras de sí. El sonido del trueno lo envolvió todo durante unos segundos.

Christian comenzó a caminar por el suelo embarrado, esquivando los charcos, en dirección a la excavación. Se disponía a comenzar a gritar el nombre de la pequeña cuando algo le hizo parar en seco. El ex presidiario frunció el ceño. Sobre el suelo embarrado había dibujada una franja de unos dos metros de ancho, con un montón de marcas irregulares de pisadas por medio. Por lo fresco que estaba el barro resultaba evidente que era reciente. Daba la impresión que alguien hubiese estado arrastrando algo enorme. El surco y las pisadas acababan abruptamente al llegar al extremo donde comenzaba la excavación del subterráneo.

Christian tragó saliva, respiró hondo, y echó mano de su arma. Se acercó lentamente al borde de la excavación, sin apenas hacer ruido. Su sorpresa fue mayúscula al comprobar que sobre toda aquella basura, encima de una montaña de pañales sucios, se encontraba el lavabo portátil de la obra, que en ningún momento había llegado a echar en falta al entrar. El corazón le dio un vuelco al ver, dándole la espalda, a Morgan, arrodillado sobre los pañales, escarbando en el techo del lavabo portátil. El ex presidiario tuvo el tiempo justo para apartarse antes que el policía se girase en su dirección, alertado por una distorsión en su visión perimetral.

No era capaz de dar crédito a lo que acababa de presenciar. No había tenido ocasión se ver el color de sus ojos, pero tan solo echando un rápido vistazo a su atuendo y al color de su piel, enseguida concluyó que las sospechas del policía, de las que él mismo le hizo cómplice durante aquella noche en alta mar, se habían traducido en cruda realidad. Al ex presidiario se le acumulaban los secretos que guardar.

Desanduvo sus pasos andando hacia atrás, sin perder de vista la excavación, con el corazón latiéndole a toda velocidad en el pecho, y estuvo a punto de perder pie al pisar algo duro que se hundió todavía más en el lodo. Al levantar el pie, el ex presidiario descubrió una pistola automática, bastante parecida a la suya. No era la primera vez que la veía, y enseguida la reconoció: era el arma de la pequeña Zoe.

Un nuevo relámpago cruzó el cielo, y prácticamente al mismo tiempo que comenzó a sonar el trueno, empezó a llover. Christian ignoró la automática de Zoe y buscó refugio tras la caseta de obra que había a los pies de la grúa. Apoyó la espalda sobre la superficie de chapa y respiró hondo, tratando de mantener la compostura. El ruido de la tormenta le impedía saber qué estaba haciendo Morgan. Caminó hacia el extremo opuesto de ese lado de la caseta, y se asomó de nuevo, justo a tiempo de ver asomar la cabeza del policía por la rampa de la excavación. Estaba abandonándola, acuciado por la lluvia. Christian le tenía a tiro, y tan solo hubiese tenido que adelantarse un paso para acabar con él mucho antes que Morgan tuviera ocasión de saber de dónde venían los disparos. Ni siquiera se le llegó a pasar por la cabeza.