1149

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

22 de enero de 2009

 

Ío caminaba arrastrando los pies por el interior de la lúgubre copistería. Hacía unos minutos que había abandonado el centro de día con la intención de echar una siesta para poder aguantar en pie el turno de noche al cuidado de los bebés, pero le había resultado imposible. Estaba demasiado nerviosa e inquieta a causa de su recién estrenada madurez sexual, y pronto asumió que no podría pegar ojo, al menos no hasta estar mucho más cansada. Volvió con la idea de proponerle a Marion invertir el pacto que habían acordado poco antes. Su sordera le impidió escuchar cuanto estaba ocurriendo al otro lado de la pared. Por fortuna, el llanto de los bebés había amortiguado el sonido de sus pisadas.

La joven del pelo plateado se quedó de piedra bajo el umbral de la puerta, incapaz de dar crédito a lo que le mostraban sus ojos verdes. Marion dio el último paso atrás, hasta chocar contra la dura y fría pared del extremo opuesto de la sala. Pese a que estaba de espaldas, Ío no tuvo ningún problema en reconocer a quien la había obligado a retroceder mientras pisoteaba los pedazos rotos del biberón: se trataba de Héctor. Ella jamás olvidaría al hombre que le había arrebatado la virginidad por la fuerza, el que la había secuestrado durante semanas, obligándola a vivir encerrada como un perro y le había engañado haciéndole alimentarse de carne humana. Pero eso no albergaba ningún sentido: ese hombre debía estar muerto, hecho pedazos, pasto para los infectados. Tragó saliva, agarrotada por el miedo.

Antes que tuviera ocasión siquiera de reaccionar, Héctor se abalanzó hacia Marion, que no tuvo escapatoria. La hija del difunto presentador suplicaba clemencia al ex presidiario, con los ojos velados por las lágrimas: no le serviría de nada. Ío no pudo evitar soltar un grito ahogado, que enseguida se apresuró a amortiguar con su mano mutilada, al ver cómo el ex presidiario alzaba aquél enorme cuchillo de deshuesar. Héctor aplastó contra la pared a su víctima, empujándole el pecho con el muñón de su brazo amputado al tiempo que hundía el filo del cuchillo en el lateral de su cuello, del que enseguida comenzó a brotar sangre como si de un manantial se tratase. Afortunadamente, Ío no pudo escuchar el sonido gorgoteante de la garganta de Marion cuando Héctor rodeó todo su cuello con el filo del arma blanca. Ella trató inútilmente de cortar la hemorragia llevándose las manos al cuello. Su mirada se cruzó por un instante con la de Ío, al tiempo que la vida abandonaba definitivamente su cuerpo, que enseguida cayó a plomo al suelo.

Los ojos de Ío también se velaron por las lágrimas. El miedo amenazaba con paralizar sus músculos, dejándola ahí plantada para ser la próxima víctima del ex presidiario. Aún en medio del coro de llantos de los bebés, que se había intensificado en solidaridad a los gritos de auxilio y clemencia de Marion, la joven del pelo plateado acabó sacando suficiente presencia de ánimo para dar media vuelta y volver por donde había venido. Salió a toda prisa del centro de día, por el mismo agujero en la pared por el que había entrado no hacía ni un minuto, y corrió hasta llegar a la calle corta. Frenó en seco en mitad de la calzada, sin saber hacia dónde dirigirse a continuación.

Por fortuna, Ío no tuvo ocasión de presenciar cómo, embriagado por el sentimiento de éxito y hastiado de escuchar el estridente sonido del llanto de los bebés, Héctor hundía el filo del cuchillo, aún goteando sangre de su pretérita víctima, en el blando y rechoncho cuerpecito de uno de los bebés que lloraba con más fuerza. Éste no fue más que el primero, lamentablemente. El ex presidiario estaba demasiado cegado por la ira, y prosiguió con su bochornoso espectáculo de violencia gratuita, arrebatando la vida a uno tras otro, en un intento desesperado por hacer el mayor daño posible a quienes tantas veces habían vilipendiado su honor, hasta que acabó encontrándose a solas en la sala, acompañado tan solo por un buen puñado de cadáveres, con manchas de sangre por doquier. Demasiadas manchas de sangre.

Respirando agitadamente por la boca, aún con una sonrisa de loco en la cara, se acercó al cadáver de Marion. No fue hasta entonces que cayó en la cuenta que había pasado por alto a la pequeña del pelo plateado. Miró en derredor instintivamente en su busca, evidentemente sin éxito. Entonces concluyó que no debía perder más tiempo. Ese no era más que el primer paso de su plan maléfico.

Agarró el cadáver de Marion por las axilas, manchándose aún más de sangre, y lo arrastró hasta que ocupó el mero centro de la sala, rodeada de las cunas con todos aquellos pequeños cadáveres. Se limpió la mano en el pantalón y sacó del bolsillo algo que había estado acompañándole desde el día de su resucitación. Dejó el vial, lleno de aquél milagroso líquido violeta, sobre el pecho de la hija del difunto presentador, entre sus senos y el ombligo. Incluso con el lamentable aspecto que ofrecía muerta, sintió un cierto arrepentimiento por no haberla violado antes de acabar con ella.

Miró en derredor hasta encontrar una pequeña libreta sobre la que descansaba un bolígrafo. Arrancó una de las hojas vacías, tras pasar un buen puñado en el que pudo distinguir un sinfín de horarios de cuidado de los bebés, con los nombres de todos sus enemigos escritos una y otra vez junto a franjas horarias. Cogió el bolígrafo y escribió lo siguiente, con la mejor caligrafía que pudo, dada su escasa formación: “Os lo devuelvo. Creo que ya no me va a hacer falta”. Ahí concluía la segunda fase de su plan de venganza. Aún debía encontrar a Ío y acabar con ella, pero antes tenía que hacer un pequeño alto en el camino.

Asqueado por todo cuanto se había manchado con la sangre de Marion y la de los bebés, salió de nuevo a la calle corta, algo desorientado, y se dirigió al bloque de pisos donde sabía que vivían sus enemigos. Subió las escaleras sin prisa pero sin pausa, dispuesto a destrozar la estación de radio. Encontrar la puerta del ático cerrada no le supuso ningún problema. Si había conseguido llegar hasta ahí, una simple puerta no iba a ser un obstáculo: debía dejar inutilizada la radio para evitar que nadie pudiese hacer uso de ella para pedir ayuda, y eso fue lo que hizo tras abrir la puerta por la fuerza.

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3×1148 – Efecto

Publicado: 09/06/2018 en Al otro lado de la vida

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

22 de enero de 2009

 

El olor a metal y grasa de motor retrotrajo a Héctor a un momento recóndito de su pasado, mucho antes de cometer su primer crimen, cuando era tan solo un matón de patio de instituto que ya no podía contar las expulsiones con los dedos de ambas manos. Juanjo se giró hacia él, desde la persiana del taller. Estaba excepcionalmente serio, muy metido en su papel de aliado del mal.

JUANJO – Parece que está todo en regla. Tienen que estar en el centro de día las dos. A los críos no los sacan casi nunca de ahí, más que para dar algún paseo cuando no hace tanto frío, pero… muy de vez en cuando. Hay demasiados. Lo más seguro es que… se hayan traído la comida y no se muevan de ahí en todo el día. No hay nadie más para cuidar de ellos.

Héctor asintió con la cabeza. Estaba impaciente por deshacerse del banquero y poder dar rienda suelta a todo cuanto había soñado desde su inesperada resucitación.

JUANJO – Mira, ven.

El ex presidiario acompañó a Juanjo y ambos salieron a la calle corta. Todo estaba tranquilo ahí. Héctor observó con curiosidad aquella especie de muralla medieval almenada que cortaba la calle a ambos lados. El banquero señaló hacia uno de los extremos de la calle.

JUANJO – Puedes llegar por la trastienda de la copistería que hay ahí en la esquina. Hicieron un agujero en la pared y desde ahí se puede entrar. Con tal que no hagas mucho ruido… las puedes pillar a las dos por sorpresa. La rubia ni se va a enterar.

Héctor asintió de nuevo.

JUANJO – Yo me voy a mi casa. Espérate a que cierre la puerta del parking antes de ir para ahí, ¿vale?

El ex presidiario volvió a asentir, cada vez más impaciente. Juanjo se despidió de él con un gesto de la cabeza y comenzó a dirigirse hacia la puerta del parking.

HÉCTOR – Espera.

Héctor sacó la pistola de su entrepierna y apuntó con ella a Juanjo. Éste abrió los ojos como platos. Miró alternativamente el arma y a quien la empuñaba, convencido que había cometido un error, y que su vida acababa ahí y en ese momento. No había escapatoria. Entonces Héctor le dio media vuelta a la pistola y se la ofreció, sujetándola por el cañón.

HÉCTOR – Puedes quedarte con esto. No lo voy a necesitar.

Juanjo miró la pistola y miró de nuevo a su aliado, contrariado. Se acercó a él con paso dubitativo.

JUANJO – ¿Estás seguro?

Héctor había tenido ocasión de imaginar una y mil maneras de acabar con aquellas dos mujerzuelas durante el trayecto hacia Bayit, y ninguna de ellas implicaba un arma de fuego. Sabía que su sentimiento de victoria no sería completo si no las mataba con sus propias manos, con un arma blanca. Lo contrario sería de cobardes.

HÉCTOR – Sí.

JUANJO – Bueno… Como quieras.

Juanjo cogió la pistola y se la guardó.

JUANJO – Hasta luego. Suerte.

Héctor despidió al banquero y éste caminó a paso más ligero que antes de vuelta a la persiana del parking subterráneo, tras la que desapareció enseguida. El ex presidiario dejó pasar unos segundos después que el sonido de la persiana impactando contra el suelo diese paso de nuevo al silencio, y acto seguido se dirigió hacia la copistería. Una amplia sonrisa surcaba su rostro mancillado por aquella fea cicatriz.

Llegar hasta la sala donde descansaban los bebés fue extremadamente sencillo. Ahí reinaba una temperatura muy distinta a la de la fría calle de la que venía, mucho más agradable, aunque olía a rancio. Se plantó bajo el umbral de la puerta abierta de par en par.

Ella estaba de espaldas a él y sostenía un bebé en sus brazos, al que le estaba dando un biberón. Resultaba evidente que le había escuchado llegar, pero por algún extraño motivo no se giró. Él sostenía en su única mano un cuchillo de deshuesar que parecía sacado de una película de miedo de serie B. Miró en todas direcciones, pero no pudo ver a Ío.

MARION – ¿Qué se te ha olvidado ya? Oye… ¿Sabes qué? He estado pensando y… creo que voy a llamar a Carlos. A estas horas… ya deben haber llegado. De hecho… me extraña que no nos hayan llamado, ya. Pero bueno… Yo… es que… No… No paro de pensar en la discusión que tuvimos antes. Quizá… fui demasiado dura con él. No sé… estoy muy sensible estos días, y… no es con él con quien tengo que pagarlo, y… me sabe mal. Me ha quedado mal cuerpo, ¿sabes? Por lo menos, me gustaría que pudiéramos hablar… un ratillo. ¿Tú…? ¿Tú podías quedarte aquí un momento, en lo que subo al ático? Será… nada, cinco minutos como mucho. Te prometo que no tardo más. Pero… así me quedaré más tranquila.

Marion colocó al bebé con delicadeza sobre la cuna vacía que tenía delante.

MARION – ¿Me estás oyendo?

Héctor frunció el entrecejo al escuchar a la hija del difunto presentador soltar una sonora carcajada. Ella creía que quien había bajo el umbral de la puerta era Ío, y como la adolescente era sorda, que había estado hablando en vano todo ese tiempo.

MARION – ¡Pero qué idiota soy! ¿Cómo me vas a oír?

Fue entonces cuando finalmente se giró. La sonrisa que había en su rostro se quedó congelada en un rictus de pánico. Héctor le tomó el relevo a ese respecto, aunque su sonrisa fue mucho más acusada.

El biberón vacío que Marion sostenía entre los dedos se le resbaló y cayó estruendosamente al suelo, estallando en mil pedazos, haciendo salpicar leche y cristal por todo el suelo. El ruido alertó a dos de los bebés que estaban más activos, que no dudaron en comenzar a llorar. Marion también lo hizo: un gran lagrimón surcó su mejilla al tiempo que sus dientes comenzaban a castañear de puro pánico. Héctor dio un paso al frente. Ahí comenzaba su tan ansiada venganza.

3×1147 – Palabra

Publicado: 22/05/2018 en Al otro lado de la vida

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

22 de enero de 2009

 

 

Juanjo echó el enésimo vistazo a través de los barrotes que protegían la ventana del despacho del profesor de gimnasia. Allá fuera todo seguía en rigurosa calma, bañado por la tenue luz que se filtraba a través de las nubes que cubrían el cielo a esa hora de la tarde. La ventana no cerraba del todo bien y el banquero se estaba empezando a poner nervioso al escuchar aquél irritante silbido que entraba por las rendijas, fruto del viento que reinaba en el frío exterior. Le echó otro sorbo al café templado que tenía en el termo y cogió la revista de cotilleos que había apoyado sobre su regazo. Cómo había llegado eso al cajón del escritorio era todo un enigma para él, pero al menos le había mantenido distraído las más de tres horas que llevaba ahí esperando. Ir pasando página tras página con la certeza que toda aquella gente famosa y adinerada estaba muerta le hacía sentir algo mejor.

Una pequeña distorsión en su visión perimetral le obligó a mirar de nuevo a través de la ventana. Fue entonces cuando le vio. Un hombre de unos treinta años, al que le faltaba un brazo, observaba con el mentón levantado la parte alta de la verja del colegio, preguntándose por dónde entrar al recinto. Pese a que no había rastro del vehículo que le había traído hasta ahí, Juanjo supo perfectamente de quién se trataba. Dejó la revista sobre la mesa, comprobó que su arma, cargada, estaba a mano en el bolsillo trasero de su pantalón, y fue a recibirle.

El ex presidiario vio acercarse a un hombre bajito, algo gordo y medio calvo y no pudo evitar arrugar la nariz. Trató de cambiar el rictus de su rostro a medida que se aproximaba, algo tenso por lo que vendría a continuación. Sabía que los habitantes de Bayit poseían armas de fuego, y no quería tener ningún disgusto, y menos después de haber llegado tan lejos. No podía matarle y seguir con su plan hasta que le permitiese acceder al barrio, o al menos hasta que aquél portón no hiciera de barrera entre ambos: él sólo poseía armas blancas. Finalmente Juanjo llegó hasta donde él se encontraba, al otro lado del portón. Para su disgusto, paró a un par de metros de él, fuera del alcance de su mano.

JUANJO – Tú debes de ser Héctor, ¿verdad?

El ex presidiario se quedó de piedra. Eso era lo último que hubiera esperado escuchar. Su corazón empezó a latir a toda velocidad, temiendo que le hubieran tendido una trampa. Miró en derredor, en busca de cualquier movimiento que delatase que los demás habitantes de Bayit estaban esperando el momento adecuado para acribillarle a balazos. Pero ahí fuera sólo estaban ellos dos. Juanjo, con sólo ver la expresión de su cara, tuvo la certeza de que sus suposiciones eran ciertas.

JUANJO – No, no. Estate tranquilo. Estamos en el mismo barco. No tienes de qué preocuparte.

Héctor frunció el entrecejo. Llegó incluso a dudar que aquél hombre fuese el mismo con el que había hablado esa mañana. Parecía otro, a todas luces, pero la voz era la misma.

JUANJO – A ver cómo te lo explico… Paris me lo contó todo. Varias veces. Demasiadas veces. Con demasiados detalles. A veces borracho, a veces sobrio… Sé lo que le pasó a tu gente. Y… lo lamento… ciertamente. También sé que nunca encontraron tu cadáver. Cuando me dijiste que habías perdido un brazo, me pareció una coincidencia… divertida. Justo el mismo brazo que aquél hombre que querían cargarse, justo a la altura del codo… ¿Sabes qué? El hijo de puta del gordo lo guardó como un trofeo, en su casa… Hasta que empezó a pudrirse. No sé qué ha hecho con él, pero ya no lo tiene.

El ex presidiario escuchaba atónico pero con atención lo que aquél hombre tenía que decirle, aún sin saber muy bien cómo reaccionar. Juanjo se mantenía a una distancia prudencial, y estaba más que dispuesto a echar mano de su pistola al primer movimiento en falso. No obstante, tenía las ideas muy claras. Hasta el momento, todo parecía estar saliendo a pedir de boca.

JUANJO – Tenía mis sospechas, pero cuando me propusiste venir, que te abriese, y que no les dijese nada a ellos… No me cupo la menor duda. Mira, pongamos las cosas claras, no voy a irme con ambages. Aquí hay mucha gente, y yo solo no puedo con todos. Los recursos con los que contamos… son limitados, y hay demasiadas bocas que alimentar. Esto no es sostenible, ni a largo ni a medio plazo. Más pronto que tarde, todo lo que tenemos en la despensa se va a acabar, y yo… espero no estar aquí para verlo. Aquí es donde entras tú en juego.

Juanjo respiró hondo. Se llevó la mano a la parte trasera de la cintura y le mostró a Héctor la pistola automática que llevaba. El ex presidiario dio un paso atrás, con una expresión muy seria en el rostro.

JUANJO – No, no, no, no, no. No te confundas. No te quiero hacer daño. Joder, al contrario. ¡Te necesito! Ambos nos necesitamos mutuamente, Héctor. Tú me necesitas para entrar aquí, para poder cargarte a la morena que mató a tu amigo y a la rubia que te tomó el pelo. ¿Me equivoco?

Héctor carraspeó un poco antes de que le acudiera la voz.

HÉCTOR – No. No te equivocas.

JUANJO – Bien. Bien, bien. A mi esta gente… no me cae bien. No te voy a decir nada que tú no sepas. Por algunos… me sabe peor que por otros, pero… lo siento mucho. Ésta es la ley del más fuerte. Aquí o comes… o se te comen. Y yo no me quiero dejar comer, y… ellos me dan dado la espalda. Todos. Por mi, se pueden ir al infierno. Mi propuesta es la siguiente: Yo te abro, y me voy a mi casa. Yo no te he abierto. Yo no te he visto. Tú haces lo que tengas que hacer, tranquilamente. Lo único que te pido, es que me dejes al margen de todo. Como si no nos hubiéramos visto nunca. Ellos tienen un barco, y sé dónde lo guardan. Yo llevo ya un tiempo estudiando libros de navegación, y estoy preparado para llevarlo. Llegado el momento, cuando ya… hayas acabado tu trabajo, te puedes venir conmigo, o… te quedas aquí con la mitad del botín, que ya te adelanto, que no es precisamente poco. Eres libre de hacer lo que te venga en gana. Y… para que veas que voy en serio, te entrego esto en señal de buena voluntad. Estoy convencido de que eres un tipo de palabra.

Juanjo le entregó la pistola a Héctor. Él la asió, y comprobó que estaba cargada, y que las balas no eran de fogueo. Aún no era capaz de dar crédito a lo que estaba pasando. Se vio tentado a usarla para acabar con Juanjo, pero enseguida desechó esa idea. Y no fue únicamente por miedo a alertar a Marion con el sonido de la detonación. Lo que hizo fue metérsela por el pantalón, por debajo del ombligo. Miró de nuevo a su autodenominado aliado.

JUANJO – ¿Qué me dices, hay trato?

El banquero alzó su mano derecha, y la colocó entre los barrotes. Tan pronto se dio cuenta de su error, la cambió por la izquierda. Héctor tardó unos segundos en reaccionar, segundos que a Juanjo se le antojaron eternos. Lo había apostado todo a una carta, consciente que si la cosa salía bien, no tendría de qué volver a preocuparse jamás. Sin embargo, si algo salía mal, cualquier cosa, probablemente no viviría para contarlo.

HÉCTOR – Tienes mi palabra, Juanjo. No te arrepentirás.

Héctor alzó su única mano y estrechó la de Juanjo. El banquero hizo una mueca al notar cómo el ex presidiario se la estrujaba con una fuerza excesiva, e intentó imitarle, sin demasiado éxito: él no estaba en muy buena forma. Por fortuna, el estrechón no duró mucho.

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Mansión de Nemesio, isla Nefesh

22 de enero de 2009

 

HÉCTOR – ¿Estás totalmente seguro?

JUANJO – Que te digo que sí. Les he visto irse con mis propios ojos. Han salido con la furgoneta aquella, hará… una media hora como mucho.

HÉCTOR – ¿¡Media hora!?

JUANJO – Te hubiera llamado antes, pero… no quería levantar sospechas, y… no me he atrevido a acercarme hasta ahora. Al final no se han quedado los hermanos.

HÉCTOR – ¿Cómo que no?

JUANJO – No. No sé a cuento de qué, pero ellos también se han ido. ¡Si se han llevado hasta al perro!

HÉCTOR – ¿Y entonces quién se ha quedado con los niños?

JUANJO – Se ha quedado Marion, la morena, la de las tetas.

HÉCTOR – Sí, sí. Sé quién es.

JUANJO – Y la cría esa sorda, la que es tan rubia.

Una enorme sonrisa se dibujó en el rostro de Héctor. Esas eran las mejores noticias que podía recibir.

Había pasado al menos dos horas frente a la puerta del dormitorio de Abril esa mañana, esperando ansiosamente la llamada que creyó que no llegaría nunca. Ella estaba trabajando duro en la cocina, preparando un banquete de proporciones épicas para sus invitados. Había hablado con ellos la noche anterior, y aguardaba su llegada para pasado el mediodía. Cuando finalmente sonó, el corazón estuvo a punto de salírsele del pecho. La paró a toda prisa, pese a que con toda la ropa que había echado encima para sofocar el sonido, Abril no habría podido escucharla jamás desde la planta baja.

Su intención desde el principio era la de infiltrarse en el barrio sin ser visto, e ir matándolos uno a uno tan pronto volvieran, saboreando la venganza. Gustavo y su hermana serían un estorbo a ese respecto, y debían ser los primeros en morir. Si tal como Juanjo decía, finalmente habían cedido su puesto a aquellas dos chicas, eso aceleraría mucho más su plan de venganza. En su perversa mente, ambas merecían pasar a mejor vida con el mayor sufrimiento imaginable: no en vano habían ultrajado su honor.

HÉCTOR – Eso es lo de menos.

JUANJO – Ya…

HÉCTOR – Bueno, pues… si ellos ya se han ido, mejor será que vaya tirando, para que no me los acabe teniendo que encontrar cuando salga.

JUANJO – Sí… claro.

HÉCTOR – ¿Estarás pendiente de la entrada del colegio, para abrirme cuando llegue?

JUANJO – En eso habíamos quedado. ¿Cuánto crees que vas a tardar?

HÉCTOR – No conozco muy bien el camino, pero… de noche no se le me hace. Eso seguro.

Una vez más, Héctor mentía. Sí conocía bien el camino. Había estudiado el mapa de Nefesh hasta la extenuación las últimas semanas, analizando mil y una rutas para llegar a Bayit

JUANJO – Tú no te preocupes por eso. Y tampoco te preocupes si tardas un poco, que la isla está llena de esas cosas. Tómate tu tiempo.

HÉCTOR – Vale. Pues… quedamos así. Nos vemos luego.

JUANJO – Hasta ahora.

Héctor cortó la comunicación. Respiró hondo. Había llegado el momento. Volvió a colocar el taburete en su sitio, dejó la pila de ropa usada sobre la silla de la que la había quitado y salió del dormitorio. Estaba muy tenso, pero simultáneamente seguro de sí mismo y esperanzado. Llevaba demasiado tiempo esperando ese momento, y ahora se sentía más vivo que nunca.

Bajó las escaleras, dispuesto a abandonar a quien había sido su única compañía, amén de médico y cocinera, desde su resurrección. Pensó en matarla a ella también, para no dejar cabos sueltos, pero ello no haría si no poner en alerta a sus enemigos. Asumió que también lo haría su reiterada ausencia, pero contra eso no podía hacer nada. Si había conseguido pasar desapercibido hasta el momento, haría todo lo que estuviera en su mano por conservar esa ventaja: ella viviría. Al menos por ahora.

HÉCTOR – Voy a salir un momento.

Abril se sobresaltó al escucharle. No le había visto entrar en la cocina. Sonrió. Llevaba toda la mañana trabajando a fondo en la cocina.

La noticia de la repentina visita de los habitantes de Bayit la había cogido por sorpresa, pues ella misma pretendía invitarles, tras aceptar la fortuita sugerencia de Héctor. No había pasado ni una hora, y ella recibió una llamada en la que ellos proponían literalmente lo mismo. Lamentablemente, lo interpretó como una curiosa coincidencia, y no le dio mayor importancia. Él encontró ese hecho especialmente divertido.

ABRIL – ¿Qué vas, a por leña?

HÉCTOR – Sí.

Héctor esbozó una sonrisa. Abril puso los ojos en blanco.

ABRIL – ¿Intentas tomarme el pelo?

El ex presidiario rió abiertamente.

HÉCTOR – Que no. Que nos estamos quedando sin. Además, voy a ir aquí al lado.

ABRIL – Parece que estés esperando que recibamos visita para acordarte que nos falta leña, chico.

HÉCTOR – Mera coincidencia. Esta vez volveré antes que lleguen. Te doy mi palabra.

ABRIL – Haz lo que quieras, ya eres mayorcito. De todas maneras… aún tardarán un montón en llegar. ¿Luego podrías ayudarme con esto? Es que voy un poco mal de tiempo.

HÉCTOR – Sí. Claro. Cuenta con ello.

ABRIL – Ve con cuidado, ¿vale?

Héctor asintió, y sintió un extraño nudo en el estómago.

HÉCTOR – Adiós, Abril.

Ella estaba muy atareada con lo que tenía entre manos, y le despidió con un gesto de la cabeza, sin siquiera dirigirle la mirada.

Héctor salió de la cocina. Sabía que tenía tiempo de sobras, pero no quería desperdiciar ni un segundo.

Se dirigió a toda prisa hacia el establo y fue directo hacia el armario amarillo del fondo. Cargó todas las garrafas de gasolina que guardaban en la pickup a excepción de las dos que estaban vacías. Acto seguido levantó uno de los sacos de semillas que había junto a los útiles de labranza, y dejó al descubierto un machete, un par de afiladísimos bisturís y un cuchillo de deshuesar que parecía sacado de una película de miedo de serie B. No había sido capaz de averiguar dónde guardaba Abril sus armas, y no había tenido presencia de ánimo para buscarlas en su, por miedo a echar al traste la confianza que ella había depositado en él. Estaba convencido que no necesitaría nada más, y siempre podía robar las armas de los cuerpos sin vida de quienes fuese eliminando. No sería la primera vez que lo hacía.

Arrancó el vehículo y salió de las inmediaciones de la mansión, sin dejar de mirar atrás, temeroso de alertar a Abril. Salió de ahí a toda velocidad, consciente que debía ser muy precavido. No se dirigió a la ciudad, sino que tomó el camino opuesto. Daría un rodeo con el que garantizaría no cruzarse con sus enemigos. Lo tenía todo pensado. En adelante, nada podía salir mal.

3×1145 – Aliados

Publicado: 12/05/2018 en Al otro lado de la vida

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Mansión de Nemesio, isla Nefesh

20 de enero de 2009

 

Héctor respiró hondo. Echó de nuevo un vistazo al reloj que pendía de la pared: pasaban veinte minutos de la hora acostumbrada. Chistó con la lengua y salió del dormitorio de Abril arrastrando los pies, con la intención de ir a desayunar.

Pese a que había estado esperándolo, el ex presidiario no pudo evitar dar un respingo tan pronto aquél estridente sonido hizo acto de presencia, cuando él se encontraba a punto de comenzar a bajar las escaleras. Se apresuró a desandar sus pasos, entró a toda prisa en la habitación y abrió la comunicación, acallando de ese modo el ruido. No quería que éste llamase la atención de Abril, por más que sabía que ella no sería capaz de escucharlo desde el establo, donde estaba dando de comer a los animales y tratando de curar la herida infectada en una las patas del potrillo.

JUANJO – ¿Hola?

HÉCTOR – ¿Juanjo?

JUANJO – Sí. Soy yo.

HÉCTOR – ¡Hombre! Ya pensé que hoy no me llamabas.

JUANJO – Es que… Ha habido mucho jaleo por aquí esta mañana. Y… ya sabes que no me gusta andar merodeando mientras todavía hay gente de por medio. Pero tenía que hablar contigo. Tengo una noticia… ¡No te lo vas a creer!

HÉCTOR – ¿El qué, qué pasa?

Desde su primer contacto, había pasado más de un mes hasta que volvieron a hablar, y fue de nuevo algo fortuito. Héctor había aprovechado una de las recurrentes ausencias matutinas de Abril para llamar de nuevo. Sus ansias de venganza le estaban minando la moral, y necesitaba sentir que hacía algo, pues ya llevaba demasiado tiempo metafóricamente de brazos cruzados. Él sabía a ciencia cierta que los habitantes del ático en el que habían instalado la estación de radio no acostumbraban a estar presentes a esa hora de la mañana. Abril se lo había hecho saber en uno de sus interminables monólogos, y él pensó que no perdería nada por probar suerte. Para su sorpresa y deleite, fue Juanjo el que respondió.

La fortuna quiso que esa mañana todos los habitantes de Bayit se encontrasen en el extremo más alejado del barrio amurallado, lejos del radio de acción de la señal acústica. Ahí estaban todos a excepción de Josete e Ío, que se encargaban de los bebés. El uno a duras penas entendía qué era ese ruido y no le dio importancia, y la otra sencillamente no lo escuchó, al ser sorda. En esos momentos Juanjo se encontraban en la calle corta, dispuesto a saquear por enésima vez las provisiones que guardaban, con excesivo poco celo, en el centro de ocio. Había visto cómo todos se dirigían al solar, y no había podido evitar aprovechar la oportunidad. Sin embargo, al ver que pasaban los minutos y el ruido no cesaba, la curiosidad fue más fuerte y acabó subiendo al ático, lo que permitió que ambos se pusieran en contacto por segunda vez.

Esa conversación, a diferencia de la primera, duró casi una hora. Juanjo necesitaba con urgencia alguien con quien hablar para desfogarse. Desde la llegada de Fernando al grupo cada vez se había ido distanciando más de todos, y a esas alturas a duras penas hablaba con nadie. Estaba muy frustrado por haber quedado al margen, como un apestado. Había aprendido a odiar a los habitantes de Bayit casi tanto como Héctor, y encontrar alguien con quien poder hablar al respecto le resultó muy gratificante. Más gratificante le resultó a Héctor contar con un infiltrado en la casa del enemigo, al que, si sabía dirigir adecuadamente, podría acudir para que le ayudase a llevar a término su ansiada venganza.

Para su sorpresa, fue el propio Juanjo el que propuso mantener conversaciones más regulares, aprovechando las horas de la mañana en las que sabía que el ático estaría desocupado. Al fin y al cabo, el bloque de pisos prácticamente tan solo lo utilizaban para ir a dormir. El ex presidiario aceptó de buena gana su propuesta y desde entonces, rara era la mañana que Juanjo no le llamaba y pasaban al menos quince minutos charlando. Tan solo ocurrió en una ocasión que quien contestó a su llamada fue Abril, tras una noche en la que se había ido a dormir tardísimo y no madrugó tanto como de costumbre. Juanjo se limitó a cortar la comunicación y ella se volvió a acostar, pues estaba demasiado agotada.

JUANJO – Estás de suerte. He escuchado que vas a recibir visita.

A Héctor le dio un vuelco el corazón.

HÉCTOR – ¿Cómo?

JUANJO – Sí. Escuché que lo comentaban ayer por la noche. Se ve que quieren ir a visitar a Abril. ¿Y a que no sabes a quién no han invitado?

Héctor frunció el ceño, demasiado superado por la noticia.

HÉCTOR – No les hagas ni caso, Juanjo. El tiempo pondrá a cada uno en su sitio, te lo garantizo.

JUANJO – No, si… ya me da igual. Como si se los quieren merendar un montón de infectados por el camino. Que les jodan.

HÉCTOR – ¿Y cuándo dices que van a venir?

JUANJO – No lo sé… Mañana o pasado. Estaban discutiéndolo. Todavía no creo que hayan tenido tiempo de decírselo ni a Abril. Lo que sí que sé es quién va ir. Irán todos menos estos dos últimos que llegaron con el barco. Olga y… el niño este… sí… ¿cómo se llamaba?

HÉCTOR – Sí. Los dos hermanos.

JUANJO – Sí… sí. Estuvieron discutiendo un rato, porque el niño quería ir, pero al final quedaron en que no. Alguien tenía que quedarse con los bebés. Y conmigo, desde luego, que no cuenten.

Héctor tragó saliva. El corazón le latía con fuerza. Esa era la oportunidad que tanto había esperado. Debía jugar bien sus cartas.

HÉCTOR – Pues no te pienses que me hace mucha gracia a mí, que vengan aquí a mi casa a dar por saco, la verdad…

El ex presidiario trató de poner en orden las mil y una ideas que le rondaban la cabeza. No podía dejarse ver en la mansión, y desaparecer fortuitamente de nuevo, sería demasiado sospechoso. Una idea le vino a la mente. Por fortuna, había forjado la suficiente confianza con el banquero para hablar sin tapujos, y decidió tirarse a la piscina.

HÉCTOR – Oye, ¿por qué no hacemos una cosa?

JUANJO – ¿El qué?

HÉCTOR – ¿Qué te parece si te voy a hacer una visita yo a ti, aprovechando que toda esa gente va a estar fuera?

Los tres segundos que tardó Juanjo en contestar se le asemejaron horas, y temió haber sido demasiado atrevido, demasiado directo.

JUANJO – Ah, mira. Genial. Me parece bien. Ya tengo ganas de conocerte. Además… será un buen momento, para que no anden preguntando.

A Héctor se le dibujó una enorme sonrisa en la cara.

HÉCTOR – Sólo que… no les digas nada a ellos, ¿vale?

El ex presidiario era consciente que estaba andando en la cuerda floja, pero al mismo tiempo sabía que jamás volvería a tener otra oportunidad como esa.

HÉCTOR – ¿Podrás hacerlo?

JUANJO – ¿Que si podré hacerlo? Me molestaría más que me pidieras que lo hiciera. Esto es cosa mía… Es cosa nuestra. Yo puedo invitar aquí a quien me dé la gana, Ezequiel. Faltaría más.

HÉCTOR – ¿Te encargarás tú de abrirme cuando llegue con el coche? Es que… no quiero estar ahí fuera mucho tiempo esperando. Es por los infectados… ¿sabes?

JUANJO – Ah… sí. Claro. No hay problema. Joder. ¡Faltaría más!

Héctor se apresuró a dirigir la conversación en otra dirección. Ahora que había conseguido lo que quería, no tenía intención de jugársela. En adelante, tenía mucho trabajo para urdir su plan maestro.

3×1144 – Hacha

Publicado: 08/05/2018 en Al otro lado de la vida

1144

 

Mansión de Nemesio, isla Nefesh

14 de diciembre de 2008

 

ABRIL – ¿Y tiene que ser precisamente ahora?

Héctor alzó los hombros. Resultaba algo cómico verle hacerlo sin uno de sus brazos.

HÉCTOR – ¿Qué quieres, que tengan que estar con la chaqueta puesta todo el rato? Nos quedamos anoche sin leña. Sólo queda la de la cocina. Hace un frío que pela.

Abril reflexionó al respecto, abrigada hasta el cuello. Héctor tenía razón. Ella llevaba mucho tiempo posponiendo el momento de ir a buscar leña. En la mansión había madera por todos lados, pero consideró que no era adecuado ir partiendo las patas de las camas o destrozando las puertas para alimentar la chimenea, habida cuenta que les circundaban cientos de hectáreas de bosque tupido. Hubiera preferido acompañarle, pero tenía la comida a medio preparar, y quería demostrar que era una buena anfitriona cuando llegasen sus invitados. Héctor parecía impaciente.

ABRIL – Bueno, vale. Pero no tardes, que tienen que estar ya al caer.

HÉCTOR – Que no, mujer. Para cuando lleguen ya he vuelto de sobras. Buscaré un árbol que tenga la leña bien seca, y vuelvo enseguida.

ABRIL – Coge lo justo para aguantar hasta mañana, tampoco te mates. Ya tendremos tiempo de ir a buscar más cuando se vayan. Y así te puedo acompañar. Entre los dos será… más… fácil.

HÉCTOR – Que sí…

Abril despidió a Héctor con un gesto de la cabeza, y prosiguió con sus quehaceres en la cocina, en la que llevaba encerrada varias horas. El ex presidiario salió de la mansión a toda prisa, con el corazón latiéndole a toda velocidad en el pecho. Había esperado más de lo prudente a abandonarla, y temía cruzarse con sus enemigos. Su intención era la de ausentarse el tiempo justo para evitar el encuentro con los invitados, pero sin despertar más sospechas de lo imprescindible.

La noticia de que recibirían visita le había cogido con la guardia baja. Llevaba mucho más tiempo del que hubiese deseado posponiendo el momento de ir a por ellos, pero sabía que ese no era el adecuado para actuar. El grupo estaba dividido en tres, ahora que una parte había abandonado la isla en otro barco para ir a buscar más supervivientes. El resto estaba en Bayit, y tres de ellos se dirigían hacia la mansión. Podría acabar con ellos ese mismo día, pero así echaría por tierra el factor sorpresa, y tenía demasiado rencor guardado para dejar el trabajo a medias. Cuando lo hiciera, lo haría bien. Debía esperar un poco más.

Se alejó de la mansión siguiendo el serpenteante curso del río, en sentido opuesto al de la corriente. De ese modo resultaba virtualmente imposible perderse: tan solo tendría que encontrar de nuevo el río y seguir su curso hasta dar con la caída de agua que había junto a la mansión. Caminó y caminó, regañándose por seguir posponiendo su cada día más ansiada venganza. Ya había perdido la noción del tiempo cuando algo le llamó la atención.

En mitad de un claro junto al río descansaba un árbol que en tiempos debió de ser majestuoso. Su madera era grisácea, del tiempo que hacía que debía llevar muerto. Estaba literalmente partido por la mitad. Al acercarse un poco más, empujando la carretilla sobre la que descansaba el hacha, se dio cuenta del motivo. Todo apuntaba a pensar que había sido víctima de un rayo, aunque más bien parecía que le hubieran dado un hachazo con un hacha descomunal, a juzgar por la forma que había adoptado. Eso era más de lo que él necesitaba, y se descubrió sonriendo.

Para su sorpresa, hacer leña del árbol, pese a carecer de uno de sus brazos, no resultó demasiado complicado. La leña estaba excepcionalmente seca, y él había fortalecido mucho el único brazo que le quedaba, que ahora lucía incluso más musculoso que antes de su defunción.

Perdió por completo la noción del tiempo a medida que llenaba más y más la carreta con aquellos pedazos de madera que calentarían la mansión las frías noches del invierno que estaba a punto de llegar. Se ensañó mucho con él, imaginando que los hachazos no se los daba al árbol muerto sino a los cuerpos de Bárbara, Paris, Carlos o aquella niña pelirroja cuyo nombre no era capaz de recordar. Al menos consiguió desfogarse un poco, y para cuando quiso darse cuenta, la carreta ya no daba más de sí. Podría haberse pasado otra hora generando leña, pero no tendría con qué llevarla a la mansión. Algo más relajado, con la frente perlada de sudor y respirando agitadamente, desanduvo sus pasos, volviendo hacia la mansión.

Llevaba más de dos horas esperando entre la espesura del bosque, junto a la mansión, con la carreta hasta arriba de madera, cuando escuchó sus voces. Se le revolvió el estómago al ver aparecer a Marion, riendo alegremente ante alguna ocurrencia de Carlos, que le seguía a corta distancia. No fue hasta entonces que cayó en la cuenta que era a ella a quién más ganas tenía de arrebatar la vida. Los demás le habían insultado y le habían vilipendiado, pero ella lo había hecho de la manera más humillante: primero matando a su mejor amigo, y luego huyendo en plena noche después de dejarle desnudo y dolorido.

Se convenció del todo de que debía hacerlo cuanto antes, y se sorprendió sosteniendo el hacha en la mano. Le costó mucho trabajo contenerse, más al ver aparecer a Fernando en escena. Aquél hombre también le había traicionado, y al final había acabado optando por unirse al enemigo, participando activamente en la misión que acabó con la vida del resto de ex presidiarios, en compañía de aquél hombre tan gordo. Él también debía morir.

Ellos se despidieron cortésmente de Abril, con besos y abrazos, y subieron al vehículo con el que habían venido hasta ahí. Tan pronto les perdió de vista, anudó a su hombro aquella cuerda hábilmente asida a la carreta, agarró la otra asa con la mano que le quedaba libre, y se dirigió hacia Abril. Ella se había quedado quieta frente a la entrada de servicio, con la mirada perdida, pero tan pronto le vio corrió a recibirle.

ABRIL – ¿¡Se puede saber dónde te habías metido!?

HÉCTOR – Yo también me alegro de verte.

3×1143 – Nexo

Publicado: 05/05/2018 en Al otro lado de la vida

1143

Mansión de Nemesio, isla Nefesh

30 de noviembre de 2008

 

Un sonido al otro lado de la pared abstrajo a Héctor de la duermevela en la que se había sumido tras la más que copiosa comida que había compartido con Abril hacías unas horas. Se incorporó en la cama, apoyando su muñón en las sábanas arrugadas. Ya no precisaba siquiera de vendajes: había cicatrizado por completo y lucía un aspecto saludable, en gran medida gracias a la ayuda de la médico.

Llevaba conviviendo con ella desde hacía casi una semana, y desde entonces no había parado de darle vueltas a la idea de acabar con su vida. Sin embargo, la original prórroga se iba convirtiendo a cada nuevo día en una convicción cada vez más clara de que no quería deshacerse de ella. Al menos no por el momento.

Desde hacía demasiado tiempo, a Héctor siempre le precedía su infamia, y debido a ello se había ganado el respeto y el temor de todos quienes se cruzaban en su camino, ya fueran funcionarios de la prisión u otros presos. Todos le veían como Cobra, el asesino despiadado que jamás se había arrepentido de las atrocidades que le habían privado de la libertad. Con Abril era totalmente distinto. Frente a ella se había presentado desde el minuto cero como Ezequiel, un hombre algo huraño y parco en palabras, que como carta de presentación le había salvado la vida. Ella le trataba como a un igual, quizá con demasiada familiaridad para su gusto, pero con una educación y un respeto exquisitos, tanto que la idea original de acabar con su vida se iba diluyendo más y más a medida que pasaban los días.

Por una parte, debía reconocer que su ayuda con el brazo amputado había sido de valor incalculable. Ella había cuidado de él desde el primer momento y se había mostrado muy volcada en su papel de médico, ofreciéndole sus cuidados desinteresadamente. Tanto, que incluso se vio tentado a pedirle ayuda con sus demás heridas. Pero eso sencillamente no podía ocurrir. Él nunca se había desnudado frente a ella: jamás podría justificar todas las cicatrices que tenía en el pecho con una historia convincente. Suficiente tenía con pasar por alto la que le cruzaba de extremo a extremo la mejilla izquierda, fruto del infructuoso intento por defenderse de su primera víctima mortal.

Pero es que además de su faceta de médico y la de cocinera, que le tenía encantado, pues ya incluso había olvidado el tiempo que hacía que había dejado de disfrutar de una buena comida, era su manera de tratarle lo que más le agradaba. Jamás serían amigos: no tenían nada en común y a él no le atraía especialmente su personalidad, pero era una persona con la que podía pasar horas charlando. No obstante, había aprendido a tolerarla, y resultaba demasiado valiosa como fuente de información sobre el grupo de personas con el que quería acabar como para pensar en borrarla del mapa.

Abril hablaba con toda naturalidad de sus amigos, y Héctor estaba convencido a esas alturas que sabría dar con ellos, siguiendo las pistas que ella le había expuesto en uno de sus frecuentes monólogos. En una ocasión incluso le habló de sí mismo, mostrándole una versión algo distorsionada de los encuentros que sus amigos habían tenido con él y el resto de ex presidiarios. Fue así como pudo corroborar sus sospechas sobre que le daban por muerto, lo cual le hizo sentir aún más orgulloso de sí mismo. Cuando encontrase el momento idóneo para dar rienda suelta a su meditada venganza, jugaría con el factor sorpresa. Pero aún debía responder a dos preguntas que le atormentaban día y noche: el cómo y el cuándo.

El ex presidiario caminó hacia la puerta y echó un vistazo a la habitación contigua: el dormitorio de Abril. Era de ahí de donde provenía aquél sonido, de la estación de radioaficionado con la que la médico se comunicaba con sus amigos; sus enemigos. Ella hacía más de una hora que había salido de la mansión para ir a cuidar de los animales, y él estaba convencido que no volvería hasta bien entrada la tarde: era una mujer de costumbres. Caminó hacia la radio y se plantó delante. Ella estaba lo suficientemente lejos de ahí como para no oír la llamada.

Respiró hondo, y se vio tentado a contestar. Se lo había visto hacer a Abril más de una vez, y estaba convencido que sabría cómo hacerlo. Pensó que no perdería nada por abrir la vía de comunicación, con no contestar si quien había al otro lado era alguno de ellos, tendría más que suficiente.

JUANJO – ¿Hola?

Héctor frunció el entrecejo. No recordaba haber oído aquella voz anteriormente.

JUANJO – Hola, soy Juanjo. ¿Hay alguien ahí?

Abril le había hablado de sus amigos y conocía el nombre de todos ellos. El hombre que estaba al otro lado de la línea no formaba parte de aquél grupo, al menos no que él supiera. Durante unos instantes se vio tentado a cortar la comunicación, pero la curiosidad que albergaba era demasiado grande. El ex presidiario respiró hondo, y decidió arriesgarse. Amparándose en el anonimato que le brindaba su nuevo apodo y el hecho que aquél hombre no sabía de su existencia, decidió probar suerte.

HÉCTOR– ¿Y tú quién eres?

Fue una conversación muy corta, en la que a duras penas intercambiaron unas cuantas frases. Héctor se mantuvo en todo momento muy a la defensiva, aunque más tarde se arrepentiría de ello. En cualquier caso, tuvo que cortar la comunicación a toda prisa enseguida, con el corazón en un puño, tan pronto escuchó a Abril llamándole a voces desde la planta baja, informándole de que había vuelto y que la encontraría en la cocina. Ello sembró los cimientos de una relación muy particular. Cada cual a su manera, ambos se parecían más de lo que cualquiera podría observar a simple vista.

Esa fue la primera vez que Héctor y Juanjo hablaron. Pero no sería la última.

3×1142 – Vano

Publicado: 01/05/2018 en Al otro lado de la vida

1142

Alrededores de la mansión de Nemesio, isla Nefesh

25 de noviembre de 2008

 

Héctor observaba la imponente mansión a través de la ventanilla, con el mentón ligeramente levantado. No daba crédito a cómo alguien había decidido erigir una vivienda de esa envergadura en un lugar tan recóndito y mal comunicado con la ciudad. Sin duda, debía tratarse de una familia adinerada y especialmente huraña. La médico estaba visiblemente nerviosa y resultaba evidente que tenía mucha prisa por encontrarse con su paciente, lo cual resultaba un engorro para Héctor. Abrió su puerta y le hizo un gesto con la mano, instándole a salir del coche.

ABRIL – Ven, ven.

El ex presidiario cerró con un fuerte portazo la puerta del vehículo al salir y acompañó de mala gana a la médico hacia aquella pequeña puerta de servicio, maravillado por la caída de agua que provocaba todo aquél ruido, preguntándose por qué no entraban por al puerta principal. La siguió por varios pasadizos, iluminados pobremente por ventanas firmemente tapiadas con maderos y puertas abiertas, hasta que llegaron al vestíbulo de entrada, ridículamente ostentoso. Entonces cayó en la cuenta de por qué no habían entrado por la puerta principal; por ahí no habrían podido entrar ni cien infectados golpeándola y empujándola al mismo tiempo. Esa vivienda estaba muy bien protegida ante la pandemia que asolaba el planeta, por más que no lo necesitaba.

La acompañó escaleras arriba, y de nuevo por un par de pasillos aún más oscuros, hasta que vio cómo se plantaba frente a una puerta cerrada. Héctor se quedó a una distancia prudencial de ella, y tanteó el bolsillo para comprobar que el bisturí seguía ahí.

ABRIL – ¿Hola?

La médico tragó saliva, respiró hondo, y giró del pomo de la puerta, atrayéndola hacia sí. Tan pronto tuvo ocasión de ver lo que había al otro lado, chistó con la lengua, contrariada, agitando la cabeza de lado a lado.

ABRIL – Tenía que haberlo imaginado…

Héctor se acercó un poco más, sin soltar el bisturí, curioso por el destino de aquella otra mujer de la que tanto había hablado Abril durante el trayecto a la mansión.

Al echar un vistazo a través de la puerta abierta descubrió un dormitorio bastante grande, por el que parecía haber pasado un pequeño huracán. Las cortinas descansaban hechas un bulto informe en el suelo, y una de las barras de madera estaba partida por la mitad. Había ropa de cama tirada por todos lados, varios armarios y cajones estaban abiertos y las paredes lucían manchas irregulares de sangre, algunas de las cuales recordaban la forma de una mano humana. Lo que más le llamó la atención fue la ventana: estaba rota de un modo muy extraño, y entre los cristales partidos se podían ver más manchas de sangre seca.

Abril respiró hondo y soltó el aire lentamente, en medio de la habitación, de espaldas a Héctor. Había llegado tarde. De todos modos, tampoco hubiera podido hacer nada por ayudarla, de modo que haber estado ausente durante su muerte, resucitación y posterior huida, en el fondo había sido un golpe de suerte. Se puso a hablar atropelladamente, más consigo misma que con Héctor, lamentando su demora, intentando justificar que había hecho todo lo que estaba en su mano, e imaginando que a esas alturas aquella mujer podía estar en cualquier lugar del bosque, y que con toda seguridad no volverían a saber de ella. Pero Héctor ya no la escuchaba. Decidió que ya había tenido bastante: había obtenido de ella más de lo que podría haber soñado. Ya no la necesitaba. Sacó el bisturí del bolsillo, mientras la médico no paraba de hablar, ajena a sus intenciones.

Héctor dio un paso en su dirección, ocultando el bisturí en la palma cerrada de su mano, dispuesto a rebanarle el cuello ahí mismo, sin darle siquiera ocasión a defenderse. Tenía mucha curiosidad por saber cuánto podría encontrar ahí, y Abril no era más que un estorbo. Durante el trayecto hacia la mansión había fantaseado con la idea de violarla antes de acabar con su vida, pero aún tenía demasiado reciente el incidente con Marion, y prefirió no arriesgarse, pues ahora jugaba aún con menos ventaja, al carecer de un brazo. Además, no se sentía nada excitado ni atraído por la médico: no era su tipo.

Estaba tan solo a un paso de ella, con el bisturí en alto, cuando se sobresaltó al escucharla gritar.

ABRIL – ¡Eh!

La médico se giró hacia Héctor, que tuvo el tiempo justo de esconder el bisturí en su mano. De no haber estado infectado, habría gritado de dolor al notar aquél pequeño corte en la palma.

ABRIL – Tengo que hacer una llamada.

Abril sorteó ágilmente al ex presidiario y salió de la habitación. Él giró levemente la cabeza, contrariado. La médico se dirigió a Héctor, desde el pasillo, y le invitó a acompañarle.

ABRIL – Tengo a unos amigos, en… a las afueras de la ciudad. Les prometí que les llamaría en cuanto llegase. No quiero que se preocupen.

Aún siendo consciente que la probabilidad de que aquellos amigos de los que ella hablaba fueran los mismos que habían intentado hacerle volar por los aires era muy baja, Héctor prefirió no dejar pasar esa oportunidad. En un hábil gesto, girando el cuerpo cuarenta y cinco grados haciendo ver que observaba uno de los viejos cuadros de caza de la pared, se volvió a guardar el bisturí en el bolsillo. Por el momento no lo necesitaría.

Siguió a la médico hasta el final del pasillo, hasta dar con otro dormitorio, aún más grande, en el que había instalado algo parecido a una estación de radio para aficionados. Se sorprendió al ver cómo la médico la ponía en funcionamiento.

ABRIL – ¿Zoe?

MAYA – No. Soy yo, Maya.

Por fortuna, Abril le estaba dando la espalda y no vio la expresión perpleja de su cara. De lo contrario, habría tenido severos problemas para justificarla. Héctor se esforzó por serenarse, a medida que escuchaba hablar a las dos mujeres. Si estaba en lo cierto, la joven con la que la médico estaba hablando era aquella chica que, según la versión del difunto Gerardo, lucía un mordisco en la pierna, y Abril hablaba de aquella niña pelirroja que habían capturado para luego perder en el desafortunado incidente de la granada.

A medida que la conversación avanzaba, la médico intentó involucrarle a él presentándoselo a su joven amiga. Él rehusó torpemente tal ofrecimiento, despertando las sospechas de la médico. Por fortuna, la conversación fue bastante corta. Una vez acabada, Abril se dirigió de nuevo a él.

ABRIL – No tenías pinta de ser tan tímido en el hospital.

Héctor alzó los hombros. La médico se levantó del taburete y se acercó a él, le agarró del antebrazo y le hizo un gesto con la cabeza.

ABRIL – Va, vamos a comer algo, que debes estar muerto de hambre.

Abril estaba en lo cierto. El ex presidiario asintió, y siguió de nuevo a Abril por los pasillos y las escaleras en dirección a la cocina, mientras reflexionaba sobre lo que acababa de ocurrir. Eso lo volvía todo mucho más fácil. Héctor se sentía pletórico; no daba crédito a la suerte que había tenido de encontrar fortuitamente a Abril. Disponía de la oportunidad perfecta para llevar a cabo su ansiada venganza, contando con el factor sorpresa. Aquella mujer le sería de mucha más utilidad de la que había pensado: por el momento, le perdonaría la vida.

1141

Hospital Qinah, ciudad de Nefesh

25 de noviembre de 2008

 

ABRIL – ¿Y cuánto tiempo dices que llevas aquí?

HÉCTOR – No lo sé… ¿Una semana?

La médico asintió, interesada pero también muy concentrada en su tarea. Sabía que jugaba a contrarreloj, y ya había perdido demasiado tiempo. Héctor observaba con más que evidente hastío cómo Abril seguía paseándose de un extremo al otro de la sala, colocando todo tipo de medicamentos y equipamiento médico sobre un carrito de acero inoxidable que había aparecido ahí como por arte de magia. Se hostigaba por no haber sido más rápido de reflejos, pues la médico cogió el arma antes que él cayera en la cuenta. Los cadáveres de los tres infectados seguían desangrándose en el suelo, pero ella parecía no verlos.

ABRIL – ¿Y te lo has curado tú solo?

HÉCTOR – ¿El qué?

Abril señaló su muñón. Él le echó un vistazo a sus vendajes. Resultaba evidente que no lo había hecho un profesional, pero para habérselo vendado él mismo y con una sola mano, no estaban nada mal.

ABRIL – Yo es que soy médico, ¿sabes?

HÉCTOR – ¿Tan mal lo he hecho?

ABRIL – No, no. Para nada. No me malinterpretes. Si has conseguido… Joder, has hecho un muy buen trabajo, Ezequiel.

Héctor frunció ligeramente el ceño al escuchar ese nombre, un instante antes de recordar que era su nuevo apodo.

ABRIL – Si quieres le puedo echar un vistazo, para… comprobar si está todo en regla.

HÉCTOR – No, no hará falta. Está bastante bien.

ABRIL – No es molestia. De hecho… he venido aquí en busca de medicamentos y equipamiento que necesitaba, porque me he encontrado a otra persona herida allá donde vivo, y necesita ayuda urgente. Por eso tengo tanta prisa, ¿sabes?

El ex presidiario recuperó repentinamente el interés por la conversación.

HÉCTOR – ¿Dónde dices que vives?

ABRIL – En… una casa que hay en mitad del bosque, junto a una cascada. Vivo sola. Tengo… unos pocos animales. Desde que… llegó aquí la epidemia… nunca me ha parecido buena idea vivir en la ciudad. La mayoría de los infectados están por aquí. Y yo, la verdad… es que no se me da muy bien lidiar con ellos. Bueno, ya lo has visto. En el bosque… sí, hay alguno por ahí perdido, pero… donde yo vivo, no se acerca ni uno. Pero ni uno, de verdad. Es exagerado.

Ella siguió con sus quehaceres. Héctor aprovechó para recuperar su bisturí, arrancándoselo de la cabeza al último infectado que había ajusticiado, y comenzó a limpiarlo despreocupadamente.

ABRIL – ¿Y cómo te hiciste eso?

Héctor respiró hondo. No le gustaba un pelo esa mujer, pero resultaba evidente que con su ayuda podría recuperarse definitivamente, obtener un lugar seguro donde dormir y alimento. Tenía mucho que ganar y muy poco que perder, de modo que prefirió seguirle el juego un poco más.

HÉCTOR – Me mordió uno, en la muñeca.

Abril dejó lo que estaba haciendo y se lo quedó mirando, con los ojos bien abiertos.

HÉCTOR – Por suerte, pude cortarme el brazo antes de que la infección se extendiera, y salvé la vida.

La médico se dio media vuelta e hizo ver que buscaba algo en la estantería que tenía delante, para evitar que Héctor pudiera ver la expresión de su cara. Su respuesta más bien parecía el argumento de una mala película de muertos vivientes. No obstante, prefirió no decirle nada. Estaba convencida que amputando el miembro, si realmente había resultado infectado, no conseguiría nada. El virus era mucho más rápido, y tan pronto accedía al aparato circulatorio, se extendía como la pólvora encendida por todo el cuerpo. Si aquél hombre realmente había resultado infectado y se había amputado el brazo para evitar la propagación del virus, debía haberlo hecho en vano, pues si seguía vivo, era sin duda porque jamás se había vacunado, y no por su noble aunque estéril hazaña. No obstante, prefirió no mostrarle abiertamente su perspectiva, por no hacerle sentir aún peor. El cualquier caso, ahora sabía que estaba infectado, al igual que Bárbara, de modo que mantendría las distancias.

Abril se giró de nuevo hacia él, sosteniendo un paquete lleno de píldoras blancas en la mano. No pudo evitar mirar de nuevo el vendaje de su muñón, y reparó en que tenía una mancha de sangre.

ABRIL – ¿Seguro que no quieres que te lo mire? Estás sangrando.

Héctor frunció el ceño, contrariado, y miró el vendaje. Se sorprendió al ver que, en efecto, en el extremo del codo había una mancha rojiza que crecía por momentos. Hasta el momento había estado perfectamente limpio. Él guardaba mucho celo con la higiene de sus heridas, y en especial con la de su brazo amputado.

HÉCTOR – Esto es porque le he dado un golpe al… payaso este.

El ex presidiario le dio una patada al infectado que tenía a sus pies.

HÉCTOR – Y… Pero que estoy bien, de verdad.

Ambos cruzaron la mirada un segundo. Abril no pudo evitar que su vena profesional se impusiera al instinto.

ABRIL – ¿Por qué no te vienes?

Héctor alzó las cejas, sorprendido. Pensaba que le costaría mucho convencerla para ello, y que tendría que hacerlo a punta de bisturí. Eso sólo facilitaba las cosas. Se demoró unos segundos en responder, haciendo ver que reflexionaba al respecto.

HÉCTOR – ¿No seré una carga?

ABRIL – Parece que te las arreglas bastante bien, solo. Y además…

La médico echó un vistazo a los cadáveres que había estado esquivando continuamente mientras recolectaba todas aquellas medicinas.

ABRIL – Te debo una.

HÉCTOR – Pues… Vale. Gracias.

ABRIL – Gracias a ti. Insisto.

Abril empujó el carrito por aquél largo pasillo, dejando en el proceso cuatro marcas rojas en el suelo durante su avance, junto a la miríada de huellas de pies de idéntico color que lo decoraban por doquier.

ABRIL – Ayúdame con esto. Tengo el coche aparcado ahí delante.

Héctor respiró hondo, y agarró la bolsa que la médico le ofrecía. Ambos desanduvieron el camino que la médico había tomado para llegar hasta aquél almacén y, tras cerrar concienzudamente a su paso, subieron a bordo de la pickup que Abril había utilizado para llegar a Nefesh, y pusieron rumbo de vuelta a la mansión de Nemesio.

1140

Hospital Qinah, ciudad de Nefesh

25 de noviembre de 2008

 

Un ruido en la planta baja despertó a Héctor de una pesadilla bastante recurrente en la que un millar de infectados le descuartizaban sin clemencia. Se incorporó rápidamente, con las sientes perladas por sudor y aún algo aturdido. Aguzó el oído y esperó pacientemente unos segundos, pero aquél sonido no se repitió. No obstante, él estaba convencido que había oído un disparo.

Llevaba más de una semana encerrado en el hospital, sin encontrar el momento de abandonarlo de una vez por todas. Durante ese período de tiempo sus heridas habían evolucionado muy favorablemente: muchas de ellas ya estaban perfectamente cicatrizadas e incluso se había tomado la libertad de quitarse los puntos. Otras, sin embargo, mucho más profundas, aún requerían constantes cuidados, lo cual le resultaba excepcionalmente tedioso. Ahí dentro había dado con una fuente ilimitada de agua, pero a excepción de eso, a duras penas había encontrado unas pocas bolsitas de bollería industrial, algunas golosinas y media docena de refrescos azucarados que echarse a la boca. Desde su resucitación había perdido mucho peso debido a su paupérrima alimentación. El poco pelo que tenía estaba grasiento y tenía la barba descuidada y llena de migajas. Olfateó su axila y tuvo que apartarse, después de haberse ofendido a sí mismo.

Tenso ante la perspectiva de recibir la visita de los verdugos de sus verdugos, a sabiendas que estaban mucho mejor preparados que él, se puso en pie. Durante un momento se vio tentado a esconderse, consciente que aún no estaba preparado para hacerles frente. Respiró hondo y escuchó el eco de unas voces. La curiosidad fue mucho mayor que su recelo y tomó la decisión de bajar. Llevaba ya demasiado tiempo postergando el momento de abandonar definitivamente el hospital, y esa excusa parecía tan buena como cualquier otra.

Bajó las escaleras de dos en dos, intentando mantener el equilibrio pero aún con dificultades para acostumbrarse a la ausencia de su miembro. Pese a que no se había vuelto a repetir ningún disparo, resultaba evidente que ya no estaba solo en el hospital. Siguió el ruido de los ecos de aquellas voces que sonaban cada vez más cercanas. Camuflada entre las habituales incongruencias de los infectados se escuchaba una voz femenina que intentaba, en vano, razonar con ellos. No tardó mucho en llegar al lugar del que provenía el sonido.

Cruzó la última esquina de aquél pasillo laberíntico y vio a una infectada tumbada boca arriba bajo el umbral de una puerta abierta, con un agujero de bala en la sien del que manaba una sangre tan oscura que parecía negra. Se acercó a toda prisa y echó un vistazo al interior de aquella sala, lugar del que provenían las voces. Junto al tobillo de la infectada descansaba una pistola semiautomática, sin duda la autora del disparo que le había desperado de su siesta. Delante de ella, dos infectados le daban la espalda. Ambos caminaban sin prisa pero sin pausa hacia el final de la sala en busca de una mujer bajita de piel y pelo oscuros a la que él no había visto en su vida.

Héctor no comprendía cómo había podido llegar esa mujer hasta ahí, y mucho menos los infectados. Hasta el momento, el hospital había sido una fortaleza tanto o más eficaz para mantenerlos a raya que el propio hotel, con muralla y todo. Resultaba evidente que la mujer conocía un lugar por el que acceder al hospital, lugar por el que, presumiblemente sin querer, había dejado entrar a los infectados. No en vano, había estado trabajando en él hasta que la infección se apoderó de la isla, y conocía hasta el último centímetro como la palma de su mano.

Abril estaba acorralada en una larga habitación cuyo único acceso era la puerta por la que había entrado. Tenía a lado y lado docenas de estanterías con infinidad de medicamentos y equipamiento médico sin estrenar, que arrojaba ansiosamente hacia los infectados que pretendían darle caza en un vano intento por persuadirles de que cejaran en su empeño. El ex presidiario esbozó una sonrisa. Por un momento se vio tentado a ver cómo se desarrollaba la escena, deleitándose con la muerte de la aquella mujer a manos de los infectados, pero tuvo una revelación. Si ella tenía un arma y hasta ahora había conservado la vida, seguramente vendría de un lugar en el que habría comida, o incluso mejor: más armas y municiones. Sacó el bisturí que llevaba en el pantalón y actuó instintivamente.

HÉCTOR – ¡Eh!

Uno de los infectados se giró; el otro siguió caminando en dirección a Abril, que se le quedó mirando a él, aún aterrorizada, pero con un brillo de esperanza en los ojos. Prácticamente sin esfuerzo, Héctor rebanó la yugular del infectado cuando éste llegó a su altura, haciendo una finta en el último momento para evitar su embestida. Se llevó un buen golpe en el muñón, pero mantuvo el tipo. El infectado, sin embargo, cayó a plomo al suelo, sujetándose el cuello con ambas manos, entre las que salía sangre a chorro, como en una fuente. No se levantaría de ahí con vida. El otro estaba a punto de alcanzar a Abril. El ex presidiario gritó de nuevo para llamar su atención, pero el infectado ni siquiera se inmutó. Eso le enfureció. Caminó hacia él al trote, esquivando todo lo que Abril había dejado desperdigado por el suelo, y justo en el último momento, cuando estaba a punto de alcanzar a Abril, que se había hecho un ovillo en el suelo, le rebanó el cuello por delante, con un ágil movimiento de muñeca.

Abril tuvo que taparse la cara con ambos brazos para evitar que la sangre le salpicase, al tiempo que gritaba, horrorizada ante tan dantesca perspectiva. El infectado se giró hacia Héctor, y éste aprovechó para clavarle el bisturí en la sien derecha, acabando definitivamente con su vida. En menos de un minuto, lo había dejado todo perdido de sangre. Pero al menos, ahora ya no había peligro alguno.

La médico apartó los brazos de delante de sus ojos y observó la escena. Aquél hombre, que había salido de la nada, acababa de salvarle la vida.

ABRIL – Joder. Creía que no lo contaba. ¡Madre de Dios!

Héctor le ofreció su única mano, para ayudarla a levantarse. Ella la miró, aún en un más que evidente estado de shock. La aceptó y se puso en pie con su ayuda. Las piernas aún le temblaban del miedo. Tragó saliva, y esbozó una sonrisa.

ABRIL – Gra… Gracias. Muchas gracias. Yo me llamo Abril.

HÉCTOR – Yo soy Héc… He… Ezequiel. Me llamo Ezequiel.

Abril frunció ligeramente el ceño, pero enseguida recuperó el semblante afable. Se acercó aún más a él, le plantó un beso por mejilla y le abrazó con fuerza. Héctor quedó quieto como una estaca, sin saber cómo reaccionar.