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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

22 de enero de 2009

 

Christian trasteaba con sus herramientas en el motor de la furgoneta bajo la atenta mirada de Fernando. No hubiera hecho la menor falta esa última revisión antes del viaje, pues el vehículo estaba en perfectas condiciones, pero Fernando quería poner a prueba a su pupilo. Y al parecer se le estaba dando bastante bien. El vehículo ahora más bien parecía un pequeño tanque en miniatura, absolutamente inescrutable para los infectados. El mecánico se sentía increíblemente orgulloso de su trabajo, y estaba ansioso por poder comprobar qué tal funcionaba fuera de los muros de aquella pequeña colonia que se había convertido con el tiempo en una nueva celda en la que vivir, mucho más espaciosa y concurrida que la que compartía con Christian en Kéle, pero no por ello menos claustrofóbica.

Estaban prácticamente todos congregados en el patio de la escuela alrededor de la furgoneta, bien abrigados, charlando distendidamente. Tan solo faltaban Maya y Marion, que estaban a punto de acabar su último turno al cargo de los bebés. Incluso Paris se había apuntado a la excursión relámpago al campo, para sorpresa de todos. Al parecer, la visita de Abril de primeros de año había suavizado mucho su trato con ella, y él, en esos momentos, hubiese matado por romper la tediosa monotonía en la que se había convertido su vida las últimas semanas. Estaba impaciente por partir cuanto antes.

La joven de los pendientes en forma de perla se despidió de sus compañeros y se dirigió al centro de día. Olga había decidido, unilateralmente, que ella y su hermano se quedarían en el barrio al cuidado de los pequeños mientras los demás se dirigían a la mansión de Nemesio. Gustavo no estaba muy de acuerdo, pero tras más de una discusión con ella, había acabado dando su brazo a torcer, aunque sólo fuese por no oírla. A Juanjo hacía varios días que nadie le vía el pelo. Vivía recluido en su casa al final de la calle larga, y ya no acudía siquiera a comer con ellos, mucho menos a cuidar de los bebés. Nadie parecía echarle en falta, no obstante.

Tan pronto Maya y Marion llegaron al patio de la escuela, Fernando liberó a Christian de su trabajo y ocupó su asiento tras el volante. El sutil ronroneo que escuchó al arrancar el motor le dibujó una sonrisa en el rostro. Christian y Maya entraron por los portones traseros, para encontrarse con Carla y Darío, que llevaban ya un tiempo dentro.

La hija del difunto presentador se acercó a Carlos con la cabeza gacha. Él frunció ligeramente el ceño, pero se limitó a pasarle la mano por encima del hombro, atrayéndola hacia sí. Le dio un beso en los labios, que ella no correspondió.

CARLOS – Venga, vamos. Que al final se nos va a hacer de noche.

Marion protagonizó un gesto negativo, aún con la cabeza gacha.

MARION – Carlos… Lo he estado pensando. No voy a ir.

Le había dado muchas vueltas las últimas horas, y había acabado tomando una decisión en firme. Temía que Abril detectase su embarazo y lo hiciera público. Por ahora únicamente ella y Bárbara estaban al corriente, y Marion no tenía intención de que eso cambiase. Además, tampoco se encontraba del todo bien para hacer un trayecto tan largo confinada en un espacio tan reducido con tanta gente. Necesitaba aire, tranquilidad, y mucho tiempo para pensar, y no obtendría nada de eso si iba con ellos.

CARLOS – ¿Qué dices? Pero si estabas deseando salir de aquí. Llevas días quejándote de que te agobia estar aquí encerrada todo el día. Va, súbete, que al final se nos va a hacer tarde. Tenemos que aprovechar al máximo las horas de sol y ya es casi mediodía.

La cogió del hombro, tratando de llevársela consigo a la parte trasera de la furgoneta, pero Marion se mantuvo quieta. Carlos empezaba a impacientarse. Estaba algo nervioso, muy interesado por conocer la identidad de aquél hombre que hacía tanto tiempo que vivía con Abril, pero con el que no se habían cruzado una sola vez. Mucho más al haber sido iniciativa suya el encuentro. Marion se llevó el puño cerrado a la boca y ocultó algo a medio camino entre una tos y un eructo.

MARION – Que no, Carlos. Ya lo he hablado con Olga. Me quedaré yo aquí, y así podéis ir vosotros.

CARLOS – ¿Tú sola te vas a quedar?

Marion tragó saliva y asintió. Estaba convencida de ello, y no le estaba gustando la respuesta de Carlos.

MARION – Alguien tendrá que quedarse al cargo de los bebés. Y… a Gustavo le hacía mucha ilusión ir.

Carlos rió entre dientes. Marion parecía muy seria.

MARION – ¿Qué te hace tanta gracia?

CARLOS – Nada, nada. Quiero decir… Tampoco es que sea… uno de tus puntos fuertes, cuidar de los bebés.

Marion enrojeció al instante, visiblemente ofendida. Carlos tan solo pretendía romper un poco la tensión del momento con una pequeña chanza, haciendo referencia a la aversión de la hija del difunto presentador al olor a las heces o a aquella vez que uno de los bebés le orinó encima a modo de fuente. Enseguida se dio cuenta de su error, pero ya era tarde para enmendarlo.

MARION – Vete a la mierda, ¿quieres?

Carlos forzó de nuevo la sonrisa.

CARLOS – Va mujer, que era una broma. Vente, que así te distraerás. Nos lo pasaremos bien, ya verás.

MARION – ¡Que te he dicho que no! ¿Qué es lo que no has entendido?

El instalador de aires acondicionados se puso serio. Era una persona afable, pero no le gustaba que le levantaran la voz.

CARLOS – Oye, relájate un poquito, ¿quieres?

MARION – Relájate tú. Qué maldita obsesión porque me venga.

CARLOS – Habíamos quedado que vendrías. Joder, ¡si anoche hiciste hasta la maleta!

MARION – Pues me lo he pensado mejor.

CARLOS – Pues vale, pues quédate aquí y muérete del asco limpiando cacas si eso es lo que quieres.

MARION – ¡Pues es lo que haré! ¿Sabes qué? ¡Olvídame!

Para entones, la enorme mayoría de los presentes ya se les habían quedado mirando, sorprendidos por la creciente tensión en la discusión. Bárbara cruzó su mirada con la de Carlos y se acercó a él al tiempo que Marion se daba media vuelta y se iba por donde había venido. Nadie se dio cuenta que estaba llorando.

BÁRBARA – ¿Qué le pasa?

CARLOS – ¿Y yo que sé? Que dice que se lo ha pensado mejor, y que no viene.

La profesora reflexionó durante un instante, creyendo conocer el motivo, el tiempo suficiente para hacer que Carlos volviese a fruncir el ceño.

BÁRBARA – Bueno, déjala. Total, mañana por la tarde vamos a estar aquí de vuelta. Si no quiere venir que no venga.

CARLOS – Pues sí. Tienes razón, Bárbara. Ella se lo pierde. Vayámonos.

Uno a uno, todos fueron entrando a la furgoneta. Pese a que no era un espacio especialmente pequeño, enseguida comenzó a resultar agobiante estar ahí dentro. Por fortuna, el calor corporal les ayudaría a olvidar el frío del invierno durante el trayecto. Carlos fue ayudando a todos a subir. Incluso a Olga, que había recogido algo de ropa y su mochila de supervivencia en el último momento y se había sumado al grupo, junto a su contento hermano. Ío, que había estado sentada sola en un banco, no muy lejos de ahí, se acercó a Carlos con paso dubitativo.

ÍO – Yo tam-poco iré. No me en-cuen-tro del to-do bien.

CARLOS – ¿Tú tampoco?

Ío asintió. El instalador de aires acondicionados arrugó los labios, contrariado.

CARLOS – Bueno… Como quieras. Vete con Marion, que le vendrá bien un poco de ayuda.

La joven del cabello plateado asintió, y se alejó de ellos. Carlos se giró, y se dirigió a quienes ya habían ocupado su asiento en la parte trasera de la furgoneta. Paris se encontraba delante, charlando con Fernando.

CARLOS – ¿Alguien más quiere quedarse aquí?

Nadie respondió, y ello dejó algo más tranquilo a Carlos. Acto seguido tomó asiento tras el volante, y Fernando se encargó de abrir el portón de acceso para que la furgoneta pudiese salir. El hubiera preferido conducir, pero Carlos era quien mejor conocía el camino. Una vez el mecánico cerró de nuevo la puerta y ocupó su asiento en uno de aquellos bancos, Carlos puso rumbo a la mansión de Nemesio.

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Publicado: 12/12/2017 en Al otro lado de la vida

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Obra abandonada en el barrio de Bayit

22 de enero de 2009

 

ZOE – ¡No!

Morgan gruñó, molesto, bufando por la nariz, pero acató la orden de la niña. Soltó la mochila, que cayó aparatosamente al suelo. El sonido metálico de la pistola que había en su interior hizo que Zoe reflexionase sobre su ya inútil costumbre de llevarla consigo a todos lados. Era evidente que el infectado lo que buscaba era más comida, al haber visto a la niña sacar de ahí en más de una ocasión. Ella sonrió, orgullosa de su logro, y como recompensa le entregó otra aceituna. Al policía le encantaban. Si bien la comunicación era muy complicada, Morgan cada vez comprendía mejor sus órdenes, y poco a poco las acataba.

Pese a que los avances eran muy lentos, la pequeña había conseguido enseñarle muchas cosas a Morgan desde que empezó a escaparse de madrugada para estar con él. Últimamente no necesitaba dormir mucho para descansar, y aprovechaba las horas alrededor del alba para acercarse a la obra abandonada y pasar tiempo con el policía. Desde órdenes sencillas como mandarle avanzar o pararse durante sus paseos en el solar de la obra, ponerse en pie o sentarse, hasta jugar pasándose una pelota el uno al otro, el progreso no parecía tener fin. El policía, pese a su naturaleza dispersa, aprendía muy rápido, y Zoe estaba convencida que con el tiempo conseguiría incluso enseñarle a hablar, pese a que todo intento hasta el momento había resultado absolutamente estéril.

Tan solo había venido en una única ocasión más en compañía de Christian desde la primera vez, cuando descubrió que los infectados la trataban como una igual. Ella confió en él ese secreto, y Christian se mostró bastante escéptico, insistiendo en que no se confiase. Ella estaba convencida que lo que tenía era envidia, y por eso se esforzó en no volver a sacar el tema. Desde entonces, y pese a que habían pasado mucho tiempo juntos, la mayor parte al cuidado de los bebés, no volvieron a hablar de Morgan.

ZOE – Ahora siéntate, que me tengo que ir.

El policía eructó, pero no se movió de donde estaba. La niña de la cinta violeta en la muñeca hizo un gesto con su mano derecha, señalando la tumbona y haciendo movimientos descendentes. Eso lo habían practicado mucho el día anterior. Morgan pareció comprender ahora a lo que se refería, y tomó asiento. Entendía mucho mejor los gestos que las órdenes verbales. Las dos aceitunas que obtuvo en recompensa por su acción hicieron que ésta valiera la pena. Zoe se dio media vuelta y caminó hacia la entrada. Junto a la puerta descansaba el barreño con el agua ya sucia y la esponja con la que la niña le había estado aseando a conciencia esa misma mañana. Abrió la puerta y se dio media vuelta. Morgan seguía ahí sentado, mirándola con aquella expresión curiosa que hacía entrever un atisbo de inteligencia en aquellos ojos inyectados en sangre.

ZOE – Hasta luego, Morgan.

Zoe cruzó el umbral de la puerta, y al salir se vio en la obligación de cerrar con fuerza los ojos, molesta por el exceso de luz. Por fortuna, había encontrado una solución a ese problema hacía cosa de una semana. En realidad, la idea fue de Olga, que se lo sugirió una tarde que estaban jugando a juegos de mesa en su casa. Ahora Zoe iba a todos lados con unas gafas de sol, con las que servía a dos propósitos: por una parte conseguía paliar en gran medida la molestia que la luz solar ejercía en sus ojos de infectada, y por otra, evitaba que les demás pudiesen ver aquellos tenebrosos ojos rojizos que tanto la avergonzaban. Si bien no podía solucionar ese problema, al menos así suavizaba sustancialmente sus principales efectos nocivos.

Pese a que había salido rayando el alba, como era habitual en ella los últimos días, se le había hecho algo más tarde que de costumbre, y temía que alguien pudiese sorprenderla al volver al barrio. La niña se puso las gafas de sol y se giró al notar que Morgan la había seguido. El infectado se encontraba a un paso de ella, frente la puerta. Ladeó ligeramente la cabeza. Parecía triste.

ZOE – No, Morgan. Lo siento, pero no podemos pasear ahora. Me tengo que ir, que hoy vamos a visitar a Abril. Tú no la conoces, pero es una mujer muy buena. Es médico, y nos ha cuidado mucho desde que la conocimos. Además, si me quedo más tiempo, se van a preocupar. Y pueden empezar a sospechar.

Morgan observaba a la niña casi sin pestañear. Cualquiera hubiera podido creer que le estaba prestando atención e incluso entendiendo lo que decía, de no haber sabido que eso era imposible.

ZOE – Te tendrás que quedar aquí, pero en cuanto vuelva me pasaré a verte, ¿vale?

El infectado sorbió los mocos formando un gran escándalo. Zoe no pudo evitar reír. Morgan eructaba y soltaba ventosidades sin el mejor reparo, y eso a ella le resultaba hilarante.

ZOE – Qué asqueroso eres.

La niña se acercó al infectado y le brindó un beso en la mejilla. Morgan se dejó hacer. Cuando Zoe le sujetó por el brazo y le llevó de nuevo al extremo opuesto de la caseta de obra, Morgan tomó asiento de nuevo en aquella vieja tumbona. Al principio, a Zoe le había resultado muy chocante tal nivel de sumisión, pero ahora le parecía lo más normal del mundo. No en vano, ella lo que quería no era humillarle, si no reeducarle, y recuperar al amigo que le había salvado la vida en aquél río hacía tanto tiempo. Pese a que sabía perfectamente que eso no lo podría conseguir jamás.

En esta ocasión Morgan no la siguió. Zoe cerró tras de sí y abandonó la obra de bastante buen humor. Después de todo, hoy rompería la monotonía y podría probar la excelente repostería de la médico, con la que sin duda les agasajaría tan pronto llegasen a la mansión de Nemesio.

Al llegar de nuevo al barrio, convencida que nadie la había visto, vio emerger una silueta del baluarte norte. Incluso a esa distancia pudo ver que se trataba de Christian, que la juzgaba críticamente con la mirada, con una expresión disgustada en el rostro. Ella agachó la cabeza y siguió adelante, esforzándose por ignorarle, consciente que más tarde o más temprano tendría que dar explicaciones por sus idas y venidas. No obstante, estaba dispuesta a demorarlo todo lo posible.

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

22 de enero de 2009

 

Gerardo la tenía firmemente cogida por las muñecas, a su espalda. Ella no era capaz de verle desde su posición, sobre la cama, pero sabía que era él. Cómo había conseguido entrar a su dormitorio, era todo un enigma para ella. Ío no paraba de agitarse, meneando las piernas, tratando en vano de deshacerse de su abrazo. Las manos del retrasado estaban ásperas y llenas de callos, además de sucias, y ello no hacía si no tornar aún más desagradable la traumática experiencia. Pese a estar desnuda de cintura hacia abajo, no sentía frío. El cielo que se veía a través de la ventana abierta, de un azul infinito, lucía un sol radiante que invitaba a darse un baño en la playa más cercana. Ío hubiese deseado estar en cualquier otro lugar del mundo menos ahí.

La chica del pelo plateado comenzó a gritar con todas sus fuerzas, y contra todo pronóstico, fue capaz de escuchar sus propios sus gritos. Lamentablemente, nadie más parecía poder oírlos. Ese bloque de pisos tenía inquilinos en cada rellano, pero nadie acudiría a echarle una mano. Las lágrimas recorrían sus mejillas sonrosadas, y su respiración entrecortada parecía abocada a la hiperventilación. Gerardo estaba pasándoselo en grande, sin intención alguna de acallarla. Ío siguió gritando y agitándose durante varios minutos, notando cómo cada vez sus fuerzas iban flaqueando más y más. Calló de inmediato al ver cómo la puerta del dormitorio se abría. Se le heló la sangre cuando vio aparecer a Héctor, con aquella característica sonrisa burlona dibujada en el rostro.

La chica del pelo plateado abrió los ojos como platos al ver lo que el ex presidiario sostenía: era el mismo cortapuros con el que le había mutilado la mano. Lo reconoció porque aquél infame ser no se había molestado siquiera en limpiar la sangre, que ahora lucía reseca, pegada a la brillante superficie metálica del pequeño artilugio. Ío tragó saliva. Héctor se cambió el cortapuros de mano un par de veces, tanteando su peso, jugando con él.

HÉCTOR – Bueno… nos volvemos a encontrar, pequeña Ariel.

Ío notó cómo sus dientes empezaban a castañear incontrolablemente. No era capaz de escucharle, pero podía leer con toda claridad sus labios.

HÉCTOR – Parece que… te has vuelto a escapar. Y… claro. ¿Sabes lo que eso significa, no?

El ex presidiario agitó el cortapuros frente a ella, aún con aquella desagradable sonrisa grabada en la cara. Ío frunció el entrecejo al girar levemente la cabeza y comprobar que Gerardo ya no estaba en el dormitorio. La habitación se había quedado en semipenumbra. Las cortinas empezaron a agitarse, y a través de la ventana Ío pudo ver cómo una virulenta tormenta eléctrica se formaba en el cielo, ahora completamente encapotado y amenazando lluvia.

HÉCTOR – Pero eso será luego. Antes… quiero divertirme un poco. Por los viejos tiempos, ¿vale?

Héctor dejó el cortapuros sobre la mesilla de noche y acarició la pierna izquierda de Ío, que notó un escalofrío que le recorrió desde donde él le había tocado hasta la espalda, erizando el vello de todo su cuerpo. Un relámpago iluminó por completo la estancia, y de repente todo se agitó a su alrededor. Empezó a llover con violencia. Ella trató de escapar, pero sin saber muy bien cómo, se encontró echada boca arriba en la cama. Héctor se había bajado los pantalones y mostraba su miembro desnudo, más que dispuesto a ultrajarla por última vez. El ex presidiario tapó su cara con la almohada y entonces ella notó un intenso dolor en la entrepierna, al tiempo que empezaba a ahogarse, al ser incapaz de respirar.

Ío despertó sobresaltada, con la frente perlada de sudor y su níveo pelo pegado a la frente. Se incorporó a toda velocidad en la cama. La sábana y la funda nórdica cayeron hasta su regazo, y entonces notó un frío desagradable que le hizo sentir un escalofrío. Al mirar por la ventana, cerrada a conciencia, pudo comprobar que el día era nublado, pero no amenazaba lluvia. Debía haber amanecido hacía muy poco, a juzgar por la paleta cromática del cielo.

No era la primera vez que tenía una pesadilla de ese estilo, pero esta había sido especialmente vívida. Detestaba tener que revivir aquella horrible etapa de su vida, más ahora que todo se había arreglado y vivía en cierta paz y armonía en el barrio. Respiró hondo y trato de calmarse. El corazón aún le latía a toda velocidad bajo el pecho.

La vida real empezó a imponerse a la del mundo onírico del que acababa de escapar. Echó un vistazo a su lado y vio la mochila que había montado con ropa y algo de comida para el viaje que emprenderían esa misma mañana, para visitar a Abril y a su amigo Ezequiel. Estaba ilusionada por volver a ver a la médico, una de las personas que mejor la habían tratado desde que consiguió librarse del yugo de aquella panda de desalmados. Irremediablemente, el recuerdo de la pesadilla volvió a caerle encima como una losa. Todo había sido un sueño, pero Ío sintió un mal presagio, como si parte de él aún conservase cierto remanente en el mundo real. Enseguida supo a qué era debido. Frunció el ceño al notar cierto malestar y algo de humedad en la entrepierna. Tragó saliva y apartó algo más la sábana. Volvió a gritar al ver la sangre.

Nada de eso tenía el menor sentido para ella. Héctor la había vuelto a violar, pero eso había sido en su sueño. Ahí abajo no debía haber sangre. Además, ella hacía mucho tiempo que había dejado de ser virgen. Pese a lo evidente que resultaba la respuesta a tan sencillo enigma, Ío tardó cerca de un minuto en dar con ella. Era algo demasiado nuevo para ella. Tan pronto lo hizo, se puso a llorar. Se tapó de nuevo con la sábana, notando cómo el calor corporal comenzaba a subir de nuevo, y ahí se quedó, gimoteando y humedeciendo la almohada con sus lágrimas, durante cerca de media hora.

Algo más tarde se sorprendió a si misma subiendo las escaleras hacia el ático, en busca de Bárbara. Había pasado un buen rato aseándose y se había cambiado la ropa interior, pero aquello no parecía ir a mejor. Dio tres tímidos golpes con los nudillos en la puerta. No pudo escuchar el sonido de pies arrastrándose hacía ahí, pero tan pronto vio que la puerta se abría hacia dentro, dio un paso atrás. Respiró aliviada al comprobar que quien la abría era la profesora, no su hermano ni su amiga Zoe. En esos momentos no le apetecía ver a nadie más. Se sentía increíblemente avergonzada, aunque no tuviera motivos para ello.

BÁRBARA – Hola, cariño. ¿Qué haces aquí tan pronto?

Bárbara arrugó la frente al ver la expresión triste en la cara de la adolescente. Ío comenzó a llorar, y Bárbara la atrajo hacia sí. Parecía tener un imán para los problemas de los demás, pero ello no hacía si no hacerla sentir importante, querida, en cierto modo una pieza clave de la pequeña sociedad que habían creado en la isla. La profesora, consciente de la discapacidad de la joven, la apartó de sí un momento y la miró a los ojos, de aquél penetrante verde esmeralda.

BÁRBARA – Anda, entra, y cuéntame que ha pasado.

Ío asintió. Bárbara cerró tras de sí una vez ambas estuvieron dentro del ático.

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

10 de enero de 2009

 

Zoe acercó de nuevo la mano a los barrotes y entregó a Nuria otro pedazo de salchicha. El tarro de cristal del que las sacaba ya sólo contenía el líquido que hasta ahora las había conservado en perfecto estado. La infectada lo agarró con las manos sucias, con aquellas uñas incipientes que, contra todo pronóstico, volvían a crecer. Se le resbaló, de igual modo que gran parte de las anteriores que la niña le había ofrecido. Zoe puso los ojos en blanco, algo divertida, al ver cómo la joven trataba sin éxito de alcanzarlo. El pedacito de carne había caído al suelo fuera de la hedionda jaula en la que ella vivía, y Nuria trataba en vano de estirar su brazo para poder hacerse con él. Tan pronto Zoe se lo devolvió, la infectada consiguió llevárselo a la boca. Lo masticó torpemente con las encías, pues carecía de dientes, pero era un manjar tan blando que dicha tarea no le resultó en absoluto problemática.

La pequeña de la cinta violeta en la muñeca había decidido visitar a Nuria tan pronto se despidió de Christian, hacía escasos veinte minutos. La experiencia cara a cara con Morgan le había dejado muy trastocada, pues no esperaba despertar tal reacción en el policía. Más bien al contrario, esperaba despertar una reacción violenta, y no una pasividad de semejante calibre. Verle en tan lamentable estado la entristecía mucho, pero después de haber podido compartir aquellos minutos a solas con él, devolviéndole una ínfima parte de todo cuanto él le había entregado a ella, por el mero hecho de alimentarle cuando era evidente que estaba hambriento, se sintió mucho mejor. La reacción de la joven infectada no hizo si no corroborar sus sospechas.

Al entrar a la trastienda de la tienda de animales Nuria se exaltó bastante, lo cual sorprendió a Zoe. No en vano, había estado durmiendo plácidamente hasta ese momento, y la irrupción de la niña la había cogido con la guardia baja. Zoe, contrariada, se acercó a ella y asintió satisfecha al comprobar que Nuria, pese a tenerla bien presente, no mostraba signo alguno de nerviosismo o ganas de atacarla, como sí había hecho con anterioridad en infinidad de ocasiones en la periferia del ya extinto hotel. Lo que siguió fue como una repetición de cuanto había vivido hacía tan poco tiempo en la caseta de obra: una niña aparentemente sana alimentando a mano desnuda a un infectado, con la salvedad que en esta ocasión, a ambas les separaban aquellos gruesos barrotes. No hubieran hecho la menor falta.

Zoe, y pese a que tal ejercicio era inútil, no paraba de hablar con Nuria y de hacerle preguntas. Su barriga había empezado a hincharse levemente, y aunque cualquiera podría jurar que se trataba de un simple empacho, la niña sabía que no era así. La infectada estaba en estado de buena esperanza, y Zoe tenía mucha curiosidad por saber el resultado de tan inesperado embarazo.

La niña pelirroja se limpió las manos en un pedazo de tela que había colocado sobre una de las jaulas más pequeñas, en las que antaño debieran haber vivido grandes roedores o quizá conejos. Se acercó de nuevo a la puerta de la jaula que retenía a Nuria, y se disponía a despedirse de ella cuando escuchó un ruido a sus espaldas. La infectada, que hasta el momento había estado excepcionalmente tranquila, si no incluso adormilada, enloqueció. Se agarró a los barrotes y comenzó a agitarlos al tiempo que gritaba aquellas incongruencias tan propias de quienes estaban aquejados de aquella insensata enfermedad.

Zoe a duras penas tuvo ocasión de apartarse un poco de la jaula, algo asustada ante tanto frenesí, cuando vio entrar a Paris por la puerta de la trastienda. La expresión risueña y desenfadada del dinamitero, que había venido a la tienda de animales con idéntico propósito que el de la niña, alimentar a Nuria, se tornó en un rictus a medio camino entre la sorpresa y la ira al descubrir su presencia ahí dentro.

PARIS – ¡¿Se puede saber qué haces aquí?!

Zoe agachó la cabeza entre los hombros. Pese a que ambos habían aprendido a tolerar la presencia del otro, Zoe nunca se había sentido del todo cómoda en presencia del dinamitero. Él, de igual modo, siempre había mantenido las distancias con ella. Y ahora con más razón. Paris sintió un escalofrío en la espalda al ver sus ojos inyectados en sangre. Tenía la sensación de estar hablando con una infectada, algo contra natura, pues su instinto era el de tenerle una bala entre ceja y ceja. Verla ahí, en su pequeño recinto privado de soledad y reflexión, le puso de muy mal humor.

ZOE – He venido a ver a Nuria… Yo…

PARIS – ¡¿Pero quién te ha dado permiso a ti para entrar aquí?! ¿No os he dicho mil veces que esto es cosa mía, que no la molestéis?

El dinamitero no pudo evitar dar un golpe con los nudillos en la pared de chapa de una de las jaulas que había sobre la estantería que tenía a su lado, lastimándose los nudillos. Zoe tragó saliva, temiendo por primera vez por su seguridad. Paris no tardó en reparar en el tarro de salchichas, y puso los ojos en blanco.

PARIS – Encima le has estado dando de comer.

ZOE – Sólo… sólo unas pocas salchichas. Es que…

PARIS – Fuera de aquí. ¡Fuera!

Zoe tragó saliva y desanduvo el camino que le había llevado al extremo de la trastienda, intentando en todo momento mantenerse lo más alejada posible del dinamitero, que no le perdía ojo.

ZOE – Lo siento…

PARIS – ¡Que te vayas!

Tan pronto cruzó la puerta, corrió en la semipenumbra de la tienda hasta la puerta principal y salió por ella a toda prisa, sin mirar atrás.

Con el corazón aún latiéndole a toda velocidad en el pecho llegó hasta la esquina, desembocando en aquella larga calle que habían colonizado al Apocalipsis, y se sorprendió a sí misma al sonreír. En ese momento se sintió invencible, como una superheroína: todo apuntaba a pensar que era invisible para los infectados.

3×1125 – Envidia

Publicado: 02/12/2017 en Al otro lado de la vida

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

10 de enero de 2009

 

Bárbara acarició la espalda de Marion, que había ocultado su cabeza en el hueco de su brazo apoyado sobre la mesa de la cocina. Volvía a llorar. Su revelación le había cogido por completo con la guardia baja, y no supo muy bien cómo reaccionar. Estaba claro que la hija del difunto presentador lo estaba pasando mal, y se esforzó por mostrar su lado más amable, independientemente de su opinión al respecto de si Marion lo merecía o no.

BÁRBARA – Tranquila, mujer. Al igual… no es nada. Yo he tenido varios retrasos desde que… empezó todo esto. Una vez estuvo casi un mes sin venirme. Y te puedo garantizar que esa era una de mis últimas preocupaciones en ese momento. Supongo que es cosa del estrés y… la mala alimentación. Se nos han juntado muchas cosas, y el cuerpo… se resiente. No le des tanta importancia.

Marion levantó la cabeza y miró a Bárbara a los ojos. Había dejado de llorar, pero los suyos estaban algo enrojecidos y mostraban una mezcla de pesadumbre y ofensa. Lo último que necesitaba era alguien que ningunease su problema. Tuvo claro que se había equivocado al venir hasta el ático a pedir ayuda.

MARION – Sí Bárbara, pero tú no te has acostado con nadie en todo ese tiempo.

La profesora se ruborizó. Pese a que ya se conocían desde hacía bastante tiempo, no esperaba una respuesta de ese estilo, incluso viniendo de ella. Trató de no darle importancia, aunque en ese momento lo que más le venía en gana era echarla de su piso con una sonora patada en el trasero.

BÁRBARA – ¿Cuánto tiempo hace que tendría que haberte venido?

MARION – Una semana. En realidad… algo más de una semana. Dos o tres…

BÁRBARA – ¿Una semana? ¿Una semana y te estás preocupando? A mi me ha pasado eso más de una vez, antes… mucho antes de… todo esto. Eso no es como un reloj, mujer. No siempre…

MARION – Yo conozco mi cuerpo, Bárbara. Yo soy muy puntual con estas cosas. Siempre lo he sido… Hasta ahora.

BÁRBARA – Pero a ver… Carlos y tú… ¿usáis protección, cuando…?

La hija del difunto presentador se apresuró a responder, viendo su ego ultrajado con esa pregunta. Se había visto en la obligación de ir a buscar la pastilla del día después más de media docena de veces en el transcurso de su vida, y era bastante sensible con ese tema.

MARION – ¡Sí!

BÁRBARA – ¿Entonces?

MARION – Siempre… Siempre usamos preservativo, pero… en fin de año… Bebimos mucho. Y… no me acuerdo apenas de lo que pasó esa noche. Yo creo que fue entonces cuando…

La profesora chistó con la lengua. Tal vez Marion estaba en lo cierto, pero bajo su punto de vista, las probabilidades eran muy bajas, y ella estaba haciendo una montaña de un grano de arena.

BÁRBARA – Es demasiado pronto para sacar conclusiones, Marion. Creo que te estás precipitando. Puede ser debido a mil cosas.

Marion negó con la cabeza.

MARION – Además… me he estado encontrando algo mal estos últimos días. Como… que… noto… algo, ¿sabes?

BÁRBARA – Espérate unos días más. Seguramente te vendrá enseguida, y… verás que te has preocupado para nada.

MARION – Si no te lo vas a tomar en serio, me voy, Bárbara. No sé para qué he venido.

La hija del difunto presentador se levantó de la mesa, mostrando su cara más ofendida a la profesora. Ésta sintió de nuevo que no estaba reaccionando adecuadamente. Marion era una persona complicada pero lo estaba pasando mal, y quizá ella no estaba mostrándole todo el tacto que la situación requería.

BÁRBARA – ¡Que no, mujer!

MARION – No. De verdad.

BÁRBARA – ¡Vale! Vale. ¿Quieres salir de dudas? Pues es muy fácil. Hay una manera muy sencilla de hacerlo.

Marion se quedó de piedra. Sabía perfectamente que ese era el único desenlace lógico de su particular espectáculo, pero una vez lo hiciera, ya no habría marcha atrás. La incertidumbre, pese a ser un calvario, albergaba cierto nivel de esperanza.

BÁRBARA – Cuando fuimos a buscar tests de embarazo para Paris, para… cuando lo de Nuria, todo lo que sobró y el resto de medicamentos, los dejamos en unas bolsas, ahí encima de una mesa, en la alacena del centro de ocio. No hará falta siquiera que vayamos a una farmacia. Sólo lo que tardemos en bajar las escaleras y coger uno. Están aquí delante mismo.

Marion se mordió el labio inferior. El corazón le latía a toda velocidad debajo del pecho.

MARION – No sé, Bárbara…

BÁRBARA – Quieres quitarte esa duda, ¿no? Pues vamos. Yo te acompaño, tú no te preocupes.

Bárbara ofreció su mano a Marion. Ésta la miró, recelosa.

MARION – Pero…

BÁRBARA – ¿Pero qué? Tanto si lo estás como si no lo estás, que lo comprobemos no va a cambiar nada. Lo único que conseguiremos es que te quedes tranquila. Y… que tengas más información para… tomar cualquier decisión.

Marion frunció ligeramente el entrecejo. Finalmente dio su brazo a torcer, y ambas se dirigieron al centro de ocio.

Veinte minutos más tarde, Marion lloraba como una magdalena sobre un saco lleno de nueces con cáscara en la discoteca grande del centro de día, que hacía las veces de alacena al grupo de Bayit. Su mano, con los dedos helados y ligeramente temblorosos, sostenía un test de embarazo positivo. Otro con idéntico resultado se encontraba tirado en el suelo, a los pies de ambas. Bárbara se encontraba a su lado, en aquél sótano iluminado tan solo por una linterna que enfocaba al techo, a la bola de discoteca que esparcía la débil luz en mil direcciones.

La profesora, nerviosa tras tanto tiempo de silencio incómodo, se aclaró la garganta y se dirigió a la hija del difunto presentador.

BÁRBARA – No… No tienes de qué preocuparte. Piensa que… Abril te puede ayudar en todo lo que haga falta, durante todo el proceso. Tenemos mucha suerte de contar con una médico para… estas cosas. Además, aquí no le va a faltar de nada. No deja de ser curioso, es como si todos hubiéramos estado practicando para esto. Se nos ha estado dando bastante bien cuidar de los demás…

Marion levantó la mirada, y Bárbara frenó el seco su discurso al ver su mirada airada. Tragó saliva. El pretérito silencio se repitió, y Marion volvió a sollozar. Le empezaba a doler bastante la cabeza.

BÁRBARA – Es normal que estés un poco en… shock… Es una noticia… impactante. Pero… ya verás que bien se lo toma Carlos cuando…

MARION – ¡No!

Bárbara frunció el entrecejo. Marion parecía más nerviosa que nunca.

MARION – No le digas nada a Carlos, todavía, te lo ruego. No… no le digas nada a nadie.

BÁRBARA – Va… Bueno… Vale. No diré nada. Tranquila.

Marion respiró aliviada. Bárbara se rascó la nuca y no pudo evitar llevarse esa noticia a su terreno. Su mente comenzó a divagar hacia un pasado agridulce en compañía de Enrique.

BÁRBARA – En el fondo es una bendición. Es como… una señal de que aquí estamos… bien. Que estamos… seguros.

Lo siguiente lo dijo en un susurro.

BÁRBARA – Has tenido mucha suerte…

MARION – ¡¿Suerte?! ¿Tú te has vuelto loca? ¡¿Tener un bebé en mitad del puto Apocalipsis es una suerte?!

BÁRBARA – ¡No! Tenerlo ahora mismo… quizá no, pero un bebé… es siempre una bendición.

MARION – Una puta maldición es lo que es, Bárbara. Tú no te haces a la idea de lo que es esto.

Bárbara se mordió la lengua con tal de no soltar un improperio. Ella había intentado quedarse embarazada en infinidad de ocasiones en el pasado, sin conseguirlo, y ver a Marion renegando de su embarazo le resultó bastante ofensivo. El mundo seguía siendo injusto, incluso después de haber acabado.

BÁRBARA – Será mejor que recojamos y nos marchemos. Aquí ya no se nos ha perdido nada.

1124

Obra abandonada en el barrio de Bayit

10 de enero de 2009

 

Christian se sorprendió al comprobar que estaba mordiéndose los padrastros de los dedos. Hacía años que había abandonado esa mala costumbre. Apenas la recordaba como un motivo recurrente para que su madre le riñese cuando era niño. Apartó la mano de la boca y agitó la cabeza a lado y lado, mientras gruñía.

Estaba sentado con la espalda contra la valla de la obra abandonada, a al menos treinta metros de la caseta. No podía apartar la mirada de su puerta cerrada, tras la que se encontraban Zoe y Morgan, y era incapaz de dar crédito a la sucesión de acontecimientos que había llevado a ambos hasta ese punto: no comprendía cómo lo había permitido. Aún parecía conservar la capacidad para sorprenderse.

El corazón luchaba por salírsele del pecho. La última vez que estuvo ahí con Zoe, la había salvado de las garras de Morgan por mera suerte. De no haber sido por su revelación al ver la cinta violeta en poder del pequeño Josete, el policía habría acabado sin duda accediendo al lavabo portátil y haciéndola trizas para alimentarse de su cadáver acto seguido. Ese era su instinto, lo cual contradecía en gran medida lo que ahora estaba ocurriendo tras aquella pared de chapa.

Lo único que escuchaba Christian desde ahí era la voz calmada y aflautada de Zoe en la lontananza, charlando tranquilamente con Morgan, como si nada hubiese ocurrido en aquél lujoso trasatlántico. La niña estaba conversando amistosamente con un infectado, encerrada con él en aquél pequeño cubículo del que no había manera de escapar. A esas alturas debía estar muerta; Morgan dándose un festín con sus entrañas. Pero nada más lejos de la realidad. Nada de eso tenía el menor sentido para él. Notó un cierto mareo y cerró los ojos con fuerza.

Rechazó por enésima vez la tentación de acercarse a ver qué ocurría, consciente que si lo hacía volvería a poner nervioso al policía, lo cual podría traducirse en un problema mayúsculo para la pequeña. De repente la voz de Zoe cesó sin previo aviso. Christian aguantó la respiración y tragó saliva, seguro que eso se traduciría en malas noticias en cuestión de segundos. Y todo sería por su culpa. Lo que ocurrió a continuación le dejó aún más perplejo.

La puerta de la caseta de obra se abrió lentamente y Zoe salió de ahí de espaldas, despidiéndose de Morgan agitando la mano en cuya muñeca lucía la cicatriz de su mordisco. La niña cerró la puerta a su paso y la trabó con aquella gruesa barra, asegurando de ese modo que el policía no podría escapar. De todos modos, Morgan estaba ocupado alimentándose con los manjares que Zoe le había traído como para preocuparse por huir. Estaba demasiado hambriento.

Christian azuzó a Zoe para que se acercase hacia donde él estaba. La niña ya no llevaba en su poder la bolsa, y por ende su contenido: debió de haber quedado dentro, en posesión de su nuevo dueño. Tan pronto llegó a su altura, Christian la atrajo hacia sí, con cierta virulencia. La agarró de los hombros y la obligó a dar media vuelta sobre sí misma, observando toda su ropa y su piel expuesta, levantando las mangas del chubasquero y buscando cualquier marca de heridas recientes.

CHRISTIAN – ¿Estás bien, te ha hecho algo?

Zoe sonrió, sorprendida y reconfortada al verle tan preocupado.

ZOE – No. Se ha portado muy bien. Lo que tenía era hambre. Tendrías que haber visto cómo comía. Pobre…

CHRISTIAN – Pero… Pero… No entiendo nada. ¿Por qué no te ha atacado?

ZOE – Debe de ser… porque estoy infectada.

Zoe agachó la mirada, avergonzada. Pese a que había salvado la vida, aún se sentía abochornada por lo imprudente que había sido.

ZOE – Los infectados no se atacan entre sí. Debe pensar que soy… como él. Y… por eso no me ataca. Eso es una suerte. Así podré darle de comer siempre que…

El ex presidiario negó, agitando la cabeza con rapidez, rechazando la reflexión de la pequeña por lo absurda que resultaba.

CHRISTIAN – No. Eso no tiene sentido, Zoe. Maya también está infectada. Bárbara también lo está. Y los infectados no… no… A ellas… Ellos nunca…

ZOE – No lo sé, Chris. Pero… ya has visto cómo se ha puesto contigo, y… lo tranquilo que se ha quedado cuando me he acercado yo. Alguna diferencia tiene que ver… él.

CHRISTIAN – Pero no puede ser.

Zoe frunció ligeramente el ceño, mientras Christian seguía dándole vueltas a la cabeza.

CHRISTIAN – Pero… no… no… no puede ser. Si tú has sobrevivido a… la infección, los infectados deberían tratarte igual que a… cualquiera de los demás. Sois iguales.

ZOE – No. Maya y Bárbara no estaban vacunadas cuando se infectaron. Yo sí.

Christian levantó ligeramente el mentón y miró al cielo nublado, reflexionando.

ZOE – Al igual es eso, es porque yo sí estaba vacunada. Por eso tengo los ojos… así.

CHRISTIAN – Pero a ver… ¿tú estás segura que estás vacunada?

Zoe frunció ligeramente el ceño.

CHRISTIAN – Toda la gente que está vacunada y se infecta, se muere… se… transforma en un infectado. Lo hemos visto mil veces. ¿Estás cien por cien segura?

ZOE – Yo… Eso me dijeron mis padres.

CHRISTIAN – Pues al igual… te engañaron.

ZOE – No sé, Chris…

CHRISTIAN – Yo es que no entiendo nada…

ZOE – ¿Pero qué más da? No hay nada que entender. Es una suerte que así sea, no le demos más vueltas…

El ex presidiario negó con la cabeza.

ZOE – Aunque claro… si él no me ataca, quizá otros infectados…

CHRISTIAN – Zoe. No digas eso ni en broma. ¿No la has liado suficiente ya?

Zoe se ruborizó, consciente que Christian estaba en lo cierto. Ambos escucharon estornudar escandalosamente a Morgan en la distancia, y se giraron hacia la caseta de obra, abstrayéndose momentáneamente de la conversación.

CHRISTIAN – Venga va, vamos a volver, antes que nos echen de menos.

ZOE – Sí. Será lo mejor.

Ambos volvieron sobre sus pasos, dejando a Morgan bien ahíto y con comida y agua suficientes para seguir alimentándose al menos un par de días, incluso a ese ritmo. Por fortuna, volvieron al barrio mucho antes que nadie les echase de menos, y nadie les sorprendió al acceder al recinto de la escuela, por el mismo lugar por donde habían salido.

3×1123 – Retraso

Publicado: 25/11/2017 en Al otro lado de la vida

1123

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

10 de enero de 2009

 

Marion respiró hondo, con el mentón levantado, observando el techo pero con la mirada perdida. Se llevó el dorso del dedo índice bajo el ojo y secó una lágrima que había estado a punto de derramarse por su mejilla. Volvió a mirarse al espejo y forzó una sonrisa falsa, convencida que no engañaría a nadie. Y mucho menos a Carlos. Ya no sabía qué hacer.

Puso el tapón del lavamanos y vertió un poco de agua de lluvia de una de las garrafas que había junto a la bañera vacía. Se empapó ambas manos y se lavó la cara lo mejor que pudo, tratando de ocultar la rojez alrededor de sus ojos que delataba que había estado llorando. Se secó con la toalla una vez acabó, y lo que vio hizo que comenzase a sollozar de nuevo.

Gritó a pleno pulmón, para acto seguido quedarse en silencio, avergonzada. Quería desahogarse, pero se dio cuenta que en los tiempos que corrían, un grito de ese estilo sólo podría malinterpretarse. La ventana y la puerta estaban cerradas, y ella estaba sola en el piso. Dejó pasar unos segundos más, y al ver que no ocurría nada, respiró hondo de nuevo, soltando el aire lentamente. Decidió abandonar el piso.

En esos momentos Carlos estaba al cargo de los bebés en compañía de Maya: aún tardaría bastante en volver, de modo que tenía tiempo de sobra para hacer cuanto le viniese en gana. Se lo pensó mucho antes de dar el primer paso y comenzar a subir las escaleras que le llevarían al ático. Se sentía increíblemente avergonzada, pero no sabía a quién más recurrir. No había encontrado el momento de hacerlo con Abril, que hubiera sido sin duda la más indicada a ese respecto, pero tampoco se arrepentía de ello: aquella mujer era demasiado fría, y Marion no se sentiría cómoda hablando con ella de un tema tan delicado, por más que fuese la única médico a centenares de kilómetros a la redonda.

Dio tres cortos golpes en la puerta con los nudillos. Tragó saliva, sintiendo de nuevo aquél desagradable sabor ácido, y esperó. El ruido de pies arrastrándose por el suelo en dirección a la puerta del ático hizo que sintiera la tentación de huir escaleras abajo lo más rápido que le permitiesen sus piernas. No obstante supo aguantar, hasta que finalmente la puerta se abrió y al otro lado apareció Bárbara, con el corto pelo algo alborotado: resultaba evidente que había estado durmiendo hasta hacía poco. La recibió con un sonoro bostezo, que ocultó por educación tras la palma abierta de su mano. Estaba sorprendida, pues era la primera vez que recibía su visita. Su relación, si bien algo menos tensa esta última etapa, no era para nada de amistad. No obstante, la profesora mostró su lado más amable.

BÁRBARA – Hola, Marion. ¿Qué tal? No… No te esperaba, a estas horas.

MARION – ¿Es demasiado pronto? Perdona. Me… me voy. Ya volveré luego.

La profesora se extrañó mucho al ver cómo Marion se daba media vuelta y comenzaba a bajar las escaleras apresuradamente.

BÁRBARA – ¡Que no, mujer! ¡Para! Va, sube.

La hija del difunto presentador frenó su descenso y se giró hacia Bárbara, que la observaba con una media sonrisa en los labios.

BÁRBARA – Si… llevo ya un rato despierta. Es cosa mía. Llevo demasiado sueño acumulado, y… no veo el momento de salir de la cama. Pero ven, mujer. Va. Entra. ¿Has desayunado?

Marion negó con la cabeza. Dudaba mucho que le entrase nada en el estómago en esos momentos.

BÁRBARA – Pues de lujo. Yo iba a hacerlo ahora. Has llegado justo a tiempo.

Marion accedió y entró al ático. Bárbara cerró la puerta y ambas se dirigieron a la cocina, donde la hija del presentador tomó asiento, con la cabeza gacha, arrepintiéndose de haber venido.

MARION – ¿Estás sola?

BÁRBARA – Sí. Mi hermano y Guille salieron pronto. Van todas las mañanas a la escuela, y hacen una especie de terapia para que… Bueno. Eso era lo que hacíamos antes de… lo de Zoe. Y… ayer me dijo que iba a empezar de nuevo. Guille es buen chico. Lo ha pasado muy mal pero… poco a poco… se va notando la mejoría. Yo creo que si le dedicamos el tiempo suficiente, puede ponerse mucho mejor. Pero eso sí, necesita que le estén encima todo el tiempo. Yo también…

MARION – ¿Y Zoe?

Bárbara arrugó la frente, pero no dio importancia al modo cómo Marion había mostrado su total desinterés por lo que le estaba explicando. Al fin y al cabo, ya sabía de qué pie cojeaba aquella joven que, pese a tener su misma edad, parecía haberse estancado emocionalmente hacía varios años.

BÁRBARA – Salió hace un rato. Dice que había quedado con Chris para dar una vuelta. Está la chica como si no hubiera pasado nada, oye. Fresca como una lechuga. Yo la verdad es que no doy crédito.

La profesora sacó un tarro con galletas de un armario y lo dejó sobre la mesa. Marion lo observó atentamente, con la cabeza muy lejos de ahí. Bárbara entonces se puso a preparar un par de tazas de café con leche. La sonrisa en su rostro delataba que para ella, todo iba bien. Después de lo mal que lo había pasado los últimos días, ahora se sentía pletórica. Tanto que ni siquiera reparó en la expresión compungida en el rostro de su invitada. Le entregó una de las tazas y se sentó a la mesa.

BÁRBARA – Y… Bueno, ¿a qué debo tu visita?

Marion chistó con la lengua, lo que propició que Bárbara frunciese ligeramente el ceño. No respondió. El silencio se prolongó unos segundos tensos, y justo cuando Bárbara se disponía a preguntarle de nuevo, Marion empezó a llorar. Entonces la profesora se levantó enseguida de su asiento y se dirigió hacia ella, posando la mano sobre sus hombros, sin saber muy bien cómo reaccionar.

BÁRBARA – ¿Qué te pasa, Marion?

La hija del difunto presentador la miró a los ojos. De uno de los suyos brotó una lágrima que impactó contra la superficie de madera de la mesa.

MARION – Tengo un retraso.

1122

 

Extramuros del barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

10 de enero de 2009

 

ZOE – Son mis ojos, ¿verdad?

Christian apartó la mirada, avergonzado, consciente que llevaba un tiempo mirándola de reojo con todo descaro. Creía que no se había dado cuenta.

CHRISTIAN – Lo siento.

La pequeña de la cinta violeta en la muñeca con aquella fea cicatriz en forma de media luna agachó la mirada, apesadumbrada. Christian paró en seco su avance y ella le imitó, pero con la cabeza ladeada en dirección opuesta, impidiéndole ver sus ojos, algo más brillantes de lo habitual.

CHRISTIAN – Lo siento, Zoe. Supongo que… tendré que acostumbrarme. Es…

ZOE – No. No pasa nada, Chris. No es tu culpa.

Al ex presidiario se le hizo un nudo en el estómago al escuchar cómo le temblaba la voz a su amiga.

ZOE – Es cosa mía, pero…

Zoe sorbió los mocos.

ZOE – Además, me molesta mucho tanta luz. Es… muy…

Christian frunció el ceño. Echó un vistazo al cielo, completamente encapotado. Hacía algo más de una hora que había dejado de llover, pero era un día bastante oscuro.

CHRISTIAN – ¿Tanta luz?

ZOE – No sé… Me pican los ojos. Me escuecen. Es como… como si tuviese que… Bah, da igual.

El ex presidiario suspiró, sin saber muy bien cómo tranquilizarla. Ese no era uno de sus fuertes.

Ambos se mantuvieron en silencio el corto trayecto que les separaba de la obra inacabada. No habían encontrado el más mínimo atisbo de hostilidad por el camino. Entraron con cautela y cerraron tras de sí, perfectamente conscientes que estaban incurriendo en una actitud abiertamente temeraria e indisciplinada. A ninguno de los dos parecía importarle lo más mínimo. Christian se sentía en deuda con Zoe porque le había mentido: no había vuelto a visitar a Morgan ni una sola vez desde que ambos abandonaran el solar hacía cuatro largos días. Zoe, por su parte, sentía la imperiosa obligación de cuidar del policía, pese a que éste había estado a punto de enviarla al otro lado de la vida.

Christian invitó a Zoe a quedarse donde estaba y se acercó con paso dubitativo hacia la caseta de obra donde presumiblemente seguiría encerrado Morgan. No hizo falta siquiera que llegase hasta ahí para averiguar que, en efecto, el policía seguía dentro.

Los gritos y los golpes iracundos de Morgan desde el otro lado de los barrotes de la ventana desde la que había visto al ex presidiario dejaron a éste mucho más tranquilo. De haber llegado y encontrado al policía muerto de inanición se hubiese sentido fatal. Pese a que sabía que no era más que un infectado, como cualquier otro de los que deambulaban por la isla, no podía evitar ese tipo de reflexiones. No en vano, si él seguía con vida era gracias a Morgan. De lo contrario, ahora sería un cadáver huesudo y reseco metido aún en aquella pequeña celda en la prisión Kéle.

Morgan llevaba demasiado tiempo a solas, esforzándose en vano por encontrar el modo de salir de ahí. No era la primera vez que pasaba por algo parecido desde que perdió la condición de humano como tal, pero esta nueva etapa le estaba resultando mucho más angustiante que la primera, de la que se libró por mero azar. El modo cómo sacudía los barrotes desesperadamente hizo que Christian temiera que acabase arrancándolos, pese a que tal idea resultaba ridícula. Eran demasiado fuertes y firmes. Morgan estaba increíblemente exaltado.

El ex presidiario trató de calmarlo, hablándole, pero ello no hizo si no aumentar más su estado de excitación. Acabó dándose por vencido al poco, mientras Zoe les observaba a ambos desde una distancia prudencial, donde Christian la había hecho quedarse, aún sujetando aquella pesada bolsa llena de alimento para el policía. Christian volvió con ella, negando con la cabeza. Podrían echarle la comida entre los barrotes sin demasiada dificultad, pero en ese estado, ofrecerle algo que beber, sin que se lo echase todo encima, resultaba inverosímil. El ex presidiario empezó a arrepentirse de haber venido, y más aún de haber traído consigo a Zoe.

CHRISTIAN – No hay manera. Está demasiado nervioso.

Ambos miraron hacia la caseta de obra. Morgan se había calmado, y pese a que le veían deambular inquieto de un extremo al otro de la pequeña sala, ya no gritaba ni agredía el mobiliario.

ZOE – Déjame acercarme a mi. Quizá…

CHRISTIAN – ¿Pero qué más da? A la que nos acerquemos cualquiera de los dos, se va a poner igual. ¿No lo has visto?

ZOE – Déjame intentarlo al menos…

Christian alzó ambos hombros, mostrando su indiferencia al respecto. Sujetó la bolsa que le ofrecía la niña y vio cómo ésta se acercaba a la caseta de obra, a paso más ligero que el suyo. El ex presidiario frunció ligeramente el ceño al comprobar que Morgan la estaba mirando desde el otro lado de los barrotes, pero que no mostraba signo alguno de hostilidad, a diferencia de cómo se había comportado con él. La pequeña se giró hacia el ex presidiario, con una expresión de asombro en el rostro, y Christian se rascó la cicatriz en forma de ele que tenía sobre la oreja izquierda.

Zoe llegó hasta la caseta sin haber conseguido despertar la ira del policía. Éste se acercó a los barrotes y posó su mano derecha sobre uno de ellos. El estado de su piel y sobre todo el de sus uñas hizo que Zoe sintiera un nudo en el estómago.

ZOE – Hola, Morgan.

El infectado ladeó ligeramente la cabeza y emitió un corto sonido con la garganta, parecido al ronroneo de un gato. Zoe se giró de nuevo hacia Christian, tratando de corroborar que no eran imaginaciones suyas. Morgan parecía estar ignorándola a voluntad, pero era perfectamente consciente que la niña estaba ahí, porque la estaba escrutando con la mirada, a un escaso metro de distancia. Nada de eso albergaba el menor sentido para él.

Christian sintió la necesidad de gritarle a Zoe que se apartase cuando ésta acercó su brazo a la ventana y acarició la alborotada y entrecana barba del policía. El ex presidiario no daba crédito a lo que veían sus ojos. Morgan empujó la mano de la niña con la cabeza, apartándola de sí en un gesto instintivo, pero no hizo el menor amago de morderla. Lo que sí hizo fue olisquearla, arrugando el entrecejo, mientras Zoe la dejaba en la misma posición, con los dedos temblorosos suspendidos en el aire. La apartó rápidamente tan pronto vio que el policía empezaba de nuevo a ponerse nervioso y a gritar, y dio un paso atrás, asustada, al tiempo de ver a Christian aproximándose al trote hacia ambos.

1121

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

10 de enero de 2009

 

CHRISTIAN – Fue… fue poco antes de conocernos allá en el faro. Cuando… Íbamos a buscar el barco de Carlos, y encontramos el puerto vacío.

Maya asintió, aún masticando aquél reseco trozo de cecina. La mayor parte del embutido que tenían en la alacena del centro de ocio había sido consumido o había desaparecido en extrañas circunstancias. Ella estaba ya cansada de comer jamón, por más que las patas que tenían eran de una calidad excelente. A nadie más parecía gustarle la cecina, de modo que ella se había apropiado de un pequeño alijo, y de vez en cuando echaba mano cuando le entraba hambre entre comidas. Christian tragó saliva, nervioso. Esa no era la reacción que había esperado ante esa revelación que llevaba guardándose tanto tiempo.

MAYA – ¿Y estás seguro que era ella?

CHRISTIAN – Sí. Era igual que tú. Quiero decir… ella… era morena, y tenía el flequillo cortado así… recto.

El ex presidiario se llevó una mano a la frente y simuló el flequillo de Melissa, la hermana de Maya.

CHRISTIAN – Tenía como… muchos pendientes, y un piercing en la nariz, o en la ceja, pero… estoy convencido que era tu hermana. Por lo que me contaste…

MAYA – No. Está claro. Era ella. Tal como la describes…

CHRISTIAN – Por eso me llamaste tanto la atención cuando te conocí, allí en el faro.

Maya asintió y le pegó otro bocado al reseco trozo de cecina. Aún con la boca llena, continuó hablando.

MAYA – Joder, y parese que haga… mil años que pasó, todo eso. Ha cambiado tanto… todo, desde entonses. Tanto. Qué pena. Quiero desirParese que ya no nos…

La joven tragó saliva y respiró hondo, haciendo un gesto de negación con la cabeza al tiempo que chistaba con la lengua, algo apesadumbrada.

MAYA – Con la de noches que yo me he pasado llorando.

El ex presidiario asintió. Sin saber muy bien por qué, le vino a la memoria el recuerdo de su madre despidiéndose de él el día de su decimoctavo cumpleaños, cuando ocurrió el desafortunado incidente del carro de la compra. Se le hizo un nudo en el estómago.

CHRISTIAN – Tienes razón… Pero es importante que no olvidemos nunca de dónde venimos. Ni quienes somos.

Maya sonrió, y se disponía a darle un beso en la mejilla cuando el joven se giró al escuchar unos golpecitos en la puerta de entrada.

CHRISTIAN – Ya voy yo.

El ex presidiario se dirigió al recibidor mientras Maya envolvía lo que quedaba de cecina en aquél papel satinado y lo devolvía al armario de la cocina de donde lo había sacado. Cuando abrió la puerta de entrada Christian frunció el ceño al ver a Zoe, ataviada con un chubasquero turquesa con florecillas rosas. La niña tenía la mirada gacha, al parecer, observando con mucha atención las baldosas del suelo.

Esa misma mañana Abril había abandonado el barrio sola, del mismo modo que había venido, aprovechando la lluvia, pese a la insistencia de Carlos por acompañarla. Su trabajo ahí había concluido: Zoe estaba más sana que todos los demás juntos y no precisaba ningún tipo de atención médica. La normalidad había vuelto a Bayit, y pese a que la recuperación de la niña se había vuelto tema de conversación recurrente, todos lo habían integrado y de nuevo cundía entre ellos el habitual hastío propiciado por la rutina y la excesiva tranquilidad que reinaba en esa zona de la isla.

ZOE – Hola, Chris.

CHRISTIAN – ¿Qué haces aquí tan pronto?

Zoe se asomó al interior del piso, mostrando así sus ojos a Christian, que no pudo evitar que se le erizase el vello de los brazos. Por fortuna la niña no se dio cuenta. Maya se acercó al recibidor y cogió con total normalidad una chaqueta de plumas de uno de los percheros que pendían de la pared.

MAYA – Hola, cariño. ¿Qué tal te encuentras?

La niña de la cinta violeta en la muñeca volvió a agachar la mirada, rehuyendo los ojos de Maya. Ella no se dio cuenta, y se vistió con la chaqueta, a la que subió la cremallera hasta el cuello.

ZOE – Bien. Me encuentro… muy bien. He dormido como un tronco.

La adolescente le acarició el pelo, con una sonrisa en los labios.

MAYA – Me alegro. Me alegro mucho. Bueno, yo… me voy ya, que empiesa mi turno con los bebés, y con la tontería al final se me ha ido el santo al sielo. Carlos me va a echar la bronca, que dise que siempre que me toca con él llego tarde.

Christian le hizo paso y le regaló un beso en la mejilla. Se moría de ganas de hacerlo en la boca, pero eso era algo que ya había integrado, y por fortuna, incluso normalizado.

ZOE – Coge un paraguas, que está lloviendo.

MAYA – No. No hase falta, si… voy aquí al lado mismo. Ya iré pegadita a la fachada. Pero grasias. Os dejo hablando de vuestras cosas.

Ambos asintieron y vieron cómo la joven bajaba las escaleras canturreando alegremente.

CHRISTIAN – Ya te podías haber esperado un rato más.

ZOE – Pero…

CHRISTIAN – Al final vas a conseguir que nos pillen.

ZOE – Me prometiste que iríamos.

CHRISTIAN – Sí. Que sí… ¿Qué tienes ahí?

El ex presidiario señaló la bolsa que sostenía la pequeña, y ésta le mostró su contenido. Había un comedero para perros, una botella de dos litros de agua y varias bolsas y latas con comida. Christian puso los ojos en blanco.

CHRISTIAN – Madre mía, Zoe. Eres la reina de la discreción.

ZOE – ¡Tiene que estar muerto de hambre!

CHRISTIAN – Yo no te lo discuto, pero…

ZOE – ¿Vamos a ir, o no?

CHRISTIAN – Que sí, pesada. ¡Madre mía!

Zoe sonrió, y por un momento se tomó la libertad de levantar la mirada. Christian se encontró de frente con aquellos ojos inyectados en sangre, y esbozó una sonrisa fingida. Le costaría mucho normalizarlo.

Ambos bajaron las escaleras en silencio, confiando no encontrar miradas indiscretas en su peregrinaje al solar abandonado.

3×1120 – Sopa

Publicado: 14/11/2017 en Al otro lado de la vida

1120

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

9 de enero de 2009

 

Bárbara golpeó la puerta con los nudillos de la mano izquierda. Notaba bastante calor en la derecha, que sostenía un bol con sopa y una cuchara dentro. En otro momento de su vida incluso se hubiese visto en la obligación de tirar el bol al suelo, incapaz de soportar tanto calor, pero eso ahora no le suponía el menor problema. Pese al cansancio propiciado por la reiterada falta de sueño, la profesora lucía una sonrisa radiante en el rostro. No se había encontrado de mejor humor en mucho tiempo. Zoe le dio paso y Bárbara entró al dormitorio, aún algo nerviosa.

La niña estaba sentada en la cama, con la espalda apoyada en la pared; la almohada de por medio. Incluso se había destapado y lucía sus enclenques piernas ataviadas con aquél feo pijama a rallas. Agradeció encarecidamente la sopa que Bárbara le ofreció, y la devoró en menos de un minuto. Estaba hambrienta. La profesora no cabía en sí de gozo. Zoe hacía demasiado tiempo que no se alimentaba como era debido, y verla tan vital y animada, en un contraste tan extremo con el declive que había llevado a su muerte hacía escasas horas, hacía que Bárbara sintiese que todo esfuerzo había valido la pena.

Pese a que ahora estaban a solas, Zoe había recibido muchas visitas desde su inesperada recuperación, a la que nadie era capaz de dar crédito. Incluso Carboncillo había venido saludarla, llevado de la correa por un Josete que supo mantener la promesa de Christian al ver la cinta violeta en la muñeca de la niña. Tan solo Juanjo y Paris dejaron de atender la cita con aquella niña que, contra todo pronóstico y haciendo caso omiso a las reglas del juego, había superado una enfermedad mortal de necesidad y ahora lucía sana como una manzana, pese al tétrico aspecto de sus ojos.

BÁRBARA – ¿Tienes más hambre?

ZOE – No.

BÁRBARA – Puedo traerte algo más, si quieres. Algo de postre…

ZOE – No, gracias. Estoy bien, de verdad. He comido mucho. Lo que estoy es… cansada, pero de estar aquí encerrada. Necesito estirar las piernas.

BÁRBARA – ¿No quieres decir que es un poco pronto, después de…?

Zoe negó con la cabeza, esbozando aquella sonrisa que derretía a Bárbara. La profesora no daba crédito al cambio tan drástico que había dado la pequeña en tan poco tiempo. Abril mucho menos.

ZOE – Estoy bien, de verdad. No me he encontrado mejor en… mucho tiempo.

BÁRBARA – ¿Seguro que no… que no te duele nada? Ni la cabeza, ni el estómago…

Zoe volvió a hacer aquél gesto de negación girando la cabeza a lado y lado. Bárbara sabía de primera mano y mejor que nadie a lo que Zoe se refería, de modo que no le costó demasiado empatizar con ella, pese a que sentía que la niña debía descansar un poco más antes de retomar su actividad habitual. Las bondades de la creación de su padre jamás dejarían de sorprenderla.

BÁRBARA – Bueno, supongo que tomar un poco el aire no te hará mal.

La niña asintió y enseguida se levantó de la cama y comenzó a vestirse. Fuera hacía mal tiempo, pero ese día no llovería. Ambas salieron del ático bien abrigadas y con una de las bufandas que Ío les había enseñado a hacer en un tiempo que se les antojaba ya muy lejano. No se cruzaron con nadie en el camino hacia la calle corta. Después del revuelo formado tras el disparo y la noticia explosiva de su recuperación, cada cual había vuelto a sus quehaceres diarios. El día que hacía no invitaba precisamente a pasear por la calle, si no más bien a quedarse en casa tapado con una manta y en buena compañía.

Una fuerte ráfaga de viento las sorprendió tan pronto salieron a la calle. El ambiente era húmedo y aún persistía en él aquél penetrante y agradable olor a tierra mojada. Sin siquiera ponerlo en común, ambas se dirigieron hacia el taller mecánico desde el que se accedía al Jardín. La calle corta no tenía mucho que ofrecer, y Zoe no se sentía con ánimo de visitar el centro de día en ese momento, pues sabía que estaría concurrido y ya había tenido una sobredosis de muestras de afecto las últimas horas.

Al cruzar la segunda persiana del taller mecánico se encontraron de frente con Paris. El dinamitero había pasado gran parte de la tarde en uno de los baluartes, extremadamente aburrido por la falta de actividad en el barrio, esperando poder abatir a algún infectado errante. No tuvo el menor éxito. Desde que comenzó aquella temporada de lluvias y las temperaturas empezaron a bajar en picado, raramente veían aproximarse a ninguno. Lo cual, pese a que indiscutiblemente se traducía en una buena noticia, a Paris le resultaba bastante molesto.

El dinamitero frunció ligeramente el ceño al ver aproximarse a la niña. Había recibido noticias de su mejoría, pero no esperaba verla deambulando por ahí tan pronto, no después de haberla dado por muerta. Al cruzarse con ella, cuando vio que sus ojos habían adquirido el característico color del de los infectados, dio un respingo acompañado de un exabrupto. Abrió los suyos como platos, incapaz de creer lo que veía. Zoe se dio cuenta y agachó la mirada, avergonzada. Bárbara la atrajo hacia sí y ofreció a Paris una mirada de reproche. Era consciente de la inseguridad que brindaban aquellos ojos a la pequeña, y no quería que eso acabase convirtiéndose en un trauma para ella.

BÁRBARA – Sigue, ahora te alcanzo.

Zoe asintió y continuó caminando en dirección a la escuela, aún sorprendida al comprobar que ya no quedaba absolutamente nada de los adornos navideños que hasta hacían tan poco habían engalanado el Jardín. Unos segundos después se giró y vio cómo Bárbara estaba hablando acaloradamente con Paris, que la observaba hastiado, asintiendo a regañadientes con la cabeza. Eso la hizo sentir mal.