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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

23 de enero de 2009

 

Ya hacía varias horas que había anochecido, pero por fortuna, no se habían cruzado con un solo infectado en todo el trayecto. Pasaban unos minutos de la medianoche.

Bárbara sacó la linterna de su mochila y abandonó la furgoneta de un salto. Abrió el portón de la escuela y Carlos condujo el vehículo al interior, mientras ella se encargaba de cerrar de nuevo a conciencia. Tras un sonoro portazo, una vez dentro de nuevo, Bárbara se dirigió a Carlos, mientras éste conducía el coche hacia el otro portón, el que les daría acceso al Jardín, pasando por encima de la pista deportiva en la que tantos y tantos partidos de fútbol habían echado durante el recreo cientos de niños que hoy día estaban muertos o eran infectados errantes en busca de algo que llevarse a la boca.

BÁRBARA – Nadie había forzado nada. He tenido que abrirla. Estaba cerrada, Carlos. Sólo podrían haberla abierto desde dentro, pero estaba tal cual la dejamos. Exactamente igual. Aquí no ha entrado nadie.

Carlos no respondió, ni siquiera se giró hacia ella. Llevaba bastante tiempo callado, y ello disgustaba bastante a la profesora.

BÁRBARA – Como hayamos venido sólo a ver que se ha estropeado la sirena de la radio, vas a ver. Con la de cosas ricas que había preparado Abril. ¿Viste el postre que…?

CARLOS – Déjalo. ¿Quieres?

Bárbara se giró hacia el instalador de aires acondicionados. Él la estaba mirando, y tiró del freno de mano con quizá excesiva contundencia. Tan solo pretendía romper un poco la tensión del ambiente, pero entendió que no era el momento. Estaba deseando salir de una vez por todas de dudas, avisar a quienes ya debían estar durmiendo en la mansión de que todo estaba en regla, y dormir a pierna suelta en su cama. Estaba algo cansada. Ese había sido un día muy largo, con demasiadas horas sobre ruedas. Le ponía nerviosa la seriedad en el rostro de Carlos, y aunque no paraba de intentar convencerse que se estaba excediendo, ella tampoco las tenía todas consigo.

Ambos salieron del furgón y accedieron a pie al Jardín. Por fortuna, las farolas del barrio seguían funcionando como el primer día. Todas lo hacían, a excepción de un par en el extremo nororiental de la calle larga, en una zona que apenas visitaban, mucho menos por la noche. Caminaron hombro con hombro por entre los invernaderos abandonados y los árboles, en un silencio tenso. No esperaban otra cosa, con el barrio prácticamente vacío y a esas horas de la madrugada, pero no ver una sola luz tras ninguna ventana, ni escuchar voz alguna les hizo reafirmar aún más sus suspicacias.

Cruzaron el taller mecánico, con el sempiterno olor a grasa de motor, y una vez en la calle corta se dirigieron a la copistería de la esquina, desde la que se accedía al centro de día por la trastienda, por uno de aquellos agujeros que hicieron en las paredes. Carlos llevaba la delantera, y a Bárbara le costaba seguirle el ritmo. El instalador de aires acondicionados estaba muy excitado, y no se quedaría tranquilo hasta que pudiese darle un abrazo a su pareja y disculparse por la pequeña discusión que habían tenido antes de separarse, esa misma mañana. Le sorprendió que no hubiese una sola luz encendida en el centro de día, pero se limitó a encender la linterna y seguir adelante, hacia la sala donde descansaban los bebés. Todo apuntaba a que dormían, pues no se escuchaba un solo llanto. De hecho, el silencio resultaba incluso agobiante. Él mismo se encargó de corregirlo.

CARLOS – ¡No! ¡No, no, no!

Bárbara, que iba varios pasos por detrás de él, sin necesidad de encender su propia linterna, pues sólo con la luz residual de la de Carlos tenía suficiente, dio un bote del susto, y aún se apresuró más. Se dio de frente con Carlos, que salía por la puerta tras la que se encontraban los bebés. El instalador de aires acondicionados, aún con un rictus de dolor e incredulidad en el rostro, le barrió el paso.

BÁRBARA – ¿Qué ha pasado?

CARLOS – No entres ahí.

BÁRBARA – ¡¿Pero qué pasa?!

Carlos negó con la cabeza. Bárbara hizo el amago de pasar por su lado, pero él la agarró del brazo, reteniéndola, impidiéndole avanzar.

CARLOS – No. Bárbara… no. Hazme caso.

BÁRBARA – Quítate. Haz el favor.

La profesora trató de zafarse de él, pero Carlos la sujetó aún con más fuerza. Tan solo pretendía protegerla, pero ella no lo entendió. Cuando Bárbara vio una lágrima recorrer su mejilla, se convenció de que no podía perder más tiempo. Necesitaba saber qué había al otro lado de la puerta.

BÁRBARA – Que te quites. ¡Apártate!

Bárbara agarró a Carlos del brazo que la sujetaba y consiguió zafarse de él. Le dio un fuerte empujón, y ello pareció ayudarle a recuperar la cordura, pues lo que hizo acto seguido, al tiempo que Bárbara entraba a toda prisa en la sala, fue llevar su mano a la parte trasera del pantalón y quitarle el seguro a la pistola que llevaba encima.

Bárbara se llevó una mano a la boca, abierta de par en par. Encendió su linterna y enfocó a un lado y a otro, absolutamente incapaz de creer lo que le mostraban sus ojos. La visión era espeluznante. Había sangre por todos lados. Había demasiada sangre.

Daba la impresión que una legión de infectados hubiese entrado en tropel a la sala. Pero había algo que no cuadraba. Ninguno de los pequeños cadáveres, que descansaban cada uno en su propia cuna, tenía heridas de mordiscos. Todos tenían heridas de arma blanca. Muchas, demasiadas heridas. Algunos tenían los ojitos abiertos, otros cerrados, unos estaban boca arriba, otros boca abajo. Pero todos y cada uno de ellos estaban muertos, al igual que Marion, que descansaba en el mero centro de la sala sobre un enorme charco hecho con su propia sangre, con una única herida que iba de lado a lado de su blanco cuello. Carlos volvió a entrar a la sala. Apenas podía ver nada, con los ojos anegados por las lágrimas. Bárbara, sin embargo, estaba muy seria y concentrada: había adoptado su actitud.

La profesora se agachó para mirar más de cerca el cadáver de Marion, y vio algo que Carlos había pasado por alto. Sobre el pecho de la hija del difunto presentador, entre sus senos y el ombligo, descansaba uno de los viales de la vacuna ЯЭGENЄR. Justo debajo, había una pequeña nota manuscrita, que decía lo siguiente: “Os lo devuelvo. Creo que ya no me va a hacer falta”.

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

22 de enero de 2009

 

Las nubes cubrían el cielo a esa hora de la tarde, y se había levantado algo de viento, lo que hacía que el frío que les acompañaba desde el alba aún fuera más acusado. Por fortuna, el pequeño brasero que había instalado en el centro de día, sumado al calor corporal de todos sus inquilinos, mantenía la estancia donde descansaban los bebés en una temperatura bastante aceptable.

Marion echó unas gotas de leche sobre el dorso de su mano, y tras comprobar que la temperatura era correcta procedió a darle de beber a uno de los bebés: un niño especialmente pequeño de corto y negro cabello ensortijado. Ella apenas podía distinguir a unos de otros, y si lo hacía era más por la posición de su cuna en la habitación que por su aspecto físico. La única que realmente les reconocía sin problemas era Zoe, pero ella debía estar ya donde Abril, a media isla de distancia. De todos modos, no hacía falta distinguir a los bebés ni recordar sus nombres para cuidar de ellos. Si bien era un trabajo muy laborioso, ya no tenía secretos para ella, y al contar los bebés con una salud de hierro gracias a la vacuna que recibieron al poco de nacer, no había mucho de qué preocuparse. Con tenerles limpios, darles de comer y dejarles gatear un poco de vez en cuando, había más que suficiente.

La hija del difunto presentador escuchó algo de ruido a su espalda y dedujo que se trataría de Ío. El bebé que sostenía en sus brazos se alimentaba con quizá excesivo entusiasmo, y Marion no se molestó siquiera en girarse, pues aún tenía mucho trabajo por delante. Era la hora del biberón, y aunque en ese momento estaban todos los demás bebés bastante tranquilos, lo cual no era tampoco muy frecuente, más de uno se había despertado, y no tardarían en pedir su ración. No había tiempo que perder, si no pretendía volverse loca con un coro de agudos llantos.

Ambas habían acordado turnarse en el cuidado de los bebés, conscientes que más tarde o más temprano tendrían que dormir, y que nadie más las podría cubrir, pues los demás estaban ya muy lejos de ahí y aún tardarían al menos un día entero en volver. Pese a que las dos sabían que Juanjo seguía en el barrio, ni se molestaron en sugerir a la otra ir a buscarle para que les echase una mano, aunque estaban convencidas de que, incluso a regañadientes, acabaría accediendo. La relación con el banquero, por parte ya no sólo de ellas dos si no de todos los demás supervivientes que vivían en Bayit, se había enfriado sobremanera desde la llegada de Fernando. Actualmente era más un extraño viviendo en la periferia que parte de la comunidad. Y a nadie parecía molestarle en absoluto.

Ío hacía unos minutos que se había ido a echar una siesta, y no volvería al centro de día hasta que se pusiera el sol. Eso había sido lo acordado. Una vez lo hiciera, Marion le tomaría el relevo y se iría a dormir unas horas, durante las cuales Ío, que ya habría tenido ocasión de descansar, haría guardia con ellos. Era lo habitual: el ritual interminable al que se habían acabado acostumbrado, aunque ahora dos personas debían cubrir el trabajo de doce, y no podían hacerlo por parejas si pretendían dormir algo, lo cual resultaba todavía más aburrido. Marion no comprendía por qué la joven había vuelto, pero no le dio demasiada importancia. Tenía demasiadas cosas de las que preocuparse para ello.

MARION – ¿Qué se te ha olvidado ya? Oye… ¿Sabes qué? He estado pensando y… creo que voy a llamar a Carlos. A estas horas… ya deben haber llegado. De hecho… me extraña que no nos hayan llamado, ya. Pero bueno… Yo… es que… No… No paro de pensar en la discusión que tuvimos antes. Quizá… fui demasiado dura con él. No sé… estoy muy sensible estos días, y… no es con él con quien tengo que pagarlo, y… me sabe mal. Me ha quedado mal cuerpo, ¿sabes? Por lo menos, me gustaría que pudiéramos hablar… un ratillo. ¿Tú…? ¿Tú podías quedarte aquí un momento, en lo que subo al ático? Será… nada, cinco minutos como mucho. Te prometo que no tardo más. Pero… así me quedaré más tranquila.

Pese a escuchar la respiración y notar la presencia de quien había entrado a la sala, no obtuvo respuesta alguna. Frunció ligeramente el ceño. Pese a que aún quedaba medio biberón, el bebé parecía haber saciado su sed. Marion lo dejó con delicadeza sobre la cuna. Se le cerraban los ojos: pronto se quedaría de nuevo dormido. Era el momento de ir a por el siguiente.

MARION – ¿Me estás oyendo?

No fue hasta entonces que se dio cuenta que había estado hablando sola. Soltó una pequeña risotada, al tiempo que hacía un gesto negativo con la cabeza.

MARION – ¡Pero qué idiota soy! ¿Cómo me vas a oír?

Marion sonrió de nuevo, consciente al mismo tiempo del ridículo de la situación, como del hecho que Ío jamás se enteraría de que se había pasado casi un minuto hablando sola. No fue hasta entonces que se giró. La sonrisa que se había dibujado en su rostro se quedó helada instantáneamente al comprobar que la persona que había en el umbral de la puerta, con la que había estado hablando, no se trataba de Ío.

La hija del difunto presentador reconoció a esa persona al instante, y ello hizo que el biberón que sostenía cayese al suelo, formando un sonoro estruendo al romperse en mil pedazos, desperdigando trocitos de cristal y leche por todo el suelo. Con el ruido del golpe, un par de bebés se despertaron y comenzaron a llorar. Marion pareció empatizar en cierto modo con ellos, pues un gran lagrimón emergió prácticamente al mismo tiempo de su ojo derecho, al tiempo que su mandíbula inferior comenzaba a traquetear incontrolablemente.

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Inmediaciones de la mansión de Nemesio, isla de Nefesh

22 de enero de 2009

 

CARLOS – ¿No teníais dos coches aquí?

Abril chistó con la lengua al tiempo que se rascaba la nuca, contrariada. Estaba empezando a infectarse del nerviosismo del instalador de aires acondicionados, pese a que creía que no había motivo para ello. Pequeñas nubes de vapor de aire se formaban frente a sus bocas debido al frío que reinaba en el ambiente. Bárbara y Zoe deambulaban por el cobertizo, algo inquietas también. El olor a excrementos de animales estaba bien presente.

ABRIL – Sí… bueno. Debe haberse llevado la pickup para poder coger más madera. No… La verdad es que no suele hacerlo, pero… Yo qué sé, este hombre no deja de sorprenderme. Al igual aparece de aquí cinco minutos con media tonelada de leña y dice que se le ha ido el santo al cielo como la otra vez, tampoco creo que haya que…

CARLOS – ¿Dónde guardáis la gasolina?

La médico frunció ligeramente el ceño por el tono de la pregunta, ahora ya convencida que Carlos estaba excediéndose en su actitud. Él estaba muy serio.

ABRIL – Ahí atrás, en un armario amarillo, grande, al fondo.

Bárbara y Abril cruzaron sus miradas al ver cómo Carlos se dirigía al trote hacia donde la médico había señalado. La expresión ceñuda de la cara de Abril se tornó en sorpresa cuando el instalador de aires acondicionados abrió ambos portones del armario al mismo tiempo. Se dirigió hacia ahí a toda prisa. Bárbara y Zoe la siguieron.

ABRIL – No puede ser…

Carlos respiró hondo, tratando de tranquilizarse. Era incapaz de comprender el motivo de sus sospechas, pero tenía un muy mal presentimiento.

CARLOS – ¿Qué? ¿Qué es lo que pasa?

ABRIL – Sólo quedan dos garrafas. Teníamos como… yo qué sé… veinte, por lo menos.

CARLOS – ¿Cuándo fue la última vez que mirase aquí dentro?

Abril negó con la cabeza, observando con atención el armario casi vacío, aún sin ser capaz de dar crédito.

ABRIL – Eso no importa, Carlos. Hemos podido gastar una o dos, desde la última vez que miré, para el generador portátil, pero… esto no tiene sentido. Si ha ido a por leña, puede haber cogido una, o un par a lo sumo, pero no semejante cantidad. Aquí hay algo que no me cuadra.

CARLOS – Yo lo veo bastante claro.

ABRIL – Pues explícamelo, porque yo no entiendo nada.

CARLOS – Ezequiel se ha ido con el coche, y no creo que tenga intención de volver.

ABRIL – No… Si estaba deseando veros. No hablaba de otra cosa. No tiene sentido que se haya ido… así, de sopetón, sin avisar. Además… ¿A dónde diablos se ha ido? Tampoco es que haya muchos más sitios a los que ir…

CARLOS – No lo sé, Abril. No lo sé. Pero yo me voy. Hasta que no sepa qué es lo que ha pasado con la radio, ahí en el barrio, no me voy a quedar tranquilo.

ABRIL – Pero…

CARLOS – Si volviera, llámanos, ¿vale?

ABRIL – ¿Quieres decir que no…?

Carlos dejó a la médico con la palabra en la boca y pasó de largo, hacia la entrada del cobertizo. Por más que se esforzaba en hacerlo, le resultaba imposible no relacionar ambos hechos, y se estaba empezando a poner de muy mal humor.

BÁRBARA – ¡Voy contigo!

El instalador de aires acondicionados se giró, cruzó su mirada con la de la profesora durante un instante, y prosiguió. Ella le imitó. Justo antes de desaparecer de su campo de visión, Bárbara se dirigió a Abril.

BÁRBARA – ¡Dile a mi hermano que me he tenido que ir, por favor!

La médico asintió vagamente, aun cuando Bárbara ya no la podía ver. Con las prisas y el nerviosismo, nadie se había percatado que Zoe ya no estaba con ellos.

Cuando Abril volvió a la mansión, enseguida descubrió que los demás se habían congregado alrededor de la chimenea. Era un día bastante frío, y al amparo del crepitar de las llamas era sin lugar a dudas donde mejor se estaba.

PARIS – ¡Por fin! ¿Dónde os habíais metido?

ABRIL – Hemos salido un momento fuera… donde los animales.

Paris puso los ojos en blanco. Había venido principalmente para demostrarse a sí mismo que podía enterrar el hacha de guerra con la médico, y al llegar y ver cómo desaparecía, sin siquiera dirigirle la palabra, se le habían quitado las ganas.

PARIS – ¿Y Carlos y Bárbara? ¿Se han quedado ahí o qué?

Abril negó con la cabeza. Todos la miraban, algunos extrañados por su expresión desnortada y algo compungida, otros sólo con curiosidad.

ABRIL – No. Se han… Han vuelto a Bayit.

CHRISTIAN – ¿A Bayit a qué? ¡Pero si acabamos de llegar!

GUILLERMO – ¿Mi hermana se ha ido sin decirme nada?

ABRIL – Me dijo que… te avisara de…

DARÍO – ¿Y por qué se han ido tan apresuradamente?

ABRIL – No… No funciona bien la radio, y… no ha habido manera de hablar con Marion. Carlos se ha empezado a preocupar y… ha decidido ir a ver qué es lo que pasa, y ella se ha ido con él.

MAYA – ¿Y Esequiel, dónde está?

La médico respiró hondo, algo superada por la situación. Le estaba poniendo de los nervios semejante interrogatorio, y además se sentía culpable, como si en cierto modo les estuviera engañando.

ABRIL – Fue a buscar leña. Debe estar al caer…

GUSTAVO – ¿Cuándo vamos a comer? Yo tengo hambre.

Olga le dio un manotazo en el hombro, y él la miró con el ceño fruncido. No había hecho más que verbalizar lo que todos estaban pensando.

PARIS – ¡Mira! El primero que dice algo inteligente.

ABRIL – Sí… Sí. Será mejor que comamos. He preparado un montón de cosas… muy ricas. Venid al comedor… Acompañadme, por favor.

La médico volvió sobre sus pasos, y uno a uno, todos fueron siguiéndola en procesión hacia el gran comedor, pasando de largo por el vestíbulo principal. Christian y Maya fueron los últimos en abandonar la cálida estancia. Ambos cruzaron una mirada cómplice, convencidos que algo no andaba del todo bien, pero  incapaces de averiguar de qué se trataba.

Durante las siguientes horas no tuvieron noticia alguna ni de los unos ni del otro.

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

22 de enero de 2009

Ío respiró hondo y acto seguido soltó el aire con un ligero gimoteo nervioso. Se abrochó el último botón del pantalón y salió del cuarto de baño. Era la tercera vez que se cambiaba la compresa ese día y la segunda que se mudaba de ropa interior, pero aún así seguía sintiéndose incómoda, sucia. Caminó arrastrando los pies y salió al rellano del bloque de pisos. De no haber sido sorda, habría escuchado claramente unos sonoros pisotones bajando las escaleras, que se volvieron atropellados tan pronto reinó en el lugar el eco proveniente de la puerta de su piso al abrirse.

Juanjo tropezó en el último escalón, con las prisas, y cayó de bruces al suelo, golpeándose la cabeza contra el suelo al tiempo que profería un grito asustado. Esperaba que tanto Ío como Marion estuvieran en el centro de día al cuidado de los bebés, y descubrir que no estaba solo en el bloque le había puesto francamente nervioso. Se levantó atropelladamente y se llevó una mano temblorosa a la ceja. Chasqueó la lengua al notar algo de humedad y maldijo entre dientes al revisar su mano y ver que estaba manchada de sangre. Se había hecho un buen corte, que no paraba de sangrar.

El banquero se llevó la mano al bolsillo, sacó un pañuelo de tela con algunos mocos resecos y se lo llevó a la ceja, tratando así de parar la hemorragia, que le había obligado a cerrar el ojo derecho para evitar que le entrase la sangre. Maldijo de nuevo entre dientes, con el eco de las pisadas de la joven de los pendientes de perla bajando las escaleras, y salió a toda prisa a la calle, notando una bofetada de aire frío en la cara. El pañuelo estaba empezando a empaparse, y pronto resultaría inútil. Consciente de que no tenía mucho tiempo, corrió al extremo opuesto de la calle.

Ío bajó tranquilamente las escaleras, ajena al ruido de la escalera, pensando en todos los que se habían ido a visitar a Abril hacía escasos quince minutos, arrepintiéndose de nuevo por no haber ido con ellos. La suya había sido una decisión tomada en el último momento. Se sentía mal por el advenimiento de su primera menstruación, y se le antojaba tedioso el viaje que sus compañeros acababan de iniciar, pero era consciente que lo que le esperaba en el barrio no era mucho mejor. Cuidar de los bebés prácticamente ininterrumpidamente, además de tener que dormir en el centro de día, no entraba dentro de sus preferencias en esos momentos. Pero estaba dispuesta a hacerlo, sin proferir queja alguna.

Pese a pasar por encima, no se dio cuenta de las gotitas de sangre que había en el portal, frente a aquél gran espejo. Al salir vio por el rabillo del ojo cómo se cerraba del todo la puerta del parking que daba acceso a la calle larga, a la que no había acudido desde hacía más de una semana. Frunció ligeramente el ceño. Sabía a ciencia cierta que Marion estaba en el centro de día; ella misma venía de ahí, de donde se había ausentado hacía menos de cinco minutos. En el barrio, a excepción de los bebés, tan solo quedaban ellas dos y Juanjo. Dedujo que se trataría del banquero, aunque no acababa de comprender qué se le había perdido en esa zona del barrio; hacía mucho tiempo que vivía solo en su casa de las afueras, sin acercarse siquiera a saludar. Sin embargo, no le dio mayor importancia y continuó su camino. Tenía demasiadas cosas en las que pensar como para preocuparse de aquél hombre al que detestaba, el único, junto con Paris, cuya presencia aún no había aprendido a tolerar.

Juanjo esperó pacientemente unos segundos al otro lado del portón de acceso al parking, temiendo haber despertado las sospechas de quien quiera que estuviese en el bloque cuando él bajaba del ático. Aguzó mucho el oído, mientras la sangre, que ya había empapado el pañuelo, goteaba sobre su chaqueta de plumas de oca. Para su tranquilidad, no ocurrió absolutamente nada. Nadie se acercó a preguntar qué hacía ahí. Poco después, prosiguió su camino, de vuelta a la casa de la que se había vuelto ermitaño.

Cuando Ío entró en la sala donde se encontraban los bebés, Marion se dio media vuelta rápidamente, dándole la espalda, y se enjugó una lágrima a escondidas de ella. Ío ocupó el lugar que había abandonado y procedió a cambiar a uno de los bebés, mecánicamente. Era un trabajo tedioso, con tantos pequeños exigiendo atención en todo momento, pero había aprendido a acostumbrarse, y ahora ya lo hacía prácticamente sin pensar. La hija del difunto presentador abrió los ojos como platos durante unos segundos, pretendiendo así secárselos y que no resultase tan evidente que había estado llorando, y acto seguido se acercó a ella. Tragó saliva.

MARION – ¿Te encuentras bien, Ío? Tienes mala cara.

La joven asintió, perpetuando su costumbre de comunicarse sin abrir la boca. Marion había preguntado únicamente por cortesía, y esa respuesta le resultó más que suficiente. Ambas se aguantaron la mirada durante unos segundos, que pronto se volvieron incómodos.

ÍO – ¿Y tú?

La hija del difunto presentador suspiró, echó un vistazo al suelo y dirigió de nuevo su mirada a Ío, mostrando una sonrisa falsa.

MARION – Sí, sí. Yo estoy la mar de bien.

Ío asintió de nuevo, consciente tanto de no haber convencido a Marion con su respuesta, como de que ella tampoco había dado crédito a la suya. Esa fue toda la conversación que tuvieron en varias horas, a excepción de algún comentario pasajero en referencia al cuidado de los bebés, al que las dos se habían ofrecido, pero que aborrecían sobradamente. Ambas tenían mucho en lo que pensar, y agradecieron el silencio que les brindaba la otra, ignorantes de que lo que mejor les hubiese venido en ese momento era precisamente compartir sus frustraciones, y echar alguna que otra lágrima en hombro ajeno.

1130

 

De camino a la mansión de Nemesio, isla de Nefesh

22 de enero de 2009

 

BÁRBARA – Oye, ¿y por qué no la llamas ahora que lleguemos, y ya está?

Carlos, desde su posición tras el volante, miró de reojo a Bárbara. La profesora había ocupado el asiento del copiloto después de aquél accidental encuentro con media docena de infectados en el que Paris demostró una vez más que aún no había recuperado del todo la cordura. Después que acabase con el último, tras saltar del coche prácticamente en marcha, y luego de una acalorada y tensa discusión con Carlos, el dinamitero había cedido a regañadientes su asiento a la profesora. Ahora se encontraba en la parte trasera de la furgoneta, con los demás. Desde ahí apenas se veía el exterior, tan solo a través de unas pequeñas rejillas horizontales en las planchas metálicas que Fernando había instalado en las ventanillas.

CARLOS – Pues sí… Lo haré. Me ha quedado mal cuerpo irme… así, de esa manera. Después de… No es que no hayamos discutido nunca antes, porque lo hemos hecho, y… mucho más acaloradamente, pero… no sé, Bárbara. Últimamente la veo… más rara, como más apagada, más triste que de costumbre, y…

La profesora se sentía mal al no poder explicarle el motivo por el que Marion se comportaba así, del que tan solo ella era conocedora, pero no tenía intención alguna de romper su pacto de silencio con la hija del difunto presentador.

BÁRBARA – Estará bien. Tú sólo llámala, y… así te quedas tranquilo. Y ella también se sentirá mejor, si ve que te preocupas.

El instalador de aires acondicionados asintió, y se desvió un poco del camino para esquivar el cuerpo medio descuartizado de lo que parecía un burro. El frío de las últimas semanas y las heladas nocturnas le habían conservado en relativo buen estado, pero resultaba evidente que no era un cadáver reciente. Entre todos cundía la sensación que los infectados estuviesen aletargados por el frío, y no fuesen tan activos en esta época del año. Era un hecho que las visitas al barrio eran cada vez menos frecuentes. La realidad era mucho menos halagüeña, o obstante: pese a que hacía mucho tiempo que no reiteraban en sus rondas de limpieza, éstas habían sido muy efectivas, y habían acabado con más de la mitad de los infectados de la isla.

No tardaron mucho más en llegar. No en vano, tan solo habían encontrado compañía durante el trayecto en esa única ocasión que condenó a Paris a la trasera de la furgoneta. Carlos conocía muy bien el camino y cada vez recortaba más el tiempo sobre ruedas.

Entraron como de costumbre, por la puerta de servicio. La pequeña nube que emergía de la chimenea delataba que dentro no pasarían frío, al menos mientras se mantuvieran cerca del fuego. Uno a uno fueron entrando en aquella mansión centenaria. Carlos fue el primero en dar con la médico, que tal como él sospechaba, se encontraba en la cocina. Abril estaba muy concentrada en su tarea, amasando algo parecido a una base de pizza de gran tamaño, con las manos manchadas de harina, cuando el ruido junto a la puerta le llamó la atención.

ABRIL – ¿Ezequiel?

Carlos se asomó, con una amplia sonrisa en el rostro. Había algo en esa mujer que siempre le ponía de buen humor.

CARLOS – ¡Hola!

La médico se giró. Chocó una mano contra la otra para deshacerse del exceso de harina, y una nube de polvo blanco se formó frente a su cara. Ella se apartó un poco, parpadeando repetidamente. Bárbara, Christian y Maya entraron a la cocina.

ABRIL – ¡Hombre! ¿Ya habéis llegado? Os esperaba algo más tarde.

CARLOS – Qué va. Si el camino ha sido la mar de tranquilo. Apenas hemos encontrado compañía.

ABRIL – Ah mira. Me alegro. Eso siempre es buena señal.

BÁRBARA – Bueno, ¿y vosotros qué tal estáis? ¿Dónde está tu famoso amigo, el que tantas ganas tenía de vernos?

ABRIL – Mira, ni me hables, ¿eh? Estoy enfadada como una mona.

CARLOS – ¿Qué pasa?

ABRIL – El tío este. Que ha vuelto a desaparecer. Ha vuelto a hacer lo mismo. Lo mismo que la última vez. Esta mañana, me dijo que se iba a buscar leña, porque dice que quedaba poca, para la chimenea y… la lumbre. Y… que no ha vuelto. Mira las horas que son, y todavía no ha vuelto. No tengo ni idea de dónde diablos puede haber ido.

Poco a poco, las voces de los demás, charlando unos con otros, formaron una miríada de ecos en aquella casa vieja. Bárbara se sorprendió al ver la expresión ceñuda en la cara de Carlos.

CARLOS – Pero… ¿a qué hora se fue?

ABRIL – Yo qué sé… se fue que no hacia ni una hora que había amanecido. Ha tenido tiempo de sobra de talar medio bosque.

CARLOS – Joder… ¿Pero se puede saber qué le pasa a este hombre? Parece que nos quiera tomar el pelo.

Bárbara asintió mecánicamente. De haber sido la primera vez, estarían más preocupados por su suerte que por su ausencia, pero algo empezaba a oler mal. Ella tampoco acababa de entender lo que ocurría. Había sido el propio Ezequiel quien les había citado, con la intención de conocerse definitivamente, tras los anteriores intentos fallidos. Que desapareciese de nuevo en idénticas condiciones no albergaba el menor sentido para ella.

ABRIL – Os he estado llamando, varias veces, para avisaros, por si todavía no habíais salido, pero… supongo que ya era tarde.

CARLOS – No. Marion e Ío se han quedado en el barrio, con los bebés. La niña… la niña vale que no haya escuchado nada, pero Marion seguro que sí que tiene que haberlo oído. Eso suena que parece que se vayan a romper los cristales. Tienen que estar en el centro de día, y eso está justo debajo del piso de Bárbara. No tiene pérdida.

ABRIL – Pues te puedo asegurar que nadie lo ha cogido.

Carlos respiró hondo, y soltó el aire sonoramente entre los labios, con los dientes apretados.

ABRIL – Pero… que habré llamado tres o cuatro veces. Al igual… en ese momento no estaba cerca. Y… si me dices que estaba Ío con los bebés, es muy fácil que ella no haya escuchado nada.

El instalador de aires acondicionados negó con la cabeza. Bárbara tragó saliva. Los demás se habían repartido entre el salón principal, donde se encontraba la chimenea humeante, y la cocina. Muchos estaban deseosos de saludar a Abril con un abrazo y dos sonoros besos en las mejillas, pero prefirieron no perturbar la conversación.

CARLOS – No… No, no. ¿Puedo usar la radio?

ABRIL – Sí, claro.

Llamaron durante más de cinco minutos ininterrumpidos. Bárbara y Zoe estaban sentadas en la cama, codo con codo, observando con un nudo en el estómago el creciente nerviosismo de Carlos. Abril se encontraba a su vera, y se sentía increíblemente impotente por no poder darle una mejor respuesta.

CARLOS – Voy a ir. Necesito saber qué pasa.

ABRIL – Pero quieres decir que…

CARLOS – No. Me voy. Tengo un mal presentimiento.

ABRIL – No seas inconsciente. Se te va a hacer de noche con el coche.

CARLOS – Me da lo mismo. Es la única manera de que me quede tranquilo.

Las tres se quedaron atónitas al ver cómo el instalador de aires acondicionados salía por la puerta al trote.

BÁRBARA – Carlos. ¡Carlos espera, hombre!

Abril y Zoe se miraron la una a la otra, al tiempo que Bárbara salía a toda prisa del dormitorio.

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

22 de enero de 2009

 

Christian trasteaba con sus herramientas en el motor de la furgoneta bajo la atenta mirada de Fernando. No hubiera hecho la menor falta esa última revisión antes del viaje, pues el vehículo estaba en perfectas condiciones, pero Fernando quería poner a prueba a su pupilo. Al parecer se le estaba dando bastante bien. El vehículo ahora más bien parecía un pequeño tanque en miniatura, absolutamente inescrutable para los infectados. El mecánico se sentía increíblemente orgulloso de su trabajo, y estaba ansioso por poder comprobar qué tal funcionaba fuera de los muros de aquella pequeña colonia que se había convertido con el tiempo en una nueva celda en la que vivir, mucho más espaciosa y concurrida que la que compartía con Christian en Kéle, pero no por ello menos claustrofóbica.

Estaban prácticamente todos congregados en el patio de la escuela, alrededor de la furgoneta, bien abrigados, charlando distendidamente. Tan solo faltaban Maya y Marion, que estaban a punto de acabar su último turno al cargo de los bebés. Incluso Paris se había apuntado a la excursión relámpago al campo, para sorpresa de todos. Al parecer, la visita de Abril de primeros de año había suavizado mucho su trato con ella, y él, en esos momentos, hubiese matado por romper la tediosa monotonía en la que se había convertido su vida las últimas semanas. Estaba impaciente por partir.

La joven de los pendientes en forma de perla se despidió de sus compañeros y se dirigió al centro de día. Olga había decidido, unilateralmente, que ella y su hermano se quedarían en el barrio al cuidado de los pequeños mientras los demás se dirigían a la mansión de Nemesio. Gustavo no estaba muy de acuerdo, pero tras más de una discusión con ella, había acabado dando su brazo a torcer, aunque sólo fuese por no oírla. A Juanjo hacía varios días que nadie le vía el pelo. Vivía recluido en su casa al final de la calle larga, y ya no acudía siquiera a comer con ellos, mucho menos a cuidar de los bebés. Nadie parecía echarle en falta, no obstante.

Tan pronto Maya y Marion llegaron al patio de la escuela, Fernando liberó a Christian de su trabajo y ocupó su asiento tras el volante. El sutil ronroneo que escuchó al arrancar el motor le dibujó una sonrisa en el rostro. Christian y Maya entraron por los portones traseros, para encontrarse con Carla y Darío, que llevaban ya un tiempo dentro.

La hija del difunto presentador se acercó a Carlos con la cabeza gacha. Él frunció ligeramente el ceño, pero se limitó a pasarle la mano por encima del hombro, atrayéndola hacia sí. Le dio un beso en los labios, que ella no correspondió.

CARLOS – Venga, vamos. Que al final se nos va a hacer de noche.

Marion protagonizó un gesto negativo, aún con la cabeza gacha.

MARION – Carlos… Lo he estado pensando. No voy a ir.

Le había dado muchas vueltas las últimas horas, y había acabado tomando una decisión en firme. Temía que Abril detectase su embarazo y lo hiciera público. Por ahora, únicamente ella y Bárbara estaban al corriente, y Marion no tenía intención de que eso cambiase. Además, tampoco se encontraba del todo bien para hacer un trayecto tan largo confinada en un espacio tan reducido con tanta gente. Necesitaba aire, tranquilidad, y mucho tiempo para pensar, y no obtendría nada de eso si iba con ellos.

CARLOS – ¿Qué dices? Pero si estabas deseando salir de aquí. Llevas días quejándote de que te agobia estar aquí encerrada todo el día. Va, súbete, que al final se nos va a hacer tarde. Tenemos que aprovechar al máximo las horas de sol y ya es casi mediodía.

La cogió del hombro, tratando de llevársela consigo a la parte trasera de la furgoneta, pero Marion se mantuvo inmóvil. Carlos empezaba a impacientarse. Estaba algo nervioso, muy interesado por conocer la identidad de aquél hombre que hacía tanto tiempo que vivía con Abril, pero con el que no se habían cruzado una sola vez. Mucho más al haber sido iniciativa de él el encuentro. Marion se llevó el puño cerrado a la boca y ocultó algo a medio camino entre una tos y un eructo.

MARION – Que no, Carlos. Ya lo he hablado con Olga. Me quedaré yo aquí, y así podéis ir vosotros.

CARLOS – ¿Tú sola te vas a quedar?

Marion tragó saliva y asintió. Estaba convencida de ello, y no le estaba gustando la respuesta de Carlos.

MARION – Alguien tendrá que quedarse al cargo de los bebés. Y… a Gustavo le hacía mucha ilusión ir. Ya lo oíste ayer.

Carlos rió entre dientes. Marion parecía muy seria.

MARION – ¿Qué te hace tanta gracia?

CARLOS – Nada, nada. Quiero decir… Tampoco es que sea… uno de tus puntos fuertes, cuidar de los bebés.

Marion enrojeció al instante, visiblemente ofendida. Carlos tan solo pretendía romper un poco la tensión del momento con una pequeña chanza, haciendo referencia a la aversión de la hija del difunto presentador al olor a las heces o a aquella vez que uno de los bebés le orinó encima a modo de fuente. Enseguida se dio cuenta de su error, pero ya era tarde para enmendarlo.

MARION – Vete a la mierda, ¿quieres?

Carlos forzó de nuevo la sonrisa.

CARLOS – Va mujer, que era una broma. Vente, que así te distraerás. Nos lo pasaremos bien, ya verás.

MARION – ¡Que te he dicho que no! ¿Qué es lo que no has entendido?

El instalador de aires acondicionados se puso serio. Era una persona afable, pero no le gustaba que le levantaran la voz.

CARLOS – Oye, relájate un poquito, ¿quieres?

MARION – Relájate tú. Qué maldita obsesión porque me venga.

CARLOS – Habíamos quedado que vendrías. Joder, ¡si tienes hecha hasta la maleta!

MARION – Pues me lo he pensado mejor.

CARLOS – Pues vale, pues quédate aquí y muérete del asco limpiando cacas si eso es lo que quieres.

MARION – ¡Pues es lo que haré! ¿Sabes qué? ¡Olvídame!

Para entones, la enorme mayoría de los presentes ya se les habían quedado mirando, sorprendidos por la creciente tensión en la discusión. Bárbara cruzó su mirada con la de Carlos y se acercó a él al tiempo que Marion se daba media vuelta y se iba por donde había venido. Nadie se dio cuenta que estaba llorando.

BÁRBARA – ¿Qué le pasa?

CARLOS – Y yo que sé. Que dice que se lo ha pensado mejor, y que no viene.

La profesora reflexionó durante unos segundos, creyendo conocer el motivo, el tiempo suficiente para hacer que Carlos volviese a fruncir el ceño.

BÁRBARA – Bueno, déjala. Total, mañana por la tarde vamos a estar aquí de vuelta. Si no quiere venir que no venga.

CARLOS – Pues sí. Tienes razón, Bárbara. Ella se lo pierde. Vayámonos.

Uno a uno, todos fueron entrando a la furgoneta. Pese a que no era un espacio especialmente pequeño, enseguida comenzó a resultar agobiante estar ahí dentro. Por fortuna, el calor corporal les ayudaría a olvidar el frío del invierno durante el trayecto. Carlos fue ayudando a todos a subir. Incluso a Olga, que había recogido algo de ropa y su mochila de supervivencia en el último momento y se había sumado al grupo, no muy convencida aún, junto a su contento hermano. Ío, que había estado sentada sola en un banco, no muy lejos de ahí, se acercó a Carlos con paso dubitativo.

ÍO – Yo tam-poco iré. No me en-cuen-tro del to-do bien.

CARLOS – ¿Tú tampoco?

Ío asintió. El instalador de aires acondicionados arrugó los labios, contrariado.

CARLOS – Bueno… Como quieras. Vete con Marion, que le vendrá bien un poco de ayuda.

La joven del cabello plateado asintió, y se alejó de ellos. Carlos se giró, y se dirigió a quienes ya habían ocupado su asiento en la parte trasera de la furgoneta. Paris se encontraba delante, charlando con Fernando.

CARLOS – ¿Alguien más quiere quedarse aquí?

Nadie respondió, y ello le dejó algo más tranquilo. Acto seguido tomó asiento tras el volante, y Fernando se encargó de abrir el portón de acceso para que la furgoneta pudiese salir. Él hubiera preferido conducir, pero Carlos era quien mejor conocía el camino. Una vez el mecánico cerró de nuevo la puerta y ocupó su asiento en uno de los bancos, Carlos puso rumbo a la mansión de Nemesio.

3×1128 – Pupilo

Publicado: 12/12/2017 en Al otro lado de la vida

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Obra abandonada en el barrio de Bayit

22 de enero de 2009

 

ZOE – ¡No!

Morgan gruñó, molesto, bufando por la nariz, pero acató la orden de la niña. Soltó la mochila, que cayó aparatosamente al suelo. El sonido metálico de la pistola que había en su interior hizo que Zoe reflexionase sobre su ya inútil costumbre de llevarla consigo a todos lados. Era evidente que el infectado lo que buscaba era más comida, al haber visto a la niña sacar de ahí en más de una ocasión. Ella sonrió, orgullosa de su logro, y como recompensa le entregó otra aceituna. Al policía le encantaban. Si bien la comunicación era muy complicada, Morgan cada vez comprendía mejor sus órdenes, y poco a poco las acataba.

Pese a que los avances eran muy lentos, la pequeña había conseguido enseñarle muchas cosas a Morgan desde que empezó a escaparse de madrugada para estar con él. Últimamente no necesitaba dormir mucho para descansar, y aprovechaba las horas alrededor del alba para acercarse a la obra abandonada y pasar tiempo con el policía. Desde órdenes sencillas como mandarle avanzar o pararse durante sus paseos en el solar de la obra, ponerse en pie o sentarse, hasta jugar pasándose una pelota el uno al otro, el progreso no parecía tener fin. El policía, pese a su naturaleza dispersa, aprendía muy rápido, y Zoe estaba convencida que con el tiempo conseguiría incluso enseñarle a hablar, pese a que todo intento hasta el momento había resultado absolutamente estéril.

Tan solo había venido en una única ocasión más en compañía de Christian desde la primera vez, cuando descubrió que los infectados la trataban como una igual. Ella confió en él ese secreto, y Christian se mostró bastante escéptico, insistiendo en que no se confiase. Ella estaba convencida que lo que tenía era envidia, y por eso se esforzó en no volver a sacar el tema. Desde entonces, y pese a que habían pasado mucho tiempo juntos, la mayor parte al cuidado de los bebés, no volvieron a hablar de Morgan.

ZOE – Ahora siéntate, que me tengo que ir.

El policía eructó, pero no se movió de donde estaba. La niña de la cinta violeta en la muñeca hizo un gesto con su mano derecha, señalando la tumbona y haciendo movimientos descendentes. Eso lo habían practicado mucho el día anterior. Morgan pareció comprender ahora a lo que se refería, y tomó asiento. Entendía mucho mejor los gestos que las órdenes verbales. Las dos aceitunas que obtuvo en recompensa por su acción hicieron que ésta valiera la pena. Zoe se dio media vuelta y caminó hacia la entrada. Junto a la puerta descansaba el barreño con el agua ya sucia y la esponja con la que la niña le había estado aseando a conciencia esa misma mañana. Abrió la puerta y se dio media vuelta. Morgan seguía ahí sentado, mirándola con aquella expresión curiosa que hacía entrever un atisbo de inteligencia en aquellos ojos inyectados en sangre.

ZOE – Hasta luego, Morgan.

Zoe cruzó el umbral de la puerta, y al salir se vio en la obligación de cerrar con fuerza los ojos, molesta por el exceso de luz. Por fortuna, había encontrado una solución a ese problema hacía cosa de una semana. En realidad, la idea fue de Olga, que se lo sugirió una tarde que estaban jugando a juegos de mesa en su casa. Ahora Zoe iba a todos lados con unas gafas de sol, con las que servía a dos propósitos: por una parte conseguía paliar en gran medida la molestia que la luz solar ejercía en sus ojos de infectada, y por otra, evitaba que les demás pudiesen ver aquellos tenebrosos ojos rojizos que tanto la avergonzaban. Si bien no podía solucionar ese problema, al menos así suavizaba sustancialmente sus principales efectos nocivos.

Pese a que había salido rayando el alba, como era habitual en ella los últimos días, se le había hecho algo más tarde que de costumbre, y temía que alguien pudiese sorprenderla al volver al barrio. La niña se puso las gafas de sol y se giró al notar que Morgan la había seguido. El infectado se encontraba a un paso de ella, frente la puerta. Ladeó ligeramente la cabeza. Parecía triste.

ZOE – No, Morgan. Lo siento, pero no podemos pasear ahora. Me tengo que ir, que hoy vamos a visitar a Abril. Tú no la conoces, pero es una mujer muy buena. Es médico, y nos ha cuidado mucho desde que la conocimos. Además, si me quedo más tiempo, se van a preocupar. Y pueden empezar a sospechar.

Morgan observaba a la niña casi sin pestañear. Cualquiera hubiera podido creer que le estaba prestando atención e incluso entendiendo lo que decía, de no haber sabido que eso era imposible.

ZOE – Te tendrás que quedar aquí, pero en cuanto vuelva me pasaré a verte, ¿vale?

El infectado sorbió los mocos formando un gran escándalo. Zoe no pudo evitar reír. Morgan eructaba y soltaba ventosidades sin el mejor reparo, y eso a ella le resultaba hilarante.

ZOE – Qué asqueroso eres.

La niña se acercó al infectado y le brindó un beso en la mejilla. Morgan se dejó hacer. Cuando Zoe le sujetó por el brazo y le llevó de nuevo al extremo opuesto de la caseta de obra, Morgan tomó asiento de nuevo en aquella vieja tumbona. Al principio, a Zoe le había resultado muy chocante tal nivel de sumisión, pero ahora le parecía lo más normal del mundo. No en vano, ella lo que quería no era humillarle, si no reeducarle, y recuperar al amigo que le había salvado la vida en aquél río hacía tanto tiempo. Pese a que sabía perfectamente que eso no lo podría conseguir jamás.

En esta ocasión Morgan no la siguió. Zoe cerró tras de sí y abandonó la obra de bastante buen humor. Después de todo, hoy rompería la monotonía y podría probar la excelente repostería de la médico, con la que sin duda les agasajaría tan pronto llegasen a la mansión de Nemesio.

Al llegar de nuevo al barrio, convencida que nadie la había visto, vio emerger una silueta del baluarte norte. Incluso a esa distancia pudo ver que se trataba de Christian, que la juzgaba críticamente con la mirada, con una expresión disgustada en el rostro. Ella agachó la cabeza y siguió adelante, esforzándose por ignorarle, consciente que más tarde o más temprano tendría que dar explicaciones por sus idas y venidas. No obstante, estaba dispuesta a demorarlo todo lo posible.

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

22 de enero de 2009

 

Gerardo la tenía firmemente cogida por las muñecas, a su espalda. Ella no era capaz de verle desde su posición, sobre la cama, pero sabía que era él. Cómo había conseguido entrar a su dormitorio, era todo un enigma para ella. Ío no paraba de agitarse, meneando las piernas, tratando en vano de deshacerse de su abrazo. Las manos del retrasado estaban ásperas y llenas de callos, además de sucias, y ello no hacía si no tornar aún más desagradable la traumática experiencia. Pese a estar desnuda de cintura hacia abajo, no sentía frío. El cielo que se veía a través de la ventana abierta, de un azul infinito, lucía un sol radiante que invitaba a darse un baño en la playa más cercana. Ío hubiese deseado estar en cualquier otro lugar del mundo menos ahí.

La chica del pelo plateado comenzó a gritar con todas sus fuerzas, y contra todo pronóstico, fue capaz de escuchar sus propios sus gritos. Lamentablemente, nadie más parecía poder oírlos. Ese bloque de pisos tenía inquilinos en cada rellano, pero nadie acudiría a echarle una mano. Las lágrimas recorrían sus mejillas sonrosadas, y su respiración entrecortada parecía abocada a la hiperventilación. Gerardo estaba pasándoselo en grande, sin intención alguna de acallarla. Ío siguió gritando y agitándose durante varios minutos, notando cómo cada vez sus fuerzas iban flaqueando más y más. Calló de inmediato al ver cómo la puerta del dormitorio se abría. Se le heló la sangre cuando vio aparecer a Héctor, con aquella característica sonrisa burlona dibujada en el rostro.

La chica del pelo plateado abrió los ojos como platos al ver lo que el ex presidiario sostenía: era el mismo cortapuros con el que le había mutilado la mano. Lo reconoció porque aquél infame ser no se había molestado siquiera en limpiar la sangre, que ahora lucía reseca, pegada a la brillante superficie metálica del pequeño artilugio. Ío tragó saliva. Héctor se cambió el cortapuros de mano un par de veces, tanteando su peso, jugando con él.

HÉCTOR – Bueno… nos volvemos a encontrar, pequeña Ariel.

Ío notó cómo sus dientes empezaban a castañear incontrolablemente. No era capaz de escucharle, pero podía leer con toda claridad sus labios.

HÉCTOR – Parece que… te has vuelto a escapar. Y… claro. ¿Sabes lo que eso significa, no?

El ex presidiario agitó el cortapuros frente a ella, aún con aquella desagradable sonrisa grabada en la cara. Ío frunció el entrecejo al girar levemente la cabeza y comprobar que Gerardo ya no estaba en el dormitorio. La habitación se había quedado en semipenumbra. Las cortinas empezaron a agitarse, y a través de la ventana Ío pudo ver cómo una virulenta tormenta eléctrica se formaba en el cielo, ahora completamente encapotado y amenazando lluvia.

HÉCTOR – Pero eso será luego. Antes… quiero divertirme un poco. Por los viejos tiempos, ¿vale?

Héctor dejó el cortapuros sobre la mesilla de noche y acarició la pierna izquierda de Ío, que notó un escalofrío que le recorrió desde donde él le había tocado hasta la espalda, erizando el vello de todo su cuerpo. Un relámpago iluminó por completo la estancia, y de repente todo se agitó a su alrededor. Empezó a llover con violencia. Ella trató de escapar, pero sin saber muy bien cómo, se encontró echada boca arriba en la cama. Héctor se había bajado los pantalones y mostraba su miembro desnudo, más que dispuesto a ultrajarla por última vez. El ex presidiario tapó su cara con la almohada y entonces ella notó un intenso dolor en la entrepierna, al tiempo que empezaba a ahogarse, al ser incapaz de respirar.

Ío despertó sobresaltada, con la frente perlada de sudor y su níveo pelo pegado a la frente. Se incorporó a toda velocidad en la cama. La sábana y la funda nórdica cayeron hasta su regazo, y entonces notó un frío desagradable que le hizo sentir un escalofrío. Al mirar por la ventana, cerrada a conciencia, pudo comprobar que el día era nublado, pero no amenazaba lluvia. Debía haber amanecido hacía muy poco, a juzgar por la paleta cromática del cielo.

No era la primera vez que tenía una pesadilla de ese estilo, pero esta había sido especialmente vívida. Detestaba tener que revivir aquella horrible etapa de su vida, más ahora que todo se había arreglado y vivía en cierta paz y armonía en el barrio. Respiró hondo y trato de calmarse. El corazón aún le latía a toda velocidad bajo el pecho.

La vida real empezó a imponerse a la del mundo onírico del que acababa de escapar. Echó un vistazo a su lado y vio la mochila que había montado con ropa y algo de comida para el viaje que emprenderían esa misma mañana, para visitar a Abril y a su amigo Ezequiel. Estaba ilusionada por volver a ver a la médico, una de las personas que mejor la habían tratado desde que consiguió librarse del yugo de aquella panda de desalmados. Irremediablemente, el recuerdo de la pesadilla volvió a caerle encima como una losa. Todo había sido un sueño, pero Ío sintió un mal presagio, como si parte de él aún conservase cierto remanente en el mundo real. Enseguida supo a qué era debido. Frunció el ceño al notar cierto malestar y algo de humedad en la entrepierna. Tragó saliva y apartó algo más la sábana. Volvió a gritar al ver la sangre.

Nada de eso tenía el menor sentido para ella. Héctor la había vuelto a violar, pero eso había sido en su sueño. Ahí abajo no debía haber sangre. Además, ella hacía mucho tiempo que había dejado de ser virgen. Pese a lo evidente que resultaba la respuesta a tan sencillo enigma, Ío tardó cerca de un minuto en dar con ella. Era algo demasiado nuevo para ella. Tan pronto lo hizo, se puso a llorar. Se tapó de nuevo con la sábana, notando cómo el calor corporal comenzaba a subir de nuevo, y ahí se quedó, gimoteando y humedeciendo la almohada con sus lágrimas, durante cerca de media hora.

Algo más tarde se sorprendió a si misma subiendo las escaleras hacia el ático, en busca de Bárbara. Había pasado un buen rato aseándose y se había cambiado la ropa interior, pero aquello no parecía ir a mejor. Dio tres tímidos golpes con los nudillos en la puerta. No pudo escuchar el sonido de pies arrastrándose hacía ahí, pero tan pronto vio que la puerta se abría hacia dentro, dio un paso atrás. Respiró aliviada al comprobar que quien la abría era la profesora, no su hermano ni su amiga Zoe. En esos momentos no le apetecía ver a nadie más. Se sentía increíblemente avergonzada, aunque no tuviera motivos para ello.

BÁRBARA – Hola, cariño. ¿Qué haces aquí tan pronto?

Bárbara arrugó la frente al ver la expresión triste en la cara de la adolescente. Ío comenzó a llorar, y Bárbara la atrajo hacia sí. Parecía tener un imán para los problemas de los demás, pero ello no hacía si no hacerla sentir importante, querida, en cierto modo una pieza clave de la pequeña sociedad que habían creado en la isla. La profesora, consciente de la discapacidad de la joven, la apartó de sí un momento y la miró a los ojos, de aquél penetrante verde esmeralda.

BÁRBARA – Anda, entra, y cuéntame que ha pasado.

Ío asintió. Bárbara cerró tras de sí una vez ambas estuvieron dentro del ático.

1126

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

10 de enero de 2009

 

Zoe acercó de nuevo la mano a los barrotes y entregó a Nuria otro pedazo de salchicha. El tarro de cristal del que las sacaba ya sólo contenía el líquido que hasta ahora las había conservado en perfecto estado. La infectada lo agarró con las manos sucias, con aquellas uñas incipientes que, contra todo pronóstico, volvían a crecer. Se le resbaló, de igual modo que gran parte de las anteriores que la niña le había ofrecido. Zoe puso los ojos en blanco, algo divertida, al ver cómo la joven trataba sin éxito de alcanzarlo. El pedacito de carne había caído al suelo fuera de la hedionda jaula en la que ella vivía, y Nuria trataba en vano de estirar su brazo para poder hacerse con él. Tan pronto Zoe se lo devolvió, la infectada consiguió llevárselo a la boca. Lo masticó torpemente con las encías, pues carecía de dientes, pero era un manjar tan blando que dicha tarea no le resultó en absoluto problemática.

La pequeña de la cinta violeta en la muñeca había decidido visitar a Nuria tan pronto se despidió de Christian, hacía escasos veinte minutos. La experiencia cara a cara con Morgan le había dejado muy trastocada, pues no esperaba despertar tal reacción en el policía. Más bien al contrario, esperaba despertar una reacción violenta, y no una pasividad de semejante calibre. Verle en tan lamentable estado la entristecía mucho, pero después de haber podido compartir aquellos minutos a solas con él, devolviéndole una ínfima parte de todo cuanto él le había entregado a ella, por el mero hecho de alimentarle cuando era evidente que estaba hambriento, se sintió mucho mejor. La reacción de la joven infectada no hizo si no corroborar sus sospechas.

Al entrar a la trastienda de la tienda de animales Nuria se exaltó bastante, lo cual sorprendió a Zoe. No en vano, había estado durmiendo plácidamente hasta ese momento, y la irrupción de la niña la había cogido con la guardia baja. Zoe, contrariada, se acercó a ella y asintió satisfecha al comprobar que Nuria, pese a tenerla bien presente, no mostraba signo alguno de nerviosismo o ganas de atacarla, como sí había hecho con anterioridad en infinidad de ocasiones en la periferia del ya extinto hotel. Lo que siguió fue como una repetición de cuanto había vivido hacía tan poco tiempo en la caseta de obra: una niña aparentemente sana alimentando a mano desnuda a un infectado, con la salvedad que en esta ocasión, a ambas les separaban aquellos gruesos barrotes. No hubieran hecho la menor falta.

Zoe, y pese a que tal ejercicio era inútil, no paraba de hablar con Nuria y de hacerle preguntas. Su barriga había empezado a hincharse levemente, y aunque cualquiera podría jurar que se trataba de un simple empacho, la niña sabía que no era así. La infectada estaba en estado de buena esperanza, y Zoe tenía mucha curiosidad por saber el resultado de tan inesperado embarazo.

La niña pelirroja se limpió las manos en un pedazo de tela que había colocado sobre una de las jaulas más pequeñas, en las que antaño debieran haber vivido grandes roedores o quizá conejos. Se acercó de nuevo a la puerta de la jaula que retenía a Nuria, y se disponía a despedirse de ella cuando escuchó un ruido a sus espaldas. La infectada, que hasta el momento había estado excepcionalmente tranquila, si no incluso adormilada, enloqueció. Se agarró a los barrotes y comenzó a agitarlos al tiempo que gritaba aquellas incongruencias tan propias de quienes estaban aquejados de aquella insensata enfermedad.

Zoe a duras penas tuvo ocasión de apartarse un poco de la jaula, algo asustada ante tanto frenesí, cuando vio entrar a Paris por la puerta de la trastienda. La expresión risueña y desenfadada del dinamitero, que había venido a la tienda de animales con idéntico propósito que el de la niña, alimentar a Nuria, se tornó en un rictus a medio camino entre la sorpresa y la ira al descubrir su presencia ahí dentro.

PARIS – ¡¿Se puede saber qué haces aquí?!

Zoe agachó la cabeza entre los hombros. Pese a que ambos habían aprendido a tolerar la presencia del otro, Zoe nunca se había sentido del todo cómoda en presencia del dinamitero. Él, de igual modo, siempre había mantenido las distancias con ella. Y ahora con más razón. Paris sintió un escalofrío en la espalda al ver sus ojos inyectados en sangre. Tenía la sensación de estar hablando con una infectada, algo contra natura, pues su instinto era el de tenerle una bala entre ceja y ceja. Verla ahí, en su pequeño recinto privado de soledad y reflexión, le puso de muy mal humor.

ZOE – He venido a ver a Nuria… Yo…

PARIS – ¡¿Pero quién te ha dado permiso a ti para entrar aquí?! ¿No os he dicho mil veces que esto es cosa mía, que no la molestéis?

El dinamitero no pudo evitar dar un golpe con los nudillos en la pared de chapa de una de las jaulas que había sobre la estantería que tenía a su lado, lastimándose los nudillos. Zoe tragó saliva, temiendo por primera vez por su seguridad. Paris no tardó en reparar en el tarro de salchichas, y puso los ojos en blanco.

PARIS – Encima le has estado dando de comer.

ZOE – Sólo… sólo unas pocas salchichas. Es que…

PARIS – Fuera de aquí. ¡Fuera!

Zoe tragó saliva y desanduvo el camino que le había llevado al extremo de la trastienda, intentando en todo momento mantenerse lo más alejada posible del dinamitero, que no le perdía ojo.

ZOE – Lo siento…

PARIS – ¡Que te vayas!

Tan pronto cruzó la puerta, corrió en la semipenumbra de la tienda hasta la puerta principal y salió por ella a toda prisa, sin mirar atrás.

Con el corazón aún latiéndole a toda velocidad en el pecho llegó hasta la esquina, desembocando en aquella larga calle que habían colonizado al Apocalipsis, y se sorprendió a sí misma al sonreír. En ese momento se sintió invencible, como una superheroína: todo apuntaba a pensar que era invisible para los infectados.

3×1125 – Envidia

Publicado: 02/12/2017 en Al otro lado de la vida

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

10 de enero de 2009

 

Bárbara acarició la espalda de Marion, que había ocultado su cabeza en el hueco de su brazo apoyado sobre la mesa de la cocina. Volvía a llorar. Su revelación le había cogido por completo con la guardia baja, y no supo muy bien cómo reaccionar. Estaba claro que la hija del difunto presentador lo estaba pasando mal, y se esforzó por mostrar su lado más amable, independientemente de su opinión al respecto de si Marion lo merecía o no.

BÁRBARA – Tranquila, mujer. Al igual… no es nada. Yo he tenido varios retrasos desde que… empezó todo esto. Una vez estuvo casi un mes sin venirme. Y te puedo garantizar que esa era una de mis últimas preocupaciones en ese momento. Supongo que es cosa del estrés y… la mala alimentación. Se nos han juntado muchas cosas, y el cuerpo… se resiente. No le des tanta importancia.

Marion levantó la cabeza y miró a Bárbara a los ojos. Había dejado de llorar, pero los suyos estaban algo enrojecidos y mostraban una mezcla de pesadumbre y ofensa. Lo último que necesitaba era alguien que ningunease su problema. Tuvo claro que se había equivocado al venir hasta el ático a pedir ayuda.

MARION – Sí Bárbara, pero tú no te has acostado con nadie en todo ese tiempo.

La profesora se ruborizó. Pese a que ya se conocían desde hacía bastante tiempo, no esperaba una respuesta de ese estilo, incluso viniendo de ella. Trató de no darle importancia, aunque en ese momento lo que más le venía en gana era echarla de su piso con una sonora patada en el trasero.

BÁRBARA – ¿Cuánto tiempo hace que tendría que haberte venido?

MARION – Una semana. En realidad… algo más de una semana. Dos o tres…

BÁRBARA – ¿Una semana? ¿Una semana y te estás preocupando? A mi me ha pasado eso más de una vez, antes… mucho antes de… todo esto. Eso no es como un reloj, mujer. No siempre…

MARION – Yo conozco mi cuerpo, Bárbara. Yo soy muy puntual con estas cosas. Siempre lo he sido… Hasta ahora.

BÁRBARA – Pero a ver… Carlos y tú… ¿usáis protección, cuando…?

La hija del difunto presentador se apresuró a responder, viendo su ego ultrajado con esa pregunta. Se había visto en la obligación de ir a buscar la pastilla del día después más de media docena de veces en el transcurso de su vida, y era bastante sensible con ese tema.

MARION – ¡Sí!

BÁRBARA – ¿Entonces?

MARION – Siempre… Siempre usamos preservativo, pero… en fin de año… Bebimos mucho. Y… no me acuerdo apenas de lo que pasó esa noche. Yo creo que fue entonces cuando…

La profesora chistó con la lengua. Tal vez Marion estaba en lo cierto, pero bajo su punto de vista, las probabilidades eran muy bajas, y ella estaba haciendo una montaña de un grano de arena.

BÁRBARA – Es demasiado pronto para sacar conclusiones, Marion. Creo que te estás precipitando. Puede ser debido a mil cosas.

Marion negó con la cabeza.

MARION – Además… me he estado encontrando algo mal estos últimos días. Como… que… noto… algo, ¿sabes?

BÁRBARA – Espérate unos días más. Seguramente te vendrá enseguida, y… verás que te has preocupado para nada.

MARION – Si no te lo vas a tomar en serio, me voy, Bárbara. No sé para qué he venido.

La hija del difunto presentador se levantó de la mesa, mostrando su cara más ofendida a la profesora. Ésta sintió de nuevo que no estaba reaccionando adecuadamente. Marion era una persona complicada pero lo estaba pasando mal, y quizá ella no estaba mostrándole todo el tacto que la situación requería.

BÁRBARA – ¡Que no, mujer!

MARION – No. De verdad.

BÁRBARA – ¡Vale! Vale. ¿Quieres salir de dudas? Pues es muy fácil. Hay una manera muy sencilla de hacerlo.

Marion se quedó de piedra. Sabía perfectamente que ese era el único desenlace lógico de su particular espectáculo, pero una vez lo hiciera, ya no habría marcha atrás. La incertidumbre, pese a ser un calvario, albergaba cierto nivel de esperanza.

BÁRBARA – Cuando fuimos a buscar tests de embarazo para Paris, para… cuando lo de Nuria, todo lo que sobró y el resto de medicamentos, los dejamos en unas bolsas, ahí encima de una mesa, en la alacena del centro de ocio. No hará falta siquiera que vayamos a una farmacia. Sólo lo que tardemos en bajar las escaleras y coger uno. Están aquí delante mismo.

Marion se mordió el labio inferior. El corazón le latía a toda velocidad debajo del pecho.

MARION – No sé, Bárbara…

BÁRBARA – Quieres quitarte esa duda, ¿no? Pues vamos. Yo te acompaño, tú no te preocupes.

Bárbara ofreció su mano a Marion. Ésta la miró, recelosa.

MARION – Pero…

BÁRBARA – ¿Pero qué? Tanto si lo estás como si no lo estás, que lo comprobemos no va a cambiar nada. Lo único que conseguiremos es que te quedes tranquila. Y… que tengas más información para… tomar cualquier decisión.

Marion frunció ligeramente el entrecejo. Finalmente dio su brazo a torcer, y ambas se dirigieron al centro de ocio.

Veinte minutos más tarde, Marion lloraba como una magdalena sobre un saco lleno de nueces con cáscara en la discoteca grande del centro de día, que hacía las veces de alacena al grupo de Bayit. Su mano, con los dedos helados y ligeramente temblorosos, sostenía un test de embarazo positivo. Otro con idéntico resultado se encontraba tirado en el suelo, a los pies de ambas. Bárbara se encontraba a su lado, en aquél sótano iluminado tan solo por una linterna que enfocaba al techo, a la bola de discoteca que esparcía la débil luz en mil direcciones.

La profesora, nerviosa tras tanto tiempo de silencio incómodo, se aclaró la garganta y se dirigió a la hija del difunto presentador.

BÁRBARA – No… No tienes de qué preocuparte. Piensa que… Abril te puede ayudar en todo lo que haga falta, durante todo el proceso. Tenemos mucha suerte de contar con una médico para… estas cosas. Además, aquí no le va a faltar de nada. No deja de ser curioso, es como si todos hubiéramos estado practicando para esto. Se nos ha estado dando bastante bien cuidar de los demás…

Marion levantó la mirada, y Bárbara frenó el seco su discurso al ver su mirada airada. Tragó saliva. El pretérito silencio se repitió, y Marion volvió a sollozar. Le empezaba a doler bastante la cabeza.

BÁRBARA – Es normal que estés un poco en… shock… Es una noticia… impactante. Pero… ya verás que bien se lo toma Carlos cuando…

MARION – ¡No!

Bárbara frunció el entrecejo. Marion parecía más nerviosa que nunca.

MARION – No le digas nada a Carlos, todavía, te lo ruego. No… no le digas nada a nadie.

BÁRBARA – Va… Bueno… Vale. No diré nada. Tranquila.

Marion respiró aliviada. Bárbara se rascó la nuca y no pudo evitar llevarse esa noticia a su terreno. Su mente comenzó a divagar hacia un pasado agridulce en compañía de Enrique.

BÁRBARA – En el fondo es una bendición. Es como… una señal de que aquí estamos… bien. Que estamos… seguros.

Lo siguiente lo dijo en un susurro.

BÁRBARA – Has tenido mucha suerte…

MARION – ¡¿Suerte?! ¿Tú te has vuelto loca? ¡¿Tener un bebé en mitad del puto Apocalipsis es una suerte?!

BÁRBARA – ¡No! Tenerlo ahora mismo… quizá no, pero un bebé… es siempre una bendición.

MARION – Una puta maldición es lo que es, Bárbara. Tú no te haces a la idea de lo que es esto.

Bárbara se mordió la lengua con tal de no soltar un improperio. Ella había intentado quedarse embarazada en infinidad de ocasiones en el pasado, sin conseguirlo, y ver a Marion renegando de su embarazo le resultó bastante ofensivo. El mundo seguía siendo injusto, incluso después de haber acabado.

BÁRBARA – Será mejor que recojamos y nos marchemos. Aquí ya no se nos ha perdido nada.