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CHRISTIAN, MAYA, ABRIL, ÍO, CARLA, DARÍO, JOSETE, OLGA Y GUSTAVO

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

27 de enero de 2009

 

Todos observaban en un silencio únicamente roto por el siseo de la brisa marina de aquél mediodía de invierno cómo se alejaba el coche conducido por el verdugo de todo cuanto ellos habían amado jamás. Junto a aquél demonio vestido de hombre iba su hermana, cómplice por omisión, y la pequeña Zoe, que aunque no tenía nada que ver con ello, hubiera acompañado a la profesora hasta el mismísimo fin del mundo, si ello hubiera sido preciso.

Christian no se arrepentía de lo que había hecho, pero al parecer era el único. Él era especialmente rencoroso, y en esos momentos no podía parar de pensar en su difunta madre. Entre los demás presentes cundía cierta congoja, fruto de lo precipitado que había resultado todo. Ninguno de ellos, ni siquiera el propio ex presidiario, había dado verosimilitud a las palabras de Juanjo, y cuando Guillermo había reconocido sus fechorías sin siquiera titubear, habían estado demasiado anonadados por la revelación como para ser conscientes de lo que estaban haciendo sentenciándolos al ostracismo.

Tendrían todo el tiempo del mundo para arrepentirse más adelante, pero ahora ya era tarde para enmendarlo. Guillermo, Bárbara y Zoe se habían marchado para no volver, y su destino resultaba una incógnita que probablemente ellos jamás revelarían. Había pasado más de un minuto después que el coche ya hubiese desaparecido por completo de su campo de visión cuando empezaron a dispersarse.

Los primeros fueron Carla y Darío, acompañados por el pequeño Josete: el Jardín ya no era un lugar seguro, y aunque a plena luz del día y después de la descomunal limpieza que habían hecho, la incursión de un infectado era cuanto menos poco probable, prefirieron no seguir tentando a la suerte más tiempo. Luego se fueron Olga y Gustavo, seguidos de cerca, aunque a cierta distancia, por una Ío que no paraba de llorar, demasiado afectada por los acontecimientos y abrumada por las últimas revelaciones.

Christian y Maya se quedaron hombro con hombro en el baluarte, aquella pequeña atalaya que de tan poco les había servido para prever los planes del maléfico Paris.

MAYA – ¿Ya está? ¿Así de fásil?

El ex presidiario se giró hacia su pareja, y la miró con el ceño ligeramente fruncido. Aún estaba muy nervioso y excitado. En cierto modo estaba avergonzado de su reacción, por precipitada, pero hubiera estado dispuesto a repetirla con los ojos cerrados.

MAYA – No hemos arreglado nada, tan solo les hemos mandado a freír espárragos.

CHRISTIAN – ¿Preferirías seguir viviendo con ellos? ¿Sabiendo que toda tu familia ha muerto por culpa de ese tío? Porque ya te avanzo que yo, no.

Maya tragó saliva. Pese a que los últimos meses había aprendido a marchas forzadas a dejar de sufrir, la imagen de su hermano Daniel se había vuelto increíblemente vívida en su memoria en el transcurso del día. Abrió la boca en más de una ocasión para ofrecerle una réplica a Christian, dándole una y mil vueltas a la cabeza, pero no fue capaz de encontrar ningún argumento consistente. Aunque su amor propio le decía lo contrario, en su fuero interno ella también se alegraba por aquella pequeña venganza, y ello le hacía sentirse francamente mal.

Lo primero que le vino a Christian a la mente fue ir a buscar a Juanjo. Al fin y al cabo, él había sido el que lo había propiciado todo, quien había empujado la primera ficha del dominó que había acabado con los hermanos Vidal fuera de la destruida Bayit. Maya no dudó un instante en acompañarle. Cada vez le gustaba menos pasar tiempo a solas, pues era precisamente en esos momentos cuando su mente comenzaba a dar vueltas a todo lo ocurrido, y ello jamás era agradable.

Resultaba más que evidente que con aquella revelación, Juanjo no había intentado más que librarse de ellos, del mismo modo que lo había intentado con Paris con anterioridad, aunque en esa ocasión le había salido el tiro por la culata. Y de qué modo. Christian se veía en la necesidad de sentarse a hablar un buen rato con el banquero, pues creía que aún tenía muchas explicaciones que darles.

Armados y cautelosos, accedieron a la calle larga y se dirigieron a la vivienda, tan alejada del verdadero corazón de Bayit, donde el banquero había vivido desde que Paris le echase de su propio piso en el bloque del centro de ocio, que actualmente ya no existía más que como un puñado de escombros desperdigados por el jardín y ambas calles.

Sabían perfectamente dónde vivía, pero la casa estaba cerrada a cal y canto, y por más que insistieron, pese al peligro que ello entrañaba, habida cuenta que el barrio ya no era seguro, después de los destrozos que había provocado la venganza kamikaze de Paris, no fueron capaces de dar con él. Pronto se les unieron más habitantes de Bayit, que habían tenido idéntica idea de ir a demandar explicaciones, pero por más que buscaron por los alrededores, todo esfuerzo resultó estéril.

Ya empezaba a anochecer cuando finalmente se dieron por vencidos y decidieron echar abajo la puerta, convencidos que o bien Juanjo había muerto dentro o había abandonado el barrio en algún momento indeterminado entre la corta reunión que había mantenido con ellos y la expulsión de los hermanos Vidal en compañía de Zoe. No les costó demasiado: no en vano habían hecho eso mismo en multitud de ocasiones anteriormente en muchas de las viviendas y locales de la calle larga.

Él ya no se encontraba ahí, como tampoco estaba nada de cuanto había atesorado durante tan largo tiempo. Juanjo hacía ya mucho que había dejado de comer con ellos, y todos sabían a ciencia cierta que había estado sisando comida de la alacena del centro de ocio, ahora inaccesible por culpa de los escombros que había propiciado la explosión. Cada uno, a su manera, había hecho la vista gorda, principalmente por la pereza que les daba llamarle la atención, pues en cierto modo él tenía idéntico derecho de echar mano del fondo común que todos los demás.

La casa estaba completamente vacía. Tan solo había dejado los muebles, pero todo lo demás había desaparecido. No había dejado atrás una triste lata de guisantes. Entre ellos cundió un cierto desasosiego. Resultaba evidente que se había ido para no volver, lo cual no resultó molestia alguna para ellos. No obstante, y conociendo su trayectoria, todos dudaban mucho que ahí acabase todo.

Juanjo era un hombre mezquino y egoísta donde los hubiera, y no tardaron mucho en imaginar dónde había ido. Sabían a ciencia cierta que era demasiado cobarde para hacerles daño de manera activa. Él prefería manipular y maquinar en las sombras. Tenían serias sospechas que el banquero hubiese decidido huir haciendo uso de Nueva Esperanza, y ello les resultó ciertamente inquietante.

Ya era demasiado tarde para aventurarse a alejarse del barrio en su busca, de modo que prefirieron dejarlo estar, aún sin quedarse para nada satisfechos. Cada cual volvió a su propia vivienda. Todos atrancaron a conciencia las puertas, conscientes de lo vulnerables que resultaban ahora que el barrio estaba expuesto y que tales puertas carecían del más simple pestillo. El que más el que menos, todos echaron en falta al bueno de Carlos, que no hubiese dudado un momento antes de asaltar la ferretería de la calle larga y proveer a dichas puertas de cuanto necesitaban para mantenerse firmemente cerradas.

A la mañana siguiente una pequeña comitiva capitaneada por Christian tomó uno de los muchos coches que Fernando había dejado listos para usar antes de fallecer y abandonó el barrio en busca de repuestas. Le acompañaban Maya, Carla y Olga. El resto se quedarían en el barrio, cuidando los unos de los otros, y aguardando la vuelta de los peregrinos. Lo hicieron antes incluso de desayunar.

El trayecto no era excesivamente largo, y pese a que no encontraron ningún tipo de impedimento por el camino, ni tampoco compañía de ningún tipo, fue más que suficiente para que el sentir general, que estaba muy a flor de piel, acabase derivando en una acalorada discusión.

Fue Olga la que comenzó, y Carla no dudó un momento en secundarla. Afirmaba, sin ningún tipo de tapujos, que habían sido injustos en su unánime votación de la jornada anterior, en la que expulsaron a Guillermo del barrio. No dudaban que el investigador biomédico mereciese un castigo por cuanto mal había hecho, pero sentían que habían sido injustos al no permitirle exponer serenamente su versión de los hechos, y que dicha decisión había sido tomada demasiado en caliente. Christian se opuso diametral y acaloradamente a dicha observación. Él estaba convencido que habían hecho lo correcto, por cruel que resultase.

Que Guillermo hubiera o no deseado aquél funesto desenlace, no hacía que este fuera menos punible. Al fin y al cabo, él tampoco tenían intención alguna de acabar con la vida de la pequeña Jéssica, y aunque a regañadientes, y principalmente porque no tenía alternativa, había acatado sumiso la orden del juez y había ingresado en prisión por ello, dispuesto a cumplir su pena. Guillermo no había acabado solo con la vida de una niña inocente, sino que prácticamente había erradicado la vida humana sobre la faz de la tierra. El ex presidiario estaba convencido que cualquier jurado del mundo hubiese sido mucho más contundente de lo que lo habían sido ellos.

El tono de voz general comenzó a elevarse, y Christian se lo tomó como un ataque personal, pues al fin y al cabo, la idea de castigarle por cuanto había hecho había sido suya, arrastrando en tal castigo a su hermana y a Zoe. Estaba convencido que habían sido incluso demasiado blandos con él, pero al parecer era el único. Christian se sintió especialmente dolido al ser consciente del silencio de Maya en tal discusión, pues si bien no se había adherido al alegato de las otras dos jóvenes, tampoco había abierto la boca para ponerse de su parte. Además, su cara decía tanto o más que lo hubiesen hecho sus palabras, con aquél exótico acento.

La estancia en el vehículo se tornó prácticamente insoportable, hasta que finalmente, y después de más de quince minutos sin abrir la boca, Maya rompió su silencio. Intentando ser lo más aséptica posible, propuso un cambio de rumbo. Argumentaba que con toda seguridad Guillermo y compañía se habrían dirigido a buscar asilo con Abril, y que quizá aún estarían a tiempo de contactar con ellos. De muy mal humor y más parco en palabras que nunca, Christian cambió de rumbo, y por ende, de destino, y los cuatro se dirigieron a la mansión de Nemesio. Juanjo debería esperar.

ABRIL – ¿¡Otra vez aquí!? Ya os dije ayer que no quería saber nada más de vosotros.

CHRISTIAN – Abril, soy yo.

La puerta de servicio se abrió, y vieron asomar a una Abril con cara de pocos amigos, y que daba la impresión de llevar muchas horas sin dormir.

ABRIL – ¿Qué… qué hacéis vosotros aquí?

CHRISTIAN – No están contigo, ¿verdad?

La médico negó con la cabeza y dio un paso al frente, quedando de ese modo visible a las acompañantes del ex presidiario. Aún acusaba una ligera cojera, y parecía más apática de lo que lo había estado nunca.

ABRIL – Vinieron ayer.

CHRISTIAN – Y te explicaron…

Abril asintió con la cabeza. No había pegado ojo en toda la noche dándole vueltas a la corta revelación de Guillermo. No le apetecía hablar al respecto.

MAYA – ¿Sabes… hasia dónde se dirigieron?

Abril negó con la cabeza.

ABRIL – Ni lo sé ni me importa.

Christian esbozó una sonrisa. Tan solo analizando la expresión facial de la médico, estaba más que convencido que ella sí hubiera estado de su lado, de repetirse aquella apresurada votación.

ABRIL – ¿Estáis buscándoles?

CHRISTIAN – Sí… Bueno… A ellos y a Juanjo.

ABRIL – Juanjo no iba con ellos.

CHRISTIAN – Lo sé, pero… él también ha desaparecido.

ABRIL – Pues mira que bien. ¿Os puedo ayudar en algo más?

Christian tragó saliva. Ambos mantuvieron una breve batalla de miradas. Había pensado en ofrecerle acompañarles, pero enseguida concluyó que no valdría siquiera la pena intentarlo. Ni se despidió de ellos ni les deseó buen viaje. Se limitó a cerrar la puerta tras de sí una vez la conversación hubo concluido. Todos volvieron al coche en silencio, acusando un cierto malestar, pero conscientes que Abril tenía motivos de sobra para sentirse de ese modo.

Acercarse a ese grupo de personas no le había traído más que problemas desde el primer momento, y ahora estaba más convencida que nunca que no volvería a acompañarles, por más que insistieran. Ya había arriesgado su vida inútilmente demasiadas veces. Si necesitaban de sus servicios, habida cuenta que era la única persona en la isla que sabía de medicina, se los ofrecería sin dudarlo. Pero tendrían que ser ellos quienes se acercasen a la mansión de Nemesio a demandárselos. Ella ya había tenido más que suficiente.

Con aún peor ánimo del que tenían al hacer aquél corto paréntesis en el viaje, se dirigieron de nuevo hacia su destino original. Habían perdido mucho tiempo en aquella parada tan poco fructífera como necesaria, y ya había pasado largamente el mediodía cuando finalmente alcanzaron su objetivo, en aquél paraje recóndito en mitad de los escarpados acantilados.

Tal vez tuviera algo que ver el hecho que el día amenazara lluvia, pero no habían visto a un solo infectado desde que abandonaran Bayit, hacía ya varias horas. Tras recorrer de extremo a extremo aquella larga calle residencial de la ostentosa ensenada, llegaron finalmente a la rotonda que daba acceso a la nave donde sospechaban se había dirigido el banquero. La joven de los pendientes de perla rompió el silencio que había reinado en el vehículo durante la última hora.

OLGA – ¿Ese no es el coche con el que se fueron Bárbara y su hermano?

Todos repararon en el vehículo, pero instantáneamente dejaron de prestarle atención. La nave estaba abierta de par en par, y frente a ella había dos cuerpos: el de un chico joven y el de un hombre adulto. Si estaban durmiendo o por el contrario habían perdido la vida, no lo sabrían hasta que se acercasen un poco más. No obstante, y pese al peligro potencial, toda su atención se centró en los grandes portones abiertos de la nave: el barco había desaparecido.

Christian guió el coche hasta dejarlo aparcado junto al otro vehículo y, arma en mano, uno a uno fueron saliendo a investigar los alrededores. Olga y Carla inspeccionaron el coche abandonado, que no tenía el seguro puesto, ni tampoco rastro de los víveres que les habían dejado llevarse al partir. Ello ya era una declaración de intenciones en sí mismo. Christian y Maya se dirigieron hacia la entrada de la nave. No se trataba de un efecto óptico por el ángulo: en efecto, Nueva Esperanza ya no estaba ahí.

Los dos cadáveres estaban bocabajo. Ambos habían sido acribillados a balazos, y resultaba evidente que no se levantarían. No obstante, Christian y Maya prefirieron no dejar nada al azar y se aproximaron algo más, cada cual sosteniendo su propia arma sin seguro. Ella empujó con el pie el hombro del chico, y comprobó que, en efecto, se trataba de un infectado. Christian se disponía a hacer lo mismo con el hombre, cuando le reconoció.

CHRISTIAN – Pero… ¡Es Juanjo!

Las tres jóvenes se giraron hacia él, sorprendidas. Christian tragó saliva, y se ayudó de la manga de su chaqueta para girar la cara del banquero, a tiempo de ver sus ojos, inyectados en sangre y carentes de vida. El ex presidiario no daba crédito a lo que veía. Las otras dos chicas se acercaron a ellos, conscientes que no encontrarían nada interesante en el coche. En esta ocasión fue Carla la que rompió el silencio.

CARLA – Creo que sé a dónde han ido…

Christian se giró hacia ella, con una mirada inquisitiva. Necesitaba respuestas.

CARLA – Y si estoy en lo cierto, no les volveremos a ver en la vida.

Resultaba evidente que no se habían equivocado al sospechar que Juanjo intentaría robar el barco, pero aunque ahora les resultaba tan inverosímil como ridículo, a ninguno se le había pasado por la cabeza que Bárbara y compañía hubiesen tenido la misma idea. Al menos no tan pronto. Llegaron incluso a plantearse que tal vez la isla albergase más supervivientes, y éstos, del mismo modo que habían hecho ellos con anterioridad y en ese mismo lugar, hubiesen podido robar el barco. Pero prefirieron decantarse por la respuesta más sencilla: que la explicación más simple era la más probable. La navaja de Ockham no acostumbraba a equivocarse. La presencia de aquél coche no dejaba lugar a dudas. El barco se lo había llevado la profesora.

Habida cuenta que el mal ya estaba hecho, no se maldijeron por lo ocurrido. Aquél barco, desde el momento en el que Bárbara y Carlos lo encontrasen, había sido un foco de discusiones. La controversia sobre si hacer uso o no de él para abandonar Nefesh había creado bastante tensión en el grupo. Ahora, ese problema ya no existía. Como contrapunto, en esos momentos carecían de modo alguno de abandonar la isla, lo cual, a priori, no supieron si era una buena o una mala noticia.

Nadie lo verbalizó por no avivar aún más las llamas de la tan reciente discusión, pero las chicas en el fondo se alegraron de lo ocurrido, al menos por Bárbara, y sobre todo por Zoe, por la que sentían verdadera lástima, al haberse visto envuelta en el fuego cruzado y haberse visto obligada a tomar una decisión tan precipitada como, a su juicio, errónea. Al menos en alta mar tendrían muchas más posibilidades de supervivencia que en la isla poblada por los infectados, por más provisiones y armas que tuvieran al abandonar Bayit.

De lo que no cabía la menor duda era que habían llegado demasiado tarde, y que ahí ya no había nada más que hacer. Además, ya empezaba a hacerse algo tarde, y concluyeron que lo más sensato sería volver al barrio. Así lo hicieron, habiendo obtenido parte de las respuestas que habían ido a buscar, aunque no les hubiesen gustado en absoluto.

Llegaron a Bayit poco antes del ocaso. Para entonces el peligro ya había cesado. Se acercaron, cautelosos, al Jardín, y contemplaron los cadáveres de tres infectados, frente a los olvidados invernaderos. Los tres tenían ensartadas varias flechas. Olga, inquieta, oteó el bloque de edificios azul y vio a su hermano asomado al piso que hasta hacía tan poco compartían los hermanos Vidal junto con Zoe. El chico asintió, y fue a reunirse con ellos.

Un par de horas después que ellos abandonasen el barrio se habían presentado dos infectados errantes que venían del norte. Josete estaba con Darío, e Ío no había abandonado su piso en toda la mañana. Fue Gustavo quien los detectó, y enseguida lo puso en conocimiento de sus vecinos y amigos. Habida cuenta que era el que mejor puntería tenía, con mucha diferencia, y que no les interesaba hacer ruido, acordaron que sería él el encargado de abatirles.

Tardó más de una hora en hacerlo, pero ello fue debido a que no tenía buen ángulo, y aún menos intenciones de bajar a la calle, ahora que las murallas habían caído. Un tercer infectado se había unido a los otros dos antes que tuviera ocasión de lanzar la primera flecha. Acabó con todos limpiamente y, por fortuna, ninguno más se acercó durante el resto del día.

Les llamó la atención especialmente, pues no era en absoluto habitual recibir visita a esas alturas, y mucho menos con aquél frío. Antes que Paris atrajese a tantos infectados al barrio, a duras penas veían a media docena en el transcurso de una semana, y normalmente era por la noche, no a plena luz del día, como había sido el caso.

De nuevo a buen recaudo en el edificio azul, con el acceso al portal más reforzado incluso que de costumbre, se reunieron los ocho últimos supervivientes de Bayit. La nueva de la muerte de Juanjo se recibió sin excesivo alboroto. En cierto modo, después de pasar tantas horas buscándole la jornada anterior, todos habían dado por hecho que no le volverían a ver el escaso pelo que tenía. Ser conocedores que había intentado robarles el barco tampoco ayudó a que sintieran ningún tipo de lástima por él.

La conversación pronto se centró en la desagradable visita que habían recibido mientras los chicos iban a buscar respuestas. El sentir general, que debido a lo reciente y visceral de los últimos acontecimientos se había mantenido en segundo plano, acabó por estallar. Durante la cena concluyeron que ya no podían seguir demorando más lo inevitable: si querían seguir viviendo en Bayit, tendrían que hacer de él de nuevo un lugar seguro.

A partir de entonces, arreglar el desaguisado que había hecho Paris se tornó en una prioridad. No contar con la ayuda de Bárbara, y sobre todo la de Carlos, fue algo duro al principio, pero quienes habían participado de la construcción de las murallas la vez primera recordaban muy bien lo que debían hacer. Tan solo deberían enseñárselo al resto, y sería cuestión de ponerse manos a la obra.

En cierto modo, tener de nuevo un trabajo que les exigiera tanto tiempo y concentración les sirvió de gran ayuda para alejar de sus cabezas tantos demonios como habían acumulado los últimos meses. Llegó un momento en el que incluso Christian se arrepintió de haber echado a Guillermo del barrio. No porque no creyese que se lo mereciera, sino porque la incipiente curiosidad sobre lo que realmente había ocurrido, cómo había comenzado todo, le corroía por dentro todas y cada una de las noches, haciéndole francamente complicado conciliar el sueño.

Por fortuna, aquellos días los infectados de Nefesh parecieron haber acordado darles una tregua. En realidad tampoco era tanto el trabajo por hacer: las porciones de muralla que Paris había echado abajo eran mínimas. Tardaron mucho más en apartar los escombros y rellenar aquél gran cráter que en rehacer las porciones de muro que la explosión había echado abajo. Y lo hicieron con bastante mejor ánimo y entusiasmo de lo que ellos mismos habían imaginado en un primer momento.

Tras largas horas apartando escombros consiguieron por fin acceder de nuevo a la discoteca principal del centro de ocio, cuyo acceso había quedado impedido tras la detonación. Por fortuna, el enorme botín que ahí ocultaban se había mantenido intacto. A duras penas tuvieron que lamentar una pequeña capa de polvo en todas aquellas cajas llenas de alimento, bebidas, armas y munición. Era tanto lo que tenían en un buen comienzo, que ninguno echó en falta todo cuanto Juanjo había robado, que no era poco.

Pese a que todo invitaba a pensar que la estructura del edificio del centro de ocio aguantaría, lo trasladaron todo hacia el centro de día, hacia la sala donde hasta hacía tan poco habían vivido los bebés a los que Héctor había arrebatado la vida, al igual que había hecho con la de Marion. La idea era que fuese algo temporal, acuciado por la proximidad de ambos lugares, pero con el tiempo acabaría convirtiéndose en algo definitivo.

Tardaron dos largas semanas en deshacer el entuerto que había hecho Paris. Lo hicieron de igual modo que lo habían hecho la ocasión anterior, aunque con bastante peor ánimo, al menos los primeros días. La decisión de no utilizar maquinaria pesada para deshacerse los escombros y rellenar el cráter les hizo demorarse mucho más de lo que habían previsto. Tal decisión se debía a que no sabían dónde encontrarla, sumado a la falsa convicción que no les llevaría tanto tiempo.

Siempre que trabajaban fuera, al menos dos personas hacían guardia, dispuestos a dar la voz de alarma ante el más mínimo signo de hostilidad. Tan solo en una ocasión tuvieron que abatir a un infectado, una tarde en la que ya empezaba a oscurecer. No les supuso reto alguno: el infectado mostraba una más que evidente desnutrición, y caminaba arrastrando los pies, emitiendo unos gruñidos que incluso parecían cansados.

Una vez lo dejaron todo listo para comenzar con la reconstrucción del muro, priorizaron el foco de la explosión original, la de las cargas que Paris había ocultado durante la noche, y que había hecho estallar remotamente. Resultó tan sencillo y tan rápido, en comparación a cuanto habían tardado en apartar todos aquellos cascotes de en medio y devolver a aquél pedazo de calle a la cota original, que en cierto modo se sintieron incluso decepcionados. Una vez acabaron, se diferenciaba con meridiana claridad la porción nueva de muro de la vieja. En cierto modo daba la impresión de ser una cicatriz.

Recuperada la pretérita seguridad, se dieron cuenta que también deberían arreglar el desaguisado que Paris había provocado en el taller mecánico si pretendían reiterar en las diferentes barreras de seguridad. Si se limitaban a tapiar la abertura que había dejado la destrozada persiana, la comunicación entre la calle corta y el Jardín quedaría impedida. Ellos no tenían intención alguna de dejar de vivir en el bloque azul, al que a esas alturas consideraban su hogar, de modo que buscaron una solución que aún les demoró más.

Tardaron dos días en instalar la persiana que habían robado de la joyería de la calle larga en el taller. Sería bastante más pequeña que la original, pero estaba hecha de una malla de rombos, lo que facilitaría sustancialmente abatir a los infectados que consiguiesen entrar al Jardín, lo cual era cada vez menos probable. Trabajaron con entusiasmo, ahínco, y cada vez mejor ánimo. Pero incluso esa tarea acabó concluida, y muy bien concluida, y de nuevo se vieron abocados a la anodina y monótona vida en Bayit. Al menos ahora podían dormir tranquilos, lo cual era una mejora sustancial.

Fue una mañana de mitades de febrero. Josete vivía con Carla, Darío y Carboncillo en uno de los pisos del bloque azul, y él siempre era el primero en levantarse. Carla se había ido a dormir algo tarde la noche anterior, alargando la sobremesa con Olga, con la que había aprendido a hacer muy buenas migas las últimas semanas. La veinteañera entreabrió los ojos al notar cómo el niño la zarandeaba con un entusiasmo teñido de intranquilidad. No era la primera vez que tenía pesadillas, y ella enseguida se enderezó, dispuesta a tranquilizarle.

CARLA – ¿Qué ocurre, cariño?

JOSETE – Hay un… Hay… Hay… Hay un montón de barcos.

Carla frunció ligeramente el entrecejo.

CARLA – ¿Cómo… qué…?

JOSETE – Mira, ven. Ven. Ven.

El niño agarró a Carla de la manga de su pijama, y prácticamente la arrastró por el piso, mientras ella bostezaba con la boca bien abierta. Le sorprendió que no la llevase a su habitación, sino al salón. La puerta corredera del balcón estaba abierta de par en par, y ambos se posaron tras la barandilla, observando el horizonte marino por encima de la recién reconstruida muralla.

Más de treinta barcos copaban el horizonte marino. Los había grandes, los había pequeños. Los había humildes, los había lujosos. Muchos de ellos tenían las velas abiertas al viento. Varios remolcaban embarcaciones más pequeñas, y a un sinfín de botes de remos. Parecían saber muy bien a dónde se dirigían. Carla escuchó un ruido a sus espaldas, y vio a su abuelo Darío aparecer tras la puerta del pequeño distribuidor que daba a las habitaciones.

El viejo pescador se quedó mirando el horizonte marino entre su nieta y el pequeño Josete, pensativo. Darío y Carla se miraron el uno al otro, manteniendo una conversación muda, haciendo uso únicamente de los ojos. Acto seguido miraron de nuevo aquella miríada de barcos.

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3×1218 – Ayira

Publicado: 24/08/2019 en Al otro lado de la vida

1218

AYIRA

 

Barrio de Gamoneda, ciudad de Sheol

30 de septiembre de 2008

 

La noche era fresca. Ayira paseaba tranquilamente por la ciudad abandonada. Parecía reírse en la cara del peligro, aunque en realidad no era en absoluto consciente de ello.

Se giró hacia una ventana cercana al ver algo moverse tras ella. Se trataba de una niña pelirroja, que la miraba con apariencia de no creerse lo que le mostraban sus verdes ojos. Había visto miles como ella en su corta vida, y no le dio la menor importancia. Estaba acostumbrada a ser observada. Tras la niña apareció una mujer joven con una larga cabellera rubia, y ambas se la quedaron mirando, mientras Ayira continuaba adelante. Pronto giró una esquina y las perdió de vista.

Hacía poco más de un día que había abandonado su largo cautiverio. Lo había hecho hambrienta, pues los últimos días nadie había ido a darle de comer, como dictaba su rutina vital hasta hacía tan poco. Ahora, ese era el último de sus problemas, pues prácticamente todo a su alrededor parecía estar hecho de comida. Era como un sueño hecho realidad, y aunque no toda resultaba igual de apetecible y nutritiva, había tanta variedad, y sobre todo tanta cantidad, que poco importaba. Disponía de una cantidad de alimento a todas luces inacabable en mil vidas.

Había pasado todo el día caminando erráticamente por la ciudad vacía, alimentándose de cuanto le ofrecía su entorno. En todo ese tiempo tan solo se había encontrado con un par de infectados, que la habían observado atónitos, guardando las distancias en todo momento. Ella se había limitado a ignorarles, como hacía siempre, y había continuado su peregrinaje de destino incierto. Había sido afortunada, pero su racha de suerte no le duraría siempre.

Poco más tarde, mientras cruzaba una calle cualquiera de aquella ciudad oscura, vio a un par de ellos saliendo por el escaparate roto de una joyería. Ellos también se la quedaron mirando, pero a diferencia de los que había visto durante el día, no se conformaron con ignorarla. Uno de ellos la increpó, en un idioma extraño, que no le pareció más extraño que el que utilizaba la gente que no estaba infectada. Ayira agachó un poco la cabeza para mirarle, y el infectado gritó de nuevo. Siguió adelante. El infectado la siguió. Ambos lo hicieron.

El infectado más alto corrió a su encuentro. Ayira empezó a ponerse nerviosa y apuró el paso. Ella era rápida, pero ellos, al verla alejarse, comenzaron a correr como si les fuera la vida en ello. Uno de ellos se abalanzó sobre su pata y le asestó un buen mordisco. Ayira notó el dolor y se lo quitó de encia de una fuerte coz, al tiempo que un tímido hilillo de sangre manaba de la herida. Afortunadamente era muy superficial. El otro infectado amenazó con repetir la agresión, pero Ayira ya estaba prevenida. Le dio un fuerte golpe con la pata en el pecho, y lo mandó a varios metros de distancia, rondando por el sucio suelo.

El infectado que la había mordido estaba tumbado de lado en el suelo, entre un contenedor y un coche aparcado, respirando con dificultad. Aún tardaría veinte minutos en recuperar la conciencia, y para entonces ella ya estaría bien lejos. El segundo se levantó enseguida y gritó de nuevo. Ayira, quieta como estaba, se le quedó mirando, amenazante. No le hizo falta más que dar un paso al frente para que el infectado corriese de nuevo con todas sus fuerzas, pero en esta ocasión, en dirección opuesta.

Fueron los primeros, pero no serían los últimos. Al menos, ahora ya sabía a qué atenerse. Ayira continuó caminando, alimentándose por aquí y por allá siempre que surgía la oportunidad. Al pasar frente a una fuente apagada pero aún llena de agua, agachó el cuello y comenzó a beber hasta saciar su sed. Hacía mucho que no bebía, y sintió cómo el frío líquido la revitalizaba de pies a cabeza, lo cual tenía especial mérito en su caso.

Para entonces la herida ya había dejado de sangrar y no tardaría en curarse. Por fortuna, ella era totalmente inmune al virus, tanto, que ni siquiera serviría como portadora. La naturaleza de aquellas bestias era demasiado diferente a la suya propia. Ello fue lo que permitió que siguiera con vida, pues a esas alturas hubiera estado igual de sentenciada a muerte que cualquier otro hijo de vecino.

No tardó mucho en encontrar un lugar donde descansar. Había caminado mucho ese día, y estaba algo agotada. Lo hizo recostada entre unos matojos en un parque público, pero alerta. No pudo conciliar el sueño ni cinco minutos antes que otro infectado reparase en ella. No le hizo falta más que levantarse para asustarle con su tamaño y hacer que volviera por donde había venido.

Caminó un poco más hasta abandonar definitivamente la civilización, y por fin, en pleno bosque de Pardez, consiguió descansar como era debido, sin sobresaltos. Abandonar la urbe le permitió recobrar cierta tranquilidad, pues la concentración de infectados ahí era menor. Con ello mejoró considerablemente su calidad de vida. Si lo había tenido fácil para alimentarse en Sheol, en mitad del bosque tal premisa se tornaba en algo incluso ridículo.

Los primeros días a duras penas encontró más hostilidad, ni depredadores que no fueran aquellos humanos a los que parecía haber poseído el mismísimo Satanás. Muchos de ellos mantenían las distancias con ella, sin duda intimidados por su imponente figura, pero otros, hostigados por el hambre, las ansias de violencia, o un peligroso cóctel de ambas cosas, la atacaban. Ella siempre les hacía frente, y habida cuenta que su fuerza era mucho mayor, jamás conseguían hacerle poco más que un rasguño.

En una ocasión, cuando ya había recorrido del orden de cien kilómetros en dirección al sur, donde algún extraño instinto le invitaba a dirigirse, una noche cualquiera se encontró con una horda de aquellas bestias. Eran demasiadas. Muchas más de las que jamás había visto juntas. El hecho de estar en grupo parecía envalentonarlas, y no lo dudaron un momento antes de atacarla.

Ayira pateó a unos y a otros sin miramientos, mientras varios se le agarraban a las patas y hundían sus mandíbulas en su dura piel, no demasiado satisfechos con el sabor de su carne ni con el olor de su sangre. El dolor pareció darle aún más fuerzas. Mató a siete de ellos, pateándoles sin miramientos, hundiéndoles las patas en la cabeza y en el torso, haciéndoles picadillo. Por fortuna, el mero hecho de ver la suerte que habían corrido sus congéneres sirvió de escarmiento para el resto, pues no tardaron en dejarla en paz.

Ella estaba increíblemente excitada, y hubiese acabado con la vida de cualquiera que se le hubiera puesto a tiro sin siquiera pestañear. Lamentablemente, entre los infectados no se corría la voz, y siempre que se encontrase en una situación similar, tendría que empezar de cero. Pero había aprendido a hacerlo, y no lo dudaría un instante si se veía de nuevo en apuros de tal calibre. Se metió en un riachuelo para remojarse las patas heridas y beber algo de agua, aún agotada por el esfuerzo, y acto seguido continuó adelante.

Tras semanas y semanas de duro esfuerzo llegó al punto más alejado de la península. Lo hizo en pleno invierno, cuando la actividad de los infectados era menos intensa. Pero una vez ahí, sencillamente no pudo continuar. Sabía que debía seguir dirigiéndose al sur, pero el inmenso mar se lo impedía, de modo que no se lo pensó dos veces, y procedió a dar media vuelta y buscar un camino alternativo. Al fin y al cabo, tampoco tenía prisa. Tenía toda la vida por delante.

Caminó y caminó. Durante días, durante meses. No siempre escogía la mejor vía, y su deambular era errático y zigzagueante. Finalmente consiguió abandonar la península y comenzó a dirigirse hacia el este. A medida que pasaba el tiempo, los ataques que recibía por parte de los infectados que se cruzaba por el camino eran cada vez menos frecuentes y entusiastas. La inanición hacía mella en ellos, y si bien siempre había nuevas remesas dispuestas a ponerle las cosas difíciles, ella había aprendido a hacerles frente, ya fuera atacándoles como limitándose a huir, pues ella era mucho más rápida, y en resumidas cuentas, jamás supusieron un problema mayúsculo.

En los últimos años de su largo peregrinaje no vio a ningún infectado, al menos a ninguno con vida, o que fuese medianamente reconocible. Bien era cierto que había aprendido la lección, y siempre se esforzaba por evitar las zonas pobladas antaño por humanos, y que a medida que se acercaba a su destino, éstas escaseaban cada vez más, pero no por ello tal hecho dejaba de ser menos reseñable.

Tardó siete largos años en llegar a la sabana. Lo hizo como adulta, y con bastantes cicatrices en las patas, pero de una pieza. El tramo final, por el desierto, fue el más duro. La omnipresencia del Nilo le ayudó muchísimo a ese respecto. Ahí los infectados parecían haber desaparecido del mapa, tal y como si jamás hubiesen existido. No le costó mucho guardarlos en un recoveco de su memoria al que no tenía la menor intención de volver a acceder jamás.

Fue una fresca mañana de primavera, con un cielo azul sin mácula, cuando encontró a la que sería su nueva familia. En aquél idílico paraje había al menos una docena de jirafas como ella, todas hembras, así como cuatro crías que no tendrían ni un mes. Ayira se acercó a ellas, tímida pero ilusionada, consciente de que su larga marcha había llegado a su fin.

La adaptación no fue rápida ni sencilla, pero con el paso del tiempo, aquél grupo de hembras la acabó acogiendo bastante bien, más al volcarse tanto con el cuidado de las crías. Meses más tarde ella misma sería madre, y entre todas sus nuevas compañeras cuidarían de sus dos retoños, en un mundo en el que los humanos y sus tribulaciones no tenían cabida.

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MACARENA Y BARTOLOMÉ

Frente a una vieja cabaña en la montaña, entre Etzel y Sheol

1 de octubre de 2008

La joven y dulce Macarena le dio la mano al viejo y vivido Bartolomé. Éste sonrió, y se la asió con suavidad y convicción. No había sido una decisión fácil la de abandonar la vieja cabaña que les había servido de cobijo y protección frente a aquellos seres sin entendimiento ni escrúpulos. Ambos dieron el primer paso juntos, en dirección al río del que habían tomado el agua las últimas semanas. La suerte estaba echada.

Después de la trágica muerte de Rafael a manos de Morgan, tras su corta pero intensa enfermedad, y de la partida de éste acto seguido, no habían vuelto a saber nada de él. La joven Macarena fantaseaba día y noche con que el rudo pero bondadoso policía volviese a por ellos, tras haber encontrado a su esposa sana y salva en Sheol. A medida que pasaban los días, y sobre todo las noches, aquella ingenua ilusión se fue tornando en la vívida certeza de que ello jamás ocurriría. Y lo que más la incomodaba era desconocer el motivo.

A medida que sus ilusiones iban menguando, también lo hacía la escasa comida de la que disponían, y por más que la racionaban, llegó un momento en el que seguir mirando a otro lado resultó imposible. Macarena había insistido en infinidad de ocasiones a Bartolomé que ella era quien debía abandonar la seguridad de la cabaña para ir a buscar provisiones. No en vano, era la más joven y además había estado alimentándose de todo cuando el viejo tenía sin aportarle más que compañía y conversación: algo que, por otra parte, el anciano agradeció mucho. Bartolomé se había negado en redondo todas y cada una de las veces.

Ambos habían perdido a todos sus seres queridos durante los primeros albores de la epidemia. El hecho de encontrarse tan cerca de la zona cero de la infección había resultado dramático. Al menos ellos conservaban la vida, aunque era lo único que les quedaba. Cada cual lidiaba con el duelo a su manera, pero tener un hombro amigo en el que llorar siempre era de agradecer, y más en momentos tan duros.

Pese a la evidente disparidad tanto en edad como en el mero planteamiento vital, ambos habían congeniado a la perfección desde el primer momento, pues sí había algo que tenían en común: ambos poseían un gran corazón. Llegó un momento en el que su compenetración fue tal, pese a hacer tan poco tiempo que se habían conocido, que se les antojó harto difícil imaginar un mejor compañero de risas y lamentos.

Ella se había quedado huérfana y sin hermanos el mismo día. Había sido la única superviviente de un episodio de violencia inaudito de aquellas bestias del que había salido intacta por pura suerte, principalmente por el hecho que los infectados estaban demasiado atareados alimentándose de los cuerpos sin vida de sus familiares para siquiera prestarle atención a ella. Eso fue poco antes que el grupo que capitaneaba Morgan la rescatase de la calle por la que deambulaba en estado de shock y la llevase a la escuela Sagrado Corazón, junto con otro montón de supervivientes.

Él vivía solo en un piso de alquiler casi tan viejo como él, en la periferia de Sheol, cuando comenzó todo. Se fue enterando de la muerte de sus familiares y amigos en pequeñas dosis, día tras día. El hecho que se cerrase en banda cuando le insistían para que viniera con ellos, argumentando que era viejo y que no sería más que una carga, había sido, paradójicamente el motivo por el que había sido el único en sobrevivir, a medida que quienes trataban de ayudarle perecían bajo el yugo de los infectados.

Para ambos fue un golpe muy duro saberse solos en el mundo, conocedores de que todos a cuantos habían amado se habían ido para no volver. Pero para él, convencido ya desde hacía mucho tiempo que sería el primero en irse, y que serían sus seres queridos quienes tuvieran que sobrellevar el luto de su muerte, resultó incluso peor. Perder a sus dos hijos, a sus tres nietos, a su único hermano vivo, a sus sobrinos… sabiéndose él el más viejo de su particular clan, se le antojaba increíblemente injusto.

Tras largas y argumentadas conversaciones, a medida que los víveres iban expirando, acabaron acordando que partirían juntos. Bartolomé podría ser viejo, pero aún conservaba cierta agilidad, además de aquella vieja escopeta de caza con seis cartuchos, que tanto bien les había hecho días atrás, una noche en la que habían recibido la visita de tres infectados. Esa fue la única visita que recibieron en todo el tiempo que estuvieron ahí conviviendo.

Aquella noche Bartolomé no había temblado al acabar con ellos del modo más atroz pero eficaz, de la misma manera que Morgan había hecho con Rafael, sin titubear.  Macarena, que en otros tiempos se hubiera llevado las manos a la cabeza al ser testigo de semejante acto de violencia, se limitó a observarle, con una expresión muy seria en el rostro y convencida que estaban haciendo lo correcto. Al fin y al cabo, y aunque aparentasen ser personas como él y como ella, estaba firmemente convencida que los infectados no eran más que demonios que habían robado esos cuerpos para cometer sus fechorías, y que sus legítimos dueños ya habían muerto mucho tiempo antes.

Llevarían algo más de media hora de camino cuando llegaron al pequeño y viejo puente de piedra, siguiendo contracorriente el curso del río. Hasta entonces no habían visto signo alguno de hostilidad ni señales del mal que había asolado la Tierra hacía poco más de un mes, sacudiendo sus cimientos. Era el puente por el que el anciano había llegado a aquella vieja cabaña abandonada en primera instancia, el mismo por el que presumiblemente Morgan había accedido a la ciudad en busca de su esposa Sofía días atrás.

Fue justo al llegar al otro lado del río cuando escucharon la explosión. Retumbó el suelo, y cientos de pájaros alzaron el vuelo en trescientos sesenta grados a la redonda. De no haber estado tan asustados, les habría parecido una imagen bellísima. Desde ahí no fueron capaces de ver la deflagración que emergió de la gasolinera que acababa de estallar en pedazos, pero sí la densa nube de humo negro que ésta dejó a su paso, a medida que el incendio comenzaba a propagarse.

La joven y el viejo se miraron el uno al otro, sin ser capaces de encontrar las palabras adecuadas para apaciguarse mutuamente, principalmente porque carecían de ellas. Esperaron cerca de un minuto, guardando un silencio sólo roto por el ruido de fondo que hacían los grillos, al que habían aprendido a ignorar, por necesidad imperante del contexto. Al ver que no ocurría absolutamente nada, continuaron adelante.

Llegaron a las afueras de Sheol en cuestión de cinco minutos, siguiendo un camino de tierra que se transformó en una vía burdamente asfaltada que no tardando mucho más se convirtió en una calle con todas las de la ley. Ambos estaban muy lejos de sus casas, y ambos hacía largo tiempo que habían perdido tanto las llaves como las ganas de volver: demasiados recuerdos resguardados entre sus paredes que no harían más que reabrir heridas.

La visión del incendio a lo lejos, que no parecía en absoluto que fuera a extinguirse por sí solo, si un caso todo lo contrario, no hacía sino impacientarles. Debían encontrar el modo de reabastecerse cuanto antes, o pronto no habría nada a lo que echar mano. Pese a que la calle no podía ser más tranquila, ninguno de los dos se sentiría seguro hasta que no estuvieran rodeados de cuatro paredes y un techo, lejos de los infectados y lejos del fuego.

Si una vez consiguieran lo que se proponían volverían a la cabaña o buscarían otro refugio en las afueras, era algo que aún no habían decidido. Había mil y un lugares en los que resguardarse de los infectados, pero la probabilidad de encontrar a uno de ellos descansando dentro era tan alta, que aunque tardasen una hora en volver con todo cuanto consiguieran a cuestas, esa perspectiva era mucho más tentadora que quedarse en la ciudad en la que se había originado todo.

Acababan de salir de un pequeño supermercado regentado en tiempos por una familia de pakistaníes, cuando notaron la vibración. La notaron incluso antes de escuchar el ruido de las pisadas. Ambos estaban algo decaídos, al haber comprobado que el local había sido saqueado a conciencia, dejando literalmente todas y cada una de sus estanterías completamente vacías. Sin embargo, tal sensación se esfumó tan pronto descubrieron la fuente de la inusitada vibración.

La calle que desembocaba en el camino hacia el bosque no era muy ancha, pero estaba abarrotada de infectados que corrían hacia donde ellos se encontraban, dejando a sus espaldas la nube de humo y el fuego. Por fortuna les vieron mucho antes que supusieran una amenaza real, aunque debían reaccionar rápido si no querían ser pisoteados hasta la muerte, y eso en el mejor de los casos.

Macarena sugirió resguardarse en el supermercado que acababan de visitar, que era el único lugar accesible que habían encontrado hasta el momento. Al fin y al cabo, no disponían de más de un minuto antes que les alcanzasen. Bartolomé negó con la cabeza, mientras le temblaban las piernas: si ellos habían conseguido entrar, los infectados también podrían hacerlo, y el escondrijo se convertiría en una trampa mortal. Señaló a los pies de la joven, calzada con unas deportivas sucias. Macarena estaba de pie sobre la tapa de una alcantarilla.

Entre los dos intentaron levantar la tapa no sin serias complicaciones. Lo intentaron con ahínco, apurados cada vez más por la inminencia de la necesidad de encontrar un lugar donde resguardarse, pero pese a que se hicieron daño en dedos y uñas, no lo consiguieron. Ya era demasiado tarde para buscar una alternativa. Incluso el supermercado estaba ya demasiado lejos.

Cuando los gritos de los infectados eran casi tan altos como el incesante repicar de sus pies en el asfalto Macarena agarró de la muñeca a Bartolomé, que seguía intentando sin éxito levantar la tapa metálica, y prácticamente le arrastró hasta la parte trasera de una vieja furgoneta blanca que había aparcada frente a una sucursal de banco, a escasos metros de donde se encontraban.

Los infectados llegaron, irremediablemente. Para su sorpresa, y aunque detectaron alguna que otra mirada fugaz que sin duda había reparado en ellos, aquellos seres sin alma siguieron adelante, ignorándoles a voluntad. Tampoco hubiesen podido parar a echarles el guante sin ser arrollados por sus compañeros. Iban demasiado rápido y estaban demasiado concienciados con su propósito de abandonar Sheol a toda costa.

Aún sin creer lo afortunados que habían sido, decidieron no tentar más a la suerte y se arrastraron hasta colocarse bajo la furgoneta, desde donde al menos pasarían desapercibidos. El espacio del que disponían era increíblemente angosto. No tendrían nada que hacer si alguno de los infectados se agachaba y tiraba de cualquiera de sus extremidades. Por fortuna, eso no ocurrió.

Macarena comenzó a llorar, superada por la tensión y presa de la claustrofobia y la impotencia. Bartolomé la cogió de la mano y trató de tranquilizarla, argumentando que ahí estarían seguros, que tan solo tenían que esperar. Por fortuna estaba en lo cierto.

Con frecuencia tropezaban y caían aparatosamente al suelo, tratando con serias dificultades de ponerse en pie de nuevo, aunque no siempre lo conseguían. Parecía que no fuesen a acabarse nunca. Pasaron más de media hora ahí abajo, en una posición francamente incómoda, incapaces apenas de moverse.

Al ruido atronador de aquella especie de estampida humana se sumó el olor a quemado del incendio que seguía extendiéndose por la ciudad, sin nada ni nadie que tuviese la menor intención de hacerle frente. Poco a poco ese ruido fue cesando, y tras los jadeos de algún que otro rezagado y de quienes habían resultado infectados en peor estado físico, todo se sumió de nuevo en un silencio sólo roto por sus propias respiraciones.

Bartolomé fue el primero en arrastrase de nuevo a la calzada y comprobó que, en efecto, ya no quedaba un solo infectado en las proximidades. De nuevo hombro con hombro miraron en derredor, y vieron los efectos que la estampida había tenido en el entorno: se habían llevado todo por delante sin ningún tipo de miramiento, tal como si en vez de personas hubiera pasado por ahí un pequeño tsunami. De lo que no les cupo la menor duda era que volver a la cabaña no era ya una opción: aquella increíblemente numerosa procesión de infectados había huido en esa dirección.

Pronto se darían cuenta que ello, lejos de un problema, había sido en realidad una bendición. Ahora todos los infectados que había en el centro de la ciudad y en las proximidades del incendio habían abandonado Sheol. Al menos todos cuantos habían tenido ocasión de salir a la calle, uniéndose a la larga marcha de sus semejantes. Un escalofrío les recorrió la espalda al pensar qué habría sido de ellos si hubiesen demorado un poco más su partida, pues la cabaña era vieja, y ellos no hubieran estado preparados para hacer frente a una horda de semejante calibre.

El contraste tras aquél desagradable incidente fue increíble. La ciudad había vuelto a quedar en silencio, pero ahora ambos sabían que aquél silencio era distinto. Los dos eran conocedores de la afición que tenían los infectados por resguardarse en lugares oscuros durante el día, y pese a que su empresa ahora mismo era revisar ese tipo de lugares, ahora estaban convencidos que no encontrarían ninguno. No se equivocaban.

Acuciados por la nube de humo que se veía en la lontananza, se adentraron más y más en la ciudad, con su objetivo original de encontrar provisiones desdibujado por la necesidad acuciante de hallar algún otro lugar donde resguardarse y poder pasar la noche, que no tardaría en cernirse sobre ellos, del mismo modo que lo hacía aquella grisácea y desagradable llovizna de cenizas llevadas por el viento.

No fueron pocos los infectados muertos que encontraron por el camino, que cada vez resultaba más frustrante, pues todos los locales frente a los que pasaban estaban cerrados a conciencia, para evitar ser saqueados, que era precisamente lo que ellos pretendían.

La mayoría estaban en un estado lamentable, herencia sin duda de los cientos y cientos de semejantes que les habían pasado por encima durante aquél corto pero intenso éxodo. Tal solo encontraron un infectado vivo, que no había podido huir dado el terrible estado en el que ya se encontraba cuando se produjo la estampida. Resultaba evidente que se había despertado cuando al menos una docena de sus compañeros estaban alimentando de él. A diferencia del resto, dada su particular posición a resguardo de los pisotones, no parecía haber sido arrollado como el resto.

No habían acabado con ninguno de sus órganos vitales principales, pero carecía de las dos piernas y de un brazo, y le faltaba medio torso, las dos orejas y parte de la mandíbula inferior. Eso no resultó obstáculo, no obstante, para que gruñese airado al verles y comenzase a perseguirles, arrastrando lo poco que quedaba de su ajado cuerpo con su único brazo sano. Bartolomé se vio tentado a acabar con su sufrimiento dándole el golpe de gracia que tanta falta le hacía, pero Macarena le invitó a no hacerlo. En tal estado no resultaba una amenaza, y ellos no sabían cuándo precisarían de aquellos preciosos cartuchos.

Ya empezaba a hacerse algo tarde, y la sensación de calma, que en un principio había sido tensa, se había acabado tornando en pura impotencia. Vieron a un hombre boca abajo en mitad de la calzada, uno de tantos. Resultaba evidente que había sido víctima de aquellas bestias, que le habían pasado por encima, del mismo modo que resultaba evidente que ya no volvería a levantarse. Bartolomé se arrodilló junto a su cadáver, algo tímido pero convencido de lo que hacía, observado de cerca por Macarena.

En los bolsillos de aquél pobre infeliz encontró justo lo que buscaba: las llaves del piso y su cartera. Ignoró tanto el dinero como las tarjetas de crédito del mismo modo que había ignorado el ya inútil teléfono móvil que tenía en el otro bolsillo, y se los enseñó a su compañera de viaje, mostrando una amplia sonrisa en el rostro. Si bien no sabía cómo se llamaba, había reconocido a aquél hombre, que trabajaba en una tienda de ultramarinos que él acostumbraba a frecuentar, no muy lejos de su casa.

No les costó ni diez minutos llegar a la dirección que rezaba el carnet de identidad de aquél vecino anónimo. Para entonces, y aunque aún no era noche cerrada, el sol ya había abandonado la bóveda celeste, que no mostraba estrella alguna. Todas estaban ocultas en parte por el humo del incendio y en parte por las nubes amenazadoras de lluvia que se habían ido formando durante el transcurso de la tarde.

Si bien resultaba evidente por el desorden y la escasez de provisiones que se trataba del piso de un soltero, todo invitaba a pensar que había abandonado su hogar mucho antes de ser consciente del peligro que reinaba en las calles. El dueño de aquél piso no había pasado semanas racionando la comida y mirando asustado por la ventana cómo los infectados se hacían con la ciudad, sencillamente la había abandonado, convirtiéndose él prematuramente en uno de ellos, y jamás había vuelto, pese a seguir ostentando las llaves. Así de estúpidos eran los infectados.

Sintiéndose seguros tras aquella vieja puerta cerrada a conciencia, ambos cenaron, a la luz de unas pequeñas velas, una improvisada ensalada hecha con un tarro de lentejas, maíz dulce, cebolla frita y un par de latas de atún en conserva. Se ayudaron de sendas cervezas sin alcohol para hacerla bajar. Habida cuenta de cuán mal lo habían pasado los últimos días racionando la escasa comida que les quedaba en la cabaña, ese resultó un inenarrable manjar. Lo hicieron en la mesa del salón-comedor, con la visión a lo lejos, a través de la ventana que daba a la calle, del incendio en el otro extremo de la ciudad, que seguía su imparable avance.

Agotados tanto física como mentalmente, no tardando mucho se fueron a acostar. Macarena lo hizo en el único dormitorio del que disponía aquél humilde piso, y Bartolomé hizo lo propio en el sofá cama del salón-comedor. A la dulce joven de los ojos verdes no le costó nada conciliar el sueño. Bartolomé, sin embargo, no tuvo tanta suerte. Tenía demasiadas cosas en las que pensar.

Macarena despertó sobresaltada la mañana siguiente. La había despertado el estridente ruido de un trueno cercano. Se sorprendió al escuchar también el incesante repiqueteo de gotas de agua de la intensa lluvia que estaba asolando toda la ciudad.

Aunque aún era algo temprano, decidió levantarse a beber agua. El dueño del piso había dejado media docena de garrafas en el lavadero antes de abandonarlo, y aunque la mayoría estaban vacías, eso era mucho más de lo que jamás podrían haber soñado durante su cautiverio en el bosque, pues para hacerse con ellas no debía exponerse a los infectados con un paseo al río. Ella, además de sedienta, estaba cansada de sentirse mal cada vez que echaba un trago en la cabaña, y bebió hasta quedar saciada.

Encontró a Bartolomé de pie frente a la única ventana de la que disponía el salón-comedor, con la mirada perdida en la lluvia que caía con fuerza en la calle. Se giró hacia ella cuando la joven estuvo más cerca y la invitó a colocarse a su vera, con una tímida sonrisa en los labios cuyo porqué Macarena no acabó de entender.

BARTOLOMÉ – ¿No lo ves?

MACARENA – ¿El qué, abuelo?

BARTOLOMÉ – Ya no hay fuego. Ya no hay humo.

Macarena echó un vistazo al pedazo de horizonte donde la noche anterior, mientras cenaban, ardía incontrolablemente Sheol. Ahí no había ya nada más que los cadáveres chamuscados de un buen puñado de edificios.

MACARENA – ¡Es verdad!

Ambos se quedaron contemplando la intensa lluvia, maravillados por su mágico efecto, y aún más al saber que los infectados la detestaban.

De repente Macarena dio un respingo, que hizo que Bartolomé salpicase el suelo con la taza de café que sostenía con ambas manos. Entre los dos, bajo la iniciativa de la sobreexcitada Macarena, hicieron acopio de todos los utensilios que encontraron en el piso que pudiesen albergar agua, y subieron el último tramo de escalera que les quedaba para llegar al terrado comunitario que, por fortuna, estaba cerrado con un simple pestillo manual y no con llave, pese a disponer de su propia cerradura.

Se empaparon de pies a cabeza al desperdigar por el mojado suelo bandejas de horno, sartenes, ollas, fiambreras, palanganas, y todos y cada uno de los vasos que había en el piso. Ambos rieron, y durante unos minutos olvidaron cuanto les rodeaba y el motivo real por el que lo estaban haciendo. Por fortuna, la lluvia persistió varias horas, en las que tuvieron ocasión de rellenar todas las garrafas del piso, así como los tarros de cristal que el antiguo dueño guardaba en la cocina y todos los demás recipientes con tapa que fueron capaces de encontrar. No tardando mucho se darían cuenta tanto de que no hubiera hecho falta alguna, como del hecho que habían sido excepcionalmente afortunados de escoger ese momento y no otro para abandonar la cabaña.

Los primeros días fueron genuinamente agradables, pese a las trágicas circunstancias que les habían llevado hasta ahí. Bajo su perspectiva, la ciudad estaba oficialmente vacía. No en vano ellos eran los únicos supervivientes en más de un kilómetro a la redonda. Si bien tenían algún que otro vecino infectado que no había podido huir del lugar cerrado en el que había sufrido su transición de enfermo a superhombre ávido de violencia y carne fresca, su propia condición al no poder escapar les hacía inofensivos, y más tarde o más temprano, acabarían pereciendo debido a la inanición. Pero incluso ellos estaban demasiado lejos siquiera para escuchar sus lamentos nocturnos.

Pese a que tenían agua y alimentos suficientes para aguantar varias semanas sin preocupaciones, la ambición o tal vez el tedio, pues no había mucho que hacer ahí más allá de ver pasar los días, les hizo ponerse en acción. Al sentirse seguros en el edificio, pronto decidieron seguir investigándolo sin necesidad de pisar de nuevo la calle. Carecían de las llaves del resto de viviendas, cinco en total, pues el bloque disponía de dos por planta, con un total de tres plantas, pero no les costó mucho destrozar las puertas lo suficiente como para acceder.

Resultó casi tan útil como divertido saquear piso tras piso. La mayoría tenían tan poco o incluso menos que ofrecer que el piso en el que por pura casualidad se había convertido en su nuevo hogar, pero su vecina de rellano, una mujer mayor que había vivido la guerra en su juventud y empezaba a coquetear con la demencia senil cuando empezó la epidemia, de la que vieron no había rastro alguno, les dio una grata sorpresa.

Encontraron un arsenal de tarros de conserva y garrafas de agua a todas luces incompatible con el estilo de vida que podría haber llevado una mujer viuda casi nonagenaria. Cada cual hizo sus cávalas al respecto de su hallazgo, pero ninguno de los dos la juzgó, aunque sí le agradecieron en silencio su inesperada y valiosa aportación.

Ello no haría sino aplazar más la necesidad de cambiar de aires, y allí donde Bartolomé se encontró de nuevo como pez en el agua, en una vida francamente similar a la que tenía antes de la pandemia, solo que con más compañía de la que en su momento recibía, apenas una o dos veces por semana de sus hijos o sus nietos, Macarena empezó a notarse cada vez más incómoda. Se sentía como la presidiaria de una extraña cárcel de la que sabía a ciencia cierta que podría escapar cuando quisiera, pero de la que no se atrevía a alejarse más de la cuenta.

Los días fueron dando paso a las semanas, y éstas a los meses. En todo el tiempo que llevaban ahí tan solo tuvieron ocasión de ver a dos infectados, la misma noche, una semana y media después que ellos llegasen. Ninguno de los dos sabía de dónde habían salido, pero tal como lo hicieron, desaparecieron de nuevo para no volver a hacer acto de presencia.

Pese a que ellos jamás lo averiguarían, y poca falta que les hacía, ambos infectados, dos enamorados que habían decidido quitarse la vida juntos, habían escapado esa misma noche de su largo cautiverio echando abajo la puerta de madera que les retenía. Ambos habían resucitado juntos, poco después de suicidarse aquejados de idéntica enfermedad, al haber resultado mordidos por una de aquellas alimañas. Abandonaron Sheol por el mismo lugar que lo habían hecho sus congéneres días atrás, dejando la ciudad aún más vacía de lo que ya lo estaba.

Una fría mañana de enero, una mañana cualquiera, pues a esas alturas ya todas eran iguales, y Macarena hacía mucho que había perdido la noción del paso del tiempo, la joven se levantó con la firme convicción de pedirle a Bartolomé que la dejase dar una vuelta por el barrio, en busca de más supervivientes, o de una nueva fuente de alimento o agua. El motivo real no era otro que el tedio.

Ya habían tenido esa discusión en más de una ocasión, pero Bartolomé, preocupado por la seguridad de la joven, siempre se había negado en redondo. Pese a que sus reservas se habían visto menguadas considerablemente durante todo ese tiempo, aún disponían de alimento y de agua más que suficientes para prolongar su estancia varios meses más. Nada justificaría ponerse en peligro, y Macarena era consciente de la sabiduría de las palabras del anciano, pero aún así no estaba dispuesta a cejar en su empeño.

Tras lavarse la cara con un poco de agua reciclada y algo maloliente, se acercó a la cama donde pasaba las noches el anciano, cama que habían traído al salón desde una de las viviendas del primer piso, y le observó con el ceño fruncido. Estaba tumbado boca arriba, tapado con una gruesa manta que le llegaba hasta el cuello. Él siempre se despertaba antes que ella y acostumbraba a agasajarla con un nutritivo desayuno. Ese frío y nublado día sería distinto.

Macarena se acercó a él, consciente que ya era media mañana, preguntándose si sería oportuno despertarle o por el contrario dejarle dormir un poco más. Sabía que le costaba conciliar el sueño, y decidió esperar. Fue hasta la cocina y preparó un desayuno parecido a los que hacía él. Tostó el pan en el horno, que habían convertido en un fuego a tierra improvisado, ayudándose de las patas de un par de sillas de la vivienda de la vecina de rellano. Untó mermelada de fresa en dos de ellas y paté en la tercera. Aprovechó las brasas para calentar un café. Negro, bien cargado y sin azúcar, como le gustaban a Bartolomé.

Lo llevó todo al salón en una bandeja que colocó en la mesilla que había frente al sofá. Con una sonrisa en los labios, orgullosa de su hazaña, colocó la mano en el hombro del anciano y le agitó levemente, mientras le invitaba con dulces palabras a que despertase. No despertó, y el modo cómo su cuerpo reaccionó al movimiento, rígido y frío, hizo que Macarena se llevase una mano a la boca, al tiempo que dos grandes lagrimones comenzaban a recorrer sus sonrosadas mejillas.

Bartolomé había sufrido un infarto durante la noche y había fallecido poco después que Macarena cayese rendida en los brazos de Morfeo. Poco hubiera podido hacer por él de haber descubierto el problema in situ, dado que desconocía por completo cómo proceder en tales circunstancias, pero de lo que no cabía la menor duda era que ahora ya era tarde para todo. Al menos para todo lo humanamente sensato. Bartolomé se había ido para no volver, del mismo modo que lo habían hecho todas las demás personas a las que ella había querido en su corta pero intensa vida.

Se pasó el día llorando, mientras el pan se ponía duro y el café se enfriaba. No pegó bocado. Estaba demasiado desanimada siquiera para eso. La vivienda que compartían era demasiado pequeña para obviar la presencia del anciano, y Macarena pasó el día en el piso de al lado. Su dueña, que en cierto modo aún conservaba la vida, estaba muy lejos de ahí en esos momentos, y jamás se lo echaría en cara.

Macarena le dio una y mil vueltas a lo que debía hacer a continuación. De lo único que estaba convencida era que no podía seguir viviendo en ese piso, no con el cadáver de Bartolomé tan cerca. Sabía a ciencia cierta que no tendría la presencia de ánimo suficiente para llevárselo y enterrarlo. En parte porque estaban en mitad de una zona urbana, y no hubiera sabido dónde hacerlo, pero principalmente porque le resultaba demasiado doloroso. Aquél hombre era su último nexo con la vida real, y sin él, un abismo se formaba frente a sí.

La mañana siguiente también se despertó algo más pronto que de costumbre, pese a que esa noche había tenido serias dificultades para dormirse. Entró al piso que hasta hacía tan poco compartía con Bartolomé, y se le heló la sangre al verle ahí de nuevo. Estaba exactamente en la misma posición que le había dejado, a diferencia del sueño del que había despertado hacía unos minutos, en el que el anciano se levantaba, dispuesto a matarla.

Sin saber muy bien por qué, se colocó la escopeta a la espalda, echó una muda limpia, algo de comida y un par de botellas de agua en una vieja mochila de trekking que encontró en un armario, se abrigó de pies a cabeza, tal como la estación lo exigía, y cumplió con cuanto llevaba anhelando durante meses. Por suerte o por desgracia, ahora ya no habría nadie que le aconsejase lo contrario.

Pese a que sabía a ciencia cierta que las calles no eran peligrosas, no pudo evitar sentirse increíblemente vulnerable y desprotegida al pisar de nuevo la calzada. Llevaba demasiado tiempo encerrada entre esas cuatro paredes, que si bien habían luchado con todas sus fuerzas por hacerle perder el juicio, al menos debía reconocerles el excelente trabajo que habían efectuado haciéndola sentirse segura.

No llevaría ni veinte minutos caminando cuando unos golpes, a escasos dos metros de donde se encontraba, la hicieron dar un respingo acompañado de un grito que podría haberse oído a tres manzanas a la redonda. Intentó echar mano de la escopeta, pero ésta se le resbaló y cayó aparatosamente al suelo. Con el corazón en un puño, dispuesta a huir, descubrió el autor de aquellos golpes y se tranquilizó bastante.

Se trataba de un infectado joven, unos años menor que ella. Estaba encerrado en el patio de lo que parecía un edificio de oficinas. Las vallas perimetrales que habían servido en tiempos para impedir el paso al personal ajeno al bufete de abogados que había en la planta baja ahora le impedían salir. El cómo había llegado hasta ahí resultaba una incógnita para ambos.

Su aspecto era realmente escalofriante. Semidesnudo, su piel estaba cuarteada y grisácea. Estaba esquelético pero tenía la panza hinchada, y su olor era tan penetrante, incluso al aire libre, que Macarena se sorprendió de no haberlo notado mucho antes que él reparase en ella. El infectado metió uno de sus demacrados brazos por entre las gruesas barras de metal, tratando vanamente de alcanzar a Macarena con las pocas fuerzas que le quedaban, gruñendo las habituales incongruencias de sus semejantes. La joven tragó saliva, recogió la escopeta del suelo, y siguió su peregrinaje de destino incierto sin mirar atrás.

No paró hasta un par de horas más tarde, cuando ya era más que consciente que no sabría desandar el camino y volver al punto de partida, al menos no sin la ayuda de un mapa. Y no disponía de ninguno. Lo hizo al llegar a una zona de la ciudad que había sucumbido al incendio que provocó aquella ingente estampida que de poco no acaba con su vida y con la del difunto Bartolomé.

Se quedó maravillada ante el aspecto que lucía la ciudad de ahí en adelante. El tiempo y la lluvia habían hecho mella en los edificios calcinados, y la contemplación de los mismos se traducía en algo incluso bello. Habiendo perdido por completo el poco miedo que le quedaba, caminó sin prisa por las calles de aquél barrio, rodeada de los edificios medio destruidos por la fuerza del fuego. Muchos de ellos se habían derrumbado, escampando cascotes por doquier que le dificultaban considerablemente el avance, pero una gran parte aún conservaban su forma pretérita, heraldos de la catástrofe que se había cernido sobre ellos.

El frío del invierno jugaba en su contra pero la vegetación, ayudada por la lluvia y los incansables pájaros que volaban libres por doquier escampando semillas, ajenos a la caída del hombre, empezaba a mostrar su incuestionable intención de reclamar lo que los humanos le habían arrebatado durante siglos y siglos. Aquí y allá, en los lugares donde el terreno se había levantado, poco a poco emergían tímidas plantas y pequeños árboles que harían que en unos años la ciudad resultase irreconocible.

Sin saber muy bien cómo, Macarena acabó llegando al epicentro de la catástrofe. Al principio le costó distinguir dónde se encontraba. Ella tan solo veía un pequeño lago de forma muy irregular, con abundante vegetación a su alrededor, con las figuras ya irreconocibles de lo que en tiempos fueran edificios de viviendas. Se encontraba en el vértice de un parque público con los esqueletos chamuscados de docenas de árboles y un lago artificial en el centro, que ahora lucía completamente seco, sabría Dios por qué motivo. Desde ahí se podían ver los restos del hospital Shalom, en el que había nacido ella quince años atrás, al otro extremo.

Se centró de nuevo en aquél curioso lago. El agua era cristalina. Agua de lluvia que se había estancado en el cráter que habían formado las explosiones de los depósitos de combustible. No se lo pensó dos veces. Dejó la escopeta y la mochila sobre una roca enorme, que en tiempos había formado parte de la fachada del edificio de pisos que había delante, y se desnudó.

El agua estaba helada, pero eso no le importó lo más mínimo. Había descuidado tanto su higiene desde que comenzara aquella pesadilla, que poderse dar un baño se le antojaba el mejor de los regalos. Después de saciar su sed, pese a que no disponía de jabón ni de champú, se afanó, encantada, en limpiar su grasiento pelo y librar de suciedad su pálida piel.

Una vez estuvo satisfecha de su trabajo, se quedó en mitad del cráter, flotando boca arriba, limitándose a observar las blancas nubes que cruzaban el cielo azul sin mácula. Había olvidado la última vez que se sintió tan en paz consigo misma y con el mundo. Por unos minutos incluso olvidó el motivo que había desencadenado su partida.

Tenía las orejas bajo el agua, y por ello no escuchó el ruido del motor. Aarón giró la llave en el contacto, tragó saliva y se apeó del coche de su madre. Incapaz de creer lo que le decían sus ojos, se acercó un poco más al lago, y se ruborizó al contemplar la desnudez de la joven. El chico se la quedó mirando apenas unos segundos, incapaz de creer lo que le decían sus ojos, más por el hecho de haber encontrado a alguien vivo y sano que por la ausencia de ropa. Rápidamente se llevó el brazo a los ojos, rojo como un tomate, y llamó su atención.

AARÓN – ¡¿Hola?!

Macarena no se lo esperaba, y se asustó muchísimo al escuchar aquella aguda voz. No había distinguido lo que decía, pues tenía las orejas sumergidas, pero sí su capacidad para perturbar el silencio sepulcral que reinaba en la ciudad desierta y abandonada. Se incorporó como bien pudo, pues desde ahí no hacía pie, y miró en la dirección de la que había venido aquella voz.

Era poco más que un niño, un par de años menor que ella. Junto a él había un pequeño todoterreno cargado con un buen puñado de cajas de plástico y garrafas vacías. Ella se quedó quieta donde estaba, sin mover un músculo. Resultaba evidente que los infectados no sabían conducir coches, y ese coche no estaba ahí cuando ella llegó, pero aún así no pudo evitar temer por su vida.

AARÓN – ¿Estás… estás bien?

MACARENA – ¿Qué? Sí…

El niño se quedó callado, aún con los ojos tapados para no ver los incipientes pechos de la adolescente. No encontraba las palabras, y estaba increíblemente nervioso e ilusionado. Llevaba demasiado tiempo soñando con encontrar a alguien, tanto que incluso lo había olvidado. Macarena nadó en dirección a él, curiosa por su presencia y mucho más calmada. Resultaba evidente que el chico era inofensivo. De lo contrario ya habría echado mano de la escopeta.

MACARENA – Espera que voy a salir.

AARÓN – ¿Quieres una toalla? No está… no está muy limpia pero tengo por aquí…

MACARENA – No te preocupes. Gracias.

Macarena llegó hasta la orilla, se quitó el exceso de agua del pelo como buenamente pudo y, tiritando, se vistió con la ropa limpia que llevaba en la mochila. Se tomó su tiempo incluso para calzarse antes de acercarse al chaval. En todo ese tiempo, el chico no hizo siquiera el amago de echar un vistazo. Se plantó frente a él, mostrando una amplia y sincera sonrisa en el rostro.

MACARENA – Hola.

El niño apartó el brazo de sus ojos y la miró, maravillado, como si fuera la primera vez en su vida que veía a una persona que no estuviera infectada y tratase de matarle. Le llamaron especialmente la atención sus ojos verdes, pues hacía demasiado tiempo que no veía a nadie que no los tuviera encharcados en sangre.

AARÓN – Hola.

MACARENA – Yo soy Macarena. Encantada.

El niño tragó saliva, visiblemente nervioso.

AARÓN – Yo… yo me llamo Aarón.

Ambos se dieron dos besos, tal como les habían enseñado sus progenitores en un mundo que quedaba ya muy lejano, y fue ahí donde empezó su historia.

Aarón era hijo único de una madre soltera. Jamás conoció a su padre. Como todos los niños de su edad, estaba de vacaciones cuando empezó la epidemia. Él se encontraba en un campamento de verano, a unos treinta kilómetros de Sheol, cuando comenzaron los primeros brotes de violencia. Aún les quedaba una semana para que finalizase su estancia en los albergues, y la epidemia aún no había llegado hasta ahí, pero la dirección decidió devolver a los chicos a sus familias cuanto antes.

Avisaron a los tutores de todos los niños y les metieron a toda prisa en un autobús de vuelta al punto de partida, en pleno corazón de Sheol, donde deberían ir a recogerlos. A todos menos a la madre de Aarón. No consiguieron contactar con ella, aunque eso no resultó óbice para trasladarle de igual modo junto con el resto de sus compañeros. Lo intentaron un par de veces más durante el trayecto, y lo intentaron de nuevo al llegar al destino. Todos los demás niños ya estaban de nuevo bajo la protección de sus padres, pero no había habido manera de contactar con ella.

Por fortuna, Aarón disponía de las llaves de su casa, y uno de los monitores, un chico de dieciocho años que acababa de ver finalizar prematuramente su primer trabajo remunerado, se ofreció a llevarle. Así lo hicieron, y una vez ahí la llamaron de nuevo, con idéntico éxito. Ella ya hacía horas que había abandonado su puesto de trabajo, y sus compañeros afirmaban que se había presentado, había trabajado y se había ido a su hora, como hacía siempre. Nadie comprendía qué podía haber ocurrido.

El chico que había traído a Aarón a su casa acabó dejándole solo, seguro en su interior, disculpándose por ello, pues debía hacerse cargo de sus dos hermanos menores, que le estaban esperando en casa. Aarón esperó pacientemente el resto del día y lloró el resto de la noche, pero su madre no vino, ni cogió el teléfono las más de ochenta veces que la llamó, pese a que todas y cada una de las veces escuchó cómo daba tono.

Al día siguiente, lo primero que hizo fue llamar a la policía. Los brotes de violencia habían comenzado a escalar exponencialmente, por lo que tuvo bastante suerte, pues atendieron su llamada. Un par de agente se personaron en su casa a los pocos minutos y trataron de tranquilizarle. Le tomaron declaración, pero le dijeron que, al tratarse de un adulto, no podían hacer nada más, al menos hasta transcurridas 24 horas de la presunta desaparición. Ello no resultó en absoluto útil al pobre Aarón, pero cuando volvió a llamar al día siguiente, tan solo escuchó una locución que le invitaba a esperar, argumentando que todos los telefonistas estaban ocupados.

Llegó un momento en el que desistió de seguir llamando tanto a su madre como a la policía, y días más tarde, bien hubiera dado igual su determinación, pues no tardando mucho más su casa se quedó sin línea telefónica. Su caso de desaparición fue archivado, como otros miles esos días, y nadie más que él volvió a darle importancia al tema.

Aarón esperó la vuelta de su madre mientras las calles se convertían en el escenario de una película de terror, tanto de día como de noche, esperó cuando el ayuntamiento declaró el toque de queda, esperó, agazapado, cuando los furgones del ejército pasaron recogiendo a los pocos supervivientes que quedaban para llevarlos a los campos de refugiados habilitados en la periferia. Esperó y esperó, pero su madre jamás volvió.

Con el paso de las semanas, quienes no habían sucumbido a la infección transformándose en una de aquellas bestias, habían huido de Sheol sin mirar atrás. Pero Aarón no. Él esperaba el regreso de su madre. La ciudad se fue vaciando más y más de supervivientes con el paso del tiempo, hasta que Aarón acabó convenciéndose que era el último, rodeado por doquier de aquellas bestias que todas las noches le invitaban a salir, a reunirse con ellas y dejar de posponer lo inevitable.

Salir a la calle no era una opción, no si quería conservar la vida más de cinco minutos. Por fortuna, la casa en la que vivía tenía una piscina, una buena despensa y una valla perimetral lo suficientemente alta como para evitar que los infectados pudieran trepar con facilidad. Obviando la congoja por el saberse solo, ser consciente de la muerte de su madre, y saber a ciencia cierta que no podría abandonar jamás su casa, en el fondo fue bastante afortunado. Mucho más que la enorme mayoría de sus vecinos y conocidos.

Días más tarde, un día cualquiera de otoño, Aarón salió con su cubo atado a una cuerda a recoger agua de la piscina. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir a un infectado flotando boca abajo en el agua que hasta entonces le había mantenido con vida. Al parecer, aquél pobre infeliz se había colado sabría Dios cómo en algún momento durante la noche, y atraído por el agua de la piscina, se habría dispuesto a beber de ella, con tan mala fortuna que había caído dentro. Incapaz de nadar y sin hacer pie, había acabado ahogándose, después de hincharse de agua. Él no había escuchado nada la noche anterior.

De lo que no cabía la menor duda era que beber de esa agua ya no era una opción. Confiado con esa fuente aparentemente inagotable, Aarón no se había molestado en embotellar ni un solo litro, y un par de días más tarde, cuando ya estaba más que dispuesto a salir a la calle en busca de cualquier fuente de agua que le salvase de la muerte por deshidratación, surgió la explosión.

Subió las escaleras a toda prisa y se dirigió a la terraza del segundo piso, desde donde contempló, con la ayuda de los prismáticos que le había regalado su madre al inicio del verano y ayudándose de la posición elevada en la que se encontraba el barrio residencial del que él era rey indiscutible, la magnitud del incendio. Comió y cenó en la terraza, viendo acercarse más y más el incendio, cada vez más convencido que acabaría por llegar donde él se encontraba. Vio la marabunta de infectados alejarse de ahí, hasta que de nuevo todo quedó en silencio, pero no le dio la importancia requerida, al menos no por el momento.

Esa noche no pegó ojo: le hubiera resultado imposible. El incendio estaba tan cerca que notaba su calor abrasador en la piel. Si su casa no sucumbió al fuego, fue por pura suerte. La mitad del vecindario ya lo había hecho, y Aarón estaba ya más que dispuesto a abandonar su refugio, tal como los infectados habían hecho horas antes, cuando aquellas hinchadas nubes comenzaron a descargar su furia de relámpagos y aquella ingente tromba de agua sobre Sheol. Él llegó incluso a dudar si sus rezos a un ente superior, pues su madre era atea y en esa ausencia de creencia le había criado a él, habían surtido efecto.

Aarón no estuvo tan despierto como Macarena, pues estaba demasiado emocionado por haberse salvado del incendio. No aprovechó la oportunidad que le brindaba la lluvia para reabastecerse de agua, si bien a la mañana siguiente sí recogió lo poco que encontró en pequeños charcos aquí y allá y en los platos de las macetas, maldiciéndose por lo estúpido que había sido.

De vuelta al punto de partida, aunque con muchos menos lugares a los que dirigirse ahora a buscar agua en las proximidades, estaba convencido que debería partir al día siguiente, cuando reparó en algo, algo en lo que horas más tarde le resultaría impensable no haber reparado antes. No había infectados. Los que hubieran quedado atrapados en el incendio, sin duda habrían muerto carbonizados. El resto habían huido. Él los había visto. La ciudad estaba vacía, y eso lo cambiaba todo.

Sus primeras incursiones fueron tímidas y en las proximidades. Sin la amenaza constante de aquellas alimañas todo se volvía mucho más sencillo. No obstante, su éxito osciló entre lo escaso y lo nulo.

Un par de veranos atrás había habido una ola sin precedentes de robos con intimidación en la zona, y la enorme mayoría de vecinos, entre los que su madre también se encontraba, habían instalado un buen arsenal de mecanismos de seguridad activa y pasiva para impedir el acceso a los intrusos. Las alarmas de bien poco servían ahora, pero las puertas blindadas y los barrotes en las ventanas mantuvieron bien alejado a aquél pequeño ladrón de su tan necesario botín, por bien que los dueños de esas casas llevaban ya mucho tiempo muertos.

Consiguió la suficiente agua como para darse el tiempo necesario para averiguar cómo funcionaba el coche de su madre y coger algo de confianza. Por fortuna, no se lo había llevado el día que desapareció, y tenía el depósito lleno. Ella trabajaba en el centro, y hacía uso del transporte público para ello. Él se lo agradeció sobremanera.

Tras la primera incursión en la ciudad con el pequeño todoterreno de su madre, se convenció que eso era lo que debería hacer en adelante si pretendía seguir con vida. Fue un trayecto corto, pero increíblemente fructífero. Consiguió entrar a una tienda de ultramarinos en cuya trastienda encontró un par de cajas repletas de latas de refrescos. No era agua, pero le mantendría hidratado. Volvió a casa enseguida, increíblemente satisfecho de su hazaña.

Fue en su tercera incursión, semanas más tarde, cuando volvió a ver un infectado. Había abandonado su barrio siguiendo la ruta que tomaba su madre para llevarle al instituto, que era la que mejor conocía, y una infectada bastante gorda que no supo de dónde había salido, comenzó a perseguirle. Él aceleró y enseguida la dejó atrás, internándose en una zona de la ciudad que había sucumbido al incendio.

Se perdió, porque no era capaz de reconocer las calles en tal estado, y tardó casi una hora en volver a casa, con las manos vacías y hecho un manojo de nervios. Desde entonces había pasado más de un mes hasta que consiguió atesorar el valor suficiente para intentarlo de nuevo. El hecho que se le hubiesen acabado todas las latas de refresco y el poco agua que le quedaba en casa también ayudaron.

Era una fría mañana de invierno. Esta vez escogió un camino distinto, después de haberlo estudiado a conciencia en aquél mapa de Sheol a todo color que su madre guardaba en la guantera. Fue siguiendo la irregular línea que separaba el territorio arrasado por el incendio del que se había salvado de su yugo, mientras apuntaba en el mapa con un bolígrafo las zonas que no valía la pena peinar, pues no encontraría más que restos carbonizados.

Ningún infectado había vuelto a hacer acto de presencia desde su desagradable encontronazo con aquella obesa mujer, y en cierto modo había vuelto a recuperar la confianza en sí mismo. Además, pese a su corta estatura y el hecho de haber sido totalmente autodidacta, cada vez se le daba mejor conducir. Llegó un momento en el que se acabó cansando de garabatear el mapa y decidió ir a lo seguro.

Su intención era la de ir al supermercado IFAI de las afueras, y el camino más corto y más seguro, pues estaba convencido que la probabilidad de encontrar ahí un infectado era mucho más baja, era cruzando la ciudad incendiada. Eso fue lo que hizo, y por ese motivo encontró a Macarena bañándose en el cráter anegado donde antaño se había erigido la vieja gasolinera Amoco.

Tras unas cortas presentaciones, Aarón invitó a Macarena a subir al vehículo, argumentado que, aunque era de día, no era seguro quedarse a merced de los infectados, pues éstos eran muy rápidos. La joven miró en derredor. No había un solo edificio en pie en más de cien metros a la redonda, y ella no había visto infectado alguno desde hacía horas. No obstante, le hizo caso. Aquél gesto le resultó a la par entrañable y doloroso, pues le había recordado mucho a su querido Bartolomé.

Durante el trayecto al supermercado estuvieron charlando desenfadadamente, explicándose de modo muy superficial la trágica historia que tenían a las espaldas. El chico, que en un primer momento se había mostrado algo tímido, enseguida se soltó, al ver que su nueva compañera era tan inofensiva como extrovertida. Llevaba demasiado tiempo solo, con la única compañía de sus atribuladas reflexiones nocturnas.

El supermercado había sido pasto de las llamas, como todo en aquella zona de la ciudad. Aarón se mostró entristecido al descubrirlo, del mismo modo que se mostró encantado de seguir la extraña sugerencia de Macarena de ir a aquél enorme complejo de venta de plantas, flores y animales de compañía que habían dejado atrás minutos antes, mientras circulaban por aquella carretera secundaria abandonada.

Obviando el mal olor de la zona de la tienda donde descansaban los cadáveres ya irreconocibles de pequeños roedores, peces, conejos, perros y gatos, la visita fue mucho más fructífera de lo que ambos hubieran podido imaginar. Macarena había observado un sinfín de macetas de cerámica de todos los tamaños y colores a través de la verja del patio exterior de la gran tienda. Colarse había resultado muy sencillo haciendo uso de los alicates de corte de la caja de herramientas que Aarón tenía en el maletero.

La mayoría de las macetas pequeñas estaban completamente secas y vacías, pues hacía bastante tiempo que no llovía, pero las grandes aún conservaban algo de agua, y las enormes tenían mucha. No pararon hasta que todas y cada una de las garrafas que el chico llevaba en los asientos traseros y el maletero del pequeño todoterreno de su madre estuvieron completamente llenas, y no contentos con eso, se llevaron dos docenas de macetas de las más grandes, así como algunos snacks y barritas energéticas que encontraron en la trastienda, junto a la cajas.

Aarón invitó, algo acalorado, a Macarena a pasar la noche en su casa, o bien a llevarla de vuelta a la suya si prefería estar sola. La chica no se lo pensó dos veces. Volver hubiera resultado demasiado doloroso, y acompañada siempre tendría más posibilidades de sobrevivir. Más tarde, esa noche, mientras descansaba con los ojos abiertos como platos sobre la cama de matrimonio de la madre de Aarón, pensó en lo irónico que había resultado su encuentro con el chico. Si Bartolomé no hubiese fallecido ese mismo día, ella jamás se habría cruzado en su camino.

En adelante sus vidas se transformaron en una dulce monotonía. Aquellos dos hijos de vecino anónimos demostraron ser un buen equipo, hasta el punto que prácticamente se acabaron convirtiendo en hermanos. Se repartían las tareas, apenas discutían y se enseñaban el uno al otro. No fueron pocas las sesiones de improvisada terapia en las que ambos abrieron sus corazones, lamentándose por todo cuanto habían perdido, y al mismo tiempo sabiéndose afortunados al no estar solos.

En la ingente cantidad de tiempo libre de la que disponían a duras penas tenían ocasión de aburrirse. Jugaban a juegos de mesa y a las cartas, visitaban las casas de los vecinos en busca de secretos, se inventaban historias de terror… Macarena coqueteó con la pintura, tomando prestado bajo el permiso de Aarón los utensilios de su difunta madre. Aarón, por su parte, se pasaba horas practicando con la guitarra española, que había dejado abandonada desde hacía meses.

Con el paso del tiempo adquirieron la costumbre de leerse por las noches. La madre de Aarón era una ávida lectora, y ellos echaron buena cuenta de su biblioteca. Se turnaban para leer hasta que uno de los dos pedía una tregua, rendido al sueño. Fueron unos meses tranquilos y placenteros, en los que los infectados les permitieron vivir su vida sin sobresaltos.

Raramente salían a buscar más provisiones, conscientes del peligro que ello podía entrañar. Las macetas que hábilmente habían desperdigado por el jardín trasero se demostraron un acierto mayúsculo con la llegada de las lluvias, pero aún así, ese era un bien demasiado preciado y frugal, y más tarde o más temprano siempre se veían en la obligación de coger de nuevo el coche y salir a reabastecerse.

Hacía ya casi un año que convivían cuando en una de esas incursiones en la ciudad, una especialmente fructífera, después de salir de la biblioteca pública, a la que al parecer ningún superviviente ni ningún infectado había accedido desde que se clausurase poco después del inicio de los brotes de violencia, encontraron una pequeña horda de infectados esperándoles fuera.

Estaban demasiado mal acostumbrados, y la sorpresa fue francamente desagradable. De dónde venían o cómo habían ido a parar ahí, tantos, jamás lo supieron. Por fortuna, Macarena llevaba encima la escopeta de Bartolomé y sabía usarla, puesto que aún recordaba los sabios consejos de Morgan. Pese a su buena puntería, necesitó gastar hasta el último cartucho para hacerles frente, y aún así no consiguió matarlos a todos, aunque sí aturdirlos lo suficiente para que ambos pudiesen volver al todoterreno y salir de ahí a toda velocidad.

Aquellos infectados estaban en mucha peor forma que los que ella había conocido al inicio de la pandemia, los mismos que la habían dejado sin familia. Se veían famélicos y desesperados, e incluso daba la impresión que les movía más el hambre que las ansias de violencia, aún cuando el resultado de ello se hubiese acabado traduciendo en lo mismo, de haber salido victoriosos. Afortunadamente Macarena y Aarón salieron de una pieza, pero habían estado tan cerca de la muerte, que en adelante replantearon seriamente su modo de vida.

Pasó más de un mes antes que se armasen de nuevo de valor. Fue la necesidad la que les obligó a hacerlo, y no fue hasta estar francamente convencidos de lo que hacían. No volverían a cometer los errores del pasado, y menos ahora que no tenían armas de fuego con las que defenderse. Sheol era una de las ciudades más seguras en muchos kilómetros a la redonda, pero eso no significaba que pudieran levantar la guardia.

Esa vez intentaron de nuevo probar suerte en un supermercado. Las anteriores tres veces se habían demostrado un rotundo fracaso. El primero que visitaron estaba calcinado, y los otros dos saqueados hasta dejarlos limpios. En esta ocasión decidieron ir a uno de las afueras de Etzel, que Macarena recordaba por su proximidad a la escuela donde había pasado sus primeros días como huérfana.

Entraron linterna en mano, empujando un carrito de la compra que habían destrabado del resto con la moneda de euro que la madre de Aarón guardaba con tal propósito en el hueco de la ceniza del todoterreno. Al parecer, el dinero no había perdido todavía por completo su valor. Tras unos diez minutos dando vueltas por los pasillos arrasados, acabaron dándose por vencidos, conscientes que llegaban al menos un año tarde para poder echar mano a cualquier cosa de valor.

Al salir, se quedaron de piedra al observar dos grandes furgonetas aparcadas a lado y lado del todoterreno de la madre de Aarón. Un par de personas armadas estaban observando el interior del mismo y se giraron hacia ellos al escucharles. Un silencio tenso se apoderó del parking del supermercado. Macarena levantó las manos y suplicó que no disparasen. Le temblaban las piernas. Aarón la imitó, y ello hizo que los dos adultos estallasen en carcajadas.

Se trataba de un hombre de unos cuarenta años, bastante más calvo de lo que su edad parecía exigir, y una mujer joven de procedencia suramericana, de unos veinticinco. Ella se llamaba Alexia. Él se llamaba Jordi. Mostraron su más absoluta sorpresa al haber encontrado supervivientes en una zona tan cercana a Sheol, y se mostraron aún más sorprendidos cuando los recién hallados les explicaron que la ciudad estaba prácticamente vacía, herencia del incendio que había arrasado un buen pedazo de la misma.

Ninguno de ellos dio crédito a que dos chicos tan jóvenes hubieran podido sobrevivir solos tanto tiempo. No lo dudaron un segundo antes de ofrecerles acompañarles. La explicación fue rápida pero esclarecedora: ellos vivían en una pequeña comunidad de apenas un centenar de personas que habían bautizado como Nueva Sheol, en un pequeño islote de a duras penas tres hectáreas en mitad de un gran lago. Si habían sobrevivido tanto tiempo era porque los infectados no habían aprendido aún a nadar.

Tuvieron la deferencia de acompañarles a la casa de Aarón, a recoger las pocas pertenencias que ahí albergaban, antes de llevarles con ellos. Luego, ambos subieron a la furgoneta de Jordi y partieron, seguidos de cerca por Alexia, hacia su nuevo destino, a escasos veinte kilómetros de ahí. Aquella tierra prometida se encontraba en una zona muy poco poblada, en cuyas proximidades había poco más que un camping, un minúsculo pueblo destrozado y abandonado durante la guerra civil, y un par de gasolineras perdidas de la mano de Dios.

Durante el trayecto Jordi les explicó, gustándose bastante a sí mismo, cómo era la vida en Nueva Sheol. Al parecer, vivían en una especie de microdemocracia en la que había un alcalde que se renovaba trimestralmente, y donde hacían frecuentes referéndums para tomar todo tipo de decisiones, tanto trascendentales como insignificantes. Había gente de todas las razas, edades y profesiones, y todos vivían en armonía, trabajando duro por el bien común.

El asentamiento estaba en un lugar recóndito y de difícil acceso, y al no haber sido en ningún momento un sitio habilitado como centro de refugiados por parte del estado, sino una especie de cooperativa de supervivientes anónimos, todo había ido francamente bien. Jordi dijo con mucho orgullo que ningún infectado había pisado jamás la isla, y los chicos se mostraron abiertamente sorprendidos por ello. Se trataba de una sociedad bien avenida, nacida de la necesidad, en la que encajarían a la perfección.

No tardaron mucho en llegar, mientras Jordi seguía explicándoles las maravillas de Nueva Sheol. Aparcaron junto a un pequeño amarradero que carecía de barcas. Aquella isla minúscula, que antaño no había sido más que un humilde reclamo turístico y el lugar escogido para la vivienda de verano de algún que otro ricachón, estaba bastante alejada de cualquier orilla del lago, y sólo se podía acceder a ella en barca. O nadando. Por fortuna Jordi y Alexia disponían de una barca. Les sorprendió bastante descubrir que la llevaban encima en la furgoneta que conducía la mujer. La echaron al agua, se subieron a ella y Alexia comenzó a remar.

Durante el corto trayecto entre las dos orillas les explicaron algo cuya reacción en los chicos sorprendió mucho a los adultos, por serena y madura. Al parecer, se tomaban muy en serio la no-propagación de la epidemia en la isla, y todo quien abandonase la isla debía pasar por una cuarentena de 48 horas antes que le dejasen deambular libremente por ella de nuevo. Ello también se aplicaba a los nuevos huéspedes. Macarena y Aarón estaban sanos como una manzana, pero mostraron su aprobación, afirmando que les parecía tan justo como necesario.

Al llegar al pequeño embarcadero de la isla les recibieron dos mujeres que rondaban los cincuenta años. Eran hermanas, y serías las encargadas de llevarles a la zona de cuarentena. Se mostraron algo decepcionadas al descubrir que no habían encontrado alimentos en su excepcionalmente corta misión, pero al mismo tiempo emocionadas al ver que habían podido rescatar a dos jóvenes e indefensos niños.

Les llevaron hacia la zona de cuarentena, que no era más que una enorme pajarera sin pájaros pero con muchas plantas enromes que había en un pequeño complejo cerca del embarcadero. Tenía una zona cubierta en la que habían habilitado una letrina, media docena de literas y un par de mesas con seis sillas cada una.

Les hicieron entrar, no sin antes ofrecerles mudas limpias y algo de comida y agua. Alexia entró con ellos, pero Jordi se quedó al otro lado de la puerta cuando una de las dos madres de familia les encerró con un simple candado y se guardó la llave en uno de los bolsillos de su delantal.

Aparte del embarcadero, el pequeño zoo especializado en aves y un par de quioscos, en la isla tan solo había dos docenas de casa de alto standing, un pequeño complejo deportivo, un pequeño dispensario médico y un bar.

Durante los siguientes dos días serían los únicos tres habitantes de la pajarera. Hacía semanas que no encontraban a ningún superviviente, y que ningún superviviente les encontraba a ellos. Enseguida se corrió la voz, y algunos curiosos se desviaron de sus paseos para echarles un vistazo a los recién llegados.

La cara de Alexia era todo un poema: resultaba evidente que no era su primera vez ahí dentro, y aún más evidente que les guardaba cierto rencor por hacerle pasar nuevamente por eso, sin haber tenido ocasión de traer nada útil a la isla en su peligrosa incursión. Macarena y Aarón no se percataron de ello. De hecho, se lo estaban pasando en grande.

Jordi se acercó a ellos y Macarena se adelantó, posando sus manos en la malla que antaño había servido para evitar que los pájaros salieran de aquella enorme jaula.

MACARENA – ¿Tú no pasas la cuarentena?

Jordi negó con la cabeza, y se levantó la manga del anorak y la de la camisa que llevaba debajo, mostrando la cicatriz en forma de dos medias lunas de un mordisco humano. Macarena y Aarón se mostraron abiertamente sorprendidos por ello. No entendían nada.

JORDI – Yo ya estoy infectado.

AARÓN – Entonces…

MACARENA – Pero…

Jordi se tapó de nuevo el brazo.

JORDI – Me mordieron hace más de un año.

ALEXIA – ¿Otra ves vas a contar la historia de cómo te mordió tu vesina?

JORDI – ¿Tú no tienes nada más que hacer?

ALEXIA – Sí. Un túnel voy a haser, para salir de aquí y no oírte más.

Ambos estallaron en carcajadas. Macarena y Aarón seguían perplejos.

JORDI – Lo haré rápido, para no incomodar a la princesa maya. En efecto, me mordió mi vecina. Toda esta mierda… a duras penas acababa de empezar, y aún no sabíamos cómo funcionaba. Era de noche. Mi vecina…

Alexia puso los ojos en blanco.

JORDI – … no paraba de pedir ayuda a gritos. Yo corrí a echarle una mano, pero… tenía la puerta cerrada. Le pedí que la abriera, pero no lo hizo, y para entonces ya… ya no la oía. Me puse en lo peor. Eché abajo la puerta con un hacha, y entré. La muy perra estaba esperándome detrás, y me mordió. Vaya si me mordió. Se conoce que su hijo había vuelto a casa muy malherido tras un encontronazo con un infectado, y había muerto mientras esperaban la ambulancia, con tan mala fortuna que había vuelto a la vida y se había cargado a su madre. En el forcejeo él había caído al vacío desde el balcón. Vivíamos en un décimo. Ella acababa resucitar cuando yo conseguí abrir la puerta, y… supongo que le atrajeron los golpes o algo, y… Pues eso, que me mordió. Un minuto después llegó la ambulancia que ella misma había llamado poco antes. Consiguieron sedarla, y se nos llevaron a los dos, junto con los restos de su hijo dentro de una bolsa de plástico enorme con una cremallera.

MACARENA – Pero no entiendo nada. Si te mordió, entonces, ¿cómo es que tú no…?

JORDI – ¿En serio no lo sabéis? Bueno, no sé de qué me extraño. En las noticias no dijeron nada. Los muy… seguro que recibieron presiones del gobierno para no soltar prenda.

MACARENA – ¿Pero de qué…?

JORDI – Es la vacuna, el fármaco ЯЭGENЄR. Todos los que están vacunados, todos, si se infectan enferman y se transforman en… pues eso. ¿Qué os voy a contar que no sepáis? A los que no lo estamos, no nos pasa absolutamente nada.

MACARENA – ¿No puede ser una coincidencia?

JORDI – Puede ser, pero es demasiado… no. No lo creo. En Nueva Sheol hay cinco personas igual que yo, y todos y cada uno de ellos afirman no haber sido vacunado en ningún momento. ¿Vosotros estáis vacunados?

Macarena y Aarón asintieron al unísono agitando la cabeza arriba y abajo.

JORDI – Bueno, no tiene por qué pasaros nada. Toda la demás gente que vive aquí también lo está. ¡Prácticamente todo el mundo lo está! Nosotros… vivimos todos juntos en una de las casas, para… Quiero decir, no… No es que estemos enfermos, ni… pero… esto es jodidamente contagioso, y… a nosotros no nos va a pasar nada, pero preferimos mantener ciertas distancias, ¿sabes?

Macarena asintió. Nunca se había planteado cuál era el origen y la naturaleza de la infección, y si bien sí había oído que había gente inmune, su mente había preferido obviar esa información. La respuesta que les había ofrecido Jordi le había resultado algo ingenua, pero no por ello menos verosímil. Al fin y al cabo, la pandemia comenzó en la misma ciudad donde se encontraban los laboratorios.

JORDI – Bueno, no os entretengo más. En cuanto salgáis os daré un pequeño tour por la isla. No es muy grande, pero ya veréis que os encanta.

El resto del día fue todavía más entretenido. Después de tanto tiempo viviendo solos y haber aprendido a valerse por sí mismos, encontrarse de nuevo formando parte de un colectivo les resultaba muy gratificante. Recibieron la visita de docenas de personas, que les dieron la bienvenida. Muchos de ellos eran niños y niñas que estaban deseosos de que les liberasen para poder jugar con ellos.

En Nueva Sheol, que en realidad se llamaba Sitrah, aunque la mayoría de quienes ahí vivían lo ignoraban, había más gente que casas, pero por fortuna las casas tenían más habitaciones que gente había. Quienes aún conservaban parte de su familia o amigos, la mayoría de los cuales se habían forjado durante la epidemia, vivían juntos en la misma vivienda. Quienes llegaban ahí solos eran emparejados con personas de las casas menos habitadas.

Hasta el momento, esa dinámica les había funcionado francamente bien, aunque verdad sea dicha, hacían más vida en las zonas comunes que en las casas, donde muchos sólo pasaban a dormir, pues desayunaban, comían y cenaban todos en la sala polivalente del pequeño zoo aviario. Había habido discusiones, e incluso peleas, pero nunca habían trascendido, y muchos de sus protagonistas habían acabado siendo los mejores amigos, o incluso pareja.

Una de de las visitas que recibieron fue la de la alcaldesa vigente, que ya había escogido la casa en la que vivirían. Ese era uno de sus acometidos, y lo hacía gustosa. Había decidido que compartirían una casa del centro de aquél pequeño barrio residencial junto con una pareja que había perdido a sus tres hijos de manos de los infectados, y un anciano que requería bastantes cuidados, atención y cariño, que casi nunca abandonaba la casa. Los integrantes de aquella pareja tenían aproximadamente la edad de sus propios padres, y acompañaban a la alcaldesa. Ellos también les dieron la bienvenida, y aseguraron que lo tendrían todo listo para cuando pasaran el período de cuarentena.

Macarena y Aarón no cabían en si de gozo, sorprendidos por lo bien que les habían acogido, y preguntándose cómo era posible que no hubiesen sabido nada de Nueva Sheol hasta ahora, pese a llevar tanto tiempo viviendo tan rematadamente cerca.

Cuando se hizo de noche Alexia, que había mantenido un perfil bajo toda la noche, se interesó al escucharles leerse uno de los libros que habían traído de la biblioteca de Sheol. Les preguntó si podía unirse a ellos, y ambos accedieron encantados. El libro estaba bastante avanzado, pero ella disfrutó de igual modo. Estuvieron leyendo, a la luz de una pequeña bombilla con una batería que se había ido cargando con luz solar durante el día, hasta bien entrada la medianoche. Luego cada cual ocupó su litera. Aquellas camas no eran tan cómodas como las que tenían en la casa de Aarón, pero como tan solo tendrían que pasar ahí dos noches, no le dieron demasiada importancia.

A media tarde de su segundo día de cautiverio, cuando incluso habían tenido ocasión de hacer amigos al otro lado de la valla, les liberaron. La pareja que afirmó que les acogería en su casa vino, en compañía de las dos mujeres que les habían encerrado ahí, que a todas luces eran las funcionarias de prisiones de aquella minúscula ciudad. Alexia se despidió de ellos, dirigiéndose a la suya propia, y los siete fueron al que sería su nuevo hogar.

Aquella casa era mucho más lujosa de lo que ellos podrían haber imaginado. De hecho, todas en aquél vecindario lo eran. La casa tenía seis habitaciones, cuatro de las cuales tenían su propio cuarto de baño. Les presentaron al anciano, y Macarena sintió un pinchazo de nostalgia al recordar a su querido Bartolomé. Aquél hombre era unos años mayor de lo que lo fuera su viejo mentor antes de fallecer, pero estaba bastante más estropeado por el paso del tiempo. No obstante, era increíblemente educado y muy parlanchín.

Desde el inicio de la pandemia, todo el mundo había tenido un destino cerrado. En la mayoría de los casos ese destino era la muerte, o mucho peor, transformase en un infectado que siguiese propagándola. En el caso de Macarena y Aarón, ese destino parecía tener otro nombre: Nueva Sheol. Se adaptaron a la perfección, y se sintieron incluso fuera de lugar al recibir tantos agasajos por parte de sus nuevos vecinos. Un par de grupos de las casas vecinas les trajeron dulces que habían confeccionado en sus propias casas, invitándoles a pasar a visitarles cuando gustasen.

Cuando finalmente les dejaron a solas, después de más de dos días siendo el centro de atención de sus nuevos vecinos, Aarón se puso a llorar, sentado en la que sería su cama, en el cuarto contiguo al de su compañera. Macarena se acercó a él, contrariada, y le preguntó que qué le ocurría. Eran lágrimas de felicidad. Después de haberlo perdido todo, primero la había encontrado a ella, y luego a toda esa gente fantástica que hacía incluso difícil recordar cuanto malo había ocurrido en sus vidas hasta llegar ahí. Macarena le abrazó, y ambos se mantuvieron todavía un buen rato en silencio, soltando alguna que otra lágrima.

La vida real en aquél pequeño oasis en medio del Apocalipsis resultó ser tan idílica como se la habían contado. De vez en cuando se acercaban infectados a la otra orilla, atraídos quizá por el ruido o por las luces en la noche cerrada, pero como no tenían modo alguno de alcanzarles, más tarde o más temprano acababan desistiendo, y seguían su deambular errático por el resto de sus dominios.

Más de una vez vieron a algunos de ellos bebiendo en la orilla, y Macarena se escandalizó al ser conocedora de que el origen del agua que bebían y la que utilizaban para asearse era la misma. La alcaldesa le dijo que jamás utilizaban el agua sin antes haberla hervido, y habida cuenta de cuánto tiempo llevaban ahí viviendo, eso sirvió para apaciguar considerablemente la creciente ansiedad de la adolescente.

La convivencia con el resto de sus vecinos no estaba exenta de trabajo, pero el modo en el que se lo repartían era ciertamente curioso. Había quienes se encargaban de cocinar, quienes lavaban la ropa, quienes cultivaban el terreno, quienes cuidaban de los animales de granja que criaban y de los cuales se alimentaban, quienes, como Jordi y Alexia habían hecho, salían al exterior en busca de víveres, útiles o más supervivientes…

No siempre eran los mismos. Lo único que sí estaba prohibido era no tener una tarea asignada: ese privilegio tan solo lo ostentaban los niños menores de diez años y los ancianos, e incluso éstos aportaban su granito de arena al bien común con otro tipo de funciones. Unos enseñaban a otros, y una vez éstos eran duchos en tales lides, se encargaban de enseñar a terceros. La vida ahí eran sencilla y placentera.

Se adaptaron tan rápido, que pronto les resultó incluso extraño recordar cómo habían sido sus vidas antes de formar parte de aquél bien engrasado engranaje de cooperación y buena voluntad. Fueron pasando los meses y aprendieron muchísimo, rotando de una tarea a otra. Había tanta gente en la pequeña isla dispuesta a enseñar a los demás las cosas en las que eran expertos, y tanta gente dispuesta a dejarse enseñar y tener algo útil en lo que ocupar su tiempo, y sobre todo su mente, que todo salía a pedir de boca.

Con el paso de los años, Macarena y Aarón decidieron alistarse en algunas misiones de abastecimiento y reconocimiento. El volumen de infectados que venía a visitarles había disminuido drásticamente, principalmente porque los infectados eran demasiado estúpidos para valerse por sí mismos, y acababan pereciendo a la inanición prolongada, al no tener qué llevarse al estómago. Ello hacía de tales incursiones una tarea mucho menos peligrosa, pero ambos eran conscientes que eso no tenía por qué significar nada, pues como todos bien sabían, tan solo hacía falta un solo infectado para empezar de nuevo la pesadilla.

La relación de Macarena y Aarón fue derivando, con el paso del tiempo, en algo mucho más profundo. Se adoraban el uno al otro, y el amor platónico acabó derivando en otro tipo de amor. Crecieron juntos, hicieron amigos, discutieron, se reconciliaron… Ya no eran niños ninguno de los dos cuando Macarena quedó embarazada, y aquél niño no sería el primero ni el último que nacería en Nueva Sheol. Incluso se casaron, siguiendo un curioso ritual autóctono.

Con el paso de los años, la isla se les acabó quedando pequeña, y las misiones de reconocimiento, en un mundo considerablemente menos hostil, fueron alejándose cada vez más de ese epicentro. No todos los que se iban volvían, y en ocasiones traían a nuevos supervivientes, aunque éstos eran cada vez más escasos. Fue entonces cuando descubrieron que Nueva Sheol no era el único asentamiento de supervivientes que había en el país, y no por previsible les pareció menos llamativo.

Al parecer, había muchos más repartidos por todo el mundo, pero ellos se no se habían enterado por lo peculiar de su ubicación. Al fin y al cabo, ¿quién en su sano juicio querría siquiera acercarse al lugar donde se originó todo?

La idiosincrasia en tales asentamientos era drásticamente dispar entre unos y otros, pero lejos de generar disputas o rivalidades, lo que hizo fue fomentar el comercio de bienes y la libre circulación de personas, de modo que la isla pronto dejó de tener aquél alarmante nivel de superpoblación. Ello permitió que se generasen muchos excedentes, lo cual repercutió positivamente en el comercio, y por ende, en la calidad de vida de quienes decidieron quedarse. Macarena, Aarón y su hijo fueron de quienes decidieron no abandonar el que para entonces era ya su hogar.

Ocurrió años más tarde, al volver de una de aquellas expediciones a otro asentamiento, que había a unos cien kilómetros de Nueva Sheol. Macarena había ido sola, pues el hijo común que tenía con Aarón estaba algo enfermo, y ella conocía de buena tinta a un médico excelente que de bien seguro podría recetarle y dispensarle las medicinas que necesitaba, cuando Macarena descubrió que ya no había sitio a lo que volver.

Un hilillo de humo aún emergía de alguna de las casas que habían perecido al fuego. Pese a la distancia, desde esa orilla se veían con claridad los cadáveres. Macarena estaba aterrada, aunque resultaba evidente que ya no había nadie ahí y que no podría hacer nada por quienes ahí vivían cuando ella se fue días antes, pero debía acercarse a verlo con sus propios ojos.

Puesto que no tenía otro modo de acceder a la isla, nadó. Nadó hasta extenuarse, pese al frío del inminente invierno, y llegó empapada y tiritando a la otra orilla. Entonces lo comprendió. No tenían modo alguno de huir. La isla que hasta entonces les había servido de protección, acabó convirtiéndose en una ratonera. Habían sido rodeados, reducidos, asesinados, y quienes quiera que habían perpetrado tal atrocidad habían robado impunemente todo cuanto ellos habían atesorado con tesón, ahínco e ilusión durante tantísimo tiempo.

Encontró los cadáveres de su esposo y su hijo, entre otro montón. Les habían abatido con armas de fuego, sin darles siquiera ocasión a defenderse. Ellos hacía muchos años que se habían quedado sin munición de su escaso arsenal, y estaban convencidos que no la necesitarían, habida cuenta del declive que había sufrido la hegemonía de la Tierra por parte de los infectados.

Lloró y les maldijo a voz en grito. No eran capaz de imaginar una mente lo suficientemente perversa como para perpetrar semejante atrocidad. Pasó ahí la noche, con el alma a los pies, después de haber enterrado a sus dos seres más queridos en el mundo. Del mismo modo que no había podido soportar seguir viviendo junto al cadáver de Bartolomé, a la mañana siguiente cruzó de nuevo el lago y comenzó a caminar, sin mirar atrás.

Sus pasos, lentos y abatidos, la dirigieron, sin que ella se percatase muy bien de cómo había sido, de vuelta a aquella vieja cabaña en la montaña, entre Etzel y Sheol. Para su sorpresa, seguía de una pieza. Al entrar, descubrió que todo seguía tal como lo habían dejado ella y Bartolomé al salir, aquél día que tan alejado quedaba ya en la lontananza. Para la cabaña no habían pasado los años. Macarena, sin embargo, era ya toda una mujer.

Llevaría cerca de un año viviendo ahí sola, cual ermitaña en mitad del bosque, cuando una mañana escuchó un ruido muy cerca de la entrada. Trastornada por el miedo y el rencor a las bestias que le habían arrebatado todo cuanto amaba, echó mano de la vieja escopeta de Bartolomé, que había guardado con celo desde hacía más tiempo del que sería capaz de recordar, pese a que ya no era más que un trasto inútil, al carecer de munición.

Abrió la puerta rápidamente, con tal ímpetu que ésta chocó contra la fachada al girar ciento ochenta grados. Dio un paso al frente sosteniendo la escopeta con ambas manos, y apuntó a quien había al otro lado.

ABRAHAM – ¡Por favor, no dispares!

A Macarena le faltó tiempo para bajar el arma. Una bonita sonrisa se dibujó en su cara. No era más que un niño, unos años menor de la edad que tenía su hijo cuando le arrebataron la vida. Macarena invitó a pasar al chico y le invitó a comer en su mesa. Estaba increíblemente hambriento. Le explicó su historia: al parecer, un grupo de bandidos había atacado su poblado, matando a todos sus habitantes, incluidos sus padres. Él había conseguido salvarse por los pelos, y llevaba más de una semana vagando a solas, hasta que dio con ella.

Esa historia resultó curiosamente familiar a Macarena. Quizá los infectados hubieran dejado de ser una amenaza real a esas alturas, pero resultaba evidente que el ser humano no había aprovechado la valiosa oportunidad que se le había dado para empezar nuevamente de cero.

3×1216 – Nemesio

Publicado: 01/08/2019 en Al otro lado de la vida

1216

NEMESIO

 

Establo abandonado junto a la mansión de Nemesio, isla Nefesh

24 de octubre de 2008

 

El crujir de las hojas secas bajo el cuerpo de Nemesio acompañó a los primeros espasmos de su resucitación. Fue bastante rápido. El anciano parpadeó repetidamente, analizando dónde se encontraba, algo molesto por la, por otra parte, escasa luz que entraba por las ventanas rotas. No era más que un viejo establo sin animales, sucio, descuidado y con un penetrante olor a humedad. Pese a que había pasado cientos de horas ahí con anterioridad, no fue capaz de reconocer absolutamente nada.

Pese a la semipenumbra que reinaba en el ambiente y el hecho que la noche anterior había caído en los brazos de Morfeo como persona ciega, ahora veía con total claridad. No hacía ni una hora lloraba de alegría al haber recuperado el sentido de la vista, para poco después perder la vida. Ahora ésta también la había recuperado, tal como él mismo había fantaseado en sus últimos minutos previos a su muerte, y gracias al mismo virus que se la había arrebatado en primera instancia, pero a cambio había tenido que pagar con su memoria, con su misma esencia. Pese a que cualquiera que le conociese le reconocería tomo tal sin dificultad, ese ya no era Nemesio.

Tan pronto el rigor mortis abandonó sus extremidades, Nemesio se levantó y comenzó a deambular por la estancia. Una primera inspección visual le indicó que estaba encerrado. Trató de salir de ahí, acuciado por una necesidad acuciante de alimentarse, pero no encontró modo alguno de hacerlo. Ello, lejos de acrecentar su ansiedad, le resultó del todo indiferente. Se limitó a seguir vagando sin rumbo ni prisa alguna pues, al fin y al cabo, tampoco tenía nada mejor que hacer.

Fue por el mero hecho que podía ver a través que descubrió el modo de escapar. Una vez encontró un punto débil, toda su atención se concentró en ello. Trató de apartar la contraventana, pero ésta se mantuvo firmemente sujeta. La madera estaba parcialmente podrida y maltrecha por el ataque de las termitas y la humedad, pero parecía más que dispuesta a impedirle recuperar la libertad de la que Christian y Abril le habían privado al ocultar ahí su cadáver poco antes de partir en una misión en busca de víveres.

Hicieron falta varios golpes y zarandeos para abrir una vía de escape, pero no tardando mucho acabó consiguiéndolo. Maya estaba en la mansión, pero demasiado lejos para oírle. A ello se le sumaba el hecho que estaba profundamente dormida y el incesante ruido de la caída de agua, que lo inundaba todo. Se rasgó la ropa al salir por entre las maderas astilladas, pero finalmente recuperó la ansiada libertad. El sonido de la pequeña cascada se hizo más intenso una vez fuera, y su recién adquirido instinto le empujó a alejarse de ahí. Deseaba hacerlo cuanto antes, aún sin saber muy bien por qué.

Nadie le vio salir. Nadie le vio alejarse. Más adelante le echarían en falta, pero para entonces ya sería tarde. Se alejó siguiendo el curso del río, alejándose del inquietante ruido, principalmente porque no encontró modo alguno de cruzar al otro lado y la pendiente iba en esa dirección. Aún tenía los músculos algo agarrotados por el rigor mortis, y dejarse llevar por la inclinación del terreno resultaba lo más sencillo.

No habría avanzado ni doscientos metros cuando aquella cristalina agua se tornó demasiado tentadora para seguir ignorándola. Desde ahí ya no se escuchaba el sonido de la caída de agua, y ello también ayudó mucho a que el anciano tomase la decisión de echar un trago. Caminó hacia la fangosa orilla del río, se arrodilló y comenzó a beber aquella agua fresca, enfatizando la ironía que traslucía del hecho que había sido esa misma agua la que le había hecho enfermar hasta morir en primera instancia.

Comenzó torpemente, dando dentelladas al agua, metiendo la cabeza prácticamente entera, con poco o nulo éxito. Lo hacía con un ansia impropia de la sed que realmente tenía, que no era demasiada. Al fin y al cabo, pese a su cuerpo ajado por la edad, en cierto modo acababa de nacer; todo era nuevo para él. Pese a las dificultades, no se arredró y siguió intentándolo, con más ahínco incluso.

Nemesio se fue inclinando más y más, perfeccionando su más que discutible técnica, que le había obligado a parar y toser aparatosamente en más de una ocasión, hasta que finalmente dio incluso con las rodillas en el lecho fangoso. Ahí la velocidad del agua era bastante elevada y en un momento dado, poco antes de poder saciarse definitivamente, perdió pie y cayó de bruces al agua.

La corriente se lo llevó río abajo, y pese a que él hizo todo lo que estuvo en su mano y en su escaso intelecto para volver a la orilla, le resultó totalmente imposible. Tragó mucha más agua de la que había bebido mientras tan solo intentaba saciar su sed. Incapaz de hacer pie fue llevado por la corriente río abajo, hasta que finalmente, con la panza a rebosar de agua, acabó perdiendo el conocimiento al darse un golpe en la cabeza con una roca.

Despertó una hora más tarde, manchado de barro de pies a cabeza, en una zona de vegetación bastante espesa llena de gruesas raíces. Fueron éstas las que frenaron su avance y evitaron que acabase dando con cuerpo inconsciente en el Mediterráneo, donde con toda seguridad hubiera acabado ahogándose definitivamente, y sirviendo de alimento para los peces. Ningún infectado que cayera al mar salía de ahí con vida, a no ser que la marea fuese bondadosa con él y le llevase a la orilla. Eran incapaces de aprender a nadar.

Vomitó agua, mucha agua, junto con lo poco que había cenado la noche anterior y algo de sangre, herencia de la enfermedad que le había arrebatado la vida, de cuyos síntomas ya no había rastro alguno. Una vez acabó, la sensación de vacío de su estómago aumentó sus ganas de alimentarse, que venían acompañadas de algo más, que él aún desconocía, pero a lo que se abandonaría sin ofrecer resistencia alguna tan pronto tuviera ocasión.

Antes de verla, la escuchó. Se trataba de una mujer joven. Emitía unos ruidos muy extraños, a su parecer, pero si de algo estaba convencido, incluso con su limitado conocimiento de aquella nueva y extraña vida que acababa de adquirir, es que se trataba de una persona diferente a él: una persona no infectada, una persona perfectamente apta para destruir con sus propias manos y de la que alimentarse con su cuerpo aún caliente.

Le costó dar con ella, y para entonces los ruidos que emitía parecían incluso haber cambiado de dueño. Cuando antes eran gritos graves y muy frecuentes, una especie de jadeos coléricos, ahora tan solo se escuchaba unos tímidos berreos agudos, más parecidos a un llanto. El olor de la carne y la sangre frescas seguía resultando indiscutible, y Nemesio, tras trepar por la enésima maraña de raíces, finalmente dio con ella.

La chica estaba tendida sobre una mullida sábana de verde césped salvaje, en un claro del bosque, junto a un viejo coche con la puerta del piloto abierta de par en par y el motor en marcha. Estaba muerta. Lucía desnuda de cintura hacia abajo, y tanto su falda como su ropa interior yacía hecha un guiñapo a su lado. Estaba tumbada sobre un charco de su propia sangre, y de entre sus sucias piernas emergía una especie de intestino en cuyo extremo pudo ver, para su sorpresa, un bebé. Era el neonato el que emitía aquellos sonidos, exigiendo la atención y el cuidado de su madre, que jamás recibiría.

Nemesio se acercó, cauto pero seguro de sí mismo. Se vio tentado a hincar los pocos dientes que le quedaban en la joven carne de aquél bebé llorón, pero su madre resultaba a todas luces mucho más apetecible. Aunque él todavía estaba vivo, resultaba evidente que no supondría un reto acabar con su vida, y la mujer tenía mucho, mucho más que ofrecerle.

Tal vez fuera el hecho que el olor de su sangre lo impregnaba todo, pero el caso es que Nemesio no se lo pensó dos veces. Se arrodilló junto a su cadáver y comenzó a alimentarse de la carne blanda de sus muslos. El placer que sintió en sus papilas gustativas al notar la carne fresca y jugosa, henchida de sangre aún caliente, que pronto comenzó a recorrerle la comisura de los labios, resultaba indescriptible.

Siguió así cerca de quince minutos, incapaz de saciar su hambre, cuando de repente y sin previo aviso, la joven se despertó. Lo hizo de un modo tan inesperado que Nemesio, sorprendido y superado por la situación, se levantó a toda prisa, dio un par de pasos atrás, trastabilló con una roca sobresaliente, y dio con sus nalgas en el suelo terroso, sin parar de mirarla.

Aún algo aturdido, todavía sentado en el suelo y con la boca parcialmente abierta, manchada de sangre reseca, la vio levantarse a toda prisa, prácticamente de un salto. La infectada le miró, con los ojos bien abiertos y aquél conducto con el bebé en su extremo colgándole entre las piernas que no paraban de sangrar. Olisqueó el ambiente en su dirección, como tratando de discernir si Nemesio sería su próxima comida, pero en ese momento escuchó llorar a su hijo. Lo hacía con bastante menos ahínco que al principio, pero aún con ganas de vivir. A diferencia de su madre, pese a estar infectado, él no mostraba signo alguno de haberse convertido en una de aquellas alimañas. Aunque de poco le serviría.

La infectada no se lo pensó dos veces. Miró hacia abajo y le vio, como una especie de péndulo que amenazaba con hipnotizarla. Tiró del cordón umbilical y agarró al niño por el cuello. Éste lloró por última vez, emitiendo el sonido más alto que haría en vida, cuando su madre hincó los dientes en su sonrosada y sucia panza. Nemesio, molesto porque su banquete se hubiese despertado a medio comer, se levantó torpemente y se alejó de aquella horrible escena, consciente que ahí ya no era bienvenido.

El bosque era demasiado grande, y él carecía tanto de destino como de sentido de la orientación. Se limitó a deambular hasta que encontró una zona boscosa muy espesa, las copas de cuyos árboles formaban una cubierta que confería al lugar un aspecto lóbrego. Eso era todo cuanto necesitaba, ahora que ya había saciado su necesidad más acuciante: un lugar donde echar una cabezadita y poder librarse de los rayos del astro rey que tan molestos resultaban a su recientemente recuperada vista.

Durmió del tirón lo que quedaba de día, la noche entera y gran parte del día siguiente. Despertó con los primeros albores del ocaso, cuando el sol ya se había ocultado detrás del monte Gibah y no resultaba tan molesto. Con las pilas bien cargadas, después de aquél reconfortante sueño y la opípara cena que se había dado poco antes de caer en los brazos de Morfeo, se dispuso a continuar su peregrinaje de destino incierto.

La noche siguiente la pasó caminando prácticamente en su totalidad. La vegetación era muy espesa, y no hacía más que engancharse la ropa, desgarrándola cada vez más y más. Poco antes que amaneciera, estaba desnudo de cintura para arriba y con los pantalones hechos jirones, había perdido un zapato y su correspondiente calcetín, y lucía un feo corte en la planta del pie, aunque éste enseguida cicatrizaría y dejaría de resultar un problema. No encontró nada que llevarse a la boca, más que un par de ardillas que se limitaron a mirarle gruñir desde su atalaya en la rama de un árbol cercano.

A partir de entonces sus noches se transformarían en sus días. La luz de la luna y las estrellas le resultaba más que suficiente para poder orientarse y salir a cazar, y deshacerse del engorro que suponía tener que desplazarse con la tan molesta luz diurna, marcaba ciertamente la diferencia. Todos los días repetía una rutina similar, de destino francamente infausto. Su nueva vida se convirtió en un bucle del que era incapaz e salir.

Llevaba una semana de inanición severa, tan solo paliada por la ingesta eventual de agua del río, en la que no había visto a nadie más, ni sano ni infectado, cuando encontró el cadáver medio devorado de una vaca. A juzgar por las marcas de dentelladas que lucía, todo apuntaba a pensar que había sido víctima de uno de sus congéneres, aunque no solo había marcas de dentadura humana: al parecer había servido de alimento a medio bosque. Ahora había llegado su turno.

Las moscas habían dado buena cuenta de la res, pero él no tuvo reparo alguno en hundir sus mandíbulas en la carne burbujeante de gordos gusanos blancos. Estaba demasiado hambriento, demasiado desesperado por llevarse algo a la boca como para preocuparse de esas nimiedades. Comió como si le fuera la vida en ello, aunque en cierto modo, así era. Comió mucho más de lo que debería haber comido, hasta que su otrora hundido estómago se mostró hinchado. Entonces, lo vomitó todo.

Su propio instinto de supervivencia le hizo alejarse de la carne corrompida de aquél cadáver, y aún con peor cuerpo y ánimo que antes de encontrarla, continuó su peregrinaje. Los días dieron paso a las semanas, y él deambuló y deambuló, durmiendo durante el día y caminando durante la noche. No tardando mucho se quedó definitivamente y completamente desnudo, aunque ello no le importó lo más mínimo. Aunque tampoco era ese su objetivo, jamás consiguió llegar a la civilización.

En más de una ocasión descubrió animales de granja que habían sido liberados, pero ellos demostraron ser más rápidos que él, que cada día estaba más débil y cansado, y fue incapaz de darles caza. En una ocasión se pasó más de diez horas persiguiendo a un potro, más allá incluso del alba. El animal se limitaba a trotar un poco y seguir paciendo cada vez que Nemesio se acercaba más de la cuenta, hasta que finalmente le perdió de vista.

Durante del orden de un mes tan solo se alimentó del cadáver de un ratoncillo de campo que se había partido la espalda al caer de un árbol y de los pocos restos del bebé cuya madre había asesinado el mismo día de su resucitación, al que por fortuna, las moscas habían ignorado. Carecía de rumbo y no hacía más que dar vueltas sobre sí mismo, incapaz de alcanzar la costa norte.

El monte Gibah y la propia orografía del terreno hacían de barrera virtual para él, en cierto modo, y Nemesio, cuando la pendiente se hacía demasiado acusada, siempre escogía el camino más fácil, volviendo sobre sus pasos una y otra vez. Ello propició que nunca cruzase al otro lado, donde hubiera encontrado las granjas, la zona industrial y la ciudad, donde sin duda hubiera tenido muchos menos problemas para alimentarse. En más de una ocasión se cruzó con alguno de sus semejantes, pero ambos se limitaron a ignorarse el uno al otro, y siguieron su camino en solitario.

Las excursiones en busca de alimento eran cada vez más cortas y escasas, paradójicamente, pues las noches eran cada vez más largas. A medida que se acercaba el invierno llegaron las lluvias y empezaron a bajar las temperaturas, y ello hizo que aún saliera menos. Para entonces él estaba ya muy débil. Las costillas se le marcaban en su viejo cuerpo desnudo y lleno de cicatrices de arañazos. Su cara, que parecía sacada de una pesadilla, era todo un poema.

Él se encontraba oculto en una grieta en la roca, que a duras penas podría llamarse cueva, cuando cayó la primera nevada. Se limitó a observarlo todo, fascinado, desde su posición privilegiada. La nieve cubrió la abertura de la grieta, y él, lejos de tratar de escapar, se quedó tumbado donde estaba, demasiado cansado y hambriento para hacer nada más.

Pasadas unas horas, cuando ya era noche cerrada, intentó salir, pero el frío había endurecido la nieve a medio descongelar, transformándola en una barrera impenetrable, de modo que se limitó a hibernar, aunque su cuerpo no estaba preparado para eso. Hacía demasiado frío para hacer nada más. Ahí permaneció encerrado, incapaz apenas de moverse, durante más de una semana.

Cuando finalmente el hielo se derritió lo suficiente y pudo salir, lo hizo arrastrándose. Trató de ponerse en pie durante horas, pero sus músculos estaban demasiado agarrotados. Consiguió desplazarse más de cien metros antes que las pocas fuerzas que le quedaban le abandonaran definitivamente. No obstante, aún sin energía para moverse, tendido como estaba boca arriba en mitad de una zona llena de arbustos, con pocos árboles alrededor, desde la que se veía el cielo estrellado, no tuvo presencia de ánimo para morir.

Pasaron los días y las semanas. Su cuerpo se fue marchitando más y más, secándose y cuarteándose, pero Nemesio seguía aferrándose a la vida como a un clavo ardiente. Con la llegada de la primavera, un día espléndido, con el cielo azul sin mácula, escuchó un ruido en las proximidades. Ya no podía ni siquiera mover el cuello, que se había quedado agarrotado, pero su vista, su bien más preciado, más incluso que la vida, seguía funcionando a la perfección.

Escuchó gritos, seguidos de voces, seguidos de disparos, seguidos de carcajadas y algún que otro reproche airado. Su olfato le indicó que habían acabado con uno de sus congéneres. No sintió ningún tipo de lástima por él. Luego su olfato le indicó que sus verdugos se acercaban. Escuchó voces, aunque no entendió una sola palabra.

VÍCTOR – Anda, mira, ahí hay otro.

ABRIL – ¡¿Dónde?!

VÍCTOR – Ahí, tirado, entre los matojos.

Abril se acercó a Nemesio y no tardó en reconocerle. Se llevó una mano a la boca, incapaz de creer lo que le decían sus ojos. La otra sostenía el arma con la que había quitado la vida a aquél otro pobre infeliz. Al fin Abril entró en el limitado campo de visión de Nemesio. Llevaba el pelo más corto que de costumbre, e iba vestida como un vaquero del antiguo oeste. Entró en escena uno de los hombres que la acompañaban, que le apuntó con un rifle. Abril apartó con suavidad el arma, mientras negaba con la cabeza.

VÍCTOR – Ya sé que dijimos que sólo acabaríamos con los que supusieran una amenaza, pero… más vale prevenir que curar. No hace falta que…

ABRIL – No. No es eso. No es eso.

Víctor tragó saliva, con el ceño fruncido. Otra persona les invitó amablemente a que se dieran prisa en volver al jeep con el que habían llegado hasta ahí, pero ambos le ignoraron.

VÍCTOR – ¿Le conocías?

Abril asintió. Víctor también asintió y se alejó, para dejarle algo más de intimidad a su compañera. Una lágrima acudió a sus ojos. Abril creyó ver en sus suyos, inyectados en sangre, un brillo de reconocimiento. Se equivocaba. Lo único en lo que pensaba Nemesio era en abatirla, destruirla con sus propias manos y alimentarse de su cuerpo aún caliente. Pero ni siquiera podía moverse.

ABRIL – Abuelo…

Nemesio, que de buen grado la hubiera matado ahí mismo, emitió un leve gruñido, apenas audible, que ella confundió con un saludo, aunque perfectamente que no era así. Abril negó con la cabeza y se limpió con el dorso de la mano la lágrima que recorría su mejilla. Le apuntó con la pistola a la frente. Nemesio no entendía nada de lo que estaba ocurriendo, por lo cual no sintió miedo a la muerte.

ABRIL – Lo siento mucho, abuelo.

Abril apretó el gatillo, acabando por segunda vez con la vida de Nemesio. Paradójicamente, el pobre anciano hubiera muerto igualmente horas más tarde, sin su ayuda.

3×1215 – Roberto

Publicado: 19/07/2019 en Al otro lado de la vida

1215

 

ROBERTO Y CLARA

 

A quinientos metros del puerto deportivo de Quéret

15 de octubre de 2008

 

Roberto se giró levemente hacia la derecha al notar cómo su esposa Clara le cogía de la mano. La expresión de su cara, ceñuda y circunspecta, se parecía mucho a la suya propia. Algo no andaba del todo bien.

Ambos se encontraban en la cubierta del lujoso yate de Roberto, observando el desierto puerto deportivo. Les había costado mucho volver a Quéret, mucho más de lo que habían previsto en primera instancia. Pero estaban de luna de miel, y él no tenía que rendir cuentas a nadie, pues era el último eslabón jerárquico de la empresa que había fundado su recientemente fallecido padre, que funcionaba a las mil maravillas sin sus más que dudosas aportaciones, de modo que ese era el último de sus problemas.

Habían vuelto al lugar del que partieron hacía más de un mes después de aquella opulenta y carísima boda a la que habían invitado a más de doscientas personas, pero que no había supuesto el menor revés en la abultada cuenta del banco del joven empresario, heredero del tristemente fallecido magnate de las prótesis. Pese a que tenía en regla la licencia desde hacía años, tan pronto perdió la señal GPS había tenido muchos problemas para orientarse, motivo por el cual habían demorado tanto su vuelta.

Ver el puerto deportivo en ese estado debería haber hecho que Roberto diese la voz de alarma, pero la paz que ahí se vivía era tal, que ello sirvió justamente para lo contrario, paradójicamente. Muy lejanos quedaban ya los descabellados consejos de aquella joven mujer de larga melena rubia que habían encontrado hacía unos días en alta mar, junto con aquél variopinto grupo de gente desequilibrada de diversa índole, que le habían encomiado reiteradamente que no volviese a tierra firme, bajo amenazas insensatas dignas de la peor película de serie B. Lamentablemente, apenas recordaban el fondo de aquellas sabias palabras.

A juzgar por cuanto veían, o más bien por lo que no veían, resultaba más que evidente que le habían mentido descaradamente. Ahí no había nadie, ni enfermo ni sano, ni pacífico ni mucho menos peligroso. No había nadie, literalmente. Roberto tenía la impresión que se hubiera producido el rapto, del que tanto hablaba el también fallecido padre Andrés, con la intención de meterle miedo a él y a sus demás compañeros en las tan lejanas sesiones de catequesis de su infancia.

Roberto guió el navío hacia su espacio privado en el amarradero, cuya cuota había domiciliado hacía dos años, cuando su padre le regaló el yate. Bien podría haberlo hecho en cualquier otro noray, habida cuenta que todos estaban libres. Jamás había visto el puerto deportivo en tal estado.

No paraba de darle vueltas a la cabeza, intentando dar una respuesta a tan inesperado giro de los acontecimientos. Pensó que quizá estuviesen haciendo obras, y por ello lo hubiesen desalojado temporalmente, pero todo estaba tal cual él lo recordaba, y no había ningún tipo de maquinaria, ni vallas, señalización al respecto ni mucho menos operarios, aunque era un miércoles no festivo.

Tras dejar el yate a buen recaudo, hastiados hasta cotas insospechables de ser de él prisioneros, pusieron rumbo al aparcamiento. Clara había enhebrado su brazo en el de él, algo incómoda, y apretaba con relativa fuerza, visiblemente tensa. Roberto, esforzándose por ocultar su propia inquietud, sintió la necesidad de tranquilizarla.

ROBERTO – ¿Qué ocurre, cariño?

CLARA – No sé… Esto es… muy raro.

ROBERTO – ¿No tenías tantas ganas de volver?

CLARA – Sí, pero… ¿Y la gente?

Desde ahí se veía con claridad el paseo marítimo, y ahí tampoco había nadie. Ni en las calles, ni en los balcones, ni coche alguno circulando por la calzada. Daba la impresión que ellos fuesen las últimas personas del planeta, y que el resto, por algún extraño motivo que a ellos se les escapaba, hubiese decidido abandonarlo durante su ausencia. Las palabras de aquél hombre de piel negra disfrazado de policía revoloteaban por su cabeza, pero Roberto se esforzó por apararlas de un metafórico manotazo.

ROBERTO – Seguro que hay una explicación razonable, aunque ahora nos cueste imaginarla. ¡No se pueden haber evaporado!

Roberto soltó una sonora y forzada carcajada. Clara no le acompañó; si un caso, aún acentuó más la expresión de preocupación de su rostro.

ROBERTO – Vayamos a casa. Tenemos todo el tiempo del mundo para averiguar qué ha pasado aquí. No adelantemos acontecimientos.

Clara hizo un leve asentimiento con la cabeza. El coche deportivo seguía en el mismo lugar donde él lo había aparcado hacía algo más de un mes, en el parking privado del puerto deportivo. Lucía algo más de polvo y marcas de lluvia, pero arrancó a la primera. Con lo que le había costado, más le valía. También les llamó la atención el hecho que el parking estuviese prácticamente lleno, a diferencia de los amarraderos. De sus dueños, sin embargo, no había rastro alguno.

La barrera del acceso al recinto del puerto estaba levantada. Parecía forzada, dada su posición antinatural, pero seguía de una pieza. La garita del agente de seguridad que se encargaba de verificar la identidad de quienes entraban y salían estaba vacía. Roberto se apeó del coche y caminó hasta ahí, tratando de llamar la atención de quien resultaba evidente que estaba cometiendo una infracción gravísima. Él pagaba una cuota mensual muy alta para garantizar que hubiese alguien 24 horas al día salvaguardando sus bienes, y le sentó muy mal ver que el puesto estaba desatendido. Eso le resultó intolerable, aunque habida cuenta que no había un solo barco, no dejaba de tener sentido que no hubiera nadie para cuidar de ellos.

Se incorporaron al paseo marítimo. Las calles estaban sucias y descuidadas; los locales comerciales cerrados a conciencia. Había desperdicios por el suelo, y los contenedores estaban a rebosar de basura, mucha de la cual yacía desperdigada por la acerca y por la calzada, incluso con bolsas destrozadas que habían vertido por doquier su desagradable contenido. Roberto intentó tranquilizar a Clara, afirmando que debía tratarse de una huelga en el servicio de mantenimiento del ayuntamiento. No era la primera vez que vivían sus desagradables consecuencias en lo que iba de año. Ni él mismo fue capaz de dar crédito a sus propias palabras. Intentaba mostrarse sereno, pero estaba tan intranquilo como su esposa. Cada vez más.

El camino de vuelta al barrio de alto standing en el que vivían resultó excepcionalmente tranquilo. La imagen de dejadez y abandono de la ciudad estaba presente de un modo inquietante y en cierto modo desolador, pero a medida que comenzaron a subir la pequeña colina en la que se erigía el barrio, fue haciéndose cada vez menos acusada. Sin saber muy bien por qué, ello les calmó bastante.

De igual modo que ocurriese en el puerto deportivo, la garita que daba acceso al barrio estaba desatendida. Roberto tuvo que forzar manualmente la barrera para poder hacer entrar el coche, aunque después de haber pasado al otro lado, no hubiera sabido decir si eso le tranquilizaba o le ponía aún más nervioso. Si bien había hojas secas por el suelo, y resultaba evidente que ahí tampoco funcionaba el servicio de limpieza y jardinería hacía semanas, pese a ser éstos privados, volver a ese lugar seguro les hizo sentirse algo menos inquietos. Al fin y al cabo, el estado habitual del barrio era ese, salvo por algún vecino esporádico que saliera a pasear al perro o a hacer footing.

Llegaron de vuelta a casa sin haber tenido que lamentar el más leve contratiempo. No tardaron en percatarse que la corriente eléctrica ahí tampoco funcionaba. Al ser pleno día, no se habían dado cuenta de tal eventualidad por las calles, salvo por el hecho que los semáforos permanecían carentes de vida. Fue Roberto el que lo advirtió, al ir a buscar una cerveza a la nevera, cuya luz no se encendió al abrir la puerta, y al notar ésta a la misma temperatura que el exterior. Por fortuna, con un viaje tan largo en perspectiva, no habían dejado atrás ningún alimento perecedero que se pudiera echar a perder, y no tuvieron que lamentar malos olores.

De entrada, ese hecho no les supuso mayor problema, obviando el que carecían de modo alguno de enterarse de qué estaba ocurriendo, tal como Clara intentó hacer al tratar, infructuosamente, de poner en funcionamiento la televisión del salón. Tal era su nivel de congoja desde que llegaran de vuelta a la península, que hubiera dado cualquier cosa por escuchar a Eusebio Cuesta dando repuesta a todas sus preguntas en su habitual magazín sensacionalista de la sobremesa.

Clara intentó ponerse en contacto con su madre para preguntarle qué estaba ocurriendo, pero el teléfono tampoco funcionaba. Ni siquiera daba tono. A efectos prácticos, hubiera sido igual de útil tratar de comunicarse con ella haciendo uso de la tostadora. Tras una corta ducha con agua fría, que dejó las reservas del depósito de cubierta en números rojos, Roberto dejó a Clara en casa y se propuso dar un paseo por el vecindario. No sabía aún muy bien por qué, pero se llevó consigo su enorme pistola plateada. Se había sacado la licencia de armas para poder ir de caza con su padre, pero tras un par de intentos infructuosos en los que había bebido más cerveza que disparos había efectuado, había olvidado tal afición. Aprovechando que ya la tenía, había comprado aquella pequeña belleza, que por fortuna, aún no había necesitado usarla jamás.

Su intención era la de que algún vecino pudiera explicarle lo que estaba ocurriendo, pero tras visitar más de dos docenas de viviendas, obteniendo en todas idéntica respuesta, absolutamente ninguna, acabó optando por volver por donde había venido. Clara estaba que se subía por las paredes. Le imploró ir a visitar a su madre, pues estaba convencida que le había ocurrido algo terrible en el trascurso del poco más de un mes que hacía que habían abandonado la civilización en aquella idílica luna de miel.

Su madre era viuda y vivía sola en casa con el gato. Sabía cuidar de sí misma. Tras una corta discusión algo tensa, Roberto acabó dando su brazo a torcer, y no sin antes prepararse un tentempié con la poca comida enlatada que tenían por casa, pusieron rumbo a la de la madre de Clara. Por fortuna, ésta vivía a poco más de quince minutos de ahí.

El corto trayecto lo efectuaron por una carretera secundaria, sin ocasión de cruzarse una sola vez con otro coche. Ninguno de los dos daba crédito a cuando veían. Si antaño les hubieran preguntado, ambos hubieran respondido encantados ante la perspectiva de vivir en un mundo en el que no hubiera nadie más, nadie con quien discutir, nadie a quien tener que soportar desplantes, pues aunque de cara a la galería se esforzaban por ocultarlo, ambos eran bastante misántropos. La perspectiva ahora distaba años luz y resultaba mucho menos halagüeña.

La sensación de abandono e indefensión era rayana en el dolor físico, y se iba incrementando a medida que continuaban adelante sin ver más que signos de abandono de la civilización que habían dejado atrás después de la boda. Aunque sabían a ciencia cierta que eso no podía ser cierto, se sentían como los dos últimos supervivientes en la tierra. La ausencia de tráfico les permitió llegar en tiempo récord, y el hecho que no hubiera un solo coche aparcado en la calle, les permitió estacionar delante mismo de la puerta.

Clara tocó el timbre en hasta tres ocasiones, cada vez más nerviosa, antes de darse cuenta que la ausencia de corriente eléctrica le había privado de vida. Entonces llamó a su madre a viva voz, deseando verla correr la cortina del salón y mostrar una grata y sincera sonrisa en el rostro al ver de nuevo a su primogénita y única hija, como hacía siempre. Para su desesperación, la cortina se mantuvo impasible. Clara sacó el juego de llaves del bolso y abrió la puerta de la verja exterior, que les permitiría el acceso a la rampa del parking privado y a los cuatro escalones que llevaban a la puerta principal, que la joven se afanó en abrir, cada vez más nerviosa.

Jimmy, el gato, salió disparado por la puerta tan pronto ésta se abrió. Ambos le vieron llegar a la calzada en tiempo récord y salir escopeteado calle arriba como alma que lleva el demonio. Clara hizo el amago de perseguirle, pero el animal parecía tener las ideas demasiado claras. Fue el olor lo que le hizo recuperar el hilo de sus pensamientos. Un desagradable hedor provenía del interior de la casa pareada en la que vivía su madre. Clara entró a toda prisa en la vivienda, seguida de cerca por Roberto.

Tras una corta inspección de la planta baja, en la que todo parecía en regla, ambos subieron las escaleras. Las piedras del gato estaban llenas de heces y orines del felino, pero aquél intenso olor no provenía de ahí. Era mucho peor, y resultaba evidente que procedía de la primera planta. Clara subió las escaleras a toda prisa y entró en el dormitorio de su madre. Incluso la cama estaba hecha. La puerta del cuarto de baño en suite estaba entreabierta, y mostraba sin ningún tipo de reparo el desolador espectáculo que se había producido dentro.

Clara comenzó a gritar a pleno pulmón, presa de la más absoluta congoja, al ver a su madre muerta en la bañera. La espuma de su boca hacía largo tiempo que había desaparecido, pero el tarro vacío de píldoras que había ingerido para quitarse la vida, haciéndolas bajar, al parecer, con un vino gran reserva del 85 del que parecía haber bebido a morro, resultaba lo suficientemente esclarecedor para entender lo que ahí había ocurrido. Si bien no el por qué.

El pobre animal se había limitado a hacer cuando estaba en su mano, más bien en su zarpa, para sobrevivir. Encerrado en la casa, sin modo alguno de salir, una vez se evaporó todo el agua que su ama le había dejado, que no era poca, y una vez se había acabado todo el pienso que ésta le había dejado, había hecho lo único que estaba a su alcance para seguir con vida. El agua de la bañera le había mantenido hidratado. El cuerpo de la madre de Clara le había mantenido alimentado. Al menos hasta hacía un tiempo, porque su actual estado de putrefacción era tan avanzado, que el pobre animal hubiera muerto de haber seguido adelante. De ahí la prisa que tenía por abandonar la casa.

Clara hubiera estrangulado al gato con sus propias manos hasta ver cómo su vida llegaba a su fin, de no ser por el hecho que el animal estaba ya a más de un kilómetro de ahí, comenzando una nueva vida que pronto le haría envidiar el cautiverio y la inanición a los que había sido sometido.

Roberto se esforzó en vano por calmar a la hiperexcitada Clara, aún sin ser capaz de dar crédito a cuanto habían presenciado. Resultaba evidente que hacía al menos dos semanas que su suegra había muerto, pero no había una triste nota que delatase el motivo de su suicidio. Ninguno de los dos entendía nada. La mujer había enviudado hacía más de un lustro, había recuperado la felicidad y estaba empezando a rehacer su vida. Que hubiera decidido quitársela, era algo que no albergaba el menor sentido para ellos, aunque ambos enseguida entendieron que tenía algo que ver con lo que estaba ocurriendo en las calles. Más bien con lo que no estaba ocurriendo.

Habida cuenta que el teléfono fijo de la casa tampoco funcionaba, decidieron acercarse a la comisaría a denunciar el aciago hallazgo. De haber decidido investigar algo más a fondo la casa, hubieran descubierto el periódico que yacía sobre la mesa de la cocina o los folletos del toque de queda que los soldados habían metido en los buzones de todas y cada una de las viviendas de la ciudad costera, que resultaban muy esclarecedores al respecto de por qué la madre de Clara había tomado tan drástica determinación. Pero Clara tenía demasiada prisa por alejarse de aquella pesadilla, y aunque ambos estaban convencidos que ahí tampoco encontrarían a nadie que pudiera ayudarles, partieron hacia ahí igualmente. ¿Qué más podían hacer si no?

La comisaría se encontraba en pleno corazón de Quéret, y el sol ya había comenzado su inexorable declive para dar paso a la noche. Ambos comprobaron, para su mayor desasosiego, que del mismo modo que todos los electrodomésticos de su casa y los semáforos en las calles, las farolas tampoco tenían la menor intención de encenderse. Acordaron que si no encontraban ayuda en la comisaría, deberían posponer la investigación a la mañana siguiente. Pese a disponer de las luces de carretera y encontrar las calles desiertas, circular por la ciudad a oscuras les resultaba espeluznante.

Tardaron bastante más en llegar de lo que habían previsto, pues encontraron varias calles cortadas por coches en apariencia abandonados en mitad de la calzada. Algunos de ellos incluso con las puertas abiertas de par en par. Ambos se apearon del vehículo al llegar a su destino, aliviados en cierto modo, pese a lo irónico que ello resultaba, al comprender que tendrían que dar media vuelta y volver por donde habían venido, de vuelta a casa.

La comisaría no solo estaba desierta, igual que el resto de edificios, sino que estaba clausurada por varias decenas de metros de cinta policial, y cerrada a conciencia. Incluso parecían haberse molestado en soldar las puertas entre sí para que resultase a todas luces imposible abrirlas de nuevo. No obstante, no había cartel alguno que indicase el motivo de tal decisión: el viento y la lluvia se habían encargado de hacerlo volar lejos y dejarlo hecho migajas por el sucio suelo.

Tras buscar infructuosamente un punto débil por el que entrar, aún estando casi convencidos que dentro no encontrarían más que salas vacías, decidieron volver al coche. Clara ya había ocupado el asiento del copiloto, y Roberto iba a hacer lo propio tras el volante, cuando ambos escucharon un ruido proveniente de un cajón en forma de ataúd que había junto a la fachada. Todo apuntaba a pensar que se trataba de un trabajo provisional en el aparato eléctrico del edificio, a juzgar por los gruesos cables negros que emergían de su parte superior.

Roberto miró en esa dirección y acto seguido echó un vistazo a Clara. Ésta negó lentamente con la cabeza. Roberto hizo caso omiso y dio un paso al frente. Sacó la pistola de su escondite, donde la espalda pierde su nombre, y tragó saliva. Las puertas de aquél burdo armario de contrachapado estaban visiblemente forzadas. Donde antaño debiera haber colgado una gruesa cadena de eslabones metálicos sujeta con un candado, tan solo quedaban dos feos agujeros en la madera, astillada, que por su pequeña escala no permitían ver lo que había al otro lado.

Roberto se armó de valor y abrió la puerta de un tirón. Del interior emergió una barra de metal que de poco no le golpea en plena frente. Roberto trastabilló hacia atrás, sosteniendo el arma entre sus dedos temblorosos. Se tranquilizó sobremanera al descubrir de qué se trataba realmente: no era más que un niño asustado.

Ahí encerrado había un chaval de unos once o doce años que apestaba a sudor, vestido con harapos y con el pelo más sucio y enmarañado que Roberto había visto en toda su vida. Estaba sudando a mares. El chico comenzó a agitar aquella tubería medio doblada que sostenía con ambas manos, con los ojos prácticamente cerrados, más que dispuesto a golpear con todas sus fuerzas a cualquiera que se acercase más de un metro a la redonda de donde se había escondido, sólo Dios sabía por qué. Roberto, consciente que no corría ningún peligro, guardó de nuevo la pistola, metiéndola entre el cinturón y el pantalón, en su cadera derecha.

JOSÉ – ¡No! ¡No me muerdas! ¡Si te acercas un poco más te juro que te reviento!

El preadolescente dejó de agitar la tubería medio doblada que sostenía con ambas manos tan pronto dio fe que ni Roberto ni Clara tenían intención alguna de agredirle, pero la dejó alzada frente a sí, observando, ahora sí, con los ojos abiertos como platos a quien tenía delante.

JOSÉ – ¿Estáis… estáis vivos?

Roberto no respondió. Para él, esas palabras no albergaban el más remoto sentido. Resultaba evidente que estaban vivos, al igual que lo estaba él.

JOSÉ – ¿Os han mordido?

ROBERTO – ¿Eh?

JOSÉ – ¡¿Te estoy preguntando que si os han mordido, es que estás sordo?!

Roberto frunció el ceño, claramente molesto por la actitud del chico. Entendía que estuviera asustado, pese a que desconocía el motivo, pero en cualquier caso, esas no eran maneras de dirigirse a un adulto. El chico estaba obsesionado por saber si a ellos les habían mordido. Pensó que quizá hubiera una jauría de perros enfurecidos que rondase por la ciudad vacía, y que ello respondiese a su exacerbado estado de ansiedad.

ROBERTO – ¿Quién nos va a haber…?

JOSÉ – No me fío. Seguro que os han mordido. ¡Idos de aquí! ¡Dejadme en paz!

ROBERTO – No entiendo por qué… ¿Qué te ha mordido a ti…?

JOSÉ – ¡A mi no me ha mordido nadie! ¿¡Te enteras!? ¡Nadie!

Clara se apeó del coche, claramente afectada por la situación. Aquél chico, aún con la tubería, no suponía ninguna amenaza para ellos, pero aún así, se sentía muy incómoda con la situación. Clara y Roberto se miraron mutuamente, sin acabar de comprender las palabras de aquél chaval.

JOSÉ – Pensaba que ya no quedaba nadie… pen… pensaba que yo era el último…

El chico se puso a llorar desconsoladamente, bajando al fin la amenazadora tubería. Roberto respiró hondo y tragó saliva. No sabía qué debía hacer a continuación. Resultaba más que evidente que el chaval estaba al borde del colapso nervioso, y su más básico instinto le gritaba que le dejase ahí y se olvidase de él. No obstante, era la primera persona viva con la que se cruzaban desde que volvieron a la península, y ni él ni Clara estaban dispuestos a perder la oportunidad de hacerle un buen interrogatorio. Era demasiada la curiosidad que acarreaban como para dejarle ahí.

Roberto dio un paso al frente, y le puso una mano en el hombro, tratando de tranquilizarle. José dio un respingo al notarlo y se puso de nuevo en tensión, convencido que le iban a agredir. Fue la visión del brillo de aquella enorme pistola plateada el que le hizo perder el hilo de sus pensamientos. En ella vio la solución a todos sus problemas, una solución rápida, aunque no especialmente limpia. Al fin y al cabo, ya había perdido todo lo demás: la vida era lo único que le quedaba, y después de tanto tiempo burlando a la muerte, después de tanto tiempo limitándose a aplazar lo inevitable, prefería ser él quien tomase la decisión final.

JOSÉ – Buena suerte con los muertos.

ROBERTO – ¿Qué dices?

El preadolescente sonrió. Fue una sonrisa sincera. Roberto no alcanzó a entender nada, y se vio obligado a llevarse las manos a las orejas al notar el fuerte estallido de la detonación. Clara gritó, temiendo que el chico hubiese disparado a su esposo. Nada más lejos de la realidad. José le había arrebatado el arma a Roberto y se había disparado a sí mismo en el pecho, con la clara intención de quitarse la vida. Pretendía dispararse al corazón y acabar con todo su sufrimiento, pero sus conocimientos de anatomía eran aún muy limitados. De su boca comenzó a manar bastante sangre.

Pese al daño más que evidente que había sufrido y el dolor que sentía, trató de acabar lo que había empezado, pero Roberto fue más rápido. Le quitó la pistola de las débiles y temblorosas manos y la tiró a un lado. Ésta rodó por el suelo unos metros, hasta quedar frenada por los pies de Clara, que lo observaba todo, atónita, y sin dar crédito, desde su posición junto a la puerta abierta del vehículo.

Estaba perdiendo mucha sangre. La herida de bala había sido a bocajarro, y había desgarrado parte de su pecho. Sin embargo, tanto él como Clara se esforzaron al máximo por detener la hemorragia del moribundo chaval, que no atendía a razones. Roberto le arrancó la camiseta para tratar de ayudarle, aunque resultaba evidente que ya nada podía hacerse por él. Fue entonces cuando las vieron.

Las marcas de aquella mordedura eran muy pequeñas, y formaban un arco. De no ser porque ello no albergaba sentido alguno, Roberto hubiera jurado que se trataba de la marca de una mordedura humana, no de un animal, como había pensado en primera instancia. Por algún motivo, ninguno de los dos se sorprendió demasiado al ver que la aparatosa herida enseguida dejaba de sangrar.

Entre los dos le llevaron a rastras al coche. Roberto puso el santo en el cielo al ver cómo la sangre de aquél chico manchaba la tapicería. Le dejaron recostado entre los dos asientos y ocuparon los suyos propios. Ya habían perdido demasiado tiempo. Pensaron el acercarse al hospital, pero para entonces ya habían aprendido la lección: ahí no habría absolutamente nadie, como no había nadie en ningún otro lugar. Volverían a casa, donde tendrían ocasión de pensar con más claridad.

Se alejaron justo a tiempo de evitar encontrarse con quienes, atraídos por los gritos y el disparo, habían acudido a ver qué ocurría, lo cual era al mismo tiempo una bendición y una maldición, pues ellos seguían igual de ignorantes del peligro al que se estaban exponiendo deambulando por la ciudad infectada al ocaso. El trayecto fue igual de tranquilo que todos los anteriores.

ROBERTO – ¿La gente se ha vuelto completamente loca? ¿Qué diablos está pasando aquí?

Por más que le daba vueltas a la cabeza, Roberto no era capaz de encontrar una respuesta plausible. Todo cuanto había ocurrido desde que pisaran de nuevo tierra firme parecía un mal sueño.

CLARA – Quizá se trata de una epidemia de suicidios.

ROBERTO – ¿Pero qué dices?

CLARA – No lo sé. Quizá la gente ha enfermado por algún… no sé… por algo, algo del ambiente, y… se han vuelto locos y han comenzado a suicidarse en masa.

ROBERTO – Si eso fuese así, ¿no crees que habría cadáveres por todos lados?

Clara cayó en la cuenta de la elocuencia de las palabras de Roberto. No dejaba de resultar irónico que, aunque ellos no lo vieron, al encontrarse al otro lado de una furgoneta aparcada, acababan de pasar junto a media docena de cadáveres que había tirados unos encima de otros en la acera, junto a la salida de unos multicines.

Para cuando llegaron de vuelta a casa, José ya había perdido el conocimiento. Trataron de reanimarle, pero les resultó imposible. Seguía con vida, no obstante. Le acostaron en el dormitorio de invitados, tras limpiarle a conciencia, para evitar que la herida se infectase, pese a lo irónico que ello resultaba, y procedieron a cenar. Lo hicieron en silencio, a la luz de las mismas velas que habían utilizado para dar ambiente a la tan lejana noche de bodas, mientras hacían el amor.

Roberto no preguntó a Clara por qué no lloraba, aunque no tenía otra cosa en la cabeza. La imagen del cadáver desnudo de su suegra, con la cara medio comida por el gato, le acompañaría de por vida. Había sido un día demasiado largo, y ambos acordaron que tenían que descansar, tanto el cuerpo como la mente. Ocuparon la cama de matrimonio. Clara se durmió enseguida, de tan exhausta como estaba. Roberto, sin embargo, no fue capaz de pegar ojo.

La despertaron los gritos. Los mismos gritos que enseguida se extinguieron, haciéndola creer que tan solo habían sido imaginaciones suyas. Se giró y comprobó, a su pesar, que Roberto no estaba junto a ella en la cama. Debía ser medianoche, a juzgar por la oscuridad que lo envolvía todo. Sintió miedo. Sacó la linterna de la mesilla de noche y llamó a su esposo. No obtuvo respuesta. Se armó de valor y bajó las escaleras, poco a poco.

Le descubrió bajo el umbral de la puerta principal, abierta de par en par. Estaba tumbado boca abajo en el suelo, y bajo él había una sospechosa mancha negra que crecía por momentos. Clara enfocó el haz de la linterna hacia la habitación en la que José debía estar debatiéndose entre la vida y la muerte. La puerta también estaba abierta, pero sobre la cama no había ya nadie. Se arrodilló junto a Roberto y trató de despertarle.

Roberto había muerto. Tenía un desgarrón en el cuello del que había manado toda aquella sangre. Clara no entendía nada. Entonces sí lloró, abrazada a su cuerpo, echada junto a él en el manchado suelo, superada con creces por la situación. Pasó cerca de veinte minutos velando su cadáver, sabiéndose sola en el mundo, sintiendo un enorme vínculo empático e incluso comprendiendo de un modo doloroso la decisión que había tomado su madre al quitarse la vida.

Levantó la mirada y vio la pistola, ahora no tan brillante al estar manchada con la sangre reseca de quien había arrebatado la vida a su esposo, del que ahora era viuda. Resultó demasiado tentadora. Su disparo fue más certero que el de José, y acabó con su vida en el acto. Al fin y al cabo, ya no había ningún motivo para seguir adelante. El mundo se había acabado, ¿qué pintaba ella ahí?

Minutos más tarde, el cadáver de Roberto volvió a la vida. Roberto descubrió el cuerpo sin vida de su esposa junto a la mesa del comedor y se dirigió hacia él. Comenzó a morder el brazo de Clara, y al infectar con sus flujos salivales su recientemente extinta corriente sanguínea, ésta comenzó a reactivarse, produciendo una curiosa reacción exotérmica que hizo que la carne aún adquiriese un mejor sabor.

Veinte minutos más tarde, Clara resucitó, y Roberto, muy a su pesar, tuvo que dejar de alimentarse con su cuerpo. De todos modos, tampoco estaba demasiado hambriento, pues no hacía mucho que había cenado. Tras unos cortos espasmos, Clara se levantó y miró de arriba abajo a su esposo, olisqueándolo. Se dirigió hacia él, que estaba observando la calle desierta desde el umbral de la puerta.

Roberto se giró levemente hacia la derecha al notar cómo su esposa Clara le cogía de la mano. Creyó leer en su rostro un atisbo de sonrisa cuando sus miradas se cruzaron, pero ello no fue sino fruto del azar. Con las ensangrentadas manos entrelazadas, comenzaron a caminar calle abajo, movidos por una extraña fuerza que les invitaba a dejarse llevar por esos nuevos instintos que acababan de despertar en ellos, más que dispuestos a abrazar gustosamente la nueva vida que tenían por delante.

3×1214 – Yael

Publicado: 18/06/2019 en Al otro lado de la vida

1214

LORENZO, CARMINA Y YAEL

Periferia rural de Sheol

9 de septiembre de 2008

 

El pequeño Yael observaba, desde el asiento trasero del viejo monovolumen azul de sus padres, arrodillado sobre los asientos, cómo aquella mujer de larga melena rubia se despedía de él. Bárbara agitaba la mano derecha, moviendo alternativamente la muñeca a lado y lado, mostrando una tímida y sincera sonrisa en los labios, en parte salpicada de inquietud. La perdió de vista tan pronto el vehículo cruzó la esquina del viejo horno de pan.

CARMINA – Haz el favor de sentarte en tu sitio y ponerte el cinturón, ¿quieres?

YAEL – Sí, mamá.

Yael, a regañadientes, tomó asiento sobre aquella ridícula, barata e incómoda sillita homologada y se abrochó el cinturón. Suspiró, vencido. Por delante les esperaba un viaje de más de veinte horas. Y eso en el mejor de los casos.

Él era hijo único de una familia humilde, y llevaba ansiando el final del verano desde hacía semanas. La perspectiva de perderse la vuelta al colegio y el reencuentro con sus dos mejores amigos, José Manuel y Sandra, no se le antojaba en absoluto atractiva, pero aunque jamás lo reconocería delante de sus padres, se sentía en cierto modo ilusionado por aquél improvisado viaje a Bélgica.

Yael no había abandonado Etzel desde que se acabaran las clases a mitades de junio, y se sentía algo avergonzado por ello, consciente que no tendría ninguna jugosa historia para explicar cuando empezara el nuevo curso. José Manuel había viajado con sus padres y sus dos hermanos en crucero a Italia, y Sandra había ido a visitar a su hermano mayor a Reino Unido un mes entero, él solo, sin sus padres. Yael sabía a ciencia cierta que tan pronto tuvieran ocasión de reencontrarse en el patio del Santa Teresa le explicarían con pelos y señales cuántas aventuras habían vivido. Él no estaba dispuesto a ser menos.

El hecho que el forzado y repentino desplazamiento a visitar a los primos de su madre en Bélgica coincidiese con el inicio de las clases, que sin duda se perdería, contradecía en cierto modo tal premisa, pero al fin y al cabo, su opinión no contaba, jamás lo había hecho, de modo que de nada serviría quejarse. Esa lección la tenía bien aprendida.

Él tan solo tenía ocho años, y pese a que sabía que estaba pasando algo raro, no era ni remotamente consciente de la envergadura del problema que se les venía encima, y del que sus padres pretendían protegerle abandonando el país. Su madre había puesto todo de su parte para resguardarle de la avalancha de información que inundaba la prensa escrita y audiovisual. A decir verdad, no le había resultado una tarea especialmente complicada, habida cuenta que el niño pasaba el día leyendo cómics de superhéroes y tan solo veía un par de cadenas de televisión pública que emitían dibujos animados las veinticuatro horas del día.

Hacía más de una semana que no abandonaban su piso en Etzel, ni él ni ella, y Carmina se había encargado de evitar que el niño presenciase ninguna de las atrocidades que sucedían en la calle prohibiéndole salir al balcón y obviando sintonizar ninguna cadena de televisión en la que se hablase de aquellos desagradables y desafortunados brotes de violencia que habían comenzado en la cuidad vecina, Sheol, no hacía mucho.

Un par de días atrás, no obstante, Yael había escuchado a su vecina, la señora Paca, hablando con su hijo por el patio de luces comunitario del bloque, que daba al lavabo. Él había ido a hacer aguas menores, pero se había quedado ensimismado atendiendo a aquél escalofriante relato, digno de uno de aquellos libros de miedo que le había prestado José Manuel las anteriores navidades, propiedad de su hermano mayor.

Al parecer, un hombre loco había agredido al marido de Paca cuando éste estaba trabajando en el camión de la basura. El hombre le había atacado mientras él estaba aferrado a la parte trasera del camión y le había hecho caer, partiéndose un brazo al intentar suavizar el impacto del aparatoso golpe. Aquél hombre había comenzado a pegarle e incluso a morderle, y no había parado hasta que su compañero, el conductor del camión, y un par de personas más que pasaban por la calle fueron en su auxilio. Intentaron retener al agresor, pero éste había acabado huyendo, al verse en semejante inferioridad de condiciones. Ni fue su primera víctima ni sería la última.

Ahora el marido de Paca estaba ingresado en el hospital, pues tras el ataque había comenzado a enfermar, y los médicos, por más que se esforzaban, no eran capaces de averiguar el motivo, y mucho menos de dar con una cura. El hijo de Paca estaba convencido de que aquél hombre loco había hecho enfermar a su padre al morderle. Paca, por el contrario, no paraba de quitarle hierro al asunto, asegurándole que enseguida se pondría bien, que no había motivos para preocuparse. Ni Yael ni el hijo de Paca ofrecieron la menor verosimilitud a sus palabras. El tiempo acabó dándoles la razón.

De eso hacía ya dos largos días, con sus dos largas noches, y desde entonces Yael había tomado la costumbre de visitar el lavabo con mucha más frecuencia, aunque jamás había vuelto a oír a ninguno de los dos. A decir verdad, desde aquél momento, a duras penas había vuelto a oír a ningún otro vecino charlando, ni tan solo el ruido de la cisterna de ningún váter, ni a nadie cantado mientras se tomaba una ducha, lo cual resultaba cuanto menos extraño.

Él estaba algo asustado, aunque no hubiera sabido decir muy bien por qué, pero teniendo a su padre cerca, sabía a ciencia cierta que jamás podría pasarle nada malo. Eso era un hecho objetivo en su vida. Su padre conducía camiones desde antes incluso de cumplir la mayoría de edad y se conocía las carreteras nacionales como la palma de su mano. Pese a que sus servicios acostumbraban a concentrarse en la península, durante una época, poco antes que él naciese, había trabajado para una empresa de transportes internacionales. Hubiera sabido llegar a Bélgica con los ojos cerrados.

Debían cruzar toda Francia para llegar a su destino. Los primos de su madre vivían prácticamente en la frontera entre Bélgica y el país galo. Él no les había conocido jamás, y su madre hacía más de quince años que no les veía, aunque una o dos veces al mes acostumbraba a hablar por teléfono con ellos. El tío de su madre, que ya había fallecido, había emigrado a Bélgica al no encontrar trabajo en el pueblo, del que ella también había emigrado, y había acabado formando una familia ahí con una mujer belga. Esa era la última y única carta que tenían para poder abandonar el país, pues no disponían de dinero suficiente para tomar un avión, aunque pronto descubrieron que esa tampoco habría sido una buena idea.

Tuvieron que tomar un desvío por una carretera comarcal al poco de abandonar Sheol, al descubrir que la autovía que llevaba al aeropuerto estaba demasiado transitada y les ralentizaría al menos una hora. No eran pocos quienes, al ver las orejas al lobo, habían tenido la magnífica idea de abandonar el país por aire. Las compañías aéreas habían tomado buena cuenta de ese cambio sin precedentes en la demanda, y estaban haciendo su agosto, aumentando la frecuencia de los vueltos y subiendo los precios hasta niveles ridículos. No obstante, eso no parecía amedrentar a los asustados tripulantes, si no más bien lo contrario. No tardando mucho, incluso eso dejaría de ser una opción.

Sus padres estaban más callados que de costumbre, aunque él no le dio importancia. Lo que sí le sorprendió fue que su madre, Carmina, no hubiera puesto su disco favorito de coplas, como siempre hacía en los viajes largos. Él lo detestaba, y por ello no hizo mención alguna al respecto. El silencio resultaba incluso incómodo, pero él había traído un buen arsenal de cómics, y sin duda podría combatir el aburrimiento de buena gana, aunque ya se los supiera de memoria.

El pequeño Yael observaba todo a su alrededor con ojos curiosos. Le llamó la atención ver un par de coches en apariencia averiados, uno de los cuales ocupaba media calzada. A la sombra de ese coche, tendido cuan largo era sobre el asfalto, había un hombre acostado, durmiendo. Yael preguntó a su padre que qué hacía ese hombre ahí, y Lorenzo se limitó a explicarle que debía hacer un viaje muy largo, y que siempre es recomendable pararse a descansar en esos casos, como sin duda harían ellos mismos esa noche, una vez hubieran abandonado el país.

Media hora más tarde, mientras circulaban por una desierta carretera secundaria, Carmina llamó la atención de Lorenzo. Había un hombre literalmente en mitad de la carretera, en pie. Estaba quieto, observándoles acercarse, sin intención, en apariencia, de echarse a un lado para evitar un accidente. El camionero, sin mediar palabra, lo único que hizo fue ocupar momentáneamente el carril de sentido contrario, accionando los intermitentes, y una vez le hubieron dejado atrás, siguió adelante como si nada. Yael giró el cuello como pudo, sobre la sillita, y vio cómo aquél hombre seguía ahí plantado. No se había molestado siquiera en darse media vuelta. Parecía estar sonámbulo.

A medida que pasaban las horas, esperaban ansiosos la llamada de aquella joven a la que habían dado cobijo la noche anterior en su hogar. Lorenzo le había entregado una tarjeta con su número de teléfono, pero la profesora no disponía de móvil, puesto que hacía poco se lo habían robado, junto a todas sus demás pertenencias. Debería conseguir dar con un teléfono ajeno, echar mano de uno fijo o probar suerte en una cabina, pero esa llamada sencillamente jamás llegó, por más que Bárbara había prometido que la efectuaría ese mismo día sin falta. Ello les entristeció. Lorenzo y Carmina hablaron mucho de ella durante las largas horas en la carretera, temiendo que hubiera podido tener problemas en su peligrosa misión para reencontrarse con su hermano y su sobrino, y lamentándose una y otra vez por no haber insistido más en que les acompañase. Se sentían en parte responsables por el destino que pudiera correr.

Alcanzaron la frontera a media tarde. Durante el trayecto tan solo habían tenido que lamentar dos pequeños inconvenientes que les habían hecho perder algo de tiempo: un par de carreteras cortadas e intransitables por sendos accidentes, uno de ellos múltiple, cuyos autores y víctimas parecían haber desaparecido horas atrás. Ello les obligó a dar media vuelta y buscar un camino alternativo, pero eso fue todo. Por fortuna, Lorenzo y Carmina habían decidido abandonar el país bien pronto, cuando los incidentes provocados por la pandemia estaban en sus primeros albores. Muchos fueron los que postergaron tal decisión, y llegado el momento les intentaron imitar, con funestas consecuencias.

Llegaron a la frontera a media tarde. Contra todo pronóstico, pues ese era uno de los mayores temores de Lorenzo, encontraron el control fronterizo de la aduana completamente desierto. Las señales de una pequeña batalla, bastante cruenta, resultaban más que evidentes. Alguien había destrozado las vallas que impedían el paso, haciéndolas pedazos. Pudieron contemplar marcas de disparos y salpicones de sangre ya seca en el hormigón de las paredes, infinidad de cascotes de bala por el suelo, y un par de cadáveres acurrucados uno sobre el otro en una esquina, a lo lejos, con más que evidentes marcas de haber sido acribillados a disparos.

Lorenzo hizo de tripas corazón y pasó de largo, con un nudo en el estómago. Aquellos pobres infelices tendrían una familia, que sin duda echaría en falta sus cadáveres para poder darles una despedida digna. Pero él también tenía una, y la llevaba consigo en el coche en ese mismo momento. Desoyendo los gritos que le daban sus principios, continuó adelante. Que una de aquellas personas, ya muertas, se levantase y les atacase, no entraba en sus planes: la seguridad de Carmina y Yael era lo más importante en esos momentos, y él no estaba dispuesto a dejar nada al azar.

Ya se estaba haciendo tarde, y Lorenzo estaba muy sugestionado por los consejos que había escuchado últimamente por la radio cuando trabajaba en el camión, en los que decían que los afectados por aquella extraña enfermedad preferían la noche al día para salir a hacer sus fechorías, y que no era buena idea estar al raso pasado el ocaso. No obstante, desde que cruzaron la frontera, no vieron señal alguna de la infección.

Aquella zona de montaña, rodeada de estaciones de esquí que en esa época del año estaban cerradas y desiertas, disponía de infinidad de hoteles, hostales y albergues. Todos y cada uno frente a los que pasaron estaban cerrados, y la mayoría lucían carteles escritos en francés en los que se disculpaban por las molestias que ello pudiera ocasionar, prometiendo que en breve volverían a abrir sus puertas. Lorenzo no llegó a dilucidar si el motivo era la temporada baja o el puro miedo, pero el resultado, a resumidas cuentas, era el mismo.

Cuando el declive del sol fue más que evidente, Lorenzo tomó una determinación: no podía permitirse perder más tiempo. Dejó a su esposa y a su hijo en el coche, después de haberlo aparcado junto a un bloque de pisos en una aldea perdida de la mano de Dios en los Pirineos, y presionó el botón de uno de los timbres. Tras una corta conversación por el interfono, abrió la puerta del portal y accedió al interior. Cinco minutos más tarde, los tres integrantes de su familia comían a la mesa de una pareja de ancianos franceses que a duras penas chapurreaban el español.

Lorenzo les había expuesto el problema que tenía a aquellos dos amables ancianos, y ellos habían accedido de buen grado a darles cobijo por esa noche. Él tuvo que dormir en el sofá, mientras Carmina y Yael hacían lo propio en la pequeña cama del dormitorio de invitados de aquél humilde piso. A la mañana siguiente se despidieron de ellos efusivamente, después que les agasajaran con un opíparo desayuno. Lorenzo les ofreció venir con ellos, pero los ancianos rechazaron educadamente su oferta. La infección no había llegado aún a esa zona del país, y ellos creían saberse seguros en aquél recóndito y bello paraje rodeado de altas montañas. Se equivocaban, pero eso era algo que ellos jamás llegarían a averiguar.

Continuaron adelante el resto del día, cruzando Francia de un extremo al otro. Ahí los estragos de la infección resultaban menos frecuentes que en la península, aunque el país galo no estaba exento de ellos, y pronto sucumbiría del mismo modo que a esas alturas ya había sucumbido Sheol. Circular por las carreteras y autovías resultó mucho más sencillo ese nuevo día. Ahí el tráfico era más fluido y aunque no llegaron a saber si tan solo había sido por mera suerte, no encontraron ninguna vía cortada, ni destacamento militar alguno que les obligase a parar. Estaban todos demasiado ocupados en las zonas calientes, que Lorenzo conocía de buena tinta y se esforzó en evitar.

Anochecía cuando finalmente llegaron a Bruselas. Los primos de Carmina, Nathan y Lea, les estaban esperando con los brazos abiertos. Pese a que eran oriundos de Bélgica, como su padres había sido español, sabían hablar el idioma a la perfección, aunque con un curioso acento, y les podrían servir de intérpretes. Lorenzo se sentía increíblemente satisfecho: le habían conseguido ganar la primera batalla a la pandemia, pues ahí la infección aún no había llegado, y lo habían hecho sin tener que lamentar ni un solo incidente, ni leve ni grave. No era capaz de dar crédito.

Pasaron los siguientes días en la casa de Nathan. Yael hizo muy buenas migas con sus hijos, sus primos segundos, que eran mellizos y tenían su misma edad. Pese a que los niños apenas sabían hablar español, enseguida encontraron juegos con los que divertirse. Pasaban el día enseñándose palabras los unos a los otros. Fueron unos días tranquilos y llenos de paz, aunque con la atención puesta en las noticias, que resultaban cada vez más desesperanzadoras. Irremediablemente la infección acabó arrasando Francia, y el 13 de septiembre se detectó el primer brote en el país.

A diferencia de España, ahí sí sabían a qué se enfrentaban, y el gobierno comenzó a habilitar zonas seguras muchísimo antes que fuese de imperante necesidad. Ellos se encontraban a escasos cinco minutos a pie de una de ellas, que había sido puesta a disposición de una coalición entre el ejército francés y belga. Se trataba de una antigua ciudadela medieval amurallada: el mismo lugar en el que hacían las ferias medievales todos los otoños. Hacía menos de un año que habían acabado las obras de la rehabilitación de la parte de la muralla que la última guerra había echado abajo, siglos atrás. Se trataba de un fortín impenetrable. Eso fue lo que les atrajo.

Pese a que en aquella zona del país aún no se había detectado la presencia de un solo infectado, no lo dudaron un momento en ir a pedir asilo. Su sorpresa fue mayúscula cuando Nathan les comunicó, traduciéndoles lo que le había dicho el encargado del censo, que la familia de Carmina no podría entrar. La dirección de aquél idílico enclave tan solo permitía el acceso a locales y franceses, pero no a gente procedente de otras nacionalidades. Lorenzo meditó tan solo unos segundos, cogió a su hijo de la mano, con una expresión muy seria en el rostro, e invitó a Lea a que le acompañase a la entrada.

La prima de Carmina se encargó de traducir lo que Lorenzo le decía: suplicaba que si no les dejaban entrar a ellos, al menos permitieran que el niño accediera. Yael tan solo tenía ocho años, y toda una vida por delante; él y su esposa aún estaban a tiempo de escapar, aunque fuese a expensas de dejar al niño al cargo de los primos de su madre. Carmina se adelantó y mostró al soldado su libro de familia, que delataba que, en efecto, eran familiares de Lea y Nathan. El soldado se llevó el documento y se fue a hablar con su superior, una mujer soldado de apariencia muy veterana, bien entrada en carnes.

Vivieron momentos muy tensos en la breve conversación entre los soldados, que no pudieron oír pese a la distancia, pero de la que tampoco habrían entendido una palabra. Finalmente el soldado encargado del censo volvió, e hizo un breve asentimiento: les permitirían entrar. Lorenzo le abrazó, con lágrimas en los ojos. La encargada del centro sonrió brevemente al contemplar la escena, convencida que había tomado la decisión correcta, habida cuenta que su trabajo era el de salvaguardar la vida de quienes acudiesen pidiendo auxilio. Tal decisión creó jurisprudencia, y salvó la vida de mucha más gente.

Fueron muy afortunados por haber ido a parar precisamente a ese lugar, pues la infección acabó llegando al país con toda su virulencia, como acabaría llegando hasta el último rincón del planeta, y arrasó con él de igual modo que en todos los sitios por los que pasaba. Sin embargo, lo hizo con tres semanas de retraso: tres semanas en las que quienes habían escogido ese lugar para protegerse tuvieron tiempo más que suficiente para de prepararse y aprovisionarse para el asedio que vivirían en adelante.

Los encargados del centro, con la ayuda de cuantos civiles se ofrecieron a echar una mano, entre los que se encontraban Nathan y Lorenzo, se encargaron de hacer acopio de alimentos y bebida en cantidades industriales, así como semillas y útiles de labranza, y animales de granja. Eso fue al principio, pues pronto tales excursiones se volvieron demasiado peligrosas, y las abandonaron por su propia seguridad, antes de tener que lamentar ningún disgusto.

La ciudadela no sucumbió a los primeros envites de la infección, que fueron devastadores en todo el viejo continente. Aquellos gruesos muros, con más de quinientos años de antigüedad, les salvaron la vida, y les brindaron algo que la pandemia arrebató al resto del mundo: la posibilidad de un futuro. Ese y no otro era su objetivo original, el de salvaguardar la vida de quienes se encontraban dentro, y pese a haber caído en desuso los últimos siglos, demostró a la perfección su utilidad primigenia.

No obstante, y para sorpresa de todos, el enclave, que había llegado a abarrotarse hasta límites incluso preocupantes los primeros días, se quedó prácticamente vacío en cuestión de semanas. No eran pocos los que, al ver las orejas al lobo, optaron por huir del país con el rabo entre las piernas, incluso encontrándose como se encontraban protegidos en un lugar aparentemente infranqueable. Lorenzo y Carmina lo discutieron largamente: quedarse ahí con sus primos y el resto de lugareños o seguir huyendo, aún sin saber si serían capaces de encontrar un lugar al que la infección no acabase llegando igualmente, más tarde o más temprano. No fue una decisión sencilla, pero acabaron acordando quedarse, aunque fueron de los pocos.

Con el paso de las semanas agradecieron y mucho haberse quedado aislados de ese modo. A duras penas se contaban cuarenta personas, la mitad de los cuales eran los propios soldados que velaban por la seguridad de los civiles que habían considerado oportuno quedarse, y sus propias familias. La situación al otro lado de la muralla se volvió a todas luces insostenible. Cualquiera que hubiera puesto un pie en la calle habría sido reducido a pedazos sanguinolentos en cuestión de minutos; tal era el volumen de infectados que merodeaban por las calles, en especial durante la noche. Resultaba escalofriante.

Pese a que generó cierta controversia, se tomó una decisión sin precedentes en centros de esa índole: no gastar una sola bala, y permitir a los infectados campar a sus anchas por las calles, que ahora eran exclusivamente de su dominio. No en vano, no suponían peligro alguno para ellos, al otro lado de la muralla como se encontraban, y matando a unos pocos tampoco marcarían ninguna diferencia, habida cuenta que el continente entero estaba lleno de ellos.

La vida en aquél enclave no estaba exenta de trabajo, pero todos lo hacían de buen grado, a sabiendas que era por el bien común. Vivían en una comunidad bien avenida y colaborativa, en la que pronto desaparecieron las jerarquías, y donde todos se ayudaban entre sí, sin pedir nada a cambio. Orgánicamente se repartieron las tareas del día a día, que oscilaban entre el cuidado de las bestias, el de los cultivos, la educación de los niños, la limpieza y la cocina. Se enseñaban unos a otros, y rotaban las tareas sin ningún tipo de discusión, orgánicamente, enseñándose unos a otros con pasión y paciencia, incluso sintiendo un agradable regocijo al saberse capaces de adquirir tal equilibrio.

Con relativa frecuencia recordaban a Bárbara, entristecidos. Pese a que no llegaron a verbalizarlo, ambos progenitores acabaron convenciéndose que habría perdido la vida. Las noticias que llegaban de la evolución de la pandemia en todo el viejo continente eran cada vez más funestas. E incluso cuando dejaron de llegar por las vías habituales, y tan solo llegaban de boca de quienes habían huido de sus casas para dar, por suerte, con sus huesos en aquél fortín impenetrable, aún lo eran peor.

En más de una ocasión recibieron la visita de algunos de aquellos desesperados supervivientes que pedían asilo. En todos y cada uno de los casos se les permitía el acceso, mediante una escalera enrollable por la que debían trepar por sus propios medios, con la condición de pasar cuarenta días y cuarenta noches en los calabozos. Nadie rechazó tal condición. Ese era el único modo que tenían de asegurarse que los nuevos inquilinos del enclave estaban sanos, y a quienes venían pidiendo auxilio, una celda limpia y segura, con la promesa de comida caliente y cuanta agua necesitasen, se les antojaba un sueño hecho realidad.

En hasta dos ocasiones tal exceso de celo les sirvió para evitar un drama mayúsculo, pues pese a que ninguno lo aparentaba, dos de las veintiocho personas que acudieron pidiendo ayuda, estaban infectadas. Ambas acabaron pereciendo bajo el yugo de la infección y convirtiéndose en una de aquellas bestias carentes de empatía y saturadas de rabia, a las que ofrecieron, aunque solo fuese por apaciguar sus propias conciencias, la eutanasia que sin duda merecían.

El resto, después de demostrar estar en perfecto estado de salud, se unieron a la bien avenida comunidad, que cada vez era más rica en nacionalidades e inclusiva. Pero eso pasó tan solo los primeros meses. Pasado poco más de un año del inicio de la pandemia, no recibieron más visitas que la de los infectados que deambulaban por las calles, e incluso éstas se volvieron cada vez más escasas, a medida que los menos intrépidos iban pereciendo bajo el influjo de la inanición.

Las semanas dieron paso a los meses, y éstos a los años, hasta que llegó un momento en el que la vida, en sí, se acabó reduciendo a esa tranquila y cotidiana monotonía al amparo de aquellos gruesos y altos muros. El mundo exterior era un abismo infranqueable al que tan solo tenían derecho a otear desde lo alto de los muros.

Yael aprendió belga, y siguió adelante con sus estudios, junto con sus primos segundos y otros pocos chavales que vivían con ellos, entre los que acabaron siendo los mejores amigos, y de los que nació más de un romance furtivo. Él se enamoró de una chica un año mayor que él, hija huérfana de unos padres que habían dado la vida por llevarla a un lugar seguro, casi un año después de la fundación de aquella particular microsociedad.

Con el paso de los años, algunos de los refugiados murieron por causas naturales, la mayoría de ellos los más ancianos, y fueron enterrados con honores por sus semejantes en el pequeño camposanto que había en el extremo oriental del complejo. Nuevas vidas se crearon entre quienes ahí vivían, hijos que nacieron entre esas cuatro paredes y que durante muchos años no conocerían otro mundo que el que había a ese lado de las murallas, para los que los relatos de sus mayores sobre la vida anterior a la pandemia se les antojaba poco más que un sueño demasiado dulce e ingenuo para resultar verosímil.

Pasaron más de quince años antes que las puertas de la ciudadela volvieran a abrirse, y si eso ocurrió, fue tan solo porque ya no tenía sentido prolongar el cautiverio autoimpuesto de a quienes durante tantísimo tiempo habían protegido. Fueron muchos quienes optaron por volver a sus casas después de tomar aquella difícil pero consensuada decisión, intentar recuperar sus vidas pretéritas, aún siendo conscientes que jamás podrían hacerlo, pues el mundo que habían conocido, sencillamente ya no existía. Muchos de ellos volvieron al cabo de las semanas, abrumados por tal cantidad de espacio vacío, muerto. Del resto, jamás volvieron a saber nada. El mundo era demasiado grande y lleno de oportunidades.

Lorenzo y Carmina, en compañía de Yael, su esposa Safia y de su joven nieto Lucas, prefirieron quedarse a vivir ahí dentro, pues ese se había convertido, con el paso de los años, en su verdadero hogar. Yael apenas recordaba de un modo brumoso la vida previa a la decisión que les había salvado a los tres de una muerte segura. Los pisos y las casas vacías se contaban por millones, y bien podrían haber escogido cualquiera para empezar una nueva vida. Pero prefirieron no hacerlo.

Salían de tanto en tanto en misiones de exploración, no obstante, por curiosidad o por puro placer, pero nunca se alejaban mucho de aquél centro de gravedad al que tanto le debían. Tenían miedo de encontrarse con el enemigo, pero éste hacía ya mucho que había acabado consigo mismo. Tuvieron una vida larga y feliz, pese al drama mayúsculo que había arrasado el planeta Tierra de un extremo al otro, demostrando al mundo que con ahínco, perseverancia y amor, no había nada que estuviera fuera de su alcance.

3×1213 – Marina

Publicado: 04/06/2019 en Al otro lado de la vida

Relatos desde el otro lado de la vida

 

 

1213

MARINA

 

Zulo junto a una cabaña forestal, periferia de Midbar

10 de noviembre de 2008

 

En esos momentos, la imagen de la plataforma petrolífera donde se encontraba Samuel era casi tangible. Apenas habían pasado cinco minutos desde que se despidieran. Su amigo parecía pletórico y se esforzó en contagiarle su ánimo explicándole mil y una historias. La conversación se había iniciado con la grata sensación de alivio por volver a saber el uno del otro, y se había prolongado mucho más de una hora, concluyendo cuando él decidió seguir con sus quehaceres en alta mar. Ella le dejó marchar sabiendo que no podía retenerlo por más tiempo, sintiéndose abrumada y abatida por la melancolía.

Marina estaba sola desde hacía más de un mes, tras la masacre ocurrida en el centro de refugiados de Midbar. Su padre era soldado y formaba parte del equipo de seguridad de aquél lugar. Marina, su madre y su hermana eran tres civiles más que anhelaban la supervivencia en aquellas instalaciones. La vida en el campamento estuvo marcada por los disparos al otro lado de las vallas y por la escasez de comodidades. Aún así, todos los días había raciones de alimentos para todo el mundo en un ambiente particularmente gentil.  No fue hasta el 1 de octubre que todo se fue al traste, cuando aquella marabunta de infectados arrasó con el campamento. Miles de esos seres desalmados entraron derrumbando las vallas metálicas del perímetro; aplastándolas como si fueran simples hojas de papel. La sangría que se produjo en ese lugar fue espeluznante.

Toda la familia de Marina murió ese día. Su madre sucumbió mientras ayudaba a sus hijas a subir a lo alto de una litera para resguardarse de la ira de aquellas bestias. Fue atacada por varios infectados hambrientos que no le dieron tiempo a subir detrás de ellas. El final de su hermana estuvo sentenciado por una fatalidad añadida; la mató con un tiro errado uno de los soldados del campamento. Ni mucho menos fue la única civil que murió de ese modo tan absurdo. Era tal la multitud de infectados que los soldados empezaron a disparar en todas direcciones, provocando muertes inocentes en demasía. Su padre murió aplastado por los primeros infectados que derribaron las vallas. Marina lo comprobó cuando huyó del lugar y vio lo que quedaba del cuerpo arrollado de su progenitor: una escena que nunca más podría borrar de su mente, igual que le pasó con todas las demás que presenció ese fatídico día.

Contra todo pronóstico, Marina se aferró a la vida y abandonó el campamento en una frenética huida más allá de la colina. Podría haberse dejado vencer, pero no lo hizo. Esquivar infectados e intentar perderlos de vista se convirtió en todo un reto. Gracias a que era una buena atleta pudo conseguir mantener una larga carrera que al final le salvó la vida. ¿Quién le iba a decir que los entrenamientos de triatlón del último año iban a ser decisivos en ese momento? Pasados unos cuantos kilómetros descubrió una cabaña entre la maleza. Dos infectados de mediana edad que también estaban en buena forma la seguían al trote a cierta distancia, olfateándola y alargando sus brazos como si así pudieran avanzar más rápido.

La puerta y las ventanas de la cabaña estaban perfectamente cerradas por dentro y no cedieron ni un ápice ante sus embestidas. Pero no estaba dispuesta a rendirse; hacía largo rato que lo había decidido. Marina optó por trepar por la pared. Ascendió con la ligereza de una lagartija y en un santiamén estuvo en el techo inclinado de aquella rústica edificación. Toda la cabaña era de madera y los tablones no estaban pulidos, por lo que los salientes irregulares del propio material le ayudaron a agarrarse e irse impulsando hacia arriba. Las dos bestias se quedaron abajo aullando mientras aporreaban con tanta furia las paredes que parecía que iban a hacerlas saltar en pedazos. El jaleo atrajo a otros infectados y en cuestión de escasos minutos una veintena se congregó imitando las embestidas de sus congéneres.

Marina observaba la escena de rodillas, consciente de que moriría si no cesaban en su intento de echar por tierra la cabaña. Con los ojos llorosos y un temblor incontrolado se dispuso a rezar en voz alta como le enseñaron en catequesis cuando tenía nueve años. A lo lejos vio correr a unos chicos seguidos por un buen pelotón de infectados. Pronto les perdió de vista entre el paisaje espeso. Incluso desde allí pudo adivinar que eran compañeros del campamento de refugiados. Para los infectados de la cabaña ese nuevo estímulo, más prometedor, fue suficiente para arrancarles de su actual propósito, lanzándoles a una apetitosa carrera. Con la inesperada paz que acababa de recuperar Marina se dejó caer hasta apoyar su cuerpo en los tablones y dirigió la mirada al cielo mientras pensaba en la tremenda suerte que le había sido concedida. No se lo creía. Se sentía aliviada y a la vez hundida; hundida por el peso de quien se sabe salvado a costa de la vida de otros inocentes. La impotencia que arrastraba desde que había huido del campamento le propinó un nuevo coletazo, desbocándose despiadadamente en su interior.

Cuando se volvió a incorporar sobre el tejado, el sol se estaba despidiendo tras el horizonte, proyectando el último abanico de cálidos colores del día. Tendría que pasar la noche a la intemperie si no encontraba la manera de entrar, pero no pensaba abandonar ese lugar elevado hasta no tener un plan en condiciones. A lo largo de la tarde había escuchado los gruñidos y los andares de varios infectados rezagados que se alejaban de aquella zona. No así los de otros supervivientes.

De pronto, Marina captó un reflejo brillante que se alzaba entre la maleza. El viento soplaba despacio haciendo bailar los matorrales circundantes de una especie de puerta metálica que yacía horizontalmente sobre la superficie del suelo terroso. Tenía forma cuadrada y estaba surcada por rodales de óxido. Desde allá arriba le pareció ver una cerradura y un tirador para levantarla. Al haber pasado la mayor parte del tiempo tumbada para procurar pasar inadvertida, no había tenido ocasión de otear el lugar que la rodeaba. Aquella puerta se le revelaba como un gran descubrimiento, y sentía la necesidad de saber cuanto antes si se podía abrir; quizás se trataba de un cuarto de herramientas o, en el mejor de los casos, de un almacén con provisiones. De lo que estaba convencida era de que si conseguía entrar, estaría realmente protegida.

Animada ante la perspectiva del nuevo plan, Marina empezó a descender con sumo cuidado. Aún así, se resbaló en un momento dado, profiriendo un breve quejido que alertó a alguien.

GALILEO – ¿Quién anda ahí?

La voz que salió de dentro de la cabaña en forma de susurro le hizo dar un brinco del susto. Estaba convencida de que aquél lugar estaba más que vacío; ¿por qué sino antes nadie le había abierto la puerta?

MARINA – Soy Marina. Estaba subida en lo alto del techo esperando a que esos bichos se largaran bien lejos.

Durante varios minutos no se oyó respuesta alguna ni ningún tipo de movimiento en el interior. Marina volvió a responder por si no le había escuchado cuando, por fin, se oyó levantar un tablón tras la puerta de entrada.

Marina accedió dubitativamente al interior de la cabaña, que estaba muy oscuro a pesar de que había una vela encendida en algún punto. El olor reinante era una mezcla entre humedad, sudor, orina y algo más que no pudo adivinar. El único habitante era un hombre grueso que lucía una chaqueta verde oliva con una placa nominativa, en la que se podía leer: “Agente forestal López”. Tendría unos cincuenta años y estaba muy sucio, más de lo esperado dadas las circunstancias. Su pelo era cano y lucía una barba totalmente descuidada.

GALILEO – No habrás traído a más muertos hasta aquí, ¿no?

El hombre no se anduvo con rodeos y se mostró frío y distante; ni siquiera miró a la chica a la cara. Todo él irradiaba un aura de desconfianza y Marina alzó los escudos imaginarios de protección que solía guardar para ocasiones hostiles.

MARINA – Ehh… No, no, puedes estar tranquilo. Hará más de una hora que el lugar está despejado.

Dialogar con él no iba a resultar agradable ni sencillo, por lo que Marina pensó en mantenerse prudente y esperar. El hombre se acercó a la cocina que había a la derecha de la estancia y sacó un par de cervezas de un armario repleto de botes y latas de conserva. A Marina no le gustaba la cerveza, pero cuando el agente forestal se la ofreció, comenzó a beber alegremente. Tenía sed, mucha sed. Mientras bebía aquel líquido agrio y caliente observó que la cabaña, además de la pequeña cocina, contenía un sofá de dos plazas, una mesa y dos sillas. Acto seguido localizó un par de puertas al fondo.

MARINA – ¿Qué hay ahí?

La chica escupió las palabras según las pensaba, sin cumplir con la prudencia que se había autoimpuesto. Temió alimentar la tensión palpable del ambiente. Contrariamente, el hombre pareció satisfecho con aquella pregunta y clavó su mirada en aquella dirección.

GALILEO – Un muerto y un váter. Ven, te lo enseño.

Marina se quedó de piedra al escuchar aquello. Por el tono de voz de aquél tipo supo que no estaba bromeando. Su curiosidad innata y el no querer llevarle la contraria, hicieron que le acompañara sin rechistar cuando éste cogió la vela y se dirigió al fondo de la estancia. Primero abrió la puerta del aseo liberando ipso facto un desagradable hedor. Le señaló el váter para demostrarle que lo que acababa de decir hacía unos instantes era cierto. Sin darle tiempo a que dijera ni una sola palabra, abrió la puerta contigua y señaló a la cama donde yacía un cuerpo escuálido con el rictus inconfundible de la muerte.

GALILEO – Ahí está el agente forestal López, más tieso que una estaca. La palmó por no querer comer ninguno de mis sabrosos guisos.

Con el último apunte sonrió fugazmente. Hablaba como quien le habla a una pared, sin esperar respuesta ni ningún tipo de feedback. Cerró la puerta y volvió a la sala central, dejándose caer sobre el mullido sofá. Se acabó de beber la cerveza antes de volver a hablar de nuevo. Ahora vez sus palabras sonaron a advertencia.

GALILEO – Si no me tocas las narices, todo irá bien. Si te quieres largar, coges ahora mismo la puerta y te vas cagando leches. ¿Entendido?

Marina respondió moviendo la cabeza en gesto afirmativo, aún sabiendo que se estaba metiendo en la boca del lobo. Acababa de llegar a un lugar que le había parecido seguro y sólo con pensar en volver a salir ahí afuera, cualquier alternativa le resultaba más apetecible.

Vivió más de una semana en una cabaña con un cadáver y con un hombre desconocido del que no sabía ni su nombre. Se lo llegó a preguntar hasta en tres ocasiones, pero todas las veces sólo recibió el silencio por respuesta. Una noche que el hombre bebió más de la cuenta le dio por hablar y confesó la verdadera historia sobre la muerte del agente forestal López; le había encerrado en el zulo que había bajo tierra. Marina acertó al pensar que el zulo del que hablaba estaba justo debajo de aquella puerta que había localizado desde el tejado. El verdadero agente forestal había cobijado sin saberlo a un hombre desequilibrado que pronto desató contra él sus instintos sádicos. Murió de hambre tal y como le había dicho el primer día de su llegada, pero le mintió cuando dijo que le había ofrecido comida. Realmente le había matado de inanición. Al cuarto día el agente forestal estaba en las últimas y el hombre desequilibrado lo subió a la cama de la cabaña para ver cómo moría, luego lo dejó ahí a modo de trofeo. Le explicó que quería saber qué se sentía al matar a alguien de esa forma.

Marina comprendió que ese hombre era poco menos que un psicópata y que debía andarse con especial cuidado si no quería acabar igual que el agente forestal López. Después de aquella confesión, el comportamiento del hombre desequilibrado empeoró sustancialmente. Parecía que sus instintos anómalos se habían vuelto a despertar; le sorprendía mirándola fijamente cuando hasta entonces había evitado el contacto visual y limpiaba los cuchillos varias veces al día en un particular ritual. Primero los sacaba todos del cajón y los colocaba minuciosamente en la encimera sin que se tocaran, luego los iba cogiendo de uno en uno y los frotaba con un trapo amarillento. El último paso era volverlos a colocar en el cajón en su posición perfecta. Podía pasar cerca de una hora con esa tarea carente de finalidad. La gota que colmó el vaso fue cuando se encerró toda una mañana con el cadáver. No se le oyó hablar con el muerto ni moverse por la habitación y ella nunca le preguntó nada al respecto. De hecho, convivían sin apenas comunicarse, Marina siempre a la espera de que él le ofreciera algo que llevarse a la boca. En alguna ocasión que ella había tomado la iniciativa, él se la había arrebatado de forma autoritaria y hostil, dándole a entender que debía mantenerse en el mismo plano que el resto de los muebles. Aquella situación era insostenible y a cada segundo que pasaba, Marina se sentía al filo del abismo. De hecho, todas las noches luchaba contra el sueño para evitar rendirse al mayor estado de vulnerabilidad del ser humano. Siempre le pasaba lo mismo: primero luchaba y luego irremediablemente se acababa durmiendo, aunque tampoco tenía claro cómo podría batallar con él en el caso de que la atacara. Pronto lo descubriría.

Marina se había quedado dormida sobre la alfombra del salón después de su particular lucha cuando el tacto áspero de un trapo rozándole la barbilla la despertó de inmediato. Abrió los ojos en medio de la oscuridad y aún así, le vio. Sabía que ese depredador la tenía presa entre sus zarpas e incluso podía apreciar el brillo de sus ojos impregnados de locura. El trapo se incrustó en su boca y él lo fue empujando hasta provocarle arcadas. Debía controlarlas si no quería ahogarse con su propio vómito. Quiso moverse pero se descubrió inmovilizada de pies y manos. Al estirar sus extremidades notó la soga que las sujetaba y que le rasgaba la piel con cada sacudida. El hombre se mantenía en silencio, como de costumbre, pero podía escuchar con claridad su acelerada respiración junto a ella. Sintió asco al notarle tan cerca. Escuchó moverse algo y entonces alcanzó a ver un chispazo en el extremo de una cerilla, que pronto afloró en llama encendiendo la mecha de una vela. Aquella débil luz le permitió ver el rostro de quien más odiaba ahora mismo en el mundo. Su expresión era serena y expectante, y sólo la sutil muesca que nacía en sus labios revelaba su verdadero estado de excitación.

Marina pasó tumbada sobre la alfombra todo el día con ese hombre contemplándola. Estaba segura de que él quería saber qué se sentía al tener a una mujer aterrorizada sin posibilidad de moverse. La situación empeoró cuando el hombre volvió a la acción. Posó su mano sobre su abdomen y le subió la camiseta, acariciando su piel lentamente. Frunció el ceño con aparente gesto de repulsa, pero prosiguió hasta tocarle los pechos. En esta ocasión no fue capaz de mirarla a la cara. Marina se revolvió como una fiera para mostrarle su queja y él se rindió porque quiso, manteniendo aquella expresión de desagrado. Apartó su mano como un resorte y se dirigió a la cocina. Cogió un bote de alubias blancas y lo echó en un plato, luego le añadió un chorro de aceite y se sirvió un vaso de agua. Se acercó nuevamente a la alfombra con sus viandas en una bandeja y se sentó en el suelo frente a la chica atada. Ahora parecía realmente satisfecho.

GALILEO – Para ti no hay comida ni bebida. Muérete de hambre tú también.

Su voz sonó tan cruel como el significado de las palabras que escaparon entre sus dientes. Su rostro mostraba la misma expresión apática que de costumbre, aunque sus ojos brillaban maravillados ante la situación que había creado. Se llenó la boca con tanta ansia que acabó tosiendo para no ahogarse, echando trozos de alubias enteros que salieron disparados como proyectiles. Marina tuvo que retener una nueva arcada.

Continuó comiendo sin dejar de mirarle a los ojos intensamente, pese a que Marina los cerró la mayor parte del tiempo a modo de desprecio. Cuando terminó se dirigió a la puerta de entrada y sacó el tablón de madera que hacía las veces de cerrojo, cogió una llave que pendía de un llavero en un clavo en la pared y se volvió para cargar a la chica sobre sus hombros como si fuera un saco de patatas. Ella se contoneó igual que haría un pez fuera del agua y consiguió caer al suelo de malas maneras. El hombre desequilibrado se afanó por recogerla propinándole un puntapié en medio del estómago.

GALILEO – Eres una puta, ni se te ocurra rebelarte contra mí. Antes te he quitado las manos de encima porque me das el mismo asco que una rata.

El hombre estaba enfurecido como nunca a pesar del temple que le había caracterizado hasta el momento. Marina no hacía más que empeorarlo, retorciéndose en el suelo mientras emitía sonoros lamentos.

GALILEO – ¡Que te calles de una puta vez! Joder, ¿también eres sorda?

Y se acercó para plantarle un tortazo que le giró la cara.

GALILEO – Y ahora te vas a quedar quieta cuando vayamos de paseo.

La mejilla le ardía como un fuego centelleante, despertándole temor y rabia a partes iguales. Se concentró en una respiración pausada para no estallar en llanto y que se le taponara la nariz, algo que la aterraba. Estaba rezando mentalmente para que su agresor no volviera a pegarle cuando éste volvió a colocarla sobre sus hombros boca abajo, igual que antes. En esta ocasión la chica no puso ningún impedimento.

Marina notó el aire dulce del campo el tiempo justo que duró el breve trayecto al zulo donde había sido retenido el agente forestal López. Los haces de luz del ocaso se despedían de la bella naturaleza, aunque con la cabeza colgando apenas pudo apreciarlo. Después de que el hombre se agachara para abrir la puerta bajaron por unas escaleras con una pronunciada pendiente, y ya en el suelo le cortó las cuerdas que la retenían. Por fin se pudo sacar el trapo de la boca que tanto le angustiaba. Por suerte, su captor se marchó presto arrastrando la soga que le había desollado la piel durante tantas horas. Escuchó el previsible sonido de la cerradura y a continuación algo imposible de olvidar: los gruñidos de los infectados.

Una encarnizada pelea se produjo sobre la puerta metálica del zulo. Las pisadas se oían ir y venir sobre aquella superficie, apagándose cuando pisaban la tierra e intensificándose cuando se posaban sobre el oxidado metal. Marina estaba asustada por lo terroríficos que resultaban aquellos sonidos que retumbaban y se intensificaban en el zulo. Parte de la tenue luz del anochecer se filtraba por las rendijas de la puerta del techo, produciendo vaivenes de sombras desde el exterior.

El zulo apenas lo conformaba un rectángulo de tres metros de largo por dos de ancho. El techo, al menos, era alto, restando parte de la sensación de claustrofobia. Había un colchón y una mesa con un aparato que al principio no supo qué era. Un taburete y un orinal completaban la decoración de los aposentos. El suelo y las paredes estaban enyesados aunque enormes manchas de humedad le conferían un aspecto lúgubre más similar al de una mazmorra.

Se sentó dolorida sobre el colchón, agudizando el oído con la intención de captar la evolución de la pelea. Deseaba con todas sus fuerzas que el infectado fuese el vencedor. Después de un rato, los gruñidos y gritos se apaciguaron, hasta que llegó un momento en que sólo se oían los grillos y los búhos noctámbulos.

Pasó esa noche durmiendo todo lo que no había dormido con anterioridad y al amanecer lo primero que hizo fue trastear el aparato que había sobre la mesa, que para su sorpresa, resultó ser una radio. Cuando la encendía e intentaba sintonizar alguna frecuencia, un sonido de estática rugía enérgicamente por los altavoces. Hubiera preferido encontrar alimentos o alguna bebida, aunque tampoco tenía intención de quejarse; al fin y al cabo, ese chisme le serviría de entretenimiento. En el mejor de los casos, a lo mejor le serviría para escuchar algún tipo de mensaje del gobierno con buenas noticias sobre el virus. Ese pensamiento la revivió.

Las tripas le rugían y la apremiaban, por eso rebuscó en el bolsillo de su pantalón, sacando el as bajo la manga que tan bien había escondido: la llave de la cerradura del zulo. La había cogido la noche en que el psicópata se emborrachó para tener un lugar donde esconderse si tenía que salir huyendo. La otra copia de la llave se quedó colgando en el clavo de la pared de la cabaña, la que él había utilizado para entrar. Se alegró de que no se diera cuenta de que faltaba una. Marina seguía dolorida, pero reunió el valor necesario para abrir la cerradura y salir al campo. Se acercó a la cabaña y comprobó que la puerta estaba abierta. Una vez dentro, descubrió que el hombre desequilibrado estaba durmiendo en el suelo, panza arriba, dejando ver las terribles heridas de la pelea. No sabía si estaba moribundo o si era un infectado en pleno sueño, pero no cabía duda de que aún respiraba. El color de su piel era mortecino, a pesar de las venas violáceas que le subían por el cuello. Aquello le puso los pelos de punta, pero el hambre y la sed la acuciaban. Con movimientos mudos y certeros consiguió recoger algunas conservas y una garrafa de agua, lo suficiente para sobrevivir algunos días. En adelante, tendría que volver a por más.

Volvió al zulo y se cerró por dentro, para mayor seguridad, mientras disfrutaba en pequeñas cantidades de sus manjares, racionándolos a conciencia. Desde entonces encendió la radio diariamente como parte de su rutina, aunque no fue hasta el 17 de octubre que contactó con él. Se llamaba Samuel y vivía atrapado en una estación petrolífera desde antes del inicio de la pandemia. No tenía forma de salir de allí y pasaba parte del día conectado a la radio, intentando contactar con otros supervivientes. Ahora que se habían encontrado no pensaba perder su frecuencia por nada del mundo. Él resultó ser una medicina en esos tiempos en que el corazón sangraba demasiado. Podían pasar horas y horas charlando, compartiendo anécdotas de vidas lejanas o explicando la sencillez de sus actuales vidas solitarias.

Semanas después Marina se tuvo que enfrentar al problema de la escasez de provisiones, ya que había acabado con todas las existencias recogidas aquél día. Le explicó a Samuel su situación y le dijo que debía volver a la cabaña donde sabía que seguía habiendo alimentos. Él se mostró optimista en su misión. Parecía realmente confiado de que todo iría bien, aunque en realidad no podía hacerse cargo del peligro que representaban esos seres infectados. A duras penas podía imaginarlo.

Marina salió al campo aprovechando la luminosidad de la mañana y el aire le besó el rostro tan pronto asomó la cabeza por la puerta metálica. La sensación, lejos de intimidarla, la reconfortó y se contagió del ánimo que había querido transmitirle Samuel minutos antes. La cabaña forestal seguía erguida allá donde ella la recordaba, con la puerta abierta de par en par. Anduvo con cuidado hasta asegurarse de que el inquilino no estaba en casa y se entretuvo en guardar varias latas, botes y botellas en un viejo capazo. La intuición le mandó abandonar la misión para asomarse por la puerta de entrada en el preciso momento en que el infectado psicópata ya tenía las piernas dentro, barrándole el paso. Al final se había transformado. Marina corrió hasta el cajón de los cuchillos y agarró uno de los más grandes mientras su antiguo enemigo vociferaba macabros sonidos. Cualquiera hubiera podido jurar que la maldecía por haberlos desordenado. Marina estaba invadida por la más pura adrenalina cuando le clavó el arma blanca en la parte baja del cuello. Lo deslizó con tal ímpetu que la hizo tambalearse cual muñeco de trapo. La sangre comenzó a salir a borbotones de una herida indudablemente mortal, aunque el infectado aún pudo forcejear con ella durante casi un minuto antes de sucumbir a la muerte definitiva. En sus dos vidas había intentado arrebatarle la suya.

Marina volvió al zulo aferrando su botín y se tumbó en el colchón, con la mirada detenida en la luz que se filtraba por la puerta del techo. Los rayos del sol luchaban por hacerse un hueco en aquel lugar en apariencia inhóspito, pero que a ella la había tratado tan bien. Podía sentir el latido apresurado de su corazón, que se resistía a volver a la normalidad. Pensó que le había ido de muy poco y se estremeció. Aquél nuevo infectado casi acaba con ella, sobre todo en el último forcejeo, que le había pillado totalmente por sorpresa. Inconscientemente se miró los brazos. Llevaba puesta una camiseta oscura de manga larga, intacta. Esa imagen le permitió liberar el aire contenido formando un silbido.

Se levantó y la invadió un ligero mareo que ignoró para reunirse, por fin, con Samuel. Se sentó en el taburete y encendió el aparato. Su amigo contestó de inmediato y se mostró entusiasmado con su regreso. Cuando llevaban hablando cerca de una hora, Marina notó un incipiente dolor de cabeza; debía comer algo pronto para que se le pasara. La conversación estaba siendo realmente divertida. Se rascó la muñeca izquierda un par de veces, sintiendo un ligero escozor que no remitía. Volvió a rascarse mientras acababa de explicarle a Samuel la anécdota del traje militar teñido de rosa para unos carnavales. Invadida por un mal presentimiento, se levantó la manga, topándose con la cruda realidad. El infectado le había dejado su sello impreso para acceder al inframundo. Sintió el revés del destino en sus entrañas mientras asimilaba que un ridículo arañazo la había sentenciado definitivamente.

Marina siguió hablando con Samuel como si nada, esforzándose sobremanera por ocultarle lo que acababa de descubrir en su piel. Sin embargo, él captó su notable bajón anímico. La chica intentó salir del paso como pudo. Lo consiguió. Hubiera querido decirle que iba a morir para que él pudiera apaciguarla y mecerla entre sus brazos, aunque sólo fuera con palabras lejanas. Pero no iba a hacerlo, de ninguna manera, sencillamente no podía. De saberlo, él habría querido acompañarla hasta el último de sus suspiros, y eso era totalmente injusto. Marina le diría que mañana volvería a la cabaña a por más cosas, proponiendo una nueva posibilidad de peligro para que él pudiera hacer cábalas si no volvían a contactar jamás. Aunque aquello también era injusto, al menos, sería menos doloroso.

Ese día Samuel se despidió con la ignorancia de que ésa sería la última vez. Por el contrario, Marina sabía perfectamente lo que ese adiós significaba. Quiso alargarlo un poco más y estirarlo hasta que fuese eterno, pero el arañazo que manchaba el reverso de su muñeca la devolvió a la realidad. Volvió a estirarse en el colchón mohoso y se quedó mirando la puerta metálica del techo que le impedía ver el azul del cielo, que por segundos se le antojaba el azul del mar donde estaba su querido Samuel. Sus ojos rebosantes de lágrimas tenían serias dificultades para ver siquiera los rayos del sol del mediodía que a esas horas se filtraban a raudales por las rendijas.

1212

 

La noche no tuvo nada que envidiar al día. Ni una solitaria luz en la lontananza, ni un triste infectado vagando por las calles desiertas, aún cuando esas eran sus horas preferidas para salir a merodear. Bárbara apenas pegó ojo en toda la noche, dándole vueltas a la cabeza a la propuesta de Zoe, tratando de convencerse que la ausencia de infectados no era más que una absurda coincidencia. Empezaba a dudar seriamente que realmente eso fuera la normalidad, y que Nefesh, al haberse infectado mucho más tarde que el resto del mundo, les hubiese mostrado una etapa distorsionada de la pandemia.

No quería hacerse ilusiones, pero todo parecía apuntar en la misma dirección. Al menos ese particular punto de vista. No paraba de mirar por la ventana, tratando de encontrar en ella una excusa para volver a Éseb y desoír los cantos de sirena de la niña de la cinta violeta en la muñeca. Por suerte o por desgracia, fue incapaz de encontrarla.

Aunque no sabía muy bien por qué, acabó por convencerse que era ahí, en Sheol, y no en otro lugar, donde debía nacer su primogénito, que así es como debía haber sido desde un buen principio, que la epidemia no tenía ningún derecho de privarles de ello. A ninguno de los dos. Aunque la razón y el sentido común le empujaban en dirección opuesta, algo dentro de sí le convenció que eso era lo que debía hacer. Finalmente consiguió conciliar el sueño, aunque Zoe la despertó pocas horas después, al romper el alba. Se levantó de bastante buen humor.

Habían acordado pasar la noche en el faro porque cargar todo aquello en el barco sin luz diurna era una insensatez, por más tranquila que aparentase ser aquella parte de Iyam. Esa mañana desayunaron retomando la discusión que habían dejado a medias durante la cena. Zoe se mostró gratamente sorprendida al ver el cambio de actitud de Bárbara. Ella no paraba de pensar en Morgan, y en cuán críticamente habría juzgado tal deriva. Pero él no estaba ya ahí, y ambas acabaron acordando que al menos lo intentarían.

Tan solo un choque de frente con la realidad les haría cambiar de rumbo a esas alturas. En los tiempos que corrían, resultaba harto complicado encontrarle un sentido a la vida, más allá del hecho de limitarse a sobrevivir, sabiendo que todo en lo que habías creído y todos a los que habías querido habían desaparecido para no volver. El mero hecho de tener un objetivo en ciernes, algo en lo que ocupar el tiempo y la mente, una excusa para alejar de la cabeza todos aquellos fantasmas, era tanto o más valioso que eludir la muerte que ambas habían tenido sobrevolándolas desde el inicio de esa pesadilla.

Pusieron rumbo de vuelta a Sheol con una sonrisa por bandera y el furgón cargado hasta los topes. No pudieron llevarse el barco, por más que incluso se lo llegaron a plantear. Ese fue el principal motivo de vacilación al respecto, aunque ambas se esforzaron bastante por apartarlo a un lado. Al fin y al cabo, el faro era un escondite excepcional para el navío, y siempre estarían a tiempo de volver a por él, si el interior de la península se demostraba más hostil que el litoral.

Su pésimo sentido de la orientación, sumado a la inexperiencia en la conducción, por más que éste último factor mejoró sustancialmente durante esos días, hizo que el camino, que ya de por sí era bastante largo, se demorase tres días, en los que tuvieron que hacer noche dos veces. Lo hicieron siempre en lugares muy alejados de las urbes, a medio camino de ninguna parte en algún kilómetro cualquiera de autopistas y autovías, donde el rastro de la infección se volvía prácticamente inexistente, más que por el fruto de algún que otro accidente, o algún coche abandonado, que les obligó a aminorar sustancialmente la marcha, o incluso a dar media vuelta en más de una ocasión.

Vieron infectados. Algunos de ellos lozanos y sanos como los que habían conocido los primeros días de la infección. Pero pudieron contarlos con los dedos de una mano, y era tal la diferencia de velocidad entre ellos y el furgón, que enseguida les perdieron de vista. Ello sirvió, no obstante, para devolverlas en parte a la realidad, y darles a entender que el peligro seguía presente. Ambas eran inmunes a sus mordedoras, y Zoe incluso se podía hacer pasar por uno de ellos, pero aún así, debían ser conscientes que bajar la guardia les podía salir muy caro.

Llegaron al límite municipal de Sheol a media tarde del tercer día de su partida. Ambas sentían un cosquilleo muy agradable en el estómago al encontrarse de nuevo en un lugar que por fin podían reconocer, un lugar que por primera vez en mucho tiempo, quizá en demasiado tiempo, les traía a la memoria recuerdos felices, recuerdos previos al inicio de la pandemia, recuerdos de una vida tranquila, serena e incluso anodina, a la que ambas tanto echaban a faltar.

Era Bárbara la que conducía cuando cruzaron aquél viejo puente de piedra. Pese a que estaban bastante lejos del lugar en cuestión, pasar sobre aquél río, el mismo río en el que aquella maldita serpiente a punto estuvo de acabar con la vida de Zoe, acabó por convencerlas que habían hecho lo correcto. No en vano, hacía más de veinticuatro horas que no veían un solo infectado, al menos ninguno que no llevase al menos un par de meses muerto. Las hojas secas que había sobre el puente, que el viento había traído en su soplar azaroso, dieron fe de que hacía mucho tiempo que nadie lo cruzaba. Ello aún las tranquilizó más.

La profesora se giró hacia Zoe, que observaba emocionada la ciudad medio chamuscada en el horizonte próximo. Era un día nublado y bastante húmedo, y la ciudad estaba iluminada por una luz fría, algo tétrica.

BÁRBARA – Volvemos a estar aquí. Tú y yo solas… como al principio.

Zoe, con la boca entreabierta, suspiró satisfecha.

ZOE – Sí. Solo falta Morgan.

Bárbara esbozó una sonrisa cansada y acarició el enmarañado cabello rojo de la pequeña.

3×1211 – Raíces

Publicado: 28/05/2019 en Al otro lado de la vida

 

1211

 

De vuelta al faro de Iyam

18 de abril de 2009

ZOE – Oye….

Bárbara estaba concentrada en sus pensamientos, y a duras penas prestaba atención a la carretera. Zoe se había demostrado una excelente conductora. Ya habían vuelto al paseo marítimo y en cuestión de cinco minutos llegarían de vuelta al faro. Todo había salido a pedir de boca, y aún pasaría más de una hora antes que comenzase a anochecer. Tardó unos segundos en reaccionar.

BÁRBARA – ¿Sí?

En esta ocasión fue Zoe la que se hizo de rogar, pese a que ella sí la había escuchado, perfectamente.

BÁRBARA – ¿Qué… qué decías, Zoe?

ZOE – No. Nada… Si… es… Es una tontería.

BÁRBARA – Dime.

ZOE – ¿Por qué no… por qué no…?

BÁRBARA – ¿Por qué no qué?

Zoe respiró hondo. Sabía a ciencia cierta que Bárbara le diría que no, pero no paraba de darle vueltas desde que llegasen de vuelta a la península, y no se quedaría del todo tranquila hasta que lo soltase.

ZOE – ¿Por qué no volvemos a Sheol?

La profesora apartó sus ojos de la carretera y miró fijamente a la niña. Ella, no obstante, seguía concentrada en la conducción, y no hizo ni el amago de devolverle la mirada. Aquella proposición le había cogido con la guardia baja. Ya lo habían hablado, y acordado, que tan solo iban a la península a recoger los enseres y alimentos que necesitarían para darle una buena bienvenida al mundo al hijo o la hija de Bárbara, para volver a Éseb ipso facto. La profesora frunció el entrecejo, contrariada.

BÁRBARA – ¿A Sheol?

Zoe no respondió. Bárbara empezó a preocuparse, al ver la expresión ceñuda de su rostro. Daba la impresión que fuese a ponerse a llorar en cualquier momento.

BÁRBARA – ¿Por qué Sheol, por… por qué ahora?

La niña tomó aire, lo retuvo en el pecho un par de segundos y lo soltó lentamente por la boca.

ZOE – No sé… Me apetecería ver qué tal está mi casa… el… el barrio. Es… No… No sé. Echo de menos… todo eso. Me haría ilusión volver a… Hace mucho tiempo que nos fuimos. Y ahora que estamos tan cerca…

Bárbara sabía que no estaban tan cerca, y que Zoe era perfectamente consciente de ello. Tardarían al menos un día entero en llegar, y eso en el mejor de los casos, si no encontraban problemas por el camino, lo cual era cuanto menos poco verosímil. Esa idea era algo que no se había llegado a plantear, y aún tardaría un poco más en digerirla. No pudo evitar pensar en el pato, y algo dentro de sí se movió.

ZOE – No me hagas caso. Es una tontería.

BÁRBARA – ¿No estás bien en el islote?

ZOE – Sí… Sí. Claro. No… no he dicho nada. Olvídalo.

BÁRBARA – No, no. Zoe. Hablémoslo.

La niña apartó por primera vez la mirada de la carretera y echó un breve vistazo a su madre adoptiva. Bárbara no pudo evitar sonreír al ver en sus ojos rojos aquél brillo de ilusión y esperanza. Hacía mucho tiempo que había normalizado su nuevo color.

ZOE – El islote está bien. Ahí… tendremos de todo, pero… es lo que tú decías. Estamos muy desprotegidas. Ahí puede… puede venir cualquiera a…

La niña tragó saliva. Su discurso no se le estaba dando todo lo bien que hubiese deseado, y era perfectamente consciente de ello.

ZOE – … hacernos daño.

BÁRBARA – Cariño… Sheol no va a ser mejor…

ZOE – No, bueno… al menos tendremos mucho más fácil huir, si… si se presentan problemas. No creo que nadie se haya ido a vivir ahí, siendo el sitio donde empezó… todo. Y además… sabemos que tampoco hay infectados. Se fueron todos con el incendio.

Bárbara frunció de nuevo el entrecejo. Por más que le pesara, lo que decía la niña era cierto. Al menos en parte. Cuando ellas partieron hacia la costa, Sheol estaba completamente vacía. Tan solo debían quedar los infectados que hubieran estado encerrados durante el incendio, que con toda seguridad ya habrían muerto a esas alturas y los que estuvieran tan gravemente mutilados que no pudieran huir, que no tenían por qué suponer ninguna amenaza. A ese respecto, no debía ser mucho más peligroso que el islote, y habida cuenta que los infectados ignoraban a la niña, eso tampoco tenía por qué marcar una diferencia para ella.

ZOE – Quizá quede alguno, o… algunos que hayan vuelto, pero… podríamos hacer como en Nefesh. Podríamos empezar de cero… otra vez. Ya lo hicimos cuando nos fuimos del hotel y… se nos dio bastante bien.

Bárbara se quedó pensativa. La niña se concentró de nuevo en la carretera. El silencio se prolongó casi un minuto.

BÁRBARA – A ti no te gusta vivir en el islote.

La respuesta fue rápida y contundente.

ZOE – No. Es muy aburrido, Bárbara. No hay nada que hacer ahí. Se me viene el mundo encima de pensar que estaremos ahí un montón de años. Lo siento. No es por ti, eh.

BÁRBARA – Lo sé. Lo sé… pero…

La profesora no pudo evitar sentirse mal, al saberse responsable de ello. Ella había sido la que la había arrastrado lejos del grupo, aunque fuera por mera inercia. Y comprendía que para una niña de su edad, la perspectiva de pasar toda la adolescencia en aquél pedazo de tierra resultase del todo menos atractiva. Incluso para ella misma resultaba cuesta arriba.

BÁRBARA – Mira, ya se está haciendo tarde. Pasemos hoy la noche en el faro, y le damos un par de vueltas más, mientras cenamos. ¿Te parece?

Ambas cruzaron sus miradas. La niña asintió, algo escéptica.

Llegaron de vuelta al faro, y no se molestaron e siquiera en descargar del furgón todo cuanto habían traído consigo. Subieron las escaleras en espiral y prepararon una opípara cena caliente, durante la cual siguieron discutiendo al respecto de la propuesta de la pequeña. Para entonces ya era noche cerrada, y habida cuenta de cuánto habían madrugado ese día, Zoe no tardó en acostarse.

La noche no tuvo nada que envidiar al día. Ni una triste luz en la lontananza, ni un triste infectado vagando por las calles desiertas.

3×1210 – Cuna

Publicado: 21/05/2019 en Al otro lado de la vida

1210

 

Tienda especializada en neonatos, Iyam

18 de abril de 2009

 

Bárbara mostró una sonrisa algo triste al ver aquél brillo de genuina ilusión en los ojos de Zoe. Ella también estaba ilusionada, pero su felicidad no era plena: jamás podría serla. Había soñado cientos de veces con vivir esa misma experiencia, con la salvedad del hecho que en tal caso tendría que haber pagado por lo que se llevase, pero en compañía de Enrique. Ahora quien la acompañaba no era su prometido, que tampoco era el padre del bebé que esperaba, sino la hija de uno de los guardas de seguridad de la empresa farmacéutica que había fundado el padre con el que tan mal se había llevado sus últimos años de vida. Nada de eso tenía el menor sentido, y aunque se esforzaba por disfrutarlo, no era capaz hacerlo tanto como le hubiera gustado.

La niña había disfrutado mucho escogiendo la ropa para los primeros años del bebé y ahora estaba muy emocionada porque Bárbara le había dicho que podía escoger también la cuna que se llevarían consigo de vuelta a Éseb. Tenían una de pediatría que habían tomado prestada del desierto hospital, del que se llevaron también un sinfín de medicinas y otros tantos libros, pero Bárbara quería una algo menos impersonal. La niña no paraba de dar vueltas, linterna en mano, de un extremo a otro de la enorme tienda a la que habían entrado hacía pocos minutos, incapaz de tomar una decisión, consciente de la enorme responsabilidad que había recaído sobre sus hombros.

Hasta el momento no se habían cruzado con un solo infectado, al menos con ninguno que conservase aquella más que discutible vida. La ciudad costera parecía haber sido evacuada de aquellas bestias, aunque a diferencia de la propia Sheol, nada apuntaba a pensar que hubiera razones para ello. Ambas agradecieron mucho no tener que hacer uso de las armas que llevaban bien a mano por si surgía cualquier contratiempo, pero aún así, no bajaban la guardia. La supervivencia en aquél mundo hostil en el que les había tocado vivir lo exigía.

Del mismo modo que los saqueadores ignoraban el detergente para la ropa, la crema solar o la arena para los gatos en los supermercados por los que pasaban, el pasillo destinado a los bebés solía encontrarse en perfecto estado de revista, al menos en la mayoría de los que ellas visitaron ese día. En dos de ellos habían arrasado con los tarritos de papilla y la papilla en polvo, pero en el tercero el pasillo estaba idéntico a como lo habían abandonado sus trabajadores, solo que con algo más de polvo en las estanterías. Afortunadamente pudieron hacer acopio de todo cuanto quisieron y mucho, mucho más.

A esas alturas ya tenían en su poder todo cuanto necesitarían durante los primeros años de vida del bebé. De hecho, con todo lo que habían acumulado en la parte trasera del furgón policial, Bárbara bien podría dar a luz trillizos, que igualmente no echaría en falta haber traído nada más. Todo estaba saliendo a pedir de boca, y en nada se parecía a todo cuanto ellas habían imaginado durante el corto viaje de vuelta a la península. La ausencia total de hostilidad era algo con lo que no contaban.

Tras la no fácil elección de la cuna perfecta, finalmente ambas salieron de nuevo a la calle, con aquél viejo carro de la compra nuevamente lleno hasta los topes. Bárbara fue la primera, y tras comprobar que la calle era segura, Zoe la siguió de cerca. El cielo se había despejado un poco las últimas horas, pero aún estaba bastante encapotado. Contra todo pronóstico, no había caído una sola gota en todo el día, lo cual hubiera resultado aún más oportuno.

Después de cargar la parte trasera del furgón con todo cuanto habían sustraído de la tienda en aquél barrio de alto standing en el que ninguna de las dos había estado jamás antes, Zoe se dirigió instintivamente hacia la puerta del copiloto. Bárbara, que se encontraba a su vera, chistó tres veces seguidas, llamándole la atención.

BÁRBARA – No.

Zoe destensó la mano sobre el tirador, que aún no había llegado a accionar, y la miró, extrañada.

ZOE – ¿Qué pasa?

BÁRBARA – Quiero que conduzcas tú.

La niña mostró una expresión facial de la más extrema incredulidad acompañada de una ligera sonrisa insegura. Temía que le estuviese intentado tomar el pelo, pero ese no era el estilo de Bárbara, y menos para ese tipo de cosas.

ZOE – ¿En serio?

La profesora hizo un gesto afirmativo, segura de su decisión.

BÁRBARA – Estamos juntas en esto. Y las dos recibimos las mismas clases de Fernando.

ZOE – A mi no me cuesta nada, ¿eh? Pero…

BÁRBARA – Si no quieres…

ZOE – No, no, no. Al contrario. Claro que quiero. ¡Vale! Me parece bien.

Zoe rodeó la parte delantera del furgón y abrió la puerta del piloto, sorprendida al ver aquél curioso cambio de actitud en Bárbara, que tan sobreprotectora había sido desde el primer momento. No pudo evitar recordar de nuevo a Morgan y sonrió nuevamente, convencida que él mismo hubiera estado satisfecho de la decisión de la profesora.

Hizo falta recalibrar la posición del asiento y los retrovisores, pero un par de paquetes de pañales fueron más que suficientes para suplir la baja estatura de la niña, sin impedirle llegar a los pedales. Zoe se demostró bastante más hábil al volante que la profesora, y sustancialmente menos precavida, sin llegar a resultar en ningún momento temeraria. Estaba siendo uno de los mejores cumpleaños de los que tenía recuerdo, y dadas las circunstancias que rodeaban el momento presente, eso era cuanto menos poco verosímil.

Se habían alejado bastante del punto de partida, en sus recurrentes rodeos para pasar por tantos sitios como pretendían, y el camino de vuelta se demoraría al menos veinte minutos, si seguían sin encontrar mayores trabas en el camino que algún que otro contenedor al que hubiese arrastrado el viento. En esta ocasión fue Bárbara la que se encargó de guiar a la conductora, que se lo estaba pasando en grande, con aquél aparatoso y enorme pedazo de papel desplegado.