3×1138 – Arena

Publicado: 17/04/2018 en Al otro lado de la vida

XXIV. HÉCTOR

Segundas partes nunca fueron buenas

1138

 

Playa junto al puerto deportivo de Nefesh

15 de noviembre de 2008

 

Héctor despertó sobresaltado, tomando una gran bocanada de aire que le provocó una arcada. La cabeza le daba vueltas. Estaba tumbado sobre su costado en una de las playas de aquella maldita isla a la que jamás debía haber acudido. Tenía la cara llena de arena, y sentía un intenso sabor a mar en la boca y un desagradable cosquilleo en su mano derecha. Todavía algo aturdido, intentó infructuosamente rascarse la palma de la mano con los dedos.

Aún algo mareado y con bastante dificultad, entreabrió los ojos. Una rápida inspección ocular le reveló algo que le heló la sangre: donde debía estar su mano derecha y su antebrazo, no había nada. Junto con él, había desaparecido el tatuaje de la cobra real que éste lucía, del que tan solo había conservado la punta de la cola, a la altura del codo. Su lugar, no obstante, lo ocupaba la cabeza de una infectada que, arrodillada sobre la arena, lamía su herida: un corte limpio que prácticamente había dejado de sangrar. Héctor no comprendía nada.

Ya no llovía, y por la posición del sol en el cielo aquella apacible mañana de otoño, todo apuntaba a pensar que no hacía mucho que había amanecido. En un cielo azul sin mácula vio la luna casi llena, que se despedía para volver la noche siguiente. Tragó saliva mezclada con un poco de arena y notó de nuevo aquél desagradable sabor salado en la boca. La infectada seguía lamiendo su herida, y pronto Héctor comprendió el motivo. Se trataba de una anciana, que a juzgar por su aspecto debía tener más de ochenta años. Carecía de dientes; debía haber perdido la dentadura postiza en alguno de sus primeros ataques después de resultar infectada. Si no le mordía era sencillamente porque no podía. Ya lo había intentado.

Aprovechando que aún no había despertado la atención de la infectada, miró en derredor sin mover la cabeza. No dio crédito a lo que le revelaban sus ojos recién resucitados. Sobre la arena y flotando en el agua, atraídos hacia la costa por la marea, había cientos de pedazos de aquél yate en el que sus hasta hacía tan poco compañeros de viaje habían intentado huir de la isla. Asimismo, cientos e incluso miles de pedazos de carne medio chamuscada eran atraídos por el incesante oleaje hacia la costa, a la que se habían acercado al menos dos docenas de infectados, que se alimentaban de la carne fresca con más que evidente deleite. Por fortuna, él no despertaba más atención que todos aquellos pedazos de carne sanguinolenta que había por doquier.

Héctor respiró hondo. Se incorporó un poco y ello hizo que la infectada, que hasta el momento tan atareada había estado bebiendo su sangre, se pusiera en estado de alerta. El ex presidiario intentó incorporarse, pero aún estaba demasiado débil, y no pudo evitar caer de espaldas cuando ésta se abalanzó sobre él y comenzó a mordisquearle el cuello con las encías desnudas, manchándole de saliva. Incluso sin su brazo derecho y aún algo indispuesto, pues hacía un minuto aún estaba muerto, no tuvo demasiadas dificultades para partirle el cuello, en un movimiento rápido y certero. No era la primera vez que lo hacía.

La infectada, ya muerta, cayó a plomo sobre su pecho, cual saco de patatas. Héctor, boca arriba en la arena, se llevó la mano al hombro, esforzándose en vano por limpiarse toda aquella saliva. Una tímida sonrisa se dibujó en su rostro. Fue entonces cuando se dio cuenta: era precisamente la saliva de aquella octogenaria la que le había devuelto la vida, pues de lo que no cabía la menor duda era que él había muerto la noche anterior a bordo del yate.

No le hizo falta siquiera levantar la camiseta que llevaba puesta para entender que había recibido muchas más puñaladas después de muerto, gentileza de los mismos individuos a los que el había salvado la vida en la prisión de Kéle, devolviéndoles la libertad de la que el estado de derecho les había privado. Ésta lucía muchos más agujeros de los que hubiese deseado. Al contrario de lo que él mismo hubiese podido prever, lo que sintió no fue rabia si no una increíble paz interior. Resultaba evidente que quienes le traicionaron habían corrido incluso peor suerte que él. Al fin y al cabo, si seguía vivo y de una sola pieza, a excepción de la porción de brazo que había perdido fruto de la explosión, mientras su cadáver era mecido por las olas, era gracias a ellos. La ironía le hizo esbozar otra sonrisa nerviosa.

Al pretender matarle a sangre fría, lo que habían hecho era darle una última oportunidad con la que ellos ya no podrían siquiera soñar jamás. Aquella paz le duró muy poco, tan pronto se preguntó cómo había ocurrido todo aquello.  No le cabía la menor duda de quién había perpetrado tal atrocidad. Le hirvió de nuevo la sangre, al darse cuenta que había vuelto a caer en la trampa de aquél pequeño grupo de supervivientes que tantas veces se la habían jugado, los mismos que habían acabado a sangre fría con la vida de Ángel, su único y mejor amigo. Héctor aún tenía muchas cuentas pendientes con ellos, pero no podría saldarlas si no abandonaba la playa cuanto antes.

Al intentar incorporarse de nuevo se llevó la mano izquierda al lateral del cuerpo, esforzándose por atesorar la fuerza suficiente para tenerse en pie. Notó algo duro y frunció ligeramente el ceño. Metió su única mano en el bolsillo y extrajo de él un pequeño vial con un extraño líquido violeta en su interior. Recordaba perfectamente cómo había llegado eso hasta ahí. Apretó los dientes con fuerza y volvió a guardarlo donde estaba. Conservarlo le recordaría cuál debía de ser su principal objetivo en adelante: acabar con todos y cada uno de ellos.

Finalmente consiguió levantarse, aún débil y extremadamente pálido, pues había perdido una cantidad de sangre incompatible a todas luces con la supervivencia. Por fortuna, el virus que ahora recorría hasta el último centímetro de su cuerpo se encargaría de restaurarla en tiempo récord, y devolverle en cuestión de horas la fuerza de la que había hecho gala antes de fallecer.

Caminó tambaleante hacia el paseo marítimo, sin dar crédito al hecho que los demás infectados no parecían en absoluto interesados en darle caza. Pensó que quizá fuese su caminar errático, el modo cómo arrastraba los pies, o tal vez el hecho que estuviese manchado de sangre. La realidad tenía mucho menos atractivo: si no intentaban atraparle, era sencillamente porque tenían demasiada hambre, y sobre la arena había mucha más comida que en su cuerpo mutilado y de color enfermizo.

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1137

 

Campamento de refugiados a las afueras de Midbar

1 de octubre de 2008

 

Guille abandonó toda resistencia prácticamente antes de empezar. Curiosamente, esa era la reacción de gran parte de las víctimas de los infectados: gente que no estaba preparada ni física ni psicológicamente para hacer frente a un problema de tal calibre, que quedaba a merced de sus verdugos poco antes de unirse a ellos en busca de nuevas víctimas. Ver semejante explosión de violencia a su alrededor había hecho que su joven cerebro colapsase de puro estrés. El caos se había vuelto absoluto ahí dentro en cuestión de segundos.

Tras la caída de la primera porción de valla, y habida cuenta que ese no era bajo ningún concepto el mejor lugar por el que abandonar el ya nada seguro campamento, los refugiados que no se encontraban en primera fila, héroes que habían dado su vida por los demás aún sin tener la más remota intención, habían corrido hacia el portón de acceso donde se encontraban padre e hijo discutiendo con el soldado. La estampida de infectados venía tras ellos. Unos pocos tuvieron la suerte de meterse a toda prisa en algunos de los pequeños habitáculos prefabricados con paredes metálicas, cerrando a toda prisa tras de sí. El resto se limitó a huir hacia el mismo lugar por el que habían entrado al recinto, ignorantes de la suerte que correrían. El fuego de las armas retumbaba por doquier, y quienes las portaban pronto dejaron de distinguir entre infectados y refugiados, disparando a todo el que se moviese, con el único propósito de sobrevivir, aunque fuese a costa de la vida de cien inocentes.

Se trataba de un hombre alto y fornido, con una mirada de loco acentuada por aquellos ojos inyectados en sangre. Le faltaba un pedazo de mejilla, y desde el agujero, por el que se escapaba una saliva espumosa, se podían ver sus dientes y parte de su lengua. De entre todos los refugiados que corrían como pollos sin cabeza de un lado para otro intentando en vano salvar la vida, por alguna extraña razón, le escogió a él.

Guille sintió la necesidad de pedir ayuda a su padre, pero éste estaba forcejeando con otros dos infectados, intentando salvar su propia vida. Aquél hombre se abalanzó sobre él y le agarró con fuerza del cuello. El pequeño notó que le faltaba el aire, y sujetó al infectado del antebrazo, mientras notaba cómo se les entrecerraban los ojos. El grito que profirió al recibir aquél profundo mordisco bajo la muñeca hizo que incluso el infectado le soltase por un momento. Guillermo se quitó a la infectada que tenía encima de un fuerte manotazo al escuchar el grito, dejándole un par de dientes bailando. Ella trastabilló e hizo caer de espaldas al otro de aquellos seres que intentaba dar caza a Guillermo.

El investigador biomédico se levantó y corrió hacia su hijo, que acababa de perder el conocimiento, incapaz de soportar tal nivel de estrés. Agarró del tobillo al infectado, que pretendía seguir donde lo había dejado, y tiró hacia arriba con todas sus fuerzas. Éste cayó de bruces al suelo. El fuerte golpe en la cabeza le dejó aturdido unos segundos. Guillermo no necesitó más: agarró a su hijo, tal como lo hacía cuando era un bebé, aún con las evidentes dificultades que añadía su sobrepeso, y miró en derredor. Los infectados corrían de un lado para otro. Había mucha sangre por todos lados, y los gritos, tanto de personas sanas como de infectados, resultaban ensordecedores. Pero algo había cambiado sustancialmente: el portón de acceso estaba abierto de par en par.

El mismo soldado que le había negado la apertura, había acabado abriéndolo, con la poco noble intención de salir de ahí por piernas. Ahora descansaba boca arriba en el suelo a escasos metros de la puerta, con la mirada perdida en el cielo y el estómago, del que media docena de infectados se alimentaba, abierto. El investigador biomédico corrió hacia ahí. Poco antes de cruzar el umbral vio su arma en el suelo. Se vio tentado a cogerla. Sin embargo, para eso debería haber soltado a su hijo, y eso era algo que no entraba en sus planes. Pasó de largo.

Tan pronto salió, se encontró de frente con unos veinte infectados. No había manera humana de esquivarlos, y varios de ellos se interesaron por él y por su hijo, de modo que Guillermo se limitó a ignorarlos. Corrió en línea recta hacia el coche que había aparcado a unos cincuenta metros de ahí, haciendo caso omiso a la presencia de los infectados. Para su sorpresa, el primero se apartó, antes de recibir su embiste. Al segundo consiguió placarlo, y cayó rondando al suelo. El tercero, una mujer joven, se mantuvo inmóvil como una estaca. Guillermo intentó placarla también, pero lo único que consiguió al chocar contra ella fue que Guille se le escurriese de las manos, al tiempo que ambos caía de bruces al suelo.

La infectada se abalanzó hacia Guille, dispuesta a brindarle otro mordisco. Su padre consiguió levantarse justo a tiempo de evitarlo. La agarró de la camiseta y se la desgarró, dejándola desnuda de cintura para arriba: no llevaba sujetador, y lucía un piercing en el pezón izquierdo. La infectada, molesta por la intromisión del investigador biomédico, dio un salto hacia él y le hizo caer de espaldas al suelo, colocándose a horcajadas sobre él.

Guillermo se dio un fuerte golpe en la nuca. Mareado y dolorido, intentó mantener la cara de la infectada a cierta distancia de su piel, para evitar un mordisco que podría resultar fatal. Milagrosamente, aún no se había infectado. Forcejearon durante unos segundos, pero Guillermo enseguida se quedó sin fuerzas. Esa joven era mucho más fuerte que él. Consciente que había llegado su fin, Guillermo notó cómo la boca de la infectada se acercaba cada vez más y más a su cuello, a su yugular. En el último momento, justo antes de recibir aquél mordisco mortal de necesidad, la cabeza de la infectada estalló en mil pedazos, salpicando sangre y esquirlas de cráneo por doquier.

El investigador biomédico, que había cerrado los ojos justo a tiempo, los volvió a abrir y se limpió la sangre de la cara con el antebrazo. Miró a su izquierda y vio a la persona que le había salvado la vida: No se trataba de un soldado, sino de un refugiado más, un chico de unos quince años que sostenía el subfusil que él mismo había dejado atrás segundos antes.

GUILLERMO – ¡Gracias!

Aquella alma caritativa le quitó importancia a su acto con un gesto de la mano que tenía libre y corrió colina abajo, zigzagueando entre los infectados, disparando a alguno de vez en cuando. Guillermo, consciente que un golpe de suerte de esa envergadura no se repetiría, volvió a levantar a Guille del suelo y corrió hacia su Audi. Por fortuna, en esta ocasión no se encontró con ningún infectado más interesado en ellos por el camino. La mayoría habían entrado al campamento, y el resto se estaba alimentando con los muchos refugiados y soldados que ya habían caído. No obstante, aún había muchos por los alrededores, y unos cuantos repararon en él y procedieron a darle caza.

Sangrando, magullado, dolorido y aún algo mareado por el golpe en la nuca, tras haber dejado a Guille en el asiento del copiloto con el cinturón firmemente aferrado al pecho, Guillermo arrancó el motor del coche, mientras media docena de infectados golpeaban los cristales, manchándolos con la sangre fresca de sus manos, amenazando con romperlos de un momento a otro.

El investigador biomédico metió la primera marcha, con las manos temblando, y apretó el pedal del acelerador de tal manera que incluso temió partirlo en dos. El coche patinó unos instantes en el suelo, levantando una nube de tierra y polvo que obligó a los infectados que golpeaban el coche desde atrás a hacerse a un lado, antes de conseguir tracción y salir a toda velocidad.

Uno de los infectados se había quedado sobre el capó, y vociferaba las habituales incongruencias de aquellos seres. Se trataba de una niña de origen sudamericano de la edad de Guille. Quizá incluso más pequeña. Durante un instante Guillermo sintió compasión por ella, pero tal sentimiento fue extremadamente fugaz. Echó un vistazo al asiento del copiloto. Guille seguía inconsciente: cualquiera hubiera podido jurar que estaba muerto, pero sus jadeos entrecortados delataban lo contrario. Acto seguido echó un vistazo por el retrovisor y comprobó que los infectados que había dejado atrás ya estaban a más de ciento cincuenta metros de él, por más que le seguían a buen ritmo. Entonces frenó en seco el coche, haciendo que la pequeña infectada saliera disparada hacia delante, rodando aparatosamente por el suelo mientras profería un grito de sorpresa. No tuvo ocasión siquiera de inmovilizar el coche, cuando apretó de nuevo el acelerador con todas sus fuerzas.

GUILLERMO – ¡Muérete, hija de la gran puta!

Una sonrisa histérica se dibujó en sus labios al notar cómo el coche se agitaba violentamente al pasar con las dos ruedas izquierdas por encima de la pequeña.

Un minuto más tarde, consciente de que lo peor ya había pasado, pero también consciente de que su hijo había resultado infectado, y que si no hacía nada por evitarlo, se habría convertido en una de aquellas bestias en cuestión de horas, Guillermo tomó una decisión suicida. Respiró hondo y accionó el intermitente izquierdo, al tiempo que dirigía el coche hacia el desvío más cercano, que le llevaría hacia el incendio, hacia el mismo lugar del que provenían todos aquellos infectados; de vuelta a Sheol.

3×1136 – Revivir

Publicado: 10/04/2018 en Al otro lado de la vida

1136

 

Campamento de refugiados a las afueras de Midbar

1 de octubre de 2008

 

Guillermo se despertó con un sobresalto. Durante un breve lapso de tiempo no fue capaz de recordar dónde se encontraba. Su hijo le había agarrado del brazo y se lo agitaba violentamente, instándole a que despertase cuanto antes. Entreabrió los ojos y vio en primer plano la riñonera roja del chaval, pero tuvo que volver a cerrarlos con presteza, molesto por el exceso de luz. Hacía más de veinticuatro horas que no conciliaba el sueño, y lo poco que había descansado desde que abandonase el campamento había sido en cortas etapas de duermevela. Volvió a abrirlos, y se intranquilizó al ver la expresión aterrada en el rostro del chaval.

GUILLE – Papa. ¡Papa!

El investigador biomédico se incorporó, esforzándose por mantener los ojos abiertos. Fue el sonido de los lejanos gritos asustados y las voces alteradas de otros refugiados lo que le puso en guardia. Con la lección aprendida de lo ocurrido en Mávet, lo primero que hizo fue agarrar las llaves de su Audi y la mochila en la que llevaba los útiles de primera necesidad. Con ella al hombro y con su hijo de la mano, salió a toda prisa de la carpa que hacía de dormitorio, con todas aquellas literas, colchones y colchonetas desperdigados por el suelo. Otros refugiados seguían tomando la siesta, ajenos al creciente ajetreo del exterior. No tardarían en despertarse.

Contra todo pronóstico, allá afuera todo parecía en regla. Guillermo frunció ligeramente el ceño. Su hijo le condujo hacia el extremo opuesto del campamento, lugar del que provenían todas aquellas voces. Un montón de civiles les daban la espalda, mirando algo al otro lado de la valla perimetral, algo que ellos no alcanzaban a ver. Guillermo se escurrió entre el gentío, con Guille firmemente sujeto por la mano, hasta encontrar un hueco por el que poder ver aquello que tanto interés parecía suscitar entre sus congéneres.

Pese a la distancia más que generosa que aún les separaba de ellos, aquella visión hizo que el vello de los brazos de Guillermo se erizase instantáneamente. Una masa humana de proporciones inconcebibles avanzaba inexorablemente hacia el campamento. Debía haber cientos, incluso miles. Todo apuntaba a pensar que huían de aquella enorme nube negra que se había alzado en el horizonte, allá por Sheol, poco después de la explosión que padre e hijo habían notado hacía escasas horas. El retumbar de los pisotones de aquellos cientos de pies que avanzaban al unísono resultaba espeluznante.

Más de cincuenta hombres y mujeres armados custodiaban la valla, a ambos lados de la misma, instando a los curiosos a apartarse, asegurándoles que todo estaba controlado y que no había de qué preocuparse. Guillermo tuvo más que suficiente con lo que había visto, y desanduvo sus pasos todo lo rápido que pudo. Tiró de Guille al trote hacia el extremo opuesto del campamento, donde se erguía el portón de acceso. Ahí tan solo había un soldado armado haciendo guardia, uno especialmente joven, que parecía más nervioso que el propio Guille.

GUILLERMO – Ábreme la puerta, por favor. Necesito salir con mi hijo ahora mismo.

El soldado le miró extrañado, como si acabase de decir la mayor estupidez imaginable. Esbozó una sonrisa.

SOLDADO – ¿Quiere salir… ahí fuera? ¿Pero usted has visto…?

GUILLERMO – Sí. Sí lo he visto. Precisamente por eso. Ábrela, por favor.

SOLDADO – No puedo abrir la puerta. Y mucho menos ahora. ¿Pero usted se ha vuelto loco?

GUILLERMO – No tardarán mucho más en llegar. Están muy cerca.

SOLDADO – ¿Y cree que fuera va a estar más seguro?

GUILLERMO – No tengo tiempo para discutir. Será sólo un segundo, te lo prometo. Abres, cierras. No te hago perder más tiempo, nos vamos… Todos ganamos.

El soldado negó con la cabeza, muy seguro de su decisión.

SOLDADO – Esa puerta no se va a mover un milímetro mientras yo esté al cargo de ella.

Las voces se intensificaron a sus espaldas. Guillermo estaba al borde de un ataque de nervios, y Guille empezó a gimotear, asustado. Se produjeron los primeros disparos, que abatieron a al menos una docena de infectados. Con ello tan solo ganaron un poco de tiempo, cuando los que les seguían tropezaron con sus cadáveres. No obstante, la marea humana no parecía tener intención de frenar su avance, por más que aquellos asustados soldados les disparasen con todo su arsenal.

GUILLERMO – ¡Abre, por lo que más quieras!

SOLDADO – Aléjese de la puerta. Haga el favor.

Los disparos y los gritos asustados se hacían cada vez más insoportables. Guillermo apartó a su hijo tras de sí y respiró hondo. En menos de un minuto los infectados alcanzarían la valla, y para entonces ya sería tarde. El investigador biomédico se abalanzó contra el soldado, tratando de hacerse con su arma. Ambos forcejearon durante unos segundos, pero la pésima forma física de Guillermo enseguida se hizo latente. Guille gritó, suplicándole al soldado que no hiciese daño a su padre. Pese a su corta edad, éste parecía haber recibido una buena instrucción, pues enseguida consiguió reducir a Guillermo. Le golpeó la nuca con el cañón de su subfusil y le dio una patada en las costillas, alejándolo de sí. Guillermo, con una mueca de dolor en el rostro y un hilillo de sangre manando de su cuero cabelludo, se dirigió al irritado soldado.

GUILLERMO – No van a poder con tantos. ¡Nos van a matar a todos! ¡Déjanos salir! ¡Te lo suplico!

SOLDADO – ¡Échese a un lado!

Guillermo negó con la cabeza. Echó un vistazo a Guille, y el corazón se le rompió en mil pedazos al leer en su rostro la expresión del más puro pánico.

GUILLERMO – Tengo el coche ahí fuera. Está muy cerca. Puedes venir con nosotros, si quieres. Los infectados no pueden igualar la velocidad de un coche. Lo he comprobado. ¡Nos podemos salvar los tres! ¡Aún estamos a tiempo!

SOLDADO – Usted ha perdido la cabeza.

Ambos se giraron al escuchar el estruendo que produjo una gigantesca porción de valla al caer a plomo al suelo, tras el primer embiste, tal como si hubiera estado hecha de papel. Los gritos desesperados de los refugiados y el estridente sonido de cientos de disparos lo llenaron todo. Fue entonces cuando Guillermo comprendió que ya no había tiempo para huir; estaban abocados a una muerte segura.

3×1135 – Gacha

Publicado: 07/04/2018 en Al otro lado de la vida

RECETA PARA EL APOCALIPSIS: PASO 8

Añadir unas briznas de mentira

1135

 

Campamento de refugiados a las afueras de Midbar

30 de septiembre de 2008

 

Guille sintió un efímero regocijo cuando dobló por última vez aquél pequeño trozo de papel, orgulloso al haber conseguido, por primera y única vez sin ayuda, dar forma a la pajarita. Tal como su padre le había enseñado, cogió el bolígrafo que llevaba consigo en la riñonera y le dibujó una sonrisa y un pequeño ojo a cada lado del triángulo que hacía de cabeza. Llevaba del orden de media hora con aquél pedazo de papel, que de tantas veces doblado y desdoblado amenazaba con partirse por la mitad, pero por fin había conseguido lo que se proponía: su obra estaba acabada.

Dejó la pajarita sobre aquella larga mesa a la que se sentaban a la hora de comer los muchos supervivientes que poblaban el campamento, y suspiró echando un vistazo al cielo nublado. Hacía mucho tiempo que no llovía, pero todo apuntaba a pensar que eso cambiaría en breve.

Ya hacía cuatro días, con sus tres largas e interminables noches, que su padre había abandonado la seguridad del campamento en una misión suicida para intentar encontrar a su tía Bárbara y traérsela consigo. Guillermo había prometido que volvería ese mismo día, o lo más tardar al siguiente, pero desde entonces no había vuelto a tener noticias de él. Ya había pasado demasiado tiempo, y ahora ni siquiera era capaz de dar crédito a sus propias palabras de ánimo, intentando convencerse de que en el momento menos pensado cruzaría la puerta de entrada para reunirse con él, y que Bárbara estaría a su lado, ansiosa por darle un fuerte abrazo. La realidad imperante en ese nuevo mundo hacía que fuese mucho más realista; mucho más pesimista.

Desde que su padre se había ido, él no había vuelto a hablar con ninguna otra persona. Cada cual tenía o bien su propia familia de la que preocuparse o sus propias tribulaciones con las que lidiar, y a nadie parecían importarle demasiado los lloriqueos de un niño gordito de diez años que deambulaba de un lugar a otro sin hacer ruido, manteniendo en todo momento un perfil bajo. Él aún recordaba vívidamente a su amigo Koldo, que había perdido la vida en el asalto al centro de acogida a refugiados de Mávet, al igual que su padre y que la enorme mayoría de los asustados civiles que habían acudido ahí en busca de ayuda. A Guille le costaba mucho dormir por las noches recordando los gritos agónicos y suplicantes de quienes eran masacrados e incluso comidos vivos por aquella horda de infectados, y si algo temía, más incluso que el hecho que su padre jamás volviese, era revivir esa pesadilla.

Se giró asustado al escuchar un grito a su espalda. Alguien le estaba llamando por su nombre, y aquella voz le resultó demasiado familiar. Después de tantos días sin saber nada de su padre, había asumido lo peor, y verle de nuevo, cuando menos lo esperaba, dio un vuelco a su joven corazón. Los ojos se le llenaron de lágrimas al reconocerle. Éste caminaba a buen ritmo, aunque sin correr, en su dirección. Guille se levantó del banco en el que había aposentado sus posaderas hacía más de una hora, y con las piernas aún agarrotadas por la falta de ejercicio corrió a reunirse con él, mientras lágrimas de alegría surcaban sus sonrosadas y rechonchas mejillas. Ambos se fundieron en un sincero y emotivo abrazo. Guille manchó de lágrimas y mocos la camisa de su padre, pero a él no pareció importarle lo más mínimo. Guillermo, con unas acusadas ojeras y la barba descuidada, cerró los ojos, saboreando el momento que tanto había ansiado desde su partida.

Una vez el pequeño se hubo recuperado un poco de la sorpresa, y aún con aquella amplia sonrisa surcándole la cara, se dirigió a su padre, que contra todo pronóstico, parecía triste.

GUILLE – ¿Y la tita? ¿No viene contigo?

El investigador biomédico negó con la cabeza, sin apartar aquella expresión apesadumbrada de su rostro.

GUILLERMO – Lo siento, cariño.

GUILLE – ¿No estaba en el sitio donde fuiste a buscarla?

GUILLERMO – No. No. Ahí… no estaba.

Guille se quedó pensativo unos segundos.

GUILLE – ¿Y te dijeron algo ahí, de dónde podía estar? ¿Hablaste con alguien que…?

Guillermo negó nuevamente con la cabeza. Parecía molesto.

GUILLE – ¿Y entonces por qué has tardado tanto en volver?

El investigador biomédico respiró hondo. Un silencio incómodo, incluso con tanta gente hablando alrededor, se cernió sobre padre e hijo.

GUILLERMO – Lo siento, Guille, no pude encontrarla.

Guille pareció infectarse del pesar de su padre y la sonrisa desapareció de su rostro, sustituyéndose por un rictus de pena cercano al llanto. Guillermo se dio cuenta de lo desacertado que había estado y le acarició el costado del hombro, intentando tranquilizarlo, aunque sin demasiado éxito.

GUILLERMO – Pero… tú no te preocupes, seguro que está bien. Tú… no te preocupes. Sólo que… no sé dónde está. Debe estar en otro centro como este. Hay… hay muchos, mucho más, y… puede estar en cualquier parte. Igual que nosotros hemos acabado aquí… ¿Lo entiendes?

Algo en la expresión de su cara hizo pensar a Guille que había mucho más que no le estaba contando. Incluso él se daba cuenta que estaba inventándose esa burda excusa sobre la marcha para salir del paso, pero aún así, prefirió no indagar mucho más al respecto, consciente que lo que pudiese averiguar probablemente sería mucho peor que la ignorancia y la esperanza, que eran unos de los pocos bienes que aún conservaba. Era pequeño, pero no tonto, y aunque nunca lo verbalizaba, odiaba la condescendencia con la que todos los adultos acostumbraban a tratarle, al ser un niño tan dependiente y sensible.

Guille se tragó las ganas de llorar y se conformó con que su padre hubiese vuelto con él, y que lo hiciera de una pieza, y no como un infectado que pretendía matarle, como en su última pesadilla. Al fin y al cabo, eso ya era mucho más de lo que él había acabado asumiendo que conseguiría.

De repente, el suelo se agitó por un instante, y ambos se miraron, frunciendo ligeramente el ceño, preguntándose sin palabras si el otro también lo había notado. El imponente sonido de una explosión en la lejanía, unos segundos más tarde, confirmó sus sospechas. No obstante, todo volvió a la normalidad y, lamentablemente, ninguno de los dos dio mayor importancia a ese hecho.

1134

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

23 de enero de 2009

 

Ya hacía varias horas que había anochecido, pero por fortuna, no se habían cruzado con un solo infectado en todo el trayecto. Pasaban unos minutos de la medianoche.

Bárbara sacó la linterna de su mochila y abandonó la furgoneta de un salto. Abrió el portón de la escuela y Carlos condujo el vehículo al interior, mientras ella se encargaba de cerrar de nuevo a conciencia. Tras un sonoro portazo, una vez dentro de nuevo, Bárbara se dirigió a Carlos, mientras éste conducía el coche hacia el otro portón, el que les daría acceso al Jardín, pasando por encima de la pista deportiva en la que tantos y tantos partidos de fútbol habían echado durante el recreo cientos de niños que hoy día estaban muertos o eran infectados errantes en busca de algo que llevarse a la boca.

BÁRBARA – Nadie había forzado nada. He tenido que abrirla. Estaba cerrada, Carlos. Sólo podrían haberla abierto desde dentro, pero estaba tal cual la dejamos. Exactamente igual. Aquí no ha entrado nadie.

Carlos no respondió, ni siquiera se giró hacia ella. Llevaba bastante tiempo callado, y ello disgustaba bastante a la profesora.

BÁRBARA – Como hayamos venido sólo a ver que se ha estropeado la sirena de la radio, vas a ver. Con la de cosas ricas que había preparado Abril. ¿Viste el postre que…?

CARLOS – Déjalo. ¿Quieres?

Bárbara se giró hacia el instalador de aires acondicionados. Él la estaba mirando, y tiró del freno de mano con quizá excesiva contundencia. Tan solo pretendía romper un poco la tensión del ambiente, pero entendió que no era el momento. Estaba deseando salir de una vez por todas de dudas, avisar a quienes ya debían estar durmiendo en la mansión de que todo estaba en regla, y dormir a pierna suelta en su cama. Estaba algo cansada. Ese había sido un día muy largo, con demasiadas horas sobre ruedas. Le ponía nerviosa la seriedad en el rostro de Carlos, y aunque no paraba de intentar convencerse que se estaba excediendo, ella tampoco las tenía todas consigo.

Ambos salieron del furgón y accedieron a pie al Jardín. Por fortuna, las farolas del barrio seguían funcionando como el primer día. Todas lo hacían, a excepción de un par en el extremo nororiental de la calle larga, en una zona que apenas visitaban, mucho menos por la noche. Caminaron hombro con hombro por entre los invernaderos abandonados y los árboles, en un silencio tenso. No esperaban otra cosa, con el barrio prácticamente vacío y a esas horas de la madrugada, pero no ver una sola luz tras ninguna ventana, ni escuchar voz alguna les hizo reafirmar aún más sus suspicacias.

Cruzaron el taller mecánico, con el sempiterno olor a grasa de motor, y una vez en la calle corta se dirigieron a la copistería de la esquina, desde la que se accedía al centro de día por la trastienda, por uno de aquellos agujeros que hicieron en las paredes. Carlos llevaba la delantera, y a Bárbara le costaba seguirle el ritmo. El instalador de aires acondicionados estaba muy excitado, y no se quedaría tranquilo hasta que pudiese darle un abrazo a su pareja y disculparse por la pequeña discusión que habían tenido antes de separarse, esa misma mañana. Le sorprendió que no hubiese una sola luz encendida en el centro de día, pero se limitó a encender la linterna y seguir adelante, hacia la sala donde descansaban los bebés. Todo apuntaba a que dormían, pues no se escuchaba un solo llanto. De hecho, el silencio resultaba incluso agobiante. Él mismo se encargó de corregirlo.

CARLOS – ¡No! ¡No, no, no!

Bárbara, que iba varios pasos por detrás de él, sin necesidad de encender su propia linterna, pues sólo con la luz residual de la de Carlos tenía suficiente, dio un bote del susto, y aún se apresuró más. Se dio de frente con Carlos, que salía por la puerta tras la que se encontraban los bebés. El instalador de aires acondicionados, aún con un rictus de dolor e incredulidad en el rostro, le barrió el paso.

BÁRBARA – ¿Qué ha pasado?

CARLOS – No entres ahí.

BÁRBARA – ¡¿Pero qué pasa?!

Carlos negó con la cabeza. Bárbara hizo el amago de pasar por su lado, pero él la agarró del brazo, reteniéndola, impidiéndole avanzar.

CARLOS – No. Bárbara… no. Hazme caso.

BÁRBARA – Quítate. Haz el favor.

La profesora trató de zafarse de él, pero Carlos la sujetó aún con más fuerza. Tan solo pretendía protegerla, pero ella no lo entendió. Cuando Bárbara vio una lágrima recorrer su mejilla, se convenció de que no podía perder más tiempo. Necesitaba saber qué había al otro lado de la puerta.

BÁRBARA – Que te quites. ¡Apártate!

Bárbara agarró a Carlos del brazo que la sujetaba y consiguió zafarse de él. Le dio un fuerte empujón, y ello pareció ayudarle a recuperar la cordura, pues lo que hizo acto seguido, al tiempo que Bárbara entraba a toda prisa en la sala, fue llevar su mano a la parte trasera del pantalón y quitarle el seguro a la pistola que llevaba encima.

Bárbara se llevó una mano a la boca, abierta de par en par. Encendió su linterna y enfocó a un lado y a otro, absolutamente incapaz de creer lo que le mostraban sus ojos. La visión era espeluznante. Había sangre por todos lados. Había demasiada sangre.

Daba la impresión que una legión de infectados hubiese entrado en tropel a la sala. Pero había algo que no cuadraba. Ninguno de los pequeños cadáveres, que descansaban cada uno en su propia cuna, tenía heridas de mordiscos. Todos tenían heridas de arma blanca. Muchas, demasiadas heridas. Algunos tenían los ojitos abiertos, otros cerrados, unos estaban boca arriba, otros boca abajo. Pero todos y cada uno de ellos estaban muertos, al igual que Marion, que descansaba en el mero centro de la sala sobre un enorme charco hecho con su propia sangre, con una única herida que iba de lado a lado de su blanco cuello. Carlos volvió a entrar a la sala. Apenas podía ver nada, con los ojos anegados por las lágrimas. Bárbara, sin embargo, estaba muy seria y concentrada: había adoptado su actitud.

La profesora se agachó para mirar más de cerca el cadáver de Marion, y vio algo que Carlos había pasado por alto. Sobre el pecho de la hija del difunto presentador, entre sus senos y el ombligo, descansaba uno de los viales de la vacuna ЯЭGENЄR. Justo debajo, había una pequeña nota manuscrita, que decía lo siguiente: “Os lo devuelvo. Creo que ya no me va a hacer falta”.

1133

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

22 de enero de 2009

 

Las nubes cubrían el cielo a esa hora de la tarde, y se había levantado algo de viento, lo que hacía que el frío que les acompañaba desde el alba aún fuera más acusado. Por fortuna, el pequeño brasero que había instalado en el centro de día, sumado al calor corporal de todos sus inquilinos, mantenía la estancia donde descansaban los bebés en una temperatura bastante aceptable.

Marion echó unas gotas de leche sobre el dorso de su mano, y tras comprobar que la temperatura era correcta procedió a darle de beber a uno de los bebés: un niño especialmente pequeño de corto y negro cabello ensortijado. Ella apenas podía distinguir a unos de otros, y si lo hacía era más por la posición de su cuna en la habitación que por su aspecto físico. La única que realmente les reconocía sin problemas era Zoe, pero ella debía estar ya donde Abril, a media isla de distancia. De todos modos, no hacía falta distinguir a los bebés ni recordar sus nombres para cuidar de ellos. Si bien era un trabajo muy laborioso, ya no tenía secretos para ella, y al contar los bebés con una salud de hierro gracias a la vacuna que recibieron al poco de nacer, no había mucho de qué preocuparse. Con tenerles limpios, darles de comer y dejarles gatear un poco de vez en cuando, había más que suficiente.

La hija del difunto presentador escuchó algo de ruido a su espalda y dedujo que se trataría de Ío. El bebé que sostenía en sus brazos se alimentaba con quizá excesivo entusiasmo, y Marion no se molestó siquiera en girarse, pues aún tenía mucho trabajo por delante. Era la hora del biberón, y aunque en ese momento estaban todos los demás bebés bastante tranquilos, lo cual no era tampoco muy frecuente, más de uno se había despertado, y no tardarían en pedir su ración. No había tiempo que perder, si no pretendía volverse loca con un coro de agudos llantos.

Ambas habían acordado turnarse en el cuidado de los bebés, conscientes que más tarde o más temprano tendrían que dormir, y que nadie más las podría cubrir, pues los demás estaban ya muy lejos de ahí y aún tardarían al menos un día entero en volver. Pese a que las dos sabían que Juanjo seguía en el barrio, ni se molestaron en sugerir a la otra ir a buscarle para que les echase una mano, aunque estaban convencidas de que, incluso a regañadientes, acabaría accediendo. La relación con el banquero, por parte ya no sólo de ellas dos si no de todos los demás supervivientes que vivían en Bayit, se había enfriado sobremanera desde la llegada de Fernando. Actualmente era más un extraño viviendo en la periferia que parte de la comunidad. Y a nadie parecía molestarle en absoluto.

Ío hacía unos minutos que se había ido a echar una siesta, y no volvería al centro de día hasta que se pusiera el sol. Eso había sido lo acordado. Una vez lo hiciera, Marion le tomaría el relevo y se iría a dormir unas horas, durante las cuales Ío, que ya habría tenido ocasión de descansar, haría guardia con ellos. Era lo habitual: el ritual interminable al que se habían acabado acostumbrado, aunque ahora dos personas debían cubrir el trabajo de doce, y no podían hacerlo por parejas si pretendían dormir algo, lo cual resultaba todavía más aburrido. Marion no comprendía por qué la joven había vuelto, pero no le dio demasiada importancia. Tenía demasiadas cosas de las que preocuparse para ello.

MARION – ¿Qué se te ha olvidado ya? Oye… ¿Sabes qué? He estado pensando y… creo que voy a llamar a Carlos. A estas horas… ya deben haber llegado. De hecho… me extraña que no nos hayan llamado, ya. Pero bueno… Yo… es que… No… No paro de pensar en la discusión que tuvimos antes. Quizá… fui demasiado dura con él. No sé… estoy muy sensible estos días, y… no es con él con quien tengo que pagarlo, y… me sabe mal. Me ha quedado mal cuerpo, ¿sabes? Por lo menos, me gustaría que pudiéramos hablar… un ratillo. ¿Tú…? ¿Tú podías quedarte aquí un momento, en lo que subo al ático? Será… nada, cinco minutos como mucho. Te prometo que no tardo más. Pero… así me quedaré más tranquila.

Pese a escuchar la respiración y notar la presencia de quien había entrado a la sala, no obtuvo respuesta alguna. Frunció ligeramente el ceño. Pese a que aún quedaba medio biberón, el bebé parecía haber saciado su sed. Marion lo dejó con delicadeza sobre la cuna. Se le cerraban los ojos: pronto se quedaría de nuevo dormido. Era el momento de ir a por el siguiente.

MARION – ¿Me estás oyendo?

No fue hasta entonces que se dio cuenta que había estado hablando sola. Soltó una pequeña risotada, al tiempo que hacía un gesto negativo con la cabeza.

MARION – ¡Pero qué idiota soy! ¿Cómo me vas a oír?

Marion sonrió de nuevo, consciente al mismo tiempo del ridículo de la situación, como del hecho que Ío jamás se enteraría de que se había pasado casi un minuto hablando sola. No fue hasta entonces que se giró. La sonrisa que se había dibujado en su rostro se quedó helada instantáneamente al comprobar que la persona que había en el umbral de la puerta, con la que había estado hablando, no se trataba de Ío.

La hija del difunto presentador reconoció a esa persona al instante, y ello hizo que el biberón que sostenía cayese al suelo, formando un sonoro estruendo al romperse en mil pedazos, desperdigando trocitos de cristal y leche por todo el suelo. Con el ruido del golpe, un par de bebés se despertaron y comenzaron a llorar. Marion pareció empatizar en cierto modo con ellos, pues un gran lagrimón emergió prácticamente al mismo tiempo de su ojo derecho, al tiempo que su mandíbula inferior comenzaba a traquetear incontrolablemente.

1132

Inmediaciones de la mansión de Nemesio, isla de Nefesh

22 de enero de 2009

 

CARLOS – ¿No teníais dos coches aquí?

Abril chistó con la lengua al tiempo que se rascaba la nuca, contrariada. Estaba empezando a infectarse del nerviosismo del instalador de aires acondicionados, pese a que creía que no había motivo para ello. Pequeñas nubes de vapor de aire se formaban frente a sus bocas debido al frío que reinaba en el ambiente. Bárbara y Zoe deambulaban por el cobertizo, algo inquietas también. El olor a excrementos de animales estaba bien presente.

ABRIL – Sí… bueno. Debe haberse llevado la pickup para poder coger más madera. No… La verdad es que no suele hacerlo, pero… Yo qué sé, este hombre no deja de sorprenderme. Al igual aparece de aquí cinco minutos con media tonelada de leña y dice que se le ha ido el santo al cielo como la otra vez, tampoco creo que haya que…

CARLOS – ¿Dónde guardáis la gasolina?

La médico frunció ligeramente el ceño por el tono de la pregunta, ahora ya convencida que Carlos estaba excediéndose en su actitud. Él estaba muy serio.

ABRIL – Ahí atrás, en un armario amarillo, grande, al fondo.

Bárbara y Abril cruzaron sus miradas al ver cómo Carlos se dirigía al trote hacia donde la médico había señalado. La expresión ceñuda de la cara de Abril se tornó en sorpresa cuando el instalador de aires acondicionados abrió ambos portones del armario al mismo tiempo. Se dirigió hacia ahí a toda prisa. Bárbara y Zoe la siguieron.

ABRIL – No puede ser…

Carlos respiró hondo, tratando de tranquilizarse. Era incapaz de comprender el motivo de sus sospechas, pero tenía un muy mal presentimiento.

CARLOS – ¿Qué? ¿Qué es lo que pasa?

ABRIL – Sólo quedan dos garrafas. Teníamos como… yo qué sé… veinte, por lo menos.

CARLOS – ¿Cuándo fue la última vez que mirase aquí dentro?

Abril negó con la cabeza, observando con atención el armario casi vacío, aún sin ser capaz de dar crédito.

ABRIL – Eso no importa, Carlos. Hemos podido gastar una o dos, desde la última vez que miré, para el generador portátil, pero… esto no tiene sentido. Si ha ido a por leña, puede haber cogido una, o un par a lo sumo, pero no semejante cantidad. Aquí hay algo que no me cuadra.

CARLOS – Yo lo veo bastante claro.

ABRIL – Pues explícamelo, porque yo no entiendo nada.

CARLOS – Ezequiel se ha ido con el coche, y no creo que tenga intención de volver.

ABRIL – No… Si estaba deseando veros. No hablaba de otra cosa. No tiene sentido que se haya ido… así, de sopetón, sin avisar. Además… ¿A dónde diablos se ha ido? Tampoco es que haya muchos más sitios a los que ir…

CARLOS – No lo sé, Abril. No lo sé. Pero yo me voy. Hasta que no sepa qué es lo que ha pasado con la radio, ahí en el barrio, no me voy a quedar tranquilo.

ABRIL – Pero…

CARLOS – Si volviera, llámanos, ¿vale?

ABRIL – ¿Quieres decir que no…?

Carlos dejó a la médico con la palabra en la boca y pasó de largo, hacia la entrada del cobertizo. Por más que se esforzaba en hacerlo, le resultaba imposible no relacionar ambos hechos, y se estaba empezando a poner de muy mal humor.

BÁRBARA – ¡Voy contigo!

El instalador de aires acondicionados se giró, cruzó su mirada con la de la profesora durante un instante, y prosiguió. Ella le imitó. Justo antes de desaparecer de su campo de visión, Bárbara se dirigió a Abril.

BÁRBARA – ¡Dile a mi hermano que me he tenido que ir, por favor!

La médico asintió vagamente, aun cuando Bárbara ya no la podía ver. Con las prisas y el nerviosismo, nadie se había percatado que Zoe ya no estaba con ellos.

Cuando Abril volvió a la mansión, enseguida descubrió que los demás se habían congregado alrededor de la chimenea. Era un día bastante frío, y al amparo del crepitar de las llamas era sin lugar a dudas donde mejor se estaba.

PARIS – ¡Por fin! ¿Dónde os habíais metido?

ABRIL – Hemos salido un momento fuera… donde los animales.

Paris puso los ojos en blanco. Había venido principalmente para demostrarse a sí mismo que podía enterrar el hacha de guerra con la médico, y al llegar y ver cómo desaparecía, sin siquiera dirigirle la palabra, se le habían quitado las ganas.

PARIS – ¿Y Carlos y Bárbara? ¿Se han quedado ahí o qué?

Abril negó con la cabeza. Todos la miraban, algunos extrañados por su expresión desnortada y algo compungida, otros sólo con curiosidad.

ABRIL – No. Se han… Han vuelto a Bayit.

CHRISTIAN – ¿A Bayit a qué? ¡Pero si acabamos de llegar!

GUILLERMO – ¿Mi hermana se ha ido sin decirme nada?

ABRIL – Me dijo que… te avisara de…

DARÍO – ¿Y por qué se han ido tan apresuradamente?

ABRIL – No… No funciona bien la radio, y… no ha habido manera de hablar con Marion. Carlos se ha empezado a preocupar y… ha decidido ir a ver qué es lo que pasa, y ella se ha ido con él.

MAYA – ¿Y Esequiel, dónde está?

La médico respiró hondo, algo superada por la situación. Le estaba poniendo de los nervios semejante interrogatorio, y además se sentía culpable, como si en cierto modo les estuviera engañando.

ABRIL – Fue a buscar leña. Debe estar al caer…

GUSTAVO – ¿Cuándo vamos a comer? Yo tengo hambre.

Olga le dio un manotazo en el hombro, y él la miró con el ceño fruncido. No había hecho más que verbalizar lo que todos estaban pensando.

PARIS – ¡Mira! El primero que dice algo inteligente.

ABRIL – Sí… Sí. Será mejor que comamos. He preparado un montón de cosas… muy ricas. Venid al comedor… Acompañadme, por favor.

La médico volvió sobre sus pasos, y uno a uno, todos fueron siguiéndola en procesión hacia el gran comedor, pasando de largo por el vestíbulo principal. Christian y Maya fueron los últimos en abandonar la cálida estancia. Ambos cruzaron una mirada cómplice, convencidos que algo no andaba del todo bien, pero  incapaces de averiguar de qué se trataba.

Durante las siguientes horas no tuvieron noticia alguna ni de los unos ni del otro.

1131

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

22 de enero de 2009

Ío respiró hondo y acto seguido soltó el aire con un ligero gimoteo nervioso. Se abrochó el último botón del pantalón y salió del cuarto de baño. Era la tercera vez que se cambiaba la compresa ese día y la segunda que se mudaba de ropa interior, pero aún así seguía sintiéndose incómoda, sucia. Caminó arrastrando los pies y salió al rellano del bloque de pisos. De no haber sido sorda, habría escuchado claramente unos sonoros pisotones bajando las escaleras, que se volvieron atropellados tan pronto reinó en el lugar el eco proveniente de la puerta de su piso al abrirse.

Juanjo tropezó en el último escalón, con las prisas, y cayó de bruces al suelo, golpeándose la cabeza contra el suelo al tiempo que profería un grito asustado. Esperaba que tanto Ío como Marion estuvieran en el centro de día al cuidado de los bebés, y descubrir que no estaba solo en el bloque le había puesto francamente nervioso. Se levantó atropelladamente y se llevó una mano temblorosa a la ceja. Chasqueó la lengua al notar algo de humedad y maldijo entre dientes al revisar su mano y ver que estaba manchada de sangre. Se había hecho un buen corte, que no paraba de sangrar.

El banquero se llevó la mano al bolsillo, sacó un pañuelo de tela con algunos mocos resecos y se lo llevó a la ceja, tratando así de parar la hemorragia, que le había obligado a cerrar el ojo derecho para evitar que le entrase la sangre. Maldijo de nuevo entre dientes, con el eco de las pisadas de la joven de los pendientes de perla bajando las escaleras, y salió a toda prisa a la calle, notando una bofetada de aire frío en la cara. El pañuelo estaba empezando a empaparse, y pronto resultaría inútil. Consciente de que no tenía mucho tiempo, corrió al extremo opuesto de la calle.

Ío bajó tranquilamente las escaleras, ajena al ruido de la escalera, pensando en todos los que se habían ido a visitar a Abril hacía escasos quince minutos, arrepintiéndose de nuevo por no haber ido con ellos. La suya había sido una decisión tomada en el último momento. Se sentía mal por el advenimiento de su primera menstruación, y se le antojaba tedioso el viaje que sus compañeros acababan de iniciar, pero era consciente que lo que le esperaba en el barrio no era mucho mejor. Cuidar de los bebés prácticamente ininterrumpidamente, además de tener que dormir en el centro de día, no entraba dentro de sus preferencias en esos momentos. Pero estaba dispuesta a hacerlo, sin proferir queja alguna.

Pese a pasar por encima, no se dio cuenta de las gotitas de sangre que había en el portal, frente a aquél gran espejo. Al salir vio por el rabillo del ojo cómo se cerraba del todo la puerta del parking que daba acceso a la calle larga, a la que no había acudido desde hacía más de una semana. Frunció ligeramente el ceño. Sabía a ciencia cierta que Marion estaba en el centro de día; ella misma venía de ahí, de donde se había ausentado hacía menos de cinco minutos. En el barrio, a excepción de los bebés, tan solo quedaban ellas dos y Juanjo. Dedujo que se trataría del banquero, aunque no acababa de comprender qué se le había perdido en esa zona del barrio; hacía mucho tiempo que vivía solo en su casa de las afueras, sin acercarse siquiera a saludar. Sin embargo, no le dio mayor importancia y continuó su camino. Tenía demasiadas cosas en las que pensar como para preocuparse de aquél hombre al que detestaba, el único, junto con Paris, cuya presencia aún no había aprendido a tolerar.

Juanjo esperó pacientemente unos segundos al otro lado del portón de acceso al parking, temiendo haber despertado las sospechas de quien quiera que estuviese en el bloque cuando él bajaba del ático. Aguzó mucho el oído, mientras la sangre, que ya había empapado el pañuelo, goteaba sobre su chaqueta de plumas de oca. Para su tranquilidad, no ocurrió absolutamente nada. Nadie se acercó a preguntar qué hacía ahí. Poco después, prosiguió su camino, de vuelta a la casa de la que se había vuelto ermitaño.

Cuando Ío entró en la sala donde se encontraban los bebés, Marion se dio media vuelta rápidamente, dándole la espalda, y se enjugó una lágrima a escondidas de ella. Ío ocupó el lugar que había abandonado y procedió a cambiar a uno de los bebés, mecánicamente. Era un trabajo tedioso, con tantos pequeños exigiendo atención en todo momento, pero había aprendido a acostumbrarse, y ahora ya lo hacía prácticamente sin pensar. La hija del difunto presentador abrió los ojos como platos durante unos segundos, pretendiendo así secárselos y que no resultase tan evidente que había estado llorando, y acto seguido se acercó a ella. Tragó saliva.

MARION – ¿Te encuentras bien, Ío? Tienes mala cara.

La joven asintió, perpetuando su costumbre de comunicarse sin abrir la boca. Marion había preguntado únicamente por cortesía, y esa respuesta le resultó más que suficiente. Ambas se aguantaron la mirada durante unos segundos, que pronto se volvieron incómodos.

ÍO – ¿Y tú?

La hija del difunto presentador suspiró, echó un vistazo al suelo y dirigió de nuevo su mirada a Ío, mostrando una sonrisa falsa.

MARION – Sí, sí. Yo estoy la mar de bien.

Ío asintió de nuevo, consciente tanto de no haber convencido a Marion con su respuesta, como de que ella tampoco había dado crédito a la suya. Esa fue toda la conversación que tuvieron en varias horas, a excepción de algún comentario pasajero en referencia al cuidado de los bebés, al que las dos se habían ofrecido, pero que aborrecían sobradamente. Ambas tenían mucho en lo que pensar, y agradecieron el silencio que les brindaba la otra, ignorantes de que lo que mejor les hubiese venido en ese momento era precisamente compartir sus frustraciones, y echar alguna que otra lágrima en hombro ajeno.

1130

 

De camino a la mansión de Nemesio, isla de Nefesh

22 de enero de 2009

 

BÁRBARA – Oye, ¿y por qué no la llamas ahora que lleguemos, y ya está?

Carlos, desde su posición tras el volante, miró de reojo a Bárbara. La profesora había ocupado el asiento del copiloto después de aquél accidental encuentro con media docena de infectados en el que Paris demostró una vez más que aún no había recuperado del todo la cordura. Después que acabase con el último, tras saltar del coche prácticamente en marcha, y luego de una acalorada y tensa discusión con Carlos, el dinamitero había cedido a regañadientes su asiento a la profesora. Ahora se encontraba en la parte trasera de la furgoneta, con los demás. Desde ahí apenas se veía el exterior, tan solo a través de unas pequeñas rejillas horizontales en las planchas metálicas que Fernando había instalado en las ventanillas.

CARLOS – Pues sí… Lo haré. Me ha quedado mal cuerpo irme… así, de esa manera. Después de… No es que no hayamos discutido nunca antes, porque lo hemos hecho, y… mucho más acaloradamente, pero… no sé, Bárbara. Últimamente la veo… más rara, como más apagada, más triste que de costumbre, y…

La profesora se sentía mal al no poder explicarle el motivo por el que Marion se comportaba así, del que tan solo ella era conocedora, pero no tenía intención alguna de romper su pacto de silencio con la hija del difunto presentador.

BÁRBARA – Estará bien. Tú sólo llámala, y… así te quedas tranquilo. Y ella también se sentirá mejor, si ve que te preocupas.

El instalador de aires acondicionados asintió, y se desvió un poco del camino para esquivar el cuerpo medio descuartizado de lo que parecía un burro. El frío de las últimas semanas y las heladas nocturnas le habían conservado en relativo buen estado, pero resultaba evidente que no era un cadáver reciente. Entre todos cundía la sensación que los infectados estuviesen aletargados por el frío, y no fuesen tan activos en esta época del año. Era un hecho que las visitas al barrio eran cada vez menos frecuentes. La realidad era mucho menos halagüeña, o obstante: pese a que hacía mucho tiempo que no reiteraban en sus rondas de limpieza, éstas habían sido muy efectivas, y habían acabado con más de la mitad de los infectados de la isla.

No tardaron mucho más en llegar. No en vano, tan solo habían encontrado compañía durante el trayecto en esa única ocasión que condenó a Paris a la trasera de la furgoneta. Carlos conocía muy bien el camino y cada vez recortaba más el tiempo sobre ruedas.

Entraron como de costumbre, por la puerta de servicio. La pequeña nube que emergía de la chimenea delataba que dentro no pasarían frío, al menos mientras se mantuvieran cerca del fuego. Uno a uno fueron entrando en aquella mansión centenaria. Carlos fue el primero en dar con la médico, que tal como él sospechaba, se encontraba en la cocina. Abril estaba muy concentrada en su tarea, amasando algo parecido a una base de pizza de gran tamaño, con las manos manchadas de harina, cuando el ruido junto a la puerta le llamó la atención.

ABRIL – ¿Ezequiel?

Carlos se asomó, con una amplia sonrisa en el rostro. Había algo en esa mujer que siempre le ponía de buen humor.

CARLOS – ¡Hola!

La médico se giró. Chocó una mano contra la otra para deshacerse del exceso de harina, y una nube de polvo blanco se formó frente a su cara. Ella se apartó un poco, parpadeando repetidamente. Bárbara, Christian y Maya entraron a la cocina.

ABRIL – ¡Hombre! ¿Ya habéis llegado? Os esperaba algo más tarde.

CARLOS – Qué va. Si el camino ha sido la mar de tranquilo. Apenas hemos encontrado compañía.

ABRIL – Ah mira. Me alegro. Eso siempre es buena señal.

BÁRBARA – Bueno, ¿y vosotros qué tal estáis? ¿Dónde está tu famoso amigo, el que tantas ganas tenía de vernos?

ABRIL – Mira, ni me hables, ¿eh? Estoy enfadada como una mona.

CARLOS – ¿Qué pasa?

ABRIL – El tío este. Que ha vuelto a desaparecer. Ha vuelto a hacer lo mismo. Lo mismo que la última vez. Esta mañana, me dijo que se iba a buscar leña, porque dice que quedaba poca, para la chimenea y… la lumbre. Y… que no ha vuelto. Mira las horas que son, y todavía no ha vuelto. No tengo ni idea de dónde diablos puede haber ido.

Poco a poco, las voces de los demás, charlando unos con otros, formaron una miríada de ecos en aquella casa vieja. Bárbara se sorprendió al ver la expresión ceñuda en la cara de Carlos.

CARLOS – Pero… ¿a qué hora se fue?

ABRIL – Yo qué sé… se fue que no hacia ni una hora que había amanecido. Ha tenido tiempo de sobra de talar medio bosque.

CARLOS – Joder… ¿Pero se puede saber qué le pasa a este hombre? Parece que nos quiera tomar el pelo.

Bárbara asintió mecánicamente. De haber sido la primera vez, estarían más preocupados por su suerte que por su ausencia, pero algo empezaba a oler mal. Ella tampoco acababa de entender lo que ocurría. Había sido el propio Ezequiel quien les había citado, con la intención de conocerse definitivamente, tras los anteriores intentos fallidos. Que desapareciese de nuevo en idénticas condiciones no albergaba el menor sentido para ella.

ABRIL – Os he estado llamando, varias veces, para avisaros, por si todavía no habíais salido, pero… supongo que ya era tarde.

CARLOS – No. Marion e Ío se han quedado en el barrio, con los bebés. La niña… la niña vale que no haya escuchado nada, pero Marion seguro que sí que tiene que haberlo oído. Eso suena que parece que se vayan a romper los cristales. Tienen que estar en el centro de día, y eso está justo debajo del piso de Bárbara. No tiene pérdida.

ABRIL – Pues te puedo asegurar que nadie lo ha cogido.

Carlos respiró hondo, y soltó el aire sonoramente entre los labios, con los dientes apretados.

ABRIL – Pero… que habré llamado tres o cuatro veces. Al igual… en ese momento no estaba cerca. Y… si me dices que estaba Ío con los bebés, es muy fácil que ella no haya escuchado nada.

El instalador de aires acondicionados negó con la cabeza. Bárbara tragó saliva. Los demás se habían repartido entre el salón principal, donde se encontraba la chimenea humeante, y la cocina. Muchos estaban deseosos de saludar a Abril con un abrazo y dos sonoros besos en las mejillas, pero prefirieron no perturbar la conversación.

CARLOS – No… No, no. ¿Puedo usar la radio?

ABRIL – Sí, claro.

Llamaron durante más de cinco minutos ininterrumpidos. Bárbara y Zoe estaban sentadas en la cama, codo con codo, observando con un nudo en el estómago el creciente nerviosismo de Carlos. Abril se encontraba a su vera, y se sentía increíblemente impotente por no poder darle una mejor respuesta.

CARLOS – Voy a ir. Necesito saber qué pasa.

ABRIL – Pero quieres decir que…

CARLOS – No. Me voy. Tengo un mal presentimiento.

ABRIL – No seas inconsciente. Se te va a hacer de noche con el coche.

CARLOS – Me da lo mismo. Es la única manera de que me quede tranquilo.

Las tres se quedaron atónitas al ver cómo el instalador de aires acondicionados salía por la puerta al trote.

BÁRBARA – Carlos. ¡Carlos espera, hombre!

Abril y Zoe se miraron la una a la otra, al tiempo que Bárbara salía a toda prisa del dormitorio.

1129

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

22 de enero de 2009

 

Christian trasteaba con sus herramientas en el motor de la furgoneta bajo la atenta mirada de Fernando. No hubiera hecho la menor falta esa última revisión antes del viaje, pues el vehículo estaba en perfectas condiciones, pero Fernando quería poner a prueba a su pupilo. Al parecer se le estaba dando bastante bien. El vehículo ahora más bien parecía un pequeño tanque en miniatura, absolutamente inescrutable para los infectados. El mecánico se sentía increíblemente orgulloso de su trabajo, y estaba ansioso por poder comprobar qué tal funcionaba fuera de los muros de aquella pequeña colonia que se había convertido con el tiempo en una nueva celda en la que vivir, mucho más espaciosa y concurrida que la que compartía con Christian en Kéle, pero no por ello menos claustrofóbica.

Estaban prácticamente todos congregados en el patio de la escuela, alrededor de la furgoneta, bien abrigados, charlando distendidamente. Tan solo faltaban Maya y Marion, que estaban a punto de acabar su último turno al cargo de los bebés. Incluso Paris se había apuntado a la excursión relámpago al campo, para sorpresa de todos. Al parecer, la visita de Abril de primeros de año había suavizado mucho su trato con ella, y él, en esos momentos, hubiese matado por romper la tediosa monotonía en la que se había convertido su vida las últimas semanas. Estaba impaciente por partir.

La joven de los pendientes en forma de perla se despidió de sus compañeros y se dirigió al centro de día. Olga había decidido, unilateralmente, que ella y su hermano se quedarían en el barrio al cuidado de los pequeños mientras los demás se dirigían a la mansión de Nemesio. Gustavo no estaba muy de acuerdo, pero tras más de una discusión con ella, había acabado dando su brazo a torcer, aunque sólo fuese por no oírla. A Juanjo hacía varios días que nadie le vía el pelo. Vivía recluido en su casa al final de la calle larga, y ya no acudía siquiera a comer con ellos, mucho menos a cuidar de los bebés. Nadie parecía echarle en falta, no obstante.

Tan pronto Maya y Marion llegaron al patio de la escuela, Fernando liberó a Christian de su trabajo y ocupó su asiento tras el volante. El sutil ronroneo que escuchó al arrancar el motor le dibujó una sonrisa en el rostro. Christian y Maya entraron por los portones traseros, para encontrarse con Carla y Darío, que llevaban ya un tiempo dentro.

La hija del difunto presentador se acercó a Carlos con la cabeza gacha. Él frunció ligeramente el ceño, pero se limitó a pasarle la mano por encima del hombro, atrayéndola hacia sí. Le dio un beso en los labios, que ella no correspondió.

CARLOS – Venga, vamos. Que al final se nos va a hacer de noche.

Marion protagonizó un gesto negativo, aún con la cabeza gacha.

MARION – Carlos… Lo he estado pensando. No voy a ir.

Le había dado muchas vueltas las últimas horas, y había acabado tomando una decisión en firme. Temía que Abril detectase su embarazo y lo hiciera público. Por ahora, únicamente ella y Bárbara estaban al corriente, y Marion no tenía intención de que eso cambiase. Además, tampoco se encontraba del todo bien para hacer un trayecto tan largo confinada en un espacio tan reducido con tanta gente. Necesitaba aire, tranquilidad, y mucho tiempo para pensar, y no obtendría nada de eso si iba con ellos.

CARLOS – ¿Qué dices? Pero si estabas deseando salir de aquí. Llevas días quejándote de que te agobia estar aquí encerrada todo el día. Va, súbete, que al final se nos va a hacer tarde. Tenemos que aprovechar al máximo las horas de sol y ya es casi mediodía.

La cogió del hombro, tratando de llevársela consigo a la parte trasera de la furgoneta, pero Marion se mantuvo inmóvil. Carlos empezaba a impacientarse. Estaba algo nervioso, muy interesado por conocer la identidad de aquél hombre que hacía tanto tiempo que vivía con Abril, pero con el que no se habían cruzado una sola vez. Mucho más al haber sido iniciativa de él el encuentro. Marion se llevó el puño cerrado a la boca y ocultó algo a medio camino entre una tos y un eructo.

MARION – Que no, Carlos. Ya lo he hablado con Olga. Me quedaré yo aquí, y así podéis ir vosotros.

CARLOS – ¿Tú sola te vas a quedar?

Marion tragó saliva y asintió. Estaba convencida de ello, y no le estaba gustando la respuesta de Carlos.

MARION – Alguien tendrá que quedarse al cargo de los bebés. Y… a Gustavo le hacía mucha ilusión ir. Ya lo oíste ayer.

Carlos rió entre dientes. Marion parecía muy seria.

MARION – ¿Qué te hace tanta gracia?

CARLOS – Nada, nada. Quiero decir… Tampoco es que sea… uno de tus puntos fuertes, cuidar de los bebés.

Marion enrojeció al instante, visiblemente ofendida. Carlos tan solo pretendía romper un poco la tensión del momento con una pequeña chanza, haciendo referencia a la aversión de la hija del difunto presentador al olor a las heces o a aquella vez que uno de los bebés le orinó encima a modo de fuente. Enseguida se dio cuenta de su error, pero ya era tarde para enmendarlo.

MARION – Vete a la mierda, ¿quieres?

Carlos forzó de nuevo la sonrisa.

CARLOS – Va mujer, que era una broma. Vente, que así te distraerás. Nos lo pasaremos bien, ya verás.

MARION – ¡Que te he dicho que no! ¿Qué es lo que no has entendido?

El instalador de aires acondicionados se puso serio. Era una persona afable, pero no le gustaba que le levantaran la voz.

CARLOS – Oye, relájate un poquito, ¿quieres?

MARION – Relájate tú. Qué maldita obsesión porque me venga.

CARLOS – Habíamos quedado que vendrías. Joder, ¡si tienes hecha hasta la maleta!

MARION – Pues me lo he pensado mejor.

CARLOS – Pues vale, pues quédate aquí y muérete del asco limpiando cacas si eso es lo que quieres.

MARION – ¡Pues es lo que haré! ¿Sabes qué? ¡Olvídame!

Para entones, la enorme mayoría de los presentes ya se les habían quedado mirando, sorprendidos por la creciente tensión en la discusión. Bárbara cruzó su mirada con la de Carlos y se acercó a él al tiempo que Marion se daba media vuelta y se iba por donde había venido. Nadie se dio cuenta que estaba llorando.

BÁRBARA – ¿Qué le pasa?

CARLOS – Y yo que sé. Que dice que se lo ha pensado mejor, y que no viene.

La profesora reflexionó durante unos segundos, creyendo conocer el motivo, el tiempo suficiente para hacer que Carlos volviese a fruncir el ceño.

BÁRBARA – Bueno, déjala. Total, mañana por la tarde vamos a estar aquí de vuelta. Si no quiere venir que no venga.

CARLOS – Pues sí. Tienes razón, Bárbara. Ella se lo pierde. Vayámonos.

Uno a uno, todos fueron entrando a la furgoneta. Pese a que no era un espacio especialmente pequeño, enseguida comenzó a resultar agobiante estar ahí dentro. Por fortuna, el calor corporal les ayudaría a olvidar el frío del invierno durante el trayecto. Carlos fue ayudando a todos a subir. Incluso a Olga, que había recogido algo de ropa y su mochila de supervivencia en el último momento y se había sumado al grupo, no muy convencida aún, junto a su contento hermano. Ío, que había estado sentada sola en un banco, no muy lejos de ahí, se acercó a Carlos con paso dubitativo.

ÍO – Yo tam-poco iré. No me en-cuen-tro del to-do bien.

CARLOS – ¿Tú tampoco?

Ío asintió. El instalador de aires acondicionados arrugó los labios, contrariado.

CARLOS – Bueno… Como quieras. Vete con Marion, que le vendrá bien un poco de ayuda.

La joven del cabello plateado asintió, y se alejó de ellos. Carlos se giró, y se dirigió a quienes ya habían ocupado su asiento en la parte trasera de la furgoneta. Paris se encontraba delante, charlando con Fernando.

CARLOS – ¿Alguien más quiere quedarse aquí?

Nadie respondió, y ello le dejó algo más tranquilo. Acto seguido tomó asiento tras el volante, y Fernando se encargó de abrir el portón de acceso para que la furgoneta pudiese salir. Él hubiera preferido conducir, pero Carlos era quien mejor conocía el camino. Una vez el mecánico cerró de nuevo la puerta y ocupó su asiento en uno de los bancos, Carlos puso rumbo a la mansión de Nemesio.