Archivos para 20/03/2011

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Piso del señor y la señora Soto

28 de septiembre de 2008

Bárbara cayó al suelo golpeándose la espalda contra algo duro. Esa mujer se diferenciaba del resto de los demás porque parecía sana. Tan solo le delataban sus ojos rojos y la palidez de su piel; era evidente que aún no se había alimentado, aunque estaba segura de que eso se solucionaría enseguida. Bárbara se alegró de haberse colocado los tejanos y la camiseta de manga larga; ahora tan solo sus manos y su cabeza estaban en contacto con el exterior, y resultaría mucho más difícil acabar infectada por ese ser. Colocó uno de sus pies sobre el hombro del ansioso animal, frenándola por unos momentos, mientras ella se afanaba por morderle a través de una bamba y asía con fuerza uno de sus muslos.

Todo se solucionaría en cuestión de segundos, de modo que era crucial tomar las decisiones rápidamente. Desde ahí podía ver el cuchillo, descansando tranquilamente sobre la mesilla de noche. Tan cerca, y a la vez tan lejos. Resultaría imposible hacerse con él sin permitir a ese ser hincarle el diente, pues ya le estaba costando mucho trabajo retenerla. La lucha encarnizada parecía decantarse por su enemiga, y Bárbara cada vez disponía de menos fuerzas para seguir defendiéndose. Miró a su alrededor, pero tan solo vio objetos inútiles desperdigados por el suelo; un teléfono móvil, un paquete de pañuelos, una cajita de condones… Entonces notó que algo le estaba pinchando en la espalda, que lo hacía desde que cayó de espaldas.

Se levantó un poco y agarró por el mango ese objeto. Era un destornillador, un destornillador de estrella. No era el cuchillo, pero serviría. Se armó de valor, apoyó su otro pie sobre la cabeza de la señora Soto, y empujó con fuerza para llevarla más adentro bajo la cama, el tiempo justo para levantarse, saltar torpemente sobre la cama y correr hacia la puerta del baño. Respirando acaloradamente, sosteniendo en su mano derecha el destornillador, esperó que llegase con toda la sangre fría que pudo. Vio a esa mujer arrastrándose con una habilidad inhumana bajo la cama, para salir de ahí debajo y levantarse apoyándose en una rodilla.

Se la quedó mirando un momento, con una extraña mueca en la cara, que hubiera podido interpretarse como una sonrisa si ese ser todavía dispusiera de humanidad. Bárbara dio un paso atrás, con la adrenalina supurando por sus poros, atemorizada de pies a cabeza, notando cada vez más cerca su final. Al ver como la señora Soto salía corriendo en su busca, empuñó el destornillador y lo sostuvo firmemente frente a sí, cerrando los ojos. A partir de ahí, todo pasó muy rápido. Bárbara notó un fuerte empujón que la hizo perder el equilibrio. Sintió como el destornillador dejaba de estar en su poder.

Cayó de costado al suelo, y vio como su contrincante entraba de bruces en la bañera, llevándose la cortina por delante, arrancándola de sus enganches del fuerte tirón. El borde de la bañera se había teñido de un rojo intenso, y ahora esa mujer luchaba por zafarse de la cortina. Bárbara corrió hacia la puerta, y la cerró con fuerza, viendo en el último momento la figura de esa mujer, con el destornillador clavado en un hombro teñido de rojo, levantándose para volver a la carga. La puerta se cerró con un portazo.

Bárbara se apresuró en arrinconar la cómoda frente a la puerta, y la cama contra la cómoda, confiando que así jamás pudiera salir de ahí, oyéndola gritar con sonidos sin sentido, pero todavía humanos en cierto modo, claramente femeninos, mientras golpeaba con furia la puerta en sus embestidas. Se volvió a sentar en la cama, llevándose una mano helada y temblorosa a la frente. Había sobrevivido una vez más, pero eso no significaba nada. Ese era un mundo de locos. No podía seguir así, era demasiada presión, demasiado miedo. Los golpes se repetían sin perder intensidad ni frecuencia, puesto que sabía que Bárbara todavía estaba ahí, la podía oler.

Se levantó, dispuesta a salir de ahí, y se miró de arriba a abajo. Todo parecía en regla. Por fortuna no le había mordido ni le había arañado, lo cual hubiera resultado fatal. Tampoco le había manchado con su sangre corrupta, de modo que seguía sana, aunque sabía que era cuestión de tiempo que eso cambiase. Ella era una, y ellos eran cientos, miles, millones. No había escapatoria alguna. Echó un último vistazo alrededor, antes de salir de una vez por todas de esa habitación, y reparó en un lápiz de labios que había tirado en el suelo. Lo abrió y vio su color rojo intenso, el mismo rojo de la sangre. Se acercó por última vez a la puerta y escribió: “Hay uno de ellos aquí dentro”. Cerró el pintalabios y lo tiró sobre la cama.

Al salir de la habitación, dejando la puerta cerrada tras de si, con el cuchillo en una mano la vela en la otra, pues ya era de noche, sintió ganas de huir del piso. No paraba de oír esos golpes en la puerta y las paredes, y estaba segura de que acabaría volviéndose loca. Pero debía guiarse por el espíritu práctico, no sabía lo que había ahí fuera, y  tal vez fuera peor salir que quedarse dentro. Miró el estrecho pasillo y sopesó las posibilidades. Podía dormir en el aseo, en el salón o en el estudio. Entró en el estudio, y dejó la vela sobre el escritorio. Cerró la puerta con pestillo a su paso, sintiéndose algo más segura, y se sentó en el sofá. No era ni de lejos la mitad de cómodo que lo hubiera sido la cama de matrimonio, pero desde ahí no se oían tanto los gritos y los golpes, cada vez menos acusados.

Miró concienzudamente dentro de un pequeño armario e incluso debajo del sofá, aunque éste no se levantaba más de diez centímetros del suelo. Sintió que se estaba volviendo paranoica, sospechando de todo y de todos, y que jamás podría volver a tratar con ninguno de sus semejantes, porque creía temer ya a toda la raza humana. Poco a poco, el silencio se fue apoderando del edificio, incluso la señora Soto acabó asumiendo la derrota y se puso a dormir dentro de la bañera. Tan solo se oía el rozar de la suelas de unos zapatos en la oscuridad de la noche. Bárbara se asomó por la ventana y vio a la chica que horas antes había pedido auxilio, aunque ya no era ella. Uno de sus brazos mostraba un aspecto lamentable, faltándole gran parte de la carne. Ella la miró, y Bárbara volvió a meterse dentro, cerrando la ventana.

Se tiró de espaldas al sofá, cansada de todo, preguntándose una vez más si debía sentirse afortunada o desdichada por seguir viva. Cerró los ojos y trató de dormirse, creyendo oír crujidos, pasos, voces provenientes tan solo de su subconsciente. Le costó mucho conciliar el sueño, pero acabó durmiéndose sentada en el sofá, con el cuchillo agarrado con ambas manos.

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Piso del señor y la señora Soto

28 de septiembre de 2008

Comió vorazmente, sin tener tiempo a saborear la comida, apenas masticándola, con un ansia impropia de ella. Se bebió media botella en un par de tragos y una vez estuvo saciada, descansó unos segundos en la cocina, respirando agitadamente. Todavía quedaba algo de comida en la mesa cuando decidió que ya había comido lo suficiente. Ahora le apetecía descansar un rato tranquila, pero antes quería asearse un poco. Si bien no tenía que rendirle cuentas a nadie, y seguramente no vería a nadie en mucho tiempo, se sentía sucia y quería quitarse de encima esa sensación de dejadez. Si seguía los rituales de la civilización, se demostraría a si misma que todavía no se había rendido.

Agarró el cuchillo y salió de la cocina, de nuevo en guardia ante cualquier imprevisto. El salón seguía exactamente igual,  tal vez algo más oscuro pues la noche avanzaba a toda prisa. Vio la ropa que había sisado del tejado, en el sofá, y se la echó al hombro. Solo le quedaba una puerta por abrir, todo estaba en silencio, cada vez más oscuro. La puerta se abrió con un ligero gemido, y frente a ella apareció un pasillo corto y estrecho, con tan solo tres puertas, dos de ellas abiertas. Una daba a un pequeño baño con ducha, y la otra a un estudio con un escritorio, un sofá y un par de estanterías llenas de libros. Ambas estaban vacías; ahí no había nadie, todo estaba en regla,  tal vez incluso demasiado tranquilo, lo que mosqueó un poco a Bárbara, que llegados a ese punto ya desconfiaba de cualquier cosa.

Abrió la tercera puerta, y se encontró en el dormitorio de los señores de la casa. La cama estaba deshecha y había unos cuantos objetos tirados por el suelo, bajo un cajón abierto. Todo lo demás parecía en regla. Esa habitación comunicaba a otro baño, algo más grande, donde tampoco se escondía nadie. Bárbara se confió, dejó el cuchillo sobre la mesilla de noche, y la ropa sobre la cama. Vio un par de velas consumidas sobre una gran cómoda, y media docena más sin estrenar en una funda plástica ahí mismo. Encendió un par, colocando una en el dormitorio y otra en el baño.

Ahí se sentía segura, pero de todos modos arrastró la cómoda hacia la puerta de entrada, asegurándose no tener ningún susto, puesto que pensaba dormir ahí. Se acercó a la mesilla de noche del lado izquierdo de la cama, y abrió el primer cajón, del que sacó un sujetador blanco, del segundo sacó unas braguitas y del tercero unos calcetines limpios. Con eso y la ropa que había cogido del tejado, se dirigió hacia el baño. Abrió hacia dentro la puerta y miró más detenidamente su interior.

La gran bañera blanca estaba llena hasta los bordes de un agua que no parecía estar del todo limpia, de modo que quitó el tapón y oyó como el agua se filtraba por ese pequeño agujero. Ahí dentro habría unas treinta garrafas de agua, de al menos ocho litros cada una. La mayoría estaban vacías, pero todavía quedaban media docena llenas de agua del grifo, agua que se habían apurado en recoger antes de que se cortase el suministro. Cerró la puerta tras de sí, incluso echándole el pestillo, y tras dejar la ropa sobre la tapa del inodoro, se dirigió al lavamanos.

Después de lavarse concienzudamente el pelo con abundante agua y champú, se desnudó. Se miró en el espejo, viendo asomar las costillas de una chica de veintiséis años, consumida, con unas grandes ojeras y una expresión triste en la cara. Agachó la cabeza y se metió en la bañera, con un par de garrafas a mano. Una vez acabó lo que había empezado, se apresuró a taparse con un albornoz, temblando y tiritando después del contacto con esa agua gélida. Poco a poco consiguió recuperarse física, que no anímicamente, y se visitó. Volvió a mirarse al espejo y se obligó a sonreír, viendo ya algo más parecido a lo que ella recordaba.

Pero enseguida estalló en llanto. Todo cuanto había querido en su vida, le había sido arrebatado; no había motivos para sonreír. Pensó que  tal vez hubiera sido mejor morir desde un buen principio, ahorrándose todos los momentos de sufrimiento y desespero que había tenido que experimentar. Pensó que  tal vez todavía estaba a tiempo de quitarse la vida, asegurándose de ese modo que no acabaría siendo uno de ellos, uno de esos demonios que habían venido del infierno para apoderarse de la tierra. Luchó por quitarse esa idea de la cabeza. Ahora, su salud y su vida era todo cuanto tenía, y debía pelear para mantenerlo. Todavía no lo había perdido todo,  tal vez todavía existía esperanza en ese mundo devastado.

Salió del baño cepillándose una y otra vez el pelo, pensando en todo lo que había dejado atrás, y cuanto le costaría superar el que sin duda había sido y sería el golpe más duro de toda su vida. Se sentó en la cama, todavía sollozando, con los ojos enrojecidos, notando una ligera línea de frío en sus mejillas y se sorprendió mirando por la ventana, ahora tan solo iluminada por la luz de una vela medio consumida. Pensó en cual debería ser el próximo paso a dar, planteándose si sería oportuno pasar ahí unos días. Tenía agua y comida de sobra para alimentarse prácticamente un mes, y sabía que ahí fuera ellos danzaban a sus anchas, esperando cualquier descuido para echarse algo a la boca.

Entonces, para su sorpresa, alguien le agarró de la pierna, sujetándola con fuerza de los pantalones. Fuera lo que fuese, le había estado esperando pacientemente debajo de la cama, y aguardó hasta el momento de mayor indefensión para salir a la carga, pillándola con la guardia baja. Bárbara cayó al suelo del tirón, al tiempo de ver a la señora Soto emerger de la oscuridad bajo el lecho conyugal, con los ojos inyectados en sangre, rojos en su totalidad, carentes de humanidad, feliz al saber que por fin había llegado la hora de la cena.

1×007 – Refugio

Publicado: 20/03/2011 en Al otro lado de la vida

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Tejado del edifico Astoria 23

28 de septiembre de 2008

La puerta gruñó al oscilar sobre sus goznes. Bárbara la abrió lentamente, esperando encontrar cualquier cosa tras ella. Lo único que ahí había era una escoba, un recogedor y un cestito con pinzas junto a una pared, todo iluminado por un gran lucernario que filtraba la tardía luz del ocaso al generoso hueco de la escalera. Ese era un lugar cerrado, y si entraba ahí, no quería tener ninguna sorpresa desagradable, de modo que habló. Preguntó en voz alta si había alguien ahí. No obtuvo respuesta, ni buena ni mala. Eso no era una garantía para saber que ahí estaría segura, pero ya era algo.

Dejó la puerta abierta y se dirigió hacia la barandilla para empezar a bajar las escaleras, oyendo un inquietante eco a cada paso que daba, alejándose cada vez más de la luz. El rellano al que llegó, el del sexto piso, tenía cuatro puertas; dos a cada lado de un pasillo que acababa en la misma puerta tapiada con maderos que viera por fuera mientras subía. Abandonó la escalera y anduvo hacia las puertas, sin mucha esperanza de encontrar ninguna abierta, empezando a pensar que sería lo que haría si en ese bloque no había ni un solo piso al que poder entrar.

Sexto primera, cerrada a cal y canto; incluso se veían las puntas de algún que otro clavo asomar por el marco. Sexto segunda idéntico resultado. Sexto tercera parecía igualmente impenetrable, pero cuando Bárbara giró el pomo la puerta cedió sin dificultad. No había previsto que eso pudiera ocurrir, y por ello le dio más respeto que satisfacción. Empujó suavemente la puerta, al tiempo que decía un largo ¿Hola?. Al parecer no había nadie ahí dentro. Echó un último vistazo al pasillo y entró en la casa, en cuya puerta pendía una placa que decía “Señor y Señora Soto”. Cruzó el umbral algo asustada, y cerró la puerta tras de si.

Todo parecía en regla ahí dentro, y eso le dio una extraña sensación de que estaba haciendo algo mal. Entrar en una casa ajena sin ser invitado y disponerse a pasar ahí la noche y saquear su cocina, sin ni siquiera conocer a los dueños, no hubiera estado bien en el mundo real, en el que había leyes y normas morales. Ahora todo era distinto. En una especie de comunismo extremo, todo era de todos y debía ser compartido sin importar el origen y la condición del individuo. Era una ley por nadie establecida, pero obedecida por todos; una especie de conocimiento colectivo sobre la manera de actuar.

Tras dejar caer la ropa que llevaba sobre el sofá, miró alrededor, y vio un pequeño salón acabado en un gran ventanal con vistas al cementerio.  Tal vez no era el lugar más acogedor del mundo, pero a Bárbara no se le ocurría uno mejor donde resguardarse. Se acercó a un gran mueble y asió una foto en la que se veía una pareja de unos treinta años. El señor Soto abrazaba a la señora Soto por detrás, colocando su cabeza sobre el hombro de ésta, que sonreía con los ojos achinados. Estaban en una playa paradisíaca, mucho antes de que todo esto empezara. Envidió su situación, la felicidad que demostraban con sus caras risueñas, y se preguntó donde habrían ido a parar; no tardaría mucho en averiguarlo.

Todo estaba demasiado tranquilo, demasiado ordenado. Ahí había algo que no le acababa de encajar. Vio la mesilla de una televisión, sin televisión, un equipo de música y una gran mesa con seis sillas perfectamente colocadas. Lo primero que hizo fue dirigirse hacia la cocina, pues el hambre ya empezaba a hacerse bastante acusado. Incluso ahí dentro parecía todo en regla. Sobre la encimera de mármol negro descansaba un cuchillero repleto de cuchillos de todos los tamaños. Bárbara agarró el más grande que vio, algo más tranquila al verse armada. Si bien un cuchillo no acabaría con uno de ellos, podría entorpecerle un rato,  tal vez lo suficiente para salir por piernas de ahí.

La luz se filtraba por una ventana apaisada, bañando con una luz mortecina todo cuanto la rodeaba. Se acercó a la nevera y puso su mano sobre el asa que la abriría, tirando de ella. El intenso olor que de ahí manó la hizo cerrarla al instante. Dos semanas sin electricidad eran más que suficientes para echar a perder lo que quiera que guardasen ahí dentro. Debería seguir buscando. Ingenuamente abrió el grifo, pues también estaba sedienta, pero éste se limitó a hacer un ruido, como un gorgoteo, y volvió a quedar en silencio. Tras la puerta de acceso había otra puerta, cerrada. Bárbara pensó que  tal vez sería la despensa. Se acercó a ella y la abrió.

En efecto, se trataba de la despensa, pero ahí no se encontraba lo que ella hubiera podido prever, sino algo mucho más desagradable. A juzgar por la barba que asomaba por entre la sangre seca de lo que quedaba de su cara, debía de tratarse del señor Soto. Estaba sentado en el suelo, medio de lado, con una de sus manos todavía sosteniendo la escopeta de caza que le había quitado la vida, y que le había volado media cabeza. Los efectos del disparo aún se notaban por todos lados, pues la estantería que había tras él estaba bañada en sangre, y con el disparo había dejado caer parte de los alimentos envasados que ahí guardaban.

La visión era horrible, y de buen grado hubiera cerrado esa puerta de nuevo para no volver a abrirla, pero ahí había todavía demasiada comida intacta, y ella tenía mucha hambre. Cuchillo en mano se acercó al señor Soto, y le sustrajo la escopeta de las manos. Tal y como tenía la cabeza, desfigurada y agujereada, Bárbara bien sabía que no volvería a levantarse. Comprobó que la escopeta estaba vacía. Por lo visto había gastado su última bala en quitarse la vida; Bárbara debería conformarse con el cuchillo. Agarró una botella de agua, un par de latas de conserva y una bolsa de patatas fritas, y salió finalmente de ahí.

Dejó toda la comida sobre la mesa de la cocina, y tomó asiento en una silla de madera. Encarada por si las moscas a la puerta de entrada, y con el cuchillo bien a mano, comenzó a comer y beber, saciando sus necesidades, sintiendo por primera vez en mucho tiempo, algo de placer, algo de paz.

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Cruce Astoria con La Quinta

28 de septiembre de 2008

 

Sin poder apartar de su cabeza esa visión, y aún oyendo cómo ese niño mordía con fuerza y arrancaba la carne con sus jóvenes mandíbulas, se alejó de ahí en busca de algún lugar donde refugiarse. Desanduvo sus pasos hasta pasar de nuevo junto a su doble, hasta alcanzar el portal de ese bloque de pisos. Del único pedazo que aún se mantenía en pie del cristal que en tiempos cerrase la puerta a los extraños pendía un papel que rezaba: “Próxima campaña de vacunación gratuita: 23 de agosto, en el centro cívico de Sheol”. Bajo las grandes letras se encontraba el logotipo de la compañía farmacéutica ЯЭGENЄR, de un rojo intenso. Bárbara arrancó con desprecio la hoja, la arrugó y la tiró al suelo.

Al mirar dentro, enseguida se dio cuenta que por ahí no podría entrar; los vecinos habían hecho bien sus deberes. El portal estaba atestado de muebles que al parecer habían tirado por el hueco de la escalera, y frente a ellos descansaban amontonados un montón de carros de la compra. El conjunto hacía el acceso impracticable. Eso era lo que ellos querían, y consiguieron que Bárbara diese media vuelta en busca de otro lugar donde guarecerse, del mismo modo que lo hicieron y lo seguirían haciendo los que realmente no eran bienvenidos. Bárbara continuó su peregrinaje en busca de un lugar seguro.

Caminó tocando con una mano la fachada, pasando frente a un par de tiendas más cerradas a cal y canto, hasta que llegó al extremo del edificio, en la esquina opuesta. No se conectaba con otra calle, sino que daba acceso a un paseo estrecho entre éste y el siguiente edificio, con unos grandes contenedores de basura a rebosar y lo más importante: escaleras de incendios que daban acceso a todos los pisos del edificio. Esa callejuela hubiera sido demasiado estrecha y oscura para adentrarse en ella en otras condiciones, pero ahora las prioridades habían cambiado. Si no quería acabar igual que aquella pobre chica, más le valdría encontrar un modo de hacer bajar la escalera del primer piso, o de subir hasta susodicho balcón.

Tres metros la separaban del éxito, y con sólo conseguir llegar hasta ahí, ya se pondría a salvo de cualquiera que apareciese en escena sin ser invitado. La fachada era imposible de escalar, y la escalera estaba bien sujeta al soporte metálico que frenaba su caída; no había manera de hacerla caer. No desde ahí abajo. Miró a un lado y a otro, pero todo cuanto encontró fue ese gran contenedor de basura pestilente. Agachó la cabeza y se dijo que no habría otra manera. Se acercó para moverlo, y se dio cuenta que de su tapa cerrada sobre el desbordante montón de basura asomaba una mano. Una mano humana morada, con las uñas negras; el resto del cuerpo descansaba dentro.

Sintió gran repugnancia, pero acabó restándole importancia, sorprendiéndose a si misma. Al convivir tanto tiempo con la pesadilla, empezaba a ser inmune a sus macabros guiños. Afortunadamente, el contenedor disponía de ruedas, lo que le facilitó mucho su traslado. No obstante era muy pesado, y ella no era una gran atleta. Le costó un gran esfuerzo pero acabó consiguiendo colocarlo junto a la otra fachada, justo debajo del primero de un total de seis balcones. Al menos no había atraído a nadie con el ruido. De un salto se agarró a la parte superior y consiguió subirse sin excesiva dificultad.

Una vez arriba, estrió los brazos y se dio cuenta que ni siquiera así podía llegar. Con la punta de los dedos apenas alcanzaba a acariciar la parte inferior de la escalera corrediza. Saltó, agarrándose al primer escalón, y una vez lo agarró se acabó quedando colgada de él con ambas manos, como un simio, sintiéndose estúpida. Trató de impulsarse para subir, pero con la posición que tenía eso hubiera resultado prácticamente imposible. Afortunadamente la escalera acabó cediendo y la hizo bajar a toda velocidad, obligándola a soltarse, hasta que acabó clavándose en la superficie del contenedor. Ella cayó de culo, y se levantó frotándose una nalga. Ahora ya tenía vía libre para subir.

Escaló hasta llegar al primero de los balcones metálicos, para darse cuenta que la puerta estaba tapiada desde dentro con maderas. Trató de empujarla para abrirla, pero el esfuerzo resultó inútil. El que ahí hubiera vivido, no quería sorpresas a medianoche. Entonces miró abajo, y vio la calle vacía, borrosa por la niebla. No quería volver a pisarla, pero sabía que ese refugio, de encontrarlo, sólo sería algo temporal; no podía quedarse mucho tiempo ahí. Agarró la escalera de mano y la subió, colocándola de nuevo en su posición original. Si algún superviviente quería subir no le costaría mucho volver a bajar la escalera. Pero ella no quería ningún susto. Aunque le parecía muy extraño que uno de esos seres pudiera trepar por una escalera de mano, prefirió no arriesgarse.

Subió al siguiente piso, y el resultado fue idéntico. Éste no solo estaba tapiado con maderos, sino que tenía un armario ropero contra la pared, que impedía siquiera ver lo que había dentro. Fue escalando por las escaleras inclinadas uno a uno todos los pisos, cada vez más segura que no conseguiría nada, y así fue. Subió hasta lo más alto, y llegó al tejado, sin saber muy bien cuál sería el siguiente paso a dar. Desde ahí tenía una amplia panorámica de los edificios circundantes, incluso parte de la cerca del cementerio se dejaba divisar entre la niebla. Tenían colocadas unas cuerdas entre la caja de escaleras y media docena de postes metálicos, donde aún se podía ver parte de la ropa que alguien había subido a secar.

Agarró unos tejanos de su talla y una camiseta de manga larga para pasar la noche, y se dirigió hacia la caja de escaleras, confiando no tener que pasar la noche al raso ahí arriba. Si bien era un lugar que parecía bastante seguro, no le apetecía en absoluto dormir al raso, tirada en el duro suelo. Con la ropa colocada en el brazo, anduvo tranquilamente hacia la puerta y giró el pomo. Estaba abierta.

1×005 – Hambre

Publicado: 20/03/2011 en Al otro lado de la vida

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Afueras de Sheol

28 de septiembre de 2008

Se esforzó por alejar esa absurda imagen de su cabeza. Era evidente que había sufrido mucho y todavía se encontraba en una situación de desbordante estrés postraumático, aunque su trauma todavía persistía y persistiría mientras viviese. De cualquier modo, creía no ser ya dueña de sus sentidos, y que éstos le habían jugado una mala pasada. Se alejó del chico, que ya había asumido la derrota y se limitaba a mirarla a través de los barrotes, y caminó lentamente por el camino que unía el viejo cementerio con las afueras de la ciudad. No se veía ni un alma en los alrededores; todo el mundo había tratado de huir, y los que no, habían muerto.

Alcanzó la calle por la que poco antes creyó haber visto a esa chica, y miró a ambos lados. La carretera estaba vacía. Ni un coche, ni un alma, pero ella sabía que no debían andar muy lejos. Si bien la niebla no se despejaba, el ocaso se hacía cada vez más acusado; debía darse prisa. Caminó por el centro de la calzada, a sabiendas de que nadie le atropellaría ni le llamaría la atención, fijándose en cada sombra, en cada silueta, hasta el punto que la niebla se lo permitía; no quería más sorpresas. No tardó mucho en llegar a una urbanización de viviendas humildes. Ahí los estragos del éxodo eran más evidentes. Parecía un mundo fantasmal, olvidado. La última herencia de una civilización extinta.

Pasó junto a un coche que tenía todos los cristales rotos. Estos descansaban a su vera, en mil y un pequeños pedazos que tapizaban la calle varios metros a la redonda. Miró dentro, y se dio cuenta que le faltaban los asientos y el volante, y que alguien se había entretenido en rajar la tapicería, y tal vez a utilizarlo de inodoro, a juzgar por el olor que manaba del interior. Además tenía un par de ruedas pinchadas. Se maldijo una y otra vez por no haber aprendido a conducir antes del holocausto, pues ahora le resultaría muy útil. Todavía confiaba tener tiempo de aprender, siempre que encontrase a alguien dispuesto a enseñarle. Eso sí sería tarea difícil.

Docenas de papeles yacían tirados sin ton ni son a su paso. Uno de ellos era la hoja suelta de un periódico, la primera plana fechada del 13 de ese mismo mes. El titular resultaba bastante esclarecedor; “LOS MUERTOS CAMINAN”. Le dio una patada al papel, que fue a parar junto a una lata de refresco vacía, y continuó caminando. Entonces llegó a una zona edificada con bloques de pisos. Echó un vistazo al bloque más cercano y se dijo para sus adentros que alguno de ellos sería su dormitorio. Se acercó a la fachada, con una falsa sensación de seguridad, pues hacía ya un buen rato que no tenía ningún encuentro indeseado.

Se dirigía hacia uno de los portales que tenía esa manzana, cuando pasó junto al escaparate de una tienda de muebles. Tenía las rejas bajadas, pero la gran cristalera le ofreció un plano general de si misma. Se paró un momento a contemplar su lamentable estado. Al mirarse en la sucia superficie espejada del escaparate de esa tienda muerta, vio a una mujer muy diferente de la risueña Bárbara que tantos planes de futuro albergaba escasas semanas atrás. Frente a ella había una mujer que había sufrido mucho en muy poco tiempo, y que no había tenido tiempo de asumir todas las cosas que le habían ocurrido, al igual que el resto de supervivientes de la masacre.

Se fijó que tenía una herida en la cabeza. Su en tiempos esplendorosa melena rubia, ahora era un compendio de sangre seca y grasa. Ella misma se dio cuenta que debía oler fatal, aunque ya no lo notase, afortunadamente no había nadie ahí para echárselo en cara. Sus grandes ojos marrones, acompañados de unas generosas ojeras, denotaban el cansancio. Su figura, más delgada que de costumbre, denotaba la malnutrición asociada a los tiempos que le había tocado vivir. Confió que hubiese algo que echarse a la boca en el lugar donde tenía pensado ir. Apartó la mirada de esa extraña, y continuó su camino.

De repente oyó un grito. Alguien pidió auxilio, no muy lejos de ahí. Se trataba de una voz femenina. Un chillido precedió al grito, y acto seguido todo volvió a quedar en silencio. En un primer momento, Bárbara sintió una oleada de optimismo, al oír a un semejante. Pero lo que había dicho no podía significar nada bueno. No obstante, decidió acercarse; tal vez pudiera echar una mano. De todas maneras, en los alrededores había muchos sitios a los que subirse o en los que esconderse si la cosa se ponía fea. Anduvo hacia la esquina de la manzana, respirando lo justo y necesario para no hacer ruido, fijándose en donde ponía el pie en cada paso, hasta quedar en el extremo de la misma. Entonces se asomó a ver que había al otro lado.

Lo que vio era dantesco. Ya no había salvación alguna para esa joven. No tendría más de quince años; ya no volvería a cumplir ninguno más. Bárbara se llevó las manos a la boca para no gritar, pero el asesino de la chica ya le había visto. Era un crío de no más de diez años, un niño. Estaba arrodillado frente al cuerpo de la joven, con la boca manchada de sangre. Bárbara le sostuvo la mirada unos segundos, esperando cualquier reacción para salir corriendo, pero el chico se limitó a gruñirle. Un gruñido largo con el que se hizo entender rápidamente. Decía “Fuera de aquí, esta comida es mía”.

Bárbara pilló la indirecta, y se volvió a esconder tras la esquina, apoyando la espalda en la fachada de ésta, lejos del campo de visión del chico, que ya había vuelto a sus quehaceres, mordiendo el brazo desnudo de esa pobre chica. Bárbara respiró hondo, con los ojos cerrados, tratando de reponerse, sabiendo que jamás podía hacerlo. Cada vez estaba más oscuro.

1×004 – Visiones

Publicado: 20/03/2011 en Al otro lado de la vida

4

Cementerio de Sheol

28 de septiembre de 2008

Bárbara sabía que cuando uno de ellos te echaba el ojo, estaba dispuesto a perseguirte hasta el fin del mundo. Eso era así, siempre que no se encontrase con una presa más fácil en el camino, y ahí… estaba ella sola. Tragó saliva y ambos se miraron a los ojos unos instantes antes de emprender la frenética carrera. Bárbara se adelantó al chico, y corrió hacia donde creía saber que se encontraba la salida; la niebla aún no permitía distinguirla. Corrió tanto como le permitieron sus piernas, sin dejar de mirar atrás. Ese engendro no tardó en ir tras ella.

La imprudencia le costó muy cara, pues al no ver donde pisaba, se dio de bruces contra una vieja lápida y cayó rodando al suelo, con un fuerte golpe en la rodilla que le hizo ver las estrellas. Se giró a tiempo de ver como el chico se acercaba peligrosamente, pero ahora otro problema monopolizaba su atención. Uno de ellos se encontraba medio enterrado en esa pequeña parcela de tierra. Ya había conseguido sacar un brazo entero y parte de la cabeza. Con el brazo agarró a Bárbara fuertemente por el tobillo, y la atrajo hacia sí con una fuerza impensable para alguien que llevaba tanto tiempo muerto. Se estaba ayudando de ella para desenterrarse del todo, y Bárbara no pudo evitar soltar un grito de pánico.

Sus uñas, de un desagradable color negruzco, llenas de tierra, delataban que había vuelto a la vida bajo tierra, y que había utilizado las manos para salir. Las uñas se clavaron en la superficie blanca y lisa de sus recién adquiridas bambas, dejando un pequeño surco a su paso. Bárbara trató de zafarse estirando la pierna hacia sí, pero con ello tan solo consiguió que ese infeliz estirase con mayor fuerza. Su otro perseguidor estaba cada vez más cerca, se veía cada vez más claro, emergiendo de la niebla, ya con la boca abierta, preparado para dar el primer mordisco.

Mientras más esfuerzo hacía por quitárselo de encima, con más fuerza tiraba él. Bárbara le miró a la cara, mientras los extraños sonidos que salían de su garganta acababan de volverla loca. Vio la cuenca de uno de sus ojos vacía, parcialmente llena de tierra. Estaba morado, con unas pequeñas venas rojizas dibujadas en la sien, frío, sucio, lleno de tierra, con sangre seca pegada a los labios y la barbilla. Sintió una incomparable repugnancia y tomó otra determinación, pues el chico estaba a punto de alcanzarla. Con la pierna libre, le dio una fortísima patada a la cabeza, de tal modo que le partió el cuello. Eso sirvió para que aflojase un poco la mano, y con un último tirón pudo zafarse de él.

Se levantó a toda prisa, apoyándose en el suelo, clavándose algún que otro guijarro en la palma de las manos, viendo como ese desgraciado seguía luchando por desenterrarse para comérsela, pese a tener el cuello partido y la cabeza girada en una postura imposible. Desapareció de ahí justo a tiempo de que su otro perseguidor no consiguiera alcanzarla. Corrió a ciegas por la niebla, sin mirar atrás, luchando por no gritar, sabiendo que en cualquier momento podría encontrarse de frente con otro de ellos, lo cual resultaría su ruina. El chico sí gritaba. Emitía unos sonidos sin sentido alguno, unos alaridos espeluznantes que invitaban a Bárbara a que dejase de correr y se dejase matar.

Vio pasar junto a ella el edificio principal del cementerio, cuya puerta estaba concienzudamente cerrada, y rezó porque no lo estuviese de igual modo el portón de entrada. Poco a poco se fue dibujando frente a sí susodicho portón, y para su regocijo, se encontraba medio abierto. No obstante, ese demonio le había ganado mucho terreno en la carrera, y ahora le pisaba los talones. Esos seres, siempre que no fueran ancianos o bebés, corrían como balas, y parecían no cansarse jamás, lo cual hacía que la mayoría de veces acabasen consiguiendo lo que se proponían. Bárbara rezó para que ésta vez no fuera una de esas.

Hizo un último esfuerzo y consiguió alcanzar la verja, justo a tiempo antes de que ese chico, con los brazos ya extendidos, lograse agarrarla de su larga melena dorada. Se escurrió por la rendija que había entre las dos puertas, y se disponía a cerrar del todo el portón entreabierto, cuando su compañero lo hizo por ella, con toda la fuerza del impulso que llevaba corriendo. La puerta se cerró con un sonoro choque metálico justo a tiempo para permitir a Bárbara salir, y dejar a su captor encerrado dentro. Éste salió rebotado con el golpe y cayó de espaldas al suelo.

Bárbara dio un par de pasos hacia atrás, sin dejar de mirarle, viendo como se levantaba con presteza y se tiraba como una fiera indómita hacia los barrotes, con una mueca de disgusto en la cara. Por suerte para ella, se limitó a sacar los brazos entre los huecos que dejaban los barrotes, tratando de alcanzarla, cuando tan solo estirando la puerta hacia él podría haberla abierto y cogerla con facilidad. Tenían mucha fuerza bruta y mucho aguante, pero no eran muy listos. Bárbara respiraba agitada, tratando de recuperarse de la carrera que acababa de protagonizar, y se sorprendió dándole vueltas al anillo que llevaba en su dedo corazón. Era algo que siempre hacía cuando estaba nerviosa.

Cuando el chico vio que Bárbara se alejaba, gritó con más fuerza, pidiéndole que no se fuera todavía. A Bárbara le temblaban todos los huesos, y ahora tan solo quería encontrar un lugar tranquilo donde pasar la noche, puesto que el ocaso había empezado su ciclo imparable. Bien sabía que sin luz se volvían más agresivos y hábiles, ya que veían muy bien en la oscuridad. Además eran mayores en número, puesto que gran parte de ellos dormía durante el día. Anduvo unos pasos más por el camino desierto, y vio algo que creyó que era un espejismo.

El abundante manto de niebla que todo lo cubría, la hizo dudar, pero parecía demasiado real para obviarlo. Creyó ver una bicicleta roja circulando a una velocidad moderada por la calle perpendicular al camino donde ella se encontraba. Sobre ella había una joven niña, con un vestido rosa de una pieza. No se atrevió a decir nada, y tan pronto como creyó verla, desapareció de nuevo entre la niebla.

3

Cementerio de Sheol

28 de septiembre de 2008

Estaba todavía muy asustada, y no se atrevía a alejarse de donde había despertado, en cierto modo le parecía un lugar seguro; incluso sintió ganas de volver a encerrarse ahí dentro, y pasar ahí la noche. Echó un último vistazo alrededor antes de partir, pero el resultado fue el mismo. Todo estaba desierto, cubierto por el denso manto de la niebla, sumido en un silencio helador. Puesto que desconocía cual era el camino a seguir para alcanzar la salida de ese enorme recinto, decidió dirigirse hacia el único punto de referencia del que disponía, creyendo ingenuamente que tal vez al escoger esa dirección, encontrase algún tipo de vida inteligente.

Caminó descalza, sintiendo los pinchazos de las briznas de césped en la planta de los pies, siempre atenta a cualquier movimiento inesperado, tratando de hacer el menor ruido posible. No tardó en incorporarse al camino de tierra que rodeaba zigzagueando todo el terreno. Anduvo con paso firme en dirección a la excavadora, viéndola cada vez más claramente a medida que se acercaba. La mandíbula inferior le comenzó a temblar. Cuanto más cerca estaba, el olor se iba tornando cada vez más evidente, hasta llegar un momento en el que se vio obligada a taparse la nariz con la mano. Enseguida descubrió que era lo que hacía ahí la excavadora.

Al llegar junto a la excavadora, comprobó que estaba vacía. No obstante, tenía las llaves puestas. Se preguntó si podría serle útil, pero ella misma se respondió que no; no solo no sabría conducirla, sino que además era una máquina cuya velocidad era inferior a la de ella corriendo, de modo que resultaba inútil. Lo que no sabía era que se había quedado sin combustible. Frente a la excavadora se erguía majestuosa una fosa común de tamaño descomunal. Estaba a medio tapar, pues el encargado de taparla, ahora descansaba junto con el resto de cuerpos. Por todos lados asomaban miembros y cuerpos de cientos de personas que habían pasado a mejor vida.

La mayoría de los cuerpos habían empezado a podrirse, y el olor resultaba nauseabundo. Unos estaban mutilados, a medio comer, otros simplemente tenían un orificio en la cabeza, otros balazos repartidos por todo el cuerpo. Pero en lo que coincidían todos era en que estaban muertos… No tardó mucho en darse cuenta que había algo moviéndose ahí dentro. Seguramente alguno de esos infelices había quedado sepultado por otro montón de cuerpos, y luchaba por salir a la superficie, ansioso por empezar a alimentarse. Afortunadamente, todo parecía tranquilo en la superficie. Pero era evidente que ese no era un lugar seguro, y Bárbara creía saber llegar a la entrada principal desde ahí, puesto que veía en la lejanía la silueta del edificio principal.

Dio la espalda al desagradable espectáculo de la fosa y se dirigió hacia el edificio principal. A medio camino se encontró con el cuerpo de una mujer que le cortó el paso. Se trataba de una mujer de su misma edad, de su misma estatura. Pensó que podría haber sido ella misma, y eso le produjo un escalofrío. Llevaba puestas unas deportivas blancas, un pantalón violeta oscuro y una camiseta roja. No mostraba signo alguno de violencia, y parecía totalmente inofensiva, lo cual le dio a Bárbara una idea. Se acercó más al cuerpo para llevar a cabo su plan.

Tenía la cara ligeramente girada, y los ojos, azules, totalmente abiertos, muertos inexpresivos; no era uno de ellos. No obstante, parecía estar observándola, y apartó la cara para no tener que sufrir esa mirada. Se acercó a sus pies, y se arrodilló, al tiempo que miraba a un lado y a otro. Se repitió una y otra vez que ella ya no los necesitaría, no obstante, le supo mal lo que iba a hacer. Descordó sus bambas, y le quitó los calcetines. Sin dejar de desconfiar de todo cuanto le rodeaba, se calzó con el vestuario prestado, y se apresuró en levantarse de nuevo.

Ahora podría correr con mayor eficiencia si se diera el caso que eso fuese necesario, aunque ella rezó para que no fuera así. Estaba a punto de irse, cuando echó un último vistazo a esa pobre muchacha, y acabó decidiendo hacerle la faena completa. Respiró hondo, alegrándose de que ella no oliese, y de encontrarse ya bastante lejos de la fosa. Agarró su camiseta por la cintura. El tacto increíblemente frío de su cuerpo le hizo apartar la mano rápidamente, y el cuerpo quedó de lado. La boca de esa joven se abrió y de ella manó un denso y desagradable líquido rojizo, lleno de burbujas de aire que explotaban a medida que iban saliendo. Sintió una nueva arcada, pero esta vez no pudo contenerse y acabó vomitando.

Hacía bastante que ni comía ni bebía, no obstante arrojó mucho más de lo que hubiera podido llegar a pensar. De rodillas en el suelo, con las manos abiertas sobre la tierra, escupió un par de veces, y trató de tranquilizar su respiración. De momento no había nada que temer. Se quitó la camiseta rota que llevaba, quedándose desnuda de cintura para arriba, y, mirando hacia otro lado acabó de quitarle la camiseta a su compañera, tratando de tocarla lo mínimo. Se atavió con ella, dándose cuenta, tarde, de que era una talla muy pequeña, y se levantó de nuevo, espolvoreando la tierra de sus rodillas.

Poco más de doscientos metros le separaban de la salida, ahora ya parecía que resultaría pan comido. No tuvo tiempo de confiarse, porque fue entonces cuando le vio. Afortunadamente él no se había percatado de su presencia. Era un hombre, más bien un chico joven. Iba desnudo de cintura para arriba, y tenía el pecho teñido de rojo, de toda la sangre que le había manado de la boca en alguna de las ocasiones en las que se alimentó. Andaba encorvado, sin rumbo fijo, simplemente dejándose llevar. Bárbara se llevó las manos a la boca, tratando de contenerse, pero ya era tarde. El chico se giró, y posó sus ojos inyectados en sangre en ella.

1×002 – Libertad

Publicado: 20/03/2011 en Al otro lado de la vida

2

Cementerio de Sheol

28 de septiembre de 2008

Respiró hondo, y posó la palma de sus manos sobre la trampilla de madera. El corazón le dio un vuelco al comprobar que cedía sin ninguna dificultad. Llegó a elevarse unos centímetros antes de que la dejase caer de nuevo, asustada. Había recuperado la libertad, pero eso no hacía más que ponerle las cosas todavía más difíciles. Ahora debería prepararse de nuevo a comenzar la cruzada en busca de la supervivencia, y como desde el primer momento, creía no estar preparada para ello.

No obstante algo tenía que hacer, no podía quedarse ahí eternamente, así que decidió mover ficha. Por lo menos contaba con la ventaja que no había oído a ninguno de esos monstruos en todo el rato que llevaba despierta; trató de convencerse de que tal vez no hubiese ninguno en los alrededores. Dio media vuelta en la oscuridad del ataúd, y volvió a quedar de cara al acolchado. Con uno de sus pies levantó un poco la tapa y aprovechó la posición que tenía para echar un rápido vistazo por la rendija que había abierto. El paisaje no le resultó familiar, y eso aún la descorazonó más.

Una densa niebla lo cubría todo, pero lo que más le llamó la atención fue que parecía estar en un bosque. Tan solo podía ver las copas de algunos árboles cercanos, la niebla no le permitía ver más allá. Levantó un poco más la tapa, y pudo ver con mayor claridad lo que le envolvía. Docenas de lápidas se distribuían aleatoriamente por el suelo cubierto por una verde capa de hierba. Altos cipreses se extendían en todas las direcciones, dando sombra a algunas de las tumbas. Aparentemente no había nadie cerca, y esa era una muy buena noticia. Dejó caer la tapa de nuevo, y dio media vuelta una vez más. Se armó de valor y, lentamente, la abrió por completo, hasta que llegó un momento en el que cayó por su propio peso hacia el otro lado, e hizo un algo de ruido.

Cualquiera que la hubiera visto abrir la tapa de ese modo, la habría confundido con uno de ellos, y de bien seguro se hubiera llevado un balazo en la frente, pero ahí no había nadie. Hacía largo rato que todos los supervivientes habían abandonado el lugar. La sola visión de ese sitio le hizo poner el vello de los brazos de punta. La niebla confería al camposanto un aspecto tenebroso, y el no poder ver más que a unos pocos metros de distancia, aún la ponía más nerviosa.

Sentada como estaba, con las piernas desnudas estiradas sobre el tejido mullido del ataúd, se disponía a echar un vistazo general a su alrededor, cuando reparó algo que estaba a sus pies. Se agarró al borde y miró hacia abajo con curiosidad. Otro ataúd, idéntico al suyo, descansaba tirado en el suelo, con la tapa abierta y una de las esquinas astilladas por el golpe. Eso había sido lo que le había impedido abrir su féretro; por lo visto, alguien había colocado ese otro ataúd encima, y su peso había hecho que no pudiese levantar la tapa desde el comienzo. Un vistazo más concienzudo le hizo darse cuenta que no estaba vacío.

Medio cuerpo de un hombre adulto asomaba fuera del ataúd; el resto del cuerpo había quedado bajo el peso de éste en la caída. Ese hombre sí estaba muerto. Podía ver con claridad la parte trasera de la cabeza de ese pobre infeliz. Tenía parte del cuero cabelludo rapado, y mostraba una fea herida burdamente cosida. Ese simple hecho, aunque la hizo sentir una nueva arcada, la tranquilizó bastante. Su piel había adquirido un desagradable color violeta pálido, y llevaba puesto un traje cortado en vertical de la nuca hacia abajo. Tal vez había sido uno de ellos, o tal vez él mismo se había quitado la vida, cosa de la que no se le podía culpar. Fuera como fuese, lo importante era que ya no suponía ninguna amenaza.

Trató de alejar esa imagen de su mente, y miró hacia otro lado. Pudo distinguir entre la niebla lo que parecía la silueta de una excavadora. La mayoría de las lápidas que reinaban en el lugar estaban cubiertas de una fina capa de musgo, y algunas aún conservaban ramos de flores marchitas. En todas direcciones crecían altos árboles de vivos colores; la mayoría de ellos perderían su follaje en pocas semanas. No tardó mucho en descubrir donde estaba, aunque no podía explicarse como había llegado ahí. Hacía muchos años que no visitaba el cementerio viejo de su ciudad natal.

Seguía sin ver señal alguna de vida, de ningún tipo, y eso aún la puso más nerviosa. Con el paso de los días había aprendido que no existía ningún sitio totalmente seguro, y que estuvieras donde estuvieses, si podías ver el cielo, estabas en peligro, y si no, la mayoría de las veces, también. De modo que la prioridad ahora era encontrar un refugio, antes de que su olor alertase a ninguno de esos indeseables y acabase sirviéndoles de merienda. Se decidía a salir por fin de ahí, cuando vio que estaba muy alta, miró hacia abajo y vio que la habían colocado sobre una gran caja de hormigón. Sin llegar a preguntarse qué era eso, sacó las piernas fuera del ataúd y se ayudó de los brazos para tocar tierra firme.

Al posar los pies sobre el suelo, se dio cuenta que estaba descalza. Desde que se despertara, tan solo había pensado en cómo salir de ahí, y no se había dado cuenta del estado en el que se encontraba ella. Posó el otro pie en el suelo, y al mirarlo se fijó que llevaba puesto un pequeño calcetín deportivo blanco, cuya suela estaba negra, igual que la de su pie descalzo. Levaba unos tejanos recortados por encima de las rodillas, y una camiseta desgarrada que le hacía mostrar medio pecho. Todo eso no le importó lo más mínimo, todavía podía correr, y eso era, a resumidas cuentas, cuanto debía preocuparle.

TOMO UNO

LA MUERTE NO ES EL FINAL

 

Me han quitado todo.  Todo…  Pero no me rendiré…  No les dejaré ganar…  Sobreviviré…  No pueden detener mi escapatoria…

 

JILL VALENTINE, RESIDENT EVIL 3

 

– ¿Y va a entrar sola en los apartamentos? – No lo podía creer.

– ¿Por qué no? – volvió a estremecerse, e hizo una mueca, consciente de haberse equivocado.

– Una vez lo hice – dijo Isidore –. Después me metí en mi casa y no volví a pensar en el resto. Apartamentos donde nadie vive…, son centenares. Están llenos de cosas de la gente; fotos de familia, ropas… Los que murieron no pudieron llevarse nada, y los que emigraban no querían…

 

PHILIP K.  DICK, ¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON OVEJAS ELÉCTRICAS?

Cuando ya no quede sitio en el Infierno,

los muertos caminarán por la Tierra.

 

GEORGE  A.  ROMERO, EL AMANECER DE LOS MUERTOS


 I. BÁRBARA

 

Segunda opinión médica

 

 

1

 

Cementerio de Sheol

28 de septiembre de 2008

 

Bárbara despertó sobresaltada, tomando una gran bocanada de aire que le provocó una arcada. Estaba tumbada de espaldas sobre algo mullido. No obstante, le dolían todos los huesos y las articulaciones, y acarreaba una gran jaqueca. Ignoraba dónde estaba y dedujo que se encontraría en algún lugar cerrado, puesto que no podía ver nada. Empezó a sentirse incómoda y decidió salir, pero al tratar de incorporarse se golpeó la frente contra algo duro y cayó de nuevo sobre esa especie de colchón que, por otra parte, era muy cómodo. Trató de mantener la calma pero le resultó imposible. Quería salir de ahí, y quería hacerlo cuanto antes.

            Levantó las manos y tanteó arriba y a los lados, encontrando una frontera en todas las direcciones posibles, hasta darse cuenta que estaba encerrada en una especie de caja hecha a la medida de su cuerpo. No tardó mucho en darse cuenta de que la habían metido en un ataúd. Entonces empezó a ponerse nerviosa de verdad. Trató de recorrer con la mente todo lo que había hecho antes de perder el conocimiento.

            En su interior empezó a tomar fuerza la idea de que estaba enterrada, a al menos a dos metros bajo tierra, y que jamás podría escapar, que enseguida se le acabaría el oxígeno y se ahogaría, enterrada en vida. Eso acabó por destrozarle los nervios. La angustia y el miedo empezaron a hacer mella en su ya maltrecha estabilidad emocional, y comenzó a golpear con fuerza y sin mesura la tapa del féretro que la contenía. Muchos fueron los esfuerzos, mucho el daño que se hizo en los nudillos, pero todo resultó inútil. Colocó las palmas de las manos en la tapa y empujó con todas las fuerzas que le quedaban, pero el resultado fue el mismo.

            Empezó a respirar agitadamente, presa del pánico, tratando de alejar de su mente la inevitable imagen de su muerte, y se dio media vuelta. Al hacerlo vio que de la esquina inferior del cajón de madera emergía un leve hilito de luz, proveniente del exterior. Ese simple dato le dio fuerzas para seguir luchando cuando ya prácticamente se había abandonado a la consternación. Creyó que tal vez no fuera demasiado tarde para salir de ahí. Volvió a dar media vuelta, notando cada vez más pequeñas las dimensiones, sintiendo una extraña sensación, como si el espacio que la albergaba se hiciese cada vez más pequeño. La claustrofobia empezaba a filtrarse por sus poros.

            La mandíbula y las manos comenzaron a temblarle y empezó a sentir frío en la punta de todos sus dedos. Luchó una vez más por abrir la trampilla que le permitiría salir al exterior y al no conseguirlo, se puso cada vez más nerviosa. Golpeó con furia y empezó a gritar sin control, pidiendo ayuda desesperadamente, confiando que alguien, que alguien sano, la oyera y fuese en su ayuda. Sabía que así tan solo conseguiría atraer a quien no era bienvenido, pero eso ya le daba igual, no quería morir ahí dentro. Prefería salir aún a sabiendas de que dentro estaría más segura y tendría una muerte más digna que la de muchos que le precedieron desde que empezó esa pesadilla.

            Todo esfuerzo fue en vano. El llanto siguió a los gritos, y los golpes se fueron haciendo cada vez más débiles, a medida que se iba abandonando al pesimismo, con una convicción cada vez más clara de que esa sería su tumba. Acabó por dejar de golpear la tapa y notó cómo se le secaban las lágrimas que habían corrido por su piel hasta mojar el interior de sus orejas. Fue relajándose poco a poco hasta que consiguió que su agitada respiración se transformase en un ligero silbido. Consiguió tranquilizarse por unos minutos, limitarse a pensar, intentando no dejarse llevar por el pánico otra vez, pero todo esfuerzo parecía inútil.

            Entonces se dio cuenta de que estaba inmersa en el más absoluto silencio. Desde que despertase hacía ya casi media hora, no había oído absolutamente nada. Fue el contraste el que le hizo percatarse, al oír un ruido lejano que le devolvió rápidamente al mundo real. Aguantó la respiración por unos segundos para oír mejor, y acabó determinando que se trataba de un ladrido. Dondequiera que estuviese había un perro, y si ese maldito perro había conseguido sobrevivir al éxodo, ella no tendría porque ser menos. Se quedó oyendo unos segundos más, pero ya no había rastro alguno del ladrido. Empezó a creer que lo había imaginado.

            Sabía que si se quedaba quieta no conseguiría nada más que morir encerrada, de modo que decidió afrontar su destino, sin importar cuales fueran las consecuencias. Los precedentes indicaban que no conseguiría nada empujando la tapa, hasta ahí había llegado su entendimiento de la situación, de modo que trató de buscar una alternativa, aunque pareciese imposible dadas las circunstancias. Empezó a golpear con los hombros los lados del ataúd, tratando de impulsarse cada vez con más fuerza, sin saber muy bien lo que pretendía conseguir con ello. Los primeros golpes resultaron inútiles, pero luego ocurrió algo.

            Un nuevo impulso hizo que el ataúd cediese un poco, moviéndose ligeramente hacia un lado. Tenía ya los hombros entumecidos, pero esa buena noticia la llenó de fuerzas para continuar luchando. Dio más y más golpes. La mayoría de ellos resultaban igualmente infructuosos, pero de vez en cuando sentía cómo el ataúd se movía ligeramente, lo cual aún le daba más fuerzas para seguir. Cada vez más confiada, ignorando el maltrato al que estaba sometiendo a sus hombros y sus brazos, continuó dando bandazos de un lado al otro, con mayor fuerza y convicción a cada golpe, hasta que algo la hizo parar.

            Llegó un momento en el que oyó un fuerte golpe. Parecía como si algo muy pesado hubiese caído al suelo y se hubiera hecho pedazos, pero ella apenas se había movido unos centímetros. Volvió a quedarse callada, respirando agitadamente, con el corazón latiéndole a toda velocidad. Fue entonces cuando comprendió lo que había ocurrido. Una amplia sonrisa se dibujó en su ajada cara al tiempo que se disponía a dar el siguiente paso, que no sería más que el comienzo de una larga odisea.