1×008 – Recuerdos

Publicado: 20/03/2011 en Al otro lado de la vida

8

Piso del señor y la señora Soto

28 de septiembre de 2008

Comió vorazmente, sin tener tiempo a saborear la comida, apenas masticándola, con un ansia impropia de ella. Se bebió media botella en un par de tragos y una vez estuvo saciada, descansó unos segundos en la cocina, respirando agitadamente. Todavía quedaba algo de comida en la mesa cuando decidió que ya había comido lo suficiente. Ahora le apetecía descansar un rato tranquila, pero antes quería asearse un poco. Si bien no tenía que rendirle cuentas a nadie, y seguramente no vería a nadie en mucho tiempo, se sentía sucia y quería quitarse de encima esa sensación de dejadez. Si seguía los rituales de la civilización, se demostraría a si misma que todavía no se había rendido.

Agarró el cuchillo y salió de la cocina, de nuevo en guardia ante cualquier imprevisto. El salón seguía exactamente igual,  tal vez algo más oscuro pues la noche avanzaba a toda prisa. Vio la ropa que había sisado del tejado, en el sofá, y se la echó al hombro. Solo le quedaba una puerta por abrir, todo estaba en silencio, cada vez más oscuro. La puerta se abrió con un ligero gemido, y frente a ella apareció un pasillo corto y estrecho, con tan solo tres puertas, dos de ellas abiertas. Una daba a un pequeño baño con ducha, y la otra a un estudio con un escritorio, un sofá y un par de estanterías llenas de libros. Ambas estaban vacías; ahí no había nadie, todo estaba en regla,  tal vez incluso demasiado tranquilo, lo que mosqueó un poco a Bárbara, que llegados a ese punto ya desconfiaba de cualquier cosa.

Abrió la tercera puerta, y se encontró en el dormitorio de los señores de la casa. La cama estaba deshecha y había unos cuantos objetos tirados por el suelo, bajo un cajón abierto. Todo lo demás parecía en regla. Esa habitación comunicaba a otro baño, algo más grande, donde tampoco se escondía nadie. Bárbara se confió, dejó el cuchillo sobre la mesilla de noche, y la ropa sobre la cama. Vio un par de velas consumidas sobre una gran cómoda, y media docena más sin estrenar en una funda plástica ahí mismo. Encendió un par, colocando una en el dormitorio y otra en el baño.

Ahí se sentía segura, pero de todos modos arrastró la cómoda hacia la puerta de entrada, asegurándose no tener ningún susto, puesto que pensaba dormir ahí. Se acercó a la mesilla de noche del lado izquierdo de la cama, y abrió el primer cajón, del que sacó un sujetador blanco, del segundo sacó unas braguitas y del tercero unos calcetines limpios. Con eso y la ropa que había cogido del tejado, se dirigió hacia el baño. Abrió hacia dentro la puerta y miró más detenidamente su interior.

La gran bañera blanca estaba llena hasta los bordes de un agua que no parecía estar del todo limpia, de modo que quitó el tapón y oyó como el agua se filtraba por ese pequeño agujero. Ahí dentro habría unas treinta garrafas de agua, de al menos ocho litros cada una. La mayoría estaban vacías, pero todavía quedaban media docena llenas de agua del grifo, agua que se habían apurado en recoger antes de que se cortase el suministro. Cerró la puerta tras de sí, incluso echándole el pestillo, y tras dejar la ropa sobre la tapa del inodoro, se dirigió al lavamanos.

Después de lavarse concienzudamente el pelo con abundante agua y champú, se desnudó. Se miró en el espejo, viendo asomar las costillas de una chica de veintiséis años, consumida, con unas grandes ojeras y una expresión triste en la cara. Agachó la cabeza y se metió en la bañera, con un par de garrafas a mano. Una vez acabó lo que había empezado, se apresuró a taparse con un albornoz, temblando y tiritando después del contacto con esa agua gélida. Poco a poco consiguió recuperarse física, que no anímicamente, y se visitó. Volvió a mirarse al espejo y se obligó a sonreír, viendo ya algo más parecido a lo que ella recordaba.

Pero enseguida estalló en llanto. Todo cuanto había querido en su vida, le había sido arrebatado; no había motivos para sonreír. Pensó que  tal vez hubiera sido mejor morir desde un buen principio, ahorrándose todos los momentos de sufrimiento y desespero que había tenido que experimentar. Pensó que  tal vez todavía estaba a tiempo de quitarse la vida, asegurándose de ese modo que no acabaría siendo uno de ellos, uno de esos demonios que habían venido del infierno para apoderarse de la tierra. Luchó por quitarse esa idea de la cabeza. Ahora, su salud y su vida era todo cuanto tenía, y debía pelear para mantenerlo. Todavía no lo había perdido todo,  tal vez todavía existía esperanza en ese mundo devastado.

Salió del baño cepillándose una y otra vez el pelo, pensando en todo lo que había dejado atrás, y cuanto le costaría superar el que sin duda había sido y sería el golpe más duro de toda su vida. Se sentó en la cama, todavía sollozando, con los ojos enrojecidos, notando una ligera línea de frío en sus mejillas y se sorprendió mirando por la ventana, ahora tan solo iluminada por la luz de una vela medio consumida. Pensó en cual debería ser el próximo paso a dar, planteándose si sería oportuno pasar ahí unos días. Tenía agua y comida de sobra para alimentarse prácticamente un mes, y sabía que ahí fuera ellos danzaban a sus anchas, esperando cualquier descuido para echarse algo a la boca.

Entonces, para su sorpresa, alguien le agarró de la pierna, sujetándola con fuerza de los pantalones. Fuera lo que fuese, le había estado esperando pacientemente debajo de la cama, y aguardó hasta el momento de mayor indefensión para salir a la carga, pillándola con la guardia baja. Bárbara cayó al suelo del tirón, al tiempo de ver a la señora Soto emerger de la oscuridad bajo el lecho conyugal, con los ojos inyectados en sangre, rojos en su totalidad, carentes de humanidad, feliz al saber que por fin había llegado la hora de la cena.

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comentarios
  1. fabi - pignoiseeh dice:

    me gusta mucho el debate que tiene contra sí misma entre el suicidio y seguir en esa precarea vida. Yo… personalmente, no sabría que hacer, pero la inseguridad me comería por dentro. Me encanta como transmites su angustia a través del libro. Enhorabuena. No sé si te acordarás de mi, pero soy pignoiseeh en demotivaciones. UN beso 😀

    • ¡Un saludo! Siempre es agradable ver que enontráis ocio con las palabras de este humilde mortal. Bárbara… un personaje importante. Tienes la suerte de ver cómo era “al principo”, pues es un personaje que evoluciona sustancialmente con la novela.
      Un placer contar con tu compañía, Fabi. 😉

      David.

  2. Neirolh dice:

    Estos infectados que esperan a aparecer en el momento álgido… qué trols xD

    • Recuerdo especialmente este capítulo por un motivo bastante curioso. Mi abuela leyó mis dos anteriores novelas con gusto, dado que las había escrito su nieto xD Pero cuando le expliqué de qué iba a tratar esta, dijo que no la leería, porque le daba reparo este tipo de literatura, y no quería leer cosas que luego la sugestionaran y la pusieran nerviosa. El primer ejemplo literal que puso, tiempo después que yo escribiese este capítulo, fue señalando una escena “de miedo” en la que saliera alguien debajo de tu cama mientras duermes para atacarte, señalándola como lo que ella jamás querría leer, y me hizo gracia la coincidencia. Acto seguido no pude menos que darle la razón.
      En retrospectiva, y asumiendo la tónica de “seriedad y realidad dentro de la premisa de fantasía”, la señora Soto estaba durmiendo debajo de la cama porque fue el sitio más oscuro que encontró para meterse, porque ellos acostumbran a dormir de día y en lugares oscuros. Si le echó mano fue porque recién despertó entonces.

      David.

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