1×010 – Abandono

Publicado: 21/03/2011 en Al otro lado de la vida

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Piso del señor y la señora Soto

29 de septiembre de 2008

Bárbara despertó de un dulce sueño para encontrarse de nuevo con la pesadilla. Le despertaron los mismos golpes que le habían hecho prácticamente imposible conciliar el sueño la noche anterior. Se incorporó sobresaltada, y posó un pie sobre el cuchillo que había caído de sus manos mientras dormía. Dio un gran bostezo y estiró los brazos para desperezarse; hoy le aguardaba una muy dura jornada. Ya era de día, a juzgar por la luz que se filtraba por la ventana, y por lo que decía el reloj de pared que había sobre la puerta. Marcaba las nueve y media, pero eso carecía de importancia para ella.

Se levantó, asiendo de nuevo el cuchillo, y se acercó a la ventana. Media docena de ellos se habían congregado en la acera de enfrente. Uno de ellos estaba sentado en el suelo, rascándose una herida que tenía en la cabeza. Parecían tan humanos, tan vivos, que le costó hacerse a la idea que no lo estaban, que ya no eran personas como ella. Uno de ellos se giró y la miró, con la cara iluminada por la luz de la mañana. Bárbara cerró de nuevo la ventana. Ahora lo que quería era salir de esa casa, no quería seguir siendo la compañera de piso de la señora Soto.

Todavía no había decidido si abandonaría la manzana ahora que sabía que el lugar no era del todo seguro, o si se limitaría a buscar otro piso que ocupar. Ambas alternativas parecían igualmente peligrosas, pero quedarse ahí también lo era, de modo que saldría del piso y luego se dejaría llevar por la inercia. Respiró hondo, cuchillo en mano, y quitó el pestillo a la puerta. Abrió una pequeña rendija, lo suficiente para comprobar que la puerta del dormitorio seguía cerrada; no todo tenían que ser malas noticias. Después de pasar por el baño, se dirigió a la cocina, tratando de hacer el menor ruido posible.

Prácticamente a tientas, sacó una caja de galletas y un cartón de leche de la despensa, obligándose a no mirar al señor Soto, y desayunó, acompañada tan solo por el trinar de los pájaros, que se posaban en los árboles y en los balcones como si nada hubiera cambiado. Todo estaba tranquilo, y una vez más esa tranquilidad le hizo sospechar que algo malo se avecinaba. Se sació enseguida, no tenía mucho apetito, y en más de una ocasión le sobrevino una arcada. Tenía mal cuerpo desde hacía ya mucho, y lo achacó a los nervios. Ese estado de tensión permanente al que estaba sometida no le podía traer nada bueno.

Con el estómago lleno y la cabeza fría, decidió que no pospondría más su partida. La señora Soto podía salir en cualquier momento del baño, y ella no quería estar ahí cuando eso ocurriera. Echó un último vistazo a la casa, y abrió la puerta de entrada. El sol todavía estaba muy bajo, y la escalera se encontraba en penumbra, tan solo iluminada por la luz se filtraba por el lucernario que la coronaba. Pero esa luz resultó ser suficiente para mostrar a Bárbara una vez más que no estaba sola. Una mujer de unos cincuenta años, con un moño y una bata, se encontraba de espaldas a ella, a tan solo cuatro metros de la puerta.

Dio un paso atrás, contenta de no haber sido descubierta, asustada no obstante, y se disponía a cerrar la puerta cuando vio a tres más en la escalera. Uno de ellos la vio a ella, y con un gruñido alertó a los demás. Bárbara cerró con un portazo y se apresuró a echar una cadenita que tenía la puerta, al parecer el único método para mantenerla bien cerrada, más que insuficiente a sus ojos. Los golpes fueron casi inmediatos. Había cuatro de ellos aporreando la puerta, y un par más se apresuraron a subir las escaleras al ver notar el movimiento que había en los pisos superiores. Si antes intuía que no existía ningún lugar seguro, una vez más había tenido la ocasión de comprobarlo para asegurarse.

Dio un par de pasos atrás, con el cuchillo en las manos, temblando de pies a cabeza, sin saber que debía hacer dadas las circunstancias. De repente un ruido la alertó a sus espaldas; de nuevo la señora Soto tratando de abrir la puerta del baño, o  tal vez del dormitorio. Se vio atrapada, pues no podía salir por la puerta de entrada, y las escaleras de incendios no daban a la casa, sino al final del pasillo que distribuía las cuatro viviendas de cada piso. Tampoco era buena idea saltar por las ventanas puesto que se encontraba en un sexto piso. Al parecer se había metido en un callejón sin salida.

Los golpes se hacían cada vez más frecuentes e intensos. Uno de ellos era un hombre muy fuerte y musculoso en tiempos, que todavía mantenía esas cualidades en su nueva vida. La puerta se movía sobre sus goznes a cada golpe, pareciendo cada vez más frágil y quebradiza, hasta que finalmente cedió. El último golpe arrancó parte del marco y se llevó la puerta por delante, al tiempo que Bárbara gritaba, sintiendo aflorar de nuevo el pánico y la adrenalina de sus poros. Un brazo tostado por el sol, con un gran tatuaje de una calavera emergió de la puerta, asiendo a una persona invisible a su paso.

La puerta había cedido, pero la cadena aún resistía, aunque no lo haría por mucho tiempo. Miró la puerta, y pensó rápidamente cual sería el paso más adecuado a dar, viendo que le quedaba muy poco tiempo para decidirse. No podía encerrarse en alguna habitación porque enseguida derribarían la puerta, y ese sería su fin. Entonces miró el balcón que se encontraba al otro extremo del salón. Si no había escapatoria no se dejaría matar, prefería quitarse la vida; lo último que quería era ser uno de ellos. Corrió hacia el balcón al tiempo que la cadena de la puerta era arrancada con un nuevo golpe. La suerte ya estaba echada.

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