Archivos para 22/03/2011

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                        Piso del señor y la señora Soto

29 de septiembre de 2008

 

Llegó al portón acristalado del balcón al tiempo que la puerta de entrada chocaba violentamente contra la pared y entraban atropelladamente en la casa tres hombres y una mujer. Pasó al balcón y cerró el portón a su paso, viendo al hacerlo como dos de ellos corrían en su busca. Los otros dos, al oír el ruido de los golpes de la señora Soto, se dirigieron hacia el pasillo de las habitaciones. Con la impresión había perdido el cuchillo, que ahora descansaba en la alfombra del salón; volvía a estar desarmada, aunque sabía que de poco le serviría un cuchillo en esas circunstancias. El primero de los dos se estampó contra el vidrio y adoptó una extraña cara de sorpresa, sin llegar a perder el equilibrio. Al verle, el otro frenó y les observó a ambos alternativamente, viendo cómo el vaho de sus alientos se posaba en la fría superficie del cristal.

            Bárbara les miraba, a sabiendas de que no tardarían nada en romper el cristal, tratando de convencerse de que lo más sensato sería saltar y olvidarse de todo para siempre. Miró al vacío, y eso acabó de convencerla de que no había alternativa, de que su destino sería el mismo escogiese el camino que escogiese, envidiando en cierto modo al señor Soto. Ahí abajo se habían congregado siete u ocho de esos monstruos, y no tardarían en sumarse más y más, siempre pasaba.  Estaban esperándola, como leyendo sus pensamientos, invitándola a tirarse con unos extraños gritos primitivos. Bárbara vio cómo los dos que había tras el cristal la miraban sorprendidos, pero curiosamente no ansiosos. Uno de ellos tocaba el cristal con la palma de las manos, sin entender que extraña fuerza sobrenatural le impedía pasar al otro lado.

            Bárbara les miró con el ceño fruncido, y se dijo que no debía dejarse matar por unos seres tan estúpidos como esos. Miró a un lado y a otro, pero tan solo encontró media docena de plantas marchitas, un conjunto de mesa y silla de picnic, de plástico blanco, y una bicicleta azul colgada de la pared. Miró a sus perseguidores. Ahora eran los dos los que trataban de cruzar el cristal sin comprender lo que era, como tratando de imitar a un mimo macabro, lo cual hizo aflorar en Bárbara una risa nerviosa. Se alejó de la puerta, confiando que así la olvidaran, sabiendo perfectamente que no lo harían, y llegó al otro extremo del balcón.

            Como caídos del cielo, vio unos cables, blancos y negros, prácticamente una docena, que emergían de un lugar indeterminado del tejado y se distribuían por las viviendas a medida que bajaban. Cables de teléfono, de televisión, del satélite, todos ellos inútiles a esas alturas, o  tal vez no tanto. Tan rápido le vino la idea a la cabeza, luchó por alejarla, tachándose de loca tan solo de pensarlo. Miró de nuevo el portón de cristal y la calle ahora algo más concurrida, y acabó por decidirse. No sabía si podrían soportar sesenta kilos, pero todo indicaba que se trataba de su única alternativa.

            Agarró el manojo de cables, y estiró fuertemente, como si tratase de arrancar de raíz unas malas hierbas. Por suerte o por desgracia, aguantaron. Era demasiado peligroso, puesto que con el más mínimo resbalón caería desde una altura de seis pisos, y serviría de almuerzo a media ciudad. Además, no era una buena atleta, y no las tenía todas consigo de que pudiera aguantar su propio peso y escalar hasta arriba. Todavía estaba pensando si lo haría o no, cuando la cristalera del balcón estalló en mil pedazos, eso acabó de convencerla. Al parecer, los dos que se habían distraído con los golpes de la señora Soto, habían vuelto. Uno de ellos, al tratar de salir al balcón y no ver el cristal, se lo había llevado por delante.

            Cientos de diminutos trozos de vidrio se desperdigaron por el suelo del balcón y cayeron a la calle, golpeando a más de uno de los que esperaban abajo. Bárbara, agarrada fuertemente a los cables, subió a la barandilla, obligándose a no mirar abajo, contenta en cierto modo de no padecer de vértigo. Se disponía a impulsarse para subir finalmente, cuando uno de ellos la agarró fuertemente de la cadera, casi haciéndole perder el equilibrio. Bárbara se agarró con más fuerza a los cables y trató de zafarse de él pateándole el estómago. Rápidamente se le sumaron los otros tres, y uno más de los que estaban por las escaleras entró el balcón, al tiempo que ella subía frenéticamente por el cable, repartiendo patadas a todo lo que se le ponía por delante, sorprendida de la fuerza y la entereza que estaba demostrando tener.

            Cuando prácticamente estaba fuera del alcance de todos esos demonios, uno de ellos la agarró de una bamba, y estiró con fuerza, obligándola a aferrarse a los cables, incluso quemándose un poco la palma de las manos con la fricción. Los demás tanteaban ansiosos con las manos hacia donde ella estaba, peleándose entre ellos para conseguir el primer bocado. La bamba cedió, y quedó en manos de ese hombre. Había apurado tanto por cogerla, asomándose más de lo debido a la barandilla, que acabó perdiendo el equilibrio y cayó al vacío, sin soltar la bamba en su recorrido. Bárbara subió un poco más, consiguiendo así alejarse finalmente del campo de acción de los demás, y miró un momento abajo, justo a tiempo de ver cómo ese ser se estrellaba contra el suelo.

            Tan pronto cayó, bocabajo, se comenzó a alzar, lentamente. Bárbara no pudo evitar seguir mirándole. Se levantó algo mareado, con la nariz rota, chorreándole sangre, todavía sosteniendo la bamba en una de sus manos color violeta pálido, y como si no hubiera pasado nada, tan solo haciendo una imitación barata de un borracho, se unió a los demás que la esperaban abajo con los brazos abiertos. Bárbara se creyó dentro de una broma macabra. Nadie podría haber sobrevivido a tal caída, pero resultaba evidente ese hombre poco tenía ya que ver con la persona que fue antes de entrar en contacto con ese virus fatal. Para ellos, la vida y la muerte no se regían por las mismas leyes.

            Siguió escalando, acompañada de los gritos y gruñidos de tantos como querían alimentarse de su joven y sonrosado cuerpo, y acabó alcanzando el suelo del tejado. Entonces soltó los cables, y se agarró a la barandilla metálica que circundaba toda la cubierta, subiendo hasta arriba, posando de nuevo sus pies en tierra firme, exaltada, con la respiración entrecortada por el esfuerzo. Cuando creía haber superado la peor parte, vio que de la puerta que daba a las escaleras, emergía una mano, que agarró la puerta. Una mano pálida, con las uñas negras y las venas marcadas.