Archivos para 23/03/2011

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Residencia de la familia Peña

20 de abril de 1998

La televisión sonaba en el salón vacío, retumbando en las paredes vírgenes, sin nadie que pudiera oírla. Con las prisas habían olvidado apagarla, y llevaba encendida más de 48 horas. Sonaba la voz del presentador de un documental, que hablaba de la evolución de la compañía ЯЭGENЄR en los últimos tres años, tras la entrada al mercado de la vacuna revolucionaria. Estaban hablando del acuerdo internacional que se estaba empezando a materializar por esos tiempos, con el cual se conseguiría vacunar a la mayor parte del tercer mundo, cuando la puerta de entrada se abrió, tras un tintineo de llaves. El primero en entrar fue Adolfo, que abrió de par en par la puerta, para dejar pasar a Paola, su esposa, y el carrito con el bebé.

Entraron las dos, y Adolfo se apresuró a cerrar de nuevo la puerta, como si de lo contrario fuese a entrar algún delincuente a destrozar la armonía que ahí se respiraba. Paola miraba a su alrededor como si hiciera siglos que no pasaba por ahí, cuando en realidad no hacía ni dos días que habían abandonado la casa a toda prisa tras las primeras contracciones. Guió el carrito hacia el salón y se dejó caer en el sofá, agotada después de tanto trajín. La niña, que había estado durmiendo hasta el momento, se despertó con el ruido de la tele y miró con curiosidad a su alrededor. Adolfo se aseguró que la puerta estaba bien cerrada, y se acercó donde su mujer y su hija, mirándolas con una tonta sonrisa en la cara, que tardaría mucho en abandonarle. Se agachó a mirar dentro del carro y la vio.

No pudo evitar coger a su hija recién nacida en brazos, y se derritió al ver sus preciosos ojos verdes, abiertos como platos, mirarle con una expresión de asombro y felicidad. Paola les miraba a ambos, enternecida, y sentía en su interior una felicidad y un placer inimaginables. Se sentía muy bien, y estaba segura de que nada en el mundo podría jamás truncar esa felicidad. En ese momento el presentador de la tele hablaba de las instalaciones de la compañía farmacéutica, ahí mismo en Sheol donde ellos vivían, mientras pasaban imágenes tomadas en helicóptero del recinto. Paola se giró para verlo al tiempo que Adolfo se sentaba en el sofá junto a ella, con la pequeña en brazos, con el eterno miedo a que se le pudiera caer de los brazos, con el firme propósito de que eso jamás ocurriera.

PAOLA – ¿Ahí es donde trabajas, no?

ADOLFO – Bah, apaga eso. No quiero volver a oír hablar del curro hasta que tenga que volver el lunes que viene.

PAOLA – Lleva encendida desde que nos fuimos, me extraña que no se haya derretido. Ha salido buena.

ADOLFO – No me van a dejar tranquilo ni en mi casa.

PAOLA – Ya voy.

Tanteó por el sofá hasta encontrar el mando, y acto seguido apagó la tele, acallando la voz del presentador que había empezado a hablar sobre el equipo médico que inventó la vacuna.

ADOLFO – Yo no es por que sea su padre, pero es la niña más bonita que había en el hospital.

PAOLA – ¿A que si? Los demás eran gordos y feos y con los ojos así oscuros…

ADOLFO – Madre mía, cualquiera que nos oiga.

PAOLA – Anda, que se atrevan a decir lo contrario.

Adolfo estaba jugando con su hija, que le había agarrado el pulgar con toda su manita. El tiempo parecía carecer de importancia, ahora todo parecía carecerla, todo menos ella, ella y su esposa. Para entonces ya se había percatado que había acabado un capítulo de su vida, para empezar otro totalmente nuevo.

ADOLFO – ¿Qué tal te sientes ahora? Quiero decir…

PAOLA – No podría estar más contenta.

ADOLFO – Es lo mejor que nos ha pasado en la vida.

Paola besó a su marido. Luego comenzó a hacerle carantoñas a su hija, que enseguida rió y se le pusieron rojos sus pálidos cachetes.

PAOLA – ¿Me dejas cogerla?

ADOLFO – Claro.

Adolfo se la acercó y ella cogió a su hija y la colocó en su regazo. La niña seguía risueña, mirándolo todo, a sus padres y a su nueva casa, maravillada por tantos colores y formas, tratando de acomodarse a esa nueva vida. Ellos a su vez no podían parar de mirarla, sintiéndose cada vez más satisfechos de tenerla ahí con ellos.

PAOLA – ¿Crees que hicimos bien en vacunarla, tan pequeña?

ADOLFO – No quiero que le falte de nada, y esa vacuna no puede menos que hacerle bien.

PAOLA – Espero que así sea…

ADOLFO – ¿De qué tienes miedo? Tú y yo también estamos vacunados.

PAOLA – No sé… Vi como la pinchaban, y me dio como…

ADOLFO – Que tonta eres. Si ni siquiera se dio cuenta del pinchazo.

PAOLA – Ya… No sé.

Ambos quedaron en silencio de nuevo. Ante ellos se presentaba una nueva vida, un cambio radical que sin duda les traería muchas alegrías. Querían con todas sus fuerzas que nada malo le ocurriese a la recién llegada, y estarían dispuestos a dar la vida por ella si fuera necesario, pero por ahora todo iría bien. Pasarían unos años muy felices, viéndola crecer, viéndola dar los primeros pasos y decir sus primeras palabras. Desafortunadamente el destino les tenía preparado un desenlace muy poco grato, pero aún faltaba mucho para eso. Ahora tan solo tenían ojos para su hija, y jamás hubieran podido prever cual sería ese desenlace. Afuera se oía el canto de los pájaros, en el jardín de su casa recién estrenada.

PAOLA – Tendríamos que ir pensando un nombre.

ADOLFO – Yo hubiera querido que se llamara Adolfo, como su padre.

PAOLA – ¿Hubiera sido mejor saber su sexo antes de…?

ADOLFO – No, no. Está bien así. Me ha gustado poder sorprenderme, y estoy igualmente encantado con que sea chica.

PAOLA – El próximo que tengamos le llamaremos Adolfo.

Se besaron de nuevo, la niña les miró, con la boca abierta de par en par, igual que los ojos.

ADOLFO – ¿Tú has pensado en algún nombre?

PAOLA – Si te digo la verdad… Si.

ADOLFO – ¡Estupendo! ¿Y bien, cómo te gustaría llamarla?

PAOLA – Zoe.

16

Ese nuevo fármaco, bautizado con el nombre de la compañía farmacéutica que lo había creado, fue sometido a las más rigurosas pruebas de manos de los expertos de la Organización Mundial de la Salud. Desde un primer momento fueron muy optimistas, y se encontraron gratamente sorprendidos y maravillados por lo que había caído en sus manos. Sus virtudes eran más que evidentes y sus defectos, simplemente nulos. Se hicieron pruebas con docenas de voluntarios, la mayoría de ellos desahuciados por la medicina moderna, y los resultados acabaron inclinando la balanza, de modo que tras dos años y medio de pruebas y papeleo, acabó dándosele el visto bueno.

El fármaco acabó siendo reconocido más adelante como el mayor hito de la medicina de todos los tiempos. José Vidal, como investigador jefe del equipo que hizo posible la creación de tal panacea, y como mente pensante que dio forma al proyecto, fue agraciado con el Premio Nobel de Medicina de 1994, y su nombre fue conocido alrededor del mundo, otorgándole un lugar en la historia, junto a nombres tan conocidos como el de Pasteur o Ramón y Cajal. Si bien siguió su trabajo investigando y consiguió algunos otros éxitos, ese fue sin duda el mayor trabajo que haría en vida.

A principios de 1995 se hizo oficial su entrada al mercado, y empezó a comercializarse alrededor del mundo, suministrándose en los ambulatorios de medio mundo como parte de la oferta médica. Ese mismo año hubo un acuerdo internacional, con el cual se llegó a un acuerdo que permitió extenderlo de manera masiva a todos los rincones del planeta, sobre todo a los más necesitados y con menos medios. Se creó un fondo común de los países denominados ricos que permitió que el fármaco llegase a todos los rincones del tercer mundo, en forma de una vacuna muy barata de producir en comparación con lo que ofrecía, con unos efectos rápidos y drásticos, que mermaron considerablemente y en un corto período de tiempo la mortalidad infantil y dieron a esos países una nueva oportunidad para prosperar.

En cuestión de tres años, la cantidad de gente vacunada superó a la de los que no lo estaban, llegando a un nivel de un 62% de vacunados en el año 2000, un 74% en 2004 y a un apabullante 94% en 2008, cuando sobrevino la trágica catástrofe. Se aplicaba de forma habitual en los neonatos desde 2002, y llegaba al resto de habitantes con frecuentes campañas de vacunación gratuita en los lugares desarrollados desde los primeros meses de su existencia, de modo que su extensión alcanzó cotas insospechables en muy poco tiempo. Las campañas africana y sudamericana fueron dos grandes hitos que consiguieron hermanar a las civilizaciones y mejorar considerablemente la calidad de vida de los más desfavorecidos.

Los logros de la vacuna eran tan dispares como asombrosos. Dejaron inútiles al resto de vacunas existentes hasta el momento, puesto que ella por si misma era capaz de asumir todas sus ventajas excluyendo los inconvenientes. Sin duda alguna su mayor logro fue la erradicación absoluta del sida en 2003, pero iba mucho más allá. Permitía una regeneración más rápida de los tejidos quemados o amputados, frenaba considerablemente la acción del alzheimer, reducía considerablemente los efectos de la gran mayoría de cánceres, e hizo del asma un problema del pasado. Todo ello, junto con otra larga lista de habilidades, si bien no implicó ni mucho menos la desaparición de los hospitales ni hizo inútil la investigación médica, pues había muchísimos temas a tratar donde la vacuna no interfería en absoluto, alargó considerablemente la esperanza de vida de la población mundial.

Sus ventajas saltaban a la vista, y fueron precisamente las que permitieron que su propagación fuera tan grande, pero lo más sorprendente era el hecho de que en apariencia no tenía ningún inconveniente. Pasó con un rotundo éxito todos los controles de calidad habidos y por haber, sirviendo a hombres y mujeres de todas las razas, edades y procedencias de una punta a la otra del planeta. Su inoculación no implicaba efectos secundarios ni reacción alérgica alguna. Se filtraba en la sangre y se propagaba por todo el cuerpo a una velocidad alarmante, de una manera nada hostil. Sus efectos eran prácticamente inmediatos y supusieron un considerable punto y aparte en la historia, un grato momento que recordar.

Del mismo modo que tenía una enorme aceptación por la mayoría del público, también tenía sus detractores, sobre todo en un primer momento. Los más escépticos, al ver la velocidad con la que se estaba extendiendo, afirmaron que se trataba de un método de control del gobierno para con la población mundial, alguna extraña estratagema en manos de mentes perversas que pretendían dominar el mundo o hacer perecer a todo ser viviente a su voluntad. Muchos de ellos eran individuos violentos y con gran capacidad de acción, y protagonizaron algunas reyertas aisladas.   Con el paso de los años, esa corriente ideológica fue perdiendo peso, y muchos de los que anteriormente habían rechazado la vacuna, acabaron por sucumbir a ella, al acercarse a la vejez, o al verse atacados de alguna de las enfermedades que podía curar.

No obstante, la vacunación era totalmente voluntaria. Tan solo se les vacunaba sin consentimiento expreso de ellos mismos o sus tutores legales a los presos y a los enfermos mentales. Con todo eso, raro era encontrar a alguna persona a la que no le corriese por la sangre ese fármaco. Algunos de ellos eran tan solo olvidadizos, otros formaban parte de la herencia de los escépticos del pasado, la mayoría, familias tradicionales que veían con malos ojos cualquier avance de la ciencia o la medicina moderna, que preferían morir igual que habían nacido, y que consideraban una herejía todo lo que contradijese sus valores morales arraigados en el pasado.

En los últimos años, su utilización había acabado viéndose como algo tan normal o habitual como lo fueran las vacunas convencionales anteriormente, y todos estaban tan contentos con su innegable aportación, que acabaron acallándose considerablemente las voces que lo rechazaban.

1×015 – Suerte

Publicado: 23/03/2011 en Al otro lado de la vida

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Puerta de entrada de los laboratorios de la compañía ЯЭGENЄR

5 de junio de 1992

José iba trajeado como un alto ejecutivo y Guillermo se encargaba de acomodarle la corbata al cuello. Ambos estaban muy nerviosos, pues ese era el día decisivo en el que expondrían el trabajo al que habían dedicado los últimos siete años de su vida. El paso del tiempo y el arduo trabajo en el que se había involucrado en cuerpo y alma los últimos años habían hecho mella en José. Su pelo cano y las arrugas de su rostro lo delataban. El día de hoy era  tal vez el más importante de su vida, y en su interior se podía encontrar una mezcla de impaciencia, esperanza y nerviosismo. Una limusina aguardaba en la acera a unos cincuenta metros de ahí, tras la valla de seguridad que circundaba el recinto. Otros tantos hombres trajeados esperaban pacientemente la llegada de José.

JOSÉ – ¿Que me dices, estoy bien?

GUILLERMO – Hasta pareces importante.

JOSÉ – ¿Que insinúas, que tu padre no es importante?

GUILLERMO – Espero que tengas mucha suerte, papa.

JOSÉ – Gracias hijo, porque la necesitaré. Con esta gente… nunca se sabe.

GUILLERMO – Ha pasado todas las pruebas con éxito, no tienen porque negarse.

JOSÉ – Ellos harán sus propias pruebas, una y mil veces, hasta encontrar cualquier excusa para echar para atrás el proyecto.

GUILLERMO – Pero como no la encontrarán, acabarán dando el visto bueno.

JOSÉ – Ojalá tengas razón.

Guillermo acabó de atusar la corbata de su padre y miró a la limusina. Los hombres que esperaban a José parecían impacientes. Todo se reducía a ese momento, todas las horas de trabajo, todos los dolores de cabeza, las discusiones. Y también la alegría al comenzar a ver los primeros frutos, la felicidad de ver que el proyecto tomaba forma. Sin embargo Guillermo no estaba todo lo contento que podía esperarse. Había algo que le rondaba la cabeza desde que empezasen el proyecto, una espina clavada muy profunda, hasta entonces olvidada, que comenzó a dar señales de vida ese mismo día, después de años de letargo. Guillermo miró a un lado, pensativo, y su padre leyó en sus ojos lo que pensaba.

JOSÉ – ¿Todavía estás con eso?

GUILLERMO – Si es que ya no habrá marcha atrás. En cuanto lo presentes y lo aprueben, ahí acabará todo.

JOSÉ – ¿Y eso no es fantástico? No te haces a la idea de la cantidad de gente que vamos a ayudar con esto.

GUILLERMO – La cepa original era mucho más potente, y lo sabes.

JOSÉ – Y mucho más peligrosa, también. No me quiero ni imaginar lo que podría pasar si hubiéramos probado el virus con un ser humano. ¿Es que no recuerdas lo que le pasó a aquella rata? Tenemos que aceptar nuestras limitaciones, y no querer jugar con la vida como si fuéramos una entidad superior.

GUILLERMO – Podríamos haber seguido trabajando, haberla modificado para que no fuera peligrosa, y seguramente hubiéramos conseguido muchos más éxitos que con ésta.

JOSÉ – No sabes lo que dices. Todavía eres joven y no lo entiendes. Cuando lleves trabajando en esto tanto tiempo como yo, comprenderás a que me refiero. Hazme un favor, no me estropees éste día tan importante, Guillermo. Te he dicho muchas veces que no insistas más. Eso no fue más que un error, se nos fue de las manos y tenemos que aprender a olvidarlo, y agradecer que no saliera de ahí.

GUILLERMO – Sabes que tengo razón.

José miró a su hijo con cierta inquietud. Si bien confiaba en él, y sabía que era un buen chico, cuyo objetivo en la vida, al igual que el suyo, era ayudar a sus semejantes, todavía tenía miedo de que tratase de sobrepasarse en su trabajo, y hacer un mal uso de los medios de los que disponía. La cepa que presentaría esa misma tarde era extremadamente potente y podría considerarse hasta milagrosa. Él sabía que la cepa original era infinitamente más potente, y que  tal vez su hijo tuviera razón, y si hubieran seguido trabajando con ella  tal vez hubieran podido conseguir unos resultados mucho más relevantes, pero estaba decidido en su propósito. El chofer de la limusina dio un bocinazo para advertir a José de que tenían que marchar ya.

JOSÉ – Hijo, tienes que prometerme una cosa.

GUILLERMO – ¿El que?

JOSÉ – Prométeme que te olvidarás de eso. Prométeme que no le seguirás dando vueltas. Hazle ese favor a tu padre.

Guillermo le miró con seriedad, y acabó sonriendo.

GUILLERMO – Tranquilo, gran jefe. Eso está olvidado.

JOSÉ – Me alegra oírlo. Bueno… pues creo que tengo que irme.

GUILLERMO – Ya verás como triunfas.

JOSÉ – Si funciona, triunfaremos todos.

GUILLERMO – Dame un abrazo.

Padre e hijo se miraron sonrientes y se dieron un fuerte abrazo y unas cuantas palmaditas en la espalda. Acto seguido José agarró su maletín negro, se despidió por última vez de su hijo y puso rumbo a la limusina, que enseguida partió hacia su destino. Guillermo se quedó mirando como la limusina se alejaba hasta acabar perdiéndola de vista. Todavía le estaba dando vueltas a la charla que había tenido con su padre, y acabó coincidiendo con él. Se trataba de algo demasiado potente, demasiado peligroso. Llegó a convencerse de que habían hecho bien dejándolo en el olvido, y se prometió que no volvería a pensar en el tema.

Si su padre conseguía el visto bueno de la OMS, tendría muchas cosas más en las que pensar, como por ejemplo que modelo de Porsche le sentaría mejor, o donde le gustaría que construyeran su chalet. Esas nuevas ideas, las de la fama y la fortuna que acarrearían el éxito del proyecto más importante del último siglo, le absorbieron toda la atención, y con una tonta sonrisa en la boca, se dirigió de nuevo hacia el recinto. El guardia de seguridad de la puerta, que les había estado observando con cierta curiosidad, le saludó con su acostumbrada sonrisa.

ADOLFO – Buenas tardes, señor Vidal.

GUILLERMO – Buenas tardes, Adolfo.

Guillermo se adentró de nuevo en las instalaciones y pasó el resto del día sin hacer gran cosa, esperando impacientemente la llamada de su padre.

1×014 – Génesis

Publicado: 23/03/2011 en Al otro lado de la vida

CRONOLOGÍA DEL ÉXODO: Parte primera

Gestación

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Laboratorio de máxima seguridad de la compañía ЯЭGENЄR

19 de enero de 1985

José observaba con detenimiento al sujeto 13-E. En los últimos minutos había mostrado en los músculos de sus patitas traseras un ligero movimiento. Ahora se movía con unas convulsiones enfermizas que casi le obligaron a quitarle la vida, pues parecía estar sufriendo enormemente. Sin embargo supo ser prudente, y paciente; esperó. Sus diminutos ojos rojos se abrieron de repente, y las convulsiones desaparecieron tan pronto como habían comenzado. 13-E dio media vuelta en el suelo de su jaula y se posó sobre sus hasta entonces rígidas patitas. Miró a ambos lados, como si todo fuera nuevo para él.

Sus otros dos compañeros de jaula no le dieron mayor importancia y siguieron con sus quehaceres, comiendo pienso y jugando en la ruleta, ajenos al milagro que acababan de presenciar. José no paraba de tomar anotaciones en una libreta, todavía incrédulo de lo que acababa de ver. 13-E caminó de un lado a otro de la jaula, husmeando todo a su paso, con una velocidad inapropiada a su naturaleza. Husmeó el pienso y bebió un poco de agua. Todo parecía en regla, y José no cabía en sí al comenzar a comprender la envergadura del descubrimiento que había hecho. Entonces 13-E se acercó a la hembra y comenzó a olisquearla.

José volvió la mirada a su libreta y mientras escribía oyó el chillido de una de las ratas. Bajó la libreta y contempló de nuevo la jaula, ahora manchada de sangre. 13-E había mordido a la hembra, y al parecer había sido muy certero, pues ahora descansaba cadáver en el suelo de la jaula, con su blanco pelaje teñido de rojo. José se acercó un poco más para comprobar que los ojos no le estaban engañando. 13-E, no contento con acabar con la vida de su compañera, parecía estar alimentándose de su cadáver. La tercera rata se había arrinconado en una esquina, asustada por lo que veía. José, confundido y decepcionado, negaba con la cabeza. Estaba dejando su libreta sobre una mesa, pues ya no tenía sentido alguno seguir utilizándola, cuando el compresor de aire delató que alguien entraba en el laboratorio.

Se giró, y vio como la puerta se abría, con su sonido característico, y como Guillermo accedía al laboratorio, ataviado con su bata blanca, con un café en cada mano y una sonrisa en la boca. Se acercó a José y le ofreció uno de los cafés, mientras dejaba el suyo sobre la gran mesa central. Tras agradecerle la bebida, José cogió su café y se lo bebió de un trago, dejando el vaso vacío sobre la mesa. Guillermo leyó en su cara que algo no andaba bien, entonces miró la jaula y creyó comprender de qué se trataba, aunque evidentemente había muchas cosas que no acababan de encajar.

GUILLERMO – ¿Es ese Mordisquitos?

JOSÉ – Te he dicho mil veces que no les pongas nombre.

GUILLERMO – Se le parece mucho…

JOSÉ – Coño, como que es él.

GUILLERMO – No puede ser. ¿Mordisquitos no había…?

JOSÉ – Ayer a las nueve y media de la noche. A y treinta y tres para ser exactos.

GUILLERMO – Es imposible.

Guillermo miró a José extrañado, seguro de que le estaba tomando el pelo. No le extrañaba tanto ver como la rata que había visto muerta ayer ahora pareciese vivita y coleando, mas lo que no alcanzaba a comprender era por qué se alimentaba del cadáver de su compañera. El café seguía enfriándose en la mesa, y así seguiría el resto del día; nadie se lo bebería. Guillermo se acercó algo más a la jaula, mirándola más de cerca, como si así fuese a cambiar el macabro escenario de su interior. Se dirigió de nuevo a su superior.

GUILLERMO – ¿Se había manifestado alguna vez canibalismo en este tipo de animal?

JOSÉ – No que yo sepa. De hecho no se tiene conocimiento de que ninguna rata practique, y ésta raza en concreto… es herbívora.

GUILLERMO – ¿Pueden ser efectos secundarios del virus que le inyectaste ayer?

JOSÉ – Más que efectos secundarios, daños colaterales.

GUILLERMO – ¿Estás seguro de que había muerto?

JOSÉ – Tanto como de que el cielo es azul.

GUILLERMO – ¿Me estás diciendo que el virus ha hecho que resucite?

JOSÉ – Yo solo digo lo que veo, y te puedo asegurar que esa rata estaba muerta cuando yo he llegado aquí esta mañana.

GUILLERMO – ¿Quieres decir que estamos ante el mayor hito de la medicina moderna?

JOSÉ – Más bien ante el mayor fracaso.

GUILLERMO – ¿Eh?

JOSÉ – Está totalmente desorientada, ha perdido su instinto natural y se ha vuelto violenta y… carnívora.

GUILLERMO – ¡Pero está viva!

JOSÉ – ¿Y qué? No es esto lo que buscamos, no nos sirve. Nos hemos alejado mucho de nuestro objetivo. Es hora de hacer borrón y cuenta nueva. No quiero…

GUILLERMO – Pero…

JOSÉ – No hay más que hablar. Mata a los tres y quema los cadáveres. Esta tarde me encargaré de destruir las muestras del virus y mañana mismo empezamos de cero ¿Entendido?

GUILLERMO – Si.

JOSÉ – Y no le digas nada de esto a tu madre, no está ahora para tonterías. ¿De acuerdo?

GUILLERMO – Si, papa.

JOSÉ – Yo ahora me voy, que tengo una reunión, nos vemos esta noche en casa.

GUILLERMO – Adiós.

José abandonó la sala, que volvió a quedar herméticamente cerrada. Guillermo abrió uno de los cajones y sacó una jeringuilla vacía y esterilizada. Se la pinchó a Mordisquitos y le inyectó un poco de aire. El animal, con el morro manchado de sangre, se revolvió un poco en el suelo de la jaula, y acabó quieto, aparentemente muerto de nuevo. Guillermo miró la jeringuilla vacía en su mano, y luego miró a un lado y a otro; estaba solo. Agarró un frasco de muestras, se puso de espaldas a la cámara de seguridad y volvió a pinchar la jeringuilla en el cuerpo sin vida de la rata.

Le sacó un poco de sangre, y la introdujo en el frasquito, que enseguida se guardó en un bolsillo de la bata. Como si nada hubiera pasado, cumplió con su acometido y se deshizo de los cuerpos de las tres ratas, incluso de la que estaba sana. Esa misma tarde fueron destruidos todos los documentos relacionados con la investigación de ese virus tan potente, al igual que todas las muestras del mismo, todas excepto una, que aguardaría celosamente en las sombras hasta que llegase el momento de volver a la luz.

13

Cubierta del edifico Astoria 37

29 de septiembre de 2008

Cruzó los dedos confiando no encontrar compañía en su viaje, y se adentró en las entrañas de ese edificio desconocido. Disponía de bastante claridad, gracias a las ventanas en fachada que se distribuían por todos los pisos. La ausencia de olor, acompañada del silencio, la calmaron un poco. Sin bajar la guardia, comenzó a descender por las tranquilas escaleras, mirando las puertas cerradas de todos los pisos y el ascensor inútil que le acompañaría hasta abajo. Fue bajándolos uno a uno hasta que desde el primero vio a un hombre que había caído desde muy alto descansando bocabajo al final del hueco de la escalera en la planta baja.

Ahí todas las puertas estaban cerradas, y aparentemente no había nadie. Pensó que hubiera sido mucho mejor entrar en ese edificio a pasar la noche, pues parecía bastante seguro, pero ya era tarde para mirar atrás. Llegó abajo, y esquivó a ese pobre infeliz, evitando pisarle, dirigiéndose a la puerta de entrada. Los buzones rebosaban de cartas que jamás llegarían a su destinatario. La puerta parecía estar intacta. Se trataba de una puerta de rejas metálicas, acristalada para hacerla estanca, que se veía muy fuerte y resistente. Giró el pomo sin mucha esperanza, y se sorprendió al ver que cedía sin dificultad alguna. Todo estaba resultando demasiado fácil, y eso no pudo menos que incomodarla todavía más.

Salió de nuevo a la calle con una extraña sensación de calma al saber que ya no podría caer al vacío desde arriba; se lo pensaría mucho antes de volver a subir a un lugar tan alto. Se apresuró en girar la esquina, al ver como esos seres todavía se estaban ensañando con el cuerpo que ella les había facilitado. Afortunadamente ninguno la vio. Tampoco parecía haber ninguno más por ahí cerca, de modo que continuó su camino, por las calles desiertas y desoladas, cubiertas por el manto del olvido. Viendo a lo lejos en todo momento el gran supermercado, se fue acercando más y más, mirando en todas direcciones sin ver signo alguno de hostilidad.

Alcanzó la bicicleta y la inspeccionó; parecía totalmente normal. Una bicicleta infantil, de un color rojo intenso, con un lazo violeta en el manillar. Empezó a creer que se trataba de una estúpida coincidencia; habría cientos de bicicletas como esa en la ciudad, y no tendrían porque responder a su borrosa visión del día anterior. Sin embargo, vio algo que le acabó de convencer para seguir indagando. El gran portón trasero del supermercado tenía una pequeña rendija en su parte inferior, de poco más de 20 centímetros. Resultaría imposible de flanquear para uno de ellos, pero para un niño no sería más que un… un juego de niños.

Agarró el portón con las dos manos y trató de levantarlo un poco para poder entrar, pero el esfuerzo resultó inútil. No tardó en percatarse de que era mecánico, y necesitaba de electricidad para subir y bajar. Echó un vistazo alrededor, y pese a no ver a nadie cerca, sintió que no debía quedarse mucho tiempo ahí fuera; eso resultaría demasiado temerario. Miró de nuevo la rendija, y sin tenerlas todas consigo se tiró al suelo, aplastando sus pechos contra el duro hormigón. Fue reptando, introduciendo primero las manos, luego los brazos, luego la cabeza y después el tronco, notando la presión de la puerta en su espalda. Tan solo podía pensar en que la puerta acabaría por cerrarse y la partiría en dos, o que uno de ellos aparecería bien fuera o bien dentro, o mejor, a ambos lados, y se la iría comiendo mientras ella quedaba ahí aprisionada, indefensa. Por fortuna, nada de eso ocurrió.

Siguió arrastrándose hasta introducir las piernas, ladeándose un poco, y para cuando quiso darse cuenta, ya se encontraba dentro. Se levantó y se quitó el polvo de la ropa. Le pareció una fortaleza inexpugnable. Si bien no la había visto, no era muy difícil pensar que la puerta de acceso estaría cerrada a cal y canto. Después de los primeros saqueos, todo dueño de un local comercial se había encargado de impedir el paso a su tienda a los amigos de lo ajeno. Con un poco de suerte, ese sería un lugar seguro, a no ser que hubiese alguno de ellos dentro, lo cual lo transformaría en una trampa mortal.

Estaba en el almacén: un espacio enorme con un techo muy alto, lleno de estanterías llenas de cajas cerradas, contenedores de comida y demás enseres, y docenas de palés por el suelo. La puerta cerrada de una oficina, medio oculta por una persiana veneciana, la gran puerta metálica de la cámara frigorífica y la puerta corrediza que daba al supermercado eran todas las alternativas que se le presentaban. Optó por la última, al creer que esa hubiera sido la misma opción que hubiese escogido esa supuesta niña. Arrastró un poco la puerta, dejando una obertura suficiente para pasar al otro lado, y entró al supermercado.

Estaba en la sección de congelados, a juzgar por el olor a comida pasada. El supermercado era muy grande, ella misma recordaba haberlo visitado en más de una ocasión antes del holocausto, pero ahora parecía distinto. Era demasiado sombrío, tan solo iluminado por los lucernarios longitudinales del techo, demasiado vacío, pues ahora era evidente que no había podido evitar el saqueo, y demasiado silencioso, pues nada parecía perturbar la tranquilidad del ambiente. La mayoría de las estanterías estaban vacías, y gran parte de la mercancía descansaba en el suelo, dándole al lugar una imagen de dejadez y olvido semejante a la del resto de la ciudad.

Anduvo por los pasillos, caminando lentamente, tratando de hacer el menor ruido posible. Todos los pasillos le parecían idénticos, vacíos, muertos. Caminó de un lado a otro, cada vez con menor esperanza de encontrar lo que había venido buscando. Entonces giró otra esquina, y ahí estaba, hecha un ovillo, tirada en el suelo. En un primer momento le pareció que estaba muerta, y el corazón le dio un vuelco al pensar que podría levantarse y dirigirse hacia ella con malas intenciones. La miró un poco más y se convenció de que no podía ser así. Su pecho se movía lentamente, acompañado por su suave respiración.

No era más que una niña; no tendría más de diez años. Parecía muy frágil y desamparada. Era delgada, con el pelo rojizo, bastante largo, recogido en una coleta. Su pálida piel, lejos de parecerse a la enfermiza palidez de la muerte, le daba un aspecto saludable y su dulce cara infantil estaba manchada de pecas alrededor de su nariz. Llevaba el mismo vestido rosa que Bárbara viera al salir del cementerio. Dio un paso en su dirección, y golpeó sin querer una lata. La lata rodó y se quedó a un metro de la chica. El ruido la despertó. Entreabrió un poco sus preciosos ojos verdes, y miró directamente a los de Bárbara. Entonces habló.

ZOE – ¿Mamá?

1×012 – Fugitiva

Publicado: 23/03/2011 en Al otro lado de la vida

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Cubierta del edifico Astoria 23

29 de septiembre de 2008

Antes que tuviera tiempo de correr a cerrar la puerta, él ya había cruzado su umbral, y la había visto. Ya era tarde para lamentarse de haberla dejado abierta. Jamás hubiera pensado que eso iba a ser tan importante,  tal vez la delgada línea entre la vida y la muerte. Tras el primero apareció un segundo, parecían haber previsto lo que haría, y haber actuado en consecuencia, yendo a su encuentro. Aunque eso no era posible; no tenían tanta capacidad de razonamiento para hacer tales conjeturas, no eran más que animales, absurdos y estúpidos depredadores en busca de una presa débil e indefensa.

La escalera de incendios estaba al otro extremo del tejado, y para llegar a ella tendría que cruzarse con los vecinos, cosa que no le apetecía en absoluto. Eso sin contar que en la calle le estarían esperando otros tantos. Si volvía por donde había venido, a la que llegase a la altura del balcón le cogerían los que ahí le estaban esperando, luego tampoco era una buena idea. Una vez más se sintió acorralada, superada con creces por la situación, y quiso con todas sus fuerzas estar en cualquier otro lugar, sintiéndose desfallecer y perder todas las fuerzas ante este nuevo mazazo del destino.

No tardaron mucho en correr hacia ella, y Bárbara no pudo menos que correr en la otra dirección, a ciegas, sin saber donde iría a parar. A la docena de pasos, frenó al encontrarse la medianera del edificio contiguo, un piso más alto. Parecía no haber escapatoria, puesto que a lado y lado de la medianera tan solo había una barandilla que circundaba todo el edificio, y más allá el vacío y una muerte segura. Cada vez estaban más cerca, Bárbara les echó un último vistazo, viendo como enseguida darían con ella y la descuartizarían ahí mismo, y saltó.

Consiguió agarrarse al borde superior de la terraza contigua, pero le faltó impulso para subir del todo. No tenía punto de apoyo para poder seguir adelante, y las fuerzas le escaseaban, pues no había podido aún sobreponerse de la escalada por el cable hacía tan solo unos segundos. Trató de alzarse con todas sus fuerzas, pero el esfuerzo resultó inútil una vez más. Llegaron. Uno de ellos hizo el amago de morderla en su pie descalzo, pero ella lo apartó rápidamente, librándose así de la fatal mordedura. Con el mismo impulso que llevaba su pierna, la apoyó en el hombro de ese ser que le estaba tanteando el culo y trataba de morderla nuevamente, y con ese nuevo punto de apoyo, tan oportuno como inesperado, consiguió el impulso necesario para subir.

Subió con presteza el antepecho de obra, y se dejó caer al otro lado, jadeando por el esfuerzo, con el corazón latiéndole a mil por hora. Miró a un lado y a otro, pero el sitio parecía seguro. Ella sabía que eso no significaba nada, pues podría aparecer alguno del lugar menos esperado. Se levantó, todavía muy impresionada por lo cerca que había estado de la muerte, y observó con más detenimiento ese nuevo tejado. Estaba limpio, y la puerta del cajón de las escaleras, cerrada desde dentro, lo cual era en parte una garantía. A lo lejos se oían las voces de los que la esperaban en el tejado, en el balcón, en la calle, todos exigían su parte del pastel.

Se trataba de una manzana alargada y estrecha, que aún continuaba media docena de edificios más allá. Al ver que no podía volver al del extremo, y que por ese tampoco podría salir, puesto que la única salida estaba cerrada, saltó al siguiente, que era algo más bajo. Ahí tampoco había nadie. Las voces sonaban cada vez más lejanas y apagadas. Se acercó a la puerta que daba a las escaleras de este tercer edificio, preparada para salir corriendo a la primera de cambio, y vio que estaba entreabierta. La acabó de abrir con una patada, y el fuerte olor la hizo dar un paso atrás.

No hubiera podido determinar si se trataba de un hombre o una mujer, pero lo que si sabía era que no se levantaría para comérsela. Temía bajar las escaleras, previendo lo que podría encontrarse ahí dentro, de modo que descartó esa posibilidad, y prefirió seguir adelante, sin saber muy bien hacia donde. Estaba a punto de llegar a la medianera con el siguiente edificio, cuando tuvo una idea. Paró, dio media vuelta, y volvió a la vera de ese cadáver putrefacto. Antes de empezar con su improvisado plan, le cogió un zapato y se lo puso. Le iba un par de tallas grandes, pero serviría. Sacó al cuerpo de ahí, y cerró la puerta a su paso; no quería más sorpresas.

Agarró a lo que creyó era una mujer, tratando de no mancharse demasiado, y la arrastró hasta la barandilla del tejado en el que se encontraba, dejando un reguero de sangre a su paso, una macabra línea roja que delataba lo que estaba haciendo. Cuando llegó al borde, miró abajo, y vio como todavía seguían ahí los que la estaban esperando en la calle. Entre ellos también se encontraba el que le había quitado la bamba, solo que ahora ya no la llevaba. Se armó de valor, cogió aire y gritó, agitando los brazos, llamando la atención de todos los que pretendían alcanzarla.

Enseguida se dieron por aludidos, y se giraron para mirarla, acercándose patosamente hacia esa zona de la calle. Bárbara pidió perdón a esa mujer, cuyos intestinos, al menos la parte que aún quedaba de ellos, se encontraban fuera de su estómago. La alzó como pudo y la dejó caer al vacío, viendo como en su trayectoria se golpeaba un par de veces contra la fachada, manchándola de rojo. El sonido que hizo al caer le hizo arrepentirse de lo que había hecho, pero ahora ya era tarde para eso. Debía darse prisa.

Tras un último vistazo en el que vio como todos se acercaban a comérsela, partió. Si todo salía como tenía pensado, eso los entretendría un rato,  tal vez suficiente para abandonar el edificio en busca de un lugar más seguro donde asentarse. Saltó de un edificio a otro, ahora escalando ahora saltando, y no tardó en llegar al otro lado. Su marcha había llegado al fin, y ahora debía bajar y afrontarse de nuevo a su destino. Ahí no había escalera de incendios alguna que la permitiese bajar, tan solo se encontraba la puerta de las escaleras, abierta, de la que no brotaba más que el silencio.

Antes de bajar, echó un vistazo alrededor, tratando de trazar un plan para saber donde iría una vez llegase de nuevo a la calle. La ausencia de niebla y la gran altitud a la que se encontraba, le permitieron otear gran parte de las afueras de la ciudad. A un extremo se erguía majestuoso el cementerio, más allá el bosque. Al otro lado crecía imparable la ciudad. Edificios y más edificios, todos distintos, todos muertos, tapizaban el suelo a su paso, perdiéndose en el horizonte. Entonces vio algo que le llamó la atención, junto al portón de entrada de suministros de un supermercado. Una bicicleta roja, de un tamaño que delataba que era propiedad de un niño.

Ahora sabía que no se había tratado de una visión, y sintió en su interior que debía dirigirse hacia ahí. Ese sería su objetivo.