1×012 – Fugitiva

Publicado: 23/03/2011 en Al otro lado de la vida

12

Cubierta del edifico Astoria 23

29 de septiembre de 2008

Antes que tuviera tiempo de correr a cerrar la puerta, él ya había cruzado su umbral, y la había visto. Ya era tarde para lamentarse de haberla dejado abierta. Jamás hubiera pensado que eso iba a ser tan importante,  tal vez la delgada línea entre la vida y la muerte. Tras el primero apareció un segundo, parecían haber previsto lo que haría, y haber actuado en consecuencia, yendo a su encuentro. Aunque eso no era posible; no tenían tanta capacidad de razonamiento para hacer tales conjeturas, no eran más que animales, absurdos y estúpidos depredadores en busca de una presa débil e indefensa.

La escalera de incendios estaba al otro extremo del tejado, y para llegar a ella tendría que cruzarse con los vecinos, cosa que no le apetecía en absoluto. Eso sin contar que en la calle le estarían esperando otros tantos. Si volvía por donde había venido, a la que llegase a la altura del balcón le cogerían los que ahí le estaban esperando, luego tampoco era una buena idea. Una vez más se sintió acorralada, superada con creces por la situación, y quiso con todas sus fuerzas estar en cualquier otro lugar, sintiéndose desfallecer y perder todas las fuerzas ante este nuevo mazazo del destino.

No tardaron mucho en correr hacia ella, y Bárbara no pudo menos que correr en la otra dirección, a ciegas, sin saber donde iría a parar. A la docena de pasos, frenó al encontrarse la medianera del edificio contiguo, un piso más alto. Parecía no haber escapatoria, puesto que a lado y lado de la medianera tan solo había una barandilla que circundaba todo el edificio, y más allá el vacío y una muerte segura. Cada vez estaban más cerca, Bárbara les echó un último vistazo, viendo como enseguida darían con ella y la descuartizarían ahí mismo, y saltó.

Consiguió agarrarse al borde superior de la terraza contigua, pero le faltó impulso para subir del todo. No tenía punto de apoyo para poder seguir adelante, y las fuerzas le escaseaban, pues no había podido aún sobreponerse de la escalada por el cable hacía tan solo unos segundos. Trató de alzarse con todas sus fuerzas, pero el esfuerzo resultó inútil una vez más. Llegaron. Uno de ellos hizo el amago de morderla en su pie descalzo, pero ella lo apartó rápidamente, librándose así de la fatal mordedura. Con el mismo impulso que llevaba su pierna, la apoyó en el hombro de ese ser que le estaba tanteando el culo y trataba de morderla nuevamente, y con ese nuevo punto de apoyo, tan oportuno como inesperado, consiguió el impulso necesario para subir.

Subió con presteza el antepecho de obra, y se dejó caer al otro lado, jadeando por el esfuerzo, con el corazón latiéndole a mil por hora. Miró a un lado y a otro, pero el sitio parecía seguro. Ella sabía que eso no significaba nada, pues podría aparecer alguno del lugar menos esperado. Se levantó, todavía muy impresionada por lo cerca que había estado de la muerte, y observó con más detenimiento ese nuevo tejado. Estaba limpio, y la puerta del cajón de las escaleras, cerrada desde dentro, lo cual era en parte una garantía. A lo lejos se oían las voces de los que la esperaban en el tejado, en el balcón, en la calle, todos exigían su parte del pastel.

Se trataba de una manzana alargada y estrecha, que aún continuaba media docena de edificios más allá. Al ver que no podía volver al del extremo, y que por ese tampoco podría salir, puesto que la única salida estaba cerrada, saltó al siguiente, que era algo más bajo. Ahí tampoco había nadie. Las voces sonaban cada vez más lejanas y apagadas. Se acercó a la puerta que daba a las escaleras de este tercer edificio, preparada para salir corriendo a la primera de cambio, y vio que estaba entreabierta. La acabó de abrir con una patada, y el fuerte olor la hizo dar un paso atrás.

No hubiera podido determinar si se trataba de un hombre o una mujer, pero lo que si sabía era que no se levantaría para comérsela. Temía bajar las escaleras, previendo lo que podría encontrarse ahí dentro, de modo que descartó esa posibilidad, y prefirió seguir adelante, sin saber muy bien hacia donde. Estaba a punto de llegar a la medianera con el siguiente edificio, cuando tuvo una idea. Paró, dio media vuelta, y volvió a la vera de ese cadáver putrefacto. Antes de empezar con su improvisado plan, le cogió un zapato y se lo puso. Le iba un par de tallas grandes, pero serviría. Sacó al cuerpo de ahí, y cerró la puerta a su paso; no quería más sorpresas.

Agarró a lo que creyó era una mujer, tratando de no mancharse demasiado, y la arrastró hasta la barandilla del tejado en el que se encontraba, dejando un reguero de sangre a su paso, una macabra línea roja que delataba lo que estaba haciendo. Cuando llegó al borde, miró abajo, y vio como todavía seguían ahí los que la estaban esperando en la calle. Entre ellos también se encontraba el que le había quitado la bamba, solo que ahora ya no la llevaba. Se armó de valor, cogió aire y gritó, agitando los brazos, llamando la atención de todos los que pretendían alcanzarla.

Enseguida se dieron por aludidos, y se giraron para mirarla, acercándose patosamente hacia esa zona de la calle. Bárbara pidió perdón a esa mujer, cuyos intestinos, al menos la parte que aún quedaba de ellos, se encontraban fuera de su estómago. La alzó como pudo y la dejó caer al vacío, viendo como en su trayectoria se golpeaba un par de veces contra la fachada, manchándola de rojo. El sonido que hizo al caer le hizo arrepentirse de lo que había hecho, pero ahora ya era tarde para eso. Debía darse prisa.

Tras un último vistazo en el que vio como todos se acercaban a comérsela, partió. Si todo salía como tenía pensado, eso los entretendría un rato,  tal vez suficiente para abandonar el edificio en busca de un lugar más seguro donde asentarse. Saltó de un edificio a otro, ahora escalando ahora saltando, y no tardó en llegar al otro lado. Su marcha había llegado al fin, y ahora debía bajar y afrontarse de nuevo a su destino. Ahí no había escalera de incendios alguna que la permitiese bajar, tan solo se encontraba la puerta de las escaleras, abierta, de la que no brotaba más que el silencio.

Antes de bajar, echó un vistazo alrededor, tratando de trazar un plan para saber donde iría una vez llegase de nuevo a la calle. La ausencia de niebla y la gran altitud a la que se encontraba, le permitieron otear gran parte de las afueras de la ciudad. A un extremo se erguía majestuoso el cementerio, más allá el bosque. Al otro lado crecía imparable la ciudad. Edificios y más edificios, todos distintos, todos muertos, tapizaban el suelo a su paso, perdiéndose en el horizonte. Entonces vio algo que le llamó la atención, junto al portón de entrada de suministros de un supermercado. Una bicicleta roja, de un tamaño que delataba que era propiedad de un niño.

Ahora sabía que no se había tratado de una visión, y sintió en su interior que debía dirigirse hacia ahí. Ese sería su objetivo.

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