1×013 – Encuentro

Publicado: 23/03/2011 en Al otro lado de la vida

13

Cubierta del edifico Astoria 37

29 de septiembre de 2008

Cruzó los dedos confiando no encontrar compañía en su viaje, y se adentró en las entrañas de ese edificio desconocido. Disponía de bastante claridad, gracias a las ventanas en fachada que se distribuían por todos los pisos. La ausencia de olor, acompañada del silencio, la calmaron un poco. Sin bajar la guardia, comenzó a descender por las tranquilas escaleras, mirando las puertas cerradas de todos los pisos y el ascensor inútil que le acompañaría hasta abajo. Fue bajándolos uno a uno hasta que desde el primero vio a un hombre que había caído desde muy alto descansando bocabajo al final del hueco de la escalera en la planta baja.

Ahí todas las puertas estaban cerradas, y aparentemente no había nadie. Pensó que hubiera sido mucho mejor entrar en ese edificio a pasar la noche, pues parecía bastante seguro, pero ya era tarde para mirar atrás. Llegó abajo, y esquivó a ese pobre infeliz, evitando pisarle, dirigiéndose a la puerta de entrada. Los buzones rebosaban de cartas que jamás llegarían a su destinatario. La puerta parecía estar intacta. Se trataba de una puerta de rejas metálicas, acristalada para hacerla estanca, que se veía muy fuerte y resistente. Giró el pomo sin mucha esperanza, y se sorprendió al ver que cedía sin dificultad alguna. Todo estaba resultando demasiado fácil, y eso no pudo menos que incomodarla todavía más.

Salió de nuevo a la calle con una extraña sensación de calma al saber que ya no podría caer al vacío desde arriba; se lo pensaría mucho antes de volver a subir a un lugar tan alto. Se apresuró en girar la esquina, al ver como esos seres todavía se estaban ensañando con el cuerpo que ella les había facilitado. Afortunadamente ninguno la vio. Tampoco parecía haber ninguno más por ahí cerca, de modo que continuó su camino, por las calles desiertas y desoladas, cubiertas por el manto del olvido. Viendo a lo lejos en todo momento el gran supermercado, se fue acercando más y más, mirando en todas direcciones sin ver signo alguno de hostilidad.

Alcanzó la bicicleta y la inspeccionó; parecía totalmente normal. Una bicicleta infantil, de un color rojo intenso, con un lazo violeta en el manillar. Empezó a creer que se trataba de una estúpida coincidencia; habría cientos de bicicletas como esa en la ciudad, y no tendrían porque responder a su borrosa visión del día anterior. Sin embargo, vio algo que le acabó de convencer para seguir indagando. El gran portón trasero del supermercado tenía una pequeña rendija en su parte inferior, de poco más de 20 centímetros. Resultaría imposible de flanquear para uno de ellos, pero para un niño no sería más que un… un juego de niños.

Agarró el portón con las dos manos y trató de levantarlo un poco para poder entrar, pero el esfuerzo resultó inútil. No tardó en percatarse de que era mecánico, y necesitaba de electricidad para subir y bajar. Echó un vistazo alrededor, y pese a no ver a nadie cerca, sintió que no debía quedarse mucho tiempo ahí fuera; eso resultaría demasiado temerario. Miró de nuevo la rendija, y sin tenerlas todas consigo se tiró al suelo, aplastando sus pechos contra el duro hormigón. Fue reptando, introduciendo primero las manos, luego los brazos, luego la cabeza y después el tronco, notando la presión de la puerta en su espalda. Tan solo podía pensar en que la puerta acabaría por cerrarse y la partiría en dos, o que uno de ellos aparecería bien fuera o bien dentro, o mejor, a ambos lados, y se la iría comiendo mientras ella quedaba ahí aprisionada, indefensa. Por fortuna, nada de eso ocurrió.

Siguió arrastrándose hasta introducir las piernas, ladeándose un poco, y para cuando quiso darse cuenta, ya se encontraba dentro. Se levantó y se quitó el polvo de la ropa. Le pareció una fortaleza inexpugnable. Si bien no la había visto, no era muy difícil pensar que la puerta de acceso estaría cerrada a cal y canto. Después de los primeros saqueos, todo dueño de un local comercial se había encargado de impedir el paso a su tienda a los amigos de lo ajeno. Con un poco de suerte, ese sería un lugar seguro, a no ser que hubiese alguno de ellos dentro, lo cual lo transformaría en una trampa mortal.

Estaba en el almacén: un espacio enorme con un techo muy alto, lleno de estanterías llenas de cajas cerradas, contenedores de comida y demás enseres, y docenas de palés por el suelo. La puerta cerrada de una oficina, medio oculta por una persiana veneciana, la gran puerta metálica de la cámara frigorífica y la puerta corrediza que daba al supermercado eran todas las alternativas que se le presentaban. Optó por la última, al creer que esa hubiera sido la misma opción que hubiese escogido esa supuesta niña. Arrastró un poco la puerta, dejando una obertura suficiente para pasar al otro lado, y entró al supermercado.

Estaba en la sección de congelados, a juzgar por el olor a comida pasada. El supermercado era muy grande, ella misma recordaba haberlo visitado en más de una ocasión antes del holocausto, pero ahora parecía distinto. Era demasiado sombrío, tan solo iluminado por los lucernarios longitudinales del techo, demasiado vacío, pues ahora era evidente que no había podido evitar el saqueo, y demasiado silencioso, pues nada parecía perturbar la tranquilidad del ambiente. La mayoría de las estanterías estaban vacías, y gran parte de la mercancía descansaba en el suelo, dándole al lugar una imagen de dejadez y olvido semejante a la del resto de la ciudad.

Anduvo por los pasillos, caminando lentamente, tratando de hacer el menor ruido posible. Todos los pasillos le parecían idénticos, vacíos, muertos. Caminó de un lado a otro, cada vez con menor esperanza de encontrar lo que había venido buscando. Entonces giró otra esquina, y ahí estaba, hecha un ovillo, tirada en el suelo. En un primer momento le pareció que estaba muerta, y el corazón le dio un vuelco al pensar que podría levantarse y dirigirse hacia ella con malas intenciones. La miró un poco más y se convenció de que no podía ser así. Su pecho se movía lentamente, acompañado por su suave respiración.

No era más que una niña; no tendría más de diez años. Parecía muy frágil y desamparada. Era delgada, con el pelo rojizo, bastante largo, recogido en una coleta. Su pálida piel, lejos de parecerse a la enfermiza palidez de la muerte, le daba un aspecto saludable y su dulce cara infantil estaba manchada de pecas alrededor de su nariz. Llevaba el mismo vestido rosa que Bárbara viera al salir del cementerio. Dio un paso en su dirección, y golpeó sin querer una lata. La lata rodó y se quedó a un metro de la chica. El ruido la despertó. Entreabrió un poco sus preciosos ojos verdes, y miró directamente a los de Bárbara. Entonces habló.

ZOE – ¿Mamá?

Anuncios
comentarios
  1. ShadowGhost333 dice:

    *Respiracion asmatica*
    Yo no soy tu madre
    ZOE- D:

  2. Jajajaja Lástima de muchacha. Ya verás lo que ha pasado la pobre.

  3. Don Fernando dice:

    Se trataba de una puerta de rejas metálicas, acristalada para hacerla estanca, que se veía muy (fuere) y resistente.(Fuerte)
    ^^^^^^^ ^^^^^^^^^
    Preguntas:
    ¿Se pueden volber a editar?
    La niña de la bicicleta roja no es a la que me referia anteriormente….Es Zoe.

    • ¡Mil gracias Don Fernando! En ocasiones se me escapa algún pequeño gazapo como éste, y agradezco mucho que me los mencionéis para poder corregirlos.
      Sí puedo volver a editarlo todo cuantas veces considere oportuno, no hay problema.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s