Archivos para 24/03/2011

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Frente a la residencia de la familia Peña

16 de septiembre de 2008

Enseguida abandonaron el patio, dejando atrás la casa. Se encontraban en la calle, y eso les hizo sentirse enormemente indefensos. El encontrarse encerrados entre cuatro paredes, les había conferido una sensación de falsa seguridad, y ahora estaban experimentando de nuevo lo que significaba estar a merced de ellos. Padre y madre se preguntaron si estaban haciendo lo correcto, exponiéndose a ellos, y sobre todo a Zoe, a tanto peligro al salir de lo que parecía un buen refugio. Pero estaban seguros de que hacían bien. Ahí dentro era tan solo cuestión de tiempo que acabasen atrayendo a muchos de ellos, ya había pasado con anterioridad, y cuando se quedasen sin alimento tendrían que salir de todos modos. Con esa idea de la cabeza trataron de convencerse de que estaban haciendo lo correcto.

Adolfo encaró la calle, dirigiéndose a las afueras de la ciudad, conduciendo a baja velocidad sin saber muy bien porqué, mirando a un lado y a otro, desconfiando de todo cuanto veía, creyendo ver seres de esos escondidos en todos lados. De la parcela de su vecino Rafael salió un hombre corriendo. Adolfo lo vio por el retrovisor y ya se disponía a apretar con fuerza el acelerador, cuando se dio cuenta que fuera quien fuese, estaba sano; levantó el pie del acelerador. Corría de una manera diferente a la de esos seres, y parecía estar gritarle algo. Paola miró inquieta a su marido, suplicándole con la mirada que se fueran ya de ahí, pero él decidió esperar.

Rafael corrió hacia el coche, y en cuanto lo alcanzó, comenzó a golpearlo primero en el maletero y luego en las puertas, mientras gritaba que parasen, obligando a Adolfo a frenar del todo y detenerse. Zoe miraba a su madre, asustada por el ruido pero bastante ausente. Rafael corrió hacia la ventanilla de Adolfo y comenzó a golpearla nerviosamente, con una expresión de enorme angustia en la sudorosa cara, mientras gritaba una y otra vez que la bajase; estaba muy excitado. Adolfo frunció el entrecejo y acabó bajando la ventanilla apretando un botón que había en la puerta, tan solo la dejó a la mitad.

RAFAEL – Adolfo, dame el coche.

ADOLFO – ¿Eh?

RAFAEL – No me hagas repetirlo. Necesito tu coche, el mío me lo robaron.

ADOLFO – ¿Pero que dices? No te voy a dejar el coche. Si queréis os podemos llevar al aeropuerto, nosotros íbamos…

RAFAEL – Lo que quiero es tu coche. Estefanía está enferma, y tengo que llevarla al hospital.

ADOLFO – El hospital lleva cerrado desde el viernes, no vas…

RAFAEL – No te lo estoy pidiendo, y sabes que no lo haría si no fuera necesario. Bajad del coche.

ADOLFO – Mira Rafael, yo me voy a ir ahora, siento mucho lo de tu mujer, pero no tengo tiempo para…

RAFAEL – No digas que no lo intenté por las buenas.

ADOLFO – ¿Pero qué dices?

Rafael se llevó la mano a la espalda, a la altura de la cintura, y al traerla de nuevo al frente, Adolfo pudo ver que llevaba agarrada una pistola. A los tres ocupantes del coche se les heló la sangre al instante. Tan aturdidos como estaban pensando en el posible encuentro con uno de esos seres, lo último que hubieran pensado era que su vecino de toda la vida, que tantos domingos les había invitado a barbacoas junto a su esposa, ahora estuviese amenazando sus vidas de ese modo tan mezquino. Este era un mundo de locos, y esa absurda situación no hacía más que demostrarlo. Ahora ya todo parecía carecer de sentido, y al primar la supervivencia de uno y de sus seres queridos, la vida ajena pasaba a ser algo sin valor.

Adolfo se preguntó si él mismo hubiera hecho igual en esa situación, y la respuesta fue tan rápida y contundente, que no le agradó ni una pizca, sin embargo, le convenció para tomar una decisión drástica. Guiado por una fuerza instintiva, optó por la huida. No podía permitirse dejar indefensas a su mujer e hija, y al fin y al cabo, al que estaba apuntando era a él. Sin tener tiempo de reflexionar, apretó a fondo el acelerador y el coche salió disparado. Rafael les miró alejarse, bajando lentamente la pistola, con una expresión de vergüenza y angustia en la cara.

La pistola estaba vacía; llevaba así ya dos días. Llevaba así desde que Rafael friese a balazos, devolviendo al infierno al demonio que había mordido a su mujer, el demonio que había hecho que ahora ella se debatiese entre la vida y la muerte, postrada en su cama, el que le había llevado a ese extremo de degradación moral. Creyó que podría utilizarla para intimidar a su vecino, con la ingenua intención de llevar a su mujer al hospital y encontrar ahí la cura para su mal, aunque sabía a ciencia cierta qué era lo que aquejaba a su mujer, y cual sería el fatal desenlace.

Adolfo guió el coche todo lo lejos y todo lo rápido que pudo de su vecino, todavía temiendo la llegada del primer disparo, sorprendido al no oír ninguna detonación con el paso de los segundos. Tanto él como su mujer estaban demasiado concentrados en la huída para fijarse en lo que estaba ocurriendo en la calle, pero Zoe lo vio todo por la luna trasera. El hombre que minutos antes tirase la papelera al suelo, apareció sin avisar tras el portón del jardín de otro vecino. Rafael no lo vio, pues lo tenía de espaldas. Ese ser corrió hacia Rafael, Zoe sintió la necesidad de advertirle, pero ya estaban demasiado lejos para eso.

En el último momento antes de que girasen la esquina y la escena quedase tapada por otra de las vallas, Zoe pudo ver como Rafael se giraba, alertado por el ruido de ese ser, y comenzaba a correr en otra dirección. Para ellos, ahora lo peor parecía haber pasado. Zoe se giró para mirar de nuevo hacia adelante, y comprobar con sus propios ojos cual era el estado en el que se encontraba su vecindario, lo cual no hizo más que acrecentar su ansiedad. Adolfo continuó la marcha, ahora ya a buena velocidad, convencido a no detenerse bajo ninguna circunstancia hasta que llegasen a su destino.

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1×018 – Huida

Publicado: 24/03/2011 en Al otro lado de la vida

II. ZOE

Huérfana

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Residencia de la familia Peña

16 de septiembre de 2008

La alarma de un coche sonaba de fondo, incansable desde hacía ya varias horas en esa calurosa tarde de verano. Ahora todo parecía tranquilo, pero habían pasado ya por demasiado y la decisión era irrevocable; se irían de esa ciudad maldita para no volver jamás. Zoe estaba sobre el sofá, mirando la calle a través de la cortina. Sus padres iban de un lado para otro, acabando de rellenar la última  maleta, sabiendo que lo que no cogieran ahora jamás lo volverían a ver. Uno de ellos apareció por la calle, corriendo sin rumbo, se chocó contra una papelera y volcó su contenido en el suelo. Acto seguido se agachó y comenzó a husmear en la basura, llevándose de vez en cuando algo a la boca, para luego escupirlo.

Zoe dejó caer la cortina y dio media vuelta. Su padre descansaba sentado en una silla del comedor, mirándola con una expresión de claro pesar en la cara. Su madre luchaba con una gran maleta, tratando de cerrarla después de haber metido demasiada ropa dentro. Adolfo le ayudó y acabaron cerrándola. La agarró, y la llevó hasta la puerta de entrada, respirando agitadamente. Fuera sonó un grito, y los tres se giraron instintivamente hacia la ventana. Adolfo corrió al segundo piso en busca de algo y Paola anduvo hacia su hija, mientras ésta la miraba sin poder evitar demostrar el miedo que tenía.

PAOLA – Ahora nos iremos de la ciudad, a un lugar donde no hay ninguna de esas personas enfermas. Cuando lleguemos ya no habrá nada que temer, hija.

Zoe miraba a su madre en silencio, con la boca cerrada y apenas sin parpadear. Desde que empezasen los primeros alborotos, Zoe se había mostrado temerosa, pero se amparaba en el silencio y la quietud, mas que mostrar su pánico de una manera más activa. De hecho, no había llorado ni una vez, ni cuando había recibido la trágica noticia de la muerte de sus abuelos un par de días antes. Estaba demasiado sobrepasada por la situación como para enterarse bien de lo que ocurría, y el miedo no le permitía abrirse. Su madre leyó todo eso en sus ojos, y sintió una vez más una gran impotencia, mientras rogaba al cielo que con su huida del país se acabase esa pesadilla.

PAOLA –  Ya verás como todo saldrá bien.

Paola besó en la frente a su única hija, y la abrazó con todas sus fuerzas, estrujándola contra sí, notando que de ese modo la podía proteger y que así conseguiría que jamás le pasase nada malo. Adolfo bajó las escaleras a toda prisa, con un maletín negro. Miró a las dos mujeres de su vida, y corrió de vuelta hacia la puerta.

ADOLFO – Tenemos que irnos.

PAOLA – Si.

Paola se levantó, y se acercó a Adolfo para hablar con él.

PAOLA – ¿Está todo?

ADOLFO – Si… Espero que sea suficiente.

PAOLA – ¿Cuanto…?

ADOLFO – Catorce mil.

Paola miró el maletín, bajó la mirada, y se esforzó por mostrar una cara serena cuando se dirigió de nuevo a su hija.

PAOLA – Nos vamos ya. Ve a ver si tienes algo más que coger de tu cuarto, y en cuanto vuelvas, nos iremos.

Zoe la miró, con la acostumbrada mirada inexpresiva que tanto le dolía a su madre. Quedó quieta unos segundos, y acabó levantándose. Se dirigió a su cuarto, aún con la idea de que no volvería a entrar en el jamás. Abrió la puerta suavemente, oyendo su gruñido característico, y se encontró en una habitación que poco tenía que ver con la que ella recordaba. La luz se filtraba entre las rendijas que dejaban los tableros de madera que su padre había clavado días antes. Esa era la única luz de la que disponía, pues hacía ya un par de días que habían cortado el suministro eléctrico.

La sola visión de su cuarto muerto, al igual que lo estaba el hombre que se había chocado contra la papelera, le hizo erizar el vello de los brazos. No quería estar ahí, le daba miedo entrar en su propio cuarto, tenía miedo que uno de ellos apareciese entre las sombras para llevársela, al igual que habían hecho con los abuelos, de modo que volvió al salón con las manos vacías. Ahí la estaban esperando sus padres. Adolfo respiró hondo y quitó el seguro de la puerta. Paola le miró y él le devolvió la mirada, entonces la abrió.

ADOLFO – Zoe, ven con papá.

Zoe se acercó sumisa a su padre, y éste la agarró en brazos, pese a que ella ya era mayor para eso. Se disponía a agarrar la maleta con el izquierdo cuando Paola posó su mano sobre la suya, y le señaló el maletín con la mirada. Adolfo le hizo caso, y agarró el maletín al tiempo que ella cogía la maleta. El resto de maletas ya descansaban en el coche, que estaba estratégicamente aparcado haciendo de barricada frente a la puerta. Paola corrió hacia el maletero y metió la enorme maleta, al tiempo que Adolfo abría las puertas delanteras e invitaba a Zoe a que se sentase en el lugar del copiloto.

Sonó el portazo del maletero al cerrarse, y antes de darse cuenta ya estaban los tres dentro. Zoe estaba sentada sobre el regazo de su madre, y Adolfo iba de conductor. Posó la frente sobre el volante, y respiró hondo de nuevo. Colocó la llave en el contacto y tras un par de intentos que de poco acaban con la poca serenidad que le quedaba, consiguió finalmente arrancar y guió el coche hacia el portón de entrada. Tras dejar el coche encarado al portón, y a sabiendas de que con el mando a distancia no lo abriría jamás, puesto que no había luz, bajó del coche. Paola le miró con miedo, viendo como arrastraba la enorme puerta metálica sin dejar de mirar la calle, por la que no pasaba nadie en ese momento. Cuando el portón estuvo suficientemente abierto, Adolfo corrió de nuevo al coche, y lo puso en movimiento, totalmente ignorante de lo que les estaba a punto de ocurrir.