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1×024 – Terminal

Publicado: 25/03/2011 en Al otro lado de la vida

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Residencia de la familia Peña

23 de septiembre de 2008

Había pasado una larga semana desde que volvieran a casa después del fracaso que había resultado su intento de encontrar un destino mejor. Los primeros días fueron bastante esperanzadores, pues Paola enseguida se recuperó de las heridas y los rasguños, incluso la mordedura del brazo se le curó a una velocidad asombrosa. Todo parecía en regla, e incluso habían empezado a hacer ambiciosos planes en búsqueda de un lugar más seguro al que dirigirse, pues el barrio estaba cada vez más poblado por esos seres, que insistían en golpear puertas y ventanas por las noches al ver luz en el interior.

Todo cambió a partir del tercer día. Paola comenzó a tener jaquecas cada vez más intensas, perdió el apetito y se le disparó la fiebre. El cuarto día la situación se tornó más drástica, y lo tuvo que pasar en cama. Ambos sabían a qué era debido, pero evitaban a toda costa hacer referencia a ello, pues no se les antojaba idea más desesperanzadora que eso, ya que sabían que sería tan solo cuestión de tiempo que sobreviniera la tragedia. Adolfo se volcó en el cuidado de su esposa, y Zoe pasaba la mayor parte del tiempo en el desván, pues su padre no quería que estuviese mucho tiempo junto a Paola por miedo a que ella también pudiese enfermar como su madre.

La niña había conseguido serenarse bastante, después de volver a un entorno que reconocía como seguro. Su padre le había prohibido mirar por las ventanas, de hecho todas, incluidas las de la planta superior, tenían las persianas corridas, dejando tan solo unas rendijas de luz que conferían a las habitaciones un aura diferente, que no resultaba temible. Estaba deseando que llegase el momento del día en el que su padre le permitiera pasar un rato con su madre, y cuando éste llegaba, ella amenizaba la lenta agonía de su progenitora, y le hacía olvidar por un rato todos los males que se cernían sobre ellos.

Los días se habían ido sucediendo, y Paola no había hecho más que empeorar. Ahora pasaba la mayor parte del tiempo dormitando tumbada en la cama, lo que no hacía más que acrecentar los temores de Adolfo. Pese a las mil recomendaciones que habían oído por la radio y por la televisión, ninguno de los dos había querido asumir cual sería el destino de la enferma, y no habían tomado medidas drásticas al respecto, mas que la de mantener a Zoe lejos de su madre por lo que pudiera ocurrir. Ella era todo lo que les preocupaba a esas alturas de la película.

Paola no se había planteado el suicidio, que en este caso sería más bien una eutanasia dado el intenso dolor que la asolaba. Y Adolfo jamás habría pensado en abandonarla a su suerte, o acabar por las malas con su sufrimiento. Era tanto el amor que sentía por ella, que llegó a cegarle, hasta el punto de exponerse a si mismo, y lo que era peor, a su propia hija. Se limitaron a dejar pasar el tiempo, a dejarlo todo en manos del destino. La niña no hacía muchas preguntas, pues sabía que las respuestas le dolerían tanto a ella como a sus padres.

Llegado el séptimo día, todo apuntaba que se trataría del último que pasaría Paola entre los vivos. Adolfo lo sabía, y ella también. Viendo la cercanía del desenlace de su vida, Paola quiso disfrutar por última vez de la compañía del fruto de su vientre. La niña había estado insistiendo todo el día que quería ver a su madre, y había llegado a discutir con su padre por ello. A Adolfo tan solo le movía el miedo de que le pudiese pasar algo a su hija, pero al final había acabado accediendo, con la condición de estar junto a ellos en todo momento, por si ocurriese cualquier cosa. Ahora Paola descansaba en la cama, respirando dificultosamente. Zoe y su padre estaban frente a la habitación de la enferma.

ADOLFO – Serán solo cinco minutos. Mamá está muy malita, y necesita descansar para recuperarse.

Zoe asintió, y el padre abrió del todo la puerta del dormitorio. Ahí dentro se respiraba un ambiente muy cargado, y hacía bastante calor. La visión tampoco era muy esperanzadora. Paola dormía en la cama, iluminada por los rayos de luz matutina que se filtraban por la ventana. Adolfo se quedó en la puerta, y Zoe entró al cuarto. Ahora estaba asustada, se sentía incómoda y su mayor miedo era el de que su madre hubiera perdido la vida. Su respiración era muy leve y al permanecer inmóvil, con esa cara tan pálida, daba la sensación de que así fuera.

Se acercó lentamente hacia un costado de la cama y su madre no tardó en entreabrir los ojos al notar las pisadas en el suelo de madera. Zoe, cuando vio que su madre esbozaba una sonrisa al verla, se animó un poco más y corrió a encontrarse con ella. Se sentó junto a la cama, en una silla que había traído Adolfo, y ambas se quedaron en silencio, simplemente mirándose, sin saber qué decir. A Paola se le rompía el alma de pensar que jamás podría volver a ver a su hija, y cuan grande sería el impacto que tendría su muerte en su pequeña.

PAOLA – Zoe, cariño…

Paola comenzó a toser, mostrando una mueca de dolor en cada nueva sacudida. La tos se tornó en una extraña convulsión, y sobrevino la primera arcada.

ZOE – ¿Mamá?

Adolfo entró a toda prisa, a tiempo de ver como Paola se giraba rápidamente y vomitaba abundante sangre sobre la colcha.

ADOLFO – Sal de la habitación, Zoe.

Zoe se había levantado de la silla, y miraba a su madre, con el corazón en un puño. Su padre enseguida se reunió con ella.

ADOLFO – ¡Que salgas te digo! ¡Y cierra la puerta!

Zoe titubeó un momento, pero acabó acatando la orden de su padre. Salió de la habitación sin dejar de mirar a su madre, que seguía tosiendo, con la boca chorreando sangre, y por un momento creyó ver en ella a uno de esos engendros del averno.

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Frente al aeropuerto internacional de Sheol

16 de septiembre de 2008

Adolfo se arrodilló junto a su esposa, que le miraba con una leve sonrisa, tratando de quitar hierro al duro golpe que acababa de recibir. Le cogió la mano y observó detenidamente la herida de la muñeca. No parecía muy grave, y ahora apenas sangraba, pero eso no le quitaba importancia, pues la había hecho uno de esos monstruos, y solo Dios sabría la cantidad de gérmenes que podría tener en su saliva. El resto de las heridas parecían peores. Daba la impresión que le hubiese pasado por encima un ejército entero, y en cierto modo así había sido. Ahora a Paola bien poco le importaban sus heridas o el mordisco, había otra cosa que hipotecaba al cien por ciento su cabeza.

PAOLA – ¿Dónde está Zoe?

ADOLFO – Tranquila, ella está bien. Está a salvo con una gente que nos ha ayudado. Ahora lo que me preocupa es como estás tú.

PAOLA – He tenido días mejores.

ADOLFO – Pero… ¿Qué te ha pasado?

PAOLA – Un bruto me empujó y caí al suelo. Se me resbaló la mano de Zoe con uno de los empujones, y traté de buscarla, de buscaros, pero enseguida empezó a pasarme por encima un montón de gente.

ADOLFO – Maldita sea. ¿Y esto?

Adolfo señaló el mordisco. Paola se lo acercó a la cara para verlo mejor, e hizo una mueca de dolor. Su marido la observaba en silencio, sin saber qué hacer o qué decir.

PAOLA – Cuando se despejó esto un poco, me levanté, y me encontré de bruces con uno de esos…

ADOLFO – ¿Al que mató aquel hombre?

PAOLA – Si… Lástima que lo hiciese después de que me mordiera.

ADOLFO – ¿Pero como lo hizo?

PAOLA – Me estaba levantando y se abalanzó sobre mí, traté de zafarme pero tenía mucha fuerza. Estaba tratando de morderme en el cuello, y yo puse el brazo en medio para que no lo hiciese, pero así solo conseguí que me mordiese en el brazo. Luego vino ese hombre y lo atrajo hacia sí y le disparó…

ADOLFO – Tenemos que volver a casa a curarte esto.

PAOLA – Pero…

ADOLFO – Cállate. Haz el favor de callarte. No digas nada.

Ambos sabían muy bien que Paola no se recuperaría. Lo habían escuchado docenas de veces por la televisión, antes de que dejaran de emitir. Las mordeduras o el contacto con la sangre de esos seres resultaba fatal en la enorme mayoría de los casos, y éste no tenía porque ser diferente. Adolfo quería convencerse de lo contrario, quería creer que curando las heridas su mujer ella recuperaría la salud y volvería a ser la de antes, pero esa era una posibilidad demasiado remota y había que comenzar a asumir la cruda realidad. En cualquiera de los casos, su sueño de ir a un lugar mejor se había truncado, al menos por el momento. Ahora la prioridad era que Paola se recuperase, si es que eso era posible.

Ambos sintieron una enorme rabia al ver en qué había desembocado su ambiciosa misión. Se dijeron que no podría haber resultado peor, pero ambos sabían que eso no era cierto. Zoe seguía sana como una manzana, y eso era lo que más les preocupaba a ambos por ahora. Sonaban voces alrededor, de gente en situación similar a la de Paola, que pedían ayuda al aire. Hicieron oídos sordos; no podrían ayudarles a todos. Eso aún les hizo sentirse más ruines, pues sabían que se irían sin socorrer a nadie. De lo contrario podría llegar otro de esos monstruos y acabar de destrozar todo en lo que se amparaban para seguir luchando.

ADOLFO – Tenemos que volver a casa a curarte eso.

PAOLA – Yo…

ADOLFO – No digas nada, cariño.

PAOLA – ¿No prefieres que vayamos a otro sitio…?

ADOLFO – Tú misma lo dijiste, no hay ningún lugar seguro. En casa estaremos bien, hasta que te cures. Luego… ya pensaremos en algo.

Adolfo notó que alguien le estiraba de la manga. Al volverse, vio que Zoe le miraba, tratando de alejar la mirada de su madre, pues le resultaba muy difícil digerir lo que le había pasado. Llevaba el maletín negro que Adolfo había soltado en cuanto comenzó la estampida. Momentos antes, la mujer y el chico de la furgoneta, que eran madre e hijo, los últimos supervivientes de su familia, la habían traído cerca de su padre para luego devolverse a su coche y dar media vuelta. Habían preferido no entrometerse más, al ver como estaba la madre de la niña, asegurándose no obstante que ésta estuviera a salvo en todo momento. Ahora estaban ya muy lejos de ahí.

Zoe se había despedido de ellos simplemente con un gesto de su mano, pues no había abierto la boca en todo el día. Al ver a su padre junto a su madre herida, había sentido la necesidad de alejarse, y al ver en el maletín una excusa para hacerlo, había ido en su busca. Lo había reconocido en el suelo, no muy lejos de ahí, y se lo había traído. Adolfo lo miró y miró la cara inexpresiva y seria de su hija. Ahora de bien poco le serviría todo ese dinero. Ni todo el dinero del mundo podría paliar el dolor que habían sufrido y que de bien seguro seguirían sufriendo.

ADOLFO – Da igual, hija. Eso ya no tiene importancia. Ahora tenemos que volver a casa a cuidar de mamá.

Zoe asintió, y volvió a dejar el maletín en el suelo, doblando ligeramente las rodillas. Se acercó a su padre, y se mantuvo a su lado mientras él agarraba en brazos a su madre, y la llevaba de vuelta al coche. En el camino de vuelta tuvieron que ir sorteando a los heridos, luego ir zigzagueando entre los coches de igual modo que lo hicieran al ir. Pero había una diferencia considerable entre ese momento y el actual, pues ahora estaban prácticamente todos los coches vacíos. Durante el camino, hubo un momento en el que Paola reconoció el coche en el que llevaban a aquella mujer anciana y enferma. Los cristales estaban tintados de rojo, y de su interior salía un extraño murmullo que hizo que Adolfo se apartase y acelerase el paso. Poco más tarde llegaron de nuevo al coche y tomaron asiento, en silencio. La vuelta a casa se llevó a cabo sin ningún incidente.

1×022 – Quietud

Publicado: 25/03/2011 en Al otro lado de la vida

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Frente al aeropuerto internacional de Sheol

16 de septiembre de 2008

Gritó una y otra vez el nombre de su esposa, pero sus chillidos se ahogaron entre los demás gritos de pánico que se repetían por doquier en todas direcciones. Sin soltar por nada del mundo a su hija, Adolfo trató de abrirse paso entre la muchedumbre, intentando encontrar a Paola, cada vez más asustado, pero tanto él como Zoe fueron arrastrados por la marea humana, sin poder ni tan siquiera ofrecer resistencia. Ahora lo único que les quedaba era tratar de mantenerse en pie, pues si tropezaban y caían, les pasarían por encima docenas de personas, al igual que ellos mismos habían notado en más de una ocasión algo blando bajo sus pies.

La corriente les acabó arrastrando hasta una vieja furgoneta de un verde pálido, que afortunadamente hizo de freno y permitió a padre e hija dejar de retroceder. Adolfo no se lo pensó dos veces; agarró a su hija de la cintura y la subió sobre el capó de la furgoneta, para evitar de ese modo que la niña siguiera recibiendo codazos y empujones, tratando de ponerla a cubierto para poder él así buscar a su esposa. Entonces un par de manos emergieron de encima del vehículo y cogieron a Zoe de los brazos, llevándosela consigo arriba del todo de la furgoneta.

Adolfo vio como una mujer de unos cincuenta años y un chico de unos veinte asomaban su cabeza, a la que enseguida se le sumó la de Zoe. Se habían subido ahí para resguardarse de la estampida, y quien sabe,  tal vez también de quien la había propiciado. El chico joven ofreció su mano al padre de Zoe, para que él también subiese ahí arriba, pero la rechazó. Le dijo a gritos que tenía que buscar a su esposa, que por favor cuidasen de su hija. Pese a no oír ni una palabra, el chico acabó mostrando su pulgar hacia arriba, lo que dio vía libre a Adolfo para seguir con su acometido.

Lo último que vio antes de continuar su frenética búsqueda, fue a su hija rompiendo en llanto, oteando desde ahí arriba en todas direcciones en busca de su madre. Adolfo había comenzado a abrirse paso en contra dirección entre la gente que todavía huía, gritando una y otra vez el nombre de su esposa, cuando sonó el primer disparo. Esto no hizo más que aumentar la tensión del ambiente, e incitar a correr más a los que todavía huían. Afortunadamente cada vez eran menos, pues la mayoría de ellos ya habían vuelto a sus coches para resguardarse, o bien habían continuado corriendo, tan solo alejándose del problema sin mirar atrás.

El primer disparo fue precedido por un par más, y luego, progresivamente, todo pareció volver a la normalidad. Poco a poco la cantidad de gente con la que se encontraba Adolfo en su camino iba menguando, hasta que tan solo quedaron algunos rezagados, la mayoría ancianos, que se movían lentamente pero con decisión. Adolfo no perdía de vista a Zoe, que permanecía de pie sobre la furgoneta, custodiada por la mujer y el chico. Enseguida todo volvió a quedar en silencio, dejando la situación de frenesí que habían vivido minutos antes en poco más que un recuerdo borroso.

Ahora se presentaba frente a él un espectáculo difícil de digerir. Quitando algunos coches, todos coronados por gente en lo alto, mirando en todas direcciones para asegurarse de que bajar resultaría seguro, y más de una moto tirada por el suelo, el resto del camino estaba plagado de gente pisoteada que luchaba por sobrevivir a los pisotones y los golpes que habían recibido durante la estampida. Adolfo se movió de un lado a otro, cada vez más asustado, pensando que su mujer podría ser uno de ellos, rezando por encontrarla sana y salva sobre alguno de los coches. Pero no había rastro alguno de Paola; parecía que se la había tragado la tierra.

Caminó sin un rumbo determinado, dejando atrás a docenas de personas que pedían su ayuda desde sus posiciones tirados en el suelo; otras no habían corrido la misma suerte, y habían perdido la vida. Hizo un esfuerzo por no escucharles, por pasar de largo sin atenderles, pues ahora tenía otras prioridades, y comenzó a sentirse como su vecino. Ahora que la vida de su esposa parecía peligrar, todo lo demás carecía de importancia, y él mismo estaría dispuesto a pasar por encima de quien fuese necesario para recuperarla sana y salva. Un par de disparos más le hicieron cambiar de rumbo, en la dirección de las detonaciones, sin saber muy bien porqué.

Un hombre sostenía su pistola aún humeante frente al cuerpo ya sin vida de uno de esos demonios. La cabeza de ese ser ahora no era más que un amasijo de carne y astillas del cráneo, que se desperdigaban unos metros más allá, en la dirección del disparo. Ese hombre se enfundó de nuevo el arma, y continuó su camino como si nada hubiese pasado, con una expresión seria en la cara, sin tan siquiera dirigirle la mirada, ni cuando se cruzó junto a él. Adolfo calculó que ya se encontraría a la altura donde había visto a Paola por última vez, y algo le hizo dirigirse hacia el cadáver ya sin vida del resucitado.

No tendría más de veinte años, no era más que un chico. Nada de lo que hubiera hecho en su vida justificaba tal desenlace de la misma. Sintió una mezcla de lástima y odio, pues de bien seguro se había llevado muchas vidas por delante antes de volver a perder la suya. Resultaba muy difícil la empatía para con un ser cuyo único objetivo en su vida, si es que podía denominársela así, era el de destrozar la mayor cantidad de vidas ajenas que pudiese. De todos modos, ese ya no volvería a molestar a nadie; por fin descansaría eternamente, para no volver jamás. Entonces Adolfo escuchó una voz apagada a unos veinte metros a la derecha.

Se trataba de una voz familiar, que le heló la sangre. Al girarse, vio a lo lejos a su esposa, tirada en el suelo como uno más de los que habían caído durante la estampida. Su primera reacción fue de alegría, pero a medida que se acercaba, ésta se fue tornando en pesar. Parecía haber salido bastante mal parada con la caída, y haber sido pisada por docenas de personas. Tenía la nariz rota y magulladuras por todo el cuerpo. Sin embargo eso no fue lo que más preocupó a Adolfo; había algo muchísimo peor. A la altura de la muñeca, en su brazo derecho, se veía claramente la marca de un mordisco que se había llevado parte de la carne.

1×021 – Gritos

Publicado: 25/03/2011 en Al otro lado de la vida

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A 6 kilómetros del aeropuerto internacional de Sheol

16 de septiembre de 2008

Adolfo se encontró acribillado por las miradas de su hija y de su esposa, que parecían recriminarle su decisión. No le gustaba la sensación de que toda la responsabilidad recayese sobre él. Ninguno de ellos sabía lo que podía ocurrir tanto si decidían seguir adelante como si daban media vuelta; cualquier decisión sería igualmente un salto de fe, cuyas consecuencias eran poco menos que imprevisibles, a la par que desesperanzadoras. Puso punto muerto y dio media vuelta a la llave, acallando definitivamente el motor del coche. Respiró hondo de nuevo y abrió su puerta, dejando entrar la agradable brisa de la tarde al interior del vehículo.

Una vez fuera, maletín en mano, echó un vistazo a Paola, que aún se resistía a salir. Estaba asustada, y empezaba a arrepentirse de la decisión que había obligado a tomar a su marido. No hubiera deseado tener que hacerlo, y hasta ella misma dudaba que fuese la mejor idea, pero ya era tarde para arrepentirse. Cuando Adolfo estaba a punto de decirle algo, ella misma abrió su puerta y salió, acompañada de Zoe. Ambos cerraron las puertas, y los tres se congregaron frente al coche, mirando con curiosidad alrededor. Dejando de lado el bullicio de gritos y bocinazos que sonaban por doquier, en poco se diferenciaba eso de un atasco. Un atasco enorme, el mayor jamás presenciado, pero nada que hiciese pensar que por ahí hubiese muertos en vida que tratasen de comerse a la gente. Comenzaron su peregrinaje hacia un destino mejor.

A medida que iban avanzando, se encontraban con las miradas de los moradores de los coches que dejaban atrás. Les observaban sin decir nada, resguardados de todo dentro de sus pequeños cubículos acristalados. Asustados, angustiados y agobiados, se limitaban a odiarles, a despreciarles por competir con ellos por el destino, por obligarles a renunciar a sus anhelos al sumarse a tan desmesurada competencia. Un par de coches más llegaron atrás del todo de la cola, aparcándose a lado y lado del coche de la familia Peña. Uno de sus ocupantes, salió del vehículo y se subió al capó, para luego otear con la mirada ayudándose de una mano que hacía de visera al sol, para ver el infinito gusano metálico que se erguía frente a ellos.

Zoe iba cogida de la mano de su padre, y Paola iba en la retaguardia. No paraban de mirar en todas direcciones, esperando la inminente llegada de uno de ellos, que pusiese de nuevo en jaque su supervivencia. Pero ese momento parecía resistirse a llegar. Paola se quedó mirando dentro de un monovolúmen a una mujer anciana que parecía enormemente enferma. Estaba custodiada por un hombre y un chico joven, que le asían con delicadeza las manos, acompañándola en sus últimos momentos. Un fuerte ruido se fue materializando a sus espaldas, y la hizo dar media vuelta, a tiempo de ver pasar una moto ocupada por un par de chicos jóvenes. La moto pasó junto a ellos, y les hizo apartarse con un bocinazo largo. Adolfo atrajo a Zoe hacia sí, evitando de ese modo que le diesen un golpe. Iban como locos sorteando los coches, y parecían estar divirtiéndose.

A medida que se iban alejando del punto de partida, la cantidad de coches iba menguando, y cada vez costaba más encontrar alguno que estuviese ocupado. En cierto modo era lógico, pues esos coches se encontraban inmovilizados por todos los flancos, y la tarea de apartar a los demás coches para dejarles paso, parecía poco menos que imposible, pues ahí había cientos y cientos de coches puestos en fila. Del mismo modo que cada vez había más lugar para caminar, con menor densidad de coches, a medida que avanzaban se encontraban con más peregrinos como ellos, que caminaban en dirección al aeropuerto, sin dignarse a dirigirles ni la palabra ni una triste mirada, demasiado absortos en sus propios problemas.

Tras media hora larga de camino, acabaron sorteando finalmente todos los coches, llegando incluso hasta a ver el enorme recinto del aeropuerto. El acceso parecía que sería una misión imposible, pues la marabunta de coches había sido sustituida por una marabunta de personas. Cada vez resultaba más difícil caminar, entre tanto gentío que se había acumulado. Todos tenían en la cabeza la misma idea; la de que siendo tantas personas, no habría plazas para todos, y eso aún les incitaba más a empujarse unos a otros para conseguir llegar más lejos. Ninguno se había querido plantear seriamente todavía la posibilidad de que no hubiese ningún avión disponible. No obstante, la idea les rondaba la cabeza y les martirizaba por su rotunda evidencia.

Llegó un momento en el que la densidad de personas era tan excesiva, que hasta les costaba verse entre ellos. Zoe tenía una de sus manos agarrada a su padre, y la otra a su madre; ninguno de ellos la soltaría por nada del mundo. Avanzar parecía una tarea imposible ya, y cada vez se agolpaba más gente tras ellos, de modo que pronto también resultaría imposible dar marcha atrás. Llegados a ese momento, tanto Adolfo como Paola empezaron a plantearse seriamente la posibilidad de abandonar. Ahí no conseguirían nada; había demasiada gente, y ellos estaban demasiado atrás en la cola para poder conseguir una plaza en el vuelo hacia la salvación.

Tan solo una mirada bastó para que ambos comprendiesen lo que había en la cabeza del otro. La mirada se prolongó durante unos instantes, y Paola acabó bajando la cabeza, asumiendo la derrota. La decisión estaba tomada, por mucho que a ambos les doliera en el alma, de modo que había que dar el siguiente paso. Cuando se disponían a dar media vuelta, comenzaron los gritos. Demasiada gente; gente demasiado asustada. Los gritos provenían del aeropuerto, y se propagaron a una velocidad alarmante en dirección a ellos. Enseguida comenzó la estampida humana; un par de infectados que danzaban por dentro del recinto, habían visto el enorme buffet libre que había en la entrada, y habían decidido tomar un tentempié.

La gente comenzó a volver hacia sus coches, asustados, temiendo ser el blanco de alguno de esos monstruos, empujándose unos a otros sin pensar más que en si mismos, pasando por encima de más de uno en su frenético camino. Todo ocurrió demasiado deprisa para que tuvieran tiempo de enterarse. Zoe comenzó a llamar a gritos a su madre, con la expresión del más puro pánico en su rostro. Adolfo vio que su esposa ya no sostenía la mano de su hija, y trató de buscarla con la mirada, igualmente angustiado. Siendo golpeado una y otra vez por los que luchaban por hacerse paso huyendo de la pesadilla, agarró frente a sí con ambos brazos a su hija, evitando de ese modo que también se la llevaran a ella por delante, buscando frenéticamente con la mirada a su esposa, pero sin éxito.

1×020 – Realidad

Publicado: 25/03/2011 en Al otro lado de la vida

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De camino al aeropuerto internacional de Sheol

16 de septiembre de 2008

No tardaron mucho en llegar a la carretera de salida, pero el camino no fue especialmente fácil. Por todos lados se encontraba la huella del destino fatídico que había sobrevenido a esa hasta entonces apacible ciudad. Dispersos por el suelo, la mayoría de ellos sobre la propia calzada de modo que obligaban a Adolfo a esquivarlos, se encontraban cadáveres de varias personas que habían corrido menos suerte que ellos, o  tal vez todo lo contrario. La mayoría eran ya irreconocibles, después de haber servido de alimento a varias docenas de ellos, y se encontraban rodeados de una gran mancha de sangre seca en el asfalto. Todo resultaba tenebroso, todo aparentemente en quietud absoluta; las casas cerradas a cal y canto, las calles libres de coches, todo fantasmagóricamente tranquilo.

Al incorporarse a la carretera, pasaron junto a una de las hogueras, apagada ya hacía días, en un solar que colindaba con la calle. Docenas de cadáveres descansaban chamuscados en la gran montaña humana, y entre la maraña de carne negruzca, todavía se intuía el movimiento espasmódico de más de uno, que aún luchaba por sobrevivir, pese a que todos ellos llevaban largo rato muertos. Afortunadamente ya hacía mucho tiempo que Paola había atraído a Zoe hacia sí, evitando de ese modo que pudiese ver ese macabro espectáculo. Pero incluso la propia Paola se obligó a cerrar los ojos para serenarse en más de una ocasión.

Hasta llegar a mitad de camino al aeropuerto no se encontraron con nadie más por la carretera. Incluso había llegado un momento, alejados como estaban del centro de la ciudad, que creyeron encontrarse en un mundo normal, pues durante varios kilómetros sobrevino la imagen del mundo previo al inicio de la pandemia, donde lo único que le diferenciaba de éste, era la ausencia de compañía. Durante un corto período tiempo creyeron haber escapado de la pesadilla, pero eso enseguida acabó, cuando empezaron a oír los primeros bocinazos a lo lejos. Siguieron acercándose a su destino, viendo cada vez más cerca la fuente de tal jaleo, y enseguida comprendieron a qué era debido.

Ellos habían acabado optando por abandonar la ciudad, llegar al aeropuerto y sobornar a quien hiciera falta para conseguir un vuelo a cualquier lugar del mundo que fuese seguro. Esa había sido su fantástica idea, su tabla de salvación, el clavo ardiente al que aferrarse después de haber perdido toda esperanza. Pero tristemente no habían sido los únicos en tener esa idea. Cientos, sino miles de personas habían pensado lo mismo, y ahora la carretera estaba plagada de coches, llenos de gente con las mismas esperanzas, los mismos anhelos y el mismo miedo que ellos, igualmente dispuestos a hacer lo que fuera necesario para salir de ahí.

Lo que ninguno de ellos sabía, era que hacía ya varios días que el aeropuerto había quedado totalmente desierto. Ni un triste avión descansaba ya en las pistas, ningún piloto, al menos no ninguno vivo, se encontraba en las instalaciones, que habían sido debidamente clausuradas, aunque las puertas habían sido tiradas abajo por los ingenuos que creyeron que podrían encontrar lo que buscaban ahí dentro. Todos los aviones, avionetas y helicópteros habían partido para no volver jamás, y la mayoría de ellos habían acabado llegando a un lugar mucho más parecido al infierno que el lugar del que habían partido.

Todos los que habían llegado al aeropuerto antes que ellos, al menos los que habían sobrevivido, acabaron dando media vuelta, optando por conducir hacia cualquier otro lugar, a la búsqueda de un sitio mejor en el que comenzar una nueva vida. Muchos de ellos no encontraron más que la muerte, y la gran mayoría acabaron transformándose en aquello que tanto odiaban. Otros, todavía se encontraban en camino. Pero como hacía días que no disponían de ninguna fuente de información, la gente seguía yendo a los aeropuertos, con los corazones llenos de necia esperanza, puesto que tenían conocimiento que el resto de transportes llevaban largo tiempo fuera de servicio.

Aún ni se veía a lo lejos el aeropuerto cuando Adolfo tuvo que parar el coche, al encontrarse atrás del todo de una enorme caravana de más de seis kilómetros que no acababa hasta llegar al aeropuerto. Estaban ocupados tanto los carriles en ambas direcciones como los arcenes, de modo que el tapón era completamente infranqueable, al menos para los vehículos. Algunos de los coches estaban vacíos. Otros aún tenían en su interior a personajes altamente ansiosos, que no paraban de dar bocinazos, sin saber muy bien que esperaban conseguir con ello.

Zoe había vuelto a ponerse nerviosa con la agitación y las voces que sonaban a su alrededor, y se había abrazado más fuertemente a su madre, cerrando los ojos como si así fuera a cambiar algo. Sus padres se miraron, conscientes de que tenían que tomar una decisión llegados a ese punto. O bien daban media vuelta y volvían a casa, o cogían cualquier otro destino al azar, confiando que fuese mejor que de donde venían. Aunque también cabía la posibilidad de hacer lo mismo que habían hecho muchos de sus semejantes, abandonando sus coches para ir a pie hacia el aeropuerto, aprovechando que no se veía ninguno de ellos por los alrededores.

ADOLFO – ¿Qué hago ahora?

PAOLA – ¿No puedes seguir?

ADOLFO – Es imposible continuar, está todo el mundo parado y la carretera llena de coches. Tenemos que dar la vuelta.

PAOLA – ¡No!

ADOLFO – No puedo hacer otra cosa… Pensemos en otro lugar para ir, vayamos en coche. No tiene porque salir mal…

PAOLA – Vayamos donde vayamos todo va a ser igual, tenemos que salir del país, ir a otro lugar, a otro…

ADOLFO – No podemos llegar al aeropuerto desde aquí.

PAOLA – No en coche…

ADOLFO – ¿Qué insinúas?

PAOLA – Algo hay que hacer, Adolfo. No pienso volver a casa.

ADOLFO – No tenemos porque volver a casa, podemos ir… a otro lugar.

PAOLA – ¿Pero a donde? Está todo el país igual, ya lo viste en las noticias. Tenemos que intentarlo, ¿No ves que aquí no hay nadie?

ADOLFO – ¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo?

PAOLA – Tenemos que luchar, llegar hasta el final. No podemos abandonar ahora.

Adolfo miró a su esposa y tragó saliva. Ahora se encontraba en una encrucijada, pues en sus manos estaba el destino de su familia. Podía ser igualmente próspero o trágico decidiese dar media vuelta o continuar a pie el largo camino hacia el aeropuerto, de modo que acabó optando por hacer caso a su mujer, puesto que sabía de sobras que sería muy difícil si no imposible encontrar un lugar seguro en el que resguardarse.

ADOLFO – Venga, vayámonos antes de que me arrepienta.