1×020 – Realidad

Publicado: 25/03/2011 en Al otro lado de la vida

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De camino al aeropuerto internacional de Sheol

16 de septiembre de 2008

No tardaron mucho en llegar a la carretera de salida, pero el camino no fue especialmente fácil. Por todos lados se encontraba la huella del destino fatídico que había sobrevenido a esa hasta entonces apacible ciudad. Dispersos por el suelo, la mayoría de ellos sobre la propia calzada de modo que obligaban a Adolfo a esquivarlos, se encontraban cadáveres de varias personas que habían corrido menos suerte que ellos, o  tal vez todo lo contrario. La mayoría eran ya irreconocibles, después de haber servido de alimento a varias docenas de ellos, y se encontraban rodeados de una gran mancha de sangre seca en el asfalto. Todo resultaba tenebroso, todo aparentemente en quietud absoluta; las casas cerradas a cal y canto, las calles libres de coches, todo fantasmagóricamente tranquilo.

Al incorporarse a la carretera, pasaron junto a una de las hogueras, apagada ya hacía días, en un solar que colindaba con la calle. Docenas de cadáveres descansaban chamuscados en la gran montaña humana, y entre la maraña de carne negruzca, todavía se intuía el movimiento espasmódico de más de uno, que aún luchaba por sobrevivir, pese a que todos ellos llevaban largo rato muertos. Afortunadamente ya hacía mucho tiempo que Paola había atraído a Zoe hacia sí, evitando de ese modo que pudiese ver ese macabro espectáculo. Pero incluso la propia Paola se obligó a cerrar los ojos para serenarse en más de una ocasión.

Hasta llegar a mitad de camino al aeropuerto no se encontraron con nadie más por la carretera. Incluso había llegado un momento, alejados como estaban del centro de la ciudad, que creyeron encontrarse en un mundo normal, pues durante varios kilómetros sobrevino la imagen del mundo previo al inicio de la pandemia, donde lo único que le diferenciaba de éste, era la ausencia de compañía. Durante un corto período tiempo creyeron haber escapado de la pesadilla, pero eso enseguida acabó, cuando empezaron a oír los primeros bocinazos a lo lejos. Siguieron acercándose a su destino, viendo cada vez más cerca la fuente de tal jaleo, y enseguida comprendieron a qué era debido.

Ellos habían acabado optando por abandonar la ciudad, llegar al aeropuerto y sobornar a quien hiciera falta para conseguir un vuelo a cualquier lugar del mundo que fuese seguro. Esa había sido su fantástica idea, su tabla de salvación, el clavo ardiente al que aferrarse después de haber perdido toda esperanza. Pero tristemente no habían sido los únicos en tener esa idea. Cientos, sino miles de personas habían pensado lo mismo, y ahora la carretera estaba plagada de coches, llenos de gente con las mismas esperanzas, los mismos anhelos y el mismo miedo que ellos, igualmente dispuestos a hacer lo que fuera necesario para salir de ahí.

Lo que ninguno de ellos sabía, era que hacía ya varios días que el aeropuerto había quedado totalmente desierto. Ni un triste avión descansaba ya en las pistas, ningún piloto, al menos no ninguno vivo, se encontraba en las instalaciones, que habían sido debidamente clausuradas, aunque las puertas habían sido tiradas abajo por los ingenuos que creyeron que podrían encontrar lo que buscaban ahí dentro. Todos los aviones, avionetas y helicópteros habían partido para no volver jamás, y la mayoría de ellos habían acabado llegando a un lugar mucho más parecido al infierno que el lugar del que habían partido.

Todos los que habían llegado al aeropuerto antes que ellos, al menos los que habían sobrevivido, acabaron dando media vuelta, optando por conducir hacia cualquier otro lugar, a la búsqueda de un sitio mejor en el que comenzar una nueva vida. Muchos de ellos no encontraron más que la muerte, y la gran mayoría acabaron transformándose en aquello que tanto odiaban. Otros, todavía se encontraban en camino. Pero como hacía días que no disponían de ninguna fuente de información, la gente seguía yendo a los aeropuertos, con los corazones llenos de necia esperanza, puesto que tenían conocimiento que el resto de transportes llevaban largo tiempo fuera de servicio.

Aún ni se veía a lo lejos el aeropuerto cuando Adolfo tuvo que parar el coche, al encontrarse atrás del todo de una enorme caravana de más de seis kilómetros que no acababa hasta llegar al aeropuerto. Estaban ocupados tanto los carriles en ambas direcciones como los arcenes, de modo que el tapón era completamente infranqueable, al menos para los vehículos. Algunos de los coches estaban vacíos. Otros aún tenían en su interior a personajes altamente ansiosos, que no paraban de dar bocinazos, sin saber muy bien que esperaban conseguir con ello.

Zoe había vuelto a ponerse nerviosa con la agitación y las voces que sonaban a su alrededor, y se había abrazado más fuertemente a su madre, cerrando los ojos como si así fuera a cambiar algo. Sus padres se miraron, conscientes de que tenían que tomar una decisión llegados a ese punto. O bien daban media vuelta y volvían a casa, o cogían cualquier otro destino al azar, confiando que fuese mejor que de donde venían. Aunque también cabía la posibilidad de hacer lo mismo que habían hecho muchos de sus semejantes, abandonando sus coches para ir a pie hacia el aeropuerto, aprovechando que no se veía ninguno de ellos por los alrededores.

ADOLFO – ¿Qué hago ahora?

PAOLA – ¿No puedes seguir?

ADOLFO – Es imposible continuar, está todo el mundo parado y la carretera llena de coches. Tenemos que dar la vuelta.

PAOLA – ¡No!

ADOLFO – No puedo hacer otra cosa… Pensemos en otro lugar para ir, vayamos en coche. No tiene porque salir mal…

PAOLA – Vayamos donde vayamos todo va a ser igual, tenemos que salir del país, ir a otro lugar, a otro…

ADOLFO – No podemos llegar al aeropuerto desde aquí.

PAOLA – No en coche…

ADOLFO – ¿Qué insinúas?

PAOLA – Algo hay que hacer, Adolfo. No pienso volver a casa.

ADOLFO – No tenemos porque volver a casa, podemos ir… a otro lugar.

PAOLA – ¿Pero a donde? Está todo el país igual, ya lo viste en las noticias. Tenemos que intentarlo, ¿No ves que aquí no hay nadie?

ADOLFO – ¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo?

PAOLA – Tenemos que luchar, llegar hasta el final. No podemos abandonar ahora.

Adolfo miró a su esposa y tragó saliva. Ahora se encontraba en una encrucijada, pues en sus manos estaba el destino de su familia. Podía ser igualmente próspero o trágico decidiese dar media vuelta o continuar a pie el largo camino hacia el aeropuerto, de modo que acabó optando por hacer caso a su mujer, puesto que sabía de sobras que sería muy difícil si no imposible encontrar un lugar seguro en el que resguardarse.

ADOLFO – Venga, vayámonos antes de que me arrepienta.

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