1×021 – Gritos

Publicado: 25/03/2011 en Al otro lado de la vida

21

A 6 kilómetros del aeropuerto internacional de Sheol

16 de septiembre de 2008

Adolfo se encontró acribillado por las miradas de su hija y de su esposa, que parecían recriminarle su decisión. No le gustaba la sensación de que toda la responsabilidad recayese sobre él. Ninguno de ellos sabía lo que podía ocurrir tanto si decidían seguir adelante como si daban media vuelta; cualquier decisión sería igualmente un salto de fe, cuyas consecuencias eran poco menos que imprevisibles, a la par que desesperanzadoras. Puso punto muerto y dio media vuelta a la llave, acallando definitivamente el motor del coche. Respiró hondo de nuevo y abrió su puerta, dejando entrar la agradable brisa de la tarde al interior del vehículo.

Una vez fuera, maletín en mano, echó un vistazo a Paola, que aún se resistía a salir. Estaba asustada, y empezaba a arrepentirse de la decisión que había obligado a tomar a su marido. No hubiera deseado tener que hacerlo, y hasta ella misma dudaba que fuese la mejor idea, pero ya era tarde para arrepentirse. Cuando Adolfo estaba a punto de decirle algo, ella misma abrió su puerta y salió, acompañada de Zoe. Ambos cerraron las puertas, y los tres se congregaron frente al coche, mirando con curiosidad alrededor. Dejando de lado el bullicio de gritos y bocinazos que sonaban por doquier, en poco se diferenciaba eso de un atasco. Un atasco enorme, el mayor jamás presenciado, pero nada que hiciese pensar que por ahí hubiese muertos en vida que tratasen de comerse a la gente. Comenzaron su peregrinaje hacia un destino mejor.

A medida que iban avanzando, se encontraban con las miradas de los moradores de los coches que dejaban atrás. Les observaban sin decir nada, resguardados de todo dentro de sus pequeños cubículos acristalados. Asustados, angustiados y agobiados, se limitaban a odiarles, a despreciarles por competir con ellos por el destino, por obligarles a renunciar a sus anhelos al sumarse a tan desmesurada competencia. Un par de coches más llegaron atrás del todo de la cola, aparcándose a lado y lado del coche de la familia Peña. Uno de sus ocupantes, salió del vehículo y se subió al capó, para luego otear con la mirada ayudándose de una mano que hacía de visera al sol, para ver el infinito gusano metálico que se erguía frente a ellos.

Zoe iba cogida de la mano de su padre, y Paola iba en la retaguardia. No paraban de mirar en todas direcciones, esperando la inminente llegada de uno de ellos, que pusiese de nuevo en jaque su supervivencia. Pero ese momento parecía resistirse a llegar. Paola se quedó mirando dentro de un monovolúmen a una mujer anciana que parecía enormemente enferma. Estaba custodiada por un hombre y un chico joven, que le asían con delicadeza las manos, acompañándola en sus últimos momentos. Un fuerte ruido se fue materializando a sus espaldas, y la hizo dar media vuelta, a tiempo de ver pasar una moto ocupada por un par de chicos jóvenes. La moto pasó junto a ellos, y les hizo apartarse con un bocinazo largo. Adolfo atrajo a Zoe hacia sí, evitando de ese modo que le diesen un golpe. Iban como locos sorteando los coches, y parecían estar divirtiéndose.

A medida que se iban alejando del punto de partida, la cantidad de coches iba menguando, y cada vez costaba más encontrar alguno que estuviese ocupado. En cierto modo era lógico, pues esos coches se encontraban inmovilizados por todos los flancos, y la tarea de apartar a los demás coches para dejarles paso, parecía poco menos que imposible, pues ahí había cientos y cientos de coches puestos en fila. Del mismo modo que cada vez había más lugar para caminar, con menor densidad de coches, a medida que avanzaban se encontraban con más peregrinos como ellos, que caminaban en dirección al aeropuerto, sin dignarse a dirigirles ni la palabra ni una triste mirada, demasiado absortos en sus propios problemas.

Tras media hora larga de camino, acabaron sorteando finalmente todos los coches, llegando incluso hasta a ver el enorme recinto del aeropuerto. El acceso parecía que sería una misión imposible, pues la marabunta de coches había sido sustituida por una marabunta de personas. Cada vez resultaba más difícil caminar, entre tanto gentío que se había acumulado. Todos tenían en la cabeza la misma idea; la de que siendo tantas personas, no habría plazas para todos, y eso aún les incitaba más a empujarse unos a otros para conseguir llegar más lejos. Ninguno se había querido plantear seriamente todavía la posibilidad de que no hubiese ningún avión disponible. No obstante, la idea les rondaba la cabeza y les martirizaba por su rotunda evidencia.

Llegó un momento en el que la densidad de personas era tan excesiva, que hasta les costaba verse entre ellos. Zoe tenía una de sus manos agarrada a su padre, y la otra a su madre; ninguno de ellos la soltaría por nada del mundo. Avanzar parecía una tarea imposible ya, y cada vez se agolpaba más gente tras ellos, de modo que pronto también resultaría imposible dar marcha atrás. Llegados a ese momento, tanto Adolfo como Paola empezaron a plantearse seriamente la posibilidad de abandonar. Ahí no conseguirían nada; había demasiada gente, y ellos estaban demasiado atrás en la cola para poder conseguir una plaza en el vuelo hacia la salvación.

Tan solo una mirada bastó para que ambos comprendiesen lo que había en la cabeza del otro. La mirada se prolongó durante unos instantes, y Paola acabó bajando la cabeza, asumiendo la derrota. La decisión estaba tomada, por mucho que a ambos les doliera en el alma, de modo que había que dar el siguiente paso. Cuando se disponían a dar media vuelta, comenzaron los gritos. Demasiada gente; gente demasiado asustada. Los gritos provenían del aeropuerto, y se propagaron a una velocidad alarmante en dirección a ellos. Enseguida comenzó la estampida humana; un par de infectados que danzaban por dentro del recinto, habían visto el enorme buffet libre que había en la entrada, y habían decidido tomar un tentempié.

La gente comenzó a volver hacia sus coches, asustados, temiendo ser el blanco de alguno de esos monstruos, empujándose unos a otros sin pensar más que en si mismos, pasando por encima de más de uno en su frenético camino. Todo ocurrió demasiado deprisa para que tuvieran tiempo de enterarse. Zoe comenzó a llamar a gritos a su madre, con la expresión del más puro pánico en su rostro. Adolfo vio que su esposa ya no sostenía la mano de su hija, y trató de buscarla con la mirada, igualmente angustiado. Siendo golpeado una y otra vez por los que luchaban por hacerse paso huyendo de la pesadilla, agarró frente a sí con ambos brazos a su hija, evitando de ese modo que también se la llevaran a ella por delante, buscando frenéticamente con la mirada a su esposa, pero sin éxito.

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comentarios
  1. Caterinaboop dice:

    La gente comenzó a devolverse (supongo que quisiste decir “volverse”)

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