1×022 – Quietud

Publicado: 25/03/2011 en Al otro lado de la vida

22

Frente al aeropuerto internacional de Sheol

16 de septiembre de 2008

Gritó una y otra vez el nombre de su esposa, pero sus chillidos se ahogaron entre los demás gritos de pánico que se repetían por doquier en todas direcciones. Sin soltar por nada del mundo a su hija, Adolfo trató de abrirse paso entre la muchedumbre, intentando encontrar a Paola, cada vez más asustado, pero tanto él como Zoe fueron arrastrados por la marea humana, sin poder ni tan siquiera ofrecer resistencia. Ahora lo único que les quedaba era tratar de mantenerse en pie, pues si tropezaban y caían, les pasarían por encima docenas de personas, al igual que ellos mismos habían notado en más de una ocasión algo blando bajo sus pies.

La corriente les acabó arrastrando hasta una vieja furgoneta de un verde pálido, que afortunadamente hizo de freno y permitió a padre e hija dejar de retroceder. Adolfo no se lo pensó dos veces; agarró a su hija de la cintura y la subió sobre el capó de la furgoneta, para evitar de ese modo que la niña siguiera recibiendo codazos y empujones, tratando de ponerla a cubierto para poder él así buscar a su esposa. Entonces un par de manos emergieron de encima del vehículo y cogieron a Zoe de los brazos, llevándosela consigo arriba del todo de la furgoneta.

Adolfo vio como una mujer de unos cincuenta años y un chico de unos veinte asomaban su cabeza, a la que enseguida se le sumó la de Zoe. Se habían subido ahí para resguardarse de la estampida, y quien sabe,  tal vez también de quien la había propiciado. El chico joven ofreció su mano al padre de Zoe, para que él también subiese ahí arriba, pero la rechazó. Le dijo a gritos que tenía que buscar a su esposa, que por favor cuidasen de su hija. Pese a no oír ni una palabra, el chico acabó mostrando su pulgar hacia arriba, lo que dio vía libre a Adolfo para seguir con su acometido.

Lo último que vio antes de continuar su frenética búsqueda, fue a su hija rompiendo en llanto, oteando desde ahí arriba en todas direcciones en busca de su madre. Adolfo había comenzado a abrirse paso en contra dirección entre la gente que todavía huía, gritando una y otra vez el nombre de su esposa, cuando sonó el primer disparo. Esto no hizo más que aumentar la tensión del ambiente, e incitar a correr más a los que todavía huían. Afortunadamente cada vez eran menos, pues la mayoría de ellos ya habían vuelto a sus coches para resguardarse, o bien habían continuado corriendo, tan solo alejándose del problema sin mirar atrás.

El primer disparo fue precedido por un par más, y luego, progresivamente, todo pareció volver a la normalidad. Poco a poco la cantidad de gente con la que se encontraba Adolfo en su camino iba menguando, hasta que tan solo quedaron algunos rezagados, la mayoría ancianos, que se movían lentamente pero con decisión. Adolfo no perdía de vista a Zoe, que permanecía de pie sobre la furgoneta, custodiada por la mujer y el chico. Enseguida todo volvió a quedar en silencio, dejando la situación de frenesí que habían vivido minutos antes en poco más que un recuerdo borroso.

Ahora se presentaba frente a él un espectáculo difícil de digerir. Quitando algunos coches, todos coronados por gente en lo alto, mirando en todas direcciones para asegurarse de que bajar resultaría seguro, y más de una moto tirada por el suelo, el resto del camino estaba plagado de gente pisoteada que luchaba por sobrevivir a los pisotones y los golpes que habían recibido durante la estampida. Adolfo se movió de un lado a otro, cada vez más asustado, pensando que su mujer podría ser uno de ellos, rezando por encontrarla sana y salva sobre alguno de los coches. Pero no había rastro alguno de Paola; parecía que se la había tragado la tierra.

Caminó sin un rumbo determinado, dejando atrás a docenas de personas que pedían su ayuda desde sus posiciones tirados en el suelo; otras no habían corrido la misma suerte, y habían perdido la vida. Hizo un esfuerzo por no escucharles, por pasar de largo sin atenderles, pues ahora tenía otras prioridades, y comenzó a sentirse como su vecino. Ahora que la vida de su esposa parecía peligrar, todo lo demás carecía de importancia, y él mismo estaría dispuesto a pasar por encima de quien fuese necesario para recuperarla sana y salva. Un par de disparos más le hicieron cambiar de rumbo, en la dirección de las detonaciones, sin saber muy bien porqué.

Un hombre sostenía su pistola aún humeante frente al cuerpo ya sin vida de uno de esos demonios. La cabeza de ese ser ahora no era más que un amasijo de carne y astillas del cráneo, que se desperdigaban unos metros más allá, en la dirección del disparo. Ese hombre se enfundó de nuevo el arma, y continuó su camino como si nada hubiese pasado, con una expresión seria en la cara, sin tan siquiera dirigirle la mirada, ni cuando se cruzó junto a él. Adolfo calculó que ya se encontraría a la altura donde había visto a Paola por última vez, y algo le hizo dirigirse hacia el cadáver ya sin vida del resucitado.

No tendría más de veinte años, no era más que un chico. Nada de lo que hubiera hecho en su vida justificaba tal desenlace de la misma. Sintió una mezcla de lástima y odio, pues de bien seguro se había llevado muchas vidas por delante antes de volver a perder la suya. Resultaba muy difícil la empatía para con un ser cuyo único objetivo en su vida, si es que podía denominársela así, era el de destrozar la mayor cantidad de vidas ajenas que pudiese. De todos modos, ese ya no volvería a molestar a nadie; por fin descansaría eternamente, para no volver jamás. Entonces Adolfo escuchó una voz apagada a unos veinte metros a la derecha.

Se trataba de una voz familiar, que le heló la sangre. Al girarse, vio a lo lejos a su esposa, tirada en el suelo como uno más de los que habían caído durante la estampida. Su primera reacción fue de alegría, pero a medida que se acercaba, ésta se fue tornando en pesar. Parecía haber salido bastante mal parada con la caída, y haber sido pisada por docenas de personas. Tenía la nariz rota y magulladuras por todo el cuerpo. Sin embargo eso no fue lo que más preocupó a Adolfo; había algo muchísimo peor. A la altura de la muñeca, en su brazo derecho, se veía claramente la marca de un mordisco que se había llevado parte de la carne.

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comentarios
  1. Caterinaboop dice:

    Adolfo trató de hacerse paso (creo que quedaría mejor con “abrirse” ¿qué te parece?

  2. Caterinaboop dice:

    Adolfo había comenzado a hacerse paso en contra dirección (lo mismo de antes)

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