1×024 – Terminal

Publicado: 25/03/2011 en Al otro lado de la vida

24

Residencia de la familia Peña

23 de septiembre de 2008

Había pasado una larga semana desde que volvieran a casa después del fracaso que había resultado su intento de encontrar un destino mejor. Los primeros días fueron bastante esperanzadores, pues Paola enseguida se recuperó de las heridas y los rasguños, incluso la mordedura del brazo se le curó a una velocidad asombrosa. Todo parecía en regla, e incluso habían empezado a hacer ambiciosos planes en búsqueda de un lugar más seguro al que dirigirse, pues el barrio estaba cada vez más poblado por esos seres, que insistían en golpear puertas y ventanas por las noches al ver luz en el interior.

Todo cambió a partir del tercer día. Paola comenzó a tener jaquecas cada vez más intensas, perdió el apetito y se le disparó la fiebre. El cuarto día la situación se tornó más drástica, y lo tuvo que pasar en cama. Ambos sabían a qué era debido, pero evitaban a toda costa hacer referencia a ello, pues no se les antojaba idea más desesperanzadora que eso, ya que sabían que sería tan solo cuestión de tiempo que sobreviniera la tragedia. Adolfo se volcó en el cuidado de su esposa, y Zoe pasaba la mayor parte del tiempo en el desván, pues su padre no quería que estuviese mucho tiempo junto a Paola por miedo a que ella también pudiese enfermar como su madre.

La niña había conseguido serenarse bastante, después de volver a un entorno que reconocía como seguro. Su padre le había prohibido mirar por las ventanas, de hecho todas, incluidas las de la planta superior, tenían las persianas corridas, dejando tan solo unas rendijas de luz que conferían a las habitaciones un aura diferente, que no resultaba temible. Estaba deseando que llegase el momento del día en el que su padre le permitiera pasar un rato con su madre, y cuando éste llegaba, ella amenizaba la lenta agonía de su progenitora, y le hacía olvidar por un rato todos los males que se cernían sobre ellos.

Los días se habían ido sucediendo, y Paola no había hecho más que empeorar. Ahora pasaba la mayor parte del tiempo dormitando tumbada en la cama, lo que no hacía más que acrecentar los temores de Adolfo. Pese a las mil recomendaciones que habían oído por la radio y por la televisión, ninguno de los dos había querido asumir cual sería el destino de la enferma, y no habían tomado medidas drásticas al respecto, mas que la de mantener a Zoe lejos de su madre por lo que pudiera ocurrir. Ella era todo lo que les preocupaba a esas alturas de la película.

Paola no se había planteado el suicidio, que en este caso sería más bien una eutanasia dado el intenso dolor que la asolaba. Y Adolfo jamás habría pensado en abandonarla a su suerte, o acabar por las malas con su sufrimiento. Era tanto el amor que sentía por ella, que llegó a cegarle, hasta el punto de exponerse a si mismo, y lo que era peor, a su propia hija. Se limitaron a dejar pasar el tiempo, a dejarlo todo en manos del destino. La niña no hacía muchas preguntas, pues sabía que las respuestas le dolerían tanto a ella como a sus padres.

Llegado el séptimo día, todo apuntaba que se trataría del último que pasaría Paola entre los vivos. Adolfo lo sabía, y ella también. Viendo la cercanía del desenlace de su vida, Paola quiso disfrutar por última vez de la compañía del fruto de su vientre. La niña había estado insistiendo todo el día que quería ver a su madre, y había llegado a discutir con su padre por ello. A Adolfo tan solo le movía el miedo de que le pudiese pasar algo a su hija, pero al final había acabado accediendo, con la condición de estar junto a ellos en todo momento, por si ocurriese cualquier cosa. Ahora Paola descansaba en la cama, respirando dificultosamente. Zoe y su padre estaban frente a la habitación de la enferma.

ADOLFO – Serán solo cinco minutos. Mamá está muy malita, y necesita descansar para recuperarse.

Zoe asintió, y el padre abrió del todo la puerta del dormitorio. Ahí dentro se respiraba un ambiente muy cargado, y hacía bastante calor. La visión tampoco era muy esperanzadora. Paola dormía en la cama, iluminada por los rayos de luz matutina que se filtraban por la ventana. Adolfo se quedó en la puerta, y Zoe entró al cuarto. Ahora estaba asustada, se sentía incómoda y su mayor miedo era el de que su madre hubiera perdido la vida. Su respiración era muy leve y al permanecer inmóvil, con esa cara tan pálida, daba la sensación de que así fuera.

Se acercó lentamente hacia un costado de la cama y su madre no tardó en entreabrir los ojos al notar las pisadas en el suelo de madera. Zoe, cuando vio que su madre esbozaba una sonrisa al verla, se animó un poco más y corrió a encontrarse con ella. Se sentó junto a la cama, en una silla que había traído Adolfo, y ambas se quedaron en silencio, simplemente mirándose, sin saber qué decir. A Paola se le rompía el alma de pensar que jamás podría volver a ver a su hija, y cuan grande sería el impacto que tendría su muerte en su pequeña.

PAOLA – Zoe, cariño…

Paola comenzó a toser, mostrando una mueca de dolor en cada nueva sacudida. La tos se tornó en una extraña convulsión, y sobrevino la primera arcada.

ZOE – ¿Mamá?

Adolfo entró a toda prisa, a tiempo de ver como Paola se giraba rápidamente y vomitaba abundante sangre sobre la colcha.

ADOLFO – Sal de la habitación, Zoe.

Zoe se había levantado de la silla, y miraba a su madre, con el corazón en un puño. Su padre enseguida se reunió con ella.

ADOLFO – ¡Que salgas te digo! ¡Y cierra la puerta!

Zoe titubeó un momento, pero acabó acatando la orden de su padre. Salió de la habitación sin dejar de mirar a su madre, que seguía tosiendo, con la boca chorreando sangre, y por un momento creyó ver en ella a uno de esos engendros del averno.

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