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1×025 – Adiós

Publicado: 26/03/2011 en Al otro lado de la vida

25

Residencia de la familia Peña

23 de septiembre de 2008

La niña salió y empujó la puerta, hasta dejar tan solo una rendija por la que podía seguir mirando. Pudo ver como su madre se debatía entre la vida y la muerte mientras Adolfo le sostenía una mano y trataba de calmarla. Poco a poco se fue calmando, dejó de toser, y su respiración agitada volvió a tornarse en un débil siseo. No obstante, la mueca de dolor de su cara delataba que algo no andaba del todo bien. Adolfo aprovechó para limpiarle la boca con una sábana limpia. Entreabrió los ojos, forzándolos a permanecer abiertos, y miró a su marido. Una sonrisa trató de esbozarse en su cara, mientras Adolfo no podía ocultar su miedo y su abatimiento.

PAOLA – Adolfo…

ADOLFO – No digas nada, cariño. Que aún te dolerá más la garganta.

PAOLA – No me queda mucho tiempo…

ADOLFO – Calla mujer, no… no digas eso. Ya verás como te curarás y todo se arreglará. Es… es tan solo cuestión de tiempo.

PAOLA – Me temo que no… Lo noto. Estoy…

Adolfo miraba a su esposa y no pudo evitar comenzar a llorar. Agarraba con delicadeza la mano de Paola, y ésta le miraba con los ojos igualmente vidriosos. Su cara, de un pálido excesivo solo mancillado por unas grandes ojeras, con pequeñas gotas de sudor perlándole la frente y aún con la marca roja de la sangre, daba fe de que estaba a punto de exhalar su último aliento. Adolfo veía lo inminente que resultaba, pero no era capaz de creérselo todavía. Todo había sucedido demasiado rápido. Quería convencerse de que estaba dentro de una pesadilla, de la que despertaría de un momento a otro, pero la cruda realidad era mucho más aterradora.

PAOLA – Prométeme que cuidarás de ella, que no permitirás que le ocurra jamás nada malo.

ADOLFO – Vosotras dos sois todo lo que tengo en esta vida. Nunca permitiré que nadie haga daño a nuestra hija.

PAOLA – Dile… Dile a Zoe que la quiero.

Adolfo ya no tenía palabras para continuar adelante. Resultaba demasiado doloroso oír decir eso a la mujer con la que había compartido los últimos trece años de vida, y no quería seguir engañándola y engañándose a si mismo repitiendo de nuevo que todo saldría bien. No saldría bien, y lo más seguro es que saliera mal, y todo acabara empeorando. En ese mundo loco en el que se encontraban ya no había lugar para la esperanza, tan solo era cuestión de tiempo que a uno le llegase el turno. Durante un instante la envidió. Envidió el que ella pudiera por fin descansar en paz, y  olvidarse para siempre de esa pesadilla y él no.

Se inclinó sobre la cama, sosteniendo en todo momento la fría mano de su esposa, y la besó dulcemente en los labios. Esa fue la última imagen que Paola tuvo en vida, pues tras el beso abandonó el mundo de los vivos para no volver jamás. Adolfo se incorporó de nuevo, aún con la fría sensación de los labios de Paola en los suyos propios, y vio como de un instante a otro, se había quedado viudo. Los ojos de Paola seguían abiertos, pero ahora miraban a un lugar indeterminado. Una lágrima emergió de esos ojos color avellana, y surcó su mejilla.

Tras comprobar que ya no tenía ni pulso ni respiración, Adolfo se secó las lágrimas de la cara respirando entre sollozos, tratando de asumir lo que el duro golpe que acababa de recibir. Colocó el dedo corazón e índice de su mano derecha sobre los párpados de Paola, cerrando para siempre sus ojos. Ahora tan solo quedaban él y su hija. Él debía ser su guardián y guardaespaldas, preocupándose por siempre jamás de que estuviera bien y que nunca le ocurriese nada malo. El mundo se le vino encima. Se le antojaba un trabajo demasiado laborioso, sin la ayuda de su esposa; creía no ser capaz de sobrellevar la situación y de nuevo la congoja se apoderó de él.

Comenzó a maldecir una y otra vez a Dios y a blasfemar entre gritos y llantos, golpeando con furia desmedida el cuerpo inerte de su mujer, como si de ese modo fuese a conseguir que algo se solucionase. Continuó desahogándose unos minutos, hasta que agotó hasta la última lágrima, y profirió el último grito de angustia, sintiéndose cada vez más avergonzado y abatido. Poco a poco consiguió calmarse, y trató de serenarse, pues no quería que su hija viese cuan bajo había caído. Miró de nuevo a su esposa, y no pudo soportar un minuto más esa imagen; le resultaba demasiado dolorosa.

Agarró el extremo de la sábana, todavía manchada de sangre, y la colocó sobre el cadáver de Paola. Ahora venía la peor parte, pues debía comunicarle a su hija la trágica noticia, y además tenía que deshacerse del cuerpo. Por fortuna, no había ocurrido lo que ambos creían ocurriría tras la muerte, y eso por lo menos le sirvió de apoyo para seguir adelante. Pensó que dentro de la tragedia que suponía la pérdida, por lo menos Paula se iría con la conciencia tranquila de haber vivido y haber muerto como un ser humano racional, y no como un animal salvaje.

Adolfo respiró hondo, notando en sus pulmones el aire viciado y funesto que había en el ambiente y se levantó, notándose ahora manchado de sangre en la ropa. Ahora ya poco importaba eso, ahora todo parecía carecer de importancia. Trató de pensar de nuevo en su hija, pues de no ser por ella, él mismo hubiera acompañado de buen grado a Paola en su viaje al otro lado de la vida. Ella era lo único que le mantenía con vida, lo único que le haría levantarse cada día con algo de esperanza y optimismo.

Se giró hacia la puerta, y vio a Zoe. Tenía la cara tan pálida o más que la de su madre, y se podía leer en su rostro que algo no andaba bien dentro de su cabeza. Lo había estado viendo todo desde detrás de la puerta, pero aún no había sido capaz de digerirlo; demasiado sufrimiento para una persona de tan corta edad. Su padre se disponía a decirle algo, cuando leyó un cambio radical en el rostro de su hija. Su expresión de estupefacción se tornó en una cara de pánico. Abrió la boca y señaló más allá de su padre, en dirección a la cama, al tiempo que ella veía como su madre, a la que había creído muerta instantes antes, se incorporaba bajo la sábana.