Archivos para 27/03/2011

1×030 – Salida

Publicado: 27/03/2011 en Al otro lado de la vida

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Residencia de la familia Peña

28 de septiembre de 2008

Los cuatro días que precedieron a la salida definitiva de Zoe de su casa fueron los cuatro días más largos que ella recordaba haber pasado jamás. La casa se le hacía más pequeña a cada nuevo día, recordándole en todo momento que sus padres habían fallecido, y que no volverían jamás. O mucho peor, porque si volvían no traerían buenas intenciones. Andaba de un lado para otro como un alma en pena, ahora sentada pensando en esto o en aquello, ahora acurrucada en una esquina llorando desconsoladamente. Todos los rincones de la casa tenían la huella imborrable de lo que ahí había sucedido, y Zoe deseaba con todas sus fuerzas abandonar su morada.

Pasó la mayor parte del tiempo en el mismo desván del que tanto ansiase salir anteriormente, pues de alguna extraña manera ahí se sentía especialmente a salvo de todo, escondida en un micromundo que al igual que el onírico, no permitiría que nadie le hiciese daño. Lo que más quería era irse de ahí, dejar ese episodio de su vida atrás, pero las calles no eran seguras. Aunque últimamente apenas se veía nadie rondando por los alrededores, eso no era razón para exponerse a ser perseguida por uno de esos indeseables. Sin embargo no fueron las ganas de abandonar ese lugar que tan malos recuerdos le traía lo que le hizo decidirse.

Durante las últimas semanas, desde los primeros días del mes, cuando empezasen los primeros alborotos por la ciudad, nadie en esa casa había salido a comprar ni alimentos ni bebida. No obstante, desde entonces todos habían estado comiendo y bebiendo como de costumbre, y las existencias de la casa habían llegado a un punto crítico cuando Paola había enfermado. Adolfo tan solo se preocupaba de su esposa, y el problema del alimento lo relegó a un segundo plano, hasta el punto que cuando él y su esposa pasaron a mejor vida, en la casa tan solo había una botella y media de agua, una lata de cerveza y las últimas existencias del minibar. Incluso el agua que habían almacenado antes de que cortasen el suministro había expirado para entonces, y para colmo, no había llovido ni una gota desde la tormenta del 31 de agosto.

La comida no suponía un gran problema, pues todavía quedaba algo que echarse a la boca, no mucho, pero lo suficiente. Lo peor había sido la sed. El segundo día de soledad Zoe había acabado con las existencias de agua, el tercer día se había bebido el líquido de un par de latas de berberechos y una de berenjenas que encontró en la cocina, medio vaso de aceite de girasol y un poco de vinagre, que enseguida se apresuró a escupir en el fregadero. Pasó el resto del día buscando algo que beber, pero tan solo pudo acumular un pequeño arsenal de bebidas alcohólicas, pues eso era el único líquido no venenoso que quedaba en casa.

Esa noche cenó acompañada con la lata de cerveza, que de entre todo lo que tenía para escoger, era lo que menor graduación alcohólica tenía. Se acabó la lata tan solo notando el desagradable sabor amargo de ese líquido calenturiento, y todo parecía estar en regla. Incluso había decidido beberse poco a poco, día a día, el resto de licores que quedaban, visto el buen resultado que había dado su primera experiencia alcohólica. Fue por la noche, cuando trataba de dormirse sobre el colchón que había subido al desván, cuando se le subió a al cabeza el poco alcohol que había ingerido y le sobrevino una fuerte jaqueca. No tardando mucho, acabó echando tanto la cena como la comida y la propia cerveza, en el suelo del desván, sintiéndose a la par enferma y estúpida.

Esa fue una muy mala noche para ella, donde le dolió tanto la cabeza como la barriga, impidiéndole de ese modo pegar ojo. A la mañana siguiente amaneció algo mejor, pero rechazó terminantemente beber ninguna más de las bebidas que había en casa, previendo el resultado que éstas podían ejercer en su joven cuerpo. Pero no obstante seguía teniendo sed, mucha más después de todo lo que había arrojado al suelo del desván la noche anterior. Anduvo todo el día de arriba para abajo rebuscando en todos lados, buscando algo que beber, sin encontrar nada útil, y al llegar la tarde acabó por tomar una decisión drástica.

Sabía que era una locura, y que al primer indicio de problemas se arrepentiría con todas sus fuerzas de haber salido, pero la sensación de vacío en su estómago era también muy fuerte. De todos modos, antes o después tendría que salir, pues tampoco disponía de comida para más de tres o cuatro días, y eso si la racionaba muy bien, de modo que la decisión parecía inevitable. Era media tarde cuando reunió las agallas suficientes para hacerlo. Tenía miedo de meterse en casa de un vecino, más que nada por si el vecino estaba dentro y le apetecía comérsela, de modo que pensó en ir al único sitio donde sabía que jamás podría pasar ni hambre ni sed. Si cogía la bici, en menos de cinco minutos estaría ahí.

Y ahí estaba ella, frente a la puerta nuevamente desnuda, tras quitar de en medio no sin gran esfuerzo la estantería, ataviada con su vestido rosa de las ocasiones especiales,  tal vez el más cómodo para pedalear o salir corriendo en un momento dado, sosteniendo el lazo violeta del regalo que le habían hecho los abuelos en su último cumpleaños, y con muchas ganas de comerse el mundo. La búsqueda frenética de algo que beber le había abstraído bastante últimamente del mundo que la rodeaba, dándole por fortuna otra cosa en la que ocupar la mente. Y ahora estaba hasta ilusionada por salir, asustada pero ansiosa por dar ese gran paso. Fue al abrir la puerta, cuando todo el pasado volvió a caer encima de ella como una losa.

El cadáver de su padre seguía en el mismo sitio donde había sido abatido a tiros cuatro días antes, junto a un montón de casquillos de bala. Tenía bastante peor aspecto. Miró al exterior, sintiéndose extrañamente superada por el espacio abierto después de tanto tiempo de reclusión, y vio una bandada de pájaros negros posada en el ya inútil cable de alta tensión que pasaba frente a la casa. Parecían mirarla, juzgarla, reírse de ella. Uno de esos pájaros se dejó caer, y con un ágil y certero vuelo, aterrizó en el césped, a menos de un metro del cuerpo de Adolfo. Graznó mirándola, como retándola, y se dirigió dando saltitos hacia el cadáver de su padre.

Subió hasta la cabeza, y como si hubiera estado esperando que Zoe viniese para poder presenciarlo, comenzó a picotearle los ojos, a comerse la masa blanda y viscosa de la que estaban hechos sus ya extintos globos oculares. La niña no lo pudo soportar más y corrió hacia el pájaro, gritando para espantarle, consiguiéndolo enseguida. El cuervo salió volando, graznando en motivo de queja por haberle estropeado el banquete. Zoe se quedó ahí quieta, en medio del jardín, observando ese lamentable espectáculo. El cuervo volvió con sus compañeros, y todos juntos se quedaron observándola desde ahí arriba.

1×029 – Sola

Publicado: 27/03/2011 en Al otro lado de la vida

29

Residencia de la familia Peña

24 de septiembre de 2008

Dio media vuelta y se quedó sentada en el sucio suelo de madera, apoyada contra la pared. Tenía la mirada perdida, y no alcanzaba a asumir tal cantidad de malas noticias en tan poco tiempo. Había vuelto a presenciar la muerte de su padre, pero en esta ocasión había sido mucho más dura y cruenta que la anterior. Le habían acribillado a sangre fría, como un animal. Al fin y al cabo, eso era en lo que se había convertido, y no merecía otro final más digno. No obstante, Zoe odió a esos soldados con todas sus fuerzas, mientras trataba de aguantarse las lágrimas.

Luchó por no derrumbarse nuevamente, y se levantó, tratando de despejarse. Anduvo por el desván, de un lado al otro, sin rumbo fijo, mirando de vez en cuado la trampilla que le llevaría al pasillo del primer piso, a sabiendas de que no podría salir por ahí. Entonces comenzó a darle vueltas a la cabeza. Tenía hambre, y no tardaría mucho en tener sed. Si no salía de ahí en breve, la necesidad le obligaría a bajar de todos modos y entonces su final estaría escrito con letras rojas. Debía de pensar en algo, pues tenía el tiempo contado. Por mucho que se devanó los sesos, no encontró una solución, debía salir por ahí si o si, antes o después.

Se acercó nuevamente a la ventana y al mirar por ella, la respuesta que había estado buscando se le mostró con total claridad. Había prometido no volver a mirar por ahí para no ver a su padre muerto, abatido en el suelo, pero un movimiento por la zona le llamó la atención. Al fijarse más, vio como su madre se encontraba junto a Adolfo, arrodillada junto a su cuerpo muerto, olisqueándole. Zoe los miró, pero en ellos ya no veía a sus padres; algo había cambiado en su interior. En vez de sentir compasión por ellos, una extraña mezcla de prisa y júbilo se gestó en su interior, y ellos habían sido los responsables.

Con los dos fuera de casa, ahora tenía vía libre para bajar y encerrarse ahí dentro, antes de que nadie más tuviera tiempo de entrar. La extraña sucesión de acontecimientos había jugado en cierto modo en su favor, al menos en lo que a la supervivencia respectaba. Vio como su madre se levantaba de nuevo y caminaba sin prisa hacia el portón de entrada del jardín, saliendo a la calle y perdiéndose en ella, andando sin rumbo fijo. Ésa era la señal; ahora había llegado el momento decisivo en el que los astros se habían alineado para permitirle prolongar su hasta ahora corta vida unos días más.

Sin pensárselo dos veces, tras echar un último vistazo por la ventana, viendo alejarse más y más a su madre por la calle, dio media vuelta y se dirigió de nuevo a la trampilla. La levantó, tratando de hacer el menor ruido posible, y acompañó su caída para que el golpe no invitase a nadie a venir donde no eran bienvenidos. Hizo bajar la escalera con delicadeza y bajó por ella, peldaño a peldaño, oyendo tan solo su respiración, y notando los latidos de su corazón en el pecho. Una vez abajo, pudo ver los estragos que habían hecho sus padres mientras trataban de alcanzarla a ella ahí arriba.

El largo pasillo, iluminado por una ventana al fondo, parecía haber sido arrasado por una muchedumbre enfurecida. Por el suelo podían verse docenas de cosas desparramadas, un par de mesitas, tres jarrones e incluso un par de cuadros descansaban hechos añicos en el suelo. Incluso se podía aventurar a decir donde habían entrado o donde habían pasado la noche, a juzgar por los demás destrozos que se veían a través de las puertas entreabiertas. Pero ahora eso carecía totalmente de importancia, ahora ella tenía una misión que cumplir. Bastante más asustada que antes, bajó las escaleras y llegó de nuevo a la planta baja.

Desde ahí no pudo evitar ver la puerta abierta del baño del cuarto de sus padres. La bañera seguía teñida de sangre, y las docenas de pisadas rojas por todo el suelo del dormitorio le hicieron revivir la pesadilla del día anterior. Antes de dirigirse a la entrada, se molestó en cerrar la puerta del dormitorio, para no volverla a abrir jamás; le traía demasiados malos recuerdos. A medida que caminaba hacia la puerta, se iba preguntando con mayor fuerza si sería capaz de vivir ahí sola, encerrada entre esas cuatro paredes que no harían más que recordarle cuan desdichada era.

Al llegar a la puerta, respiró hondo, y se dijo que no había otra alternativa. Debía permanecer ahí dentro, por mucho que no se le antojase lugar menos apetecible. Al menos ahí estaría segura, segura de esos seres abominables, segura de su propia madre que podía volver en cualquier momento. La puerta parecía en bastante buen estado, pero el pomo había pasado a mejor vida. Empujó suavemente la puerta, sufriendo al oír el gruñido que ésta dio al cerrarse y llegó a encajarla. Pero eso no sería suficiente. La puerta no tenía ya ningún punto que le permitiese seguir cerrada si alguien la empujaba desde fuera, como ella bien sabía que acabaría pasando antes o después.

Miró a un lado y a otro, y se fijó en una gran estantería llena de libros y figuritas. Se dijo que no tenía otra alternativa, y comenzó a tirar de ella, alejándola de la pared a cada nuevo tirón. Su corta edad y su poca fuerza no ayudaron en absoluto, pero acabó consiguiendo dejarla con uno de sus costados contra la pared donde anteriormente se apoyaba por completo, haciendo, eso si, más ruido del que hubiera querido hacer. Ahora solo quedaba darle el golpe de gracia, y esa casa volvería a ser impenetrable. Comenzó a empujar la estantería, desde el punto más alto que su corta estatura le permitió, haciéndola ceder hasta que acabó derrumbándose con un sonoro estruendo.

Las figuritas se rompieron en mil pedazos por el suelo y los libros se desparramaron por doquier, pero ella ya había conseguido lo que se proponía. Ahora la puerta estaba trabada por la estantería, y si nadie la apartaba desde dentro, resultaría imposible entrar. De nuevo volvió a sentirse segura, que no satisfecha. Miró el destrozo que había ocasionado, pero no sintió remordimiento alguno; a nadie podría ya importarle. Respirando agitadamente por el esfuerzo, anduvo hacia el sofá y se dejó caer sobre él. Lo último que vio antes de dormirse de nuevo, fue la luz del mediodía filtrarse por las ventanas clavadas por maderos, en un absoluto silencio, solo roto por los graznidos de algunos pájaros.

1×028 – Ayuda

Publicado: 27/03/2011 en Al otro lado de la vida

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Residencia de la familia Peña

24 de septiembre de 2008

Zoe despertó a la mañana siguiente, alertada por el ruido de una extraña sirena que creía provenía del interior de su cabeza. Le costó un poco recordar donde se encontraba, pues era la primera vez que dormía en el desván. Poco a poco le fue viniendo a la memoria todo cuanto había pasado el día anterior, y la angustia que le había acompañado durante el tiempo que tratase de dormirse no tardó en apoderarse nuevamente de ella. Pero ahora había algo que le distraía totalmente; esa extraña sirena. Se levantó, notándose oxidada y entumecida, y anduvo con paso inseguro hacia la ventana.

Al llegar a la misma, la imagen que ésta le mostró no se correspondía con nada de lo que ella hubiese podido llegar a prever. En mitad de la calzada había un enorme vehículo militar, del que salían varios hombres vestidos de soldado y armados hasta los dientes. En un primer momento se asustó, y quiso retroceder al pensar que ellos también podrían querer hacerle daño, pero desde donde estaba no podían verla, y hubiera podido gritar hasta desgañitarse antes de que la oyesen. Se dividieron en grupos a toda velocidad y entraron en las casas más cercanas, echando las puertas abajo sin miramiento alguno.

De un gran megáfono que descansaba suspendido sobre el capó de ese enorme vehículo al instante de apagarse la sirena sonó un chirrido de estática, acompañado de la voz de uno de los soldados que todavía permanecía dentro. Dijo lo siguiente; “Somos el pelotón de salvamento civil 45, si hay algún superviviente, que venga inmediatamente a reunirse con nosotros. Estamos de paso por la ciudad y una vez la abandonemos no volveremos, repito, no volveremos.” Zoe escuchaba esa voz como hipnotizada, sabiéndose necesitada de la ayuda que ellos decían ofrecer, pero movida por una extraña fuerza que le impedía pedir auxilio.

Por una parte, para poder hacerse notar debía de bajar y salir por la puerta principal; esa era la única vía de entrada y salida. Pero eso no podía hacerlo, pues sabía a ciencia cierta que sus padres, o lo que quedaba de ellos, todavía rondaban por la casa y no dudarían ni un momento en utilizarla de desayuno. Por otra parte, algo en su interior le impedía llamar la atención, pues sabía o al menos preveía lo que harían con sus padres si así lo hiciese, y no se le antojaba imagen más desconsoladora, y mucho menos provocada por su propia voluntad. De modo que permaneció junto a la ventana, limitándose a mirar.

El aviso se repitió un par de veces más, y luego el silencio se volvió a apoderar de la calle. Poco más tarde, los hombres que habían entrado en las casas de los que antaño fueran sus vecinos salían de ellas charlando amistosamente, mostrándose unos a otros lo que ahí dentro habían robado. Unos llevaban joyas, otros paquetes de latas de cerveza, uno llevaba incluso un jamón al hombro. Todo parecía indicar que más que ayudar a la gente lo que hacían era entretenerse saqueando las casas de la zona adinerada de la ciudad, de camino a dondequiera que se dirigiesen.

Uno de ellos dejó el botín dentro del vehículo, y salió nuevamente de él, agarrando con fuerza su fusil, con una sonrisa en la boca; se dirigía a su casa. A Zoe se le heló la sangre, y se limitó a mirar como ese hombre cruzaba su jardín, y se perdía de su vista al acercarse a la puerta principal. No vio como la echaba abajo, pero lo escuchó. El corazón le latía a mil por hora, mitad asustada, y mitad esperanzada al ver tan cerca la posibilidad de salvación. No obstante siguió ahí arriba, arrodillada en el suelo, sin apartar la vista de la parcela de suelo donde había visto a ese soldado por última vez.

Después del último golpe, que acabó por derribar definitivamente la puerta, sobrevino un tiempo de calma aparente, seguido no mucho más tarde por los habituales gritos de histeria que tan frecuentes habían sido los primeros días del éxodo. Zoe vio salir corriendo al soldado, que ya no llevaba encima el fusil que había traído cuando entrase instantes antes. Tras él, no tardó nada en aparecer su padre. Ahora tenía un aspecto mucho menos humano. Su piel se había empalidecido, y la herida de su brazo había adquirido un extraño color violeta rojizo. El soldado tropezó con una de las piedras de pizarra que marcaban el camino de salida del jardín, y cayó de bruces al suelo.

Más rápido que el propio Adolfo, se dio media vuelta en el suelo justo a tiempo de ver como éste se abalanzaba contra él, en un claro intento por arrebatarle la vida. Entonces sobrevino la primera ráfaga de disparos. El cuerpo de su padre se frenó, mientras las balas atravesaban su cuerpo, dejando estelas de sangre a su paso. Sin embargo, Adolfo parecía no inmutarse, y siguió su camino como si nada. Entonces, una bala atravesó su frente, y fue entonces cuando desistió. Tal y como estaba levantado, hincó las rodillas en el suelo, y su cuerpo inerte cayó hacia alante, sobre el del soldado, que no tardó nada en quitárselo de encima dándole media vuelta, gritando histéricamente.

Zoe lo miraba todo desde su posición privilegiada, sin siquiera parpadear, con la boca entreabierta, seca. Ahora no estaba asustada, tan solo extasiada, rebasada con creces por los acontecimientos. Uno de los soldados que habían ayudado a acabar de nuevo con la vida de su padre, ofreció su mano a su compañero novato y le acompañó al interior de la casa, en busca del fusil que se le había caído de las manos al ver a Adolfo bajar las escaleras a toda velocidad. No tardaron mucho en salir, de nuevo con el arma, y hablando a gritos unos a otros, volvieron todos al interior del enorme furgón, cerraron los portones y abandonaron de nuevo el vecindario, esfumándose del mismo modo que habían aparecido.

1×027 – Temporal

Publicado: 27/03/2011 en Al otro lado de la vida

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Residencia de la familia Peña

23 de septiembre de 2008

Vaciló un poco antes de emprender la huida. No podía creerse lo que veían sus ojos, pero lo que sí sabía era que no podía seguir cerrándose en si misma y negando lo que ocurría a su alrededor, no si quería conservar la vida. Por mucho que esos ansiosos seres salidos de la más macabra de sus pesadillas se pareciesen a sus padres, algo dentro de ella le decía que no eran ellos, ya no. Eran unos totales desconocidos a los que sus propios padres hubieran rechazado y despreciado. Consiguió levantarse de nuevo, mientras sus padres derribaban la puerta, y comenzó a subir las escaleras atropelladamente, evitando por los pelos que le alcanzasen.

Si hubiera escogido cualquier otra vía de escape la hubieran cogido enseguida, pues eran mucho más rápidos y fuertes que ella. La elección de la escalera le salvó la vida. Zoe subió los peldaños a toda prisa, de dos en dos, todo lo rápido que pudo y sin mirar atrás en ningún momento. Ellos enseguida tropezaron por las prisas y no supieron subirlas correctamente. Al final acabaron subiéndolas a cuatro patas, torpemente, dando tiempo a la niña a llegar a lo más alto, cruzar el pasillo a la carrera y comenzar a bajar la escalera colgante que daba acceso al desván donde había pasado la mayor parte del tiempo los últimos días.

Consiguió bajar del todo la escalera y comenzar a trepar por ella al tiempo que veía como asomaba su madre de entre las escaleras, y se la quedaba mirando con un rápido movimiento de cabeza que le heló la sangre. Enseguida se le sumó Adolfo y ambos corrieron hacia donde se encontraba Zoe. Ella ya había conseguido subir al desván, y ahora tiraba de la cuerda que levantaría de nuevo la escalera de madera, impidiendo de ese modo que nadie más pudiera subir ahí arriba. La escalera volvió a su posición original cuando marido y mujer llegaron bajo la escotilla del desván y comenzaron a gritar, con unos aullidos incomprensibles, a medida que levantaban las manos tratando de atrapar a su hija, enfadados y humillados por no haberla podido coger a tiempo.

Zoe contemplaba a sus padres desde ahí arriba con la tapa de la escotilla abierta, la respiración agitada y las mejillas frescas por las lágrimas que se habían secado ahí durante la huida. Los miraba y trataba de reconocerlos, pero se trataba de una tarea inútil. La habían abandonado y no volverían jamás. Unos ligeros sollozos vinieron acompañados nuevamente del llanto, mientras ellos seguían profiriendo gritos y aullidos exigiendo su parte del banquete. Una de las lágrimas se deslizó por su nariz hasta desprenderse totalmente, e impactó en la mejilla de su padre, que no se inmutó lo más mínimo.

Asió la tapa de la escotilla de madera, y la dejó caer sonoramente, alejando de ese modo la horripilante visión que le había hipnotizado hasta entonces. Sin parar de llorar, gimiendo como una niña pequeña, sin saber qué hacer encerrada ahí arriba como estaba, sin nada que llevarse a la boca ni un sitio donde dormir caliente, y viendo que sus padres no se alejarían de ahí tan fácilmente, anduvo unos pasos hacia la ventana más cercana. El techo era muy bajo en esa zona, pero también ella era muy baja y no se tuvo que agachar para mirar por ella. La visión que la ventana le mostró, no ayudó en absoluto a apaciguarla.

La calle estaba vacía, a excepción de un personaje que andaba por mitad de la calzada. Al principio le costó reconocerle, pues ya se estaba haciendo de noche y la luz del ocaso no ayudaba mucho, pero en cuanto se dio la vuelta lo vio más claramente. Se trataba de su vecino Rafael, al menos esa era la impresión que daba. Él también había caído en la misma tela de araña que sus padres, él también era uno de ellos. Zoe se preguntó cuanto tardaría ella misma en acabar formando parte de esa misma red, y eso aún la desanimó más.

Se alejó nuevamente de la ventana, oyendo sin cesar el ruido de fondo de sus padres gruñendo en el piso de abajo, todavía tratando de llegar ahí arriba. Pasó junto a la escotilla por la que había entrado. Esa era la única vía de entrada, y al mismo tiempo la única vía de salida, pues las ventanas, aparte de que eran fijas, estaban a más de seis metros del suelo en caída libre, y la bajada se le antojaba poco menos que imposible. Cuando tuviera que salir de ahí, debería hacerlo por el mismo sitio que había entrado, y teniendo en cuenta que la casa estaba cerrada a cal y canto, el reencuentro con sus padres parecía inevitable.

Anduvo hasta el otro extremo del desván, haciendo crujir el suelo de madera a su paso, y se colocó entre dos grandes cajas de cartón que contenían la herencia de años de convivencia y buenos momentos de lo que antaño fuera una familia feliz. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared, y abrazó sus piernas, colocando sus rodillas junto a la cara. Ahí permaneció durante varias horas, llorando desconsoladamente, sin nadie que le pusiera una mano en el hombro, sintiéndose sola en el mundo, indefensa y frágil. La luz de la tarde, que se filtraba rojiza por las ventanas, fue apagándose poco a poco, al igual que los gruñidos de sus padres se fueron disipando con el paso del tiempo.

Cuando la oscuridad y el silencio se apoderaron por completo de la estancia, Zoe ya había conseguido calmarse bastante. El llanto dio pie a un leve gimoteo, y poco a poco fue perdiendo la noción de donde se encontraba, alejando de su mente todo lo malo que la había estado amartillando durante horas anteriormente, hasta que finalmente acabó durmiéndose. Ese fue el único momento del día durante el que fue realmente feliz, pues en ese mundo onírico nada podía hacerle realmente daño.

1×026 – Locura

Publicado: 27/03/2011 en Al otro lado de la vida

26

Residencia de la familia Peña

23 de septiembre de 2008

La sábana se vino abajo y mostró la cara de Paola. Pero esa ya no era Paola, porque Paola había muerto. Tenía los ojos rojos, inyectados en sangre, y la mirada del diablo; la expresión de su cara carecía de toda humanidad; ahora era uno de ellos. Ladeó la cabeza, haciendo sonar un crujido de huesos que hizo que Adolfo se diera media vuelta. Estaba demasiado cerca. Debería haberlo previsto, pero había sido demasiado temeroso, demasiado estúpido. Debería haberla atado a la cama, haber evitado lo que ahora parecía inevitable, pero pese a que lo había pensado muchas veces, nunca había osado plantearle eso a su esposa, invitándola de ese modo a morir como un perro encadenado.

Zoe pudo ver como su madre se abalanzaba contra su padre, y como éste la esquivaba en el último momento, evitando de ese modo el mordisco que hubiera resultado fatal. Dio un paso atrás, asustada, mientras veía como Adolfo corría hacia la puerta. Ahora en su rostro tan solo se veía la desesperación y el instinto de supervivencia. Para él, esa mujer que le estaba persiguiendo para darle caza no era la mujer con la que había convivido tanto tiempo. Zoe dio otro paso más, y vio como la puerta se cerraba de un portazo, empujada por el cuerpo de su padre al impactar contra ella en su frenética huida.

Desde su posición tras la puerta, después del portazo tan solo oyó un par de golpes, y luego, el silencio. La incertidumbre y la agonía de pensar lo que podía estar ocurriendo ahí dentro acabaron de destrozar su ya maltrecho equilibrio emocional. Esa pequeña niña ya no era dueña de sus acciones, pues había perdido la poca cordura que le quedaba. Anduvo unos pasos hasta la escalera que daba al primer piso, y se sentó en el segundo peldaño, sin dejar de mirar la puerta cerrada del dormitorio de sus padres, con la mirada perdida y la mente completamente en blanco.

No pudo ver como sus progenitores forcejeaban en el suelo, porque la puerta se lo impedía. Tampoco vio como Adolfo conseguía a duras penas levantarse empujando sin miramientos a su mujer, ni como le daba una patada en el estómago y la estrellaba contra la cómoda, partiéndole un par de costillas con el golpe. No vio como su padre corría asustado hacia el baño que tenía la habitación, ni como su madre se levantaba como si nada le hubiese ocurrido y seguía persiguiéndole con la única intención de matarlo y alimentarse de su cuerpo caliente y saludable. Si lo hubiera visto,  tal vez se hubiese involucrado, y hubiera acabado siendo una víctima más de ese juego macabro.

Por fortuna se perdió la parte en la que Adolfo, al entrar atropelladamente en el baño, resbalaba con el agua que había quedado en el suelo, de la última vez que había aseado a su esposa. También se ahorró la parte en la que se su padre perdió el equilibro y salió proyectado contra la bañera. No vio como se agarraba a la cortina en su intento de mantenerse en pie, ni como se desnucaba contra el borde de la bañera, al desprenderse la cortina sin ofrecer ninguna resistencia, dejándola completamente huérfana en cuestión de cinco minutos. Pero Paola si lo vio, y se le hizo la boca agua.

Descansaba bocabajo en la bañera, parcialmente tapado por la cortina, que aún conservaba un par de enganches en pie. Un charco de sangre comenzó a formarse bajo su cabeza, tiñendo de rojo la blanca superficie cerámica. Paola se acercó lentamente, pues ahora no había prisa alguna por empezar; la presa estaba inmóvil y no se resistiría. Se acercó al que en tiempos fuera su marido y comenzó a mordisquearle el brazo que sobresalía de la bañera por encima del borde de la misma, sin apenas hacer ruido, saboreando la carne cruda y deleitándose con la sangre templada que de ahí manaba.

Pasaron más de diez minutos antes de que el virus con el que Paola le había infectado al empezar a comerse su brazo comenzase a dar las primeras señales de vida en su organismo. Al principio no fueron más que unas leves convulsiones, y Paola siguió alimentándose del brazo de su marido como si nada, pero poco a poco se fueron tornando más violentas, dotando a todo su cuerpo de un extraño tembleque que consiguió apartar a Paola de la que hasta entonces había sido su merienda. Ahora ya no le interesaba; poco a poco su carne se iría impregnando más y más de un sabor y un olor repulsivo, que harían de él un manjar detestable.

Zoe seguía sentada en el segundo peldaño de la escalera, sin pensar en nada, cuando su padre se levantó. Lo hizo con rapidez y ansiedad, resbalándose un par de veces dentro de la bañera mojada con su sangre antes de conseguir salir de ahí. Una vez lo hizo, con los zapatos manchados de sangre, posó sus pies sobre el suelo dejando una huella roja a su paso. Miró a su esposa, sin reconocerla, y la husmeó, comprobando que ella también era uno de ellos, por lo cual no le interesaba. Siguió olisqueando el ambiente, notando todavía la fragancia inconfundible de un ser humano.

Los dos abandonaron el baño, observándolo todo a su paso, sin apenas hacer ruido. Anduvieron unos minutos por la estancia, limitándose a mirarlo todo, buscando pero sin encontrar la manera de salir de ahí. En un momento dado Paola empujó sin querer la lámpara de pie que había junto a la puerta, y ésta cayó al suelo con un sonoro golpe. Zoe gritó al escuchar el golpe, volviendo de repente al mundo real, y ello delató su presencia. Paola y Adolfo miraron hacia la puerta al mismo tiempo, y se abalanzaron contra ella, como si no existiera y pudieran atravesarla.

Los primeros golpes alertaron a Zoe, que se puso en pie sin saber a donde ir. Miró la puerta de entrada y el pasillo que daba a la puerta del patio trasero, pero enseguida descartó ambas posibilidades, porque lo más seguro es que acabase encontrándose con algún otro indeseable ahí fuera. Se disponía a subir las escaleras cuando uno de los golpes reventó la puerta, mostrando el brazo de su padre entre la madera astillada. Zoe comenzó a gritar y a llorar, sin saber qué hacer, trastabilló y cayó de culo a la escalera, mientras veía como su padre y su madre acababan de reventar la puerta y salían a su encuentro.