1×030 – Salida

Publicado: 27/03/2011 en Al otro lado de la vida

30

Residencia de la familia Peña

28 de septiembre de 2008

Los cuatro días que precedieron a la salida definitiva de Zoe de su casa fueron los cuatro días más largos que ella recordaba haber pasado jamás. La casa se le hacía más pequeña a cada nuevo día, recordándole en todo momento que sus padres habían fallecido, y que no volverían jamás. O mucho peor, porque si volvían no traerían buenas intenciones. Andaba de un lado para otro como un alma en pena, ahora sentada pensando en esto o en aquello, ahora acurrucada en una esquina llorando desconsoladamente. Todos los rincones de la casa tenían la huella imborrable de lo que ahí había sucedido, y Zoe deseaba con todas sus fuerzas abandonar su morada.

Pasó la mayor parte del tiempo en el mismo desván del que tanto ansiase salir anteriormente, pues de alguna extraña manera ahí se sentía especialmente a salvo de todo, escondida en un micromundo que al igual que el onírico, no permitiría que nadie le hiciese daño. Lo que más quería era irse de ahí, dejar ese episodio de su vida atrás, pero las calles no eran seguras. Aunque últimamente apenas se veía nadie rondando por los alrededores, eso no era razón para exponerse a ser perseguida por uno de esos indeseables. Sin embargo no fueron las ganas de abandonar ese lugar que tan malos recuerdos le traía lo que le hizo decidirse.

Durante las últimas semanas, desde los primeros días del mes, cuando empezasen los primeros alborotos por la ciudad, nadie en esa casa había salido a comprar ni alimentos ni bebida. No obstante, desde entonces todos habían estado comiendo y bebiendo como de costumbre, y las existencias de la casa habían llegado a un punto crítico cuando Paola había enfermado. Adolfo tan solo se preocupaba de su esposa, y el problema del alimento lo relegó a un segundo plano, hasta el punto que cuando él y su esposa pasaron a mejor vida, en la casa tan solo había una botella y media de agua, una lata de cerveza y las últimas existencias del minibar. Incluso el agua que habían almacenado antes de que cortasen el suministro había expirado para entonces, y para colmo, no había llovido ni una gota desde la tormenta del 31 de agosto.

La comida no suponía un gran problema, pues todavía quedaba algo que echarse a la boca, no mucho, pero lo suficiente. Lo peor había sido la sed. El segundo día de soledad Zoe había acabado con las existencias de agua, el tercer día se había bebido el líquido de un par de latas de berberechos y una de berenjenas que encontró en la cocina, medio vaso de aceite de girasol y un poco de vinagre, que enseguida se apresuró a escupir en el fregadero. Pasó el resto del día buscando algo que beber, pero tan solo pudo acumular un pequeño arsenal de bebidas alcohólicas, pues eso era el único líquido no venenoso que quedaba en casa.

Esa noche cenó acompañada con la lata de cerveza, que de entre todo lo que tenía para escoger, era lo que menor graduación alcohólica tenía. Se acabó la lata tan solo notando el desagradable sabor amargo de ese líquido calenturiento, y todo parecía estar en regla. Incluso había decidido beberse poco a poco, día a día, el resto de licores que quedaban, visto el buen resultado que había dado su primera experiencia alcohólica. Fue por la noche, cuando trataba de dormirse sobre el colchón que había subido al desván, cuando se le subió a al cabeza el poco alcohol que había ingerido y le sobrevino una fuerte jaqueca. No tardando mucho, acabó echando tanto la cena como la comida y la propia cerveza, en el suelo del desván, sintiéndose a la par enferma y estúpida.

Esa fue una muy mala noche para ella, donde le dolió tanto la cabeza como la barriga, impidiéndole de ese modo pegar ojo. A la mañana siguiente amaneció algo mejor, pero rechazó terminantemente beber ninguna más de las bebidas que había en casa, previendo el resultado que éstas podían ejercer en su joven cuerpo. Pero no obstante seguía teniendo sed, mucha más después de todo lo que había arrojado al suelo del desván la noche anterior. Anduvo todo el día de arriba para abajo rebuscando en todos lados, buscando algo que beber, sin encontrar nada útil, y al llegar la tarde acabó por tomar una decisión drástica.

Sabía que era una locura, y que al primer indicio de problemas se arrepentiría con todas sus fuerzas de haber salido, pero la sensación de vacío en su estómago era también muy fuerte. De todos modos, antes o después tendría que salir, pues tampoco disponía de comida para más de tres o cuatro días, y eso si la racionaba muy bien, de modo que la decisión parecía inevitable. Era media tarde cuando reunió las agallas suficientes para hacerlo. Tenía miedo de meterse en casa de un vecino, más que nada por si el vecino estaba dentro y le apetecía comérsela, de modo que pensó en ir al único sitio donde sabía que jamás podría pasar ni hambre ni sed. Si cogía la bici, en menos de cinco minutos estaría ahí.

Y ahí estaba ella, frente a la puerta nuevamente desnuda, tras quitar de en medio no sin gran esfuerzo la estantería, ataviada con su vestido rosa de las ocasiones especiales,  tal vez el más cómodo para pedalear o salir corriendo en un momento dado, sosteniendo el lazo violeta del regalo que le habían hecho los abuelos en su último cumpleaños, y con muchas ganas de comerse el mundo. La búsqueda frenética de algo que beber le había abstraído bastante últimamente del mundo que la rodeaba, dándole por fortuna otra cosa en la que ocupar la mente. Y ahora estaba hasta ilusionada por salir, asustada pero ansiosa por dar ese gran paso. Fue al abrir la puerta, cuando todo el pasado volvió a caer encima de ella como una losa.

El cadáver de su padre seguía en el mismo sitio donde había sido abatido a tiros cuatro días antes, junto a un montón de casquillos de bala. Tenía bastante peor aspecto. Miró al exterior, sintiéndose extrañamente superada por el espacio abierto después de tanto tiempo de reclusión, y vio una bandada de pájaros negros posada en el ya inútil cable de alta tensión que pasaba frente a la casa. Parecían mirarla, juzgarla, reírse de ella. Uno de esos pájaros se dejó caer, y con un ágil y certero vuelo, aterrizó en el césped, a menos de un metro del cuerpo de Adolfo. Graznó mirándola, como retándola, y se dirigió dando saltitos hacia el cadáver de su padre.

Subió hasta la cabeza, y como si hubiera estado esperando que Zoe viniese para poder presenciarlo, comenzó a picotearle los ojos, a comerse la masa blanda y viscosa de la que estaban hechos sus ya extintos globos oculares. La niña no lo pudo soportar más y corrió hacia el pájaro, gritando para espantarle, consiguiéndolo enseguida. El cuervo salió volando, graznando en motivo de queja por haberle estropeado el banquete. Zoe se quedó ahí quieta, en medio del jardín, observando ese lamentable espectáculo. El cuervo volvió con sus compañeros, y todos juntos se quedaron observándola desde ahí arriba.

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comentarios
  1. ShadowGhost333 dice:

    cuervos hijos de puta…se creen superiores ¬¬ y te miran juzgándote y riendose de ti.
    La mejor parte de ha sido cuando se ha puesto a beberse la cerveza me puse a reir pensando que se emborrachaba xD

  2. A falta de pan… xD

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