1×031 – Bicicleta

Publicado: 28/03/2011 en Al otro lado de la vida

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Jardín de la residencia de la familia Peña

28 de septiembre de 2008

Los ojos de Zoe comenzaron a humedecerse rápidamente, una lágrima brotó de ellos y la niña se apresuró a limpiarla con la muñeca. No se podía permitir flaquear. Ahora era el momento de ser fuerte, y no debía dejarse llevar por las emociones. Así lo había hecho su padre y el resultado le servía de ejemplo para no cometer el mismo error. No quería volver a entrar en la casa, quería alejarse de ahí cuanto antes. La niña miró a un lado y a otro alternativamente, ahora asustada por haber podido atraer a alguien mientas espantaba a esa alimaña. Respiró hondo, y tras un último vistazo en el que no vio señal alguna de hostilidad, caminó hacia el cobertizo donde le esperaba su bicicleta.

Andaba lentamente por el descuidado jardín, obligándose a no volver la mirada, concentrada en lo que debía hacer. No obstante esa imagen seguía grabada en su retina, y cada vez le costaba más refrenar los accesos de llanto. El miedo se volvió a apoderar de ella, y tendió al infinito cuando a un par de pasos de la entrada del cobertizo, escuchó un ruido en su interior; no pudo evitar un corto y agudo chillido. Se llevó las manos a la boca, pero ya era tarde. Quedó congelada en el sitio, a medio camino de ninguna parte, viendo que estaba demasiado lejos de la puerta de entrada a la casa si algún indeseable decidía salir del cobertizo en ese momento. Entonces hizo lo primero que se le ocurrió.

Paola salió del cobertizo en el que se había resguardado del sol de la tarde, alertada por el ruido de fuera, el mismo ruido que un minuto antes le había despertado de su siesta. Anduvo con tranquilidad, arrastrando ligeramente un pie, hasta que se encontró de nuevo en el jardín. No había más que un par de cuerpos ahí tirados, nada se movía, luego no tendría ocasión de cazar hoy tampoco. Eso la desanimó, aunque no tenía hambre. Caminó hacia el más pequeño de los dos cuerpos y comenzó a olisquear el aire, pues creía haber notado un olor familiar.

Antes de que tuviera tiempo de discernir nada, un ruido le hizo girarse velozmente, perdiendo de ese modo toda la atención en lo que estaba haciendo, para suerte de su joven hija. Se trataba de un graznido, que enseguida vino acompañado por otro y uno más. Ahora todos los cuervos habían posado en ella su mirada. Se alejó de Zoe caminando en dirección a los pájaros, molesta por el jaleo que estaban armando. Cuando no llevaba ni media docena de pasos, uno de los cuervos se dejó caer del cable y planeó hacia la puerta de la casa, adentrándose en ella como si nada. Paola se dejó llevar y caminó a paso ligero hacia el ave, que ahora revoloteaba por el salón.

Zoe había mantenido los ojos fuertemente cerrados hasta ese momento, escuchando cada vez más cerca los pasos de su madre, los pasos de quien seguramente hubiera acabado con ella de no haberse distraído. Los abrió justo a tiempo de ver a Paola entrando de nuevo en casa. No sabía como había podido aguantar tal presión sin derrumbarse y gritar o tratar de salir corriendo. Tampoco sabía de dónde había surgido la idea de hacerse la muerta, pero era evidente que le había salvado la vida. Aunque en cierto modo había sido ese maldito cuervo el que lo había hecho. Pero ahora no había tiempo para pensar en eso. Se le había puesto en bandeja una nueva oportunidad, y no tenía intención alguna de dejarla escapar.

Se levantó del suelo, observada en todo momento por aquella extraña bandada de cuervos, y caminó rápidamente hacia la puerta de la casa. Paola se había adentrado bastante en busca del cuervo, y ni se dio cuenta de como su hija cerraba la puerta, dejándola encerrada. La puerta no tenía en qué asirse, pero como se abría hacia dentro, le daría el tiempo suficiente para salir corriendo si su madre decidía salir antes de tiempo, cosa que afortunadamente no llegó a pasar. Una vez hecho eso, Zoe caminó a paso ligero de vuelta al cobertizo, sabiendo que disponía del tiempo contado, con el corazón latiéndole a mil por hora en su joven pecho.

Al entrar le costó unos segundos amoldarse a la escasa luz de la estancia, pero enseguida sus pupilas se dilataron y vio el regalo que Paola le había dejado en el suelo. Se trataba de una mano; tenía varios dedos mordisqueados, asomando en más de un punto parte del hueso, y parecía que la habían separado de su dueño recientemente a juzgar por el buen estado en el que se encontraba. Por un instante le vino a la mente una vieja serie de dibujos animados, pero esa imagen enseguida se difuminó al ver la bici. Zoe no quiso saber a quien pertenecía ni como había llegado ahí, y paso de largo, dirigiéndose hacia su bicicleta. Colocó el lazo violeta en el manillar, y se subió.

A lomos de su bici se sentía de nuevo libre y con algo de mejor humor dentro de las posibilidades. Cuando empezó a pedalear y a notar el viento en su cara pecosa, brotó esa agradable sensación familiar, que luchaba por alejar de su mente todo lo malo que desde tanto tiempo se esforzaba por atormentarla. Salió del cobertizo a toda pastilla y pasó por el jardín como alma que lleva el diablo, congratulada al ver como se alejaba de ese lugar que tan malos recuerdos le traía. Sabía que no volvería a ver a su padre ni a su madre, y ese sentimiento de congoja le acompañaría siempre. No obstante, el alejarse de ahí enfatizaría el recuerdo de ellos en vida, cuando eran unas personas adorables que le amaban y querían con todas sus fuerzas. Poco a poco el recuerdo de esos seres caníbales ávidos de carne fresca se iría diluyendo, y tan solo le acompañaría la nostalgia y los buenos recuerdos.

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comentarios
  1. ShadowGhost333 dice:

    una pequeña pregunta que serie es la que recuerda zoe ¿rasca y pica?xD

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