Archivos para abril, 2011

1×040 – Andén

Publicado: 03/04/2011 en Al otro lado de la vida

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Sobre las vías del tren elevado de Sheol

29 de septiembre de 2008

Siguieron su camino sin mirar atrás, escuchando los golpes cada vez más lejanos y débiles de ese pobre hombre, que seguía tratando de encontrar la manera de salir del vagón donde había ido a morir escasos dos días antes. La agradable sensación de que ahí arriba eran inmunes a todo y que nada les podría hacer daño, se vio algo mermada. Sin embargo, a medida que se alejaron, consiguieron recuperar un poco la tranquilidad que se habían forjado hasta ese desafortunado encuentro. Era la calle la que les asustaba realmente, mas cuando cruzaron una zona en la que había congregada media docena de resucitados, que las estuvieron siguiendo durante media tarde.

Se trataba de un grupo extravagante, que con pocos integrantes abarcaba todo el estrato de edades y sexos. Lo único que tenían en común era su ansia instintiva por alimentarse de carne fresca. Al principio se limitaban a mirar como caminaban, sin moverse, pero en cuanto se alejaron un poco comenzaron a seguirlas por la calle que transcurría paralela a la vía del tren. Probaron aligerando el paso e incluso agachándose y quedando fuera de su campo de visión, pero cada vez que volvían a mirar, ahí seguían ellos, dispuestos a seguirlas hasta el fin del mundo.

De nada serviría tratar de hacerles entrar en razón, y dadas las circunstancias, no se les ocurría otra manera de quitárselos de encima, de modo que continuaron su camino. No fue hasta pasadas un par de horas más, que la vía del tren dio un giro, pasando sobre un terraplén vallado a la altura de la calle, que las dejaron en paz. Siguieron alejándose, viendo como se habían agolpado todos en la valla metálica y como la agitaban con rabia, al ver como habían fracasado y como tendrían que pasar esa noche sin llevarse nada a la boca.

El día se les había pasado volando, no obstante estaban exhaustas de tanto caminar. Llegaron a una nueva estación, y a juzgar por el reloj de agujas de un hotel cercano, cuyo mecanismo aún se resistía a asumir el declive de la humanidad, se acercaban las ocho de la tarde. Hicieron un alto más en el camino, y Bárbara sacó una de las botellas de agua medio vacías que guardaba en su abultada mochila, mientras se planteaba si sería oportuno seguir un rato más o por el contrario debían buscar ya un lugar donde pasar la noche. Estuvieron bebiendo al tiempo que contemplaban como el sol volvía al horizonte a marchas forzadas desde su posición bajo una marquesina en el andén.

Zoe pidió permiso para ir al lavabo, y Bárbara la acompañó. Por suerte para ambas, los pequeños servicios de la estación estaban abiertos, y por mucho que no hubiese agua corriente, siempre era mejor recurrir a ellos que hacerlo en cualquier sitio como los animales o como los propios infectados. Bárbara sacó el bate de la mochila, y con Zoe a la retaguardia, entraron en los baños sin hacer ruido. Comprobaron puerta por puerta todos los lavabos, tantos los masculinos como los femeninos, pero por fortuna no encontraron señal alguna de hostilidad. Zoe se quedó dentro de uno de los baños femeninos, y Bárbara salió de nuevo al exterior, a hacer guardia.

Se acercó a la garita del jefe de estación, y se puso a mirar un plano del entramado de vías y estaciones que había en uno de los muros junto a la ventanilla bajada. A juzgar por el plano, ya habían llegado a la mitad de su recorrido. Apenas tardó unos segundos en seguir con la mirada la línea de color azul que correspondía a la vía por la que iban, pero eso resultó suficiente para que un resucitado subiera las escaleras que llevaban al andén, y caminara sigilosamente hacia los baños. Bárbara se dio la vuelta, esperando encontrar a Zoe saliendo del baño, pero lo que vio distó mucho de lo que hubiera deseado.

Unos segundos de distracción habían bastado para que ese hombre subiera las escaleras al oírlas hablar desde abajo, y se dirigiera hacia los baños sin pensárselo dos veces. Bárbara tan solo tuvo tiempo de ver como se metía en el baño. Agarró de nuevo el bate y corrió hacia ahí sin importarle nada más.

BÁRBARA – ¡Zoe, enciérrate en el lavabo, rápido!

Entró en los baños como una bala, al tiempo de oír un portazo y ver como ese hombre se abalanzaba contra la puerta tras la que se encontraba Zoe, que ya había empezado a gritar de pánico. Estaba desnudo de pies a cabeza a excepción de unos calcetines muy sucios. Se trataba de un hombre de mediana edad, bajo, con una tripa prominente. Era bastante calvo, no obstante lucía un espeso bigote negro acompañado de una barba de tres días. Sus ojos inexpresivos y su cuerpo pálido y flácido le resultaron extremadamente repulsivos. Los gritos de Bárbara le hicieron volverse, y entonces fue ella la que no supo como reaccionar. Ese hombre soltó un gruñido y Bárbara salió de ahí por piernas.

Salió del baño tan rápido como pudo y corrió sin mirar atrás hasta llegar a una de las barandillas que hacían de frontera a la estación con la calle que discurría varios metros por debajo. Se dio la vuelta esperando encontrarse con él, pero al volverse no vio a nadie. No la había seguido, sino que seguía dentro del baño, tratando de alcanzar a Zoe, que gritaba y lloraba. Se la oía desde ahí fuera. Bárbara comenzó a gritarle, insultándole, exigiéndole que fuera ahí con ella, diciéndole que se enfrentase a alguien de su tamaño, y poco más tarde asomó por la puerta, en parte atraído por los gritos, en parte cansado por ver que la puerta no se abriría.

Bárbara tragó saliva y agarró con fuerza el bate, mientras veía como ese hombre corría hacia ella tan rápido como se lo permitían sus rechonchas piernas. Preparada para batear, esperó hasta el último momento. Entonces bateó con todas sus fuerzas, cerrando los ojos a medida que el bate cortaba el aire a su paso. Pero hubo strike, porque no llegó a golpear la bola. El bate se le escapó de las manos, y con el impulso, Bárbara cayó de lado al suelo, evitando de ese modo la embestida del resucitado, que se estampó contra la barandilla, profiriendo un agudo grito de dolor.

Desde su posición privilegiada, con una rodilla en el suelo, oyó como el bate se golpeaba contra el suelo de cemento, y vio como ese hombre tenía medio cuerpo fuera de la barandilla. No se lo pensó dos veces y aprovechó para agarrarlo de los pies, y no sin un enorme esfuerzo, estiró hacia arriba y lo empujó con todas sus fuerzas para que cayera al vacío. Y así lo hizo, acompañado de un tremendo grito de pánico que retumbó varias manzanas a la redonda.

Cuatro metros le separaban del suelo, pero él se quedó a mitad de camino, empalado en una gran lanza de acero que coronaba una farola de dos grandes lámparas que quedaron a lado y lado de su cuerpo. La lanza atravesó su espalda, partiendo sus vértebras y salió por su tórax, dejándolo todo perdido de sangre a su paso. Se tambaleó un poco, antes de que un hilo de sangre asomara de su boca, y poco después quedó nuevamente inmóvil, con sus ojos clavados en los de Bárbara, que le miraba aún muy excitada, sin poder creerse lo que acababa de hacer.

NOTA INFORMATIVA:

De aquí en adelante, los siguientes capítulos del Tomo I los he deshabilitado temporalmente para poder participar en un programa de promoción de Amazon. Los volveré a habilitar, pero si mientras tanto quieres seguir leyendo, y no puedes o no quieres comprar el primer libro, sólo envíame un mail a elvillahermosa@gmail.com y estaré encantado de regalarte una copia digital gratis. ¡Mil gracias por leer!

David.

1×039 – Vía

Publicado: 03/04/2011 en Al otro lado de la vida

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Andén de la estación de tren elevado del barrio de Montalbán, Sheol

29 de septiembre de 2008

BÁRBARA – Ahora lo peor ya lo hemos pasado. Tan solo tenemos que seguir por la vía hasta el otro extremo. No te separes de mí, ¿De acuerdo?

ZOE – Si.

BÁRBARA – Aunque parezca que estemos seguras, no tenemos que levantar la guardia ni un momento. Bueno… Pues venga, que tenemos mucho camino por delante.

Emprendieron de nuevo la marcha. Al alejarse del andén tuvieron que ir por las vías, pues ahí no había más sitio para caminar. Al principio les acompañó la sensación que de un momento a otro vendría un tren y se las llevaría por delante, pero hacía ya más de dos semanas que los trenes habían dejado de circular por ahí. A lado y lado de la larga vía discurría un pequeño muro de seguridad de un metro de altura, del mismo hormigón que la base y los enormes pilares que pronto abandonaron el río para colocarse entre los dos carriles de una de las avenidas de la ciudad.

Las vistas desde ahí arriba eran envidiables, pues disponían de una panorámica de gran parte de la ciudad, en uno de los lugares más seguros de la misma. Desde ahí podían ver cientos de bloques de pisos carentes de vida, docenas de calles vacías y descuidadas. Tan solo las farolas y los árboles más altos les acompañaban en su larga marcha, y el camino se hizo incluso agradable. No obstante, caminaban bajo el sol, que con el paso de las horas se fue haciendo más intenso y caluroso, lo cual las obligó a hacer más de un alto en el camino para echar un trago.

De vez en cuando cruzaban alguna calle en la que había uno o dos infectados. Muchos de ellos no llegaban a percatarse de sus presencias, de modo que pasaban de largo. Pero de vez en cuando alguno las veía, y corría hacia ahí, tratando de alcanzarlas, gritando inútilmente. Ellas se limitaban a seguir adelante, haciendo caso omiso al resucitado, y al cabo de los minutos, o se cansaba, o las perdía de vista y daba media vuelta. Con el paso del tiempo, Bárbara se fue concienciando más de que la idea que había tenido era mejor de lo que creyese al principio, y eso le permitió relajarse un poco.

Tras las primeras dos horas de viaje, llegaron a una zona menos densa de la ciudad, desde donde se podía ver un gran lago que hizo de frontera al crecimiento en los primeros años. Les llamó la atención un hombre que caminaba por la pasarela de un pequeño muelle. Al principio creyeron que se trataba de un superviviente como ellas, y se quedaron mirándole, pero luego vieron que era un muerto más. Caminó con paso dudoso hasta el final de la pasarela, y una vez ahí, se agachó y volcó medio cuerpo fuera, tratando de acercarse al agua para beber de ella.

Entonces perdió el equilibrio y cayó al agua con un tremendo chapuzón. Bárbara y Zoe contemplaron atentamente como ese hombre luchaba por salir a la superficie. Sus intentos resultaron infructuosos y a cada nueva embestida tan solo conseguía hundirse más. Poco a poco se fue cansando, los movimientos fueron siendo menos frecuentes, y cuando ese pobre infeliz había bebido mucha más agua de la que su cuerpo le hubiera permitido, acabó ahogándose. Quedó nuevamente inmóvil, doblemente muerto, y su cadáver subió a la superficie del agua, bocabajo, y ahí se quedó flotando a la deriva. Esa extraña escena les hizo reflexionar, y les dio nuevas esperanzas, al ver lo estúpidos que podían llegar a ser esos seres.

Continuaron dos horas más, caminando apenas sin decir nada, cada vez más cansadas y más hartas del calor, hasta que encontraron un tren en mitad de la vía. Como ya se había hecho algo tarde, y aprovechando la sombra que el tren les ofrecería, decidieron sentarse junto a un vagón y comer algo para reponer fuerzas. Bárbara dejó la mochila en el suelo, apoyada en el último vagón, y sintió un gran alivio al quitarse ese gran peso de encima. El bate lo había metido en la mochila horas antes, al ver que no lo utilizaría. Se sentaron las dos en el suelo y sacaron algo de comida de la mochila y un par de botellas pequeñas de agua.

A la sombra como estaban, y con un poco de viento que se había levantado, ambas se sintieron muy cómodas, con la estupenda panorámica de la ciudad vacía como paisaje y algo que llevarse a la boca. Zoe fue la primera que acabó y se levantó, inquieta. Bárbara le echaba un ojo mientras la niña danzaba por las cercanías, observando con curiosidad el interior del tren por las ventanillas. Llegado un momento Bárbara la perdió de vista, y poco más tarde escuchó un grito. Soltó todo cuanto tenía en la mano y corrió hacia ahí como alma que lleva el diablo, temiéndose ya lo peor.

Llegó donde se encontraba Zoe y la vio a un par de metros de la ventana que había estado mirando cuando gritó. Todo parecía en regla aparentemente, a no ser por la expresión de disgusto que mostraba la niña en su cara. Bárbara miró el vagón y enseguida comprendió el porqué de ese susto. Ahí dentro había un hombre, era uno de ellos, sus ojos inyectados en sangre daban buena fe de ello. Parecía un vagabundo a juzgar por sus ropas y lo dejado de su aspecto. Estaba contra la ventana, con las manos sucias apoyadas en ella, mirándolas sin comprender por qué no podía alcanzarlas.

Bárbara pensó que seguramente habría ido ahí a pasar la noche después de que alguien le mordiese, y habría acabado transformándose Dios sabía hace cuanto tiempo. Afortunadamente por ahora no podía salir de ahí, y ellas no se iban a quedar a esperar que lo hiciese.

BÁRBARA – Cojamos las cosas y vayámonos. Todavía nos queda un buen trecho antes de que se nos haga de noche. Venga.

Zoe asintió y después de recoger la mochila, reemprendieron de nuevo su camino, con algo más de peor cuerpo.

1×038 – Camino

Publicado: 03/04/2011 en Al otro lado de la vida

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Frente al almacén del supermercado

29 de septiembre de 2008

La extraña pareja se alejó del que había sido su refugio hasta el momento, y sin más compañía que ellas mismas, caminaron en busca de un destino mejor. Zoe iba cogida de la mano con Bárbara y ésta sostenía en la otra mano el bate de béisbol. El sol matutino les bañaba con su cálido manto, y el silencio, tan poco habitual de esa ciudad y mucho menos a esas horas, les hacía sentirse raramente incómodas. Ese silencio era roto tan solo por el canto de los pájaros y una suave brisa que calmaba un poco el calor. A cada calle que cruzaban, Bárbara se adelantaba y comprobaba, no sin cierta incredulidad, que había vía libre para seguir adelante y acto seguido continuaban.

Zoe tenía en su interior una extraña mezcla de sentimientos contradictorios. Por una parte estaba animada ahora que ya no estaba sola, y se alegraba mucho de tener alguien que le pudiera ayudar si las cosas se ponían muy feas. Estaba segura de que Bárbara estaría con ella pasara lo que pasara, y eso le hacía sentirse más tranquila y menos asustada. Pero por otra parte, estaba algo desilusionada por perder la sensación de superioridad e independencia que había adquirido mientras estaba sola. Se había sentido adulta y responsable por unos días, y ahora veía que volvía a ser quien era antes.

Bárbara, por su parte, ahora estaba demasiado preocupada por que todo saliera bien. Tenía todos los sentidos alerta, esperando que en cualquier momento pasase algo que le hiciera arrepentirse de la decisión que había tomado. A cada paso que daba, se preguntaba una y otra vez si había hecho bien arrastrando a esa niña pequeña en su estúpido plan. No hacía más que pensar lo mal que se sentiría si por su culpa le pasara algo a Zoe, o si era ella la que salía mal parada, que haría la chiquilla sola en mitad de la calle. Todo tenía que salir bien, y ella se encargaría de que así fuera.

Se alejaron de las afueras, adentrándose con paso dudoso en las entrañas de la gran ciudad, ocultándose tras los pocos coches que aún quedaban por ahí, caminando por las zonas que les permitirían salir corriendo con mayor facilidad. Las calles se veían sucias y descuidadas, con papeles de periódico tirados por todos lados, bolsas de basura y su contenido desperdigadas por doquier. Los portales de los bloques de pisos, cada vez más altos, estaban todos cerrados; las ventanas y los balcones de las fachadas, cerradas, vacías, muertas. No obstante, se sentían observadas, como si tras los cristales de las ventanas hubiera alguien dispuesto a contemplar como fracasaban.

A mitad de camino de la estación llegaron a un parque que tenían que cruzar para llegar a su destino sin desviarse más de la cuenta. Al entrar en el parque, ambas sintieron como si volviesen atrás en el tiempo. Ahí todo parecía seguir como antes, nada daba la impresión de haber cambiado en el último mes. Ahí tan solo los árboles y los pequeños animales salvajes daban fe del momento en el que se encontraban, y para ellos, nada había cambiado. Fue al llegar al centro del parque cuando la realidad se cernió de nuevo sobre ellas.

En el centro de un claro se erguía un gran muro que en tiempos conmemoraba las hazañas de los fundadores de la ciudad. Ahora el muro estaba empapelado de arriba a abajo. Se acercaron a él, por curiosidad, y lo contemplaron durante un rato. Cientos sino miles de papeles, de todos los colores y tamaños imaginables, estaban pegados sobre la superficie lisa del muro. La mayoría eran gritos desesperados para encontrar a familiares o amigos desaparecidos. Buena muestra de ello eran las fotografías de esos cientos de personas que a día de hoy ya no estaban entre los vivos. Otros muchos de los cartelitos se limitaban a recordar a los perdidos, a darles un último adiós. El suelo frente al muro era un amasijo de flores marchitas y velas a medio consumir.

No tardaron en irse, pues no les agradó lo que vieron. Ahí se materializaba en pocos metros cuadrados gran parte del sufrimiento de los antiguos moradores de la ciudad. Continuaron adelante, aún sorprendidas por no encontrar nadie en el camino. Cruzaron una calle estrecha, totalmente vacía si no fuera por un carro de supermercado que había en el centro. El carro tenía en su interior el cadáver en avanzado estado de putrefacción de lo que parecía una mujer de mediana edad. Al menos, por lo que vieron al pasar junto a él, nadie se había entretenido en alimentarse con el cuerpo.

A los veinte minutos de la partida, llegaron finalmente a su destino. Cruzaron la última esquina, y pudieron contemplar la estación de tren, que se encontraba suspendida unos metros por encima de un río poco caudaloso que cruzaba la ciudad de punta a punta. Una pareja de escaleras se unía en la parte superior que daba paso al andén, tras una barrera para validar los billetes. En la parte inferior había una amplia zona de aparcamiento de motos, vacía, y otra para bicicletas, en el que descansaba una azul, con el candado puesto.

Se miraron la una a la otra, y tras echar un último vistazo a los alrededores, y al ver que seguían solas, sin mediar palabra, caminaron hacia las escaleras. Ahí la calle estaba más limpia, y el ruido de un motor no muy lejos de ahí, les hizo sentirse más tranquilas; cualquier resquicio de humanidad era de agradecer a esas alturas. Comenzaron a subir las escaleras metálicas, bañadas por el caluroso sol, y se arrepintieron de no haber llevado algo para protegerse de él. Llegaron arriba y caminaron hacia las máquinas validadoras de billetes. Bárbara pasó de largo por encima de una de las barras, y Zoe hizo lo propio por debajo. Unos pasos más les llevaron a las vías ya inútiles. Ahora tan solo tenían que seguir en línea recta, sin mayor preocupación, en busca de su destino.

37

En el supermercado

29 de septiembre de 2008

Devoraron la comida con ansia, sin apenas saborearla. Bárbara trataba de resultar amigable y luchaba por sacarle una palabra o una sonrisa a Zoe, pero no había manera. Esa chica estaba demasiado cerrada en si misma, y tenía traumas demasiado recientes para comportarse como una niña de su edad. Y eso a Bárbara le sentaba mal, aunque ella misma temía tener una recaída en cualquier momento, puesto que tenía tantas o más razones que Zoe para estar así. No obstante, supo asumir su rol de adulto y se obligó a parecer tranquila y optimista, con la intención de contagiar a Zoe de ese mismo espíritu. No podía permitirse ninguna debilidad.

No mucho más tarde acabaron de comer, empachadas, y se quedaron un rato sentadas en el suelo, rodeadas por las bolsas y las latas que habían abierto para almorzar. Bárbara había seguido formando en su mente el plan maestro que las llevaría a la salvación, al menos a corto plazo. Calculó que tardarían un par de días en llegar al otro extremo de la ciudad por la ruta que había previsto, de modo que al menos deberían pasar una noche en un refugio improvisado. Quiso convencerse de que no tenía porque salir mal, pero no las tenía todas consigo. El siguiente paso sería el de aprovisionarse de comida y de bebida para el camino. Necesitarían al menos provisiones para tres o cuatro días, y una buena mochila donde meterlas.

BÁRBARA – Mira, no te voy a mentir. El camino será largo, al menos un par de días, a pie todo el rato, y tendremos que buscar un sitio donde pasar una noche a mitad de camino, pero yo, personalmente, creo que sería más peligroso quedarse aquí. Por supuesto que no te voy a obligar a hacer nada que no quieras, pero me gustaría que vinieras conmigo. ¿Qué me dices?

Zoe se quedó mirándola, respirando aún algo agitadamente después del atracón. El corazón le latía muy rápido, pues sabía que de la decisión que tomase ahora, dependería su futuro. No desconfiaba de Bárbara, le había caído bien desde el principio. Le parecía amable y hasta le caía bien, pero lo que le estaba proponiendo era muy poco apetecible.

BÁRBARA – Prometo que no permitiré que te pase nada malo, y no me separaré de ti pase lo que pase.

ZOE – Tengo miedo.

BÁRBARA – Yo también, cariño. Todos lo tenemos, y eso es normal. Pero hemos que aprender a ser más fuertes que ese miedo, tenemos que aprender a estar por encima de todos los que quieren hacernos daño. Solo así conseguiremos vencerles.

Zoe miró un momento al suelo, y volvió a mirar a Bárbara.

ZOE – Vale.

En la cara de Bárbara se dibujó una amplia sonrisa, que contagió a Zoe, haciendo que su habitual cara de espanto pareciese más natural.

BÁRBARA – ¡Estupendo! Ya verás como no te arrepientes. Ahora tenemos trabajo que hacer, antes de que se nos haga tarde. Tenemos que coger comida y bebida, y una mochila donde meterlo todo. Acompáñame, venga.

Zoe, algo más animada por tener de nuevo algo en lo que ocupar la mente, acompañó a Bárbara. Cogieron una gran mochila negra de montañero, y comenzaron a meter toda la comida en conserva que consideraron necesaria, siempre que estuviera al gusto de las dos. Cuando llevaban media mochila, agarraron unas cuantas botellas de agua y acabaron de llenarla. Una vez acabaron, y después de meter un par de linternas con sus pilas, un par de mecheros, velas y un pequeño botiquín improvisado, Bárbara trató de levantar la mochila, pero no pudo. Se habían pasado de peso, y tuvieron que vaciar la mitad, con lo cual perdieron la mitad de las provisiones.

Bárbara volvió a levantar la mochila, y ésta vez pudo con ella. Pesaba todavía bastante, pero podría llevarla, aunque no le permitiría correr. Tan solo quedaba una última cosa que hacer. Con la mochila a la espalda, y seguida de cerca por Zoe, se dirigió a la zona de equipamiento deportivo y echó un vistazo al material. Necesitaría un arma para defenderse si fuera necesario. Un arma blanca le parecía demasiado violenta, además de que ella misma podría hacerse daño, de modo que acabó escogiendo lo que en ese momento le pareció lo más adecuado; un bate de béisbol.

BÁRBARA – Ahora ya estamos preparadas para salir. Tendremos comida al menos para cuatro o cinco días, si la racionamos bien, y con las linternas no estaremos a oscuras por la noche. Creo que ya está todo… ¿Que te parece, nos vamos?

Zoe levantó los hombros, y eso fue suficiente para Bárbara. Ambas se dirigieron de vuelta al almacén por el que habían entrado, y miraron de lejos la rendija del gran portón. Seguía igual, y parecía que nadie se había acercado desde que Bárbara entrase. Dejó la mochila en el suelo, y se dirigió a Zoe.

BÁRBARA – Voy a comprobar que no haya nadie fuera, tu quédate aquí. ¿Entendido?

Zoe asintió con la cabeza. Bárbara se dirigió al portón, decidida aunque lógicamente asustada, y se arrodilló. Tragó saliva y metió la cabeza por el agujero. Miró a un lado y al otro. Todo estaba igual que recordaba haberlo visto una escasa hora antes. No había nadie por los alrededores, y la bicicleta de Zoe seguía en el mismo sitio. Pero ahora todo era diferente, ella misma era diferente. Ahora veía las cosas con otros ojos, ahora el escenario de su vida era otro, aunque mantuviese la misma escena.

Se metió de nuevo e hizo un gesto con la mano para que Zoe se acercase. Bárbara pasó primera, y Zoe empujó la mochila y el bate afuera. Luego salió ella y Bárbara se puso la mochila a la espalda. Zoe caminó hacia la bicicleta y Bárbara temió que quisiera utilizarla para el camino, pero la niña se limitó a coger la cinta violeta del manillar, y se la anudó a la muñeca, ayudándose de los dientes, antes de volver con Bárbara. Desde que cayese con la bicicleta el día anterior le había cogido miedo, y ahora prefería ir a pie, cosa que Bárbara agradeció.

ZOE – ¿Vamos?

1×036 – Planes

Publicado: 02/04/2011 en Al otro lado de la vida

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En el supermercado

29 de septiembre de 2008

Continuaron así un minuto largo, simplemente haciéndose compañía la una a la otra, notándose de nuevo acompañadas después de un largo período de soledad, notando que todavía había algo por lo que seguir luchando. Poco a poco Zoe se fue calmando, dejando atrás el llanto que le había provocado Bárbara. Ésta acabó separándose de la pequeña niña que acababa de conocer, y la miró a los ojos, rojizos, mientras ella emitía los últimos sollozos. De repente le pareció que la conocía desde mucho tiempo antes, como si no fuera la primera vez que la veía; no tardó mucho en darse cuenta a que era debida esa sensación.

BÁRBARA – Antes… Antes de todo esto, yo era profesora de un colegio. Daba clase a niños de tu edad… Pero no quiero aburrirte contándote mi vida, ahora. Dime, ¿Cómo te hiciste eso?

Bárbara apuntó con el dedo la rodilla de Zoe, y ésta se la miró. Ya se le había olvidado por completo.

ZOE – Me caí de la bici.

BÁRBARA – ¿Me acompañas y que te lo cure bien y te lo vende?

Zoe asintió con la cabeza lentamente y Bárbara se dirigió hacia la zona del supermercado donde sabía que había el material necesario para limpiarle la herida y colocarle una pequeña venda. Zoe la siguió de cerca. Le gustó sentirse de nuevo útil para alguien más que para si misma, y lo que ahora hacía le recordaba mucho a su vida real, la de antes del holocausto. Ahora mismo se sentía como un día cualquiera de trabajo, a la hora del recreo, curando a un niño que se había hecho daño jugando en el patio del colegio. Llegaron a su destino y Bárbara le pidió a su nueva amiga que se sentara y comenzó a buscar el material que necesitaba y a curarle la herida, mientras Zoe la observaba en silencio.

BÁRBARA – No es más que un rasguño, esto te lo curo yo en un santiamén… Pues te he encontrado de pura casualidad, porque yo no soy de aquí, de Sheol, pero vine aquí hace unos días y… Que te voy a contar que tú no sepas ya, a la altura que estamos de la película. No te ha mordido ni te ha arañado ninguno de esos hombres malos, ¿Verdad?

Zoe negó con la cabeza.

BÁRBARA – Así me gusta. No tienes que dejar que se te acerque ninguno, jamás, aunque sea alguien que conozcas de antes y te pienses que no te va a hacer daño. Cualquiera que veas que tenga los ojos rojos, es alguien que busca hacerte daño. ¿Entendido?

Zoe seguía mirándola, limitándose a escucharla, sin intervenir para nada.

BÁRBARA – Bueno, creo que esto ya está. Te he puesto una venda pero tal como lo tienes casi no haría ni falta. Mañana mismo te la puedes quitar.

ZOE – Gracias.

BÁRBARA – Ahora… Creo que deberíamos irnos de aquí.

ZOE – No. Yo no quiero irme.

BÁRBARA – Por mucho que pueda parecerlo, este no es un lugar seguro. Estamos en medio de la ciudad, y aquí es donde más gente hay, porque están todos los pisos, y es donde más gente vivía antes de… Yo misma acabo de despistar a unos cuantos antes de venir aquí. Había por lo menos… una docena. Si nos quedamos aquí dentro seguramente no podrán entrar, parece un sitio bastante seguro y si tapamos el portón por donde hemos entrado no creo que pueda entrar ninguno. Pero nos acabarán viendo a través de las rejas porque esto está todo al descubierto y se agolparán ahí detrás, y el ruido atraerá a más y más gente y luego no tendremos por donde salir. ¿Me entiendes?

Zoe la miraba ahora con el ceño fruncido, no le gustaba lo que estaba oyendo. Por su parte, la propia Bárbara no estaba muy segura de que lo que decía tuviera mucho sentido, mas cuando la alternativa era salir a la calle y exponerse a que se las comiera cualquiera que pasara por ahí. Pero sabía que tenía razón, no podían quedarse ahí eternamente, y mientras más pospusieran la partida, peor sería.

BÁRBARA – El problema es quedarse en un mismo sitio mucho tiempo, porque antes o después acaban encontrándote. Creo que nos huelen. Así que creo que lo mejor será que nos vayamos ahora, aprovechando que es de día. De día están más atontados y la mayoría están durmiendo en lugares a la sombra. Si fuera de noche te diría de quedarnos, pero ahora que es por la mañana…

ZOE – ¿Y a donde vamos a ir?

Bárbara se quedó un momento pensando. Desde que despertase en aquel ataúd, todo cuanto le había preocupado era que no se la comieran ese mismo día, pues ya no quedaba nada por lo que seguir adelante. Si seguía viviendo era porque su instinto de supervivencia le arrastraba a continuar luchando cuando ya todo parecía perdido. Pero ahora, al encontrarse con Zoe, sus prioridades habían cambiado por completo. Ahora veía el futuro con otros ojos, y comenzaba a planear un destino deseable para ambas, un destino en el que esa joven chiquilla no tuviera que seguir recibiendo más reveses del destino.

BÁRBARA – En el otro extremo de la ciudad comienza un bosque enorme, con algunos pueblos pequeños. Si conseguimos llegar al otro lado, nos podemos refugiar en alguno de esos pueblos y como ahí no vivía casi nadie, no creo que tengamos muchos problemas. Con algo de suerte hasta encontraremos a alguien ahí que nos eche una mano… Podríamos ir por las vías del tren elevado. Hay una parada no muy lejos de aquí. Si llegamos y subimos al andén, podemos cruzar la ciudad de una punta a la otra sin pisar la calle, y aunque nos encontremos con alguno, no podrá cogernos porque no estaremos a su alcance.

Zoe seguía mirándola con bastante recelo, la idea de salir de ahí le seguía resultando muy poco apetecible. Bárbara, a medida que hablaba, se iba convenciendo más de que su idea podría resultar exitosa, y poco a poco consiguió contagiar a Zoe de su optimismo, pues el objetivo final del plan resultaba bastante deseable para ambas.

BÁRBARA – Hagamos una cosa, ¿Qué te parece si desayunamos algo? Yo estoy hambrienta, y aquí es todo gratis ¿No? Luego seguimos hablando y me dices que te parece la idea.

Zoe asintió con la cabeza, y las dos se fueron a la zona donde guardaban el chocolate y las galletas, a darse un buen atracón.

1×035 – Dos

Publicado: 02/04/2011 en Al otro lado de la vida

35

En el supermercado

29 de septiembre de 2008

Zoe estaba sentada en el césped, junto a un gran roble que filtraba entre sus hojas la luz del sol de esa apacible tarde de verano. Las briznas de hierba le hacían cosquillas en la palma de las manos mientras la suave brisa mecía su melena escarlata. Una extensa llanura verde se extendía hasta donde le alcanzaba la vista, salpicada de vez en cuando por algún árbol despistado. A lo lejos se podía ver una familia de caballos trotando alegremente en dirección al horizonte. Una figura se acercaba en la distancia, con paso ligero hacia ella. Se levantó y la miró con una amplia sonrisa en la boca, antes de correr hacia ella. A medida que se acercaban, la sensación de satisfacción se iba haciendo más acusada, y cuando estaba a punto de encontrarse con su madre, despertó.

ZOE – ¿Mamá?

Al abrir los ojos vio a una extraña mujer erguida frente a ella, mirándola con una expresión vacía en el rostro. Una mujer que la estudiaba con la mirada, que trataba de leer a través de sus ojos verdes. En un principio estaba desubicada y aún adormilada, pero enseguida recordó donde se encontraba y como había llegado hasta ahí. De nuevo sobrevino el pánico. Trató de levantarse trastabillando con las cajas de cartón y las latas que había dispersas por el suelo, asustada, segura de que no tendría tiempo de huir y esa abominable mujer acabaría matándola. Pero para su sorpresa, la que ella confundiese con uno de los infectados, le habló.

BÁRBARA – Tranquila, no…

ZOE – No me hagas daño, por favor.

BÁRBARA – Nadie va a hacerte daño, estamos solas.

Bárbara se acercó a Zoe, y le ofreció su mano para que la niña se levantase. Zoe la miró, todavía algo asustada, con el ceño fruncido y muy recelosa. Pero finalmente extendió su mano, y Bárbara le ayudó a incorporarse. Zoe se levantó, sin apartar la vista de Bárbara y se quedó ahí, quieta, callada, agarrándose el codo con una mano y con la cabeza gacha. Bárbara había previsto que se podía encontrar con la chica que creyera ver al salir del cementerio, pero ahora estaba superada por los acontecimientos y no sabía que era lo que debía hacer. Finalmente tomó la iniciativa.

BÁRBARA – Dime… ¿Cómo te llamas?

ZOE – Zoe.

Al oírla hablar de nuevo, a Bárbara se le erizó el vello de los brazos. No comprendía como una persona de tan corta edad había conseguido sobrevivir sola, y eso le ofrecía una extraña mezcla de curiosidad y admiración. Se la veía tan pequeña, tan frágil y tan inocente, que ahora más que nunca sintió que todo lo que estaba ocurriendo en el mundo era una tremenda injusticia, un castigo desproporcionado para la raza humana. Zoe seguía desconfiada, incómoda, y dio un paso atrás.

BÁRBARA – No tienes nada que temer, solo quiero ayudarte.

Zoe la miró, temblándole la mandíbula.

BÁRBARA – Yo me llamo Bárbara.

Le ofreció la mano. Zoe la miró, le volvió a mirar a los ojos, y acto seguido la acercó lentamente y se la estrechó sin fuerza. Bárbara la agitó amistosamente, mientras trataba de sostener una sonrisa forzada en la boca.

BÁRBARA – Dime una cosa, la bicicleta que hay ahí fuera es tuya, ¿No es cierto?

Zoe asintió lentamente con la cabeza.

BÁRBARA – Me lo temía… ¿Has venido sola?

Solo el silencio le respondió.

BÁRBARA – Debes de ser una chica muy fuerte, tal y como está el patio ahí fuera… Veo que no eres muy habladora…

Zoe seguía callada. Se limitaba a mirarla, sin mover un músculo. Bárbara miró a su alrededor y continuó su monólogo.

BÁRBARA – Veo que has escogido un buen sitio donde pasar la noche. Aquí hay de todo… ¿Sabes? Yo he ido a parar aquí porque te vi ayer por la calle con la bicicleta, y al verla de nuevo junto al portón del supermercado, pensé que estarías dentro… y acerté. Creo que es cosa del destino. Que nos hayamos encontrado, digo.

Por mucho que se esforzaba, no conseguía sacarle una palabra.

BÁRBARA – Yo hasta ahora también estaba sola. De la manera que están las cosas hasta tendríamos que dar gracias de eso. De todos modos, creo que es una suerte que nos hayamos encontrado ¿No crees? Así no hará falta que sigamos estando solas… ¿No te parece?

Zoe seguía mirándola, cada vez se sentía más incómoda.

BÁRBARA – Entiendo que me tengas miedo, yo misma pensé que tu… Bueno… Pero… te prometo que lo único que quiero es ayudarte. Las dos estamos solas, no se me ocurre mejor idea que juntarnos y tratar de continuar nuestro camino juntas. ¿Qué me dices, te apetece venir conmigo?

Zoe subió los hombros, respondiendo sin decir nada. Bárbara ya no sabía que hacer.

BÁRBARA – A ver… Dime una cosa… ¿Dónde están tus padres? Si sabes donde están te puedo llevar con ellos.

Zoe no pudo aguantar más y comenzó a sollozar. Pronto sobrevino el llanto. No es que antes lo hubiera superado, pero tener que asumir la muerte de sus padres ante una tercera persona, le dio la impresión que lo convertía en algo más real. Bárbara comprendió que había hablado más de la cuenta, y le supo mal. Se sintió estúpida, porque tenía que haberlo previsto. ¿Por qué si no estaría ella sola ahí, si no es que había perdido a todos los suyos? Al ver llorar de esa manera a Zoe, supo que no podría dejarla sola jamás, que a partir de ahora se haría responsable de ella, pues visto lo visto, era todo cuanto tenía en la vida, y eso que se acababan de conocer.

BÁRBARA – Per… Perdona. Tranquila, pequeña. Ahora ya no tienes nada que temer, no permitiré que te pase nada. Todo saldrá bien.

Bárbara se acercó a la niña, se arrodilló frente a ella y la abrazó, al tiempo que a ella misma se le humedecían los ojos. Zoe no tardó en devolverle el abrazo. Aunque era una extraña y desconocía cuales podía ser sus intenciones, se sintió comprendida, segura y tranquila. Tener de nuevo un adulto en el que confiar, una persona que cuidase de ella, le hizo sentir de nuevo alguien especial.

1×034 – Super

Publicado: 01/04/2011 en Al otro lado de la vida

34

Afueras de Sheol

28 de septiembre de 2008

Pasó de largo el cementerio y las calles que lo precedían, pedaleando a una velocidad moderada, teniendo ahora más miedo de volver a caerse que de encontrarse con algún indeseado más por el camino. La densidad de la niebla que todo lo cubría no ayudó en absoluto a calmarla, y cuando finalmente llegó al supermercado, la mandíbula inferior le temblaba de miedo, al igual que lo hubiera hecho de frío el peor día de invierno. Ahora lo que tenía era prisa por refugiarse de nuevo en un lugar cerrado, un lugar que al igual que lo hiciese su casa, le confiriese cierta seguridad.

Al llegar a la que fuera la puerta de entrada, se le vino el alma al suelo. Debería haberlo pensado, pues era evidente, pero su cabeza se negó a asumir esa posibilidad tan totunda, porque era mayor la necesidad que tenía de alcanzar su meta. Los portones automáticos de cristal de la entrada estaban hechos añicos, lo que demostraba que la tienda había sido saqueada. Sin embargo, una enorme reja metálica impedía el paso a todo cuanto fuese mayor en tamaño que un gato. Sentada como estaba en la bicicleta, los pies apoyados en el suelo, comenzó a respirar más rápidamente, notando como una oleada de miedo le fluía por las venas.

Se levantó de la bici, y miró a su alrededor, tanto como la niebla se lo permitía. Parecía no haber nadie cerca, cosa que era muy de agradecer. Zoe comenzó a caminar junto al escaparate de la tienda, con la bicicleta agarrada por el manillar. Desde ahí podía ver parte del género que había podido sobrevivir al saqueo. Había prácticamente de todo lo que hubiese podido desear, pese a que se habían llevado prácticamente todas las existencias. Pero todo estaba enrejado a conciencia, no dejando ni el más mínimo resquicio para colarse, lo que también era una garantía para estar más segura, si finalmente conseguía entrar.

Rodeando la fachada de ese gran edificio, acabó llegando a la parte trasera, donde se erguía el gran portón, igualmente cerrado, por donde entraban los suministros al supermercado. Algo le hizo acercarse, hasta llegar a la puerta que había junto al portón. Dejó la bicicleta apoyada en la fachada y respiró hondo. Al tratar de girar el pomo de la puerta, se dio cuenta de que estaba cerrado con llave. Estaba a punto de dar media vuelta y buscar otro lugar donde pasar la noche, puesto que la tarde expiraba a marchas forzadas, cuando vio que la parte inferior del portón estaba algo levantada. Al parecer se había trabado antes de encajarse, lo cual le vino como anillo al dedo.

Ella cabría de sobras, pero la bici tendría que pasar la noche fuera, aunque eso no le importaba ya lo más mínimo, no después de haber recibido esa nueva bocanada de aire fresco. Sus esperanzas, que hasta segundos antes estaban hechas pedazos, parecían recomponerse. Dejó la bici donde estaba, y sin mirar siquiera atrás se apresuró a colarse por la rendija del portón, alejándose al fin de esa atmósfera de falsa tranquilidad y visiones borrosas. Al levantarse de nuevo y mientras se afanaba por quitar la suciedad del suelo de su ya ajado vestido, vio que se encontraba en el almacén.

Aunque lo más probable era que el dueño del supermercado hubiera pasado ya a mejor vida o anduviese muy lejos en esos momentos, eso no le quitó para sentirse ajena ahí dentro. Esa era una zona privada donde la gente de a pie como ella no debía estar, de modo que se dirigió a la puerta corrediza que llevaba al interior del supermercado. Pese a que no disponía de luz artificial alguna, todo el edificio estaba muy bien abastecido de iluminación por grandes claraboyas en la cubierta, que le permitirían ver por donde andaba mientras quedase luz solar de la que aprovecharse.

Al cruzar el umbral de la puerta, creyó entrar en el paraíso. Ni el mal olor de los congelados que habían perecido ante la falta de refrigeración pudo empañar su sensación de bienestar. Por primera vez desde que había comenzado el éxodo, se sintió en cierto modo satisfecha. No obstante, el recuerdo de sus padres ya muertos, el de sus abuelos y el de prácticamente toda la gente que conocía, si no es que habían conseguido escapar del país, seguía atormentándola a cada nuevo minuto. Pero se esforzó por concentrarse en hacer lo que había venido a hacer.

Las próximas horas las pasó danzando de un lado al otro del supermercado, después de un concienzudo y afortunadamente infructuoso barrido en busca de hostilidad. Lo primero que hizo fue beberse medio litro de té helado, que ahora era más bien té a secas. Al notar el líquido corriendo de nuevo por su garganta, sintió un placer indecible, tras tanto tiempo con la boca seca. Después de saciar su sed, se dirigió a la zona donde siempre acababa arrastrando a su madre cuando venían, y con ese dulce recuerdo en la cabeza, se sentó en el suelo rodeada de cientos de golosinas, e hizo la cena más a su gusto que se le podía haber ocurrido; ositos de goma, nubes, bolitas de chocolate, ganchitos… todo cuanto hubiera podido desear una niña de su edad, y además gratis.

Después de un empacho de golosinas, siguió caminando de un lugar a otro del supermercado, abriendo alguna bolsa o lata y picando algo al azar, como si se encontrase en un gran buffet libre en liquidación. Poco a poco la luz fue desapareciendo, y el lugar volviéndose cada vez más sombrío. En el pasillo en el que se encontraba había unos cartones tirados en el suelo, que parecían indicarle que ahí es donde debía pasar la noche. Se sentó sobre los cartones, sintiéndose extraña, como una vagabunda, y se tumbó de espaldas al suelo, contemplando los últimos rayos de sol que se filtraban por las claraboyas. Poco más tarde, el agotamiento de un día tan ajetreado acabó haciéndole mella y se durmió.