1×040 – Andén

Publicado: 03/04/2011 en Al otro lado de la vida

40

Sobre las vías del tren elevado de Sheol

29 de septiembre de 2008

Siguieron su camino sin mirar atrás, escuchando los golpes cada vez más lejanos y débiles de ese pobre hombre, que seguía tratando de encontrar la manera de salir del vagón donde había ido a morir escasos dos días antes. La agradable sensación de que ahí arriba eran inmunes a todo y que nada les podría hacer daño, se vio algo mermada. Sin embargo, a medida que se alejaron, consiguieron recuperar un poco la tranquilidad que se habían forjado hasta ese desafortunado encuentro. Era la calle la que les asustaba realmente, mas cuando cruzaron una zona en la que había congregada media docena de resucitados, que las estuvieron siguiendo durante media tarde.

Se trataba de un grupo extravagante, que con pocos integrantes abarcaba todo el estrato de edades y sexos. Lo único que tenían en común era su ansia instintiva por alimentarse de carne fresca. Al principio se limitaban a mirar como caminaban, sin moverse, pero en cuanto se alejaron un poco comenzaron a seguirlas por la calle que transcurría paralela a la vía del tren. Probaron aligerando el paso e incluso agachándose y quedando fuera de su campo de visión, pero cada vez que volvían a mirar, ahí seguían ellos, dispuestos a seguirlas hasta el fin del mundo.

De nada serviría tratar de hacerles entrar en razón, y dadas las circunstancias, no se les ocurría otra manera de quitárselos de encima, de modo que continuaron su camino. No fue hasta pasadas un par de horas más, que la vía del tren dio un giro, pasando sobre un terraplén vallado a la altura de la calle, que las dejaron en paz. Siguieron alejándose, viendo como se habían agolpado todos en la valla metálica y como la agitaban con rabia, al ver como habían fracasado y como tendrían que pasar esa noche sin llevarse nada a la boca.

El día se les había pasado volando, no obstante estaban exhaustas de tanto caminar. Llegaron a una nueva estación, y a juzgar por el reloj de agujas de un hotel cercano, cuyo mecanismo aún se resistía a asumir el declive de la humanidad, se acercaban las ocho de la tarde. Hicieron un alto más en el camino, y Bárbara sacó una de las botellas de agua medio vacías que guardaba en su abultada mochila, mientras se planteaba si sería oportuno seguir un rato más o por el contrario debían buscar ya un lugar donde pasar la noche. Estuvieron bebiendo al tiempo que contemplaban como el sol volvía al horizonte a marchas forzadas desde su posición bajo una marquesina en el andén.

Zoe pidió permiso para ir al lavabo, y Bárbara la acompañó. Por suerte para ambas, los pequeños servicios de la estación estaban abiertos, y por mucho que no hubiese agua corriente, siempre era mejor recurrir a ellos que hacerlo en cualquier sitio como los animales o como los propios infectados. Bárbara sacó el bate de la mochila, y con Zoe a la retaguardia, entraron en los baños sin hacer ruido. Comprobaron puerta por puerta todos los lavabos, tantos los masculinos como los femeninos, pero por fortuna no encontraron señal alguna de hostilidad. Zoe se quedó dentro de uno de los baños femeninos, y Bárbara salió de nuevo al exterior, a hacer guardia.

Se acercó a la garita del jefe de estación, y se puso a mirar un plano del entramado de vías y estaciones que había en uno de los muros junto a la ventanilla bajada. A juzgar por el plano, ya habían llegado a la mitad de su recorrido. Apenas tardó unos segundos en seguir con la mirada la línea de color azul que correspondía a la vía por la que iban, pero eso resultó suficiente para que un resucitado subiera las escaleras que llevaban al andén, y caminara sigilosamente hacia los baños. Bárbara se dio la vuelta, esperando encontrar a Zoe saliendo del baño, pero lo que vio distó mucho de lo que hubiera deseado.

Unos segundos de distracción habían bastado para que ese hombre subiera las escaleras al oírlas hablar desde abajo, y se dirigiera hacia los baños sin pensárselo dos veces. Bárbara tan solo tuvo tiempo de ver como se metía en el baño. Agarró de nuevo el bate y corrió hacia ahí sin importarle nada más.

BÁRBARA – ¡Zoe, enciérrate en el lavabo, rápido!

Entró en los baños como una bala, al tiempo de oír un portazo y ver como ese hombre se abalanzaba contra la puerta tras la que se encontraba Zoe, que ya había empezado a gritar de pánico. Estaba desnudo de pies a cabeza a excepción de unos calcetines muy sucios. Se trataba de un hombre de mediana edad, bajo, con una tripa prominente. Era bastante calvo, no obstante lucía un espeso bigote negro acompañado de una barba de tres días. Sus ojos inexpresivos y su cuerpo pálido y flácido le resultaron extremadamente repulsivos. Los gritos de Bárbara le hicieron volverse, y entonces fue ella la que no supo como reaccionar. Ese hombre soltó un gruñido y Bárbara salió de ahí por piernas.

Salió del baño tan rápido como pudo y corrió sin mirar atrás hasta llegar a una de las barandillas que hacían de frontera a la estación con la calle que discurría varios metros por debajo. Se dio la vuelta esperando encontrarse con él, pero al volverse no vio a nadie. No la había seguido, sino que seguía dentro del baño, tratando de alcanzar a Zoe, que gritaba y lloraba. Se la oía desde ahí fuera. Bárbara comenzó a gritarle, insultándole, exigiéndole que fuera ahí con ella, diciéndole que se enfrentase a alguien de su tamaño, y poco más tarde asomó por la puerta, en parte atraído por los gritos, en parte cansado por ver que la puerta no se abriría.

Bárbara tragó saliva y agarró con fuerza el bate, mientras veía como ese hombre corría hacia ella tan rápido como se lo permitían sus rechonchas piernas. Preparada para batear, esperó hasta el último momento. Entonces bateó con todas sus fuerzas, cerrando los ojos a medida que el bate cortaba el aire a su paso. Pero hubo strike, porque no llegó a golpear la bola. El bate se le escapó de las manos, y con el impulso, Bárbara cayó de lado al suelo, evitando de ese modo la embestida del resucitado, que se estampó contra la barandilla, profiriendo un agudo grito de dolor.

Desde su posición privilegiada, con una rodilla en el suelo, oyó como el bate se golpeaba contra el suelo de cemento, y vio como ese hombre tenía medio cuerpo fuera de la barandilla. No se lo pensó dos veces y aprovechó para agarrarlo de los pies, y no sin un enorme esfuerzo, estiró hacia arriba y lo empujó con todas sus fuerzas para que cayera al vacío. Y así lo hizo, acompañado de un tremendo grito de pánico que retumbó varias manzanas a la redonda.

Cuatro metros le separaban del suelo, pero él se quedó a mitad de camino, empalado en una gran lanza de acero que coronaba una farola de dos grandes lámparas que quedaron a lado y lado de su cuerpo. La lanza atravesó su espalda, partiendo sus vértebras y salió por su tórax, dejándolo todo perdido de sangre a su paso. Se tambaleó un poco, antes de que un hilo de sangre asomara de su boca, y poco después quedó nuevamente inmóvil, con sus ojos clavados en los de Bárbara, que le miraba aún muy excitada, sin poder creerse lo que acababa de hacer.

NOTA INFORMATIVA:

De aquí en adelante, los siguientes capítulos del Tomo I los he deshabilitado temporalmente para poder participar en un programa de promoción de Amazon. Los volveré a habilitar en breve, pero si mientras tanto quieres seguir leyendo, y no puedes o no quieres comprar el primer libro, sólo envíame un mail a elvillahermosa@gmail.com y encontraremos una solución enseguida. ¡Gracias por leer!

David.

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comentarios
  1. Roochu dice:

    Bien! 😀 Cada vez me envuelve más :3

  2. @Roochu: No dejáis de sorprenderme con la acogida. Me alegro que te esté gustando. Voy a colgarte otro, y de paso escribiré uno nuevo, que hoy estoy inspirado. xDD

  3. ShadowGhost333 dice:

    genial cada vez esta mejor,ya empiezan los empalamientos es buena señal ;D

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