Archivos para octubre, 2011

376

Cala rocosa en la costa meridional de la isla Nefesh

22 de octubre de 2008

 

Los pájaros cantaban alegremente y el sol brillaba con fuerza en el cielo azul cuando Bárbara, Carlos y Zoe decidieron abandonar la cala.

CARLOS – Voy a despertarle.

Bárbara le miró, indiferente. Zoe trataba de hacer un nudo a una brizna de hierba, pero se le rompió. Parecía más contenta y despierta esa mañana; todos notaron un cambio en ella, pero sólo Bárbara creía saber el motivo.

Se habían despertado unas horas después del amanecer, primero unos, luego otros, y habían estado charlando sobre qué harían y cómo, en la excursión que tenían por delante, mientras tomaban un generoso desayuno, despreocupándose de nuevo por racionar la comida. Lo habían hecho alrededor del bote, hablando en voz alta, pero ni por esas consiguieron despertar a Christian, que dormía a pierna suelta, echado en el suelo, sobre la hierba seca, a la sombra de los pinos circundantes, junto a la hoguera apagada de la que hacía un rato que no emergía humo. Había pasado en vela toda la noche, y acabó cayendo rendido contra su voluntad con el amanecer. Ahora acarreaba un sueño profundo, y ninguno de los presentes había creído necesario despertarle, hasta ese momento. Acabado el desayuno, todos empezaron a impacientarse por partir, y al ver que el muchacho no se despertaba, y asumiendo que alguien debería quedarse con Maya mientras los demás partían, Carlos tomó cartas en el asunto.

CARLOS – Alguien se tiene que quedar con Maya, y tú no te vienes, ¿no?

Carlos miró a Marion. Tan sólo pretendía ser práctico, y no se dio cuenta que le había ofendido. Ella era muy miedosa, cobarde. Desde que se encontrasen con los demás, nunca había demostrado el más mínimo interés por formar parte de manera activa en la lucha por la supervivencia; siempre había actuado como un lastre del que tirar, un parásito que se aprovechaba del trabajo de los demás, negándose por omisión a formar parte de la solución. Siempre se había sentido menos que el resto por ese motivo, y escuchárselo decir a Carlos, la única persona de entre los presentes en la que había depositado algo de confianza, le hizo daño. Le aguantó la mirada un par de segundos, mientras la mujer se debatía internamente. Al ver que no respondería, como él había pensado, dio media vuelta y se dirigió hacia el muchacho que yacía tumbado junto a los restos de la hoguera.

MARION – Ya iré yo con vosotros. Deja a Chris que duerma.

Carlos se dio media vuelta, sorprendido, y con una amplia sonrisa en la cara. No esperaba ver esa reacción en Marion, aunque admitía que lo había deseado, pues pretendían hacer un viaje muy largo, y prefería hacerlo acompañado de ella. Todos parecían igualmente sorprendidos; nunca antes había demostrado ese tipo de iniciativa, y no eran capaces de dar crédito a lo que habían oído. Las miradas de sorpresa aún convencieron más a Marion. Lo último que le apetecía era adentrarse en ese bosque, pero parecía dispuesta a hacerlo, aunque solo fuese por cambiar ligeramente el concepto que se habían formado de ella quienes le acompañaban. Al fin y al cabo, no tenía porque pasar nada.

CARLOS – ¿Estás segura? Te puedes quedar aquí, como ayer. Yo estoy seguro de que Chris querrá venir, no hace falta…

MARION – Que no. Voy a ir. Y vayámonos ya, que se nos va a hacer tarde.

Marion deseaba que partiesen ya mismo, antes que tuviera ocasión de arrepentirse. Les hizo un gesto con la cabeza, tratando de tomar la iniciativa y mostrarse parte relevante del grupo. Se sentía totalmente fuera de lugar, pero ahora que empezaba a hacerse a la idea, y bajo la premisa de que hasta el momento no había tenido motivo alguno para desconfiar de la seguridad de la isla, se sintió bien, se sintió viva. Una ligera sonrisa emergió de la comisura de sus labios.

CARLOS – Bueno… como quieras.

Marion asintió, y los otros tres se pusieron en pie, dispuestos a partir en ese mismo momento. Bárbara se dirigió hacia el bote, donde Carlos había colocado a Maya mientras desayunaban.

BÁRBARA – Nosotros nos vamos ya. ¿Crees que debería despertarle?

MAYA – No hase falta, déjale dormir. Si le nesesito para algo ya pegaré un grito.

Bárbara mostró su disconformidad, arrugando los labios.

BÁRBARA – No me acaba de…

MAYA – Idos tranquilos, de verdad. Os acompañaría si pudiera, pero me conformo con que no os preocupéis tanto por mí.

MARION – ¡¿Nos vamos o qué?!

Bárbara echó un vistazo hacia donde estaba la otra mujer del grupo, junto a Carlos y Zoe, que también parecían estar esperándola. Todos habían asumido la presencia de Zoe en el grupo sin siquiera plantearse si era buena idea, o si sería mejor que se quedase con Maya a esperar que volvieran.

BÁRBARA – Bueno, pues… me voy. No sé cuando volveremos, seguramente tardemos algo más que ayer, pero estaremos de vuelta antes de que se haga de noche. Si no hemos vuelto entonces, empezad a preocuparos.

Lo dijo en tono de broma, esbozando una sonrisa, pero en el fondo tenía algo de miedo, igual que todos los demás. Maya asintió con la cabeza.

MAYA – Espero que no haya que haserlo.

Bárbara le aguantó la mirada un segundo más. No acababa de quedarse tranquila dejándoles ahí solos tanto tiempo. Lamentó por enésima vez la minusvalía de la chica, un problema más que enorme en los tiempos que corrían.

BÁRBARA – No os separéis, no… no le dejes que se aleje, ¿vale?

MAYA – Que sí. Que te vayas, en serio. Tú ves a lo tuyo, nosotros ya nos sabemos cuidar.

BÁRBARA – Bueno…

Bárbara miró otra vez hacia los que la esperaban; podía ver cómo la impaciencia crecía por momentos en la cara de Marion. Iba de un extremo al otro.

BÁRBARA – … pues adiós.

La muchacha le corrigió.

MAYA – Hasta luego.

BÁRBARA – Hasta luego.

Bárbara se unió al grupo de expedicionarios, y junto a ellos comenzó aquella larga marcha. Maya les siguió con la mirada, viéndoles desaparecer entre la maleza, hasta que todo volvió a quedar en silencio. Enseguida penetró en ella la asunción del tedio y la impaciencia por que volvieran. Se quedó ahí quieta, donde estaba, picoteando parte de lo que había sobrado del desayuno, con el sonido de las olas rompiendo contra las rocas a su espalda. Se había quedado adormilada, pasado un buen rato, cuando algo le llamó la atención.

CHRISTIAN – No me dejéis solo, por favor.

Maya arrugó la frente. Christian seguía dormido; ni siquiera se había movido en todo el rato. Al parecer el chico estaba soñando, y no parecía estar pasándolo muy bien. Enseguida se relajó, y siguió durmiendo tranquilamente. Todavía tardaría bastante en despertarse.

2×375 – Abrazo

Publicado: 30/10/2011 en Al otro lado de la vida

375

Cala rocosa en la costa meridional de la isla Nefesh

22 de octubre de 2008

 

En aquél paraje olvidado en el extremo más al sur de la isla, reinaba un absoluto silencio, tan solo mancillado por el crepitar de las llamas y el canto incansable de los grillos. Al ver que algo se movía, Zoe se incorporó, y miró hacia el chico. Christian se quedó donde estaba, y le hizo un gesto para que se acercase. Pensó que sería mejor que se alejaran un poco de los demás, ya que no había necesidad alguna de despertarles. Zoe le miró extrañada, y Christian repitió el gesto, mostrando cierta impaciencia. La niña miró a Bárbara, que dormía a pierna suelta, y luego a Carlos, que también había caído rendido. Se levantó, y cruzó por encima de sus compañeros, con cuidado de no pisarles y se reunió con Christian, que se había alejado un poco más, aún dentro del radio de acción de la luz que proporcionaba la hoguera.

ZOE – ¿Qué quieres, Chris? Es tardísimo.

Christian se quedó en blanco. Sabía lo que quería hacer, pero se sentía algo estúpido. No estaba acostumbrado a hacer cosas así, y no sabía cómo debía actuar. Incluso se sintió tentado a dejarlo correr, pero enseguida desechó esa posibilidad.

CHRISTIAN – ¿No puedes dormir?

ZOE – ¿Me has traído aquí para preguntarme si puedo dormir?

CHRISTIAN – No.

La pequeña no entendía nada, y no le gustaba un pelo la expresión que mostraba la cara de su compañero. Christian se quedó en silencio unos segundos más, lo que acrecentó la inquietud de Zoe.

CHRISTIAN – Tengo algo para ti.

Zoe arrugó la frente. Temía que Christian le quisiera tomar el pelo. El chico se llevó la mano al bolsillo del pantalón, y sacó la cartera. La niña lo miraba atentamente, cuando la abrió, sacó la fotografía, y se la entregó. Ella la cogió, sin entender aún qué era. Volvió a mirarle, con un par de arrugas entre las cejas, antes de fijarse en la foto que sostenía entre sus enjutos dedos. A medida que iba comprendiendo de qué se trataba, su boca se iba abriendo más y más, y sus ojos se iban llenando de lágrimas. La había olvidado por completo, pero ahora una avalancha de recuerdos le sobrevino atropelladamente. Recordó el buen rato que había pasado con Morgan en aquél lago, cómo había reído hasta casi perder el aliento, persiguiendo a aquella ardilla a hombros del policía, que iban tan rápido que creyó que perdería el equilibrio y se abriría la cabeza en el suelo. Era la primera vez que había reído tan sinceramente, que había sentido incluso felicidad, después de la muerte de sus padres. Pero ahora Morgan también la había abandonado.

No dejó de mirar la foto, y la acarició con el dedo índice y corazón de la mano derecha. Miró hacia quien se la había entregado, que la miraba con cara de póquer. Dos grandes lagrimones surcaron sus mejillas al tiempo que se abalanzó hacia el ex presidiario y lo abrazó con fuerza, sin soltar la fotografía en ningún momento. Lo estrechó como bien pudo, pues era mucho más baja que él, y tenía los brazos muy cortos. Pillo al muchacho totalmente desprevenido. El primer instinto de éste fue el de apartarla de sí. Por fortuna no lo hizo, e incluso acabó por responder al abrazo, sintiéndose algo ridículo. Sin darse siquiera cuenta, su mirada recorrió los cuerpos echados sobre el suelo de sus demás compañeros, comprobando que ninguno de ellos estuviera viendo la escena. No obstante, y a su pesar, sí había alguien mirando. Echó un vistazo hacia la hoguera, y se encontró con la mirada de Bárbara, que había estado viéndoles desde el primer momento. Mostraba una ligera sonrisa en la cara. La niña lo había estado pasando muy mal desde esa mañana; Bárbara no recordaba haberla visto tan abatida desde que la encontrase, hacía ya casi un mes. Desconocía qué era lo que Christian le había dicho o lo que le había dado, pero el mero hecho de verla sonreír de nuevo era la mejor recompensa que podía obtener. La profesora se recostó de nuevo donde estaba, dando a entender al muchacho que no había visto nada.

Zoe acabó por separarse de Christian, y le dio un beso en la mejilla, que aún le pilló más por sorpresa que el abrazo, al chico. No pensaba que le fuera a hacer tanta ilusión ese pequeño regalo, y ahora se sentía orgulloso de habérselo podido conceder. Su relación con la pequeña no había sido cordial en ningún momento, pues siempre estaba buscando la manera de hacerla rabiar y reírse a su costa, pero a estas alturas ya la consideraba como la hermana pequeña que jamás había tenido. No lo reconocería delante de nadie, pero había aprendido incluso a quererla, y verla sonreír le hizo sentirse muy bien por dentro.

ZOE – Tú no… ¿No sabes por qué se ha ido?

Christian sintió la enorme tentación de contarle todo cuanto sabía, de decirle que el policía les había abandonado porque estaba infectado, y que no quería sufrir la humillación de que le vieran extinguirse, ni que tuvieran la responsabilidad de acabar con él, igual que él había acabado con el padre de Maya. Pero sabía que no debía hacerlo; no serviría de nada, tan solo valdría para quitarle a la pequeña el último rayo de esperanza que pudiera albergar su corazón. La realidad era mucho menos agradable, de modo que prefirió preservar su ignorancia, a la que llegó incluso a envidiar.

CHRISTIAN – Lo siento.

Zoe bajó la mirada, echó otro vistazo a la foto, feliz al saber que nunca olvidaría la cara del hombre que le había salvado la vida en aquél río, a diferencia de las de sus padres, que a cada día que pasaba se volvían más borrosas.

ZOE – Muchas… Muchísimas gracias.

Christian sonrió, asintió, y acto seguido la muchacha volvió al lugar de donde había venido. Bárbara se hizo la dormida, y Zoe se echó de nuevo en el suelo, entre ella y Carlos, sin dejar de mirar la fotografía. Christian la siguió con la mirada, y se quedó ahí donde estaba un par de minutos más, con la cartera en la mano. Poco después decidió volver al lugar que había escogido para pasar la noche, y al pasar junto a la hoguera, se quedó quieto. Miró la cartera, que aún llevaba en la mano, y volvió a mirar la hoguera. No se lo pensó dos veces, y tiró la cartera al fuego, con aquella ingente cantidad de dinero en el interior. Por fin había comprendido que era absurdo aferrarse al mundo del que venía, que ahora las reglas eran radicalmente diferentes. Se quedó mirando cómo las llamas devoraban el cuero y los billetes que había en su interior, y enseguida volvió a sentarse sobre la hierba seca, de espaldas al tronco del pino. Ahí se quedó, mirando las estrellas entre las copas de los árboles, satisfecho al haber hecho la buena acción del día. Los primeros rayos del alba emergían del horizonte, cuando no pudo soportarlo más y acabó quedándose dormido.

2×374 – Hoguera

Publicado: 29/10/2011 en Al otro lado de la vida

374

Cala rocosa en la costa meridional de la isla Nefesh

22 de octubre de 2008

 

Christian se dio un manotazo en el brazo derecho, que llegó incluso a hacerle daño. Al retirar la mano vio el pequeño reguero de sangre, de su propia sangre, y el cadáver desmenuzado del mosquito que le había picado. Se apuró a quitárselo de encima y acto seguido dio un gran bostezo, que le acompañó varios segundos, humedeciéndole los ojos en el proceso. Hacía suficiente frío para que no hubiese ya tantos insectos revoloteando por ahí, pero al parecer aún había muchos de ellos que se resistían a asumir que el verano había acabado.

Hacía ya varias horas que se había hecho de noche. Ahora todos los demás dormían, o al menos lo aparentaban. Incluso Carlos, a juzgar por la ausencia del puntito rojo suspendido en el aire, que delataba cada vez que encendía uno de sus cigarros. Esa noche había fumado ya más de una docena, pero ahora no se veía punto alguno, por lo cual Christian dedujo que habría acabado por caer rendido.

Habían cenado opíparamente, con los manjares que habían conseguido rescatar del hundimiento del barco con nombre de submarino, cuando aún no se había hecho de noche. No racionaron el alimento, como sin duda hubiera exigido Morgan, pues creían encontrarse en un lugar donde podrían encontrar mucho más, con suficiente sencillez y presteza. El ambiente había sido relajado, e incluso agradable. Ninguno podía evitar recordar de dónde venían, sobre todo Maya, pero la sensación de haber llegado al final de aquella larga travesía en busca de seguridad se hacía mayor a cada minuto que pasaba, por el mero hecho de que no pasara nada, y ello les hizo confiarse.

Habían puesto en común su opinión al respecto del hallazgo que habían tenido durante la excursión al bosque. Si bien descartaba de manera indiscutible que se encontrasen en una isla virgen, concluyeron en que eso no tenía porque significar que la isla estuviera infectada, pues de lo contrario deberían haber encontrado algún indicio de ello, con todo cuanto habían caminado. Esa era la única fisura que creían poder ver, que querían poder ver, pero al mismo tiempo podía ser una buena noticia, si al final resultaba que esa isla sí estaba colonizada por el ser humano, y podían encontrar alguna ciudad, algún pueblo, o algún poblado, donde juntarse con sus semejantes y poder iniciar un nuevo capítulo de sus vidas, lejos del yugo de la infección.

Se apresuraron a recoger agujas de pino y ramas secas, cuando el sol ya rayaba la línea del horizonte marino. No les costó apenas esfuerzo, y pudieron hacerlo sin tener que alejarse más que unos pocos pasos a la redonda. Con todo ello, y ayudándose del mechero de Carlos, que a partir de entonces había encendido todos sus cigarros en la hoguera para ahorrar combustible del mismo, habían encendido el fuego, reservando gran parte de las ramas a un lado, para ir alimentándolo periódicamente durante toda la noche.

Estaban a menos de diez metros del bote, por si las cosas se ponían feas y tenían que echar mano de él, junto a la pequeña hoguera que lo iluminaba todo alrededor con un fulgor vibrante, proyectando cientos de sombras en todas direcciones, sombras que fácilmente se podían confundir con cualquier miedo o temor recurrente, siempre y cuando uno estuviese dispuesto a verlas. Los demás parecían no estar por el tema; buena cuenta de ello la daba el hecho que durmiesen tranquilamente. A algunos les había costado más que a otros, pero ahora todos parecían descansar, relajados, como no lo habían hecho en mucho tiempo. Desde que llegaran, no habían visto ni oído nada que les hiciese pensar que se encontraban en territorio hostil, y aunque ninguno lo reconocería abiertamente, todos empezaban a hacerse ilusiones por que el lugar al que habían ido a parar fuese la respuesta a sus súplicas. Pero Christian no. Él no podía dormir, y eso que tenía bastante sueño y estaba agotado. No hacía más que pensar que de un momento a otro Morgan podría aparecer tras cualquier arbusto, ya sin ser él, y pegarle un mordisco a cualquiera de los presentes.

Estaba sentado sobre un puñado de hierba seca que él mismo se había encargado de recolectar, con la espalda contra el tronco de un pino. Luchaba por no quedarse dormido; ya había dado un par de cabezadas sin querer, y sabía que tenía que hacer algo si no quería fracasar en su intento por mantenerse despierto. Sentía cierta inquietud porque ninguno de los presentes hubiese invitado al resto a que al menos uno de ellos estuviera siempre de guardia, por lo que pudiera ocurrir. Sabía que, de haber estado ahí el policía, las cosas hubieran sido radicalmente diferentes desde el principio, y se preguntaba si su ausencia, y la consecuente ausencia de decisiones inteligentes que siempre le habían precedido, no acabaría por ponerles en peligro.

Se rascó sobre la oreja izquierda, donde tenía la cicatriz en forma de ele, recuerdo de por qué había ido a parar a prisión, recuerdo, con toda seguridad, del motivo por el que hoy día seguía con vida. Notó que le había crecido ya bastante el pelo, y se pasó la mano por la cabeza, tratando de evitar el enésimo bostezo. Se acomodó entre la hierba seca y notó un bulto en la nalga derecha. Entonces recordó que ahí llevaba la cartera que contenía todos aquellos billetes inútiles, ahora más que nunca, y decidió echarle un vistazo.

Sabía que la llevaba ahí, pero lo había olvidado. Era la única cosa que pudo rescatar del abordaje donde les robaron todo lo demás, por el mero hecho que el pantalón con el que había pasado aquella noche, era el pantalón que la contenía. Se llevó la mano al bolsillo trasero del pantalón y sacó la cartera. Ahí estaba todo el dinero, los dieciséis mil ochocientos euros que había tomado prestados de aquella habitación de aquél viejo motel de carretera. Pero había algo más, algo que había olvidado por completo.

Se trataba de la fotografía polaroid que había tomado hacía ya más de dos semanas, en aquél enorme lago, cuando se dirigían hacia la costa. Levantó la mirada hacia la hoguera, y miró hacia Zoe. La niña estaba tumbada boca arriba, entre Carlos y Bárbara, que sí dormían. Tenía los ojos abiertos; miraba las estrellas entre las copas de los árboles. La había estado escuchando llorar y gimotear, incapaz de olvidar la ausencia de Morgan, durante varias horas, hasta que creyó que se había quedado dormida. Miró de nuevo la foto, en la que salía la niña subida en los hombros del gran hombretón negro. No se lo pensó dos veces: se levantó de donde estaba echado y se dirigió hacia la pequeña.

2×373 – Espera

Publicado: 28/10/2011 en Al otro lado de la vida

373

Cala rocosa en la costa meridional de la isla Nefesh

21 de octubre de 2008

Maya y Marion llevaban cerca de dos horas esperando que sus compañeros volvieran, y hacía ya bastante que habían empezado a preocuparse. Sin relojes, la noción del tiempo dependía en gran medida del estado de ánimo, y ambas hubieran jurado que había pasado mucho más tiempo del que había transcurrido en realidad. No podían evitar pensar que les hubiera podido ocurrir algo, y ambas tenían idéntica idea macabra en la cabeza, por más pacífica e inocente que aparentase ser esa isla. Las dos temían que no volvieran, y empezaban a cavilar cuales serían sus alternativas de futuro en solitario, que en cualquiera de los casos no parecían muy halagüeñas. Maya no confiaba en Marion, y Marion no creía posible hacerse cargo de la minusválida, si las cosas se ponían feas. A duras penas pondría la mano en el fuego afirmando que pudiera hacerse cargo de sí misma; mucho menos de cargar con la joven del acento isleño.

Marion apareció tras unos arbustos, donde había ido a hacer aguas menores, y Maya la miró con envidia y algo de mal cuerpo. Ella misma tenía necesidad de usar el servicio, pero hasta el momento sólo había confiado en Bárbara para pedirle ayuda en ese quehacer, tras la muerte de su padre. Ella era de los pocos presentes, más allá de la pequeña Zoe, con la que había ganado algo de confianza y estrechado unos cuantos lazos, en las dos semanas que hacía que habían partido de la costa de Iyam. Christian no era una alternativa, pues aunque ninguno de los dos había cruzado la línea de la tensión sexual, debido en gran medida a que el contexto no acompañaba ni de lejos, era un varón, al igual que Carlos, y prefería aguantarse antes que pedirles algo tan embarazoso. Sin Morgan en la ecuación, y dejando de contar con Zoe, que difícilmente podría ayudarle en esa empresa, solo le quedaba Marion, pero prefería esperar un poco más antes de pedirle ayuda. A duras penas habían cruzado una docena de frases desde que se conocían, y ninguna de las dos tenía especial interés en hacer que eso cambiara; venían de mundos muy diferentes, y aún no se habían dado cuenta que a día de hoy, estaban exactamente en el mismo barco.

Las ganas de hacer pipí, sumadas al viento que hacía, incrementaban todavía más su malestar. No es que hiciera demasiado frío, y ahí donde estaba, sobre el bote, le daba el sol, pero tan solo llevaba puestos unos shorts que a duras penas le cubrían hasta un palmo por encima de las rodillas, y desde que sus compañeros se fueran, ya se le había puesto la piel de gallina en un par de ocasiones. Llevaba esa ropa: los shorts y una vieja camiseta de manga corta que le iba grande, porque era lo que llevaba encima cuando les sorprendieron aquellos aprendices de pirata, días atrás. Ni siquiera habían podido cambiarse de ropa interior desde entonces. Por fortuna no había tenido la regla en todo ese período de tiempo. Marion había compartido su suerte, y Zoe aún era joven para ello. Bárbara sí lo había hecho, unos días después del cambio de barco, y había tenido que lavar su ropa interior con el agua salada del mar una noche, de un modo bastante rudimentario. Todo el resto de su ropa, y la de todos sus compañeros, la habían robado, junto con su silla, junto con el barco de su padre. Al principio sintió algo de vergüenza al ver sus piernas peludas, pero en los últimos tiempos, la escala de valores sobre a qué dar importancia y a qué no, había cambiado considerablemente, y ahora a duras penas siquiera lo recordaba; todos habían dejado de depilarse y afeitarse hacía bastante tiempo. Incluso Carlos y Christian tenían ya una incipiente barba, a la que todos habían aprendido a ignorar. Marion se acercó al bote y se apoyó en él, mirando hacia el mar, donde el sol estaba cada vez más bajo.

MARION – ¿Parece que tardan, no?

Maya la miró, con el ceño fruncido. Se recolocó las gafas, que se le habían escurrido un poco por la nariz.

MAYA – No creo que se demoren mucho más.

Marion miró hacia la porción de bosque por la que habían desaparecido Carlos y los demás. La paciencia no era una de sus mejores virtudes, y de haber tenido el vicio de morderse las uñas por el nerviosismo, a esas alturas ya no le quedaría ni una. Todavía estaba aclimatándose a la nueva ubicación en tierra firme, y se sentía algo incómoda. En cualquier caso, para ella resultaría una mejora considerable, pues podría liberarse al fin del peso de sus mareos marítimos, que tan mal se lo habían hecho pasar durante la travesía que les había llevado hasta ahí.

MARION – Hace frío.

Marion se frotó el brazo y el antebrazo derechos con la mano izquierda. Maya no se molestó ni en mirarla; le daba la impresión que el papel de adulta entre ellas dos recaía en sus espaldas, y que Marion no era más que una niña malcriada, que no hacía más que quejarse.

MAYA – Se está bien, aquí, al sol…

MARION – Pronto llegará el invierno y… no quiero ni imaginar cómo nos las vamos a ingeniar, viviendo aquí como… como… como animales.

Maya tampoco destacaba por tener demasiada paciencia, y empezaba a ponerse nerviosa por culpa de su compañera. Ya tenía suficiente con sus problemas como para tener que aguantar los lamentos de la hija del difunto presentador televisivo.

MARION – No tendríamos que habernos ido de Iyam…

Maya respiró hondo, y cerró los ojos, tratando de apaciguarse.

MARION – Es verdad. Ahí estaban los… los enfermos esos, pero al menos teníamos comida y bebida de sobra. Aquí… esto es una mierda.

Marion miró a Maya; ésta no tenía la más mínima intención de darle la réplica. Soltó un par más de frases descorazonadoras, demostrando su inmadurez y tentando a la paciencia de su acompañante, hasta que acabó desistiendo, y se fue a dar una vuelta por los alrededores, cansada de esperar. Maya respiró aliviada al ver que ya se había cansado de darle conversación. A duras penas faltaría hora y media antes que se pusiera el sol.

Así se mantuvieron, una ajena a la otra, otro buen rato más, en silencio, limitándose a esperar. Entonces, y pillando por sorpresa a ambas, vieron aparecer a Zoe, que venía por la costa, de una zona mucho más a la derecha del lugar por el que habían partido ella y los demás, sosteniendo una rama seca en forma de Y en la mano, golpeando todo lo que se encontraba a su paso. Tras ella aparecieron Bárbara y Carlos, y algo más atrás, Christian. Al parecer se habían entretenido por el camino más de lo que tenían previsto, o simplemente se habían perdido, y habían tardado tanto porque no encontraban el camino de vuelta. Todo ello carecía ya de importancia, pues habían vuelto, al fin, sanos y salvos.

2×372 – Vaca

Publicado: 27/10/2011 en Al otro lado de la vida

372

Bosque de coníferas al sur de la isla Nefesh

21 de octubre de 2008

 

Bárbara iba a la cabeza de ese pequeño pelotón de reconocimiento, caminando al trote, pensando en sus cosas, sin prestar mucha atención a quienes le acompañaban. Llevaban poco más de un kilómetro caminado, siempre dejando atrás al sol, por un terreno que inicialmente fue muy irregular, obligándoles a escalar por raíces descubiertas de aquellos enormes árboles cuando se volvía muy cuesta arriba, y ayudarse de las malas hierbas para descender, cuando la bajada era demasiado pronunciada. Ahora se encontraban en una zona mucho más llana, pero la vegetación a su alrededor era tan espesa que eran incapaces de saber hacia dónde se dirigían.

Desde entonces no habían visto más que un terreno aparentemente virgen, plagado de animalillos salvajes saltando de rama en rama, y con todo tipo de aves cantando alegremente en las copas de los árboles. Ahí el viento no era capaz de llegar, por culpa del espeso follaje, y el ambiente era realmente apacible; se empezaban a sentir cómodos, y a hacerse ilusiones. Nada les hacía pensar que se encontrasen en un lugar colonizado por el hombre, y por ende, un lugar al que la infección hubiese podido llegar.

Eso lo pensaban todos menos Christian, que sabía que aunque la isla estuviera virgen, como todo apuntaba a imaginar, realmente sí había un infectado danzando por los alrededores, al que se podrían encontrar en cualquier momento. El chico iba a la retaguardia del grupo, unos pasos por detrás de Carlos y Zoe, que caminaban codo con codo. No había abierto la boca desde que subieran al bote. No paraba de pensar en Morgan, sintiendo cierta congoja al ser el único que creía conocer el paradero del mismo, o cuanto menos la razón por la que les había abandonado. Sabía que también cabía la posibilidad de que se hubiera quitado la vida, a esas alturas, pero, y aún sin saber muy bien por qué, Christian estaba convencido de que no lo había hecho. En su interior se libraba una batalla de difícil resolución. Se creía en la necesidad de revelar ese secreto a alguno de los presentes, pero al mismo tiempo no quería traicionar la promesa que le había hecho a un hombre que a estas alturas bien podría haber perdido su condición de ser humano.

Zoe se había relajado un poco, maravillada por la belleza del paraje natural que les rodeaba. Ya no lloraba, y hacía bastante que había desistido en preguntar dónde estaba el policía, asumiendo como cierto que ninguno de sus compañeros tenía la respuesta a esa pregunta; todos parecían igualmente contrariados ante su ausencia. Se sentía halagada por que hubieran contado con ella para hacer esa especie de excursión de senderismo, pero al mismo tiempo tenía algo de miedo. Se había acostumbrado a que siempre que había el más mínimo peligro prescindieran de ella, y ahora que no lo habían hecho, pese a desconocer con qué podrían encontrarse entre esos árboles, lo echaba en falta.

Continuaron caminando en el más absoluto de los silencios, tal vez por la costumbre de ser sigilosos que habían aprendido durante su estancia en territorio hostil, o bien porque no tenían nada que decir. Tan solo Carlos y Bárbara de vez en cuando cruzaban alguna palabra, pero lo hacían en voz baja, y enseguida volvían a concentrarse en el camino. No tardando mucho más, llegaron a un gran claro de forma ovalada, donde los árboles parecían haberse puesto de acuerdo para no involucrarse, cediendo todo el terreno a la hierba, de al menos dos palmos de altura, de un verde intensísimo bajo los rayos del sol. Carlos chistó, llamándoles la atención. Todos le miraron, extrañados y en cierto modo asustados, pero ésta sensación se diluyó en cuanto vieron la expresión risueña de su cara.

Todos se acercaron a él, y éste señaló hacia el flanco oriental del claro, en una porción de suelo también llena de hierba, bajo un pino que a duras penas habría alcanzado el lustro. Observaron, con una mezcla de curiosidad y desilusión, lo que ahí se encontraba. Era una vaca, y estaba pastando tranquilamente, a la sombra de los árboles. No era la típica vaca de los tetrabriks de leche; ésta era marrón, color café con leche. Quisieron convencerse de que era un ejemplar salvaje, pero no pudieron evitar creer lo contrario. Si bien eso no tenía porque decir nada, podía sí hacerlo, y ello podría implicar malas noticias, incluso muy malas. Por otra parte, podía significar algo muy bueno, pues si realmente era salvaje, y había más como ella, no tendrían que preocuparse por la comida en mucho tiempo, si conseguían darle caza. Se escondieron tras unos matojos altos, tratando de evitar que el animal reparase en ellos, e hicieron un corrillo.

CARLOS – Voy a acercarme.

Todos le respondieron con su silencio, mostrando en cierto modo su indiferencia. Bárbara se mojó los labios.

BÁRBARA – Te acompaño. Será mejor que demos un rodeo para que no nos vea, y nos acercamos por detrás.

Carlos asintió inclinando la cabeza, y comenzó a caminar, rodeando el claro para evitar ser visto por el animal.

BÁRBARA – Vosotros quedaos aquí, ahora volvemos.

Christian la miró, pero ni siquiera se molestó en responderle. Zoe ya se había sentado en una la raíz sobresaliente del árbol junto al que se habían ocultado, y estaba atándose de nuevo el cordón de una de sus bambas, que se había aflojado durante el camino. Christian se sentó en el suelo, y se limitó a mirar a los dos adultos, caminando de puntillas por el perímetro del claro. Vio a la vaca levantar la cabeza de su tarea, otear a su alrededor, al tiempo que éstos se quedaban quietos tras un árbol, para luego seguir comiendo, como si nada hubiera pasado.

Una mariposa roja y negra se posó en el brazo desnudo de Zoe al tiempo que Carlos y Bárbara alcanzaban al animal. El insecto abrió y cerró sus alitas un par de veces antes de seguir su curso como si nada. Bárbara y Carlos, codo con codo, se pusieron a lado y lado del animal, que apartaba las moscas con rápidos latigazos de su cola. Tuvieron el tiempo justo para ver la marca a fuego de la yerra en su costado, una especie de media luna partida por una línea diagonal, antes de que el animal acabase por darse cuenta que no estaba solo, y saliera disparado, como si su vida dependiese de ello, emitiendo unos extraños sonidos que delataban su miedo.

371

Cala rocosa en la costa meridional de la isla Nefesh

21 de octubre de 2008

 

Todos pusieron de su parte para subir el bote, con Maya y todas aquellas latas y botellas encima, a tierra firme, arrastrándolo por la arena terrosa, hasta una porción de suelo donde el ir y venir de las olas no lo alcanzaría.

MARION – ¿Y ahora qué hacemos?

Todos la miraron, deseando tener la respuesta a esa pregunta. Zoe se sentó en una roca con la superficie plana, y empezó a dibujar con una ramita en la arena, ajena a lo que decían los mayores, aguantándose las lágrimas, odiando en silencio a Morgan por haberles abandonado. Carlos se encendió un cigarro, y lo saboreó como si fuera el último.

CARLOS – Pues… tendremos que… explorar un poco la isla, a ver dónde hemos ido a parar.

BÁRBARA – Si salimos ahora podremos abarcar bastante terreno antes que se haga de noche.

MARION – ¿Y Morgan?

Zoe levantó la mirada; Christian la bajó.

BÁRBARA – Morgan… Si Morgan se ha ido, sus razones tendrá. Tenemos que aprender a valernos por nosotros mismos.

Fuera cual fuese el motivo por el que Morgan había decidido abandonarles, si de algo estaba segura era de que no le volverían a ver; si se había ido sin avisar, sería para no volver. Bárbara miró hacia la más pequeña del grupo, deseando no haberle hecho daño con su comentario. Zoe seguía jugando con el palo; había dibujado su nombre, que ahora borraba con la mano desnuda.

MARION – Pero él…

CARLOS – Bárbara tiene razón, Ahora sólo estamos nosotros…

Pasó la mirada por todos sus compañeros, y luego se incluyó a sí mismo.

CARLOS – …seis, nos guste o no. Ahora lo que tenemos que hacer es enterarnos de dónde estamos, de si ésta isla está desierta o no; si está habitada o está llena de…

Carlos se mordió la lengua; cualquiera podría haber acabado la frase.

BÁRBARA – Podemos salir ya mismo, damos una vuelta por los alrededores, y según lo que veamos…

Maya se mordía las pieles de sus labios cortados. Se sentía muy mal; ya no tanto por el recuerdo aún latente de la muerte de su padre, que también, sino por el hecho de saberse una losa tremendamente pesada entre ese grupo de pobres diablos que tan solo pretendían sobrevivir. Había perdido su silla, aunque tampoco le serviría de mucho ahí, y no podría acompañarles a ninguna de esas expediciones; no podría acompañarles a ningún sitio, no por su propio pie. Hasta entonces había sido su padre el que se encargaba de ella. Nunca había tenido que darle especial importancia a la desventaja de su minusvalía, pues él siempre se había encargado de ella incondicionalmente. Es más, lo hacía contento y orgulloso de poder serle de utilidad, tratando de no hacerle sentir inferior. Pero ahora era diferente. Toda esa gente no tenía ninguna responsabilidad para con ella, y se le hacía un mundo tan solo plantearse el que tuvieran que llevarla a cuestas de un lado para otro. A todo eso se le sumaba el más absoluto pánico al imaginar que la isla pudiera no estar libre de infectados, pues ella sería, y con mucha diferencia, el blanco más fácil.

BÁRBARA – Según lo que veamos, decidimos qué hacer, volvemos aquí y cenamos algo, y… nos preparamos para la noche.

CARLOS – Sí. Dejemos todo esto aquí, y nos vamos todos…

Su mirada acabó clavada en Maya, que estaba sentada en el bote, recostada en uno de sus flancos, observándoles en silencio. Carlos cerró la boca, al darse cuenta que había hablado más de la cuenta. Maya le miraba, y trató de esbozar una sonrisa.

MAYA – Yo me quedo aquí, tranquilo.

CARLOS – No, mujer… Te… podemos llevarte, si… si no pesas nada. No…

Todos les miraban, notando lo difícil que era para ambos dar la réplica al contrario.

MAYA – De verdad que no. Yo me puedo quedar aquí en el bote con todas las cosas. Idos, no hase falta que os preocupéis por mí.

CARLOS – Pero no te vas a quedar sola…

MAYA – No veo porque no. No puedo acompañaros.

BÁRBARA – No. No te vas a quedar aquí sola. No sabemos si la isla es segura.

Maya tragó saliva. Sabía que Bárbara tenía razón; no quería quedarse ahí sola, ya fuera por acompañarles, a brazos de Carlos o de quien hiciera falta, pese a ser una carga, o ya fuera porque alguien, alguien que pudiera caminar, se quedase con ella. Bárbara cruzó la mirada por todos los presentes, y ésta acabó recayendo en Marion, cuyos ojos hablaban por sí solos.

BÁRBARA – ¿Por qué no te quedas tú con ella?

A Marion se le iluminaron los ojos, asintió rápidamente, tratando de mostrarse indiferente, sin conseguirlo. No le apetecía para nada adentrarse en una zona de la que desconocía el nivel de hostilidad, por muy bien acompañada que estuviera. Era demasiado cobarde para arriesgarse, y Bárbara había tenido ocasión de conocerla, en todo el tiempo que habían convivido, lo suficiente para saber lo que estaba pensando en ese momento. En cualquier caso, de ese modo todos obtendrían lo que querían, y Marion bien podía echar un cable a Maya si las cosas se ponían feas.

BÁRBARA – Pues salgamos ya, que las horas de sol son un bien muy preciado, y no debemos malgastarlo.

Bárbara dirigió la mirada hacia la niña de la cinta violeta en la muñeca.

BÁRBARA – ¿Te vienes o te quedas con ellas, cariño?

Zoe levantó la mirada del suelo, donde había dibujado una casita, un árbol y unos cuantos pájaros sobrevolándolos. Arrugó la frente, contrariada. Después de todo el tiempo que llevaba con su nueva familia, jamás hubiera imaginado que le invitasen a acompañarles a una campaña de esa magnitud. Se dio cuenta que ahora que no estaba Morgan entre ellos, iban a cambiar muchas cosas. Se levantó sin pensárselo dos veces, y se unió al grupo. Todos lo hicieron, excepto Marion, que se quedó donde estaba.

BÁRBARA – Bueno pues… nos vamos. No tardaremos demasiado en volver.

Marion y Maya asintieron con la cabeza. El resto se despidieron de ellas, tratando de no demostrar la poca confianza que les inspiraba dicho viaje, y comenzaron a partir, adentrándose entre la maleza, con paso firme, aunque algo temerosos por lo que pudieran encontrar. Las dos chicas que no les acompañaron enseguida les perdieron de vista, y ya contaban el tiempo que faltaba para que volvieran.

IX. DESEMBARCO

 

Segunda oportunidad

 

 

370

 

A escasos metros de la costa meridional de la isla Nefesh

21 de octubre de 2008

 

Bárbara tenía una mano metida en el agua helada, notando como ésta se movía entre sus dedos al tiempo que el pequeño bote de remos, con sus seis ocupantes y todo cuanto éstos habían podido rescatar de su hermano mayor, se dirigía inexorablemente hacia aquella isla de aspecto paradisíaco.

En los pocos metros que habían avanzado desde que el barco se hundió, habían podido ver con mayor claridad que ese no era precisamente el mejor lugar por el que acceder a tierra firme, si no el peor. Pero estaban tan cerca que decidieron continuar, pues les costaría menos seguir adelante y amarrar el bote a cualquier roca o  rama de un árbol cercano a la orilla, que seguir rodeándola en busca de un lugar mejor por el que desembarcar.

Habían tenido que sortear varias rocas afiladas, semejantes a las que habían agrietado el estómago del barco que les había llevado hasta ahí, temiendo que el pequeño bote de remos acabase teniendo el mismo destino. No confiaban que el bote aguantase mucho más, con tanto peso como llevaba, y además, todavía albergaban la esperanza de encontrar a Morgan, y no querían alejarse demasiado del lugar donde presumiblemente había ido a parar, si es que realmente había ido nadando hacia la isla, como todos pensaban.

Los últimos metros fueron los más difíciles, e incluso se sintieron tentados a dar media vuelta y rodear un poco más la isla en busca de un lugar más propicio, pero tanto la marea como las habilidosas manos de quienes remaban, acabaron por dirigir el bote hacia una parte que parecía hecha a medida para ellos. Acabaron llegando a la costa, internándose en una pequeña cala rocosa que se adentraba media docena de metros en la isla, al final de la cual había una diminuta playa de arena, rocas y algo de tierra, a tocar de unos árboles muy altos, de troncos delgados y curvos, que parecían querer adentrarse en el mar, algunas de cuyas ramas llegaban incluso a acariciar su superficie.

Amarraron el bote al tronco de uno de los árboles más robustos que tenían al lado, y fueron abandonándolo, uno a uno, observando con recelo cuanto les rodeaba. Maya fue la única que se quedó a bordo, incapaz de imitar a sus compañeros, pero igualmente asustada y sobrecogida por la situación.

En esa porción de la costa, al mirar en derredor, tan solo veían la tupida vegetación que parecía envolverlo todo, hasta donde el mar imponía su hegemonía. Las copas de los árboles, la mayoría de ellos de hoja perenne, y los que no, todavía no habían perdido su follaje, daban la imagen multicolor de tonos verdes, amarillos, rojos y marrones. No podían siquiera imaginarse cómo de grande sería la isla en la que se encontraban, porque el exceso de vegetación les cortaba el paso, y porque se encontraban en una zona alrededor de la cual se alzaba una pequeña colina en forma de media luna, que impedía la vista más allá de la misma. A todas luces parecía una isla desierta, un  paraje natural virgen abandonado de la mano de Dios en mitad de la nada.

Pese a que sentían cierta desconfianza, al encontrarse en un lugar nuevo del que no sabían nada, en el interior de todos comenzó a nacer una vana ilusión porque ese fuera el destino definitivo que tanto habían buscado, y por el que tantas penas habían tenido que sufrir en el camino. Se les hacía difícil pensar en cómo serían capaces de sobrevivir en ese mundo primitivo, con una niña pequeña y una chica incapaz de andar. No obstante, todo se volvía mucho más agradable al imaginar que en ese mismo mundo jamás tendrían que volver a preocuparse por el yugo de aquellos seres devoradores de carne humana que tantas veces habían intentado acabar con ellos.

Estaban asustados, incómodos por la repentina ausencia de Morgan, sobre todo Zoe, que a duras penas podía aguantarse las lágrimas. Pero también estaban ilusionados, esperanzados por haber conseguido librarse del miedo, de la congoja perpetua de no saber si amanecerían vivos o muertos al día siguiente, optimistas por un destino mejor, si bien radicalmente diferente a todo cuanto habían conocido hasta el momento. Otra parte de ellos les repetía a voz en grito que no debían hacerse ilusiones, que lo que estaban viendo podía no ser más que un espejismo, la miel que tan solo moja los labios para luego desaparecer y dejar tras de sí una carcajada vil y la humillación de haber podido pensar que ahí acabarían sus problemas, para descubrir acto seguido que no era cierto. Y era al pensar eso, cuando todo se volvía mucho más cuesta arriba.

Ahora no tenían con qué huir de la isla, si a ésta había llegado también la infección de la que huían. Ahora solamente disponían de ese mediocre bote, con el que tan solo podrían alejarse de la costa de manera temporal, para tener que volver enseguida a por alimento y agua, exponiéndose de nuevo a ser cazados, si tenían la mala fortuna de no estar solos. Esa isla era la última carta que les quedaba por jugar, y si las cosas no salían como deseaban, difícilmente encontrarían otra oportunidad para sobrevivir. Ya se les habían ofrecido muchas, más que a todos cuantos habían ido perdiendo por el camino. Dependían de la fortuna o la desgracia que hubieran tenido por ser ése el lugar al que ir a parar, y estaban ansiosos por adentrarse en el bosque, para poder dar una respuesta, de una vez por todas, a tantas preguntas que les atormentaban.

Se quedaron varios minutos más ahí en la costa, junto al bote, en silencio, notando el frío del otoño vestido de viento, que mecía a ráfagas irregulares todas aquellas hojas que se negaban a abandonar las ramas. Minutos más tarde, aún sin haber sido capaces de asimilar que su travesía había llegado a su fin, empezaron a organizarse.

2×369 – Viudo

Publicado: 25/10/2011 en Al otro lado de la vida

369

Cementerio de Sheol

17 de julio de 1986

 

La lluvia caía con insistencia, embarrando todavía más el suelo de tierra alrededor de la tumba en la que descansaba el ataúd que contenía el cuerpo sin vida de Ana. Bárbara estaba bajo un árbol de espeso follaje, a escasos metros, pero no obstante tenía abierto su paraguas rosa, su preferido; un paraguas ridículamente pequeño, pero que era más que suficiente para proteger de la lluvia a su dueña. No podía parar de mirar el agujero rectangular dentro del cual estaba aquella enorme caja con el tamaño perfecto para contener un cuerpo humano adulto. La lluvia distorsionaba un poco la visión, y sus propias lágrimas hacían que lo que veía pareciera deformado por un filtro cinematográfico.

No había querido verla, por más que se le ofreció la posibilidad nada más llegar al cementerio, antes de todo aquél teatro perfectamente orquestado. Prefería que la última imagen que recordase de su madre fuese la de hacía un par de días, en la cama del hospital, leyéndole aquél interesante libro sobre un castor, que habían dejado a medias, con su eterna sonrisa en la cara, pese a lo mal que lo estaba pasando. Sabía que ahí dentro estaba el cuerpo, y que jamás volvería a poder reír con ella, pero todavía era muy pronto para que se hiciese a la idea. Además, era demasiado pequeña para entender muy bien lo que estaba pasando; todo había cambiado demasiado rápido, de la noche a la mañana, y aún tardaría un poco más en asimilarlo.

Había sido una ceremonia rápida, durante la cual la pequeña había pasado la mayor parte del tiempo mirando cómo las nubes cruzaban el cielo, ignorando la retahíla de frases vacías y mecánicas con las que les había obsequiado el cura encargado de oficiar el sepelio. Para ella nada de cuanto decía ese hombre tenía el menor sentido, y no estaba de humor para prestarle atención. De hecho, ninguno de los presentes parecía hacerle mucho caso; no era más que un ritual absurdo, una tradición obsoleta que, no obstante, todos parecían dispuestos a acatar sumisos.

Ahora hacía ya más de diez minutos que todos los “amigos y familiares” habían desaparecido de ahí, apurados por el comienzo de la lluvia, después de darles a los tres el pésame y honrarles con su presencia. Hasta el cura se había despedido de ellos, pese a que tenía un buen paraguas, cansado de esperar que decidieran irse de una vez por todas. Su padre y su hermano estaban al otro lado de la tumba, bajo la lluvia; ninguno de los dos había recordado coger el paraguas, pese a la insistencia de la ama de llaves antes de partir de la casa. Estaban hablando, más bien discutiendo, pero Bárbara ni podía ni quería escucharles. Quería irse de ahí cuanto antes, y tratar de borrar de su joven e ingenua mente la desagradable escena que acababa de presenciar.

Vio cómo un pedazo de tierra, después de perder por culpa de la lluvia la mediocre cohesión que tenía, caía sobre el ataúd y ensuciaba aún más la tapa de madera pulida y abrillantada. Todos los presentes habían puesto algo de su parte para ensuciarlo, echando un poco de tierra sobre el mismo, en otro extraño ritual que la niña jamás alcanzaría a comprender. Incluso ella hizo lo propio, cuando le tocó el turno, acuciada por la mirada crítica de su padre, con los ojos abiertos como platos, exigiéndole sin palabras que no le dejase mal delante de tanta gente, y se limitase a hacer su papel.

Se sacó un pañuelo del bolsillo y se secó las lágrimas por enésima vez. Le dolía la nariz, tenía los ojos hinchados, y un pequeño atisbo de jaqueca empezaba a hacer su aparición. Alzó la vista al ver que su padre levantaba la voz. Estaba mirando a su primogénito, y Bárbara vio en sus ojos una mirada que no recordaba haber visto antes; daba la impresión que jamás hubiera estado tan enfadado como lo estaba ahora. El hermano de Bárbara le dijo algo en contestación, en tono de reproche, y su padre le soltó una fuerte bofetada en la mejilla, que resonó incluso por encima del ruido de la lluvia, que lo envolvía todo. Levantó el índice de la mano derecha, en tono de amenaza, al tiempo que su hijo se llevaba una mano a la zona donde le había golpeado, y le dijo otro par de cosas. Su hijo le aguantó la mirada durante un par de segundos, pero enseguida se vino abajo. Añadió algo más, con lo cual relajó considerablemente la expresión del rostro de su padre, y luego éste señaló a Bárbara con un gesto de la cabeza, y puso rumbo hacia la entrada del cementerio, en solitario.

El hermano, que parecía ignorar por completo que estaba lloviendo, caminó hacia donde estaba la niña y la cogió de la mano, sin mediar palabra. Bárbara giró su cabeza hacia arriba, para poder verle bien. Parecía más enfadado o humillado que triste por acabar de enterrar a su madre.

BÁRBARA – ¿Qué le has dicho al papa?

Su hermano la miró, negó ligeramente con la cabeza, chasqueó la lengua, suspiró, y comenzó a andar de vuelta al coche, arrastrando con sus grandes zancadas a su hermana pequeña, que enseguida le siguió el ritmo. Cuando ya se encontraban en el camino de piedra que les dirigiría hacia el parking del cementerio, Bárbara aprovechó para echar un último vistazo a la tumba de su madre. Cada vez se veía más pequeña; más lejana a cada paso. Bárbara se dio cuenta entonces que nada volvería a ser igual en su vida; su deber era el de olvidar y no añorar todo cuanto había vivido hasta el momento, pues por más que quisiera, jamás podría recuperarlo.

Su hermano no aminoraba la marcha, y estuvo a punto de hacerla caer, al tropezar con una de las piedras del camino. Llegaron finalmente al aparcamiento, y subieron de nuevo al coche, sin importarles mancharlo todo de barro. El camino de vuelta a casa se hizo en el más estricto de los silencios.

2×368 – Negro

Publicado: 25/10/2011 en Al otro lado de la vida

368

Dormitorio de Bárbara, Sheol

17 de julio de 1986

 

Bárbara estaba sentada en la cama, rodeada de peluches; la mayoría eran más grandes que ella misma. Sostenía entre sus diminutos y delgados dedos el marco de una fotografía en la que se veía a sus padres de fondo, y a ella y a su hermano en primer plano, en una playa preciosa, a la sombra de unas palmeras tan inclinadas que daba la impresión que fueran a caerse. Se la habían hecho el invierno pasado, en la costa oriental de Brasil, claro que ahí era pleno verano. Había llorado tanto las últimas horas, que ahora tenía los ojos secos. Secos, hinchados y enrojecidos.

Su padre había tenido bastante menos tacto del que hubiera sido deseable, dada la corta edad de la muchacha, al comunicarle la trágica noticia de la muerte de su madre. Lo había hecho ahí mismo, frente al coche, en el jardín de la casa de los vecinos, y la pequeña casi perdió el conocimiento del susto. Le había extrañado que por la mañana no le dejaran acompañarles al hospital, como hacía con frecuencia, y que la dejasen en cambio en casa de los vecinos, con el pesado de Pedro; ella quería ver a su madre, pero eso sería algo que jamás podría volver a hacer. Jamás podría despedirse de ella como Dios manda.

Ahora observaba con una mezcla de nostalgia y tristeza la foto, en la que se veía a su madre radiante, con su larga melena rubia. Pocas semanas después de ese viaje, del que acabaría siendo su último viaje, había comenzado con la quimioterapia, y había perdido toda la cabellera, viéndose obligada a sustituirla por docenas de pañuelos de todos los colores. Para Ana, su difunta madre, todo había ido de mal a peor después de ese viaje. Le habían diagnosticado un cáncer de mama, y todos los esfuerzos por hacer que remitiese se habían demostrado estériles. La medicina de esa época todavía estaba a años luz de lo que llegaría a ser en muy pocos años, cuando algo tan serio como un cáncer se podría tratar con una simple vacuna.

Bárbara se levantó de la cama, descalza sobre la moqueta, y colocó el marco en la mesa del escritorio bajo que tenía en frente. La colocó entre una de sus muñecas favoritas y una de las pocas pajaritas de papel que aún conservaba, con aquella peculiar sonrisa, de las que le había regalado su hermano mayor el verano anterior, en una época que parecía lejana e intangible, cuando estaban todos juntos y felices.

La pequeña Bárbara no había sido una niña deseada; cuanto menos nadie había previsto que ella acabase formando parte de la familia a esas alturas. Ni siquiera había nacido a tiempo para asistir a la boda de su hermano con la que en pocos meses sería su primera ex esposa. No obstante, se le había recibido con ilusión y mucho cariño, sobre todo su madre, que la trató siempre como a una princesa, ya que su hijo parecía reacio a darle nietos. Su padre no lo tuvo tan claro desde el principio, e incluso invitó a su mujer en más de una ocasión a abortar, sopesando el riesgo que podría tener el embarazo a su edad. Pero ella se negó en redondo, y todo fue a pedir de boca. La niña nació sana, sin ninguna complicación, y creció fuerte y despierta.

Ahora era una niña medio huérfana, con un hermano un cuarto de siglo mayor que ella que vivía con su esposa en un piso céntrico, con un padre que nunca le había hecho mucho caso, para el que el trabajo parecía ser mucho más importante que la familia, el cual le absorbía la mayor parte de su tiempo. Sin su madre en la ecuación y sin más hermanos ni primos de su edad con los que entretenerse, la infancia de la chica auguraba ser bastante difícil.

Se echó en la cama, mirando hacia el techo, lleno de pegatinas de estrellas y mariposas de colores, y respiró hondo. Se estaba quedando adormilada, con el eterno martirio del recuerdo de la trágica noticia revoloteando por su cabeza, cuando escuchó un par de golpecitos en la puerta. Se incorporó, y vio cómo ésta se abría y entraba su padre. Iba vestido de negro de los pies a la cabeza, y se había puesto una cantidad excesiva de gomina, peinándose hacia atrás, acusando todavía más su incipiente alopecia. Aún llevaba puestas las gafas de sol; daba la impresión que no se las hubiese quitado ni para dormir. Tras él estaba su hermano; también iba vestido de luto.

Su padre le echó la bronca por no estar todavía del todo preparada, con peores maneras de las que requería la situación, y la niña se colocó los zapatos, que era lo único que le faltaba. Su padre se la quedó mirando mientras lo hacía, y Bárbara se puso nerviosa y no alcanzó a atinar a la primera con aquellos cordones tan difíciles de atar. Su padre dio muestras de que empezaba a impacientarse, pero entonces entró su hermano al cuarto, se arrodilló frente a ella, que ya estaba otra vez llorando, le acarició el pelo, le dio un beso en su  mejilla sonrosada, y le ató los cordones.

Sin mediar palabra, los tres se dirigieron hacia el aparcamiento de la casa, despidiéndose de la ama de llaves, que les recordó que debían coger un paraguas, porque amenazaba lluvia. Entraron al coche, y salieron de la parcela, rumbo al camposanto. Bárbara tardó bastante en recuperarse y dejar de llorar, amenazando con acabar con los nervios de su padre. Su hermano, que estaba sentado detrás, junto a ella, le sostuvo su pequeña mano, y trató de darle una mirada de confianza y cariño, que no acertó en su objetivo; él también estaba pasando por un momento igual de difícil, y le dolía tener que estar haciendo el papel de padre con la pequeña, ya que el suyo propio parecía no darse cuenta que Bárbara era demasiado joven para lidiar con algo tan grande sin ayuda.

2×367 – Copiloto

Publicado: 25/10/2011 en Al otro lado de la vida

TOMO DOS

AUGURIOS DE MUERTE

 

En aquellos días nublados, Robert Neville no sabía con certeza cuándo se pondría el sol, y a veces ellos ya ocupaban las calles antes de que él regresara. Si hubiera sido más analítico, podría haber calculado la hora de su llegada; pero seguía utilizando el hábito de juzgar el ocaso mirando al cielo, y en los días nublados ese método no funcionaba. Por ello, solía quedarse cerca de la casa esos días.

 

RICHARD MATHESON, SOY LEYENDA

Yo vi la cara de un animal, no un animal inteligente, sino uno lleno de astucia, maldad y… si, alegría. Hacía lo que le correspondía hacer. El sitio y las circunstancias no importaban demasiado.

 

STEPHEN KING, LA MILLA VERDE

Entonces salió otro caballo, rojo; y al que estaba montado en él se le concedió quitar la paz de la tierra y que los hombres se mataran unos a otros.

APOCALIPSIS, 6:2

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA: Uno

 

La primera piedra en el camino

 

 

367

Residencia de verano de los vecinos de Bárbara, Sheol

16 de julio de 1986

Bárbara estaba al borde del llanto. Trató de empujar por enésima vez la tapa, pero ésta no cedió ni un milímetro. Estaba tumbada de espaldas en esa caja que parecía hecha a medida de su pequeño cuerpecito de niña de cinco años. Se le clavaban en los hombros desnudos y en las piernas miles de pequeños bultos que todavía hacían más incómoda la estancia ahí dentro. El enfado original se estaba tornando en miedo, y la mandíbula empezó a temblarle, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Trató de empujar de nuevo la tapa, pero el esfuerzo fue en vano.

BÁRBARA – ¡Idiota! ¡Déjame salir!

Se había metido en ese cofre de mimbre mientras jugaba al escondite con Pedro, el hijo de su vecina, un chico tres años mayor que ella, con severos problemas de sobrepeso. Pedro había hecho trampa. Le tocaba a él taparse los ojos y contar hasta diez en voz alta, pero había echado un vistazo antes de tiempo, y había visto cómo la niña se escondía en el cofre, junto al cobertizo donde su padre guardaba los útiles de jardinería. Le había faltado tiempo para dirigirse hacia ahí una vez hubo acabado de contar, y se había sentado encima, mientras se aguantaba la risa. El peso del niño y la poca fuerza de Bárbara, amén de que el adulto más cercano estaba tras un muro de ladrillo a cincuenta metros de ahí, evidenciaban que no saldría hasta que a Pedro le diera la gana.

Bárbara había esperado pacientemente un par de minutos antes de intentar abrir la tapa, para ver dónde se encontraba su compañero, y sopesar si era ese un buen momento para ir al punto de partida y ganar así el juego, pero no había podido hacerlo. Desde entonces había estado, primero pidiendo y luego exigiendo a voz en grito, que apartase su gordo culo de la tapa. Su llanto y su desesperación se unieron a las estruendosas carcajadas de su carcelero, que estaba disfrutando de lo lindo del sufrimiento de la pequeña. Bárbara volvió a golpear la tapa con las manos abiertas, mientras las lágrimas le recorrían las sienes y se le metían en los orificios de las orejas.

Poco más tarde se cansó, con la respiración agitada y el pulso por las nubes, y cerró los ojos, tratando de tranquilizarse. Hasta entonces Pedro no le caía muy bien, pero ahora le odiaba, y se le hacía la boca agua al pensar cómo le contaría a su madre lo que había hecho, para disfrutar acto seguido de la bronca que con toda seguridad le caería. Sabía que antes o después acabaría por levantarse y le dejaría salir, pero no podía evitar seguir sollozando. Un instante después de que sus gritos y sus golpes nerviosos cesaran, notó un cambio en la iluminación. Vio más luz filtrarse por las rendijas que dejaba el entrelazado de mimbre, y enseguida supo que por fin había sido liberada. Sin pensárselo dos veces, empujó de nuevo la tapa, que en esta ocasión cedió sin ofrecer la menor resistencia. La empujó hasta abrirla del todo y se quedó ahí sentada, mirando a su alrededor. Estaba en lo alto de una pequeña colina, a la sombra de unos altos pinos, junto a un cobertizo hecho de madera. No había rastro de Pedro, pero hubo algo que le llamó la atención, lo mismo que había hecho que Pedro optase por dejar de martirizarla.

Vio el coche de su padre aparcado en la entrada; le vio salir a él, y vio cómo la madre de Pedro, su vecina, iba a su encuentro. La niña enseguida entendió que algo no andaba del todo bien. Alcanzó a ver a su hermano dentro del coche, sonándose los mocos con un pañuelo de papel. Le extrañó que lo hiciera, porque era pleno verano, y ella no recordaba haber visto utilizar un pañuelo a su hermano prácticamente nunca. Tenía la cabeza gacha, y en cuanto acabó de sonarse, se puso un cigarro en la boca y lo encendió, con tanta prisa y torpeza que casi se le cae de las manos.

Entonces miró hacia donde estaban su padre y la vecina, desde su posición, sentada en la cesta de mimbre. Pedro ya se había metido en la casa, pero ella ya no recordaba siquiera lo mal que lo había pasado ahí encerrada. Su padre estaba hablando con la vecina. Ésta asentía con la cabeza, atosigándole a preguntas. Bárbara se encontraba demasiado lejos para poder oírles. Su padre estaba excesivamente serio, y eso fue lo que le puso en alerta en primera instancia. Lo que acabó por romperle los nervios fue cuando vio cómo la vecina se llevaba una mano a la boca, abierta, y se giraba para mirarla, con una expresión de asombro y pesar, mientras empezaba a llorar.

Bárbara se incorporó del todo y salió del cofre, notando cómo le temblaban las piernas. Miraba a su hermano dentro del coche, que había tirado el cigarro prácticamente intacto al césped recién cortado; ahora se había llevado ambas manos a los ojos, apoyando los codos en las rodillas. Se acercó lentamente, con el ceño fruncido, tan lentamente que a cada paso creía alejarse en vez de acercarse, deseando para sus adentros que así fuera. Sabía de dónde venían su hermano y su padre, y aunque todavía era muy pequeña, una macabra certidumbre empezaba a dibujarse en su cabeza.

Llegó hasta donde estaban su padre y la vecina. Ésta la miraba como a una extraña, como si jamás antes la hubiera visto. Seguía llorando, y parecía encontrarse al borde de un ataque de nervios. Su padre llevaba puestas unas gafas de sol que no permitían a la niña verle los ojos, pero la expresión de su cara era suficiente para acabar de convencerla de que algo andaba mal, muy mal. Padre e hija cruzaron las miradas durante unos momentos. Bárbara se había contagiado del ánimo de su vecina y un gran lagrimón recorrió su mejilla derecha, todavía húmeda por cuanto había llorado encerrada en el cofre de mimbre.

BÁRBARA – ¿Cómo está la mama?