Archivos para 25/10/2011

2×369 – Viudo

Publicado: 25/10/2011 en Al otro lado de la vida

369

Cementerio de Sheol

17 de julio de 1986

 

La lluvia caía con insistencia, embarrando todavía más el suelo de tierra alrededor de la tumba en la que descansaba el ataúd que contenía el cuerpo sin vida de Ana. Bárbara estaba bajo un árbol de espeso follaje, a escasos metros, pero no obstante tenía abierto su paraguas rosa, su preferido; un paraguas ridículamente pequeño, pero que era más que suficiente para proteger de la lluvia a su dueña. No podía parar de mirar el agujero rectangular dentro del cual estaba aquella enorme caja con el tamaño perfecto para contener un cuerpo humano adulto. La lluvia distorsionaba un poco la visión, y sus propias lágrimas hacían que lo que veía pareciera deformado por un filtro cinematográfico.

No había querido verla, por más que se le ofreció la posibilidad nada más llegar al cementerio, antes de todo aquél teatro perfectamente orquestado. Prefería que la última imagen que recordase de su madre fuese la de hacía un par de días, en la cama del hospital, leyéndole aquél interesante libro sobre un castor, que habían dejado a medias, con su eterna sonrisa en la cara, pese a lo mal que lo estaba pasando. Sabía que ahí dentro estaba el cuerpo, y que jamás volvería a poder reír con ella, pero todavía era muy pronto para que se hiciese a la idea. Además, era demasiado pequeña para entender muy bien lo que estaba pasando; todo había cambiado demasiado rápido, de la noche a la mañana, y aún tardaría un poco más en asimilarlo.

Había sido una ceremonia rápida, durante la cual la pequeña había pasado la mayor parte del tiempo mirando cómo las nubes cruzaban el cielo, ignorando la retahíla de frases vacías y mecánicas con las que les había obsequiado el cura encargado de oficiar el sepelio. Para ella nada de cuanto decía ese hombre tenía el menor sentido, y no estaba de humor para prestarle atención. De hecho, ninguno de los presentes parecía hacerle mucho caso; no era más que un ritual absurdo, una tradición obsoleta que, no obstante, todos parecían dispuestos a acatar sumisos.

Ahora hacía ya más de diez minutos que todos los “amigos y familiares” habían desaparecido de ahí, apurados por el comienzo de la lluvia, después de darles a los tres el pésame y honrarles con su presencia. Hasta el cura se había despedido de ellos, pese a que tenía un buen paraguas, cansado de esperar que decidieran irse de una vez por todas. Su padre y su hermano estaban al otro lado de la tumba, bajo la lluvia; ninguno de los dos había recordado coger el paraguas, pese a la insistencia de la ama de llaves antes de partir de la casa. Estaban hablando, más bien discutiendo, pero Bárbara ni podía ni quería escucharles. Quería irse de ahí cuanto antes, y tratar de borrar de su joven e ingenua mente la desagradable escena que acababa de presenciar.

Vio cómo un pedazo de tierra, después de perder por culpa de la lluvia la mediocre cohesión que tenía, caía sobre el ataúd y ensuciaba aún más la tapa de madera pulida y abrillantada. Todos los presentes habían puesto algo de su parte para ensuciarlo, echando un poco de tierra sobre el mismo, en otro extraño ritual que la niña jamás alcanzaría a comprender. Incluso ella hizo lo propio, cuando le tocó el turno, acuciada por la mirada crítica de su padre, con los ojos abiertos como platos, exigiéndole sin palabras que no le dejase mal delante de tanta gente, y se limitase a hacer su papel.

Se sacó un pañuelo del bolsillo y se secó las lágrimas por enésima vez. Le dolía la nariz, tenía los ojos hinchados, y un pequeño atisbo de jaqueca empezaba a hacer su aparición. Alzó la vista al ver que su padre levantaba la voz. Estaba mirando a su primogénito, y Bárbara vio en sus ojos una mirada que no recordaba haber visto antes; daba la impresión que jamás hubiera estado tan enfadado como lo estaba ahora. El hermano de Bárbara le dijo algo en contestación, en tono de reproche, y su padre le soltó una fuerte bofetada en la mejilla, que resonó incluso por encima del ruido de la lluvia, que lo envolvía todo. Levantó el índice de la mano derecha, en tono de amenaza, al tiempo que su hijo se llevaba una mano a la zona donde le había golpeado, y le dijo otro par de cosas. Su hijo le aguantó la mirada durante un par de segundos, pero enseguida se vino abajo. Añadió algo más, con lo cual relajó considerablemente la expresión del rostro de su padre, y luego éste señaló a Bárbara con un gesto de la cabeza, y puso rumbo hacia la entrada del cementerio, en solitario.

El hermano, que parecía ignorar por completo que estaba lloviendo, caminó hacia donde estaba la niña y la cogió de la mano, sin mediar palabra. Bárbara giró su cabeza hacia arriba, para poder verle bien. Parecía más enfadado o humillado que triste por acabar de enterrar a su madre.

BÁRBARA – ¿Qué le has dicho al papa?

Su hermano la miró, negó ligeramente con la cabeza, chasqueó la lengua, suspiró, y comenzó a andar de vuelta al coche, arrastrando con sus grandes zancadas a su hermana pequeña, que enseguida le siguió el ritmo. Cuando ya se encontraban en el camino de piedra que les dirigiría hacia el parking del cementerio, Bárbara aprovechó para echar un último vistazo a la tumba de su madre. Cada vez se veía más pequeña; más lejana a cada paso. Bárbara se dio cuenta entonces que nada volvería a ser igual en su vida; su deber era el de olvidar y no añorar todo cuanto había vivido hasta el momento, pues por más que quisiera, jamás podría recuperarlo.

Su hermano no aminoraba la marcha, y estuvo a punto de hacerla caer, al tropezar con una de las piedras del camino. Llegaron finalmente al aparcamiento, y subieron de nuevo al coche, sin importarles mancharlo todo de barro. El camino de vuelta a casa se hizo en el más estricto de los silencios.

2×368 – Negro

Publicado: 25/10/2011 en Al otro lado de la vida

368

Dormitorio de Bárbara, Sheol

17 de julio de 1986

 

Bárbara estaba sentada en la cama, rodeada de peluches; la mayoría eran más grandes que ella misma. Sostenía entre sus diminutos y delgados dedos el marco de una fotografía en la que se veía a sus padres de fondo, y a ella y a su hermano en primer plano, en una playa preciosa, a la sombra de unas palmeras tan inclinadas que daba la impresión que fueran a caerse. Se la habían hecho el invierno pasado, en la costa oriental de Brasil, claro que ahí era pleno verano. Había llorado tanto las últimas horas, que ahora tenía los ojos secos. Secos, hinchados y enrojecidos.

Su padre había tenido bastante menos tacto del que hubiera sido deseable, dada la corta edad de la muchacha, al comunicarle la trágica noticia de la muerte de su madre. Lo había hecho ahí mismo, frente al coche, en el jardín de la casa de los vecinos, y la pequeña casi perdió el conocimiento del susto. Le había extrañado que por la mañana no le dejaran acompañarles al hospital, como hacía con frecuencia, y que la dejasen en cambio en casa de los vecinos, con el pesado de Pedro; ella quería ver a su madre, pero eso sería algo que jamás podría volver a hacer. Jamás podría despedirse de ella como Dios manda.

Ahora observaba con una mezcla de nostalgia y tristeza la foto, en la que se veía a su madre radiante, con su larga melena rubia. Pocas semanas después de ese viaje, del que acabaría siendo su último viaje, había comenzado con la quimioterapia, y había perdido toda la cabellera, viéndose obligada a sustituirla por docenas de pañuelos de todos los colores. Para Ana, su difunta madre, todo había ido de mal a peor después de ese viaje. Le habían diagnosticado un cáncer de mama, y todos los esfuerzos por hacer que remitiese se habían demostrado estériles. La medicina de esa época todavía estaba a años luz de lo que llegaría a ser en muy pocos años, cuando algo tan serio como un cáncer se podría tratar con una simple vacuna.

Bárbara se levantó de la cama, descalza sobre la moqueta, y colocó el marco en la mesa del escritorio bajo que tenía en frente. La colocó entre una de sus muñecas favoritas y una de las pocas pajaritas de papel que aún conservaba, con aquella peculiar sonrisa, de las que le había regalado su hermano mayor el verano anterior, en una época que parecía lejana e intangible, cuando estaban todos juntos y felices.

La pequeña Bárbara no había sido una niña deseada; cuanto menos nadie había previsto que ella acabase formando parte de la familia a esas alturas. Ni siquiera había nacido a tiempo para asistir a la boda de su hermano con la que en pocos meses sería su primera ex esposa. No obstante, se le había recibido con ilusión y mucho cariño, sobre todo su madre, que la trató siempre como a una princesa, ya que su hijo parecía reacio a darle nietos. Su padre no lo tuvo tan claro desde el principio, e incluso invitó a su mujer en más de una ocasión a abortar, sopesando el riesgo que podría tener el embarazo a su edad. Pero ella se negó en redondo, y todo fue a pedir de boca. La niña nació sana, sin ninguna complicación, y creció fuerte y despierta.

Ahora era una niña medio huérfana, con un hermano un cuarto de siglo mayor que ella que vivía con su esposa en un piso céntrico, con un padre que nunca le había hecho mucho caso, para el que el trabajo parecía ser mucho más importante que la familia, el cual le absorbía la mayor parte de su tiempo. Sin su madre en la ecuación y sin más hermanos ni primos de su edad con los que entretenerse, la infancia de la chica auguraba ser bastante difícil.

Se echó en la cama, mirando hacia el techo, lleno de pegatinas de estrellas y mariposas de colores, y respiró hondo. Se estaba quedando adormilada, con el eterno martirio del recuerdo de la trágica noticia revoloteando por su cabeza, cuando escuchó un par de golpecitos en la puerta. Se incorporó, y vio cómo ésta se abría y entraba su padre. Iba vestido de negro de los pies a la cabeza, y se había puesto una cantidad excesiva de gomina, peinándose hacia atrás, acusando todavía más su incipiente alopecia. Aún llevaba puestas las gafas de sol; daba la impresión que no se las hubiese quitado ni para dormir. Tras él estaba su hermano; también iba vestido de luto.

Su padre le echó la bronca por no estar todavía del todo preparada, con peores maneras de las que requería la situación, y la niña se colocó los zapatos, que era lo único que le faltaba. Su padre se la quedó mirando mientras lo hacía, y Bárbara se puso nerviosa y no alcanzó a atinar a la primera con aquellos cordones tan difíciles de atar. Su padre dio muestras de que empezaba a impacientarse, pero entonces entró su hermano al cuarto, se arrodilló frente a ella, que ya estaba otra vez llorando, le acarició el pelo, le dio un beso en su  mejilla sonrosada, y le ató los cordones.

Sin mediar palabra, los tres se dirigieron hacia el aparcamiento de la casa, despidiéndose de la ama de llaves, que les recordó que debían coger un paraguas, porque amenazaba lluvia. Entraron al coche, y salieron de la parcela, rumbo al camposanto. Bárbara tardó bastante en recuperarse y dejar de llorar, amenazando con acabar con los nervios de su padre. Su hermano, que estaba sentado detrás, junto a ella, le sostuvo su pequeña mano, y trató de darle una mirada de confianza y cariño, que no acertó en su objetivo; él también estaba pasando por un momento igual de difícil, y le dolía tener que estar haciendo el papel de padre con la pequeña, ya que el suyo propio parecía no darse cuenta que Bárbara era demasiado joven para lidiar con algo tan grande sin ayuda.

2×367 – Copiloto

Publicado: 25/10/2011 en Al otro lado de la vida

TOMO DOS

AUGURIOS DE MUERTE

 

En aquellos días nublados, Robert Neville no sabía con certeza cuándo se pondría el sol, y a veces ellos ya ocupaban las calles antes de que él regresara. Si hubiera sido más analítico, podría haber calculado la hora de su llegada; pero seguía utilizando el hábito de juzgar el ocaso mirando al cielo, y en los días nublados ese método no funcionaba. Por ello, solía quedarse cerca de la casa esos días.

 

RICHARD MATHESON, SOY LEYENDA

Yo vi la cara de un animal, no un animal inteligente, sino uno lleno de astucia, maldad y… si, alegría. Hacía lo que le correspondía hacer. El sitio y las circunstancias no importaban demasiado.

 

STEPHEN KING, LA MILLA VERDE

Entonces salió otro caballo, rojo; y al que estaba montado en él se le concedió quitar la paz de la tierra y que los hombres se mataran unos a otros.

APOCALIPSIS, 6:2

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA: Uno

 

La primera piedra en el camino

 

 

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Residencia de verano de los vecinos de Bárbara, Sheol

16 de julio de 1986

Bárbara estaba al borde del llanto. Trató de empujar por enésima vez la tapa, pero ésta no cedió ni un milímetro. Estaba tumbada de espaldas en esa caja que parecía hecha a medida de su pequeño cuerpecito de niña de cinco años. Se le clavaban en los hombros desnudos y en las piernas miles de pequeños bultos que todavía hacían más incómoda la estancia ahí dentro. El enfado original se estaba tornando en miedo, y la mandíbula empezó a temblarle, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Trató de empujar de nuevo la tapa, pero el esfuerzo fue en vano.

BÁRBARA – ¡Idiota! ¡Déjame salir!

Se había metido en ese cofre de mimbre mientras jugaba al escondite con Pedro, el hijo de su vecina, un chico tres años mayor que ella, con severos problemas de sobrepeso. Pedro había hecho trampa. Le tocaba a él taparse los ojos y contar hasta diez en voz alta, pero había echado un vistazo antes de tiempo, y había visto cómo la niña se escondía en el cofre, junto al cobertizo donde su padre guardaba los útiles de jardinería. Le había faltado tiempo para dirigirse hacia ahí una vez hubo acabado de contar, y se había sentado encima, mientras se aguantaba la risa. El peso del niño y la poca fuerza de Bárbara, amén de que el adulto más cercano estaba tras un muro de ladrillo a cincuenta metros de ahí, evidenciaban que no saldría hasta que a Pedro le diera la gana.

Bárbara había esperado pacientemente un par de minutos antes de intentar abrir la tapa, para ver dónde se encontraba su compañero, y sopesar si era ese un buen momento para ir al punto de partida y ganar así el juego, pero no había podido hacerlo. Desde entonces había estado, primero pidiendo y luego exigiendo a voz en grito, que apartase su gordo culo de la tapa. Su llanto y su desesperación se unieron a las estruendosas carcajadas de su carcelero, que estaba disfrutando de lo lindo del sufrimiento de la pequeña. Bárbara volvió a golpear la tapa con las manos abiertas, mientras las lágrimas le recorrían las sienes y se le metían en los orificios de las orejas.

Poco más tarde se cansó, con la respiración agitada y el pulso por las nubes, y cerró los ojos, tratando de tranquilizarse. Hasta entonces Pedro no le caía muy bien, pero ahora le odiaba, y se le hacía la boca agua al pensar cómo le contaría a su madre lo que había hecho, para disfrutar acto seguido de la bronca que con toda seguridad le caería. Sabía que antes o después acabaría por levantarse y le dejaría salir, pero no podía evitar seguir sollozando. Un instante después de que sus gritos y sus golpes nerviosos cesaran, notó un cambio en la iluminación. Vio más luz filtrarse por las rendijas que dejaba el entrelazado de mimbre, y enseguida supo que por fin había sido liberada. Sin pensárselo dos veces, empujó de nuevo la tapa, que en esta ocasión cedió sin ofrecer la menor resistencia. La empujó hasta abrirla del todo y se quedó ahí sentada, mirando a su alrededor. Estaba en lo alto de una pequeña colina, a la sombra de unos altos pinos, junto a un cobertizo hecho de madera. No había rastro de Pedro, pero hubo algo que le llamó la atención, lo mismo que había hecho que Pedro optase por dejar de martirizarla.

Vio el coche de su padre aparcado en la entrada; le vio salir a él, y vio cómo la madre de Pedro, su vecina, iba a su encuentro. La niña enseguida entendió que algo no andaba del todo bien. Alcanzó a ver a su hermano dentro del coche, sonándose los mocos con un pañuelo de papel. Le extrañó que lo hiciera, porque era pleno verano, y ella no recordaba haber visto utilizar un pañuelo a su hermano prácticamente nunca. Tenía la cabeza gacha, y en cuanto acabó de sonarse, se puso un cigarro en la boca y lo encendió, con tanta prisa y torpeza que casi se le cae de las manos.

Entonces miró hacia donde estaban su padre y la vecina, desde su posición, sentada en la cesta de mimbre. Pedro ya se había metido en la casa, pero ella ya no recordaba siquiera lo mal que lo había pasado ahí encerrada. Su padre estaba hablando con la vecina. Ésta asentía con la cabeza, atosigándole a preguntas. Bárbara se encontraba demasiado lejos para poder oírles. Su padre estaba excesivamente serio, y eso fue lo que le puso en alerta en primera instancia. Lo que acabó por romperle los nervios fue cuando vio cómo la vecina se llevaba una mano a la boca, abierta, y se giraba para mirarla, con una expresión de asombro y pesar, mientras empezaba a llorar.

Bárbara se incorporó del todo y salió del cofre, notando cómo le temblaban las piernas. Miraba a su hermano dentro del coche, que había tirado el cigarro prácticamente intacto al césped recién cortado; ahora se había llevado ambas manos a los ojos, apoyando los codos en las rodillas. Se acercó lentamente, con el ceño fruncido, tan lentamente que a cada paso creía alejarse en vez de acercarse, deseando para sus adentros que así fuera. Sabía de dónde venían su hermano y su padre, y aunque todavía era muy pequeña, una macabra certidumbre empezaba a dibujarse en su cabeza.

Llegó hasta donde estaban su padre y la vecina. Ésta la miraba como a una extraña, como si jamás antes la hubiera visto. Seguía llorando, y parecía encontrarse al borde de un ataque de nervios. Su padre llevaba puestas unas gafas de sol que no permitían a la niña verle los ojos, pero la expresión de su cara era suficiente para acabar de convencerla de que algo andaba mal, muy mal. Padre e hija cruzaron las miradas durante unos momentos. Bárbara se había contagiado del ánimo de su vecina y un gran lagrimón recorrió su mejilla derecha, todavía húmeda por cuanto había llorado encerrada en el cofre de mimbre.

BÁRBARA – ¿Cómo está la mama?