2×373 – Espera

Publicado: 28/10/2011 en Al otro lado de la vida

373

Cala rocosa en la costa meridional de la isla Nefesh

21 de octubre de 2008

Maya y Marion llevaban cerca de dos horas esperando que sus compañeros volvieran, y hacía ya bastante que habían empezado a preocuparse. Sin relojes, la noción del tiempo dependía en gran medida del estado de ánimo, y ambas hubieran jurado que había pasado mucho más tiempo del que había transcurrido en realidad. No podían evitar pensar que les hubiera podido ocurrir algo, y ambas tenían idéntica idea macabra en la cabeza, por más pacífica e inocente que aparentase ser esa isla. Las dos temían que no volvieran, y empezaban a cavilar cuales serían sus alternativas de futuro en solitario, que en cualquiera de los casos no parecían muy halagüeñas. Maya no confiaba en Marion, y Marion no creía posible hacerse cargo de la minusválida, si las cosas se ponían feas. A duras penas pondría la mano en el fuego afirmando que pudiera hacerse cargo de sí misma; mucho menos de cargar con la joven del acento isleño.

Marion apareció tras unos arbustos, donde había ido a hacer aguas menores, y Maya la miró con envidia y algo de mal cuerpo. Ella misma tenía necesidad de usar el servicio, pero hasta el momento sólo había confiado en Bárbara para pedirle ayuda en ese quehacer, tras la muerte de su padre. Ella era de los pocos presentes, más allá de la pequeña Zoe, con la que había ganado algo de confianza y estrechado unos cuantos lazos, en las dos semanas que hacía que habían partido de la costa de Iyam. Christian no era una alternativa, pues aunque ninguno de los dos había cruzado la línea de la tensión sexual, debido en gran medida a que el contexto no acompañaba ni de lejos, era un varón, al igual que Carlos, y prefería aguantarse antes que pedirles algo tan embarazoso. Sin Morgan en la ecuación, y dejando de contar con Zoe, que difícilmente podría ayudarle en esa empresa, solo le quedaba Marion, pero prefería esperar un poco más antes de pedirle ayuda. A duras penas habían cruzado una docena de frases desde que se conocían, y ninguna de las dos tenía especial interés en hacer que eso cambiara; venían de mundos muy diferentes, y aún no se habían dado cuenta que a día de hoy, estaban exactamente en el mismo barco.

Las ganas de hacer pipí, sumadas al viento que hacía, incrementaban todavía más su malestar. No es que hiciera demasiado frío, y ahí donde estaba, sobre el bote, le daba el sol, pero tan solo llevaba puestos unos shorts que a duras penas le cubrían hasta un palmo por encima de las rodillas, y desde que sus compañeros se fueran, ya se le había puesto la piel de gallina en un par de ocasiones. Llevaba esa ropa: los shorts y una vieja camiseta de manga corta que le iba grande, porque era lo que llevaba encima cuando les sorprendieron aquellos aprendices de pirata, días atrás. Ni siquiera habían podido cambiarse de ropa interior desde entonces. Por fortuna no había tenido la regla en todo ese período de tiempo. Marion había compartido su suerte, y Zoe aún era joven para ello. Bárbara sí lo había hecho, unos días después del cambio de barco, y había tenido que lavar su ropa interior con el agua salada del mar una noche, de un modo bastante rudimentario. Todo el resto de su ropa, y la de todos sus compañeros, la habían robado, junto con su silla, junto con el barco de su padre. Al principio sintió algo de vergüenza al ver sus piernas peludas, pero en los últimos tiempos, la escala de valores sobre a qué dar importancia y a qué no, había cambiado considerablemente, y ahora a duras penas siquiera lo recordaba; todos habían dejado de depilarse y afeitarse hacía bastante tiempo. Incluso Carlos y Christian tenían ya una incipiente barba, a la que todos habían aprendido a ignorar. Marion se acercó al bote y se apoyó en él, mirando hacia el mar, donde el sol estaba cada vez más bajo.

MARION – ¿Parece que tardan, no?

Maya la miró, con el ceño fruncido. Se recolocó las gafas, que se le habían escurrido un poco por la nariz.

MAYA – No creo que se demoren mucho más.

Marion miró hacia la porción de bosque por la que habían desaparecido Carlos y los demás. La paciencia no era una de sus mejores virtudes, y de haber tenido el vicio de morderse las uñas por el nerviosismo, a esas alturas ya no le quedaría ni una. Todavía estaba aclimatándose a la nueva ubicación en tierra firme, y se sentía algo incómoda. En cualquier caso, para ella resultaría una mejora considerable, pues podría liberarse al fin del peso de sus mareos marítimos, que tan mal se lo habían hecho pasar durante la travesía que les había llevado hasta ahí.

MARION – Hace frío.

Marion se frotó el brazo y el antebrazo derechos con la mano izquierda. Maya no se molestó ni en mirarla; le daba la impresión que el papel de adulta entre ellas dos recaía en sus espaldas, y que Marion no era más que una niña malcriada, que no hacía más que quejarse.

MAYA – Se está bien, aquí, al sol…

MARION – Pronto llegará el invierno y… no quiero ni imaginar cómo nos las vamos a ingeniar, viviendo aquí como… como… como animales.

Maya tampoco destacaba por tener demasiada paciencia, y empezaba a ponerse nerviosa por culpa de su compañera. Ya tenía suficiente con sus problemas como para tener que aguantar los lamentos de la hija del difunto presentador televisivo.

MARION – No tendríamos que habernos ido de Iyam…

Maya respiró hondo, y cerró los ojos, tratando de apaciguarse.

MARION – Es verdad. Ahí estaban los… los enfermos esos, pero al menos teníamos comida y bebida de sobra. Aquí… esto es una mierda.

Marion miró a Maya; ésta no tenía la más mínima intención de darle la réplica. Soltó un par más de frases descorazonadoras, demostrando su inmadurez y tentando a la paciencia de su acompañante, hasta que acabó desistiendo, y se fue a dar una vuelta por los alrededores, cansada de esperar. Maya respiró aliviada al ver que ya se había cansado de darle conversación. A duras penas faltaría hora y media antes que se pusiera el sol.

Así se mantuvieron, una ajena a la otra, otro buen rato más, en silencio, limitándose a esperar. Entonces, y pillando por sorpresa a ambas, vieron aparecer a Zoe, que venía por la costa, de una zona mucho más a la derecha del lugar por el que habían partido ella y los demás, sosteniendo una rama seca en forma de Y en la mano, golpeando todo lo que se encontraba a su paso. Tras ella aparecieron Bárbara y Carlos, y algo más atrás, Christian. Al parecer se habían entretenido por el camino más de lo que tenían previsto, o simplemente se habían perdido, y habían tardado tanto porque no encontraban el camino de vuelta. Todo ello carecía ya de importancia, pues habían vuelto, al fin, sanos y salvos.

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