2×375 – Abrazo

Publicado: 30/10/2011 en Al otro lado de la vida

375

Cala rocosa en la costa meridional de la isla Nefesh

22 de octubre de 2008

 

En aquél paraje olvidado en el extremo más al sur de la isla, reinaba un absoluto silencio, tan solo mancillado por el crepitar de las llamas y el canto incansable de los grillos. Al ver que algo se movía, Zoe se incorporó, y miró hacia el chico. Christian se quedó donde estaba, y le hizo un gesto para que se acercase. Pensó que sería mejor que se alejaran un poco de los demás, ya que no había necesidad alguna de despertarles. Zoe le miró extrañada, y Christian repitió el gesto, mostrando cierta impaciencia. La niña miró a Bárbara, que dormía a pierna suelta, y luego a Carlos, que también había caído rendido. Se levantó, y cruzó por encima de sus compañeros, con cuidado de no pisarles y se reunió con Christian, que se había alejado un poco más, aún dentro del radio de acción de la luz que proporcionaba la hoguera.

ZOE – ¿Qué quieres, Chris? Es tardísimo.

Christian se quedó en blanco. Sabía lo que quería hacer, pero se sentía algo estúpido. No estaba acostumbrado a hacer cosas así, y no sabía cómo debía actuar. Incluso se sintió tentado a dejarlo correr, pero enseguida desechó esa posibilidad.

CHRISTIAN – ¿No puedes dormir?

ZOE – ¿Me has traído aquí para preguntarme si puedo dormir?

CHRISTIAN – No.

La pequeña no entendía nada, y no le gustaba un pelo la expresión que mostraba la cara de su compañero. Christian se quedó en silencio unos segundos más, lo que acrecentó la inquietud de Zoe.

CHRISTIAN – Tengo algo para ti.

Zoe arrugó la frente. Temía que Christian le quisiera tomar el pelo. El chico se llevó la mano al bolsillo del pantalón, y sacó la cartera. La niña lo miraba atentamente, cuando la abrió, sacó la fotografía, y se la entregó. Ella la cogió, sin entender aún qué era. Volvió a mirarle, con un par de arrugas entre las cejas, antes de fijarse en la foto que sostenía entre sus enjutos dedos. A medida que iba comprendiendo de qué se trataba, su boca se iba abriendo más y más, y sus ojos se iban llenando de lágrimas. La había olvidado por completo, pero ahora una avalancha de recuerdos le sobrevino atropelladamente. Recordó el buen rato que había pasado con Morgan en aquél lago, cómo había reído hasta casi perder el aliento, persiguiendo a aquella ardilla a hombros del policía, que iban tan rápido que creyó que perdería el equilibrio y se abriría la cabeza en el suelo. Era la primera vez que había reído tan sinceramente, que había sentido incluso felicidad, después de la muerte de sus padres. Pero ahora Morgan también la había abandonado.

No dejó de mirar la foto, y la acarició con el dedo índice y corazón de la mano derecha. Miró hacia quien se la había entregado, que la miraba con cara de póquer. Dos grandes lagrimones surcaron sus mejillas al tiempo que se abalanzó hacia el ex presidiario y lo abrazó con fuerza, sin soltar la fotografía en ningún momento. Lo estrechó como bien pudo, pues era mucho más baja que él, y tenía los brazos muy cortos. Pillo al muchacho totalmente desprevenido. El primer instinto de éste fue el de apartarla de sí. Por fortuna no lo hizo, e incluso acabó por responder al abrazo, sintiéndose algo ridículo. Sin darse siquiera cuenta, su mirada recorrió los cuerpos echados sobre el suelo de sus demás compañeros, comprobando que ninguno de ellos estuviera viendo la escena. No obstante, y a su pesar, sí había alguien mirando. Echó un vistazo hacia la hoguera, y se encontró con la mirada de Bárbara, que había estado viéndoles desde el primer momento. Mostraba una ligera sonrisa en la cara. La niña lo había estado pasando muy mal desde esa mañana; Bárbara no recordaba haberla visto tan abatida desde que la encontrase, hacía ya casi un mes. Desconocía qué era lo que Christian le había dicho o lo que le había dado, pero el mero hecho de verla sonreír de nuevo era la mejor recompensa que podía obtener. La profesora se recostó de nuevo donde estaba, dando a entender al muchacho que no había visto nada.

Zoe acabó por separarse de Christian, y le dio un beso en la mejilla, que aún le pilló más por sorpresa que el abrazo, al chico. No pensaba que le fuera a hacer tanta ilusión ese pequeño regalo, y ahora se sentía orgulloso de habérselo podido conceder. Su relación con la pequeña no había sido cordial en ningún momento, pues siempre estaba buscando la manera de hacerla rabiar y reírse a su costa, pero a estas alturas ya la consideraba como la hermana pequeña que jamás había tenido. No lo reconocería delante de nadie, pero había aprendido incluso a quererla, y verla sonreír le hizo sentirse muy bien por dentro.

ZOE – Tú no… ¿No sabes por qué se ha ido?

Christian sintió la enorme tentación de contarle todo cuanto sabía, de decirle que el policía les había abandonado porque estaba infectado, y que no quería sufrir la humillación de que le vieran extinguirse, ni que tuvieran la responsabilidad de acabar con él, igual que él había acabado con el padre de Maya. Pero sabía que no debía hacerlo; no serviría de nada, tan solo valdría para quitarle a la pequeña el último rayo de esperanza que pudiera albergar su corazón. La realidad era mucho menos agradable, de modo que prefirió preservar su ignorancia, a la que llegó incluso a envidiar.

CHRISTIAN – Lo siento.

Zoe bajó la mirada, echó otro vistazo a la foto, feliz al saber que nunca olvidaría la cara del hombre que le había salvado la vida en aquél río, a diferencia de las de sus padres, que a cada día que pasaba se volvían más borrosas.

ZOE – Muchas… Muchísimas gracias.

Christian sonrió, asintió, y acto seguido la muchacha volvió al lugar de donde había venido. Bárbara se hizo la dormida, y Zoe se echó de nuevo en el suelo, entre ella y Carlos, sin dejar de mirar la fotografía. Christian la siguió con la mirada, y se quedó ahí donde estaba un par de minutos más, con la cartera en la mano. Poco después decidió volver al lugar que había escogido para pasar la noche, y al pasar junto a la hoguera, se quedó quieto. Miró la cartera, que aún llevaba en la mano, y volvió a mirar la hoguera. No se lo pensó dos veces, y tiró la cartera al fuego, con aquella ingente cantidad de dinero en el interior. Por fin había comprendido que era absurdo aferrarse al mundo del que venía, que ahora las reglas eran radicalmente diferentes. Se quedó mirando cómo las llamas devoraban el cuero y los billetes que había en su interior, y enseguida volvió a sentarse sobre la hierba seca, de espaldas al tronco del pino. Ahí se quedó, mirando las estrellas entre las copas de los árboles, satisfecho al haber hecho la buena acción del día. Los primeros rayos del alba emergían del horizonte, cuando no pudo soportarlo más y acabó quedándose dormido.

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comentarios
  1. D-Rock dice:

    Bien hecho, Chris!!!

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