Archivos para noviembre, 2011

2×409 – Bruma

Publicado: 30/11/2011 en Al otro lado de la vida

409

Mansión de Nemesio, isla Nefesh

21 de octubre de 2008

 

Abril abrió un ojo, resopló y volvió a cerrarlo, tapándose hasta la cabeza con la sábana. Era demasiado pronto todavía; tenía demasiado sueño para levantarse. Le habían despertado los gritos de Nemesio, desde el dormitorio de al lado, llamando a la perra. A la doctora le había costado mucho dormirse, y detestaba no poder seguir durmiendo por culpa de que la perra hubiese abandonado la habitación de su amo para darse una vuelta matutina por la casa. Resultaba estúpido. Se estaba volviendo a quedar dormida cuando de nuevo oyó los gritos de su compañero de viaje. Se llevó la almohada a la boca, gritó hasta perder el aliento, se levantó, se calzó y caminó pisando fuerte hasta la habitación del anciano, dispuesta a cantarle las cuarenta por su falta de empatía.

La tarde anterior había pasado más de tres horas colocando tableros por todas las ventanas de la planta baja, sin más ayuda que su fuerza de voluntad, dando un viaje tras otro a la azotea en busca de material, descubriendo más y más ventanas a medida que estudiaba el perímetro de la mansión. Del mismo modo que había tableros de sobra, había muchas ventanas que asegurar. Nemesio adoptó el salón del ala derecha de la planta baja como lugar de descanso. Se sentó en una vieja mecedora junto a una chimenea apagada y amenizó considerablemente el trabajo de la doctora tocando una pieza tras otra en un viejísimo violín que ella jamás llegó a saber de dónde había sacado. Lo hacía muy bien, e incluso consiguió apaciguar a su compañera. Bruma se pasó todo el rato junto a su amo, dormitando sin apenas levantar la vista.

Al principio temió que los martillazos acabarían por traerle problemas, por si el ruido alertaba a algún infectado que merodease la zona, pero enseguida se convenció de que el ruido de la cascada era mucho más fuerte, en cualquiera de los casos. Fue entonces cuando empezó a darse cuenta que ello, lejos de un problema, acabaría resultando un muy grato beneficio.

Ya había caído el sol cuando Abril dio por terminado su trabajo. Sudorosa y agotada, había colocado al menos seis tableros por ventana, cada vez menos convencida que fueran a resultar útiles si llegaba el momento en el que tuvieran que sacarles de un apuro. En cualquier caso había clavado las ventanas a los marcos con los tableros, de modo que ahora ninguna era practicable, y aunque solo fuera por eso ella se sentía más segura. De igual modo había colocado una docena de tablas en las dos enormes puertas de acceso al vestíbulo, volviéndolas inútiles como tales. Ahora la única manera aparente de entrar a la mansión era la puerta de servicio que daba a la parte trasera de la vivienda, desde donde se llegaba a la escalera de piedra que les había permitido bajar hasta ahí.

El pequeño vestíbulo de la puerta de servicio estaba lleno de trastos inútiles, y ella aprovechó uno de ellos, un pesado armario de madera noble para, después de comprobar que la puerta tenía el cerrojo echado, colocarlo delante. Así debería ser suficiente para evitar que nadie pudiera echarla abajo, y al mismo tiempo se aseguraba poder salir en cualquier momento, tan solo echándolo a un lado. Necesitaría un lugar por el que poder salir a por comida, y del mismo modo un sitio por el que poder huir si las cosas se ponían feas.

Cenaron en esa misma sala, la de la chimenea, a la luz de las velas, aprovechando una caja de cerillas que Abril encontró en uno de los cajones de la cocina. Habían comido y mucho, antes, pero volvieron a atiborrarse a frutos y frutas. Aún tardarían algo más en borrar los estragos de todo el tiempo que habían pasado en ayunas. Empezaba a hacer frío por las noches, y Abril tenía ya mucho sueño, pero se quedó otra hora escuchando a Nemesio tocar el violín, con los ojos cerrados, sacando de dentro todo el estrés y la tensión acumulada los últimos días. Fue él mismo el que le pidió ayuda para subir a la planta primera, donde estaban los dormitorios.

Ella escogió uno al azar, y Nemesio se quedó con el de la habitación contigua, compartiéndolo con Bruma. Abril tuvo que quitar toda la ropa de cama que había puesta y sustituirla por otra limpia que encontró en los armarios, repletos de ropa vieja con olor a cerrado. Nemesio ocupó su cama, no sin antes darle las buenas noches a quién le había salvado la vida al traerle hasta ahí. Bruma se echó en el suelo, sobre una colcha que Abril dejó ahí tirada a ese efecto, y la doctora se fue a su propia cama.

Le costó más de tres horas dormirse, y no fue hasta entonces, que se dio cuenta del perpetuo ruido de fondo que tenía la mansión. Durante el día no se había percatado apenas, porque siempre estaba de un lado para otro faenando, pero ahora por la noche el ruido de la caída de agua se volvía incluso molesto, pese a no ser más que un ligero zumbido de fondo. Finalmente consiguió dormirse, pero no pasó una buena noche. Eran tantas las malas ideas que cruzaban por su cabeza al irse a dormir, que no pudo evitar tener pesadillas.

No haría ni media hora que se había hecho de día, cuando Nemesio la despertó y le obligó a levantarse. Ahora estaba frente a la puerta de la habitación del anciano. Le sorprendió que estuviera cerrada, pese a recordar haberla cerrado ella misma la noche anterior. No le dio mayor importancia; la abrió de un empellón y entró, más irritada que curiosa. Nemesio había bajado de la cama y estaba arrodillado en el suelo, junto a Bruma. Al oírla entrar se giró hacia ella, mientras unos grandes lagrimones le recorrían las mejillas arrugadas. Abril notó una súplica de auxilio en esos ojos de mirada perdida. Se acercó un poco más y miró hacia la perra. No le hizo falta siquiera comprobarlo para saber que estaba muerta.

408

Mansión de Nemesio, isla Nefesh

20 de octubre de 2008

 

Nemesio estaba sentado a la cabecera de la enorme mesa del comedor, con la boca llena, sin parar de masticar. Abril se encontraba a su lado, sentada en otra de aquellas lujosas y polvorientas sillas, en el lado de la mesa que daba la espalda a la pared con las ventanas desde las que se veía el exterior a través de las finas cortinas blancas. Bruma estaba en el suelo, también atiborrándose.

Abril había encontrado mucha fruta y mucha verdura en aquél invernadero, pero la mayoría estaban echadas a perder por no haberlas cogido a tiempo. Dio una vuelta por los alrededores y vio no muy lejos unas zarzamoras que habían colonizado una extensa zona junto a unos cuantos pinos. Resultaba obvio que nadie se había acercado a los alrededores en años, y aquello se había extendido como la pólvora. Se le hizo la boca agua al ver tal cantidad de moras, y eso que ni siquiera le gustaban. Recogió incluso unas cuantas setas antes de volver a la mansión. Llenó por completo la barriga de la camisa que llevaba, que utilizó a modo de saco, hasta que ya no cupo nada más, siempre con un ojo mirando por encima del hombro y con el penetrante ruido de la cascada de fondo.

Cuando volvió a la mansión Nemesio estaba en el comedor, sentado en una silla, acariciándole la cabeza a su perra, que parecía bastante cansada. Abril compartió con él su botín, del que aún podrían echar mano varios días más. No era la dieta más variada y correcta, pero serviría para saciar el hambre y para mantenerles varios días sin mucho de lo que preocuparse.

Si bien el jugo de los frutos que comió le hizo mucho bien, seguía teniendo sed. Había comido hasta hartarse, y ahora lo que quería era beber agua. Llevaba ya mucho rato dándole vueltas en la cabeza. ¿Por qué no había bebido en primera instancia? Porque temía que el agua estuviera infectada, sencillamente. Había visto los noticiarios en la televisión, cuando anunciaban el brote original en la península, en Sheol, y recordaba haber visto una escena en la que recogían un cuerpo sin vida del río, de un hombre mutilado que se había quedado atascado entre dos grandes rocas. En el camino hacia la mansión no pudo quitarse esa imagen de la cabeza, y al saber que el agua venía del río, algo dentro de sí le dijo que no debía beber.

Se levantó de la silla, y caminó hacia una de las ventanas. Nemesio seguía comiendo, pese a que hacía un buen rato que no le cabía nada más en el estómago. Abril apartó con la mano la cortina, y miró al exterior. En un par de horas se haría de noche, y eso le intranquilizó. Ella jugaba con ventaja; la infección había llegado a la isla mucho más tarde que al resto del mundo. Ella sabía muchas cosas que las primeras víctimas desconocían. Sabía que los infectados eran cazadores nocturnos, y temía que pudieran sorprenderlos cuando se ocultase el sol.

ABRIL – Hay que asegurar las ventanas.

NEMESIO – No hace falta.

Abril se giró hacia el anciano, que hablaba con la boca llena. Esperó que tragase para seguir.

ABRIL – ¿Cómo que no hace falta?

NEMESIO – Cuando uno tiene una mansión de este tipo, no pone ventanas que se rompan fácilmente.

Abril le miró. Empezaba a disgustarle su timbre de voz, y se lamentó al saber que tendría que convivir con él de ahí en adelante.

ABRIL – Da igual, no… me fío. Tienes… tableros o… maderas y clavos o…

NEMESIO – ¿Qué quieres hacer, como en las películas?

ABRIL – Quiero dormir tranquila, eso es todo.

NEMESIO – Sí que hay. En la azotea hay un montón de madera, y herramientas… debería de haber… también, ahí mismo. Pero que ya te digo, aquí no va a entrar nadie que no esté invitado.

Abril le miró y salió del salón. Estornudó otra vez. Subió por primera vez las escaleras, asustada al escuchar cómo gruñían a su paso, evitando tocar las barandillas para no mancharse las manos. Era consciente que si alguno de ellos hubiese sido alérgico al polvo, no habría podido quedarse. El piso de arriba era aún mayor que la planta baja. Estuvo fisgoneando puerta tras puerta, por los pasillos, antes de dar con la escalera que le llevaría a la azotea. La mansión aún parecía más grande desde dentro, y había llegado a ver hasta cinco dormitorios, cada cual con su baño independiente, antes de cansarse de abrir puertas. Una especie de espíritu aventurero infantil le empujaba a mirarlo todo y entrar en todos sitios, pero tenía un propósito, y pocas horas de sol.

Nada más entrar, estuvo a punto de gritar al sentir cómo una enorme telaraña se le pegaba a la cara y al pelo. Se apresuró a quitársela de encima y echó un vistazo alrededor. Grandes haces de luz entraban como dedos blancos por las ventanas-lucernario que habían desperdigadas por la pared inclinada que delataba dónde comenzaba la cubierta. Cientos de diminutos puntitos blancos flotaban por el aire, haciendo que el haz de luz pareciese físico. Si abajo estaba todo sucio y lleno de polvo, ahí había al menos cinco veces más de suciedad, y mucha más fauna, a juzgar por la cantidad de telarañas.

Docenas y docenas de cajas de cartón roídas por las esquinas, cajas de madera apiladas unas sobre otras, pilas de periódicos viejos y artilugios de anticuario de todo tipo. En el extremo más alejado, después de haber tenido que sortear hasta cinco telarañas tan altas como ella, encontró lo que buscaba. Había madera suficiente para tapiar todas las puertas y todas las ventanas de la casa. Y varias cajas llenas de clavos y una caja de herramientas tan pesada que dudaba incluso ser capaz de levantarla ella sola. Agarró varios tableros de los más cortos, un martillo y una caja de clavos, dispuesta a comenzar cuanto antes con el trabajo. Se tragó otro par de telarañas en el corto camino de vuelta a la escalera, sintiendo más ganas que nunca de tomar una ducha.

2×407 – Bebe

Publicado: 28/11/2011 en Al otro lado de la vida

407

Mansión de Nemesio, isla Nefesh

20 de octubre de 2008

 

Abril llegó a la cocina, después de haber abierto otras dos puertas equivocadas en aquél largo y tenebroso pasillo. Si bien el estar dentro de la mansión le ofrecía la seguridad que tanto había echado en falta durante el viaje, había algo entre esas paredes que le ponía los pelos de punta.

Estornudó otra vez, por culpa del omnipresente polvo. La cocina era enorme; ella nunca había estado en la cocina de un restaurante, pero supo que debían ser de ese tamaño, al menos las más grandes. Caminó arrastrando los pies, dejando una marca irregular en el polvoriento suelo, hasta quedar cara a cara con las picas de lavar los platos. El estómago le rugió por enésima vez ese día; ella ya había aprendido a ignorarlo.

NEMESIO – ¿¡La encuentras o qué!?

ABRIL – ¡¡Sí!!

Nemesio estaba todavía en el vestíbulo, acompañado por su incondicional amiga canina. Ella ya no tenía sed, pero su amo hubiera cambiado toda esa mansión por un vaso de agua en esos momentos. Abril dio otro paso al frente y giró uno de los grifos, más adormilada que expectante. No ocurrió nada.

Al par de segundos empezó a escucharse un ligero ruido grave, que se fue intensificando hasta que un chorreón de agua de color marrón manó del grifo. Abril esperó unos segundos más, y entonces el agua se volvió cristalina. Sintió ganas de amorrarse ahí mismo y dejar la boca bajo el grifo durante horas, para saciar su desmesurada sed, pero no lo hizo. Lo que hizo fue abrir varios armarios hasta que dio con una jarra y un vaso de cristal. Todo parecía demasiado caro, demasiado lujoso y demasiado antiguo.

Llenó la jarra hasta arriba de agua, y miró el vaso vacío. Negó con la cabeza y salió de la cocina, desandando los pasos que había dado hasta encontrarla. De vuelta al vestíbulo se encontró de nuevo con Nemesio y Bruma, que yacía tumbada en el suelo.

NEMESIO – ¿Has conseguido agua?

ABRIL – Sí…

NEMESIO – ¿Y a qué estás esperando? Dame un poco, por el amor de Dios.

Abril miró la jarra, llena de agua fresca, luego miró de nuevo a Nemesio, que empezaba a impacientarse de verdad.

ABRIL – Abuelo…

NEMESIO – ¿¡Qué!?

ABRIL – ¿De dónde viene esta agua?

NEMESIO – ¿Qué más da de dónde venga el agua?

Abril se mantuvo en silencio, a un par de pasos del anciano. Nemesio resopló; su impaciencia se estaba tornando en enfado.

NEMESIO – ¿De dónde crees que va a venir? Del río, joder. Viene del río. ¿Qué más da de dónde venga?

ABRIL – ¿Y quiere decir que… el agua… será buena?

NEMESIO – ¡Pues claro que sí! He bebido mil veces el agua de aquí, y mira hasta dónde he llegado.

Abril le miró, viejo como era. Su argumento tenía incluso cierto sentido.

ABRIL – No me entiende, quiero decir…

NEMESIO – Haz el favor de darme la maldita agua ya.

Abril se acercó al anciano y le ofreció la jarra con una mano y el vaso con la otra, actuando sin pensar. Podría haberle dado un vaso lleno directamente, pero algo le invitó a no hacerlo, como si en cierto modo se desentendiese de lo que estaba ocurriendo. Vio cómo llenaba el vaso a mala gana, vertiendo la mitad en el suelo, para luego ignorar el vaso y beber directamente a morro de la jarra, mientras la mayor parte del agua le chorreaba por la barbilla y le manchaba la ropa que llevaba ya varios días sin cambiarse. Abril sintió un escalofrío. Debería haber sentido envidia, y haber salido corriendo de vuelta a la cocina o a un baño para hartarse a agua, pero no lo hizo.

NEMESIO – Quiero más.

Abril comprobó que la jarra ya estaba vacía. Bajo el anciano había un pequeño charco.

ABRIL – Acompáñeme.

Nemesio asintió y Abril le guió hasta la cocina, donde él mismo se encargó de llenar una y otra vez el vaso, hasta acabar empachado de tanta agua, hasta que empezó incluso a dolerle el estómago. Abril se había sentado sobre una encimera, al lado de unos viejos fogones de gas, y llevaba ahí varios minutos en silencio, mirando las musarañas.

NEMESIO – ¿Tú no bebes?

Abril salió de su ensimismamiento y miró al anciano, pero no respondió.

ABRIL – ¿Hay comida en esta casa?

Nemesio agachó la cabeza.

NEMESIO – Me temo que no… Se vació por completo la despensa la última vez que estuve aquí, hace… puede hacer fácilmente catorce o quince años.

ABRIL – ¿Y entonces qué hacemos?

Abril estaba muy desanimada. Tenía mucha sed, y mucha hambre. Se sentía mal.

NEMESIO – Tenemos… bueno, pero habría que salir fuera.

ABRIL – Dígame.

NEMESIO – ¿Has visto el invernadero, ahí fuera?

ABRIL – Sí.

NEMESIO – Pues… ahí dentro puede quedar aún algo… Nadie se ha encargado de ello en todo este tiempo, pero ahí lo dejamos todo cuando nos fuimos… Si alguna planta ha conseguido sobrevivir a todo este tiempo… Bueno y luego están los árboles. Hay un montón junto al invernadero. Todos son árboles frutales. Aunque a estas alturas…

ABRIL – Voy a ver.

Abril dio un salto y se plantó en el polvoriento suelo. Dio un par de pasos hacia la entrada de la cocina.

NEMESIO – ¿No piensas beber agua?

Abril se giró, sintiendo una gran contradicción interna.

ABRIL – No tengo sed.

Salió de la cocina a toda prisa, antes que el anciano pudiera preguntarle nada más. Corrió y corrió por el pasillo, hasta llegar al comedor. Lo cruzó y salió al vestíbulo. Abrió la puerta principal sin preocuparse por lo que pudiera encontrarse al otro lado, y el ruido de la cascada lo envolvió todo de nuevo. Estando dentro había llegado incluso a olvidarlo. Miró alrededor; no había nadie por ahí. Caminó lentamente hacia el invernadero, bajo el sol de justicia que hacía esa calurosa tarde de otoño, martirizándose por si darle de beber al anciano había sido un error, o si por el contrario el error era el no haber hecho igual que él. En cualquier caso, tenía demasiada sed y demasiada hambre para pensar con claridad.

2×406 – Llaves

Publicado: 27/11/2011 en Al otro lado de la vida

406

Tras la mansión de Nemesio, isla Nefesh

20 de octubre de 2008

 

Abril ayudó a Nemesio a bajar el último escalón; habían tardado cerca de un cuarto de hora en salvar la pendiente, pero ahora por fin estaban abajo. Arriba quedaba el coche, y con él el mundo de pesadilla del que huían. Desde ahí se podía ver la parte trasera de la mansión y los restos del antiguo invernadero. Todo parecía mucho más grande desde ahí abajo. Más grande y más ajado. Bruma ladró un par de veces, nerviosa. Abril ni se inmutó; era tanto el ruido que hacía la cascada, que apagaba incluso el ruido de los ladridos.

ABRIL – ¿Y las llaves?

NEMESIO – Todo a su debido tiempo, no seas ansiosa.

Abril hizo un gesto con el puño cerrado y se mordió ligeramente la lengua, como amenazándole, aprovechándose de que no podía verla. Nemesio se limitó a recuperar el aliento, apoyado en su bastón. Cumpliría los 90 años el día de Navidad, no estaba para muchos trotes, no obstante, parecía muy seguro de sí mismo. Bruma volvió a ladrar.

ABRIL – ¿Cómo vamos a entrar?

NEMESIO – Tú llévame a la entrada principal y ya te diré yo cómo.

Bruma ladró de nuevo, y no pudo aguantar más. Se alejó del costado de su amo, y salió corriendo hacia el pequeño lago que había bajo la cascada. Se subió de un salto a una gran roca grisácea y comenzó a beber de la fresca agua como si le fuera la vida en ello. En cierto modo, así era. Abril sintió envidia, pero supo contenerse. Si había podido aguantar hasta entonces, podría aguantar un poco más, ya no vendría de ahí.

Rodearon la mansión, amparados por la sombra que esta proporcionaba. Bruma enseguida se les sumó, una vez hubo llenado el estómago, más saludable que nunca. Abril no hacía más que mirar en todas direcciones, temiendo que una horda de infectados fuese a arremeter contra ellos ahora que estaban indefensos. Había conseguido llevar hasta ahí al anciano, cosa que jamás llegó a creer realmente posible, y temía que el destino, amigo de los guiños macabros, acabase con ellos antes siquiera de poder entrar a la mansión.

Llegaron a la entrada principal, dejando atrás la puerta de servicio, igualmente cerrada. Bruma movía el rabo; Abril empezaba a impacientarse de verdad. Quería volver a sentirse segura, y sabía que no lo conseguiría hasta estar ahí dentro, y no antes de haber asegurado todas las ventanas de la planta baja.

ABRIL – ¿Y bien, cómo entramos?

NEMESIO – ¿Ves las vigas del techo del porche?

Abril miró hacia arriba. En efecto, ahí había unas gruesas vigas de madera, que pese a la antigüedad y la intemperie, estaban en muy buen estado.

ABRIL – Sí, ¿y?

NEMESIO – Justo en la viga que hay sobre las puertas de entrada, hay un una llave pendiente de un cordel.

ABRIL – Sí, claro. ¿Y se supone que yo tengo que alcanzar hasta ahí?

NEMESIO – Si fuera fácil cogerla podría entrar cualquiera.

ABRIL – Cualquiera podría entrar rompiendo una ventana.

Nemesio se quedó callado, ofendido. Abril respiró hondo y miró de nuevo la viga. Fue entonces cuando vio que de la parte central de la misma emergía un pedacito de cordel, del que tan solo se veía una diminuta media luna. Estaba a más de tres metros de altura.

ABRIL – ¿Y no hay otra manera de entrar?

El anciano se giró hacia ella, y Abril por un momento sintió que la estaba mirando. Luego hizo un gesto con los hombros, mostrando indiferencia, y se quedó apoyado en su bastón, limitándose a esperar que ella hiciese todo el trabajo. Bruma se había echado en el suelo del porche, y se estaba quedando dormida.

La doctora sintió ganas de llorar, pero se las guardó para sí. Había llegado demasiado lejos para dejar que la presión acabase con ella, cuando ya podía tocar con la punta de los dedos el objetivo final de ese peregrinaje: el mero hecho de sentirse segura. Dio una vuelta por los alrededores, y volvió con una larga rama seca en la mano. La alzó tanto como pudo, poniéndose de puntillas, pero aún le faltaba más de un palmo para llegar. Dio un par de saltos, sintiéndose estúpida, observada tan solo por la perra, que parecía bastante interesada por su curiosa actuación, hasta que consiguió que la punta de la rama se enganchase en el cordel. La llave cayó al suelo, a varios metros de donde ella estaba.

Abril tiró la rama por encima de la baranda que separaba el porche del terreno lleno de malas hierbas que circundaba la casa, y la perra hizo el amago de ir a buscarla, pero volvió a acomodarse. La doctora se apresuró a coger la llave del suelo. Caminó hacia la puerta que tenía el cerrojo, y la introdujo. Le costó bastante hacerla girar, pero finalmente lo consiguió. Empujó la puerta con el pie, escuchando el inevitable gruñido de los goznes que hacía años que nadie cuidaba. Toda la sensación de malestar y apatía que acarreaba desde hacía días se esfumó al ver lo que había al otro lado de la puerta.

No era más que un vestíbulo, un enorme vestíbulo con una escalera digna de un palacio, un museo o un consulado. Todo estaba viejo, sucio, y en tinieblas por la densa capa de suciedad que cubría las grandes cristaleras que debían iluminar la estancia en doble altura, pero no dejaba de ser macabramente bello. Abrió la puerta del todo, y se colocó frente a Nemesio. Le colocó la llave a modo de collar, y acarició la cabeza a la perra.

ABRIL – Venga, entremos, que aquí no se nos ha perdido nada.

Nemesio asintió y, apoyado en el hombro de la doctora para saber por dónde debía ir, le acompañó hacia el interior de la mansión. Ahí olía a cerrado y a humedad, pero ello no importó a ninguno de los presentes. Una vez dentro, Abril se apresuró a cerrar el enorme portón de entrada con un sonoro portazo que retumbó durante varios segundos en el ambiente. Sonrió; finalmente lo habían conseguido. Era un plan suicida y descabellado, estúpido e ingenuo, pero habían tenido un éxito rotundo, y ahora tan solo les quedaba disfrutar de los frutos del trabajo bien hecho.

2×405 – Viaje

Publicado: 26/11/2011 en Al otro lado de la vida

405

Valle del monte Gibah, al centro de la isla Nefesh

20 de octubre de 2008

 

ABRIL – Creo que nos hemos perdido.

NEMESIO – Que no… ¿Tú ves el río desde aquí?

ABRIL – Sí…

NEMESIO – Pues entonces es que vamos bien. Yo no dije en ningún momento que estuviera cerca.

ABRIL – Pero es que llevamos más de una hora y esto… esto ya no es ni un camino de cabras, voy sorteando los árboles, prácticamente. Aquí no hay carretera, ni camino…

NEMESIO – Eso significa que ya falta poco para llegar.

ABRIL – A ver si es verdad…

Abril empezaba a dudar que Nemesio estuviera en lo cierto, y empezaba a preocuparse de verdad. No hacía más que mirar el indicador de combustible del coche que había tomado prestado. En cuanto abandonaron la ciudad, una pequeña lucecita naranja se encendió en el panel de mandos, delatando que el depósito había entrado en reserva, y la doctora temía que el coche les fuera a dejar tirados de un momento a otro. Eso era algo en lo que no había reparado cuando lo encontró, y ahora se lamentaba por ello.

En realidad hacía más de una hora y media que habían partido de la zona industrial de la ciudad. Lo había hecho por la vieja salida del molino de agua, y esa había sido la última indicación del anciano. Desde entonces se habían limitado a seguir el río, a veces muy de cerca, en otras ocasiones perdiéndolo incluso de vista. Al principio el camino estaba asfaltado, y daba acceso a algunas segundas residencias de gente acaudalada, demás campos de cultivo e incluso una vieja casa de colonias. Luego se transformó en un tortuoso camino de tierra, al que al menos se le veía la forma y los límites, pero ahora había perdido toda noción de estar siguiendo una vía; todo cuanto se podía ver eran árboles y más árboles, y el infinito río.

Tan solo habían tenido un encontronazo con infectados en el camino. Fue antes siquiera de abandonar la ciudad. Pasaron por una calle estrecha, subiéndose a la acera, pues una gran furgoneta yacía volcada en mitad de la calzada. Al volver a bajar, dispuestos a seguir adelante, Abril vio cómo uno de los cuerpos que había en el suelo, en la otra acera, se levantaba. Lo había confundido con un cadáver, como tantos otros que se habían encontrado por el camino. El infectado, un hombre de su misma edad, muy delgado, corrió hacia el coche y comenzó a golpear la ventana de Nemesio con los puños cerrados. Bruma comenzó a ladrar, asustada, y Nemesio no hacía más que preguntar a voz en grito que qué estaba ocurriendo. Abril aceleró y tuvo que pasar por encima de un par de cadáveres, estos de verdad, para poder mantener la velocidad sin peligro de volcar el coche por un desafortunado volantazo. Se le encogió el corazón al notar el bamboleo del vehículo al arrollar los cuerpos sin vida de esos dos vecinos, pero consiguió lo que pretendía, y eso era todo cuanto importaba a esas alturas. En menos de un minuto el infectado acabó cansándose de perseguirles, y dio media vuelta. Para entonces, ellos ya habían abandonado la ciudad.

Abril miró de nuevo el indicador de combustible, cerró unos segundos los ojos, y respiró hondo. Cuando los volvió a abrir tuvo que frenar bruscamente para evitar caer por un terraplén. A partir de ese punto había un cambio de cota de más de diez metros, en una pendiente demasiado irregular y demasiado escarpada para que el coche pudiera salvarla.

NEMESIO – ¿Por qué paras?

ABRIL – No puedo seguir por aquí, hay demasiada pendiente. Tendré que buscar otra manera de pasar.

Nemesio abrió su puerta, para sorpresa de la doctora.

ABRIL – ¿Qué hace?

El anciano se llevó el dedo índice a los labios, exigiendo silencio. Abril no dijo nada, pero sí escuchó algo, un ligero zumbido distante que no supo reconocer.

NEMESIO – Ya hemos llegado.

Abril miró al anciano, con el ceño fruncido.

ABRIL – Yo no veo nada.

NEMESIO – La mansión está ahí abajo, junto a la cascada.

ABRIL – Sí, ¿y ahora cómo cruzo yo con el coche?

NEMESIO – Uh, con el coche no podrás. Ésta parte hay que hacerla a pie.

ABRIL – ¿Y cómo va bajar usted a pie por ahí? Es imposible, hay que buscar otra manera.

NEMESIO – Hay que dar demasiada vuelta para poder bajar con el coche. Tú ahora dirígete hacia el río, y deja el coche al lado.

Abril le miró, sin comprender muy bien lo que decía. Se limitó a hacerle caso, pues parecía saber muy bien de lo que hablaba. Guió el coche en paralelo al inicio de la pendiente hasta que alcanzó el río. Ahí el ruido era tan intenso que no le cupo la menor duda que habían llegado al famoso salto de agua. Abril apagó el motor del coche, y salió, no sin antes escrutar concienzudamente todo cuanto tenía alrededor, pese a que no había encontrado signo alguno de hostilidad por el camino.

A la izquierda el río parecía desaparecer, y era de ahí de donde manaba todo el ruido. Dio un par de pasos hacia el borde de la zona por la que podía circular el coche, contemplando la cascada desde arriba, impresionada por su tamaño, y lo bella que resultaba. Entonces vio el primero de los muchos escalones de una especie de escalera de piedra que zigzagueaba por toda la pendiente hasta la parte más baja. Caminó un poco más, y fue entonces cuando la vio.

Era mucho más grande y bella de cuanto ella pudiera haber imaginado. Creía encontrarse en otro mundo, incluso en otra época, en la que los problemas de los que huían eran absurdas fantasías en la mente de un niño aburrido. Le gustó cuanto vio, y se convenció que ese sería el lugar en el que pasaría una muy larga temporada. Además, sabía que no podría volver a la ciudad, en las condiciones en las que estaba el coche, y aunque pudiera hacerlo, si el depósito aguantaba, lo que seguro que no podría hacer sería volver de nuevo hasta ahí, no sin encontrar otro método de transporte. Nemesio y Bruma aparecieron junto a ella. La doctora había perdido la noción del tiempo, observando maravillada la imponente mansión.

NEMESIO – ¿Y bien? ¿Qué te parece?

ABRIL – Está… está de puta madre, abuelo.

2×404 – Rumbo

Publicado: 25/11/2011 en Al otro lado de la vida

404

Oficina del encargado en jefe de la factoría Sugar, ciudad de Nefesh

20 de octubre de 2008

Nemesio estaba ya más que convencido que Abril había muerto o sencillamente no pretendía volver a por él, cuando se levantó de su asiento y caminó a tientas hasta la puerta de la oficina. A esas alturas hacía ya más de una hora que la doctora había partido. Tardó mucho en despedirse de Bruma, y lo hizo entre lágrimas; había convivido con la perra día y noche los últimos años, y sabía que una vez la abandonase, no volvería a saber de ella. Él ya no tenía mucho más que hacer que esperar a la muerte y reencontrarse con su esposa, sus padres, sus hermanos y su único hijo, varón, al que había sobrevivido. La perra podría o no tener suerte, pero él no estaba dispuesto a vetarle la oportunidad de sobrevivir. Abrió la puerta, desconociendo lo que pudiera haber al otro lado, y forzó a la perra a salir; ésta no ofreció resistencia, pero sí se sobresaltó cuando Nemesio cerró tras ella, dejando la puerta como barrera entre ambos.

Bruma empezó a ladrar, y Nemesio se sintió tentado a abrir la puerta para dejarla entrar de nuevo. Temía que los ladridos acabasen por llamar la atención de algún infectado que hubiese en las proximidades, pero sabía que si la dejaba entrar no le estaba haciendo ningún favor, sino todo lo contrario, de modo que volvió a su asiento y ahí se quedó, escuchando los ladridos de fondo, haciendo caso omiso. Cada vez fueron más esporádicos, hasta que acabaron por cesar. Nemesio estaba triste y asustado, pero sobre todo estaba sediento.

Pasó otra hora, en la que tuvo tiempo de dormirse, con la frente sobre el escritorio, cuando un ruido le sobresaltó y le hizo incorporarse. Una tibia baba le recorría la mejilla. Como no veía nada, se asustó, pero al notar la cálida y húmeda lengua de su fiel amiga en la mano derecha, se relajó.

ABRIL – Venga, abuelo. Levántese que nos vamos.

Nemesio arrugó la frente. No esperaba ya a esas alturas que Abril volviese. Por fortuna se había equivocado.

NEMESIO – Has vuelto.

ABRIL – Le dije que lo haría, y así lo he hecho.

Nemesio asintió levemente con la cabeza, sorprendido e ilusionado a partes iguales. Tanto como se había esforzado por asumir que perecería ahí encerrado, ahora parecía que el destino quería darle aún un poco más de tregua.

NEMESIO – ¿Vienes sola?

ABRIL – Sí. No he encontrado a nadie por el camino, pero nadie. Ni sanos ni no sanos. Parece un pueblo fantasma.

En realidad sí había visto a gente, a mucha gente. Todos muertos.

NEMESIO – Qué raro…

ABRIL – Venga, dése prisa, que de todas maneras no me fío.

NEMESIO – Sí, un segundo.

Nemesio se levantó, aferrándose a su lujoso bastón. Se sintió tentado a colocar de nuevo la asidera en la perra para utilizarla de guía, pero no quiso hacer perder más tiempo a su salvadora. Ayudado por la mano de la doctora, que enseguida la colocó en su espalda para poder ir delante sin tener que preocuparse, salieron de la oficina.

El anciano estaba muy asustado. Había ido a parar ahí sin haber tenido apenas ocasión de enterarse de lo que estaba pasando en la ciudad, y los últimos días los había pasado tranquilo, tras asumir que nadie podría entrar ahí para molestarle. Ahora todo cambiaba, y por más que Abril pusiera todo de su parte para ayudarle, cualquier cosa podía salir mal, y entonces sí que sería tarde para arrepentirse. De todos modos, ni se planteó el rechazar la oferta de la doctora. Deseaba vivir, pese a no estar dispuesto a luchar, pero si le ofrecían en bandeja de plata la oportunidad, no tenía intención alguna de rechazarla.

Abril había pasado las últimas dos horas rodeando el pueblo en busca de algún otro superviviente o algún vehículo preparado para ser utilizado sin necesidad de tener las llaves. Había andado por la periferia del barrio de las fábricas para llegar a la de las viviendas de la colina, las de la gente rica, para acabar desembocando en los acantilados. Había bajado las empinadas y zigzagueantes calles hasta el inicio del paseo marítimo, y lo había cruzado de una punta a la otra, para atravesar la salida de la ciudad donde se concentraban los campos de cultivo y las masías, para llegar de nuevo al mismo punto de partida, pero desde el otro extremo.

Por el camino no se cruzó con nadie. Al principio se alegró, pero poco más tarde empezó a asustarse de verdad. La ciudad tampoco es que fuera muy grande, poco más de mil quinientos habitantes, cantidad que llegaba incluso a duplicarse en la época estival, cuando los veraneantes abarrotaban los hoteles, las playas y hacían excursiones a caballo por el bosque. Pero no había nadie. Era la primera vez que veía el pueblo así, y le impresionó mucho. En realidad, muchos de los cuerpos que había esparcidos por la calle, que ella confundió con cadáveres, eran en realidad infectados que dormían a plena luz del día. Ella no se acercaba a ellos, y ellos seguían durmiendo como si nada.

Caminó y caminó, revisando los coches uno a uno, sin éxito. No se atrevía a meterse en el centro, por cuantas atrocidades había escuchado decir a Sonia y Sandra. No fue hasta que llegó a la altura de los dos cadáveres que había visto al salir de la factoría de aluminios, que vio un coche con las llaves puestas. Se sintió increíblemente estúpida, pues si al salir hubiese optado por ir calle arriba y no calle abajo, no hubiera tardado ni medio minuto en dar con ese coche, y se hubiera ahorrado la larga caminata con el corazón en un puño. Tenía la puerta del conductor a medio cerrar, y los seguros estaban quitados. Era el primer coche de cuantos había visto que no tenía el seguro puesto. Se metió dentro, sin miramiento alguno, y arrancó a la primera, incapaz de creer la suerte que había tenido.

Entró por la misma puerta que había salido un par de horas antes, y no había avanzado ni cinco metros, cuando escuchó unos pasos apresurados y vio una sombra acercándose a toda velocidad hacia ella. Sintió pánico y ganas de gritar, pero enseguida se dio cuenta que no era más que Bruma, que empezó a lamerle las manos, meneando el rabo, feliz.

Ahora Nemesio ocupaba en asiento del copiloto, con el cinturón puesto; la perra ocupaba los asientos traseros, ansiosa por partir, y Abril estaba tras el volante, llena de adrenalina e ilusión. Giró la llave en el contacto y el coche se puso en marcha. Metió la primera, quitó el freno de mano y encaró la calle, sintiéndose segura y triunfante.

2×403 – Volveré

Publicado: 24/11/2011 en Al otro lado de la vida

403

Factoría Sugar, ciudad de Nefesh

20 de octubre de 2008

ABRIL – ¿¡Hola!?

De nuevo no obtuvo réplica alguna, por fortuna. Era la tercera vez que lo repetía, en esta ocasión por fin a voz en grito. Tosió un par de veces, y se quedó escuchando, con una de las manos agarradas a la puerta abierta, dispuesta a meterse a toda prisa a la primera señal de peligro.

Hacía cerca de una hora que no veía a ninguno de los antiguos merodeadores de la fábrica, y por fin había hecho acopio del valor suficiente para cruzar la puerta y confirmar su teoría de que realmente estaban solos ahí dentro, Nemesio, la perra y ella. Una ligera sonrisa emergió de sus labios, al tiempo que su estómago rugía por enésima vez por culpa del hambre. En realidad, la sed era ahora casi todo en cuanto podía pensar. Pese que recordaba haberlo estudiado, jamás hubiera sido capaz de entender lo mal que sentaba la falta de hidratación. Estaba débil y agotada, al igual que sus otros dos compañeros, pero por fin había surgido la oportunidad con la que tanto había soñado los últimos días, y no estaba dispuesta a echarla a perder. Seguía asustada y tenía verdadero pánico por abandonar la oficina, pero sabía que si no lo hacía enseguida, no tendría otra ocasión. Entró de nuevo y cerró tras de sí.

ABRIL – Estamos solos.

NEMESIO – ¿Sí?

Abril sonrió. Todavía no se lo creía. Nada más despertarse, los infectados parecían haberse puesto de acuerdo para abandonar la nave. Seguramente ellos también estarían sedientos y hambrientos, y al ver que ahí dentro no llenarían el estómago, su propio instinto les habría hecho abandonar ese escenario. Eso fue lo que pensó Abril. En cualquier caso, ahora ya tenían vía libre para irse, y la doctora estaba más que convencida de cual sería su propio objetivo.

NEMESIO – ¿Qué vas a hacer?

ABRIL – Voy a salir. Intentaré encontrar un vehículo o alguien que nos pueda llevar, y os llevaré a la mansión.

NEMESIO – Sálvate tú. Hazme caso.

ABRIL – No voy a discutir más al respecto. Yo voy a partir ahora.

Abril respiró hondo, y abrió de nuevo la puerta. Bruma hizo el amago de levantarse para irse con ella, pero miró a Nemesio y optó por no abandonarle. Ella también lo estaba pasando muy mal por la inanición y la deshidratación, pero era un animal demasiado fiel para abandonar a su amo.

NEMESIO – Haz lo que tengas que hacer, pero piensa primero en ti, y después en ti. Te diría que te llevases a Bruma, pero… no me fío, que ahora está muy nerviosa y a ti apenas te conoce.

Abril miró a la perra. Tenía bastante mala cara, al igual que ella misma y Nemesio.

ABRIL – Tranquilo, ya me las arreglaré yo sola. Me voy a ir ya. Usted quédese aquí, volveré lo antes posible.

Nemesio asintió con la cabeza. Eso mismo le había dicho aquél joven antes de irse para no volver. Temía que Abril tuviera un destino similar, del mismo modo que dudaba mucho que sus dos anteriores compañeras siguieran con vida a esas alturas.

NEMESIO – Adiós… que tengas suerte.

ABRIL – Gracias.

Abril salió de la oficina, y cerró la puerta tras de sí. Un escalofrío le recorrió la espalda. Sabía que ya no había marcha atrás, que ahora todo dependía de ella. Recordó cuanto había vivido en el hospital, y deseó no tener que hacerlo, pero no tenía otra opción. Repitió por enésima vez el saludo al aire, más alto que nunca pero obteniendo idéntica respuesta, y comenzó a caminar hacia la entrada, con paso inseguro y lento.

Miraba todo al su alrededor a medida que caminaba. Se dio media vuelta y echó un vistazo a la oficina. Los cristales eran parcialmente espejados, y las persianas se encargaban del resto; ahora entendía mejor por qué los infectados no habían intentado entrar en ningún momento. Tragó saliva y continuó caminando. Sorteó una de las grandes máquinas, y contempló la puerta principal, abierta de par en par, por la que entraba un chorro de luz que se extendía varios metros hacia el interior. Sintió unas irrefrenables ganas de huir, de volver a esconderse en su madriguera para no salir jamás, pero siguió adelante, haciendo caso omiso a su instinto de supervivencia primario.

Cruzó el portón cuando el reloj marcaba las nueve de la mañana. Se sintió tentada a volver a la fábrica y meterse en los lavabos a beber, pero pese a que era mucha, muchísima, la sed que tenía, no cedió y siguió adelante; ahora las prioridades eran otras. Notó el aire fresco en la cara, y por un instante se sintió bien. Todo cambió cuando echó un vistazo alrededor, y vio un par de cadáveres en la acera, uno sobre el otro. La sangre era demasiado reciente; aún chorreaba de las heridas, deslizándose por la acera hasta llegar a las alcantarillas filtrándose por los tragaderos de la rigola que tenían al lado. Abril pensó que ese era el motivo real por el que los infectados habían decidido salir de la nave.

Era un hombre de cuarenta años y un chico de unos diez u once. Desconocía su historia, pero casi podía verla. Andaban por la calle, huyendo de su último escondrijo, y fueron abordados por los tres infectados de la fábrica de perfiles de aluminio, sin poder hacer nada por evitar la emboscada. Abril sintió lástima por ellos, pero al mismo tiempo sintió miedo. Sabía que más temprano que tarde se levantarían, y ella no quería estar ahí para presenciarlo. En cierto modo, ellos habían dado su vida por darle a ella una oportunidad, pues si no hubieran pasado por ahí esa mañana, ella seguiría encerrada en aquella apestosa oficina, incapaz de atesorar el valor suficiente para escapar.

Por fortuna, no había rastro alguno de los infectados. Varias marcas de pisadas alrededor de la masacre que habían hecho con aquellos dos pobres infelices delataban que habían ido en dirección norte, al menos dos de ellos, de modo que Abril optó por el camino contrario. Caminaba lentamente, bajo un sol de justicia, más sedienta que asustada. Se perdió en la distancia, observándolo todo con atención, con el corazón en un puño.

2×402 – Sed

Publicado: 23/11/2011 en Al otro lado de la vida

402

Oficina del encargado en jefe de la factoría Sugar, ciudad de Nefesh

19 de octubre de 2008

 

La sed era mucho más insoportable que el hambre. Nemesio y Bruma llevaban ya más de cuarenta y ocho horas ahí encerrados; a Abril le faltaba ya muy poco para  alcanzarlas. Sonia y Sandra se habían ido el mediodía del día anterior, y desde entonces no habían tenido noticia alguna, ni de ellas ni de nada más. Ni tan siquiera por la radio, por la que ahora tan solo se escuchaba estática y más estática, por más vueltas que le diese al dial.

Ahí dentro no tenían nada que echarse a la boca, y a cada minuto que pasaba se volvía más evidente que no podrían aguantar mucho más sin salir, ni que fuera a buscar los lavabos, para poder beber algo de agua. La perra, que estaba muy bien educada y era increíblemente mansa, incluso había ladrado un par de veces, por tedio, por sed o por hambre, o por una mezcla de todo, e incluso había hecho sus necesidades en una esquina de la oficina, con lo que la estancia ahí dentro aún era más insoportable.

Abril había estado mirando por entre las rendijas de la persiana prácticamente todo el día. La mayor parte de la jornada tan solo había visto a los infectados durmiendo, con lo que tan solo había conseguido sentirse peor por no haber acompañado a las chicas. Cuando se hizo algo más tarde, a eso de las ocho y media, se levantó el primero, y tras él todos los demás, prácticamente al unísono. Desde entonces había estado estudiando sus movimientos desde su escondite, y a esas horas de la tarde del tercer día de cautiverio, podía jurar sin temor a equivocarse que dos de los cinco infectados habían encontrado la puerta, abierta, y habían salido por ella.

Ahora los otros tres que quedaban, entre los cuales estaba el hombre del mono azul que había ayudado a las chicas antes de volverse uno de ellos, descansaban tirados en el suelo, a escasos diez metros de la puerta de la oficina, barriendo el paso hacia la entrada. Abril pensó que si bien dos de ellos se habían ido, igual podrían hacer los otros tres. Pero igual de sentido tenía pensar que cualquier otro podría colarse, si la puerta seguía abierta. En cualquier caso ahora no podía salir, porque prácticamente tendría que pasar por encima de ellos para hacerlo. Su alternativa era la de esperar que todos abandonasen la nave, y entonces partir, fuera cual fuese el desenlace. Pero esa teoría tenía una fisura demasiado grande; si no se iban al día siguiente, la sed acabaría por matarlos a todos, literalmente, y eso si la perra no les delataba antes y hacía que todo acabase en un baño de sangre.

Abril se apartó de la ventana, después de llevar ya más de media hora viendo a los infectados dormir, y tomó asiento en una de las sillas, cara a cara con Nemesio. Bruma dormía. Ya ni siquiera le molestaba el mal olor.

NEMESIO – Y ahí siguen, ¿verdad?

ABRIL – Sí…

NEMESIO – ¿Qué crees que les habrá pasado, a las niñas?

ABRIL – Pfff, no sé… Espero que hayan tenido suerte. Después de perder a toda su familia… se lo merecen.

NEMESIO – Bueno, supongo que nunca lo sabremos.

Pese a que tampoco tenían mucho mejor que hacer, no hablaban demasiado. Se pasaron otros veinte minutos en silencio.

ABRIL – Tengo la boca seca.

NEMESIO – Cómo echo en falta ahora un buen trago de… Dios mío, de lo que sea.

Ambos hicieron el amago de reír, pero no tenían fuerzas ni para eso.

NEMESIO – Te irás mañana, ¿verdad?

Abril le miró, luego agachó la mirada.

ABRIL – No lo sé… No sé lo que haré. No sé si me atreveré a salir, pero… no quiero dejarle aquí. Es como si… Tiene que haber alguna otra manera.

NEMESIO – Yo no soy más que un viejo, viejo y ciego. No puedes cargar conmigo, sencillamente.

ABRIL – Pero no… No sé, abuelo. Si mañana veo que se van… podría tratar de conseguir un coche y…

NEMESIO – Piensa en ti. Yo ya he vivido mucho.

ABRIL – No voy a dejarle aquí muriéndose de sed.

Nemesio no respondió. Tenía muy claro que no quería que Abril tuviese que cargar con él, pero también tenía mucha sed y mucha hambre.

ABRIL – El problema es que no sé… Si la ciudad no es segura y el bosque es de donde han venido. ¿Dónde…? Es que… joder…

NEMESIO – Yo…

Abril levantó la mirada de la mesa. Nemesio se mantuvo en silencio.

ABRIL – Usted… ¿Qué iba a decir?

NEMESIO – Nada. Da igual, es una tontería.

ABRIL – No, no, no. Dígalo.

NEMESIO – Si es que… no… no importa, de verdad, no es nada.

ABRIL – Hágame el favor, ni que sea por no dejarme con la intriga.

NEMESIO – No te lo… no me hagas caso pero… Tengo una… una casa, una… una especie de mansión, que heredé de mis abuelos.

Abril arrugó la frente. No entendía muy bien qué pretendía el anciano, pero empezaba a gustarle lo que oía.

ABRIL – ¿Dónde?

NEMESIO – Bueno… está en el bosque, pero no… no está cerca de donde el accidente del avión. Está al otro extremo… Es… es una tontería, no tendría que haberte dicho nada.

ABRIL – No hombre, me interesa. Si usted cree que es un lugar seguro ya es algo a lo que aferrarse. Mejor eso que nada.

NEMESIO – Tú sabías conducir, ¿verdad?

ABRIL – Sí, pero… no tengo coche. Ese es el problema.

NEMESIO – Bueno… yo lo digo porque… dijiste que no tenías un lugar a donde ir, y… esa mansión es bastante segura, se podrían reforzar un poco los puntos débiles, pero en principio… Si te vas mañana, me gustaría decirte dónde está, para que al menos pudieras tenerlo en cuenta si… si te hiciera falta.

ABRIL – No, no, no. Si me voy, usted se viene conmigo.

NEMESIO – ¿Otra vez con eso?

ABRIL – Que sea lo que Dios quiera, abuelo, tampoco depende de lo que nosotros queramos, hasta cierto punto… Sígame contando sobre esa mansión.

NEMESIO – Bueno, en realidad no hay mucho que contar, tan solo he estado ahí una docena de veces. Está deshabitada desde hace mucho, pero se conserva en buen estado. Está junto a una cascada…

Pasaron más de una hora charlando, saltando de un tema al otro para acabar volviendo al de la mansión. Abril estaba cada vez más convencida de que ese sería su destino, esa era la señal que necesitaba. Pero seguía habiendo un gran problema, en realidad tres grandes problemas. El azar se encargaría del resto.

401

Oficina del encargado en jefe de la factoría Sugar, ciudad de Nefesh

18 de octubre de 2008

 

El que más durmió esa noche fue el perro. Todos los demás dormitaron a rachas, con un sueño demasiado ligero y quebradizo. Muy de vez en cuando escuchaban sonidos lejanos, que les recordaban a disparos, pero eran tan vagos que ninguno de ellos pudo estar del todo seguro de si estaban en lo cierto. Sonia y Sandra se pasaron toda la noche y parte de la mañana mirando alternativamente el ruidoso reloj de agujas que había en la pared, al otro lado del escritorio, y fisgoneando por entre las lamas de la persiana veneciana. Durante toda la noche los infectados no pararon de danzar de un lado a otro de la nave, o bien quedarse quietos de pie, durante horas en el mismo sitio sin hacer nada, pero no fue hasta bien entrado el mediodía que empezaron a acomodarse en el suelo para dormir, uno y luego otro y luego otro.

El reloj marcaba las doce y media, y Sandra estaba especialmente insoportable.

SANDRA – Si no salimos ya se van a acabar despertando, y entonces sí que no vamos a poder hacer una mierda.

SONIA – Joder, ya te lo he dicho. Hay cinco, y yo sólo veo a tres dormidos en el suelo, desde aquí. No sabemos dónde están los otros dos.

SANDRA – ¿¡Y qué!?

SONIA – ¿Cómo que y qué? ¿Te olvidas de lo que…?

Abril las miraba, desde detrás del escritorio. Nemesio parecía una estatua, sentado en la silla de oficina, con los dedos de ambas manos cruzados, las manos sobre el regazo. Hacía varias horas que no abría la boca.

SANDRA – No, no me olvido de nada, joder. Pero es que si no nos vamos ahora el barco se irá, ya lo has oído. Y aún saliendo ahora nos va a ir más justo… que la hostia. Deja de darle vueltas porque si no al final nos vamos a quedar aquí encerradas.

Sonia miraba a su hermana, superada por creces por la presión. Sobre ella recaía la decisión de salir o no salir; ella era la adulta de las dos, y daba la impresión que no hubiese una opción correcta. Si se quedaban, perdían el barco y con él la última oportunidad de sobrevivir. Si se iban, las probabilidades de que uno de aquellos infectados acabase por alcanzarlas y darles muerte, eran tan altas que el mero hecho de plantearlo parecía un chiste. Sonia miró a Abril, incapaz de tomar una decisión por sí misma.

SONIA – Si nos vamos ahora, tú te vienes, ¿no?

Abril miró a Nemesio; éste ni se inmutó. Sabía que la pregunta no iba dirigida a él. La doctora negó lentamente con la cabeza. Sonia se disponía a darle la réplica, suplicándole que les acompañase, pero Nemesio se le adelantó.

NEMESIO – Oye, si es por mí, idos, eh.

Abril miró a Nemesio; le temblaban las manos. En realidad se escudaba en él para ocultar su miedo. Pese a que sí había parte de verdad en que no quería dejar solo al anciano, pues con ello estaría firmando su sentencia de muerte, en realidad era mucho mayor el miedo que tenía de volver a enfrentarse a esos seres que la empatía por el ciego.

ABRIL – No podemos dejarle aquí.

SONIA – Sí pues con nosotros no se puede venir, así que tú misma.          Sandra miró a su hermana. Se sintió tentada a soltarle un reproche por su falta de tacto, pero sabía perfectamente que esa era la única actitud que podría mantenerlas con vida. En ese mundo de pesadilla, si pensabas en alguien que no fueras tú mismo, tenías las de perder. Se hizo un silencio incómodo, para todos menos para Nemesio. Él había estado escuchando por la radio durante las últimas semanas mil y una atrocidades sobre lo que había ocurrido en el continente, y desde entonces se había hecho a la idea que si la epidemia acababa por llegar a la isla, esa sería su perdición. A esas alturas, él ya había asumido que sus días habían acabado. Lo único que no quería era acabar siendo uno de ellos, prefería morir de inanición en esa oficina.

ABRIL – No, de verdad, idos vosotras. Nosotros… ya encontraremos la manera de arreglárnoslas.

SONIA – No… ¿Estás segura?

Abril no estaba para nada segura de lo que estaba diciendo. Es más, estaba convencida de que era la mayor estupidez que había cometido en su vida. No obstante, el pánico por salir de ese lugar aparentemente seguro era mucho mayor que el instinto de supervivencia por buscar una alternativa mejor.

ABRIL – Estoy segura.

Sonia se rascó la cabeza. No sabía qué decir. Miró el reloj. Sabía que cuanto más tardase en tomar una decisión, menos posibilidades habría de conseguir nada.

SANDRA – Sonia, cojones, decídete ya. No pienso irme sin ti, pero tampoco me voy a quedar aquí, así que hazte a la idea.

Sonia miró de nuevo a Abril, suplicándole con los ojos que cambiase de opinión. Abril negó con la cabeza. La mayor de las hermanas respiró hondo, y se tiró a la piscina.

SONIA – Vámonos.

SANDRA – ¡Por fin!

Abril se sintió tentada a mostrar su arrepentimiento y pedirles que le dejaran irse con ellas, pero no tuvo valor. Sandra echó el enésimo vistazo por entre las lamas de la persiana veneciana, para convencerse que salir seguía siendo seguro. En efecto, así era, o al menos eso parecía.

ABRIL – Id con cuidado… No…

SONIA – Haremos lo que podamos… Aún estás a tiempo de…

Sonia lo dijo intentando no pensar en Nemesio. Abril negó con la cabeza por enésima vez. Sandra se disponía a abrir la puerta, cuando Abril reparó en algo.

ABRIL – Dejad… dejad las puertas abiertas…

SANDRA – Si, ahora, ¿no? Gilipollas.

Sandra mostró su mayor cara de asco a Abril antes de abrir la puerta y salir por ella como si al otro lado no hubiese peligro alguno. Sonia miró alternativamente a los dos compañeros que dejaba atrás, a los que con toda seguridad no volvería a ver jamás, y siguió a su hermana. Dejaron la puerta entreabierta, y Abril se encargó de cerrarla del todo, antes de ponerse a fisgonear por la ventana. Las vio caminar a hurtadillas por la misma ruta que ella había tomado para entrar en la oficina. Pasaron a pocos metros de uno de los infectados, pero por fortuna no llamaron su atención; parecía estar durmiendo profundamente. Enseguida las perdió de vista detrás de una de aquellas grandes máquinas. Se quedó un minuto más mirando por la ventana, sin ver nada moverse, antes de darse media vuelta y sentarse en la silla en la que había estado sentada Sandra, que aún estaba caliente.

NEMESIO – Tendrías que haberte ido con ellas.

2×400 – Radio

Publicado: 21/11/2011 en Al otro lado de la vida

400

Oficina del encargado en jefe de la factoría Sugar, ciudad de Nefesh

17 de octubre de 2008

 

Abril acabó rompiendo el cierre del primer cajón del escritorio, después de llevar un buen rato forzándolo. El resto de cajones no albergaban nada interesante, ya lo había comprobado. Aún no sabía lo que encontraría ahí, pero eso era lo mejor que se le había ocurrido para matar el tiempo y alejar de su cabeza tantas imágenes macabras como había visto las últimas horas. Sonia la miraba, curiosa, mientras los otros dos se limitaban a dormitar, pues ya era muy tarde. Era de noche, y los infectados que les retenían ahí dentro, lejos de dormir, estaban más despiertos que nunca. Las luces de la nave estaban encendidas, por fortuna, de modo que la luz que manaba de la oficina no les atraía en absoluto, y ellos podían seguir ahí dentro sin necesidad de apagarla.

Abril tiró el trozo de metal de la lámpara del escritorio al suelo, haciendo más ruido del que hubiese deseado, con lo que consiguió la enésima mirada de odio de Sandra. Abrió el cajón, que estaba astillado alrededor de la cerradura, estiró de él y lo colocó sobre la mesa. Ahí dentro no parecía haber nada importante. A primera vista tan solo había documentos organizados en carpetas bien ordenadas. La doctora sacó las carpetas del cajón y siguió investigando. Vio una caja de puros, unos cuantos bolígrafos, un mechero zippo, una bolsita de plástico con marihuana y una pequeña llave con una arandela. Abril ignoró todo lo demás, y cogió la llave. Sonia seguía mirándola, sin mediar palabra.

La doctora miró a su alrededor, tratando de averiguar qué abría. Ya había estado fisgoneando todo cuanto había en la oficina; incluso había mirado detrás de los cuadros, pero no había caja fuerte alguna. En todo ese tiempo no había encontrado nada útil. Tan solo algunos artilugios que podrían utilizarse como arma blanca o arrojadiza, pero nada ni remotamente útil contra cuatro infectados sedientos de sangre. No tardó mucho en averiguar qué abría la llave. Dio media vuelta al escritorio, sorteando a la perra, que estaba dormida, y se colocó frente al armario metálico que había junto a la puerta. Sandra se levantó del suelo y se colocó a su lado.

Introdujo la llave en la cerradura, y ésta se abrió enseguida, sin ofrecer la menor resistencia. En esos momentos era mayor la ilusión por el nuevo hallazgo que el miedo por lo que les esperaba fuera. Abrió ambas puertas del armario, y observó con atención lo que había dentro. La mayor parte de las estanterías estaban llenas de más documentos, facturas, formularios, albaranes y demás papeles llenos de información sobre la empresa en la que estaban, todos bien ordenados y etiquetados. Abril intentó alcanzar el estante más alto, pero no llegó; era demasiado baja. Se disponía a coger la única silla libre que quedaba, pero Sonia se le adelantó, y la colocó entre las dos puertas abiertas. Ninguna de las dos abrió la boca, pero ambas parecían estar comunicándose en silencio. Abril asintió, subió a la silla y escrutó lo que había en ese último estante. Estaba casi vacío, pero no del todo. Había más papeles, pero éstos parecían más viejos. También había una vieja manta de lana, un paraguas rojo y blanco y una vieja radio, que funcionaba con cintas de cassette.

Abril cogió la radio, que era lo único interesante que había visto ahí arriba, bajó de la silla y la colocó sobre el escritorio. En los últimos momentos habían conseguido atraer la atención de Sandra, que se había sentido igualmente decepcionada con el hallazgo. Todos, excepto Nemesio, que no se había enterado de la misa la media y ahora estaba medio dormido, habían esperado encontrar una escopeta o una metralleta, como en las películas, con la que poder salir de la oficina dándole una patada a la puerta y matar a todos los infectados que había al otro lado antes de salir triunfantes de la factoría. Pero todo cuanto habían encontrado era una vieja radio gris, digna de anticuario, que ni siquiera parecía capaz de funcionar.

SANDRA – Mira, al menos podremos escuchar música.

Sonia y Abril miraron a la pequeña, que no era consciente de la estupidez que acababa de decir. La doctora observó atentamente el aparato, y reparó en el lugar dónde debían encontrarse las pilas; no solo carecía de ellas, sino que tampoco tenía la tapita que las debería haber ocultado. No se lo pensó dos veces; agarró la radio con una mano y su enchufe con la otra, y observó atentamente sobre el zócalo de toda la oficina hasta que dio con un lugar donde conectarla. Entre la puerta y el armario. La enchufó, y la colocó sobre la silla. La radio no hizo ni el amago de encenderse. Las mujeres empezaron a sentirse aún más decepcionadas.

Abril estudió los botones, y se dio cuenta que estaba en modo cassette. En cualquier caso, tampoco había ninguno dentro, así que deslizó el pequeño botón hacia la izquierda, y lo colocó en FM. De repente la radio cobró vida. Nemesio y Bruma se despertaron de su letargo, al escuchar el ruido de estática que provenía del viejo aparato. Abril bajó un poco el volumen, antes de girar el dial hasta un extremo, para, delicadamente y con mucha paciencia, ir moviéndolo hacia el otro, escuchando atentamente. Casi había llegado hasta el otro extremo, sin escuchar más que ruido, cuando algo le llamó la atención, y paró en seco.

evacuarla inmediatamente en un barco propiedad del estado. Tan solo hay plazas para doscientas personas, y en cuanto el aforo esté completo, el barco zarpará. En cualquier caso, si dicho aforo no se cumpliese para las catroce horas del día 18 de octubre, el barco zarpará igualmente, para no volver…

Sonia y Sandra se miraron. La hermana mayor le dio la mano a la pequeña. Todos escuchaban atentamente la locución, incrédulos y esperanzados a partes iguales.

            …Zarpará de la playa Marina, y los que quieran subir a bordo, deberán hacer a nado el trayecto desde la costa hasta el mismo…

            Nemesio negó con la cabeza, y dejó de prestar atención. Abril se dio cuenta, y sintió un nudo en el estómago. La grabación se paró durante unos segundos, pero enseguida continuó, con la voz del mismo locutor.

Este es un mensaje de alerta para los civiles supervivientes de la isla Nefesh. El estado de la isla es lamentable a estas horas y se ha declarado una cuarentena total. Los medios materiales de la seguridad local son abiertamente insuficientes para poder hacerse cargo del problema. A la vista de dicho problema, los cuerpos de seguridad de la isla han decidido evacuarla inmediatamente en un barco propiedad del estado. Tan solo hay plazas para…

            A partir de ahí la grabación se repetía, incansable, una y otra vez, repitiendo las mismas frases, que llegaron prácticamente a aprender de memoria durante aquella interminable noche, en la que el miedo, la ilusión, la sed y el hambre, se mezclaban con el sueño y la apatía.