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2×377 – Avión

Publicado: 01/11/2011 en Al otro lado de la vida

377

Bosque de coníferas al sur de la isla Nefesh

22 de octubre de 2008

 

Marion se agachó para recoger otro espárrago, junto al tronco de un árbol que parecía llevar mucho tiempo muerto. Tenía agarrado un buen racimo con la mano izquierda, sudorosa. Llevaban cerca de dos horas caminando, y ya le dolían los pies y estaba cansada; no hacía más que quejarse, y ralentizar el paso de los demás. Incluso empezaba a poner nerviosa a Zoe. Se tomaba ese viaje como una caminata de placer, y perdido por completo el miedo inicial, al ver que el bosque estaba totalmente libre de cualquier tipo de peligro, ahora tan solo le movía la inercia. El tedio y el cansancio jugaban en su contra, y con frecuencia pensaba que hubiera sido mejor quedarse en la costa, más al pensar en el viaje de vuelta que les aguardaba.

La sensación de haberse perdido, y el consecuente miedo por no saber volver a la barca, crecía exponencialmente a medida que se alejaban más y más de ésta. Ya habían tenido algunos problemas para encontrarla el día anterior, y ahora que se habían alejado mucho más, la desconfianza también crecía. Intentaban mantener siempre la misma dirección, para poder luego desandar el camino, pero ninguno de ellos era buen montañero, ni ninguno estaba preparado para afrontar un reto de ese calibre, de modo que se limitaban a confiar en el instinto, esperando que el viaje les diera algunas respuestas a tantas preguntas como tenían.

Habían cruzado bosques con todo tipo de árboles, claros pequeños y grandes, subido colinas y descendido por pendientes más o menos pronunciadas. Habían visto y oído pájaros y pequeños animalillos de todo tipo, que huían asustados en cuanto se acercaban más de la cuenta. Lo más fuera de lo común que vieron fueron unos excrementos, bastante secos, de tamaño suficiente para asumir que pertenecían a un animal grande, tal vez a la misma vaca que vieron el día anterior. Pero en todo el trayecto no habían encontrado indicio alguno de vida inteligente, y empezaban a impacientarse, asumiendo que el tamaño de la isla era mucho mayor de cuanto hubieran podido prever, y que en consecuencia deberían trasladar el campamento con ellos en su peregrinaje en busca de un lugar civilizado, acarreando con ellos tanto las provisiones como a Maya.

No tardando mucho hicieron otro pequeño parón para recuperar el aliento. Marion se apresuró a sentarse en una roca lisa, al sol. Carlos encendió otro cigarro, olvidando por completo racionar el gas del mechero; siguiendo las colillas que había ido dejando por el camino, tal vez les resultase más sencillo volver a la barca. Bárbara echó un trago a una botella de agua que había traído consigo. Zoe también tenía sed, pero no le pidió; ya habían tenido esa conversación con anterioridad, antes incluso de partir de Iyam.

MARION – No vamos a encontrar nada por más que andemos. ¿Por qué no volvemos ya?

Bárbara chasqueó la lengua. Desde que la conociera, nunca le había caído muy bien Marion, pero las últimas veinticuatro horas había aprendido incluso a odiarla. Se quejaba continuamente, no hacía más que ralentizarles y parecía no tomarse nada en serio.

BÁRBARA – No haber venido.

Carlos las miró a ambas, alternativamente, algo incómodo con la situación. Su relación con Marion era más estrecha que con los demás, más que nada por el derecho a roce, pero él mismo asimilaba que el que Marion hubiera decidido acompañarles, había sido una mala idea.

MARION – Si es que es verdad, aquí no hay más que… árboles.

Bárbara respiró hondo, tratando de calmarse.

CARLOS – Tenemos que seguir, hasta que encontremos algo, Marion. No nos podemos quedar en la barca a esperar quedarnos sin comida. Algo hay que hacer.

MARION – ¿Realmente crees que vamos a encontrar algo, por más que andemos?

Carlos dio una larga calada a su cigarro, mientras reflexionaba sobre la pregunta que le había hecho su compañera. La voz dulce e infantil de Zoe surgió aparentemente de la nada, junto a una zarzamora llena de espinos.

ZOE – Deberíamos ir con la barca, y rodear la isla hasta que encontremos algo.

Todos miraron hacia la pequeña, con una expresión de asombro y admiración en la cara. A ninguno se les había ocurrido esa idea; era demasiado sencilla, demasiado obvia, demasiado genial.

CARLOS – Tienes razón, Zoe. Tienes toda la razón.

Bárbara no podía estar más de acuerdo con esa afirmación. Carlos se acercó a la niña, y le acarició el pelo, suelto, de un rojo intenso bajo la luz del sol. La niña sonrió; había dicho lo primero que se le había pasado por la cabeza, pero empezaba a darse cuenta que era bastante acertado. De ese modo obviarían cualquier peligro que pudiera entrañar el viaje a pie por el bosque, llevarían consigo en todo momento las provisiones, y no tendrían que preocuparse porque Maya no pudiera acompañarles.

CARLOS – Caminemos un poco más, no fuera que estuviéramos cerca de un pueblo o… algo, y si no encontramos nada en un rato… pues volvemos, y hacemos eso, nos subimos a la barca y rodeamos la isla, a ver si tenemos más suerte que a pata.

Incluso Marion parecía satisfecha con la conclusión a la que habían llegado. Zoe miró a Bárbara, y ésta le respondió con una franca sonrisa. Se sentía orgullosa de contar con la pequeña, y ahora que no lucía tan triste como cuando llegaron a la isla, estaba todavía más satisfecha con su presencia. No había encontrado el momento de preguntarle qué era lo que Christian le había dicho la noche anterior, pero no pretendía tardar mucho más en abordarla, ahora que parecía tener mucho mejor humor.

Prosiguieron el camino unos quinientos metros más, subiendo una escarpada colina que parecía invitarles a dar media vuelta y dejarlo estar. Bárbara fue la primera que lo vio; ella iba a la cabeza del grupo, y reparó en unos cuantos árboles tronchados en la zona donde acababa la colina y comenzaba la pendiente descendente, mucho más pronunciada que la que estaban subiendo. Se acercó rápidamente, observando los troncos partidos, con los tocones astillados de los que aún pendían los árboles, que parecían haber sido embestidos por una bestia de un tamaño colosal. No fue hasta que llegó a lo más alto de la colina, que consiguió una vista panorámica que dio respuesta a tan extraño suceso. Miró boquiabierta el claro que se abría docenas de metros más adelante.

Sus tres compañeros se pusieron a su lado, contemplando con idéntico asombro e incredulidad el largísimo surco en el suelo, los demás árboles partidos o afectados por el golpe, y el enorme avión que yacía de costado entre una zona tan plagada de vegetación que había acabado por frenar su trayectoria. Una de las alas, destrozada y prácticamente irreconocible, se había desprendido con los golpes, y se encontraba sobre el surco, a unos cien metros del artefacto. Se miraron unos a otros, tratando de confirmar de ese modo que todos estaban viendo lo mismo, incapaces de articular palabra.

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