Archivos para 04/11/2011

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Cala rocosa en la costa meridional de la isla Nefesh

23 de octubre de 2008

 

CHRISTIAN – Se nos va a volver a hacer de noche, y yo sudo de pasar otra noche a la intemperie.

MAYA – Quisá hayan tenido que dormir en el bosque, y aún anden buscando el camino de vuelta.

CHRISTIAN – ¿A estas alturas? Pero si debe hacer ya horas que pasó el mediodía. Han tenido tiempo más que de sobra para volver.

Habían pasado una mala noche, en la que a duras penas consiguieron pegar ojo. Había sido una noche especialmente fría, sobre todo para Maya, vestida tan solo por los shorts y la camiseta. Christian llevaba unos viejos pantalones largos que habían pertenecido al padre de su compañera, y la camiseta con la que había subido al barco por vez primera. Habían pensado en preparar una hoguera, como la noche anterior, pero se dieron cuenta que no tenían con qué encender el fuego, y tuvieron que aguantarse. Amaneció, y sus compañeros todavía no habían vuelto. Desayunaron, vieron pasar las nubes en el cielo, agitarse las ramas de los árboles, pero todo seguía igual. Eran cerca de las tres de la tarde cuando Christian no pudo aguantar más la espera; ya hacía bastante más de veinticuatro horas que esperaban.

Desde que viera aquella vieja mansión a lo lejos, no había parado de darle vueltas a la idea de acercarse a ver de qué se trataba. No le hubiera suscitado tanta curiosidad de no haber visto el humo manar de la chimenea, pero lo había hecho. Realmente era más la curiosidad que otra cosa, lo que le empujaba a querer ir hacia ahí, pero cualquier otro argumento a favor parecía igual de útil, si la alternativa era quedarse otro día entero ahí esperando.

CHRISTIAN – Deberíamos ir.

MAYA – ¿Otra ves con eso?

CHRISTIAN – ¿Pero por qué no quieres ir? Es que no lo entiendo.

Maya hundió la cabeza entre los hombros, bastante incómoda por la situación. Si ella hubiera estado en plenas facultades físicas, no hubiera dudado en ir con él hacia la casa hacía ya mucho tiempo, pero con su minusvalía, sabía que no sería más que un lastre, más en un trecho tan largo, en un terreno que ni siquiera era llano. Hasta su padre, al llevarla en brazos cuando era más pequeña, tenía que descansar de vez en cuando para recuperarse por el esfuerzo. Viendo la envergadura de Christian, que a duras penas sería la mitad de lo que ocupaba su padre, asumió que sería un esfuerzo demasiado grande para él, y más por no tener ninguna responsabilidad para con ella. Christian creía entender lo que discurría por la cabeza de la chica, y trató de quitarle hierro. Quería ir ahí, y no pretendía dejar a la muchacha sola; debería llevarla a cuestas, no parecía haber otra alternativa.

CHRISTIAN – Que no me supone ningún problema llevarte, en serio. Que tú eres delgada…

MAYA – Yo podré ser delgada, pero acarrear con mi peso, todo ese trecho… ¿No podemos esperar un poco más?

CHRISTIAN – Que… no es tanto. Además, si es que no es que nos vayamos para no volver, sólo quiero saber quién hay en esa casa. Los infectados no saben encender fuego en chimeneas, ahí tiene que haber… alguien, alguien que tal vez pueda ayudarnos a encontrarles. O al igual son ellos mismos, que han encontrado la casa, y han decidido pasar ahí la noche, cuando se les ha hecho oscuro. Y además, que siempre estamos a tiempo de volver aquí.

Maya se acarició la barbilla, pensativa. Nada de lo que decía su compañero parecía tener especial sentido, pero lo que sí resultaba indiscutible era que en esa casa había vida inteligente, y que tampoco podían pasarse ahí una semana, esperando que los demás volvieran. Además, tenía tantas ganas de hacer pipí, que la mera idea de poder ir a una casa con cuarto de baño, se le antojaba el paraíso.

CHRISTIAN – ¿Qué me dices?

Maya levantó la mirada, y la cruzó con la de Christian. La expresión de su cara no decía que sí, pero tampoco decía que no. Eso fue más que suficiente para convencer al chico de que había conseguido convencerla; una leve sonrisa emergió de sus labios.

MAYA – Pero que si ves que te cansas mucho, volvemos, y… y ya está, no…

CHRISTIAN – No digas eso. Tendré que parar a descansar, claro, pero he dicho que te llevaré hasta ahí, y eso es lo que pienso hacer.

Maya no parecía muy convencida. La expresión triste de su cara enfadó a Christian.

CHRISTIAN – Y cambia esa cara, Maya. Tú no has escogido no poder… andar. Que no te sepa mal que yo tenga que llevarte, a mi no me supone ningún tipo de problema, ni me molesta en absoluto, es lo menos que puedo hacer.

MAYA – Ya, pero…

CHRISTIAN – Ni pero ni pera. Aquí todos somos iguales, todos…

MAYA – No, todos no somos iguales. Yo no soy como vosotros. Yo no os puedo ayudar en nada, soy como…

CHRISTIAN – Ay, cállate, ¿quieres? Tú tienes mucha más sangre en las venas que la mayoría de nosotros. Y si no nos “ayudas” más, es porque no puedes, sencillamente. Y ahora que no nos oye nadie, si hay alguien entre nosotros que sea un paquete, no eres precisamente tú. Y creo que ya sabes de quién hablo.

Maya no pudo evitar reírse en voz alta; Christian le acompañó, y siguieron así un rato más, riendo más por los nervios que por lo gracioso que pudiera resultar lo que había dicho el chico.

MAYA – Y eso que tú no has tenido que pasar con ella todo el día. Yo el otro día estaba por salir corriendo ya, para dejar de oírla.

De nuevo se rieron. Christian durante un momento pensó que sería cruel reírse de la gracia que había hecho Maya, pero entonces se dio cuenta que la ofensa hubiera sido no hacerlo. Se alegraba que la chica pudiera tomarse su discapacidad a broma.

CHRISTIAN – Bueno, entonces qué, ¿nos vamos?

Maya asintió con la cabeza. No sabía cómo, pero Christian había conseguido tranquilizarla bastante. Le había quitado parte del malestar que tenía por sentirse un peso muerto en el grupo, y aunque seguía pensando que sí era menos que el resto, y que no daría más que problemas, saberse respetada por el chico pese a ello, le reconfortó bastante. Entre los dos recogieron algo de comida y un par de botellas de agua mineral, lo metieron todo en una caja, y Christian, bastante torpe, sacó a Maya del bote. La sentó en el borde, y durante un momento vio a una chica sana, algo despeinada, mal vestida y a la que le hacía buena falta depilarse, pero una chica, una chica preciosa, que ya no le recordaba a la infectada que había visto en Iyam. Algo se movió de sitio en su interior, y trató de quitarle importancia.

La cogió, con toda la suavidad que pudo, como un novio coge a su esposa al llegar al hogar común, recién casados. Maya se encargó de coger la caja con la comida, y Christian comenzó a caminar hacia el bosque, tratando de no mostrar en su cara el enorme esfuerzo que estaba llevando a cabo. Había subestimado tanto su fuerza como el peso de la chica, que aunque ni siquiera se acercaba a los cincuenta kilos, era más que suficiente para agotarle en un abrir y cerrar de ojos. Christian expiró con fuerza, cuando cruzaron el primer umbral de árboles.

MAYA – Eh, no te quejes tanto, que la caja la llevo yo.

Christian miró a la chica, que estaba demasiado cerca de él. Empezó a reír, y casi perdió las fuerzas y el equilibrio. Consiguió recuperarse y siguió caminando.

MAYA – ¿Crees que podrás conmigo?

CHRISTIAN – Sí, claro. ¿No ves que soy un hombre?

Maya puso los ojos en blanco. Christian se notó palidecer, y empezó a avergonzarse por lo que había dicho. Por fortuna, la carcajada de Maya le hizo comprender que no era necesario. Ambos rieron un poco más, mucho más relajados ahora que tenían un nuevo propósito. Continuaron adentrándose en el bosque, descansando de vez en cuando para recuperar fuerzas.

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Cala rocosa en la costa meridional de la isla Nefesh

22 de octubre de 2008

 

CHRISTIAN – ¿Pero qué fue exactamente lo que te dijo Bárbara?

MAYA – Ya te lo he dicho veinte veses. Dijo que habrían vuelto antes de que se hisiera de noche. Solo eso.

CHRISTIAN – Pues está a punto de hacerse de noche, y aquí no viene nadie, joder.

MAYA – ¿Y? ¿Qué quieres que yo le haga?

Christian arrugó la frente, pensativo. Miró de nuevo hacia el mar, teñido de rojo por el color que había adoptado el cielo; la esfera incandescente que era el sol, cada vez estaba más cerca del horizonte. En menos de media hora se haría de noche, y hasta el momento no habían tenido novedad alguna.

El chico se había despertado una hora más tarde que sus compañeros partieran, y la noticia de que no habían contado con él para la segunda incursión en el bosque no le había sentado demasiado bien. No le molestaba tener que pasar todo el día acompañado de la chica de las gafas, pero le dolía que hubieran prescindido de él con tanta facilidad, y más por el hecho que le hubieran sustituido por Marion, que desde siempre había demostrado mucho menos interés por todo que él. Le molestaba eso, y además temía por ellos. Sabía perfectamente que la probabilidad de que se hubieran encontrado con Morgan en el camino era muy pequeña, teniendo en cuenta el tiempo que hacía que habían visto por última vez a éste y el tamaño de la isla. No obstante, no podía parar de pensar que algo malo hubiera podido ocurrirles, y esa sensación se intensificaba a medida que el ocaso iba volviéndose más inminente.

Habían pasado todo el día juntos, y por primera vez en mucho tiempo habían tenido ocasión, aunque tan solo fuera por matar las horas muertas, de conocerse algo mejor. Christian le había contado, con mayor entereza de la que creyó podría atesorar, que él también había perdido a toda su familia, y el cómo se había encontrado con el grupo de supervivientes al que ahora pertenecían ambos. Había maquillado bastante la historia, olvidando a propósito hacer referencia a su estancia en prisión, o el motivo por el cual le habían condenado. Ambos se habían entretenido recordando tiempos mejores, y contando anécdotas que por unas horas les hicieron revivir el mundo perdido, consiguiendo abstraerles durante un tiempo de la cruda realidad. Habían comido copiosamente, reparando en que los que no estaban con ellos habían olvidado llevar nada consigo, y riéndose de ellos por estúpidos. Pero a medida que pasaban las horas, el ambiente se volvía cada vez más tenso, dada la impaciencia por la vuelta de sus congéneres.

Christian se levantó del borde de la barca, donde llevaba sentado más de una hora, y se dirigió hacia el bosque, a paso firme. Ella le siguió con la mirada, extrañada. Podría simplemente estar yendo a mear, cosa que ella llevaba ya un buen rato queriendo hacer, pero la expresión de su cara le había dejado algo inquieta.

MAYA – ¿Dónde vas?

CHRISTIAN – Voy a ver si los encuentro.

MAYA – Bárbara dijo que no nos separásemos…

Christian se giró y la miró. Era una chica muy mona, pero la había conocido en un momento de su vida, de la de ambos, demasiado difícil. Al igual que a Zoe, la veía como una hermana, como una compañera, una superviviente más. Leyó el malestar en sus ojos, a través de las gafas rojas, y comprendió lo que sentía; sonrió levemente. No tenía la menor intención de dejarla sola.

CHRISTIAN – No, si no me voy, tranquila. Voy a subirme a uno de estos árboles, a ver si veo algo desde arriba.

Maya frunció el ceño. Inclinó levemente la cabeza, para poder abarcar los árboles más cercanos, que estaban muy poblados de ramas y eran muy altos, suficientes para no considerar descabellada la idea del chico. La muchacha volvió a mirar a Christian, algo incómoda.

MAYA – Están muy altos.

CHRISTIAN – Ahí está la gracia.

MAYA – ¿Ya sabrás subir?

CHRISTIAN – Sí… Sí, claro.

Christian miró los árboles, y temió haberse precipitado. Realmente eran muy altos, y él no era especialmente hábil. Se giró de nuevo hacia la chica.

CHRISTIAN – ¿Se te ocurre algo mejor?

Maya aguardó unos segundos, pero se dio cuenta que no podía ofrecerle otra respuesta más que la de limitarse a esperar sentados. Se encogió de hombros.

MAYA – Tú mismo, pero… ves con cuidado.

Christian asintió con la cabeza y prosiguió su camino. Maya le observó atentamente mientras tanteaba un árbol y otro, con más torpeza que atino. La imagen le recordó a cuando ella jugaba con su hermana, y ambas trepaban los árboles del solar que tenían a un par de manzanas de casa, todo ello antes del accidente; se sorprendió por ser capaz de recordarlo, pues aquello le era tan lejano que parecía pertenecer incluso a otra vida.

Para cuando Christian empezó a subir al árbol que había escogido, el que tenía mejor accesibilidad para trepar por la parte inferior, el sol estaba prácticamente rayando el horizonte. Llegó a lo más alto que pudo mucho más rápido de lo que había pensado, y comenzó a otear el bosque en busca de cualquier movimiento sospechoso. Trabajaba a contrarreloj, ya que enseguida se haría oscuro; se sentía estúpido por no haber pensado en eso antes. También le urgía apurarse, porque no quería bajar sin ver bien las ramas; estaba demasiado alto, y un resbalón inoportuno podría resultar fatal a esa distancia del suelo.

Sorprendido por no notar ni el más ligero atisbo de vértigo, pese a que estaba a más de veinte metros del suelo, observó árboles, árboles y más árboles. Desde su particular atalaya apenas se veía nada, y desde luego no sería capaz de distinguir a sus compañeros, aunque estuvieran a un tiro de piedra de ahí, por culpa de las hojas de los árboles que lo tapaban todo como una inmensa alfombra de tonos verdes, rojizos, anaranjados y amarillentos. No vio lo que buscaba, pero no obstante, hubo algo que le llamó la atención, y mucho, algo que no esperaba ver.

MAYA – ¡¿Ves algo?!

CHRISTIAN – ¡Pues sí! ¡Hay como… como una casa, con una chimenea, y sale humo!

MAYA – ¿Dónde?

CHRISTIAN – ¡Está algo lejos… hacia el… noroeste, junto a una cascada!