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2×384 – Pesar

Publicado: 06/11/2011 en Al otro lado de la vida

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Bosque de coníferas al sur de la isla Nefesh

23 de octubre de 2008

 

Christian forcejeaba con el infectado; le había agarrado las dos muñecas y ahora su mayor preocupación era la de evitar que acercase más de la cuenta la boca a cualquier parte de su cuerpo. Pese a que él estaba agotado por la carrera y por llevar a la chica a cuestas, no le estaba resultando demasiado difícil. El infectado parecía mucho más fuerte que él; le sacaba una cabeza y pesaba al menos veinte kilos más. Por fortuna para el chico, aún estaba recuperándose de la explosión que le había quemado medio cuerpo, y estaba bastante debilitado; Christian no dudó ni un instante en hacer uso de la pequeña ventaja que se le ofrecía. Se encontraba tan concentrado en la pelea, de la que visto lo visto sólo saldría uno con vida, que ni siquiera oyó los gritos lastimeros de Maya pidiendo ayuda.

En uno de los amagos del infectado por hincarle los dientes en el antebrazo, Christian se vio obligado a soltarle una de las manos, para agarrarle la frente y evitar de ese modo la fatal mordedura. Lo consiguió. No obstante, el infectado, ahora con una de las manos libres, no dudó en agarrarle de la camiseta y tirar de él. Christian trató de zafarse de su abrazo dando un salto hacia atrás, pero lo único que consiguió fue romperse la camiseta, que se rajó desde el cuello hasta la mitad del pecho. Eso, y perder definitivamente el equilibrio. Cayó al suelo, y el infectado no tardó ni un instante en tirársele encima.

Siguieron forcejeando en el suelo durante cerca de un minuto. Christian luchaba por mantener siempre la infecta boca de su atacante lejos de la piel, pero cada vez estaba más y más cansado, a diferencia de su contrincante. Rodó hacia un lado, agarrando al infectado de la poca ropa que le quedaba, y se quedó a horcajadas sobre él. Le plantó una de las manos en mitad de la cara, notando la tibia saliva en la palma de la mano, y miró a lado y lado, tratando de encontrar algo con lo que defenderse. Había pensado en una piedra, con la que golpearle, pero lo único que vio fue la rama seca de un árbol. Parecía más bien una estaca, y daba la impresión que alguien se hubiera encargado de ponerla ahí sólo para sus ojos.

Christian agarró la rama, y recordó uno de los buenos consejos de Morgan. El policía le había contado, en una de aquellas interminables noches en vela en su peregrinaje hacia Iyam, que si bien los infectados no eran inmortales, como bien podían aparentar, pues eran mucho más fuertes que cualquier ser humano común, parecían no cansarse nunca, y no eran capaces de sentir dolor, sí tenían puntos débiles. Le había explicado que la manera más efectiva de acabar con ellos era con un disparo al corazón o a la cabeza, dañando el cerebro. Él no tenía una pistola, pero esa información no dejaba de serle útil.

No tardó mucho en actuar, pues tampoco tenía mucho tiempo; el infectado no paraba de agitarse, entre gritos. El corazón no era una alternativa, pues estaba protegido por la caja torácica, pero el cerebro parecía estar más desprotegido. Podía utilizar su improvisada arma para matar a su oponente clavándosela por debajo de la mandíbula, y tratando de hacerla penetrar hasta la zona más blanda. Esa no parecía una opción, pues el ángulo, dadas las circunstancias, era imposible. Le miró a los ojos, sus macabros y penetrantes ojos rojos, inyectados en sangre, que parecían incompatibles con la visión, y enseguida lo tuvo claro. Colocó la punta de la estaca en su ojo derecho y, ayudándose de las dos manos lo clavó tan adentro como pudo.

Un grito ahogado, acompañado de un pequeño chorro de sangre que le manchó la mejilla, fue el encargado de oficializar la segunda muerte, la muerte verdadera, de ese pobre diablo.

Christian no se lo podía creer. Había resultado demasiado sencillo. Hincó un centímetro más la rama en la cuenca del ojo del muerto, que estaba completamente inmóvil debajo de él, para asegurarse que no se trataba de una ilusión. Se convenció de lo contrario a medida que veía brotar del agujero ese espeso líquido carmesí. Tragó saliva, refrenando sus impulsos de gritar de alegría, y se levantó lentamente, tratando de no pisarle, sintiendo de repente un asco increíble por haber notado el tacto de su piel contra la de él. Fue entonces cuando abandonó su propio mundo, y escuchó los gritos de Maya.

Se giró rápidamente, y vio a la chicha peleándose con una niña. En un primer momento pensó que sus ojos le estaban gastando una broma, pero entonces escuchó, por primera vez, el enésimo grito de auxilio de su amiga. Corrió para ayudarla.

Ya había matado a un infectado, y visto lo visto, éste otro, disfrazado de niña de ocho años, le resultaría mucho más sencillo. Corrió hacia ellas, ofreciéndole insultos en voz alta a la niña, tratando de intimidarla. La pequeña infectada apartó su atención por primera vez de Maya, y clavó sus ojos rojos en el chico, que se acercaba al galope, e hizo algo que Christian jamás hubiera previsto; huyó.

Maya había resultado una presa demasiado fácil, y no se lo había pensado dos veces antes de atacar, pero Christian parecía bastante capaz de plantarle cara. No es que la niña hubiese visto el cadáver de su compañero, y hubiese pensado que su destino podría ser el mismo, pues su capacidad intelectual no estaba a tal altura, pero se sintió vulnerable y huyó, con la boca manchada de sangre.

Christian llegó hasta donde yacía su compañera boca arriba en el suelo. La observó durante un instante, para mirar de nuevo hacia la niña, que se perdía en el bosque, gritando incongruencias a medida que se alejaba. Durante un instante sintió la necesidad de perseguirla y darle muerte, pero luego se dio cuenta que no era una buena idea, porque de ese modo dejaría sola a Maya, a merced de cualquier otro infectado que pudiera rondar los alrededores. Si había dos, bien podría haber más, y de haberlos, cerca, con toda seguridad ya estarían dirigiéndose hacia ahí, con todo el jaleo que habían armado.

Estaba increíblemente nervioso, excitado y eufórico por haber podido salir de esa sin un rasguño. Desde el primer momento se había convencido que no lo conseguiría, pero ahora que todo parecía haber acabado, no cabía en sí de gozo. Se disponía a compartir su alegría con Maya, que no paraba de llorar, cuando lo vio.

La chica lucía un feo mordisco, el mordisco de una mandíbula especialmente pequeña, en la parte interior del muslo derecho. No paraba de sangrar. Christian notó cómo se mareaba, cómo el mundo se le venía encima. No cabía duda alguna, y ya no había manera de enmendarlo; Maya estaba infectada.

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Bosque de coníferas al sur de la isla Nefesh

23 de octubre de 2008

 

Christian había llegado a convencerse que era Morgan el que emitía esos sonidos. Se había convencido que la isla a la que habían llegado estaba libre de la infección, y que habían sido ellos los que la habían traído consigo, pero la evidencia parecía decir lo contrario. Ese hombre, fuera quien fuese, no era Morgan. El color de su piel era macabramente similar, al menos en la parte inferior del cuerpo; parecía haber sobrevivido de un incendio, y tenía ennegrecida gran parte de la piel de las piernas y del estómago. Ninguno de los dos comprendía de dónde diablos había salido, o cómo había sido capaz de encontrarles tan rápido. Ahora volvía a gritar, de algo parecido a alegría, al asimilar que podría alimentarse.

Christian se abalanzó sobre Maya y la agarró lo mejor que pudo, lo mejor que supo, dadas las circunstancias. La chica estaba aterrorizada, pero no había nada que pudiera hacer para evitar el destino trágico que parecía poco menos que inevitable. Olvidando por completo la caja con la comida que habían traído, comenzó a correr al trote entre los árboles con la muchacha a cuestas, notando cada vez más cercanos los gritos y las pisadas de su perseguidor.

Corrió tanto como pudo, sacando fuerzas de donde ya no las había, notando el fuerte abrazo de la muchacha, que temía caerse de sus brazos con tantas sacudidas. Corría tanto como era capaz, pero el sobreesfuerzo se estaba demostrando inútil. El infectado les iba ganando terreno a marchas forzadas, y no tardaría mucho en darles caza. Christian sabía que, con la chica a cuestas, jamás conseguiría correr lo suficiente para poder despistar al infectado. Ni siquiera confiaba en que pudiera hacerlo de no llevar a Maya en brazos, pero con ella, no lo conseguiría jamás. Ella también se había dado cuenta.

MAYA – ¡Suéltame!

CHRISTIAN – ¿¡Qué te voy a soltar, estás loca!?

MAYA – ¡Conmigo a cuestas no puedes, al menos sálvate tú!

Christian miró hacia atrás, y notó un escalofrío en la espalda; prácticamente notaba el aliento del infectado en la nuca. La muchacha estaba en lo cierto.

CHRISTIAN – ¡No te voy a soltar!

MAYA – ¡Déjame!

CHRISTIAN – ¡Que te calles!

La chica empezó a forcejear con los brazos, tratando de conseguir que Christian la soltara y pudiera huir sin ella. El mero hecho de correr con Maya a cuestas ya era un desafío, y casi se le cayó de los brazos cuando la muchacha trató de liberarse. Lo que hizo él fue agarrarla con más fuerza, y apurar todavía más el paso. Maya trató de volver a zafarse de él, y aunque esta segunda vez tampoco lo consiguió, Christian acabó perdiendo el equilibrio.

Maya rodó por el suelo, mientras gritaba, golpeándose con las rocas que lo poblaban. Se le cayeron las gafas al suelo durante la caída. Se acabó quedando quieta unos metros más alante, notando un fuerte dolor en el codo izquierdo. Christian notó cómo se le escapaba de las manos, al tiempo que notaba el frío tacto de una de las manos del infectado en su antebrazo. Fue cuando éste tiró de él, que Christian perdió el equilibrio.

Se levantó todo lo rápido que pudo, y quedó cara a cara con su agresor, que mostraba una desagradable mueca de odio. Estaba inmóvil, observándole; parecía esperar el más mínimo amago del chico por escapar para abalanzarse sobre él. Christian dio un paso atrás, asustado, y notó algo duro bajo sus pies. Ni siquiera se molestó en mirar; si lo hubiera hecho, habría visto las gafas de Maya, con uno de los cristales rotos y el otro fuera de su montura. Tragó saliva, observando el desaliñado aspecto del infectado. A duras penas conservaba la parte superior de su camisa, la única prenda que no había sucumbido al fuego. Vio la silueta de sus costillas en el tórax, y comprendió que estaba hambriento. Eso también respondía a por qué salivaba tanto.

Maya se incorporó como pudo, y miró hacia donde estaba Christian. Veía borroso, porque había perdido sus gafas, pero no le hubiera hecho falta siquiera mirar para darse cuenta que Christian las estaba pasando canutas. Sintió la necesidad de ir hacia ahí para ayudarle, pero debía ser realista; Christian se las tendría que ver con el infectado a solas, y si éste se quedaba con hambre después de acabar con él, ella haría las veces de postre.

CHRISTIAN – ¡Aléjate!

El grito del muchacho acabó por convencer al infectado para entrar en acción, y se arrojó sobre él. Christian tuvo reflejos suficientes para esquivar la primera embestida, y el infectado cayó al suelo de rodillas, soltando un gruñido de protesta. Maya notó como clavaba su mirada en ella, y el miedo se tornó en pánico. El infectado se levantó raudo, y miró alternativamente a uno y a otro, incapaz de decidirse sobre quién escoger.

CHRISTIAN – ¡Intenta alejarte mientras yo le entretengo!

Maya comenzó a reptar por el suelo, ayudándose de toda la fuerza de sus brazos. Sintió la necesidad de disculparse por dejarle solo, pero no lo hizo; no hubiera servido de nada. Notaba cómo las piedrecillas se le clavaban en las palmas de las manos, cómo la camiseta se le manchaba de tierra, y sobre todo un intenso dolor en las muñecas, provocado por el sobreesfuerzo, pero no le importaba. Ella lo que quería era alejarse de ahí cuanto pudiese. Luego, Dios diría.

Llegó a retirarse cerca de veinte metros, escuchando los gritos asustados de Christian y los gruñidos y alaridos sinsentido del infectado. No quiso mirar atrás, temiendo lo que vería si lo hiciese. De repente paró en seco. Había visto las piernas de una niña que estaba quieta, en la trayectoria exacta hacia la que ella se dirigía. Durante un instante creyó que se trataba de Zoe, y sintió un hormigueo en el estómago, un intenso placer al imaginar que Bárbara y Carlos estarían también cerca, y podrían ayudarles. Levantó la cabeza del suelo para ver mejor, y comprobó que esa niña no era Zoe. Era una niña morena, con la piel mucho más oscura, y un par de años menor que su compañera. Maya tuvo el tiempo justo para gritar antes que la niña se le echase encima.