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Bosque de coníferas al sur de la isla Nefesh

23 de octubre de 2008

 

Maya lloraba, pero era de felicidad. Lo había pasado increíblemente mal, pese a que la experiencia a duras penas había durado un par de minutos. Ahora sabía que esa isla no era un lugar seguro, y deseaba llegar cuanto antes al que fuera su destino desde el principio de esa accidentada excursión. No podría volver a estar tranquila hasta que no estuviera encerrada en algún lugar inaccesible para esos seres.

Durante la refriega se había sentido increíblemente impotente al asimilar que no era capaz siquiera de lidiar ni con una niña pequeña, y que dependería siempre de alguien para sacarle las castañas del fuego. Por fortuna ahí estaba Christian, dispuesto a echarle una mano; se sentía afortunada por tenerle de aliado. Cualquier otro hubiera preferido huir para salvarse, antes de vérselas con dos infectados, pero, por fortuna para ella, él no era de ese tipo. No era capaz de entender el por qué de esa lealtad.

Se disponía a darle las gracias a Christian por haberla liberado de semejante tortura. Veía algo borroso, ya que había perdido sus gafas, pero no lo suficiente para darse cuenta que algo no andaba bien. El chico tenía la boca entreabierta, y parecía muy afectado. Era normal que no estuviese en su mejor momento, después de lo que había pasado, pero había algo más, algo inquietante que erizó el vello de la espalda de la chica. El subconsciente de Christian le jugó una mala pasada, y su mirada, durante tan solo un instante, pasó de los ojos de Maya a la herida que la muchacha lucía en la entrepierna, para volver de nuevo a sus penetrantes ojos castaños.

Maya se dio cuenta y miró hacia abajo, a tiempo de recordar que se había meado encima durante la intensa pelea que había tenido con aquella maldita niña. Había estado aguantándose las ganas de hacer pipí desde hacia demasiado tiempo, por el pudor de tener que pedirle ayuda a Christian en esa empresa. Ese momento de tensión máxima había sido más fuerte que ella; no había podido evitarlo. Durante un momento sintió una gran vergüenza, pero al mirar de nuevo a los ojos de su salvador, se dio cuenta que esa era la última de sus preocupaciones. Había algo más.

CHRISTIAN – ¿Te… te duele?

Maya arrugó la frente, incapaz de entender a qué se refería, a qué venía esa cara. Miró de nuevo hacia abajo, y fue entonces cuando lo vio; hasta entonces no se había dado cuenta. Observó atentamente el mordisco, viendo el hilillo de sangre que manaba de él. Podía incluso sentirse satisfecha, porque de haberlo recibido cuatro dedos más hacia adentro, habría seccionado la vena femoral, y ese hubiera sido sin duda el fin de sus días. No obstante, a esas alturas incluso eso parecía más halagüeño que las mil y una atrocidades que se le pasaban por la cabeza. La imagen de su padre moribundo cruzó delante de sus ojos como el flash de una cámara de fotos. Tragó saliva, tratando en vano de asimilar lo que estaba viendo.

CHRISTIAN – ¿Te duele?

La chica miró de nuevo hacia su compañero, con una expresión vacía en su rostro.

MAYA – No…

CHRISTIAN – Dios, Dios, Dios… lo siento, lo siento muchísimo.

El susto incluso había cortado de raíz su llanto. Ahora estaba demasiado conmocionada incluso para eso.

MAYA – ¿Tú estás bien?

Christian echó hacia atrás la cabeza, extrañado.

CHRISTIAN – Sí… pero…

MAYA – Tranquilo, si… no me duele.

Maya forzó una dulce sonrisa. Lo hizo tan bien que a Christian se le puso la carne de gallina. Era cierto, no le dolía, en absoluto. La muchacha hacía muchos años que había perdido la sensibilidad por debajo de la cintura. No obstante, ambos sabían que eso no tenía nada que ver.

CHRISTIAN – Déjame que…

Christian se quitó la camiseta desgarrada, y acabó de romperla, para luego agacharse y anudársela a Maya alrededor de la herida, no sin antes comprobar que no tenía mancha alguna de la sangre que le había salpicado el infectado que aún yacía tendido en el suelo, a varios metros de ahí. Eso serviría para poco más que evitar que ninguno de los dos pudiera seguir viéndola, pues la hemorragia cesaría por si sola enseguida, y el mal mayor, la mezcla de la saliva de la niña con la sangre de Maya, ya no tenía solución alguna.

MAYA – ¿Qué hasemos ahora?

Christian no era capaz de comprender la pasividad de su compañera. Se imaginaba a sí mismo recibiendo la noticia de que estaba infectado, que su vida ahora no era más que un cronómetro en el que tan solo quedaban unas horas, unos días en el mejor de los casos, y estaba seguro que su reacción sería radicalmente diferente.

CHRISTIAN – Quizá deberíamos volver al bote…

MAYA – Estamos mucho más serca del sitio donde venía el humo, que del bote.

CHRISTIAN – Eso no es garantía de nada.

MAYA – Ya…

CHRISTIAN – No sé. Vayamos donde tú digas, pero decidámonos ya, no…

MAYA – Vayamos a la casa esa, y… que sea lo que tenga que ser.

Christian asintió con la cabeza. Maya luchaba por apartar de la suya la imagen de aquél feo y profundo mordisco, y se le estaba dando bastante bien. Una parte de sí quería convencerse que a ella no le pasaría nada, que todo quedaría en un susto, y pese a que sabía perfectamente que no sería así, esa voluntad era suficiente para apaciguar su atribulada cabeza. Al menos por el momento.

Christian echó un último vistazo al infectado al que había matado, sintiendo incluso algo de remordimiento, en retrospectiva. Luego miró en derredor, tratando de volver a orientarse; le resultó mucho más fácil de lo que había pensado. Acto seguido se agachó para levantar a Maya del suelo. Ninguno de los dos dijo nada. La chica se abrazó al cuello del muchacho y apoyó la cabeza contra su pecho desnudo, con la mirada perdida. Christian sintió que ahora era mucho más ligera que antes.

Sin mediar palabra, y tratando por todos los medios de hacer el menor ruido posible, prosiguieron su camino por el bosque.

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