2×388 – Pedida

Publicado: 10/11/2011 en Al otro lado de la vida


CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA: Dos

 

Cualquier tiempo pasado fue mejor

 

 

388

Escuela primaria Sagrado Corazón, Etzel

25 de enero de 2008

Guille tenía la mano en alto desde hacía cerca de un minuto; sostenía el brazo derecho con la mano izquierda, y ya empezaba a notar un incómodo cosquilleo. Afuera seguía nevando. Bárbara temía no poder volver a casa si el tiempo empeoraba. Si el servicio de autobuses se cortaba, tendría problemas, y era ese un mal día para pedir que la fueran a buscar. La profesora por fin apartó la mirada de la ventana, echó un vistazo a la clase, reparó en él, y se dirigió hacia su pupitre. Se colocó a su vera y echó un vistazo al folio del examen, sucio y lleno de tachones. Sobre la mesa había un buen montón de pequeñas hebras de goma de borrar.

GUILLE – Tita…

Un par de chicos rieron en voz alta. Guille se puso rojo como un tomate y una muchacha en la primera fila chistó para que se callaran. Bárbara no se molestó siquiera en levantar la cabeza del examen, revisando con atención todas las operaciones que había hecho. La mayoría estaban bien.

BÁRBARA – Dime, Guille. ¿Qué no entiendes?

Guille señaló una de las operaciones del examen. Le temblaba el dedo; estaba muy nervioso.

GUILLE – No me… no soy capaz de…

BÁRBARA – No te pongas nervioso, cariño, que te va a salir bien.

Le puso una mano en el hombro, y le acarició suavemente, tratando de tranquilizarlo. El chico estaba al borde del llanto, y las miradas furtivas de sus compañeros no ayudaban a paliar la congoja que sentía. Bárbara observó con más atención el problema, y enseguida se percató de dónde se había equivocado. Señaló con el dedo índice una de las partes del folio que más veces habían sido escritas y borradas sucesivamente.

BÁRBARA – Aquí en vez de multiplicar has sumado este número y por eso no te…

Todos los chicos comenzaron a chismorrear en una voz más alta de la que resultaría tolerable. Bárbara levantó la mirada del examen de su sobrino y les miró. Todos tenían sus ojos clavados en la puerta, de modo que se giró, y miró a través del cristal que ocupaba la mayor parte de su superficie.

Era el nuevo director, el señor Torres, y parecía estar hablando con alguien; no hacía más que gesticular con las manos, y hablar en una voz tan alta que casi se podía escuchar lo que decía desde el otro lado de la puerta. Más bien discutía, tratando de imponer su punto de vista, pero Bárbara, desde donde estaba, no alcanzaba a ver a la otra persona.

BÁRBARA – Silencio. Seguid haciendo el examen, todavía tenéis veinte minutos.

Los chicos, todos entre nueve y diez años, volvieron a centrarse en ese crucial y arduo examen de matemáticas. Bárbara se dirigió hacia su escritorio, sin apartar la mirada de la puerta acristalada. Vio cómo el director se alejaba por el pasillo, al trote; parecía enfadado. Entonces vio aparecer a Enrique tras la puerta; él era la persona con la que estaba hablando el director. Ambos cruzaron las miradas; él mostraba una sonrisa radiante. Ella una expresión de sorpresa e incredulidad. Enrique giró el pomo de la puerta, y entró en la clase, ante la atenta mirada de más de dos docenas de chavales. Bárbara se apresuró a reunirse con él, dándole mil vueltas a la cabeza sobre el motivo que le había traído ahí.

BÁRBARA – ¿Pero tú no tenías hoy una reunión importantísima?

ENRIQUE  – Correcto.

BÁRBARA – ¿Y qué haces aquí?

Enrique sonrió, y ello no hizo más que aumentar el nerviosismo de Bárbara. En todos los años que llevaba trabajando en esa escuela, eran muchas las veces que Enrique había pasado a buscarla después de clase con el coche, para llevarla a casa, pero jamás antes lo había hecho entrando de esa manera en mitad de una lección. En su cabeza, eso solo podía significar malas noticias.

BÁRBARA – Estamos en mitad de un examen, ¿no puedes esperar a que acabemos?

ENRIQUE – No.

Enrique acompañó la negativa verbal agitando la cabeza de un lado al otro, sin perder en ningún momento su sonrisa. Entonces dio un cuarto de vuelta y se dirigió hacia la clase.

ENRIQUE – Vosotros no me conocéis, yo soy el chico con el que vive vuestra profesora, Bárbara.

TONI – ¿Su novio?

Enrique se giró hacia el chico que había hablado, un muchacho mofletudo que aparentaba un par de años más de los que tenía.

ENRIQUE – Exacto, yo soy el novio de vuestra profesora, y he venido aquí hoy para decirle algo importante, muy importante, y quiero que todos vosotros lo escuchéis con atención.

El nivel de susurros y chismes dentro de la clase rozaba la molestia, pero Enrique no perdió la compostura ni la sonrisa en ningún momento.

Volvió a girarse hacia Bárbara, cuyo corazón estaba desbocado ya a esas alturas. La miró a los ojos, respiró hondo, y se agachó, haciendo tocar tan solo una de sus rodillas al suelo. Se hurgó el bolsillo trasero del pantalón, entre los cuchicheos de muchos de los muchachos que observaban atentamente ese pequeño circo. No sin considerable esfuerzo, sacó una cajita pequeña de terciopelo beige de su bolsillo y la colocó en la palma de su mano izquierda, al tiempo que agarraba la tapita con la mano derecha y volvía a mirar a su chica a los ojos. Para esos entonces Bárbara ya había empezado a llorar; un gran lagrimón surcó su rostro y fue a chocar contra la puntera de sus zapatos negros. Enrique respiró hondo por última vez, y se armó de valor. Pronunció las siguientes palabras al tiempo que abría la cajita de terciopelo y mostraba a Bárbara un precioso anillo dorado.

ENRIQUE – Bárbara, ¿quieres casarte conmigo?

Bárbara se quedó de piedra, en absoluto silencio, sin siquiera respirar, tan blanca como la nieve que caía afuera. Pasaron más de diez segundos antes de que reaccionara, tiempo que permitió que todos los chicos se fueran callando, hasta que la clase se sumió en el más absoluto de los silencios. Ahora era Enrique el que empezaba a ponerse nervioso, por más convencido y seguro de sí mismo que hubiese entrado un escaso minuto antes.

BÁRBARA – Sí. Claro que sí. Sí quiero, quiero casarme contigo.

Una enorme sonrisa emergió de los labios de la profesora, y ésta enseguida infectó a su prometido. Los chicos comenzaron a aplaudir y a gritar, emocionados por la situación que acababan de presenciar. Enrique se irguió, dio un paso adelante, y le colocó el anillo en el dedo corazón de la mano derecha a Bárbara. Ésta miró cómo le quedaba puesto, sin poder parar de llorar de felicidad. Entonces ambos se miraron de nuevo, y se fundieron en un beso apasionado, entre los vítores y los aplausos de la enorme mayoría de los chicos de la clase.

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