Archivos para 16/11/2011

2×395 – Descanso

Publicado: 16/11/2011 en Al otro lado de la vida

395

Dormitorio de la sala de descanso del hospital Qinah, ciudad de Nefesh

17 de octubre de 2008

Abril despertó cuando en su mp3 sonaba una de las últimas canciones de Bob Sinclair. Jamás volvería a escuchar una canción inédita ni de ese grupo ni de cualquier otro que conociese hasta el momento; a esas alturas deberían estar todos muertos. Se quitó los auriculares, apagó el aparatejo y estiró los brazos tan largos como eran al mismo tiempo que soltaba un largo bostezo. Se quitó las legañas de los ojos con ambos dedos índices, que luego procedió a observar atentamente para acabar limpiándoselos en la pechera de su bata blanca. Se incorporó en la cama y se calzó los zapatos, mientras le daba vueltas al sueño que acababa de tener.

Había sido un sueño muy extraño, en el que aún estaba en Zakar, en la península, donde había vivido hasta hacía tan poco. Desde el principio había sido reacia a aceptar el traslado, pero necesitaba el dinero, y aquí en Nefesh su salario era mucho más apetecible. En las últimas semanas se había acabado por convencer que rechazar ese destino le hubiese costado la vida, pues Zakar estaba a tan solo ochenta kilómetros de Sheol, el lugar en la península donde se dieron los primeros brotes de la infección que había asolado todo el país, el continente y el resto del mundo. En el sueño ella trabajaba en su antiguo hospital e iba a visitar a un paciente, que tenía una habitación para él solo, en la que tan solo había una cama. Habían pasado más cosas antes de ese momento, pero ello resultaba ahora lejano y borroso. Lo que sí recordaba era el momento en el que le vio la cara al paciente; era ella misma, y estaba manchada de sangre y llena de heridas y rasguños, el peor de ellos en la cara, que le cruzaba de la sien izquierda a la oreja derecha, cruzando por el ojo derecho, del que solo quedaba una cuenca que supuraba espuma rojiza.

La noche anterior no había dormido más que tres horas, porque había estado atendiendo a los heridos de un accidente de autobús, y no pudo volver a casa hasta bien entrada la madrugada. Había acudido a su puesto a media mañana y había adelantado parte de su trabajo antes de comer un sándwich en el bar e ir a la sala de descanso a echarse una siesta. Pensaba dormir tan solo una media hora, pero visto lo visto se le había ido de las manos, y ahora tendría que darse mucha más prisa. Lo que le extrañaba era que nadie le hubiese llamado la atención en todo ese tiempo. En el dormitorio había muchas más camas, pero estaban todas vacías.

Salió del dormitorio y entró a la sala de descanso, en la que tampoco había nadie. Además, todo estaba en silencio; algo no andaba bien. Dejó el mp3 en su taquilla y echó un trago de agua de la nevera antes de decidirse a partir. Se acercó a la puerta y trató de girar el pomo, pero éste se negó a ceder. Arrugó la frente y comprobó que tenía el seguro echado. Estaba segura de no haberlo dejado puesto. Entonces recordó haber escuchado a unos compañeros la noche anterior comentando que últimamente no funcionaba del todo bien esa puerta, y que por ello solían dejarla abierta todo el tiempo. Esa podía ser una opción, pero ella no recordaba haber escuchado nada al cerrarla. Miró de nuevo el reloj de pulsera y se llevó una mano a la cabeza, al pensar en cuanta gente habría intentado entrar mientras ella dormía, incapaz de oír los golpes en la puerta por tener la música puesta.

Puesto que ya no había manera de solucionarlo, se limitó a quitar el seguro y abrir la puerta. Miró hacia un lado y vio el pasillo vacío. A esas horas debería haber un hervidero de gente yendo y viniendo de un lado para otro. Miró de nuevo el reloj, extrañada. En el pasillo tan solo había un par de camillas abandonadas, barriendo el paso, y la puerta abierta del ascensor; el resto estaban todas cerradas. Se giró hacia el otro extremo del pasillo y vio a Jesús, de espaldas. Fue entonces cuando se dio cuenta que algo no andaba bien.

Tenía la espalda de la bata manchada de sangre, sangre idéntica a la que goteaba de su brazo derecho, a cuya mano parecían faltarle un par de dedos. Abril tragó saliva, y se disponía a llamarle la atención, más asustada que curiosa, cuando escuchó que la puerta se cerraba con un portazo tras de sí; la ventana estaba abierta y la corriente de aire se había encargado del resto. Miró hacia ella y vio que también estaba manchada de sangre; tenía la marca de los dedos y la palma de la mano de a saber quién, y el pomo se había llevado la peor parte. Volvió la cara hacia Jesús, y se dio cuenta que el golpe de la puerta había atraído su atención. No hizo falta siquiera mediar palabra para darse cuenta que ese hombre ya no era Jesús.

No había visto ningún infectado más que en las noticias de la televisión, pero no le cupo la menor duda que se encontraba frente a uno. Por delante, la bata aún estaba peor. Estaba empapada de sangre, mucha de la cual parecía provenir de la boca del que fuera su compañero de trabajo y amigo, cuyos dientes estaban igualmente manchados del rojo líquido. Si él aún seguía ahí a esas alturas, era porque el suyo era uno de los muchos barcos que habían robado los primeros días tras el accidente aéreo. Él hubiera querido abandonar la isla mucho antes, pero sencillamente no pudo, y a esas alturas no había otra manera de hacerlo, a no ser que fuera nadando.

Jesús clavó sus ojos, rojos, en Abril, y comenzó a correr hacia ella sin siquiera darle ocasión de asimilar lo que estaba ocurriendo. Abril vio por el rabillo del ojo que otros dos médicos aparecían por el fondo del pasillo y comenzaban a correr hacia ahí, atraídos por los gritos de Jesús. La doctora se apresuró a tratar de abrir la puerta, pero ésta se negó a darle ese gusto; había vuelto a saltar el seguro. Al ver de nuevo las manchas de los golpes con la mano ensangrentada en la puerta, se convenció que resultaría estúpido tratar de entrar. Además, Jesús estaba ya demasiado cerca.

Corrió tanto como se lo permitieron sus piernas, sorteando las camillas en su frenética carrera, hasta que llegó a la altura del ascensor, donde frenó en seco, deslizándose más de un metro por el suelo recién encerado. Desanduvo el último metro, cuando faltaba ya demasiado poco para que Jesús le alcanzase, y se metió en el ascensor, escuchando los gritos de los otros infectados que también querían parte del festín. Presionó el primer botón que sus temblorosas manos alcanzaron, y por fortuna la puerta empezó a cerrarse enseguida. Llegó a ver aparecer a Jesús por entre la rendija que había antes que las dos compuertas se juntasen, y escuchó los golpes y los gritos lastimeros del que tendría que haber sido su verdugo mientras el ascensor se ponía en marcha. Entonces empezó a llorar.

2×394 – Segundo

Publicado: 16/11/2011 en Al otro lado de la vida

394

Pasó casi una semana antes que se reuniera el segundo equipo de reconocimiento. En la ciudad, todo el mundo había puesto el grito en el cielo por semejante demora.

La gente del pueblo tenía miedo, más después de tantas atrocidades como habían escuchado por radio y televisión antes que éstas dejaran de emitir. El que más y el que menos se había puesto en lo peor, y aunque deseaban con todas sus fuerzas que no fuera así, todos estaban convencidos que los integrantes del primer equipo de reconocimiento estaban todos muertos, o incluso algo peor. De lo contrario alguno habría vuelto a la ciudad, aunque fuese a pie, y eso no había ocurrido, todavía.

El ambiente de temor e incertidumbre propició cambios considerables en la vida de todos los habitantes de la isla. Algunos optaron por abandonarla, sencillamente, antes incluso de esperar a saber si había motivos reales para ello. Muchos de ellos eran agentes de la ley, que intuyendo la que se les vendría encima, optaron por huir antes que fuera demasiado tarde; el puerto deportivo menguó prácticamente a tres cuartos de su aforo los primeros cuatro días. Ninguna de las familias que partieron sabían hacia dónde debían dirigirse, no obstante estaban convencidos que la suya era una magnífica idea. Si bien no estaban nada equivocados en su corazonada, la mayoría tuvieron un destino incluso peor que el que hubieran tenido si se hubiesen quedado en la isla

Hubieron manifestaciones populares entorno a la comisaría central, exigiendo que un segundo equipo de reconocimiento se acercase a la zona del siniestro en busca de respuestas. Los pocos integrantes del cuerpo de policía local que quedaban optaron por pedir ayuda ciudadana, tras unos días muy largos e intensos en los que hubieron insultos y pequeños altercados por las calles. Pocos fueron los que respondieron a dicha llamada, tan solo tres veteranos cazadores, que llevaron sus propios rifles. Fue el día 6 de octubre, por la mañana, cuando partieron. Media ciudad les vio irse, desde las aceras de la vía principal de Nefesh, como si se tratase de una procesión de celebridades, aunque más bien parecía una procesión fúnebre, pues todos guardaban silencio, sentían una considerable congoja y tenían serias dudas sobre si volverían a verlos con vida.

El segundo grupo, no tan numeroso como el primero pero incluso mejor armado, llegó a la zona del accidente aéreo esa misma mañana. Ahí todo se había mantenido intacto desde hacía días. Aún se encontraba estacionado junto al fuselaje uno de los jeeps que habían utilizado sus compañeros, todavía con las llaves en el contacto. Vieron un escenario idéntico al que habían visto los otros agentes días atrás, y sintieron idéntica sensación agridulce al no encontrar indicio alguno de violencia. No tardando mucho más, al alejarse un poco de la zona, encontraron el cadáver de uno de los agentes que formaba parte del primer escuadrón de reconocimiento. Tenía el estómago abierto; la mayor parte de su contenido ya no estaba ahí, y la otra parte se repartía varios metros a la redonda. Todo indicaba que nada de eso era reciente.

Más de tres de los integrantes del segundo equipo vomitaron al ver el cuerpo. A diferencia de sus compañeros, éstos decidieron mantenerse hechos una piña. En esta ocasión sí tuvieron tiempo de avisar por radio a la comisaría central sobre su hallazgo. Ahora el plan era relativamente sencillo, aunque considerablemente peligroso. No obstante, todos estaban más que convencidos de que era lo que había que hacer; todos tenían una familia a la que proteger. Debían barrer la zona y acabar con la vida de quien quiera que hubiese matado a ese pobre infeliz. Tenían la lista de los integrantes del primer grupo, y tacharon de ahí el nombre del agente caído; no pararían hasta tachar todos los nombres, amén de encontrar a quien o a quienes habían empezado todo eso.

Dejaron los vehículos aparcados a lado y lado del jeep abandonado junto al avión, y comenzaron una incierta y asustada marcha por el bosque, siguiendo el más mínimo indicio de actividad reciente. No tardaron ni diez minutos en encontrar al primer infectado. Se trataba de otro de los integrantes del primer grupo, el jefe de la operación en persona. Estaba durmiendo entre unos matorrales, y a duras penas tuvo ocasión de levantarse antes que le abatieran a tiros, al comprobar que estaba ya muy lejos de quien llegó a ser en vida.

Todo había resultado tan sencillo que se crecieron. Ellos eran un grupo muy numeroso, y en principio solo tenían que ir dando vueltas repitiendo esa misma operación hasta dejarlo todo limpio. Si bien podían tardar mucho; varios días, incluso semanas, pues el bosque era inmenso, en idénticas condiciones se les antojaba raro y difícil que algo pudiera salir mal. Parecía hasta divertido, si uno era capaz de obviar el trasfondo macabro. No pudieron avisar de las nuevas noticias, pues todo el equipo de comunicación lo habían dejado en los vehículos. Pensaron que ya tendrían tiempo más adelante, que ahora lo importante no era eso.

Encontraron cuatro cadáveres más por el camino, todos parcialmente devorados, en los que se podían ver claramente las marcas de mandíbulas humanas en la carne. Los reconocieron a todos y los tacharon de la lista. Una hora más tarde del encuentro con el último cadáver, dieron con lo que estaban buscando.

El segundo encuentro fue bastante menos halagüeño que el anterior. En esta ocasión no era uno, sino doce los infectados que yacían durmiendo a la sombra de unos altos pinos, sobre un colchón de fina hierba. Once eran los nombres que aún quedaban por tachar en la lista, de modo que ahí estaban todos, y había una persona más, otro varón. Todos desearon que se tratase del infectado original, de modo que si conseguían abatirlos a todos, el problema quedaría solucionado definitivamente.

Nadie alcanzó a comprender por qué habían optado por permanecer unidos, pero parecían un blanco tan sumamente sencillo, que optaron por entrar a la acción cuanto antes, pese a que les superaban en número. No habían llegado siquiera a acercarse a veinte metros cuando se despertó el primero, y el grito de éste alertó al resto. Parecía incluso que se estuvieran comunicando unos con otros, pese a que ellos sabían que la capacidad intelectual de esos seres no llegaba tan lejos. Todo parecía indicar que trabajaban en manada.

Se levantaron los doce, y comenzaron a correr hacia sus enemigos, ignorando por completo los disparos, pese a que muchos de ellos, la mayoría, les alcanzaban. Dos de ellos cayeron a mitad de camino, pero el resto consiguieron llegar hasta su objetivo, intactos o tan solo con heridas superficiales. La carnicería fue impactante tanto para unos como para los otros. Se les había ido de las manos, y empezaron a caer como moscas, intentando acabar con la vida de quienes a su vez trataban de robarles la suya propia. Varios de ellos murieron por culpa del fuego amigo, el resto por la violencia de los infectados que quedaron en pie. La mitad perecieron en un estado tan lamentable que su muerte fue la definitiva; la otra mitad se sumaron a las filas de los hostiles, enseguida o en cuestión de horas.

En la ciudad no se supo nada del destino del segundo grupo, más allá del informe sobre la muerte de uno de los agentes del primer pelotón, pero la mera ausencia de noticias fue suficiente para hacer cundir el pánico entre todos los habitantes. Quienes tenían con qué abandonar la isla lo hicieron, otros muchos robaron los pocos barcos que quedaban en el puerto deportivo, y el resto, la enorme mayoría, tuvieron que conformarse con seguir viviendo en la ciudad, atemorizados por algo que parecía inminente. No había medios para abandonarla, ni tampoco nadie a quien pedir ayuda; estaban abandonados a su suerte. No fueron pocos los grupos de civiles armados que trataron de hacer algo, adentrándose en el bosque, intentando hacer de la isla un lugar seguro. No se supo nada de ninguno de ellos.

Pasó otra semana y media más antes que el primer infectado alcanzase las afueras de la ciudad, mucho más tiempo del que hubiera podido soñar cualquiera de los que aguardaba con temor ese fatídico momento. Fue el 17 de octubre, el día en el que nada volvería a ser cuanto conocieron los habitantes de la isla.