2×394 – Segundo

Publicado: 16/11/2011 en Al otro lado de la vida

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Pasó casi una semana antes que se reuniera el segundo equipo de reconocimiento. En la ciudad, todo el mundo había puesto el grito en el cielo por semejante demora.

La gente del pueblo tenía miedo, más después de tantas atrocidades como habían escuchado por radio y televisión antes que éstas dejaran de emitir. El que más y el que menos se había puesto en lo peor, y aunque deseaban con todas sus fuerzas que no fuera así, todos estaban convencidos que los integrantes del primer equipo de reconocimiento estaban todos muertos, o incluso algo peor. De lo contrario alguno habría vuelto a la ciudad, aunque fuese a pie, y eso no había ocurrido, todavía.

El ambiente de temor e incertidumbre propició cambios considerables en la vida de todos los habitantes de la isla. Algunos optaron por abandonarla, sencillamente, antes incluso de esperar a saber si había motivos reales para ello. Muchos de ellos eran agentes de la ley, que intuyendo la que se les vendría encima, optaron por huir antes que fuera demasiado tarde; el puerto deportivo menguó prácticamente a tres cuartos de su aforo los primeros cuatro días. Ninguna de las familias que partieron sabían hacia dónde debían dirigirse, no obstante estaban convencidos que la suya era una magnífica idea. Si bien no estaban nada equivocados en su corazonada, la mayoría tuvieron un destino incluso peor que el que hubieran tenido si se hubiesen quedado en la isla

Hubieron manifestaciones populares entorno a la comisaría central, exigiendo que un segundo equipo de reconocimiento se acercase a la zona del siniestro en busca de respuestas. Los pocos integrantes del cuerpo de policía local que quedaban optaron por pedir ayuda ciudadana, tras unos días muy largos e intensos en los que hubieron insultos y pequeños altercados por las calles. Pocos fueron los que respondieron a dicha llamada, tan solo tres veteranos cazadores, que llevaron sus propios rifles. Fue el día 6 de octubre, por la mañana, cuando partieron. Media ciudad les vio irse, desde las aceras de la vía principal de Nefesh, como si se tratase de una procesión de celebridades, aunque más bien parecía una procesión fúnebre, pues todos guardaban silencio, sentían una considerable congoja y tenían serias dudas sobre si volverían a verlos con vida.

El segundo grupo, no tan numeroso como el primero pero incluso mejor armado, llegó a la zona del accidente aéreo esa misma mañana. Ahí todo se había mantenido intacto desde hacía días. Aún se encontraba estacionado junto al fuselaje uno de los jeeps que habían utilizado sus compañeros, todavía con las llaves en el contacto. Vieron un escenario idéntico al que habían visto los otros agentes días atrás, y sintieron idéntica sensación agridulce al no encontrar indicio alguno de violencia. No tardando mucho más, al alejarse un poco de la zona, encontraron el cadáver de uno de los agentes que formaba parte del primer escuadrón de reconocimiento. Tenía el estómago abierto; la mayor parte de su contenido ya no estaba ahí, y la otra parte se repartía varios metros a la redonda. Todo indicaba que nada de eso era reciente.

Más de tres de los integrantes del segundo equipo vomitaron al ver el cuerpo. A diferencia de sus compañeros, éstos decidieron mantenerse hechos una piña. En esta ocasión sí tuvieron tiempo de avisar por radio a la comisaría central sobre su hallazgo. Ahora el plan era relativamente sencillo, aunque considerablemente peligroso. No obstante, todos estaban más que convencidos de que era lo que había que hacer; todos tenían una familia a la que proteger. Debían barrer la zona y acabar con la vida de quien quiera que hubiese matado a ese pobre infeliz. Tenían la lista de los integrantes del primer grupo, y tacharon de ahí el nombre del agente caído; no pararían hasta tachar todos los nombres, amén de encontrar a quien o a quienes habían empezado todo eso.

Dejaron los vehículos aparcados a lado y lado del jeep abandonado junto al avión, y comenzaron una incierta y asustada marcha por el bosque, siguiendo el más mínimo indicio de actividad reciente. No tardaron ni diez minutos en encontrar al primer infectado. Se trataba de otro de los integrantes del primer grupo, el jefe de la operación en persona. Estaba durmiendo entre unos matorrales, y a duras penas tuvo ocasión de levantarse antes que le abatieran a tiros, al comprobar que estaba ya muy lejos de quien llegó a ser en vida.

Todo había resultado tan sencillo que se crecieron. Ellos eran un grupo muy numeroso, y en principio solo tenían que ir dando vueltas repitiendo esa misma operación hasta dejarlo todo limpio. Si bien podían tardar mucho; varios días, incluso semanas, pues el bosque era inmenso, en idénticas condiciones se les antojaba raro y difícil que algo pudiera salir mal. Parecía hasta divertido, si uno era capaz de obviar el trasfondo macabro. No pudieron avisar de las nuevas noticias, pues todo el equipo de comunicación lo habían dejado en los vehículos. Pensaron que ya tendrían tiempo más adelante, que ahora lo importante no era eso.

Encontraron cuatro cadáveres más por el camino, todos parcialmente devorados, en los que se podían ver claramente las marcas de mandíbulas humanas en la carne. Los reconocieron a todos y los tacharon de la lista. Una hora más tarde del encuentro con el último cadáver, dieron con lo que estaban buscando.

El segundo encuentro fue bastante menos halagüeño que el anterior. En esta ocasión no era uno, sino doce los infectados que yacían durmiendo a la sombra de unos altos pinos, sobre un colchón de fina hierba. Once eran los nombres que aún quedaban por tachar en la lista, de modo que ahí estaban todos, y había una persona más, otro varón. Todos desearon que se tratase del infectado original, de modo que si conseguían abatirlos a todos, el problema quedaría solucionado definitivamente.

Nadie alcanzó a comprender por qué habían optado por permanecer unidos, pero parecían un blanco tan sumamente sencillo, que optaron por entrar a la acción cuanto antes, pese a que les superaban en número. No habían llegado siquiera a acercarse a veinte metros cuando se despertó el primero, y el grito de éste alertó al resto. Parecía incluso que se estuvieran comunicando unos con otros, pese a que ellos sabían que la capacidad intelectual de esos seres no llegaba tan lejos. Todo parecía indicar que trabajaban en manada.

Se levantaron los doce, y comenzaron a correr hacia sus enemigos, ignorando por completo los disparos, pese a que muchos de ellos, la mayoría, les alcanzaban. Dos de ellos cayeron a mitad de camino, pero el resto consiguieron llegar hasta su objetivo, intactos o tan solo con heridas superficiales. La carnicería fue impactante tanto para unos como para los otros. Se les había ido de las manos, y empezaron a caer como moscas, intentando acabar con la vida de quienes a su vez trataban de robarles la suya propia. Varios de ellos murieron por culpa del fuego amigo, el resto por la violencia de los infectados que quedaron en pie. La mitad perecieron en un estado tan lamentable que su muerte fue la definitiva; la otra mitad se sumaron a las filas de los hostiles, enseguida o en cuestión de horas.

En la ciudad no se supo nada del destino del segundo grupo, más allá del informe sobre la muerte de uno de los agentes del primer pelotón, pero la mera ausencia de noticias fue suficiente para hacer cundir el pánico entre todos los habitantes. Quienes tenían con qué abandonar la isla lo hicieron, otros muchos robaron los pocos barcos que quedaban en el puerto deportivo, y el resto, la enorme mayoría, tuvieron que conformarse con seguir viviendo en la ciudad, atemorizados por algo que parecía inminente. No había medios para abandonarla, ni tampoco nadie a quien pedir ayuda; estaban abandonados a su suerte. No fueron pocos los grupos de civiles armados que trataron de hacer algo, adentrándose en el bosque, intentando hacer de la isla un lugar seguro. No se supo nada de ninguno de ellos.

Pasó otra semana y media más antes que el primer infectado alcanzase las afueras de la ciudad, mucho más tiempo del que hubiera podido soñar cualquiera de los que aguardaba con temor ese fatídico momento. Fue el 17 de octubre, el día en el que nada volvería a ser cuanto conocieron los habitantes de la isla.

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comentarios
  1. Sicke dice:

    a veces te odio ¬¬
    cuando mas inteeresante esta la historia de alguien nos cambias para la de otros…..
    otrooo siiiii k ace mucho k no pido 🙂 jijji

  2. Sicke dice:

    eso keria yo!!!!!!!!!!jjijijijiji

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