2×397 – Furgoneta

Publicado: 18/11/2011 en Al otro lado de la vida

397

Jardín circundante al hospital Qinah, ciudad de Nefesh

17 de octubre de 2008

 

Abril se agarró con fuerza a la robusta rama y reptó por ella hacia el tronco. La bata blanca yacía en el suelo, sobre el césped, debajo de la ventana por la que había saltado. Se había hecho una pequeña herida en el brazo derecho, y a punto estuvo de no conseguir agarrarse y caer al suelo, donde, herida e indefensa, habría sido una víctima perfecta para esos seres hambrientos de sangre. Pero lo había conseguido, pese a su torpeza inicial, y ahora respiraba agitadamente, abrazada al tronco del árbol, a horcajadas de la rama sobre la que había saltado.

Se giró sorprendida al escuchar un fuerte golpe tras de sí. Miró por la ventana y vio cómo la habitación de la que acababa de huir empezaba a llenarse de infectados. Si se lo hubiera pensado un poco más, a estas alturas ya hubiera sido demasiado tarde para hacer nada. Desconocía que las puertas fueran tan frágiles, de igual modo que desconocía la fuerza que podían llegar a atesorar los infectados. Vio a uno de ellos, una paciente de avanzada edad que tenía la cabeza rapada y de cuyos brazos aún pendían agujas insertadas en sus venas. Gritó asomada a la ventana, viéndola encaramada al árbol, y enseguida se le sumaron más y más infectados. No los contó, pero estaba segura que habían entrado al menos veinte en ese pequeño cuarto. Por fortuna a ninguno de ellos se le ocurrió saltar por la ventana.

Apurada por los gritos que proferían esas bestias, comenzó a descender por el árbol, rascándose las palmas de las manos y echando a perder la ropa. Temía que todo ese griterío acabase por atraer a otros infectados que estuvieran ahí abajo, y que entre unos y otros la acorralasen en el árbol. Esa sería sin duda su sentencia de muerte, de modo que se dio toda la prisa que pudo, y antes siquiera de darse cuenta ya había dado con sus pies en el suelo. El último metro y medio lo hizo de un salto, y se aguantó un grito al notar el dolor en la planta de los pies. Miró hacia arriba y vio un  par de cabezas y varias manos agitándose en la ventana. De nuevo respiró hondo, tratando de calmarse. Miró la bata; se vio tentada a dejarla donde estaba, pero en el último momento se decantó por cogerla de nuevo, y ponérsela.

Comenzó un peregrinaje a pie, teniendo bien claro que su destino sería el bloque de pisos en el que vivía desde que se había trasladado a la isla. A cada paso que daba los gritos de los infectados de la tercera planta eran cada vez más lejanos. Circundó medio hospital por aquella zona llena de césped, ignorando la prohibición expresa que había en numerosos cartelitos a la altura de los pies, y llegó al parking del hospital.

No encontró a nadie por el camino, y eso le puso aún más nerviosa. En el parking no había ni una cuarta parte de los coches que deberían haber habido a esas horas de la tarde. Caminó hacia la entrada de vehículos, observándolo todo con atención, sobrecogida por el silencio que parecía rodearlo todo, y caminó por medio de la calzada, creyendo estar en mitad de una pesadilla, de un mal sueño del que debía despertar cuanto antes.

No había avanzado ni cien metros por la avenida de las palmeras que daba acceso a la parte frontal del hospital, cuando vio un coche acercándose a toda velocidad, proveniente del centro de la ciudad. Se apartó de la calzada, para evitar ser embestida, y comenzó a caminar por el camino de tierra donde estaban plantadas todas aquellas palmeras. El coche aminoró la marcha cuando estuvo mucho más cerca, y frenó violentamente cuando llegó a la altura de la doctora.

Abril se quedó donde estaba, dispuesta a salir corriendo al primer indicio de peligro. Vio salir a una mujer joven del coche, que corrió hacia ella, agitando los brazos, mientas grandes lagrimones le recorrían las mejillas. Ambas quedaron a la sombra de una de aquellas altas palmeras, a escasos metros del coche, que seguía con el motor en marcha.

AMPARO – ¿Eres médico?

Abril la miró de arriba abajo. Tenía la ropa manchada de sangre, y lucía cortes y arañazos por brazos, piernas, e incluso la cara. Estaba todavía demasiado sobrecogida por lo que acababa de pasar, para poder siquiera reaccionar.

AMPARO – Qué idiota soy, pues claro que eres médico, si no por qué ibas a llevar esa bata. ¡Ven corre!

Amparo la cogió del antebrazo y la atrajo hacia sí, obligándola a dirigirse hacia el coche del que había salido instantes antes. Abril se dejó hacer, y ambas corrieron hacia la parte trasera del vehículo. La chica finalmente soltó a Abril, y ésta se miró la bata, en la que se podía ver ahora la marca de la mano que le había agarrado, que también estaba manchada de sangre.

AMPARO – Es mi abuela. La mordió un chico, un… un niñato de esos que van sucios y con el perro por la calle y que nunca…

La doctora miraba a la anciana que yacía tumbada en los asientos traseros del coche. No hacía falta ser médico para saber que llevaba un buen rato muerta.

AMPARO – Dime que puedes hacer algo por ella. Por favor. Han matado a mis padres y a mi hermano pequeño, esos… Dios, pero…

Amparo se puso a llorar de nuevo. Abril la miró, perpleja, sin siquiera abrir la boca. Se asomó por la ventana, que también estaba manchada de sangre, como gran parte de la carrocería del coche, y creyó ver que una de las manos de la abuela de esa chica movía ligeramente un dedo. De repente Amparo gritó, y cayó aparatosamente al suelo. Abril se apartó, asustada, y vio cómo un par de niños, una pareja, que a duras penas alcanzarían los ocho años, se ensañaban con ella, mordiéndola en la carne ya ajada y golpeándola con sus pequeñas manitas.

Abril aprovechó el momento de confusión para salir corriendo de ahí, desoyendo los gritos de auxilio de aquella pobre infeliz, que de todos modos ya estaba sentenciada mucho antes de que esos chicos la abordasen. Abril corrió, corrió y corrió, y se detuvo cuando vio de lejos la ciudad a la que pretendía entrar. Se quitó la bata manchada de sangre, y la dejó tirada en el suelo, en el lugar donde nacía la vía que daba acceso al hospital. El cielo azul estaba mancillado por un par de columnas de humo negro cuyo punto de origen no era discernible desde esa distancia. Lo que sí vio fue a más infectados por las calles. No lo sabía a ciencia cierta, tal vez fueran persona sanas en busca de ayuda, igual que ella, pero había algo en sus andares, por más lejos que estuvieran, que le convenció que adentrarse en el centro no sería una buena idea.

Se dirigió hacia la zona industrial, en la periferia de la zona residencial, con idéntica sensación de incredulidad y agobio al no encontrar a nadie por el camino. Anduvo durante al menos un cuarto de hora sin encontrarse a nadie. Vio un par de cadáveres por el suelo, eso sí, pero los rodeó, prometiéndose no mirar hacia ahí. Caminaba sin rumbo, y con una creciente jaqueca, cuando al girar una esquina vio a un hombre enorme, de al menos dos metros de altura, desnudo de cintura para arriba, manchado de sangre al igual que tantas personas como persona había visto desde que despertase de su larga siesta.

Se apresuró a meterse debajo de la furgoneta que tenía a su lado, a tiempo de que ese hombre no reparase en ella. Se metió bajo el centro de gravedad del enorme vehículo, respirando agitadamente, y se tapó la boca con ambas manos, temiendo ser descubierta. Vio los pies descalzos del infectado, pues aunque no lo había comprobado estaba segura que se trataba de uno de ellos. Éste caminó pasando de largo la furgoneta, y la doctora le vio alejarse en la distancia y cruzar la misma esquina que ella había cruzado tan solo un minuto antes.

Asustada como no lo había estado en toda su vida, y con un nudo en el estómago que le hacía sentir ganas de vomitar, se puso de nuevo a llorar, debajo de aquella vieja furgoneta blanca.

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comentarios
  1. lulu dice:

    No lo sabía a ciencia cierta, tal vez fueran persona sanas, igual que ella, en busca de ayuda, igual que ella

    has repetido el igual que ella 😉

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