2×401 – Durmientes

Publicado: 22/11/2011 en Al otro lado de la vida

401

Oficina del encargado en jefe de la factoría Sugar, ciudad de Nefesh

18 de octubre de 2008

 

El que más durmió esa noche fue el perro. Todos los demás dormitaron a rachas, con un sueño demasiado ligero y quebradizo. Muy de vez en cuando escuchaban sonidos lejanos, que les recordaban a disparos, pero eran tan vagos que ninguno de ellos pudo estar del todo seguro de si estaban en lo cierto. Sonia y Sandra se pasaron toda la noche y parte de la mañana mirando alternativamente el ruidoso reloj de agujas que había en la pared, al otro lado del escritorio, y fisgoneando por entre las lamas de la persiana veneciana. Durante toda la noche los infectados no pararon de danzar de un lado a otro de la nave, o bien quedarse quietos de pie, durante horas en el mismo sitio sin hacer nada, pero no fue hasta bien entrado el mediodía que empezaron a acomodarse en el suelo para dormir, uno y luego otro y luego otro.

El reloj marcaba las doce y media, y Sandra estaba especialmente insoportable.

SANDRA – Si no salimos ya se van a acabar despertando, y entonces sí que no vamos a poder hacer una mierda.

SONIA – Joder, ya te lo he dicho. Hay cinco, y yo sólo veo a tres dormidos en el suelo, desde aquí. No sabemos dónde están los otros dos.

SANDRA – ¿¡Y qué!?

SONIA – ¿Cómo que y qué? ¿Te olvidas de lo que…?

Abril las miraba, desde detrás del escritorio. Nemesio parecía una estatua, sentado en la silla de oficina, con los dedos de ambas manos cruzados, las manos sobre el regazo. Hacía varias horas que no abría la boca.

SANDRA – No, no me olvido de nada, joder. Pero es que si no nos vamos ahora el barco se irá, ya lo has oído. Y aún saliendo ahora nos va a ir más justo… que la hostia. Deja de darle vueltas porque si no al final nos vamos a quedar aquí encerradas.

Sonia miraba a su hermana, superada por creces por la presión. Sobre ella recaía la decisión de salir o no salir; ella era la adulta de las dos, y daba la impresión que no hubiese una opción correcta. Si se quedaban, perdían el barco y con él la última oportunidad de sobrevivir. Si se iban, las probabilidades de que uno de aquellos infectados acabase por alcanzarlas y darles muerte, eran tan altas que el mero hecho de plantearlo parecía un chiste. Sonia miró a Abril, incapaz de tomar una decisión por sí misma.

SONIA – Si nos vamos ahora, tú te vienes, ¿no?

Abril miró a Nemesio; éste ni se inmutó. Sabía que la pregunta no iba dirigida a él. La doctora negó lentamente con la cabeza. Sonia se disponía a darle la réplica, suplicándole que les acompañase, pero Nemesio se le adelantó.

NEMESIO – Oye, si es por mí, idos, eh.

Abril miró a Nemesio; le temblaban las manos. En realidad se escudaba en él para ocultar su miedo. Pese a que sí había parte de verdad en que no quería dejar solo al anciano, pues con ello estaría firmando su sentencia de muerte, en realidad era mucho mayor el miedo que tenía de volver a enfrentarse a esos seres que la empatía por el ciego.

ABRIL – No podemos dejarle aquí.

SONIA – Sí pues con nosotros no se puede venir, así que tú misma.          Sandra miró a su hermana. Se sintió tentada a soltarle un reproche por su falta de tacto, pero sabía perfectamente que esa era la única actitud que podría mantenerlas con vida. En ese mundo de pesadilla, si pensabas en alguien que no fueras tú mismo, tenías las de perder. Se hizo un silencio incómodo, para todos menos para Nemesio. Él había estado escuchando por la radio durante las últimas semanas mil y una atrocidades sobre lo que había ocurrido en el continente, y desde entonces se había hecho a la idea que si la epidemia acababa por llegar a la isla, esa sería su perdición. A esas alturas, él ya había asumido que sus días habían acabado. Lo único que no quería era acabar siendo uno de ellos, prefería morir de inanición en esa oficina.

ABRIL – No, de verdad, idos vosotras. Nosotros… ya encontraremos la manera de arreglárnoslas.

SONIA – No… ¿Estás segura?

Abril no estaba para nada segura de lo que estaba diciendo. Es más, estaba convencida de que era la mayor estupidez que había cometido en su vida. No obstante, el pánico por salir de ese lugar aparentemente seguro era mucho mayor que el instinto de supervivencia por buscar una alternativa mejor.

ABRIL – Estoy segura.

Sonia se rascó la cabeza. No sabía qué decir. Miró el reloj. Sabía que cuanto más tardase en tomar una decisión, menos posibilidades habría de conseguir nada.

SANDRA – Sonia, cojones, decídete ya. No pienso irme sin ti, pero tampoco me voy a quedar aquí, así que hazte a la idea.

Sonia miró de nuevo a Abril, suplicándole con los ojos que cambiase de opinión. Abril negó con la cabeza. La mayor de las hermanas respiró hondo, y se tiró a la piscina.

SONIA – Vámonos.

SANDRA – ¡Por fin!

Abril se sintió tentada a mostrar su arrepentimiento y pedirles que le dejaran irse con ellas, pero no tuvo valor. Sandra echó el enésimo vistazo por entre las lamas de la persiana veneciana, para convencerse que salir seguía siendo seguro. En efecto, así era, o al menos eso parecía.

ABRIL – Id con cuidado… No…

SONIA – Haremos lo que podamos… Aún estás a tiempo de…

Sonia lo dijo intentando no pensar en Nemesio. Abril negó con la cabeza por enésima vez. Sandra se disponía a abrir la puerta, cuando Abril reparó en algo.

ABRIL – Dejad… dejad las puertas abiertas…

SANDRA – Si, ahora, ¿no? Gilipollas.

Sandra mostró su mayor cara de asco a Abril antes de abrir la puerta y salir por ella como si al otro lado no hubiese peligro alguno. Sonia miró alternativamente a los dos compañeros que dejaba atrás, a los que con toda seguridad no volvería a ver jamás, y siguió a su hermana. Dejaron la puerta entreabierta, y Abril se encargó de cerrarla del todo, antes de ponerse a fisgonear por la ventana. Las vio caminar a hurtadillas por la misma ruta que ella había tomado para entrar en la oficina. Pasaron a pocos metros de uno de los infectados, pero por fortuna no llamaron su atención; parecía estar durmiendo profundamente. Enseguida las perdió de vista detrás de una de aquellas grandes máquinas. Se quedó un minuto más mirando por la ventana, sin ver nada moverse, antes de darse media vuelta y sentarse en la silla en la que había estado sentada Sandra, que aún estaba caliente.

NEMESIO – Tendrías que haberte ido con ellas.

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comentarios
  1. Alba dice:

    He visto un error en la línea 10 “SONIA – Joder, ya te lo he dicho. Hay cinco, [y yo solo se ve] a tres dormidos en el suelo, desde aquí. No sabemos dónde están los otros dos.” Por si quieres corregirlo 🙂
    Llevo enganchadísima a tu novela desde que empecé a leerla, me leo diez capítulos como mínimo al día cuando tengo la ocasión de estar frente al ordenador.
    Saludos de una lectora más.

    • ¡Gracias por la aportación, Alba! Repaso lo escrito varias veces, pero en ocasiones se me escapa alguna cosa, siempre es de agradecer verla señalada para poder corregirla n_n
      Me alegra ver que disfrutas leyéndola, para mi es una gozada ver que con mi trabajo la gente se lo pasa bien. Un saludo y un abrazo, y gracias por todo de nuevo 😀

      David.

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