2×405 – Viaje

Publicado: 26/11/2011 en Al otro lado de la vida

405

Valle del monte Gibah, al centro de la isla Nefesh

20 de octubre de 2008

 

ABRIL – Creo que nos hemos perdido.

NEMESIO – Que no… ¿Tú ves el río desde aquí?

ABRIL – Sí…

NEMESIO – Pues entonces es que vamos bien. Yo no dije en ningún momento que estuviera cerca.

ABRIL – Pero es que llevamos más de una hora y esto… esto ya no es ni un camino de cabras, voy sorteando los árboles, prácticamente. Aquí no hay carretera, ni camino…

NEMESIO – Eso significa que ya falta poco para llegar.

ABRIL – A ver si es verdad…

Abril empezaba a dudar que Nemesio estuviera en lo cierto, y empezaba a preocuparse de verdad. No hacía más que mirar el indicador de combustible del coche que había tomado prestado. En cuanto abandonaron la ciudad, una pequeña lucecita naranja se encendió en el panel de mandos, delatando que el depósito había entrado en reserva, y la doctora temía que el coche les fuera a dejar tirados de un momento a otro. Eso era algo en lo que no había reparado cuando lo encontró, y ahora se lamentaba por ello.

En realidad hacía más de una hora y media que habían partido de la zona industrial de la ciudad. Lo había hecho por la vieja salida del molino de agua, y esa había sido la última indicación del anciano. Desde entonces se habían limitado a seguir el río, a veces muy de cerca, en otras ocasiones perdiéndolo incluso de vista. Al principio el camino estaba asfaltado, y daba acceso a algunas segundas residencias de gente acaudalada, demás campos de cultivo e incluso una vieja casa de colonias. Luego se transformó en un tortuoso camino de tierra, al que al menos se le veía la forma y los límites, pero ahora había perdido toda noción de estar siguiendo una vía; todo cuanto se podía ver eran árboles y más árboles, y el infinito río.

Tan solo habían tenido un encontronazo con infectados en el camino. Fue antes siquiera de abandonar la ciudad. Pasaron por una calle estrecha, subiéndose a la acera, pues una gran furgoneta yacía volcada en mitad de la calzada. Al volver a bajar, dispuestos a seguir adelante, Abril vio cómo uno de los cuerpos que había en el suelo, en la otra acera, se levantaba. Lo había confundido con un cadáver, como tantos otros que se habían encontrado por el camino. El infectado, un hombre de su misma edad, muy delgado, corrió hacia el coche y comenzó a golpear la ventana de Nemesio con los puños cerrados. Bruma comenzó a ladrar, asustada, y Nemesio no hacía más que preguntar a voz en grito que qué estaba ocurriendo. Abril aceleró y tuvo que pasar por encima de un par de cadáveres, estos de verdad, para poder mantener la velocidad sin peligro de volcar el coche por un desafortunado volantazo. Se le encogió el corazón al notar el bamboleo del vehículo al arrollar los cuerpos sin vida de esos dos vecinos, pero consiguió lo que pretendía, y eso era todo cuanto importaba a esas alturas. En menos de un minuto el infectado acabó cansándose de perseguirles, y dio media vuelta. Para entonces, ellos ya habían abandonado la ciudad.

Abril miró de nuevo el indicador de combustible, cerró unos segundos los ojos, y respiró hondo. Cuando los volvió a abrir tuvo que frenar bruscamente para evitar caer por un terraplén. A partir de ese punto había un cambio de cota de más de diez metros, en una pendiente demasiado irregular y demasiado escarpada para que el coche pudiera salvarla.

NEMESIO – ¿Por qué paras?

ABRIL – No puedo seguir por aquí, hay demasiada pendiente. Tendré que buscar otra manera de pasar.

Nemesio abrió su puerta, para sorpresa de la doctora.

ABRIL – ¿Qué hace?

El anciano se llevó el dedo índice a los labios, exigiendo silencio. Abril no dijo nada, pero sí escuchó algo, un ligero zumbido distante que no supo reconocer.

NEMESIO – Ya hemos llegado.

Abril miró al anciano, con el ceño fruncido.

ABRIL – Yo no veo nada.

NEMESIO – La mansión está ahí abajo, junto a la cascada.

ABRIL – Sí, ¿y ahora cómo cruzo yo con el coche?

NEMESIO – Uh, con el coche no podrás. Ésta parte hay que hacerla a pie.

ABRIL – ¿Y cómo va bajar usted a pie por ahí? Es imposible, hay que buscar otra manera.

NEMESIO – Hay que dar demasiada vuelta para poder bajar con el coche. Tú ahora dirígete hacia el río, y deja el coche al lado.

Abril le miró, sin comprender muy bien lo que decía. Se limitó a hacerle caso, pues parecía saber muy bien de lo que hablaba. Guió el coche en paralelo al inicio de la pendiente hasta que alcanzó el río. Ahí el ruido era tan intenso que no le cupo la menor duda que habían llegado al famoso salto de agua. Abril apagó el motor del coche, y salió, no sin antes escrutar concienzudamente todo cuanto tenía alrededor, pese a que no había encontrado signo alguno de hostilidad por el camino.

A la izquierda el río parecía desaparecer, y era de ahí de donde manaba todo el ruido. Dio un par de pasos hacia el borde de la zona por la que podía circular el coche, contemplando la cascada desde arriba, impresionada por su tamaño, y lo bella que resultaba. Entonces vio el primero de los muchos escalones de una especie de escalera de piedra que zigzagueaba por toda la pendiente hasta la parte más baja. Caminó un poco más, y fue entonces cuando la vio.

Era mucho más grande y bella de cuanto ella pudiera haber imaginado. Creía encontrarse en otro mundo, incluso en otra época, en la que los problemas de los que huían eran absurdas fantasías en la mente de un niño aburrido. Le gustó cuanto vio, y se convenció que ese sería el lugar en el que pasaría una muy larga temporada. Además, sabía que no podría volver a la ciudad, en las condiciones en las que estaba el coche, y aunque pudiera hacerlo, si el depósito aguantaba, lo que seguro que no podría hacer sería volver de nuevo hasta ahí, no sin encontrar otro método de transporte. Nemesio y Bruma aparecieron junto a ella. La doctora había perdido la noción del tiempo, observando maravillada la imponente mansión.

NEMESIO – ¿Y bien? ¿Qué te parece?

ABRIL – Está… está de puta madre, abuelo.

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