2×407 – Bebe

Publicado: 28/11/2011 en Al otro lado de la vida

407

Mansión de Nemesio, isla Nefesh

20 de octubre de 2008

 

Abril llegó a la cocina, después de haber abierto otras dos puertas equivocadas en aquél largo y tenebroso pasillo. Si bien el estar dentro de la mansión le ofrecía la seguridad que tanto había echado en falta durante el viaje, había algo entre esas paredes que le ponía los pelos de punta.

Estornudó otra vez, por culpa del omnipresente polvo. La cocina era enorme; ella nunca había estado en la cocina de un restaurante, pero supo que debían ser de ese tamaño, al menos las más grandes. Caminó arrastrando los pies, dejando una marca irregular en el polvoriento suelo, hasta quedar cara a cara con las picas de lavar los platos. El estómago le rugió por enésima vez ese día; ella ya había aprendido a ignorarlo.

NEMESIO – ¿¡La encuentras o qué!?

ABRIL – ¡¡Sí!!

Nemesio estaba todavía en el vestíbulo, acompañado por su incondicional amiga canina. Ella ya no tenía sed, pero su amo hubiera cambiado toda esa mansión por un vaso de agua en esos momentos. Abril dio otro paso al frente y giró uno de los grifos, más adormilada que expectante. No ocurrió nada.

Al par de segundos empezó a escucharse un ligero ruido grave, que se fue intensificando hasta que un chorreón de agua de color marrón manó del grifo. Abril esperó unos segundos más, y entonces el agua se volvió cristalina. Sintió ganas de amorrarse ahí mismo y dejar la boca bajo el grifo durante horas, para saciar su desmesurada sed, pero no lo hizo. Lo que hizo fue abrir varios armarios hasta que dio con una jarra y un vaso de cristal. Todo parecía demasiado caro, demasiado lujoso y demasiado antiguo.

Llenó la jarra hasta arriba de agua, y miró el vaso vacío. Negó con la cabeza y salió de la cocina, desandando los pasos que había dado hasta encontrarla. De vuelta al vestíbulo se encontró de nuevo con Nemesio y Bruma, que yacía tumbada en el suelo.

NEMESIO – ¿Has conseguido agua?

ABRIL – Sí…

NEMESIO – ¿Y a qué estás esperando? Dame un poco, por el amor de Dios.

Abril miró la jarra, llena de agua fresca, luego miró de nuevo a Nemesio, que empezaba a impacientarse de verdad.

ABRIL – Abuelo…

NEMESIO – ¿¡Qué!?

ABRIL – ¿De dónde viene esta agua?

NEMESIO – ¿Qué más da de dónde venga el agua?

Abril se mantuvo en silencio, a un par de pasos del anciano. Nemesio resopló; su impaciencia se estaba tornando en enfado.

NEMESIO – ¿De dónde crees que va a venir? Del río, joder. Viene del río. ¿Qué más da de dónde venga?

ABRIL – ¿Y quiere decir que… el agua… será buena?

NEMESIO – ¡Pues claro que sí! He bebido mil veces el agua de aquí, y mira hasta dónde he llegado.

Abril le miró, viejo como era. Su argumento tenía incluso cierto sentido.

ABRIL – No me entiende, quiero decir…

NEMESIO – Haz el favor de darme la maldita agua ya.

Abril se acercó al anciano y le ofreció la jarra con una mano y el vaso con la otra, actuando sin pensar. Podría haberle dado un vaso lleno directamente, pero algo le invitó a no hacerlo, como si en cierto modo se desentendiese de lo que estaba ocurriendo. Vio cómo llenaba el vaso a mala gana, vertiendo la mitad en el suelo, para luego ignorar el vaso y beber directamente a morro de la jarra, mientras la mayor parte del agua le chorreaba por la barbilla y le manchaba la ropa que llevaba ya varios días sin cambiarse. Abril sintió un escalofrío. Debería haber sentido envidia, y haber salido corriendo de vuelta a la cocina o a un baño para hartarse a agua, pero no lo hizo.

NEMESIO – Quiero más.

Abril comprobó que la jarra ya estaba vacía. Bajo el anciano había un pequeño charco.

ABRIL – Acompáñeme.

Nemesio asintió y Abril le guió hasta la cocina, donde él mismo se encargó de llenar una y otra vez el vaso, hasta acabar empachado de tanta agua, hasta que empezó incluso a dolerle el estómago. Abril se había sentado sobre una encimera, al lado de unos viejos fogones de gas, y llevaba ahí varios minutos en silencio, mirando las musarañas.

NEMESIO – ¿Tú no bebes?

Abril salió de su ensimismamiento y miró al anciano, pero no respondió.

ABRIL – ¿Hay comida en esta casa?

Nemesio agachó la cabeza.

NEMESIO – Me temo que no… Se vació por completo la despensa la última vez que estuve aquí, hace… puede hacer fácilmente catorce o quince años.

ABRIL – ¿Y entonces qué hacemos?

Abril estaba muy desanimada. Tenía mucha sed, y mucha hambre. Se sentía mal.

NEMESIO – Tenemos… bueno, pero habría que salir fuera.

ABRIL – Dígame.

NEMESIO – ¿Has visto el invernadero, ahí fuera?

ABRIL – Sí.

NEMESIO – Pues… ahí dentro puede quedar aún algo… Nadie se ha encargado de ello en todo este tiempo, pero ahí lo dejamos todo cuando nos fuimos… Si alguna planta ha conseguido sobrevivir a todo este tiempo… Bueno y luego están los árboles. Hay un montón junto al invernadero. Todos son árboles frutales. Aunque a estas alturas…

ABRIL – Voy a ver.

Abril dio un salto y se plantó en el polvoriento suelo. Dio un par de pasos hacia la entrada de la cocina.

NEMESIO – ¿No piensas beber agua?

Abril se giró, sintiendo una gran contradicción interna.

ABRIL – No tengo sed.

Salió de la cocina a toda prisa, antes que el anciano pudiera preguntarle nada más. Corrió y corrió por el pasillo, hasta llegar al comedor. Lo cruzó y salió al vestíbulo. Abrió la puerta principal sin preocuparse por lo que pudiera encontrarse al otro lado, y el ruido de la cascada lo envolvió todo de nuevo. Estando dentro había llegado incluso a olvidarlo. Miró alrededor; no había nadie por ahí. Caminó lentamente hacia el invernadero, bajo el sol de justicia que hacía esa calurosa tarde de otoño, martirizándose por si darle de beber al anciano había sido un error, o si por el contrario el error era el no haber hecho igual que él. En cualquier caso, tenía demasiada sed y demasiada hambre para pensar con claridad.

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