Archivos para diciembre, 2011

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Cala rocosa en la costa meridional de la isla Nefesh

24 de octubre de 2008

 

ABRIL – Tendríamos que haber cogido… un carro o algo, para poder llevarnos más cosas. Vi carretas en el establo, deberíamos haber cogido una cada uno y así por lo menos podríamos haber aprovechado el viaje… No me habías dicho que había tanto.

CHRISTIAN – Te dije que había mucho.

ABRIL – Pero… vamos a tener que dar muchos viajes para poder llevarnos todo esto.

CHRISTIAN – Como si tuviéramos nada mejor que hacer.

Abril estaba sobre la barca, revisando una a una todas las cajas que había ahí encima. Por fortuna no había llovido desde que llegaran a la isla, y todas seguían intactas. Christian estaba especialmente irascible. Sentía rabia principalmente porque ahí no había nadie. Habían llegado hasta la cala sin ningún problema, y por una ruta más corta y llana incluso de que la habían tomado él y Maya para ir a la mansión, pero al llegar, lo encontró todo exactamente igual que lo habían dejado. También sentía rabia al ver a Abril hurgando entre las cosas que tanto les había costado recolectar a ellos. Al verla ahí, sentía la impresión que eso cerraba definitivamente un capítulo de su vida, que ello no hacía más que confirmar que realmente sus amigos habían muerto, que no les volvería a ver jamás.

Le dio una patada a una piedra, sobre la arena, y la hizo chocar contra el tronco de uno de los árboles que tenía delante. Hacía bastante calor. Se preguntó qué día sería, si ya habría acabado el verano. No sabía en qué día vivía, ni siquiera en qué mes. Se quedó sobre la arena unos minutos más, sentado sobre una roca, haciendo garabatos en la arena con una rama seca.

Se estaba levantando, dispuesto a coger su parte y partir de ahí de una vez por todas, cuando vio algo moviéndose a lo lejos, en la costa, a su derecha. Se alarmó sobremanera. Le extrañaba mucho no haber encontrado compañía por el camino, y ahora le sobrevino una mezcla de apatía y miedo al ver que no estaban solos. Se quedó quieto, aguantando la respiración. Estaba tan lejos que no era capaz de distinguir nada, pero resultaba indiscutible que era una persona, una persona que venía corriendo hacia ellos.

ABRIL – ¿Me vas a ayudar o qué?

CHRISTIAN – ¡Calla!

Abril se giró hacia él, extrañada por su actitud. Christian agarró la escopeta manchada de arena del suelo, y comprobó por enésima vez que estuviera en plenas facultades para disparar. Dio un paso al frente, y colocó el arma en actitud defensiva, sin parar de observar esa pequeña silueta que se acercaba cada vez más. Tan solo tendría que quedarse quieto esperando que se acercase lo suficiente, y disparar. No parecía demasiado difícil.

No tardó mucho más en darse cuenta de qué se trataba. Entonces tiró la escopeta a un lado, al suelo, y salió corriendo hacia ese otro extremo de la costa. Abril no comprendía nada, pero tampoco sentía miedo, tan solo curiosidad.

Zoe empezó a gritar su nombre; ella lo había distinguido a él mucho antes que él a ella. Ambos corrieron con todas sus fuerzas, hasta que se encontraron, agotados, a unos cien metros de la barca.

Tuvieron que frenar al encontrarse, y sin tiempo siquiera de mediar palabra, ambos se fundieron en un sincero y emotivo abrazo, mientras el agua salada les cubría los pies, sobre la arena. Christian alzó a su pequeña amiga y dio un par de vueltas sobre sí mismo, haciéndola girar en el aire, sintiendo como si el corazón fuese a salírsele del pecho. Ambos estaban llorando, con una gran sonrisa en la boca. Christian la dejó en el suelo y la observó, sin poder parar de llorar de felicidad. Jamás hubiera pensado que le sentaría tan bien volver a ver a esa chiquilla a quien tanto le gustaba hacer rabiar.

Había algo diferente en ella: era la ropa. Ahora llevaba unos tejanos y una camiseta de Hello Kitty de manga larga, con las mangas dobladas hasta el codo. Incluso el calzado era nuevo. Se preguntó de dónde habría sacado todo eso, y echó una ojeada más allá de ella, de donde ella venía. No había nadie más. Bastante desilusionado, se tranquilizó enseguida, pero ella empezó a llorar con más ganas, con un rictus bastante feo en la cara. Christian la atrajo hacia sí y la abrazó de nuevo, mientras le mesaba el cabello con la mano.

CHRISTIAN – Ya está, Zoe, ya pasó.

Poco a poco la niña se fue tranquilizando, y el llanto se fue sustituyendo por una tímida sonrisa.

ZOE – ¿Dónde estabais? Llevo… ¿De dónde vienes y… y quién es esa?

Zoe miraba a Abril desde lejos, sin molestarse en ocultar su disconformidad con su presencia sobre la barca. No veía a Maya por ninguna parte, y eso no le gustaba.

CHRISTIAN – Os estuvimos esperando, pero al final nos… nos tuvimos que ir.

ZOE – ¿Dónde está Maya?

CHRISTIAN – Está… Ella está bien, no te preocupes. Hay una casa, en el bosque. Ella está segura ahí dentro.

ZOE – ¿Y ésa quién es?

CHRISTIAN – Ella estaba en la casa, cuando llegamos. Es de fiar… Pero… dime, ¿dónde están los demás?

ZOE – No lo sé.

Christian arrugó la frente. Esperaba una respuesta, cualquier otra respuesta menos esa. Se la temía, pero no por ello dejó de sorprenderle.

CHRISTIAN – ¿No sabes dónde están?

ZOE – No. Les perdí el otro día, cuando os dejamos a Maya y a ti, que estabas durmiendo.

CHRISTIAN – ¿Llevas sola desde el otro día?

ZOE – Sí…

Zoe empezó a llorar de nuevo. No pudo evitarlo. Christian sintió una punzada en el corazón, y la abrazó de nuevo. Nunca había sido así; hasta la fecha podría haber contado con los dedos de una sola mano las veces que había dado un abrazo, pero ahora todo era distinto. Ahora sabía que debía hacerlo, y no se avergonzaba por ello. Esa muchacha era su familia.

CHRISTIAN – Tranquila, ahora estás a salvo. Les encontraremos. Te lo prometo.

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2×423 – Caja

Publicado: 12/12/2011 en Al otro lado de la vida

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Bosque de coníferas al sur de la isla Nefesh

24 de octubre de 2008

 

ABRIL – Bueno, de todas maneras, con esto no hay suficiente. Tendríamos que coger lo menos el doble cada uno, para ir bien.

CHRISTIAN – Pues déjalo ahí, ya cogeremos todo lo que haga falta de la barca. Hay de sobra.

ABRIL – Es que no sé… al igual se la han llevado ya, y al final nos quedamos con las manos vacías…

CHRISTIAN – Pues cógelo, yo que sé.

Abril levantó la caja por enésima vez, comprobando lo que pesaba.

CHRISTIAN – A ver, yo lo que tengo es prisa, no quiero pasarme fuera todo el día.

ABRIL – Venga va, dejémoslo aquí. Pero antes comamos y bebamos algo, ni que sea para no desaprovecharlo.

Christian resopló, pero acabó accediendo. Era un día muy soleado, y hacía un rato que tenía ganas de beber. No le vendía nada mal un trago.

Ambos se sentaron junto a la caja, y dieron buena cuenta de su contenido. Christian enseguida se dio cuenta que con eso, Maya y él no hubieran tenido para muchos días, si lo de la mansión no hubiera salido bien. La caja era demasiado pequeña. El ex presidiario estaba haciéndole un pequeño interrogatorio a su compañera, ni que fuera para mantenerla entretenida pensando en otras cosas, ya que aún no había ideado una excusa para justificar la presencia de la caja ahí en medio. Ella no había comido nada, pero había bebido un litro entero de agua embotellada, y ahora tenía el estómago hinchado.

CHRISTIAN – Y… ¿no ha llegado más gente, en barco o en avión, a esta isla? Me extraña mucho que estando sana no se haya corrido la voz y haya empezado a llegar gente de todos lados.

ABRIL – Sí, vino mucha gente, sobre todo franceses. Todos por mar, por eso… el único avión que ha llegado, al menos que yo sepa, fue el que… el que lo jodió todo. Había barcos de todos los tamaños y colores en el puerto y… más allá, y además venían abarrotados de gente. Ahora ya no queda ni uno. Se los llevaron todos cuando… cuando empezaron las noticias sobre los asesinatos en el bosque. Los que habían venido no se fiaron y se fueron enseguida, y el resto… se fueron yendo poco a poco. Y eso aunque nosotros no… no se envió ninguna señal de que la isla estaba sana, la policía se encargó de eso.

CHRISTIAN – ¿Cómo?

ABRIL – Sí. Sabíamos que todo el continente estaba… perdido, como la mayoría de las islas grandes… Por las noticias, hasta que dejamos de recibir señal de satélite. Éramos conscientes que habíamos tenido mucha suerte, y no convenía un efecto llamada, porque más tarde o más temprano, llegaría alguien infectado, y… eso, que no era una buena idea.

CHRISTIAN – Pues eso no debería ser así.

ABRIL – No, a ver, piénsalo. Es cuestión de estadística. La gente hace verdaderas locuras por preservar la vida de un familiar, o un amigo. Y es lo que te digo, que llegó muchísima gente por barco. Y llegó gente infectada, no te vayas tu a pensar que no, pero tanto los policías, los bomberos y un montón de voluntarios, se encargaban de revisar cada barco que llegaba, y a la que encontraban a alguien que estuviera enfermo se le… no se le permitía entrar en la isla, y si enfermaban mucho… bueno, ya te lo imaginas.

CHRISTIAN – ¿Los sacrificaban, como a los perros?

ABRIL – No es tan sencillo. Siguiendo esa pauta duramos un mes más que vosotros.

Christian arrugó la frente. Él no se consideraba parte de ningún grupo, poco más que un superviviente anónimo.

ABRIL – Pero que da igual, ahora ya… da igual. Estamos igual que el resto, pero encerrados aquí, porque ya te digo yo que no vas a encontrar medio alguno con el que salir de la isla. Pasé por el puerto, antes de ir a la mansión, y… estaba todo desierto.

CHRISTIAN – Lo sé…

Christian recordó cómo estaba el puerto de Iyam, y se hizo a la idea.

CHRISTIAN – Lo que no entiendo, es cómo pudisteis controlar la gente que venía… Digo… Me has dicho que la cuidad no es tan grande, ¿cómo sabéis que no entró nadie más por cualquier otro punto de la isla? Es enorme.

ABRIL – Ah… pues no sé. Supongo que rodearían la isla, hasta que encontraron la ciudad. No sé, digo yo. Es lo lógico. Eso es lo que haría yo, si llegase a cualquier isla.

CHRISTIAN – Sí… supongo… Nosotros llegamos a pensar que habíamos llegado a una isla… deshabitada.

ABRIL – ¿Pero de dónde veníais, vosotros?

CHRISTIAN – De Iyam, pero… Perdimos bastante el rumbo por el camino… Llegamos aquí por casualidad, como aquél que dice, nos dirigíamos de vuelta a la costa. Al continente, como tú dices.

ABRIL – ¿Al continente para qué?

CHRISTIAN – Para… para estar cerca de algún sitio en el que coger para comer y para beber.

ABRIL – ¿Y no hubiera sido más fácil coger una destiladora de agua salada y una red, para pescar?

CHRISTIAN – Dicho así suena hasta sencillo. No es tan… no es tan fácil.

ABRIL – No sé, yo no tengo ni idea.

Se mantuvieron en silencio un par de minutos, notando la suave brisa que corría por entre los troncos de los árboles, escuchando el cantar de los pájaros.

ABRIL – ¿Qué pensáis hacer?

CHRISTIAN – ¿Eh?

ABRIL – Sí… que si os queréis quedar en la casa, para siempre.

CHRISTIAN – ¿Que molestamos?

ABRIL – No, no lo digo por eso. De verdad.

CHRISTIAN – Ahm.

ABRIL – Lo digo por vuestros amigos…

CHRISTIAN – Sí… sé lo que dices. Eso ya lo he pensado. De hecho… te dije de venir a la barca en parte por eso.

Abril arqueó las cejas.

CHRISTIAN – A ver, hay comida ahí, no te estoy mintiendo. Pero… nos habían dicho que los esperásemos ahí. Yo… todavía espero encontrarlos. De estar… no hay otro sitio donde pueda ir a buscarlos. Si no están ahí… no tengo ni idea de por dónde empezar a buscar.

ABRIL – Entiendo. Bueno… podrías ir a la ciudad.

CHRISTIAN – ¿A buscarles?

ABRIL – No hay mucho más en esta isla. Si están… bien, no se me ocurre otro sitio donde hayan podido ir a parar.

CHRISTIAN – No sé… espero encontrarles… Si no… Yo que sé. Bueno, ¿seguimos ya, o qué?

ABRIL – Sí.

Abril se levantó del suelo, y se limpió de tierra el trasero golpeándolo con las palmas de las manos abiertas. Christian se levantó de un salto, y sin mediar palabra prosiguieron el camino.

2×422 – Cerca

Publicado: 11/12/2011 en Al otro lado de la vida

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Bosque de coníferas al sur de la isla Nefesh

24 de octubre de 2008

 

ABRIL – Esto… esto es que debe haber alguien más por aquí cerca.

CHRISTIAN – Sí… quizá sí.

Abril observaba con la curiosidad de un niño el cadáver del infectado con la rama clavada en el ojo, arrodillada junto a él. Christian sostenía la escopeta con ambas manos, deseoso de partir cuanto antes. Era la segunda vez que pasaba por ahí en menos de veinticuatro horas, y ese lugar le traía demasiados malos recuerdos.

ABRIL – Sí, fíjate. La sangre es bastante reciente. Quien quiera que sea el que haya hecho esto, no debe hacer más de un día que pasó por aquí. Incluso os lo podríais haber cruzado ayer. ¿Seguro que no visteis a nadie?

CHRISTIAN – ¿Podemos irnos?

Abril arrugó la frente. Estaba emocionada por el hallazgo, y no comprendía la actitud de su compañero de viaje.

ABRIL – Al igual ha podido ser alguno de tus compañeros, esos que dijiste que iban con vosotros…

Christian se mantuvo en silencio, acrecentando la desconfianza de la doctora.

ABRIL – O alguien más que pueda rondar por aquí, pero me extraña que se hayan separado tanto de la ciudad… Aquí… no hay nadie. Mira, fíjate. Lo han clavado perfecto. Si lo hubieran hecho con cualquier otro ángulo no hubieran llegado tan hondo, y no habría servido para nada. Estos… aguantan mucho. El que sea que lo haya hecho, sabía muy bien lo que hacía.

El chico tragó saliva. Cada vez era más consciente que lo que había tenido era un gran golpe de suerte, nada más. Abril se quedó un rato más observando las cicatrices de quemaduras en las piernas del cadáver del infectado. Había algo en ellas que no era para nada normal, y ello, aunque solo fuera por deformación profesional, le resultaba muy interesante. Daban la impresión de ser muy recientes y al mismo tiempo muy, muy viejas. Nunca había visto nada así en todos sus años ejerciendo. Un halo de misterio contranatura envolvía ese extraño nuevo mundo, y a ella le parecía fascinante.

Finalmente se levantó, para goce de Christian, y se disponía a continuar hacia el sur, hacia la barca, cuando vio las gafas de Maya en el suelo. Igual de sorprendida y entusiasmada, las agarró y las observó, como si pretendiera encontrar en ellas una importante revelación. Christian empezaba a temer que la doctora descubriese que le habían mentido, pero era consciente que no disponía de motivos para ello. A ese infectado podría haberlo matado cualquiera, y esas gafas podrían haber pertenecido a cualquiera. No había nada que les pudiera delatar.

ABRIL – ¡Mira! ¿Alguno de tus compañeros llevaba gafas?

Abril se giró hacia Christian, mientras miraba por la única lente, comprobando que no eran gafas meramente estéticas, sino que estaban graduadas. Se sorprendió que a esas alturas todavía hubiese gente que no estuviera vacunada.

CHRISTIAN – No. Ninguno de nosotros llevaba gafas.

No pudo evitar sentirse mal por mentir de nuevo.

ABRIL – Pues el que quiera que se pelease con éste, llevaba gafas. Porque… son muy pequeñas para ser del infectado.

Christian asentía con la cabeza, haciendo el paripé. Finalmente Abril acabó por cansarse y tiró las gafas al suelo.

ABRIL – Bueno va, sigamos.

CHRISTIAN – Sí, mejor será.

Prosiguieron su camino, con Christian siempre a la cabeza. Habían partido hacía cerca de media hora de la mansión. Christian no recordaba para nada la ruta que habían tomado él y Maya para llegar, pero a juzgar por el desafortunado hallazgo, iban por buen camino. Fue Abril la que encontró el cadáver, y le obligó a desviarse para echar un vistazo. No habían encontrado hostilidad alguna en todo ese tiempo, ni tampoco ningún otro tipo de señal que indicase que nadie más hubiese estado por la zona últimamente. Todo estaba demasiado tranquilo y, a diferencia de cómo se sentía antes de partir, Chris había cogido algo de miedo, más ahora al recordar la trifulca de la tarde anterior, de la que había salido con vida por los pelos. Temía ver aparecer a Morgan tras cualquier arbusto, a la niña que había mordido a Maya, a cualquier otro infectado. Llevaba todo el tiempo el arma cargada en las manos, y no hacía más que mirar en todas direcciones, desconfiando de cualquier ruido, siempre alerta. Abril, por el contrario, iba perdiendo cada vez más la aprensión. Se sentía protegida al tener alguien armado junto a ella, hasta el punto de bajar la guardia por completo. Como tan solo había visto infectados en la ciudad, una parte de su cabeza le decía que no encontrarían compañía alguna por el bosque. Además, y según el falso relato de Christian y Maya, ellos mismos no se habían encontrado  ninguna sorpresa por el camino la tarde anterior, motivo de más para confiarse.

A duras penas habían avanzado un par de minutos, cuando Abril volvió a llamarle la atención, ilusionada y sorprendida. Christian estaba demasiado pendiente de encontrar a quién disparar, que no se fijó en la caja hasta que fue demasiado tarde. Habían tomado el mismo camino que él había hecho corriendo la tarde anterior, con Maya en brazos, básicamente porque era el único libre de zarzas y demás arbustos por el que seguir dirigiéndose hacia el sur. La caja estaba en mitad del camino, como con un gran letrero de neón exigiendo que se le prestara atención.

El chico vio cómo su acompañante se acercaba y la abría, impresionada por cuanto encontraba dentro. Al mismo tiempo él no paraba de pensar en excusas para darle a entender que eso no tenía nada que ver con ellos. Sentía que no sabía mentir, y no sabía cuánto más tiempo podría seguir respondiendo a sus preguntas sin que se le notase. Incluso dudaba que Abril no estuviera ya al tanto. Había algo en la manera cómo le miraba que le hacía desconfiar. Respiró hondo y se acercó hacia donde estaba la doctora, arrodillada junto a la caja abierta. Se esforzó por fingir sorpresa, arrepentido de no haber tenido mejor orientación, para llevarla por otro camino.

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Mansión de Nemesio, isla Nefesh

24 de octubre de 2008

Christian y Maya charlaban en la pequeña sala atiborrada de trastos, junto a la única puerta practicable de la casa que daba al exterior. Abril estaba en algún sitio de la mansión, haciendo los últimos preparativos para partir cuanto antes.

CHRISTIAN – ¿Sólo eso?

MAYA – Sí… y diría que menos que ayer.

Hablaban de cómo se sentía Maya, a cerca de un día del fatal mordisco. Tan solo le dolía un poco la cabeza, y eso era todo. No notaba ningún otro malestar, y ambos tenían constancia que a esas alturas ya debería haber empezado el declive de su salud, aunque fuera tan solo en pequeños detalles.

CHRISTIAN – Y eso no… ¿eso no puede ser por las gafas?

Maya arrugó la frente, giró levemente la cabeza, observando a su acompañante.

MAYA – ¿Cómo  por las gafas?

CHRISTIAN – Si, piénsalo. Perdiste las gafas, y ahora no debes ver bien del todo, ¿no? Es normal que te duela un poco la cabeza.

Maya se quedó un rato pensativa. Lo que decía el chico tenía bastante sentido, y sintió rabia al no haber pensado ella misma con anterioridad. En realidad, ahora que se fijaba, veía perfectamente. No era mucha la graduación que tenía, pero suficiente para notar si llevaba o no las gafas. No obstante, se fijó y se dio cuenta que no las echaba en falta,  para nada. Eso le dejó todavía más extrañada.

MAYA – Pues al igual sí, tienes rasón

CHRISTIAN – Perdona. Sé que no… que no quieres hablar de esto.

MAYA – No… no, tranquilo.

CHRISTIAN – Ojalá no sea nada, de verdad.

Christian se inclinó y dio un beso en la mejilla a Maya, que seguía sentada en su silla de ruedas. La muchacha se sorprendió, pero enseguida apareció Abril por la puerta que tenía a sus espaldas y rompió el momento.

ABRIL – ¿Bueno qué, nos vamos ya?

Christian asintió, y abrió la puerta, dejando entrar otro chorro de luz, aparte del que se filtraba entre los tableros y las cortinas de la única ventana de esa especie de recibidor desproporcionado. Abril salió al exterior, y los chicos se quedaron de nuevo a solas.

CHRISTIAN – Intentaré que tardemos lo menos posible.

MAYA – Ten mucho cuidado, y lleva siempre la escopeta preparada, por lo que pueda pasar.

El chico asintió enseguida. La llevaba a la espalda, sabía utilizarla, y no dudaría en hacerlo.

CHRISTIAN – Adiós Maya.

MAYA – No, adiós no. Hasta luego.

CHRISTIAN – Eso.

Christian la observó un par de segundos más, y luego salió por la puerta, cerrando tras de sí con un portazo. Maya quedó sola en la sucia sala, ignorante por completo de si volvería o no a verles. Dio media vuelta, con la dificultad añadida que ofrecía la vieja silla, y la guió hacia la sala en la que había muerto Nemesio. Se echó como pudo sobre el sofá en el que había dormido Abril las noches que le había acompañado en su agonía, y se quedó mirando el techo de madera, y las barandas que daban a la planta superior, donde había almacenados cientos de libros en docenas de estanterías que ocultaban las paredes. No le apetecía leer, de lo contrario se hubiera podido hartar.

No podía hacer otra cosa que pensar en su futuro, en el hecho de si lo tenía o si por el contrario ya lo había perdido para siempre.

Desde que descubriese aquél feo mordisco en su pierna la tarde anterior, no había podido quitárselo de la cabeza. Desde entonces había ido cambiando de la amarga asunción a la ingenua esperanza, cambiando a cada momento de estado de ánimo, incapaz de contenerse, notando cómo moría por dentro por no poder obtener ya la respuesta, fuera cual fuese.

Ella albergaba, al igual que todas y cada una de las personas que se habían infectado antes que ella, la vana esperanza de ser uno de los elegidos. La mayoría de ellos eran incapaces de asumir que ya no había nada por lo que luchar, incluso después de que la enfermedad se volviera indiscutible a ojos de cualquier hijo de vecino. Prácticamente todos acababan por rogar a Dios una segunda oportunidad, incluso los que en vida se habían declarado rotundamente ateos. Sobre todo ellos. Muy pocos recibían la recompensa deseada a esas plegarias, y los que sí lo hacían, raramente sobrevivían mucho más tiempo a los ataques de los infectados de ahí en adelante.

Maya se diferenciaba en algo de la mayoría. Ella no era creyente, y ni se le había pasado por la cabeza pedir ayuda a nadie. Estaba dispuesta a lidiar con lo que quiera que fuese que tuviera que pasar con ella, lo que le mataba era la incertidumbre. En lo que sí que no se salvaba era en la ilusión por no haber resultado infectada. Pensaba una y mil veces que la saliva de esa niña pudiera no haberse filtrado a su cuerpo, que no hubiera habido suficiente cantidad para dañarla, o que realmente pudiera no afectarle. Pero todo eran elucubraciones, ideas felices que de poco servían en el mundo real.

La muerte de Nemesio, lejos de convencerla de tirar la toalla y abandonarse al pesimismo, había movido algo en su interior, algo que le obligaba a aferrarse más que nunca a la vida. Había estado hablando con Abril y sabía que él, a esas alturas, ya estaba mucho peor que ella. También era verdad que él ya era un anciano, que resultaría más vulnerable, pero cualquier motivo de esperanza era más que suficiente para tener algo a lo que aferrarse. Tenía miedo, muchísimo miedo. Había visto morir a toda su familia, y ella no quería tener el mismo destino, al menos no de esa manera. En el mismo lugar donde Nemesio sentía curiosidad morbosa por convertirse, ella sentía la más profunda repugnancia. No quería volverse un monstruo degenerado, arrastrándose por el suelo con los brazos, en busca de cualquier cosa que llevarse a la boca. Sentía escalofríos cada vez que lo pensaba, y por ello trataba de no pensar, pero era incapaz.

Siguió cerca de una hora dándole vueltas, esperando ver nacer en sí los primeros síntomas de la enfermedad, que se negaban a aparecer, sin poder evitar pensar en un destino mejor, hasta que acabó por quedarse dormida.

2×420 – Establo

Publicado: 10/12/2011 en Al otro lado de la vida

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Establo abandonado junto a la mansión de Nemesio, isla Nefesh

24 de octubre de 2008

 

Dejaron el cuerpo sobre el sucio suelo del establo. Estaba lleno de tierra y hojas secas, que habían ido entrando a lo largo de los años por las ventanas rotas. La iluminación era escasa, y ese ambiente de semipenumbra no hacía más que apresurarles a salir de ahí cuanto antes. Ambos estaban sudorosos y agotados por el esfuerzo y por el camino bajo el sol. Descansaron unos segundos junto a la puerta, mirando a Nemesio, incapaces de creer que pudiera levantarse de un momento a otro. Fue Abril la que tuvo la idea de dejarle ahí, Christian ni siquiera sabía que detrás de todos esos matorrales hubiera un establo. La intención original era tan solo la de sacarlo de la mansión. Ahora todo parecía más difícil. Ambos sentían que dejaban algo a medias.

CHRISTIAN – ¿No deberíamos… enterrarlo, o algo?

ABRIL – Perderíamos demasiado tiempo… Ya es tarde, y para ir y volver… vamos a tardar lo nuestro. Y eso si no nos perdemos.

Christian se rascó la barba, pensativo. Le molestaba tener tanta, y pensó que esa misma noche se afeitaría.

CHRISTIAN – Sí… tienes razón. Pero… no me quedo tranquilo, dejándolo aquí tirado, sin más.

Ambos dejaron pasar otro rato más, en silencio. Ahí el ruido de la cascada resultaba mucho más molesto.

ABRIL – Deberíamos quemarlo.

CHRISTIAN – ¿Qué dices?

Christian arrugo la frente, se colocó mejor la escopeta al hombro y miró de nuevo al viejo. Se imaginó a ellos mismos echándole gasolina al cadáver y luego tirando una cerilla sobre el cuerpo. No le hizo la menor gracia.

ABRIL – Sí, piénsalo. Eso, o cortarle la cabeza.

CHRISTIAN – ¿Pero qué estás diciendo,  estás loca?

ABRIL – No quiero ser yo la que tenga luego que lamentar nada. Si es verdad que vienes de donde vienes, bien sabes de qué hablo.

CHRISTIAN – No, sí, pero no podemos… Dios, no.

Abril miró el cadáver, y sintió rabia. Jamás tendría cuerpo para deshacerse del cadáver del modo que estaba insinuando. No había tenido mucho tiempo para conocerle, y pese a todo el tiempo que habían pasado juntos, apenas habían hablado, pero se sentía mal por su muerte, y no le parecía bien deshacerse de él de un modo tan drástico.

ABRIL – ¿Qué quieres que hagamos, dejarlo aquí, y ya está?

CHRISTIAN – O enterrarlo, pero no… eso que estás diciendo es demasiado macabro.

ABRIL – Yo no me voy a poner ahora a cavar, ya te lo digo. También… podríamos llevarlo al río y tirarlo…

Christian resopló, cansado. No le apetecía acarrear otra vez con el cuerpo, y mucho menos preocuparse en enterrarlo. Su ligazón con él era sencillamente inexistente, y creía que ya habían hecho suficiente sacándolo de la mansión. Ahora las prioridades eran otras, ya no podían hacer nada por él.

CHRISTIAN – Mira, dejémoslo aquí y ya pensaremos algo a la vuelta.

Abril arrugó la frente. Ambos estaban pensando lo mismo. Y si estaban en lo cierto, ya no tendrían nada de lo que preocuparse, a la vuelta.

ABRIL – Sí, mejor.

Salieron del establo, nada convencidos de lo que estaban haciendo, conscientes que cometían un error, pero escudándose el uno en el otro para restarle importancia. De vuelta a la mansión, Abril se desvió del camino y se dirigió hacia el lago que había en la base de la cascada. Christian la siguió unos metros, hasta que vio qué era lo que atraía la atención de la doctora.

Era una preciosa yegua, de un blanco impoluto. Estaba saciando su sed, bebiendo agua del lago, sobre la misma piedra en la que Abril había visto a Bruma bebiendo poco antes de enfermar y morir. Hubiera jurado que habían pasado meses desde entonces. Sintió también parte de responsabilidad.

A la vuelta del hospital, la tarde del día anterior, había pasado por unas caballerizas en las que enseñaban a montar a caballo. Había entrado al escuchar los relinchos de varios equinos, ilusionada al pensar que podría utilizar uno como medio de transporte, ahora que no disponía de un vehículo. No podía volver a pie, porque si no se le hubiera hecho de noche, de modo que esa parecía la mejor opción. Había entrado, y había encontrado en el enorme establo del lugar dos docenas de caballos. Tan solo tres de ellos seguían con vida, el resto yacían tumbados en el suelo, rodeados de moscas. Había liberado a los otros dos, machos, que hacía poco que habían dejado de ser potros, y había subido a lomos de la yegua, algo indecisa. La yegua se había portado mucho mejor de lo que hubiera podido esperar, y la había llevado de vuelta a la mansión en tiempo récord, parándose varias veces, eso sí, a comer algo. La había dejado libre también al llegar a la mansión, y pensaba que ya podría estar en cualquier sitio de la isla. Por ello le había sorprendido tanto verla ahí, al día siguiente.

Se sintió mal al prever que pudiera acabar muriendo por lo que estaba haciendo. En cualquier caso, era una lotería. Ni esa agua era la misma agua que habían bebido Bruma y Nemesio, ni a ella tenía porque afectarle del mismo modo, ya que pertenecía a una raza diferente. Desconocía si el agua seguía siendo peligrosa, si había dejado de serlo en algún momento, si lo volvería a ser. Resultaba obvio que antes o después, en el curso del río, había habido un contacto con la infección, por el motivo que fuera. Lo más obvio resultaba pensar en un cadáver sangrante, y ese cuerpo podía haberse alejado del curso del río, podía haber continuado por él hasta el mar, o sencillamente podría haberse desangrado hasta resultar inofensivo. Eso no lo sabía, y no estaba dispuesta a quedarse ahí para descubrirlo.

No le dio mayor importancia, eso ya no tenía que ver con ella. Se disponía a dar media vuelta, cuando la yegua se giró, y ambas se miraron durante unos segundos. Luego el animal siguió bebiendo tranquilamente. Abril volvió junto a Christian, y ambos prosiguieron su camino en dirección a la entrada de servicio de la mansión, por su parte posterior. Entraron y cerraron tras de sí.

2×419 – Muñeco

Publicado: 09/12/2011 en Al otro lado de la vida

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Mansión de Nemesio, isla Nefesh

24 de octubre de 2008

 

CHRISTIAN – ¿Entonces qué hacemos, la dejamos a ella en el cuarto, arriba, o… lo encerramos a él?

ABRIL – No sé… es que no… no me fío. No me fío de dejarlos solos, ¿qué quieres que te diga?

Ellos estaban en el vestíbulo, charlando frente a las grandes puertas de entrada, impracticables gracias a los tableros que tenía clavados. Maya estaba sentada sobre una arcaica y oxidada silla de ruedas que Christian había encontrado en el desván, poco antes. Al parecer había pertenecido a una de las dos hermanas de Nemesio, que había muerto antes de cumplir la mayoría de edad. Practicaba moviéndola hacia adelante y hacia atrás, notando la excesiva resistencia que ofrecía, bajo la arcada de acceso del vestíbulo al salón donde se encontraba Nemesio. Él seguía en la misma mecedora, ahora algo más tranquilo. No hacía más que mirar de un lado a otro, con la boca entreabierta, siempre con una sonrisa de oreja a oreja, maravillado por cuanto veía. Daba la impresión que hubiese perdido el juicio.

CHRISTIAN – Pero… si es que está bien, ¿no lo ves?

ABRIL – La gente no se cura tan… tan de repente. Aquí hay algo que no me cuadra.

CHRISTIAN – Hombre, los hay que no… que no les afecta, eso de la epidemia. Yo lo… yo tengo entendido que hay una parte de la gente que es inmune. Que aunque te muerda uno de esos, no te hace nada.

ABRIL – Sí, no. Si lo sé, pero…

CHRISTIAN – Al igual es que ha pillado algo por el agua, que no estaría limpia y… ya se le ha pasado. Y al igual eso no tiene nada que ver con lo de… del virus, ese.

ABRIL – No. Su cuadro de síntomas no responde a ninguna otra cosa, y mucho menos a una simple intoxicación. De hecho no responde ni siquiera a… eso. Es todo demasiado raro. Y además ahora, recuperando la vista después de yo que sé cuantos años sin poder ver. Aquí hay gato encerrado. Que no, que no me fío.

CHRISTIAN – Pues hagámoslo así, yo no quiero que a Maya le pase nada. Ya me has hecho coger miedo.

Christian miró hacia la arcada, pero Maya ya no estaba. Hacía un momento que había entrado en el salón, empujando la silla.

ABRIL – Sí, me quedaré más tranquila si tu amiga y él no están cerca mientras nosotros estemos fuera.

CHRISTIAN – Pues ya está. Ahora yo la subo en un momento y nos vamos, que ya hemos perdido mucho tiempo.

El chico se disponía a ir a buscar a Maya, cuando vio salir a ésta del salón. Se paró frente a ellos, con una expresión sombría en la cara.

MAYA – Ya no va a haser falta que os preocupéis por mí.

Abril y Christian se miraron por un momento, luego centraron de nuevo sus miradas en Maya. Ésta les hizo una seña con las manos, indicándoles que se acercaran, y ellos acataron prestos. Se adentraron en el salón, y vieron a Nemesio echado en la mecedora. Estaba en una posición que parecía considerablemente incómoda; se había ido escurriendo y ahora apoyaba más espalda que culo, en el asiento. Abril, nada más verle, salió corriendo hacia él. Christian, que no entendía nada, se quedó junto a Maya.

Ambos observaron los movimientos rápidos y nerviosos de la doctora. Vieron cómo trataba de encontrarle el pulso a toda costa, pero todo esfuerzo resultó inútil. Nemesio había muerto, con una gran sonrisa en la boca, que delataba que había muerto feliz, increíblemente feliz al haber podido ver de nuevo, y además dónde él quería. Abril sintió el impulso de tratar de resucitarle haciéndole la respiración artificial y un masaje cardíaco, ahora que todavía podría estar a tiempo, pero enseguida descartó esa posibilidad. Ella sí estaba convencida que había muerto por culpa de ese virus, y juntar sus labios con los de él, no solo no le devolvería la vida, sino que haría que ella misma acabase infectada. Además, había algo que le obligaba a pensar que ya nada podría hacerse por él, aunque lo intentase. Lo que sí hizo fue cerrarle los ojos con los dedos índice y corazón, mientras el labio inferior le temblaba como con un tic nervioso.

Se juntó de nuevo con los chicos. Christian la miraba atónito, incapaz de creer que hubiera muerto, tan vital y risueño como estaba hasta hacía tan poco. Maya, al contrario, lo que estaba era sobrecogida por la situación. Sentía como si eso no fuera más que un preludio de lo que a ella le esperaba, y no pudo evitar sentir un escalofrío en la nuca.

CHRISTIAN – ¿Está muerto?

Abril asintió con la cabeza, lentamente, incapaz de evitar que una lágrima emergiese de su ojo derecho para luego recorrer su mejilla canela y acabar estampándose contra el sucio suelo.

CHRISTIAN – ¿Pero cómo…? Pero si estaba bien…

ABRIL – Te lo dije. Eso no era normal.

MAYA – Mira, ahora ya os podéis ir tranquilos.

ABRIL – ¡¿Qué dices?! Todo lo contrario. Ahora es cuando más peligroso es. Si realmente ha muerto por lo que creo que ha muerto, ahora es cuando menos nos conviene tenerlo cerca.

Christian asentía con la cabeza. Maya recordó a su madre, cómo había despertado después que todos la dieran por muerta. Recordó también cómo se había comportado, y el vello de los brazos se le erizó. Miró a Nemesio, muerto, y se le antojó imposible que despertase, y mucho menos como eso. Era demasiado viejo y demasiado enclenque para imaginarlo como una amenaza.

CHRISTIAN – Tienes razón. No puede quedarse aquí.

Maya parpadeó varias veces; su respiración era agitada. Abril le hizo un gesto a Christian, y entre los dos, uno por las piernas y otro por las axilas, sacaron a Nemesio del salón, bajo la atenta mirada de la muchacha paralítica. Pesaba bastante más de lo que aparentaba. La dejaron sola en la sala, y el eco de sus pisadas, alejando el peligroso cadáver de ahí, se fue haciendo cada vez más débil hasta desaparecer, superado por el incansable susurro de la caída de agua. Maya se quedó sola en la sala, asustada y triste, consciente que ella sería la siguiente.

2×418 – Veo

Publicado: 08/12/2011 en Al otro lado de la vida

418

Mansión de Nemesio, isla Nefesh

24 de octubre de 2008

 

Christian despertó de un sueño bastante extraño, en el que estaba luchando contra un armadillo gigante con sus poderes mágicos. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba. Se sentó en la cama, viendo entrar por la ventana los alargados rayos de luz de la mañana, en mitad de un gran bostezo. Miró hacia Maya, y la vio tendida en la cama; una babilla asomaba de la comisura de sus labios. Sólo una de sus piernas estaba tapada por la sábana, el resto estaba en el suelo. Se preguntó cómo podía agitarse tanto durmiendo si sólo podía mover medio cuerpo. Se levantó y se calzó, sin parar de mirarla. No había nada que hiciera pensar que pudiera estar enferma, pero eso no significaba nada, y él lo sabía. Decidió dejarla dormir un rato más, y salió del dormitorio, cerrando tras de sí.

Trató de recordar el camino de vuelta hacia las escaleras, pero se equivocó en un par de ocasiones antes de alcanzar su objetivo. Esa casa era realmente enorme, a todas luces excesivamente grande, con demasiados pasillos con bifurcaciones y puertas por doquier. Llegó al vestíbulo, y escuchó unos sonidos que le hicieron ponerse alerta. Bajó las escaleras sin hacer ruido, y sin apoyarse en el pasamanos lleno de polvo, y siguió el sonido que retumbaba por la estancia, hasta llegar al salón principal. Nada más entrar clavó su mirada en Nemesio, que seguía exactamente en el mismo sitio del que no le había visto moverse desde que llegasen a la mansión la tarde anterior. El anciano estaba llorando, con una de sus manos con la palma arrugada abierta a veinte centímetros de su nariz. Christian tropezó con el extremo de una de las alfombras, y entonces Nemesio giró su cabeza hasta clavar su mirada en él. Christian arrugó la frente.

NEMESIO – Abril, ¿eres tú?

Christian rastreó la habitación de un extremo al otro con la mirada, pero no vio a la doctora. No la había echado en falta hasta entonces.

CHRISTIAN – No. Soy yo, Chris.

NEMESIO – Acércate, chico.

Christian tragó saliva, y acató la orden del viejo. Éste le siguió con la mirada, con una enorme sonrisa en la cara. Las lágrimas seguían recorriéndole las mejillas, pero nada hacía pensar que llorase de dolor, sino todo lo contrario. Se detuvo a un par de pasos de él.

CHRISTIAN – ¿Qué pasa?

NEMESIO – ¿Que qué pasa? ¡¡Que veo!!

CHRISTIAN – ¿Que ves?

NEMESIO – ¡Sí!

Fue entonces cuando Christian recordó que Abril les había contado la noche anterior que Nemesio era ciego. En ese momento apareció Abril bajo la arcada que daba al vestíbulo. Se estaba restregando un ojo con el puño cerrado. Vio al anciano llorando, y se acercó rápidamente a ver qué ocurría.

ABRIL – ¿Qué pasa, abuelo? ¿Le duele?

NEMESIO – No, no me duele nada.

Nemesio no paraba de llorar, y ahora reía a carcajadas, sentado en aquella vieja mecedora.

Abril había ido a dormir a su cuarto pasada la medianoche, instigada por el propio Nemesio, que alegaba que debía descansar en condiciones, si al día siguiente quería estar en plenas facultades para ir a buscar provisiones. Desde entonces el anciano había estado solo en el salón. No había dormido ni un minuto. El dolor había ido menguando paulatinamente, y para el amanecer, había cesado por completo. Pero eso era lo que menos le preocupaba en esos momentos, pues había podido presenciar el alba por primera vez en los últimos casi setenta años.

Todo empezó unas horas después que Abril le dejase solo. Fue la vela que había dejado encendida sobre la chimenea apagada lo que le había tenido entretenido toda la noche. Creía ver un diminuto haz de luz entre la oscuridad. Era la primera vez que le ocurría desde que perdiera la vista en un accidente de tráfico, cuando era aún muy joven. Lo achacó a la enfermedad, y no le dio demasiada importancia, pero no podía dejar de mirarlo. Todavía dejó pasar bastante tiempo, ensimismado en ese punto luminoso, hasta que se armó de valor y se levantó. Se sorprendió aún más al ver que el punto se movía a medida que él se acercaba, que no se trataba de una ilusión, sino que era algo real.

Al principio tan solo se trataba de una intuición borrosa, pero con el paso del tiempo se fue aclarando, y para cuando el sol empezó a rayar el horizonte, ya era capaz de ver la vela, el candelabro y parte del mobiliario de la sala. Todo era nuevo para él, y sentía como si estuviera renaciendo, redescubriéndolo todo por segunda vez. La luz del sol empezó a filtrarse por entre las tablas que había colocadas en los ventanales, y Nemesio se acercó, boquiabierto, y tuvo el placer de contemplar el amanecer, cada vez más claro, increíblemente bello, para él más que para cualquier otra persona del mundo. No mucho más tarde ocupó de nuevo su asiento, cansado de llevar tantas horas de pie, y fue entonces cuando entraron sus dos compañeros.

Se sorprendió al ver el color de la piel de Abril. Había pensado que era blanca, como él, pero tenía un tono exótico que no era capaz de ubicar. Parecía india. El chico también le sorprendió. Pensó que era mucho mayor al oírle hablar la tarde anterior, pero no era más que un niño, que a duras penas había cumplido la mayoría de edad. No se había sentido más feliz en muchos, en muchísimos años.

ABRIL – No puede ser. Es… es imposible.

NEMESIO – ¡Sí puede ser! ¡He superado la enfermedad, me he curado y ahora puedo ver!

Nemesio se sentía invencible. No notaba ninguna secuela de la enfermedad que tan mal se lo había hecho pasar los días anteriores, y al haber recuperado ese sentido olvidado hacía tanto, estaba convencido que ya nada podría salir mal. Abril y Christian se miraron el uno al otro, impresionados por la actitud de Nemesio.

ABRIL – ¿No le duele nada, ni la cabeza, ni el estómago?

NEMESIO – No, no me duele nada, estoy… perfecto. No he estado mejor en toda mi vida.

Abril era consciente que lo que estaba viendo contradecía toda lógica médica. A esas alturas Nemesio debería haber estado muerto, e incluso frío, y eso en el mejor de los casos. Pero lejos de eso, estaba vivo, más fresco que una lechuga, con una vitalidad y una actitud que no correspondían ni a su edad ni a la durísima enfermedad que había contraído hacía tan poco. Ella no se sentía nada cómoda por cuanto estaba viendo. Lejos de ello, lo que sentía era miedo, y una gran desconfianza.

417

Mansión de Nemesio, isla Nefesh

23 de octubre de 2008

 

MAYA – ¿Podrías… girarte?

Christian se ruborizó, y enseguida dio media vuelta. Estaban en una de las habitaciones de la primera planta de la mansión, a un par de puertas del dormitorio de Abril y a tres del de Nemesio. Ellos estaban en la sala de la chimenea, en la planta baja. El anciano se había negado a ocupar una cama, pese a lo avanzado de su enfermedad. Quería morir en esa mecedora, la misma, a excepción de la tapicería, en la que su madre le había dado a luz hacía casi un siglo. Abril no se atrevía a dejarle solo, por lo que pudiera ocurrir, y ahora que tenía las medicinas adecuadas, podía hacer su tránsito al otro barrio algo más llevadero.

Los chicos llevaban cerca de media hora encerrados en ese dormitorio, que tenía dos camas con una pequeña mesilla de noche entremedias, donde descansaba el candelabro con las velas que ofrecían a la estancia algo de luz. Abril le había ofrecido una habitación a cada uno, pero ambos se habían puesto enseguida de acuerdo en que dormirían en la misma habitación. A ninguno de los dos le apetecía estar solo.

El muchacho de la cicatriz sobre la oreja, se rascaba la incipiente barba de mal ladrón mientras Maya se quitaba los pantalones. Él mismo había hecho lo propio minutos antes, sustituyendo los propios por unos viejos que había encontrado en el armario de la habitación, de donde habían sacado también la ropa de cama y una camisa blanca, con la que parecía un desaliñado camarero.

MAYA – Ya está.

Christian se giró, y observó con atención a la muchacha. Llevaba puestos unos pantalones negros de pinza, que al menos eran de su talla. Y lo más importante, estaban limpios. El armario estaba rebosante de ropa anticuada, pero no había rastro alguno de ropa interior. Mataron dos pájaros de un tiro, pues Christian pudo volver a vestirse de cintura para arriba, ahora que empezaba a refrescar, y Maya pudo de ese modo ocultar la herida de su pierna, con lo que deberían cesar definitivamente las sospechas de Abril. Caminó hacia su cama, y se sentó al borde. Respiró hondo, sin parar de mirar a su compañera. Ella tenía la mirada perdida en el empapelado de la pared.

CHRISTIAN – ¿Cómo te encuentras, Maya?

La muchacha levantó la vista, y se llevó una mano a la sien.

MAYA – Bueno… Me duele la cabesa bastante…

Christian bajó la vista.

CHRISTIAN – Quizá… quizá no llegó a… tal vez se te pase y todo quede en un susto…

MAYA – No quiero hablar de tema, ¿vale?

CHRISTIAN – Entiendo.

El chico tragó saliva. No podía parar de pensar que Maya empezaría a enfermar enseguida, y acabaría igual que había acabado su padre, hacía tan poco tiempo. Ella entre todos le parecía la que menos lo merecía; era demasiado joven, demasiado vulnerable. Se le antojaba incluso injusto, más después de haber llegado tan lejos, después de haber tenido que renunciar a tanto por el camino. Se levantó de la cama y miro por la ventana. Ésta no tenía clavado listón alguno y estaba abierta de par en par, hacia dentro. Desde ahí se veía parte del claro que había frente a la mansión, y la luna menguante tras unas pocas nubes. Lo que más llamaba la atención era una pequeña concentración de luciérnagas que revoloteaban alrededor de unos matorrales, junto al curso del río.

MAYA – ¿Qué crees que habrá sido de los demás?

Christian se giró, y se recostó sobre el alféizar de la ventana.

CHRISTIAN – No tengo ni idea… Al igual están ahora en la barca, preguntándose lo mismo sobre nosotros.

MAYA – No deberíamos habernos separado… Es todo culpa mía.

CHRISTIAN – ¿Culpa el qué?

MAYA – Si yo hubiera podido ir con vosotros, tú no tendrías que haberte quedado conmigo.

CHRISTIAN – Ya ves tú que problema.

MAYA – Podrías estar con ellos ahora.

CHRISTIAN – ¿Y qué gano yo con eso?

Maya se dio cuenta que lo que decía no tenía mucho sentido, y se mantuvo en silencio.

CHRISTIAN – Al igual están ahora en la ciudad esa, en una casa segura, hartándose a jamón de pata negra. Al igual… hubiera sido incluso peor. Eso no lo sabemos.

Maya puso los ojos en blanco. Se le antojaba harto difícil imaginar una situación peor que la que estaba viviendo en esos momentos. Era sobre todo el no saber qué sería de ella, lo que más la martirizaba.

MAYA – ¿Te irás mañana con ella a buscar cosas a la barca?

CHRISTIAN – Sí… Antes o después hay que hacerlo. No creo que ganemos nada aplazándolo.

MAYA – Pero… Es demasiado peligroso, no deberías…

CHRISTIAN – Bueno, piensa que ahora tenemos un arma. Y por el bosque tampoco tiene que haber tantos. Estuvimos mucho tiempo caminando, y sólo nos encontramos con dos.

MAYA – Yo… no quiero que tú también…

Empezó a llorar. Christian se acercó, se sentó a su lado, y le puso una mano en el hombro, tratando de animarla.

MAYA – Joder, es que los he perdido a todos, no quiero…

Christian le quitó la lágrima que recorría su mejilla.

CHRISTIAN – No te voy a dejar, estate tranquila. No te vas a deshacer de mí tan fácilmente.

Ambos cruzaron las miradas por un instante, y Christian enseguida se levantó de la cama de Maya, ruborizado, y le dio la espalda, mirando de nuevo por la ventana. En realidad no había tensión sexual. En las circunstancias en las que se habían conocido, no había tiempo para perder con ese tipo de cosas. No obstante, la situación había resultado incómoda para ambos. Maya se calmó enseguida, y se echó en la cama boca arriba, con los ojos bien abiertos, mirando las telarañas del techo. Ahora pensaba en Daniel, su hermano pequeño. Recordaba haber estado cazando moscas con él al inicio de ese mismo verano, en la casa de Nakeri, y dejándolas en una telaraña similar a la que ahora miraba, para alimentar a su dueña. Le echaba muchísimo de menos, y le dolía no recordarle, ni a él ni al resto de su familia, como creía que debería ahora que no estaban. Eran tantos los problemas que rondaban su cabeza que el tiempo de luto menguaba hasta disiparse en el aire. Eso tampoco era justo.

CHRISTIAN – Será mejor que nos vayamos a dormir ya. Debe de ser tardísimo.

Maya no dijo nada. Christian se acercó a la mesilla de noche, y sopló las dos velas que había encendidas en el candelabro, sumiéndolo todo en la oscuridad. Se descalzó, se echó en su propia cama, y en cuestión de cinco minutos, ambos estaban dormidos.

416

Mansión de Nemesio, isla Nefesh

23 de octubre de 2008

ABRIL – ¿Así que hay otros cuatro en la isla?

CHRISTIAN – Sí… Tres adultos y una niña de unos… ¿Qué edad tendría Zoe?

MAYA – Ocho… ocho o dies años. Dose como mucho.

Sonaba una rana de fondo, desde hacía al menos media hora. Todo estaba excepcionalmente tranquilo. Se encontraban en la sala contigua; el vestíbulo. Ya empezaba a oscurecer, y esa habitación era la que más ventanales tenía; la mejor iluminada de toda la mansión. Además, desde ahí no molestaban a Nemesio, que había caído en un profundo sueño después de recibir su dosis de morfina. Maya estaba sentada en una pequeña butaca polvorienta junto a una mesilla con una lámpara antiquísima, al lado de la escalera, donde estaba sentado Christian. Abril estaba de pie, frente a ellos. Estaba muy excitada por todo cuanto había oído. Ella ya les había contado toda su historia, y cómo había sido que la isla había pasado de ser segura a pudrirse como un pimiento de un día para otro. Ahora escuchaba con atención lo que los chicos tenían que contarle sobre la suya propia.

CHRISTIAN – Vimos ayer el humo de la chimenea desde donde estábamos, y pensamos que pudieran ser ellos. Por eso vinimos.

ABRIL – ¿Y no habéis encontrado… problemas, por el camino?

Christian se disponía a mentir, pero Maya se le adelantó.

MAYA – No.

ABRIL – ¿Y esa herida?

MAYA – Esa herida me la hise cuando el torpe este se tropesó con unas raíses y me dejó caer al suelo, viniendo para aquí.

Christian bajó la cabeza, fingiendo estar avergonzado. Le sorprendía la facilidad con la que Maya salía del paso, pero sobre todo la entereza que estaba llevaba demostrando últimamente. Esta Maya estaba a años luz del alma en pena que había dejado sentada en el porche, cuando buscaba la manera de entrar a la mansión.

ABRIL – No habréis… ¿Habéis bebido agua del río, viniendo para aquí?

Christian negó con la cabeza. Es algo que no se le había ocurrido.

CHRISTIAN – No…

Abril asintió con la cabeza, lentamente, satisfecha.

ABRIL – Pues ni se os ocurra hacerlo, ni bebáis tampoco agua de los grifos de aquí de la mansión. Ni os duchéis.

Los dos nuevos inquilinos arrugaron la frente. No acababan de entender por dónde iba Abril.

ABRIL – Es por el agua. El agua no…

Empezó a hablar en voz muy baja, tanto que costaba oírla.

ABRIL – Nemesio está enfermo porque ha bebido de esa agua. Bueno… no os puedo asegurar que sea por el agua, pero… yo no he bebido ni pienso beber, ni quiero que vosotros bebáis, por vuestro bien. Y eso va a ser un  problema, porque… ahora venía de Nefesh, del hospital, y he cogido un buen puñado de latas y botellines de agua, pero… eso no va a durarnos mucho, y más ahora que somos el doble de gente. Y comida… de comida vamos todavía peor como aquél que dice. Vamos a tener que pensar en algo si pretendemos quedarnos todos aquí un tiempo…

Christian le estaba dando vueltas a la cabeza. Si bien la mansión parecía un lugar seguro al que no abandonar, no podía olvidar a sus compañeros, sobre todo a Bárbara y a Zoe. No estaba dispuesto a quedarse de brazos cruzados hasta que no supiera qué había sido de ellos. Por otra parte, el problema de la comida no sería tanto problema al fin y al cabo, si podían echar mano de todo cuanto habían dejado abandonado en la barca.

CHRISTIAN – Eso no… nosotros tenemos comida y bebida.

A Abril se le iluminó el rostro.

CHRISTIAN – En el barco que vinimos, pudimos rescatar parte de lo que… llevábamos, y subirlo a un bote antes que se hundiera. Y hay bastante, la verdad. Está a… una hora, hora y media de aquí. Es de ahí de dónde venimos.

ABRIL – Esa es una muy buena noticia. Y más si no hay ningún… ningún… nadie por el camino.

Maya sintió reparo al ver la tímida sonrisa que emergía de los labios de la doctora de pelo azabache.

CHRISTIAN – Podríamos ir mañana…

La chica paralítica sintió una punzada en el corazón al escuchar esa última palabra. Durante bastante tiempo había conseguido olvidar su mordisco, el que estaba infectada, y ahora de nuevo le sobrevenía ese sentimiento de congoja y pánico, al recordar que, para ella, la palabra mañana, ya no tenía el mismo significado que para los demás.

ABRIL – Pues sí. Vayamos mañana por la mañana, y nos traemos todo lo que podamos. Si hace falta volvemos a medida que nos vaya haciendo falta, más adelante.

CHRISTIAN – Sí…

A Chris le parecía una idea especialmente buena, más que nada por el hecho que quería volver a la barca. Aún se negaba a asumir que sus compañeros y amigos hubieran muerto. Había pasado demasiado tiempo con ellos, hasta el punto de considerarlos su propia familia, y no estaba dispuesto a tirar la toalla, no tan pronto. La barca era el único nexo que le quedaba con ellos.

ABRIL – Tú…

Abril agarró la escopeta que había en el segundo escalón de aquella inmensa escalera. La iluminación era peor por momentos.

ABRIL – ¿Tú sabes gastar esto?

Christian mostró su mano vacía, y Abril no dudó en ofrecerle el arma. En el poco tiempo que habían tenido para conocerse, habían asumido que todos eran iguales; supervivientes. No debían desconfiar de nadie que no tuviera los ojos rojos. El chico observó el arma. La abrió incluso para comprobar que estaba cargada y se la volvió a ofrecer a su nueva dueña.

CHRISTIAN – Sí. Mor…

Sintió una punzada en el costado al recordar el nombre del policía de color que les había abandonado hacía tan poco.

CHRISTIAN – Una de las personas que iba con nosotros utilizaba una parecida, y me enseñó a gastarla. Y con toda la munición que tienes no tendríamos que preocuparnos demasiado, si encontramos alguien por el camino.

ABRIL – Estupendo… Pues te pediré que me enseñes a utilizarla, y… O no, mejor… mejor la gastas tú. Yo… yo no me fío. No tengo puntería, y me da… como cosa, llevar eso encima. ¿Te importaría…?

CHRISTIAN – Para nada. Es tuya, eres tú quien…

Christian sintió un hormigueo en el estómago. Le gustaba la sensación de sentirse protegido por un arma, y más de ese calibre. Ya tenía ganas de que llegase el día de mañana.

ABRIL – Pues vale, hagamos eso. Mañana partimos hacia el lugar este que me dices, y empezamos a recoger provisiones.

Christian asintió. Maya había vuelto a entrar en trance; hacía un rato que había dejado de prestar atención a la conversación, para centrar su mirada en la sucia cristalera, en los altos árboles que se mecían al viento más allá de los muros de la mansión.

ABRIL – Ahora vamos a cenar algo, y luego os acompaño a los dormitorios, que mañana será un día muy largo.

Christian se levantó. Abril volvió hacia el salón donde descansaba Nemesio, donde estaba toda la comida. Christian tuvo que sacar a Maya de su ensimismamiento para poder cogerla en brazos y llevarla a la mesa. Estaba muy desanimada, y le empezaba a doler la cabeza.

2×415 – Seguro

Publicado: 06/12/2011 en Al otro lado de la vida

415

Mansión de Nemesio, isla Nefesh

23 de octubre de 2008

 

El silencio se prolongó varios interminables segundos más, en los que ni Abril ni los chicos supieron qué hacer o qué decir. Nemesio se limitaba a escuchar, algo más tranquilo al ver que la doctora había vuelto, y podría encargarse del problema.

CHRISTIAN – Lo siento, no… no sabíamos que hubiera nadie aquí… Vimos la casa y pensamos que podríamos refugiarnos de… ¿Puedes hacer el favor de bajar eso?

Abril miró la escopeta que sostenía entre las manos, y la bajó apresuradamente, con un ligero rubor en las mejillas. De todas maneras no hubiera sabido utilizarla; les había estado apuntando con el seguro puesto. Christian se acomodó de nuevo a Maya en los brazos, empezaba a estar más que agotado de sostenerla.

CHRISTIAN – ¿Puedo dejar a la chica en…?

Christian señaló con la cabeza una butaca de cuero que tenía al lado, junto a la biblioteca. Abril seguía con la boca entreabierta, superada por lo inesperado de la situación. Enseguida asintió con la cabeza. Había vuelto a casa a toda prisa, y al encontrar la puerta sin la llave echada, a diferencia de como ella la había dejado, se había asustado. Christian se acercó a la butaca y dejó a Maya sentada. La muchacha isleña lo observaba todo con curiosidad. Por un momento había perdido la expresión triste de su rostro, sustituyéndola por una tímida sonrisilla. Christian, con el pecho desnudo subiéndole y bajándole a toda prisa por culpa del esfuerzo y del susto, se acercó a Abril, interponiendo su cuerpo entre ella y Maya.

ABRIL – ¿Venís de Nefesh?

CHRISTIAN – ¿Nefesh?

Christian veía en los ojos de la doctora los ojos de una loca, y temía que de un momento a otro le agujerease la cabeza con uno de los cartuchos de esa escopeta.

ABRIL – ¿De dónde venís?

CHRISTIAN – Bueno… de Iyam, de… Etzel, de… Venimos de muy lejos, en… en barco.

ABRIL – ¿Así que no sois de la isla?

Chris negó con la cabeza, lentamente.

CHRISTIAN – ¿Hay más gente en… en la isla?

Abril se quedó callada unos segundos, pensativa.

ABRIL – No sé… supongo.

CHRISTIAN – ¿De dónde venís vosotros?

ABRIL – Del norte, de la ciudad.

Christian asintió lentamente con la cabeza. Echó un vistazo al anciano, al que le había sorprendido otro ataque de tos, y miró de nuevo hacia su principal amenaza.

CHRISTIAN – De verdad que no queremos molestar. Nos hemos metido aquí porque pensábamos que… Si hace falta que nos vayamos, nosotros…

MAYA – Yo no pienso pasar la noche ahí fuera.

Ambos se giraron hacia la chica. Se la veía muy convencida y segura de sí misma.

ABRIL – Nadie va a pasar la noche fuera.

Abril dejó la escopeta sobre la mesa, junto a la jarra de agua medio vacía.

ABRIL – Perdonad por… por el recibimiento, pero vi la puerta abierta y pensé que le habría podido pasar algo a…

Abril señaló a Nemesio. Christian y Maya asintieron con la cabeza.

ABRIL – Además, la casa no es mía. Tendrá que ser él quien os deje quedaros o no.

Todos se giraron hacia el anciano. Éste notó sus miradas, pese a no poder verlas.

NEMESIO – Abril, deja de decir tonterías. La casa es vuestra, y lo sabes.

A Christian se le iluminó la cara. La decisión de ir a la mansión había supuesto pagar un precio demasiado alto, pero al menos había acabado relativamente bien.

ABRIL – Bueno, ahora que está todo aclarado… siéntate, que tenemos mucho de qué hablar, pero antes déjame que…

La doctora se quitó la pesada mochila y la dejó sobre la mesa, luego fue sacándose de entre la ropa un montón de medicinas; pastillas, potecitos, vendajes, sobres, jeringas y demás, dejándolo todo esparcido sobre la polvorienta mesa. Una vez hubo acabado, agarró una de las jeringas y un pequeño potecito que contenía un líquido incoloro, y se dirigía hacia Nemesio, cuando reparó en la herida burdamente vendada de la pierna de Maya. Cambió el rumbo, e hizo ponerse alerta a Christian.

ABRIL – ¿Qué te ha pasado ahí?

Maya miró a Christian, incapaz de responder por sí misma. Christian notó un nudo en el estómago. Estaba convencido que si le contaban la verdad, que eso era el mordisco de un infectado y que Maya era en realidad una bomba de relojería, no dudaría un momento en echarles de la casa.

CHRISTIAN – No es nada, es un… es un rasguño que se hizo con… con una rama, cuando veníamos. No… no es nada.

ABRIL – Da igual, déjame mirarlo, que no me cuesta nada. Soy médico.

CHRISTIAN – No, no. En serio, si no es nada. No… hace falta.

ABRIL – Insisto.

Christian sintió ganas de llorar. No podía seguir mucho tiempo así, y Abril empezaba a mosquearse.

MAYA – Te ha dicho que no es nada, de verdad. Anda y ve a ayudar a tu amigo, que parese le hase bastante más falta que a mi.

La doctora miró a uno y a otro alternativamente, con el ceño fruncido, sin acabar de entender esa actitud. No obstante, la chica tenía razón; Nemesio seguía sufriendo los efectos de la enfermedad, y precisaba mucho más de sus cuidados que Maya. Acabó por ceder a las súplicas de sus nuevos compañeros, y se dio media vuelta, dirigiéndose hacia Nemesio. Christian y Maya notaron una gran paz por un momento. Se habían salvado por los pelos, pero no sabían cuanto más podrían prolongarlo.

Abril giró el pequeño tapón del potecito que llevaba entre las manos, e introdujo la jeringuilla. La llenó casi por completo, y presionó ligeramente el émbolo hasta que un diminuto chorro surcó el aire frente a ella, manchando con diminutas gotitas el suelo de madera. Se inclinó hacia Nemesio, y le buscó una vena en el brazo derecho. Apenas la encontró inyectó el contenido de la jeringa.

ABRIL – Esto debería ser suficiente para hacer menguar el dolor durante unas horas…

NEMESIO – Muchas gracias, pero… no deberías haberlo hecho.

ABRIL – Es lo mínimo que podía hacer, abuelo.

NEMESIO – Ha sido estúpido, y lo sabes. Podrías haber muerto.

ABRIL – Eso ya no importa. Lo que importa es que lo he conseguido, y usted no tendrá que seguir soportando ese dolor.

NEMESIO – Bueno, para ti la perra gorda. Y ahora déjame descansar, y… atiende a nuestros invitados. Yo no tengo ánimos para…

ABRIL – Solo faltaría. Usted quédese aquí descansando, yo me encargo de todo.

Abril se había dado media vuelta, dirigiéndose hacia Christian y Maya, cuando escuchó la voz de Nemesio.

NEMESIO – Gracias.

Tenía los ojos cerrados, y parecía haberse vuelto a quedar dormido. Abril esbozó una ligera sonrisa y se dirigió hacia los jóvenes, ansiosa por saber cómo habían llegado hasta ahí.