2×413 – Sencillo

Publicado: 04/12/2011 en Al otro lado de la vida

413

Frente al hospital Quinah, ciudad de Nefesh

23 de octubre de 2008

Hacía casi una semana de la última vez que había estado ahí. Todo seguía igual, al menos tal como ella lo recordaba. El hospital se erguía al fondo del paseo, en el entorno de un cielo blanco que lo volvía todo mucho más tétrico. Abril se encontraba al inicio de la avenida de las palmeras, y desde ahí aún podía ver el coche de aquella asustada muchacha que le había pedido auxilio. No había rastro ni de ella ni de su abuela. A esas alturas deberían andar ya muy lejos. Tampoco se veía por ninguna parte su bata blanca manchada de sangre, que recordaba haber abandonado ahí mismo.

El camino hasta ese punto había sido tranquilo, tal vez demasiado. No había encontrado el más mínimo signo de hostilidad, más sí múltiples señales de la misma. No fue hasta que abandonó el bosque, para su sorpresa, pues no creía que el coche aguantase tanto, que vio las primeras señales que evidenciaban que lejos de arreglarse, todo había empeorado desde su partida. El número de cadáveres desperdigados por el suelo era mayor, al igual que el de los coches abandonados y el mobiliario urbano destrozado. Muchos de los cuerpos lucían heridas de bala, y la mayoría tenían la cabeza destrozada. Todo estaba más sucio, más descuidado. Daba la impresión que la ciudad llevase meses sino años abandonada. Era sobre todo la sensación de soledad, de dejadez, lo que más la incomodaba. Estaba acostumbrada a ver la ciudad siempre llena de gente yendo y viniendo de un lado para otro, y ese nuevo escenario se le antojaba una burda burla de la realidad, una caricatura macabra de todo cuanto ella había conocido.

El coche descansaba a un kilómetro de ahí, a un par de manzanas de una estación de servicio Amoco donde había tratado infructuosamente de conseguir algo de combustible con el que evitar el inevitable abandono del mismo. El resto del camino lo había tenido que hacer andando, bastante menos asustada de cuanto hubiera podido pensar cuando abandonó la mansión donde Nemesio le esperaba. Estaba todo tan tranquilo, que por más sangre y más señales de violencia que hubiese, daba la impresión que todo hubiera ocurrido hacía ya tanto tiempo que nada de eso fuese ya con ella.

Se dio cuenta que llevaba un par de minutos en silencio, quieta, al inicio de la avenida en pendiente. Trató de centrarse y comenzó a caminar, con la extraña sensación de estar escuchando música de fondo, una vieja canción que no era capaz de reconocer. Estaba segura que era algo que tan solo estaba en su cabeza, pero si se quedaba quieta, con el sepulcral silencio que lo envolvía todo, hubiera podido jurar que realmente la escuchaba.

Llegó enseguida arriba del todo, al parking de vehículos. Le dio la impresión que ahora había más que la última vez que había estado ahí, pero no estaba segura. Continuó su camino hacia el lateral, cuando vio que las persianas de la entrada trasera estaban echadas, sobre un manto de miles de pedacitos de cristal. Bajo la persiana había prensado el cuerpo de uno de los enfermeros, a la altura del pecho. Sabía quien era, pero no era capaz de recordar su nombre. En cualquier caso, llevaba ya bastante tiempo muerto. Llegó hasta la puerta por la que solía entrar, mirándolo todo con aprensión, ahora sí algo más nerviosa, al recordar lo que había vivido al tener que huir de entre esas paredes, y tecleó el número de seis cifras en el pequeño panel que había junto a la cerradura. Para su sorpresa, se escuchó el característico clic que delataba que la puerta se había abierto. Tragó saliva y giró el pomo.

Ahí dentro la iluminación era mucho más escasa de cuanto hubiera podido desear. Entró haciendo el menor ruido posible, y casi se le sale el corazón por la boca al escuchar el fuerte portazo que dio la puerta a sus espaldas al cerrarse por sí sola. Todo volvió a quedar en silencio. Aparentemente no había llamado la atención de nadie.

Echó un vistazo a lado y lado del pasillo en el que se encontraba, y al fondo del mismo vio algo que le hizo olvidar por un momento todas sus preocupaciones. Sin pensárselo dos veces echó a correr y se detuvo frente a la máquina de refrescos.

Alguien se había entretenido en reventar la mampara, y en el suelo había docenas de latas, junto a tantos otros pedazos de cristal. Otras muchas de las latas y botellitas aún se encontraban colocadas en aquella especie de muelles desproporcionados. Abril se quitó la mochila, la abrió, y comenzó a llenarla con afán, hasta que ya no cabía nada más, y se las vio y se las deseó para cerrarla, temiendo incluso romper la cremallera. Acto seguido agarró una lata, de uno de sus refrescos favoritos, y se la bebió sin apenas respirar. Cuando acabó no pudo evitar eructar. Se llevó la mano a la boca, miró a un lado y a otro, y soltó una carcajada.

Se bebió otras dos latas y una botella pequeña de agua antes de proseguir con su camino. De momento ya había obtenido la mitad de cuanto había venido a buscar, la comida era algo de lo que podría preocuparse en otro momento. Por fortuna, el almacén donde guardaban los medicamentos que traía el camión antes de organizarlos y llevarlos a donde pertenecían, estaba en esa misma planta, a escasos cincuenta metros de donde ella se encontraba. Desanduvo el camino que había hecho, mirando la puerta que se había cerrado a su paso, y continuó hasta el final del mismo. Al abrir la puerta, la tímida sonrisa que había emergido de entre sus labios se esfumó por completo.

Contó hasta doce cadáveres. Si alguno de ellos hubiera estado vivo, sin duda el gruñido de la puerta le hubiera despertado, y ahora ella se encontraría en serios problemas. Por fortuna, lo único que obtuvo al entrar en el almacén fue el mismo silencio que le había acompañado hasta entonces, y el desagradable olor de la podredumbre. Reconoció al señor Puerta, el director del hospital, entre los cadáveres. Lucía una diminuta marca en la frente, el balazo que sin duda había acabado definitivamente con su vida, y tenía los ojos bien abiertos, encharcados de sangre. Los demás no los hubiera reconocido. La mayoría parecían tan solo vecinos de la zona, pero un par de ellos iban vestidos con trajes oficiales, tal vez del ejército o de la policía, no hubiera sabido diferenciarlos. Todos lucían heridas de bala, todo estaba salpicado de sangre, el suelo estaba lleno de ella, y de los casquillos de tanta munición como se había gastado ahí dentro.

Se tapó la nariz y la boca con una mano y caminó hacia el extremo opuesto de la gran sala, sorteando el desorden. Sabía hacia donde iba, y no pretendía perder más tiempo del necesario ahí dentro. Abrió media docena de cajas y se llevó otras tantas cajitas con extraños nombres que hubieran sonado a chino a cualquier otro que hubiese tratado de dar con ellas. Se llenó los bolsillos y se arremetió la camiseta para utilizarla como bolsillo auxiliar, pues no estaba dispuesta a prescindir de ninguna de las botellas y latas que llevaba en la mochila, y salió de ahí por donde había entrado, en menos de un minuto.

Estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta, cuando se quedó parada. Echó un vistazo hacia atrás, y respiró hondo. Hizo de nuevo el amago de irse, pero otra fuerza fue mucho más fuerte que ella, y le obligó a entrar, ignorando el fuerte olor que reinaba ahí dentro. Se acercó al cuerpo de uno de esos hombres de ley y asió la escopeta que aún aferraba con sus dedos rígidos. Había otra en el suelo, pero estaba empapada en sangre. No tenía ni la más remota idea de cómo utilizarla, pero era consciente que podría serle de mucha utilidad. No supo comprobar si estaba cargada, pero sí se entretuvo en cachear el cadáver de su dueño hasta que dio con lo que buscaba. Ahora con un arma y con bastante munición como para hacer frente a una pequeña horda de esos devoradores de carne, salió del hospital, aún sin poder creerse que todo hubiera resultado tan sencillo.

Consciente que si no encontraba un medio de transporte alternativo no sería capaz de volver a la mansión antes que anocheciese, comenzó a caminar rumbo a la salida de la única ciudad que había en Nefesh, que a duras penas ocupaba el dos por ciento de la extensión total de la isla, en una especie de península al norte de la misma. Llegó hasta la salida, y se dejó llevar por el ruido de unos caballos que relinchaban en un viejo centro hípico. No tenía nada que perder, de modo que se acercó.

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