2×415 – Seguro

Publicado: 06/12/2011 en Al otro lado de la vida

415

Mansión de Nemesio, isla Nefesh

23 de octubre de 2008

 

El silencio se prolongó varios interminables segundos más, en los que ni Abril ni los chicos supieron qué hacer o qué decir. Nemesio se limitaba a escuchar, algo más tranquilo al ver que la doctora había vuelto, y podría encargarse del problema.

CHRISTIAN – Lo siento, no… no sabíamos que hubiera nadie aquí… Vimos la casa y pensamos que podríamos refugiarnos de… ¿Puedes hacer el favor de bajar eso?

Abril miró la escopeta que sostenía entre las manos, y la bajó apresuradamente, con un ligero rubor en las mejillas. De todas maneras no hubiera sabido utilizarla; les había estado apuntando con el seguro puesto. Christian se acomodó de nuevo a Maya en los brazos, empezaba a estar más que agotado de sostenerla.

CHRISTIAN – ¿Puedo dejar a la chica en…?

Christian señaló con la cabeza una butaca de cuero que tenía al lado, junto a la biblioteca. Abril seguía con la boca entreabierta, superada por lo inesperado de la situación. Enseguida asintió con la cabeza. Había vuelto a casa a toda prisa, y al encontrar la puerta sin la llave echada, a diferencia de como ella la había dejado, se había asustado. Christian se acercó a la butaca y dejó a Maya sentada. La muchacha isleña lo observaba todo con curiosidad. Por un momento había perdido la expresión triste de su rostro, sustituyéndola por una tímida sonrisilla. Christian, con el pecho desnudo subiéndole y bajándole a toda prisa por culpa del esfuerzo y del susto, se acercó a Abril, interponiendo su cuerpo entre ella y Maya.

ABRIL – ¿Venís de Nefesh?

CHRISTIAN – ¿Nefesh?

Christian veía en los ojos de la doctora los ojos de una loca, y temía que de un momento a otro le agujerease la cabeza con uno de los cartuchos de esa escopeta.

ABRIL – ¿De dónde venís?

CHRISTIAN – Bueno… de Iyam, de… Etzel, de… Venimos de muy lejos, en… en barco.

ABRIL – ¿Así que no sois de la isla?

Chris negó con la cabeza, lentamente.

CHRISTIAN – ¿Hay más gente en… en la isla?

Abril se quedó callada unos segundos, pensativa.

ABRIL – No sé… supongo.

CHRISTIAN – ¿De dónde venís vosotros?

ABRIL – Del norte, de la ciudad.

Christian asintió lentamente con la cabeza. Echó un vistazo al anciano, al que le había sorprendido otro ataque de tos, y miró de nuevo hacia su principal amenaza.

CHRISTIAN – De verdad que no queremos molestar. Nos hemos metido aquí porque pensábamos que… Si hace falta que nos vayamos, nosotros…

MAYA – Yo no pienso pasar la noche ahí fuera.

Ambos se giraron hacia la chica. Se la veía muy convencida y segura de sí misma.

ABRIL – Nadie va a pasar la noche fuera.

Abril dejó la escopeta sobre la mesa, junto a la jarra de agua medio vacía.

ABRIL – Perdonad por… por el recibimiento, pero vi la puerta abierta y pensé que le habría podido pasar algo a…

Abril señaló a Nemesio. Christian y Maya asintieron con la cabeza.

ABRIL – Además, la casa no es mía. Tendrá que ser él quien os deje quedaros o no.

Todos se giraron hacia el anciano. Éste notó sus miradas, pese a no poder verlas.

NEMESIO – Abril, deja de decir tonterías. La casa es vuestra, y lo sabes.

A Christian se le iluminó la cara. La decisión de ir a la mansión había supuesto pagar un precio demasiado alto, pero al menos había acabado relativamente bien.

ABRIL – Bueno, ahora que está todo aclarado… siéntate, que tenemos mucho de qué hablar, pero antes déjame que…

La doctora se quitó la pesada mochila y la dejó sobre la mesa, luego fue sacándose de entre la ropa un montón de medicinas; pastillas, potecitos, vendajes, sobres, jeringas y demás, dejándolo todo esparcido sobre la polvorienta mesa. Una vez hubo acabado, agarró una de las jeringas y un pequeño potecito que contenía un líquido incoloro, y se dirigía hacia Nemesio, cuando reparó en la herida burdamente vendada de la pierna de Maya. Cambió el rumbo, e hizo ponerse alerta a Christian.

ABRIL – ¿Qué te ha pasado ahí?

Maya miró a Christian, incapaz de responder por sí misma. Christian notó un nudo en el estómago. Estaba convencido que si le contaban la verdad, que eso era el mordisco de un infectado y que Maya era en realidad una bomba de relojería, no dudaría un momento en echarles de la casa.

CHRISTIAN – No es nada, es un… es un rasguño que se hizo con… con una rama, cuando veníamos. No… no es nada.

ABRIL – Da igual, déjame mirarlo, que no me cuesta nada. Soy médico.

CHRISTIAN – No, no. En serio, si no es nada. No… hace falta.

ABRIL – Insisto.

Christian sintió ganas de llorar. No podía seguir mucho tiempo así, y Abril empezaba a mosquearse.

MAYA – Te ha dicho que no es nada, de verdad. Anda y ve a ayudar a tu amigo, que parese le hase bastante más falta que a mi.

La doctora miró a uno y a otro alternativamente, con el ceño fruncido, sin acabar de entender esa actitud. No obstante, la chica tenía razón; Nemesio seguía sufriendo los efectos de la enfermedad, y precisaba mucho más de sus cuidados que Maya. Acabó por ceder a las súplicas de sus nuevos compañeros, y se dio media vuelta, dirigiéndose hacia Nemesio. Christian y Maya notaron una gran paz por un momento. Se habían salvado por los pelos, pero no sabían cuanto más podrían prolongarlo.

Abril giró el pequeño tapón del potecito que llevaba entre las manos, e introdujo la jeringuilla. La llenó casi por completo, y presionó ligeramente el émbolo hasta que un diminuto chorro surcó el aire frente a ella, manchando con diminutas gotitas el suelo de madera. Se inclinó hacia Nemesio, y le buscó una vena en el brazo derecho. Apenas la encontró inyectó el contenido de la jeringa.

ABRIL – Esto debería ser suficiente para hacer menguar el dolor durante unas horas…

NEMESIO – Muchas gracias, pero… no deberías haberlo hecho.

ABRIL – Es lo mínimo que podía hacer, abuelo.

NEMESIO – Ha sido estúpido, y lo sabes. Podrías haber muerto.

ABRIL – Eso ya no importa. Lo que importa es que lo he conseguido, y usted no tendrá que seguir soportando ese dolor.

NEMESIO – Bueno, para ti la perra gorda. Y ahora déjame descansar, y… atiende a nuestros invitados. Yo no tengo ánimos para…

ABRIL – Solo faltaría. Usted quédese aquí descansando, yo me encargo de todo.

Abril se había dado media vuelta, dirigiéndose hacia Christian y Maya, cuando escuchó la voz de Nemesio.

NEMESIO – Gracias.

Tenía los ojos cerrados, y parecía haberse vuelto a quedar dormido. Abril esbozó una ligera sonrisa y se dirigió hacia los jóvenes, ansiosa por saber cómo habían llegado hasta ahí.

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