Archivos para 07/12/2011

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Mansión de Nemesio, isla Nefesh

23 de octubre de 2008

 

MAYA – ¿Podrías… girarte?

Christian se ruborizó, y enseguida dio media vuelta. Estaban en una de las habitaciones de la primera planta de la mansión, a un par de puertas del dormitorio de Abril y a tres del de Nemesio. Ellos estaban en la sala de la chimenea, en la planta baja. El anciano se había negado a ocupar una cama, pese a lo avanzado de su enfermedad. Quería morir en esa mecedora, la misma, a excepción de la tapicería, en la que su madre le había dado a luz hacía casi un siglo. Abril no se atrevía a dejarle solo, por lo que pudiera ocurrir, y ahora que tenía las medicinas adecuadas, podía hacer su tránsito al otro barrio algo más llevadero.

Los chicos llevaban cerca de media hora encerrados en ese dormitorio, que tenía dos camas con una pequeña mesilla de noche entremedias, donde descansaba el candelabro con las velas que ofrecían a la estancia algo de luz. Abril le había ofrecido una habitación a cada uno, pero ambos se habían puesto enseguida de acuerdo en que dormirían en la misma habitación. A ninguno de los dos le apetecía estar solo.

El muchacho de la cicatriz sobre la oreja, se rascaba la incipiente barba de mal ladrón mientras Maya se quitaba los pantalones. Él mismo había hecho lo propio minutos antes, sustituyendo los propios por unos viejos que había encontrado en el armario de la habitación, de donde habían sacado también la ropa de cama y una camisa blanca, con la que parecía un desaliñado camarero.

MAYA – Ya está.

Christian se giró, y observó con atención a la muchacha. Llevaba puestos unos pantalones negros de pinza, que al menos eran de su talla. Y lo más importante, estaban limpios. El armario estaba rebosante de ropa anticuada, pero no había rastro alguno de ropa interior. Mataron dos pájaros de un tiro, pues Christian pudo volver a vestirse de cintura para arriba, ahora que empezaba a refrescar, y Maya pudo de ese modo ocultar la herida de su pierna, con lo que deberían cesar definitivamente las sospechas de Abril. Caminó hacia su cama, y se sentó al borde. Respiró hondo, sin parar de mirar a su compañera. Ella tenía la mirada perdida en el empapelado de la pared.

CHRISTIAN – ¿Cómo te encuentras, Maya?

La muchacha levantó la vista, y se llevó una mano a la sien.

MAYA – Bueno… Me duele la cabesa bastante…

Christian bajó la vista.

CHRISTIAN – Quizá… quizá no llegó a… tal vez se te pase y todo quede en un susto…

MAYA – No quiero hablar de tema, ¿vale?

CHRISTIAN – Entiendo.

El chico tragó saliva. No podía parar de pensar que Maya empezaría a enfermar enseguida, y acabaría igual que había acabado su padre, hacía tan poco tiempo. Ella entre todos le parecía la que menos lo merecía; era demasiado joven, demasiado vulnerable. Se le antojaba incluso injusto, más después de haber llegado tan lejos, después de haber tenido que renunciar a tanto por el camino. Se levantó de la cama y miro por la ventana. Ésta no tenía clavado listón alguno y estaba abierta de par en par, hacia dentro. Desde ahí se veía parte del claro que había frente a la mansión, y la luna menguante tras unas pocas nubes. Lo que más llamaba la atención era una pequeña concentración de luciérnagas que revoloteaban alrededor de unos matorrales, junto al curso del río.

MAYA – ¿Qué crees que habrá sido de los demás?

Christian se giró, y se recostó sobre el alféizar de la ventana.

CHRISTIAN – No tengo ni idea… Al igual están ahora en la barca, preguntándose lo mismo sobre nosotros.

MAYA – No deberíamos habernos separado… Es todo culpa mía.

CHRISTIAN – ¿Culpa el qué?

MAYA – Si yo hubiera podido ir con vosotros, tú no tendrías que haberte quedado conmigo.

CHRISTIAN – Ya ves tú que problema.

MAYA – Podrías estar con ellos ahora.

CHRISTIAN – ¿Y qué gano yo con eso?

Maya se dio cuenta que lo que decía no tenía mucho sentido, y se mantuvo en silencio.

CHRISTIAN – Al igual están ahora en la ciudad esa, en una casa segura, hartándose a jamón de pata negra. Al igual… hubiera sido incluso peor. Eso no lo sabemos.

Maya puso los ojos en blanco. Se le antojaba harto difícil imaginar una situación peor que la que estaba viviendo en esos momentos. Era sobre todo el no saber qué sería de ella, lo que más la martirizaba.

MAYA – ¿Te irás mañana con ella a buscar cosas a la barca?

CHRISTIAN – Sí… Antes o después hay que hacerlo. No creo que ganemos nada aplazándolo.

MAYA – Pero… Es demasiado peligroso, no deberías…

CHRISTIAN – Bueno, piensa que ahora tenemos un arma. Y por el bosque tampoco tiene que haber tantos. Estuvimos mucho tiempo caminando, y sólo nos encontramos con dos.

MAYA – Yo… no quiero que tú también…

Empezó a llorar. Christian se acercó, se sentó a su lado, y le puso una mano en el hombro, tratando de animarla.

MAYA – Joder, es que los he perdido a todos, no quiero…

Christian le quitó la lágrima que recorría su mejilla.

CHRISTIAN – No te voy a dejar, estate tranquila. No te vas a deshacer de mí tan fácilmente.

Ambos cruzaron las miradas por un instante, y Christian enseguida se levantó de la cama de Maya, ruborizado, y le dio la espalda, mirando de nuevo por la ventana. En realidad no había tensión sexual. En las circunstancias en las que se habían conocido, no había tiempo para perder con ese tipo de cosas. No obstante, la situación había resultado incómoda para ambos. Maya se calmó enseguida, y se echó en la cama boca arriba, con los ojos bien abiertos, mirando las telarañas del techo. Ahora pensaba en Daniel, su hermano pequeño. Recordaba haber estado cazando moscas con él al inicio de ese mismo verano, en la casa de Nakeri, y dejándolas en una telaraña similar a la que ahora miraba, para alimentar a su dueña. Le echaba muchísimo de menos, y le dolía no recordarle, ni a él ni al resto de su familia, como creía que debería ahora que no estaban. Eran tantos los problemas que rondaban su cabeza que el tiempo de luto menguaba hasta disiparse en el aire. Eso tampoco era justo.

CHRISTIAN – Será mejor que nos vayamos a dormir ya. Debe de ser tardísimo.

Maya no dijo nada. Christian se acercó a la mesilla de noche, y sopló las dos velas que había encendidas en el candelabro, sumiéndolo todo en la oscuridad. Se descalzó, se echó en su propia cama, y en cuestión de cinco minutos, ambos estaban dormidos.

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Mansión de Nemesio, isla Nefesh

23 de octubre de 2008

ABRIL – ¿Así que hay otros cuatro en la isla?

CHRISTIAN – Sí… Tres adultos y una niña de unos… ¿Qué edad tendría Zoe?

MAYA – Ocho… ocho o dies años. Dose como mucho.

Sonaba una rana de fondo, desde hacía al menos media hora. Todo estaba excepcionalmente tranquilo. Se encontraban en la sala contigua; el vestíbulo. Ya empezaba a oscurecer, y esa habitación era la que más ventanales tenía; la mejor iluminada de toda la mansión. Además, desde ahí no molestaban a Nemesio, que había caído en un profundo sueño después de recibir su dosis de morfina. Maya estaba sentada en una pequeña butaca polvorienta junto a una mesilla con una lámpara antiquísima, al lado de la escalera, donde estaba sentado Christian. Abril estaba de pie, frente a ellos. Estaba muy excitada por todo cuanto había oído. Ella ya les había contado toda su historia, y cómo había sido que la isla había pasado de ser segura a pudrirse como un pimiento de un día para otro. Ahora escuchaba con atención lo que los chicos tenían que contarle sobre la suya propia.

CHRISTIAN – Vimos ayer el humo de la chimenea desde donde estábamos, y pensamos que pudieran ser ellos. Por eso vinimos.

ABRIL – ¿Y no habéis encontrado… problemas, por el camino?

Christian se disponía a mentir, pero Maya se le adelantó.

MAYA – No.

ABRIL – ¿Y esa herida?

MAYA – Esa herida me la hise cuando el torpe este se tropesó con unas raíses y me dejó caer al suelo, viniendo para aquí.

Christian bajó la cabeza, fingiendo estar avergonzado. Le sorprendía la facilidad con la que Maya salía del paso, pero sobre todo la entereza que estaba llevaba demostrando últimamente. Esta Maya estaba a años luz del alma en pena que había dejado sentada en el porche, cuando buscaba la manera de entrar a la mansión.

ABRIL – No habréis… ¿Habéis bebido agua del río, viniendo para aquí?

Christian negó con la cabeza. Es algo que no se le había ocurrido.

CHRISTIAN – No…

Abril asintió con la cabeza, lentamente, satisfecha.

ABRIL – Pues ni se os ocurra hacerlo, ni bebáis tampoco agua de los grifos de aquí de la mansión. Ni os duchéis.

Los dos nuevos inquilinos arrugaron la frente. No acababan de entender por dónde iba Abril.

ABRIL – Es por el agua. El agua no…

Empezó a hablar en voz muy baja, tanto que costaba oírla.

ABRIL – Nemesio está enfermo porque ha bebido de esa agua. Bueno… no os puedo asegurar que sea por el agua, pero… yo no he bebido ni pienso beber, ni quiero que vosotros bebáis, por vuestro bien. Y eso va a ser un  problema, porque… ahora venía de Nefesh, del hospital, y he cogido un buen puñado de latas y botellines de agua, pero… eso no va a durarnos mucho, y más ahora que somos el doble de gente. Y comida… de comida vamos todavía peor como aquél que dice. Vamos a tener que pensar en algo si pretendemos quedarnos todos aquí un tiempo…

Christian le estaba dando vueltas a la cabeza. Si bien la mansión parecía un lugar seguro al que no abandonar, no podía olvidar a sus compañeros, sobre todo a Bárbara y a Zoe. No estaba dispuesto a quedarse de brazos cruzados hasta que no supiera qué había sido de ellos. Por otra parte, el problema de la comida no sería tanto problema al fin y al cabo, si podían echar mano de todo cuanto habían dejado abandonado en la barca.

CHRISTIAN – Eso no… nosotros tenemos comida y bebida.

A Abril se le iluminó el rostro.

CHRISTIAN – En el barco que vinimos, pudimos rescatar parte de lo que… llevábamos, y subirlo a un bote antes que se hundiera. Y hay bastante, la verdad. Está a… una hora, hora y media de aquí. Es de ahí de dónde venimos.

ABRIL – Esa es una muy buena noticia. Y más si no hay ningún… ningún… nadie por el camino.

Maya sintió reparo al ver la tímida sonrisa que emergía de los labios de la doctora de pelo azabache.

CHRISTIAN – Podríamos ir mañana…

La chica paralítica sintió una punzada en el corazón al escuchar esa última palabra. Durante bastante tiempo había conseguido olvidar su mordisco, el que estaba infectada, y ahora de nuevo le sobrevenía ese sentimiento de congoja y pánico, al recordar que, para ella, la palabra mañana, ya no tenía el mismo significado que para los demás.

ABRIL – Pues sí. Vayamos mañana por la mañana, y nos traemos todo lo que podamos. Si hace falta volvemos a medida que nos vaya haciendo falta, más adelante.

CHRISTIAN – Sí…

A Chris le parecía una idea especialmente buena, más que nada por el hecho que quería volver a la barca. Aún se negaba a asumir que sus compañeros y amigos hubieran muerto. Había pasado demasiado tiempo con ellos, hasta el punto de considerarlos su propia familia, y no estaba dispuesto a tirar la toalla, no tan pronto. La barca era el único nexo que le quedaba con ellos.

ABRIL – Tú…

Abril agarró la escopeta que había en el segundo escalón de aquella inmensa escalera. La iluminación era peor por momentos.

ABRIL – ¿Tú sabes gastar esto?

Christian mostró su mano vacía, y Abril no dudó en ofrecerle el arma. En el poco tiempo que habían tenido para conocerse, habían asumido que todos eran iguales; supervivientes. No debían desconfiar de nadie que no tuviera los ojos rojos. El chico observó el arma. La abrió incluso para comprobar que estaba cargada y se la volvió a ofrecer a su nueva dueña.

CHRISTIAN – Sí. Mor…

Sintió una punzada en el costado al recordar el nombre del policía de color que les había abandonado hacía tan poco.

CHRISTIAN – Una de las personas que iba con nosotros utilizaba una parecida, y me enseñó a gastarla. Y con toda la munición que tienes no tendríamos que preocuparnos demasiado, si encontramos alguien por el camino.

ABRIL – Estupendo… Pues te pediré que me enseñes a utilizarla, y… O no, mejor… mejor la gastas tú. Yo… yo no me fío. No tengo puntería, y me da… como cosa, llevar eso encima. ¿Te importaría…?

CHRISTIAN – Para nada. Es tuya, eres tú quien…

Christian sintió un hormigueo en el estómago. Le gustaba la sensación de sentirse protegido por un arma, y más de ese calibre. Ya tenía ganas de que llegase el día de mañana.

ABRIL – Pues vale, hagamos eso. Mañana partimos hacia el lugar este que me dices, y empezamos a recoger provisiones.

Christian asintió. Maya había vuelto a entrar en trance; hacía un rato que había dejado de prestar atención a la conversación, para centrar su mirada en la sucia cristalera, en los altos árboles que se mecían al viento más allá de los muros de la mansión.

ABRIL – Ahora vamos a cenar algo, y luego os acompaño a los dormitorios, que mañana será un día muy largo.

Christian se levantó. Abril volvió hacia el salón donde descansaba Nemesio, donde estaba toda la comida. Christian tuvo que sacar a Maya de su ensimismamiento para poder cogerla en brazos y llevarla a la mesa. Estaba muy desanimada, y le empezaba a doler la cabeza.