2×418 – Veo

Publicado: 08/12/2011 en Al otro lado de la vida

418

Mansión de Nemesio, isla Nefesh

24 de octubre de 2008

 

Christian despertó de un sueño bastante extraño, en el que estaba luchando contra un armadillo gigante con sus poderes mágicos. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba. Se sentó en la cama, viendo entrar por la ventana los alargados rayos de luz de la mañana, en mitad de un gran bostezo. Miró hacia Maya, y la vio tendida en la cama; una babilla asomaba de la comisura de sus labios. Sólo una de sus piernas estaba tapada por la sábana, el resto estaba en el suelo. Se preguntó cómo podía agitarse tanto durmiendo si sólo podía mover medio cuerpo. Se levantó y se calzó, sin parar de mirarla. No había nada que hiciera pensar que pudiera estar enferma, pero eso no significaba nada, y él lo sabía. Decidió dejarla dormir un rato más, y salió del dormitorio, cerrando tras de sí.

Trató de recordar el camino de vuelta hacia las escaleras, pero se equivocó en un par de ocasiones antes de alcanzar su objetivo. Esa casa era realmente enorme, a todas luces excesivamente grande, con demasiados pasillos con bifurcaciones y puertas por doquier. Llegó al vestíbulo, y escuchó unos sonidos que le hicieron ponerse alerta. Bajó las escaleras sin hacer ruido, y sin apoyarse en el pasamanos lleno de polvo, y siguió el sonido que retumbaba por la estancia, hasta llegar al salón principal. Nada más entrar clavó su mirada en Nemesio, que seguía exactamente en el mismo sitio del que no le había visto moverse desde que llegasen a la mansión la tarde anterior. El anciano estaba llorando, con una de sus manos con la palma arrugada abierta a veinte centímetros de su nariz. Christian tropezó con el extremo de una de las alfombras, y entonces Nemesio giró su cabeza hasta clavar su mirada en él. Christian arrugó la frente.

NEMESIO – Abril, ¿eres tú?

Christian rastreó la habitación de un extremo al otro con la mirada, pero no vio a la doctora. No la había echado en falta hasta entonces.

CHRISTIAN – No. Soy yo, Chris.

NEMESIO – Acércate, chico.

Christian tragó saliva, y acató la orden del viejo. Éste le siguió con la mirada, con una enorme sonrisa en la cara. Las lágrimas seguían recorriéndole las mejillas, pero nada hacía pensar que llorase de dolor, sino todo lo contrario. Se detuvo a un par de pasos de él.

CHRISTIAN – ¿Qué pasa?

NEMESIO – ¿Que qué pasa? ¡¡Que veo!!

CHRISTIAN – ¿Que ves?

NEMESIO – ¡Sí!

Fue entonces cuando Christian recordó que Abril les había contado la noche anterior que Nemesio era ciego. En ese momento apareció Abril bajo la arcada que daba al vestíbulo. Se estaba restregando un ojo con el puño cerrado. Vio al anciano llorando, y se acercó rápidamente a ver qué ocurría.

ABRIL – ¿Qué pasa, abuelo? ¿Le duele?

NEMESIO – No, no me duele nada.

Nemesio no paraba de llorar, y ahora reía a carcajadas, sentado en aquella vieja mecedora.

Abril había ido a dormir a su cuarto pasada la medianoche, instigada por el propio Nemesio, que alegaba que debía descansar en condiciones, si al día siguiente quería estar en plenas facultades para ir a buscar provisiones. Desde entonces el anciano había estado solo en el salón. No había dormido ni un minuto. El dolor había ido menguando paulatinamente, y para el amanecer, había cesado por completo. Pero eso era lo que menos le preocupaba en esos momentos, pues había podido presenciar el alba por primera vez en los últimos casi setenta años.

Todo empezó unas horas después que Abril le dejase solo. Fue la vela que había dejado encendida sobre la chimenea apagada lo que le había tenido entretenido toda la noche. Creía ver un diminuto haz de luz entre la oscuridad. Era la primera vez que le ocurría desde que perdiera la vista en un accidente de tráfico, cuando era aún muy joven. Lo achacó a la enfermedad, y no le dio demasiada importancia, pero no podía dejar de mirarlo. Todavía dejó pasar bastante tiempo, ensimismado en ese punto luminoso, hasta que se armó de valor y se levantó. Se sorprendió aún más al ver que el punto se movía a medida que él se acercaba, que no se trataba de una ilusión, sino que era algo real.

Al principio tan solo se trataba de una intuición borrosa, pero con el paso del tiempo se fue aclarando, y para cuando el sol empezó a rayar el horizonte, ya era capaz de ver la vela, el candelabro y parte del mobiliario de la sala. Todo era nuevo para él, y sentía como si estuviera renaciendo, redescubriéndolo todo por segunda vez. La luz del sol empezó a filtrarse por entre las tablas que había colocadas en los ventanales, y Nemesio se acercó, boquiabierto, y tuvo el placer de contemplar el amanecer, cada vez más claro, increíblemente bello, para él más que para cualquier otra persona del mundo. No mucho más tarde ocupó de nuevo su asiento, cansado de llevar tantas horas de pie, y fue entonces cuando entraron sus dos compañeros.

Se sorprendió al ver el color de la piel de Abril. Había pensado que era blanca, como él, pero tenía un tono exótico que no era capaz de ubicar. Parecía india. El chico también le sorprendió. Pensó que era mucho mayor al oírle hablar la tarde anterior, pero no era más que un niño, que a duras penas había cumplido la mayoría de edad. No se había sentido más feliz en muchos, en muchísimos años.

ABRIL – No puede ser. Es… es imposible.

NEMESIO – ¡Sí puede ser! ¡He superado la enfermedad, me he curado y ahora puedo ver!

Nemesio se sentía invencible. No notaba ninguna secuela de la enfermedad que tan mal se lo había hecho pasar los días anteriores, y al haber recuperado ese sentido olvidado hacía tanto, estaba convencido que ya nada podría salir mal. Abril y Christian se miraron el uno al otro, impresionados por la actitud de Nemesio.

ABRIL – ¿No le duele nada, ni la cabeza, ni el estómago?

NEMESIO – No, no me duele nada, estoy… perfecto. No he estado mejor en toda mi vida.

Abril era consciente que lo que estaba viendo contradecía toda lógica médica. A esas alturas Nemesio debería haber estado muerto, e incluso frío, y eso en el mejor de los casos. Pero lejos de eso, estaba vivo, más fresco que una lechuga, con una vitalidad y una actitud que no correspondían ni a su edad ni a la durísima enfermedad que había contraído hacía tan poco. Ella no se sentía nada cómoda por cuanto estaba viendo. Lejos de ello, lo que sentía era miedo, y una gran desconfianza.

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comentarios
  1. dragzerg dice:

    *GASP* Que giro de trama.

  2. Sicke dice:

    nemesio sera inmune????k ya le hayan pasado los sintomas….me parece raro,aunke podria haberle dejado de doler por la morfina

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