2×422 – Cerca

Publicado: 11/12/2011 en Al otro lado de la vida

422

Bosque de coníferas al sur de la isla Nefesh

24 de octubre de 2008

 

ABRIL – Esto… esto es que debe haber alguien más por aquí cerca.

CHRISTIAN – Sí… quizá sí.

Abril observaba con la curiosidad de un niño el cadáver del infectado con la rama clavada en el ojo, arrodillada junto a él. Christian sostenía la escopeta con ambas manos, deseoso de partir cuanto antes. Era la segunda vez que pasaba por ahí en menos de veinticuatro horas, y ese lugar le traía demasiados malos recuerdos.

ABRIL – Sí, fíjate. La sangre es bastante reciente. Quien quiera que sea el que haya hecho esto, no debe hacer más de un día que pasó por aquí. Incluso os lo podríais haber cruzado ayer. ¿Seguro que no visteis a nadie?

CHRISTIAN – ¿Podemos irnos?

Abril arrugó la frente. Estaba emocionada por el hallazgo, y no comprendía la actitud de su compañero de viaje.

ABRIL – Al igual ha podido ser alguno de tus compañeros, esos que dijiste que iban con vosotros…

Christian se mantuvo en silencio, acrecentando la desconfianza de la doctora.

ABRIL – O alguien más que pueda rondar por aquí, pero me extraña que se hayan separado tanto de la ciudad… Aquí… no hay nadie. Mira, fíjate. Lo han clavado perfecto. Si lo hubieran hecho con cualquier otro ángulo no hubieran llegado tan hondo, y no habría servido para nada. Estos… aguantan mucho. El que sea que lo haya hecho, sabía muy bien lo que hacía.

El chico tragó saliva. Cada vez era más consciente que lo que había tenido era un gran golpe de suerte, nada más. Abril se quedó un rato más observando las cicatrices de quemaduras en las piernas del cadáver del infectado. Había algo en ellas que no era para nada normal, y ello, aunque solo fuera por deformación profesional, le resultaba muy interesante. Daban la impresión de ser muy recientes y al mismo tiempo muy, muy viejas. Nunca había visto nada así en todos sus años ejerciendo. Un halo de misterio contranatura envolvía ese extraño nuevo mundo, y a ella le parecía fascinante.

Finalmente se levantó, para goce de Christian, y se disponía a continuar hacia el sur, hacia la barca, cuando vio las gafas de Maya en el suelo. Igual de sorprendida y entusiasmada, las agarró y las observó, como si pretendiera encontrar en ellas una importante revelación. Christian empezaba a temer que la doctora descubriese que le habían mentido, pero era consciente que no disponía de motivos para ello. A ese infectado podría haberlo matado cualquiera, y esas gafas podrían haber pertenecido a cualquiera. No había nada que les pudiera delatar.

ABRIL – ¡Mira! ¿Alguno de tus compañeros llevaba gafas?

Abril se giró hacia Christian, mientras miraba por la única lente, comprobando que no eran gafas meramente estéticas, sino que estaban graduadas. Se sorprendió que a esas alturas todavía hubiese gente que no estuviera vacunada.

CHRISTIAN – No. Ninguno de nosotros llevaba gafas.

No pudo evitar sentirse mal por mentir de nuevo.

ABRIL – Pues el que quiera que se pelease con éste, llevaba gafas. Porque… son muy pequeñas para ser del infectado.

Christian asentía con la cabeza, haciendo el paripé. Finalmente Abril acabó por cansarse y tiró las gafas al suelo.

ABRIL – Bueno va, sigamos.

CHRISTIAN – Sí, mejor será.

Prosiguieron su camino, con Christian siempre a la cabeza. Habían partido hacía cerca de media hora de la mansión. Christian no recordaba para nada la ruta que habían tomado él y Maya para llegar, pero a juzgar por el desafortunado hallazgo, iban por buen camino. Fue Abril la que encontró el cadáver, y le obligó a desviarse para echar un vistazo. No habían encontrado hostilidad alguna en todo ese tiempo, ni tampoco ningún otro tipo de señal que indicase que nadie más hubiese estado por la zona últimamente. Todo estaba demasiado tranquilo y, a diferencia de cómo se sentía antes de partir, Chris había cogido algo de miedo, más ahora al recordar la trifulca de la tarde anterior, de la que había salido con vida por los pelos. Temía ver aparecer a Morgan tras cualquier arbusto, a la niña que había mordido a Maya, a cualquier otro infectado. Llevaba todo el tiempo el arma cargada en las manos, y no hacía más que mirar en todas direcciones, desconfiando de cualquier ruido, siempre alerta. Abril, por el contrario, iba perdiendo cada vez más la aprensión. Se sentía protegida al tener alguien armado junto a ella, hasta el punto de bajar la guardia por completo. Como tan solo había visto infectados en la ciudad, una parte de su cabeza le decía que no encontrarían compañía alguna por el bosque. Además, y según el falso relato de Christian y Maya, ellos mismos no se habían encontrado  ninguna sorpresa por el camino la tarde anterior, motivo de más para confiarse.

A duras penas habían avanzado un par de minutos, cuando Abril volvió a llamarle la atención, ilusionada y sorprendida. Christian estaba demasiado pendiente de encontrar a quién disparar, que no se fijó en la caja hasta que fue demasiado tarde. Habían tomado el mismo camino que él había hecho corriendo la tarde anterior, con Maya en brazos, básicamente porque era el único libre de zarzas y demás arbustos por el que seguir dirigiéndose hacia el sur. La caja estaba en mitad del camino, como con un gran letrero de neón exigiendo que se le prestara atención.

El chico vio cómo su acompañante se acercaba y la abría, impresionada por cuanto encontraba dentro. Al mismo tiempo él no paraba de pensar en excusas para darle a entender que eso no tenía nada que ver con ellos. Sentía que no sabía mentir, y no sabía cuánto más tiempo podría seguir respondiendo a sus preguntas sin que se le notase. Incluso dudaba que Abril no estuviera ya al tanto. Había algo en la manera cómo le miraba que le hacía desconfiar. Respiró hondo y se acercó hacia donde estaba la doctora, arrodillada junto a la caja abierta. Se esforzó por fingir sorpresa, arrepentido de no haber tenido mejor orientación, para llevarla por otro camino.

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