Archivos para febrero, 2015

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Laboratorio de máxima seguridad de la compañía farmacéutica ЯЭGENЄR

19 de enero de 1985

 

Guillermo respiró hondo, vagamente consciente de lo que acababa de hacer. Aquél pequeño frasco de muestras con la sangre del sujeto 13-E, también conocido como Mordisquitos, descansaba en el bolsillo derecho de su bata blanca. Se había asegurado de que la cámara de seguridad no le grabase mientras extraía aquella pequeña muestra del cadáver del roedor, ni cuando se la introdujo en el bolsillo, y además era plenamente consciente que las grabaciones de esas cámaras sólo se visionaban en casos muy extremos, pero aún así estaba temblando de pies a cabeza.

            No sabía muy bien por qué lo había hecho. Estaba claro que aquél virus no era lo que estaban buscando. El trabajo de su padre era quizá demasiado ambicioso. Pretendía crear por medio de la ingeniería genética una especie de panacea universal que curase las enfermedades más graves del planeta. Su mayor empeño era el de conseguir retrasar o erradicar el cáncer que estaba apagando la vida de su esposa a ojos vista, pero cada nuevo paso adelante acababa traduciéndose en otros dos pasos atrás. Llevaban cerca de ocho años trabajando con aquél fármaco altamente inestable. Él había entrado a trabajar en los laboratorios cuando el trabajo ya estaba en pleno funcionamiento. Lo habían alterado cientos de veces, haciendo mil y una pruebas. Algunas obtenían un pequeño margen de éxito, pero José nunca estaba satisfecho, y volvía a empezar de cero partiendo de idéntica base a cada nuevo fracaso.

            En esta ocasión la rutina había sido la misma para José: el resultado del experimento no había sido el deseado, y había decidido hacer borrón y cuenta nueva, deshaciéndose de todo aquello en lo que había estado trabajando los últimos meses. Había dedicado demasiado esfuerzo y demasiado dinero a ese proyecto, y no estaba dispuesto a perder ni un solo minuto más en otro callejón sin salida. No cuando la vida de su esposa estaba tan cerca de su fin.

            Sin embargo, a ojos de Guillermo el cambio era sustancial. Hasta ahora habían conseguido hitos menores en la experimentación con animales, pero éstos siempre habían acabado traduciéndose en la muerte del huésped, en la mayoría de las ocasiones por un empeoramiento del mal que pretendían curar. Jamás habían llegado tan lejos como para ver volver a la vida a una de dichas víctimas. Mordisquitos había muerto la jornada anterior, al igual que lo habían hecho los doce sujetos que le precedían, a los que se había inoculado una versión parcialmente modificada del mismo virus que ahora descansaba en su bolsillo. Pero sólo él había resucitado, y Guillermo no estaba dispuesto a echar a perder esa oportunidad. No tenía ni la más remota idea de lo que haría con esa muestra, pero de lo que sí estaba convencido era de que no acataría la orden de su padre de eliminarla.

            José hacía poco menos de cinco minutos que había abandonado el laboratorio. En ese momento estaba reunido con los accionistas, a los que debería implorar algo más de paciencia, como había hecho en innumerables ocasiones con anterioridad. La reunión aún duraría al menos una hora, por lo cual Guillermo tenía tiempo de sobra para llevar a cabo su improvisado y temerario plan.

Presionó el botón correspondiente del panel que había junto a la puerta, y ésta se abrió con un sonido hidráulico. Cruzó al otro lado y siguió adelante, olvidando ahí dentro el café que había traído para sí mismo, contraviniendo por enésima vez las normas de seguridad e higiene.

Lo primero que hizo fue deshacerse de los cadáveres de las ratas que había traído consigo, acatando la orden de su padre. Acto seguido se fue al baño de empleados. Uno de sus compañeros le saludó al salir. Guillermo se limitó a hacer un pequeño gesto inclinando la cabeza, y entró. Se acercó al lavamanos, accionó el grifo, y se echó un puñado de gélida agua en la cara, aprovechando para peinar hacia atrás su cada vez más pobre y escasa cabellera.

Consciente que si seguía pensándoselo acabaría por echarse atrás, salió del baño y se dirigió hacia una zona muy poco frecuentada de los laboratorios. Enseguida dejó atrás a todos los demás trabajadores y se adentró en una pequeña sala con dos puertas. Una de ellas estaba cerrada con llave. La otra tenía un lector de tarjetas a su derecha. Él sacó del cuello de la bata la suya, que tenía anudada con una correa de plástico, y la colocó bajo el lector.

Esa era una zona de acceso restringido, a la que él, con su escasa experiencia y con el poco tiempo que llevaba trabajando en los laboratorios, le hubiera sido vetada sin lugar a dudas. Sin embargo, él era el hijo del director, miembro fundador y mayor accionista de la compañía, con lo que su tarjeta tenía acceso ilimitado.

            Accedió a otra pequeña sala y tuvo que soportar aquél pequeño ritual de descontaminación previo antes de cruzar la enésima puerta, que le condujo a una habitación bastante más grande, aunque pobremente iluminada, en la que hacía un frío de mil demonios.

Guillermo exhaló el aire de sus pulmones, tratando de calmarse, y vio cómo una nube de humo blanco se dibujaba frente a sí. Se frotó las manos, tratando de hacerlas entrar en calor, y se dirigió hacia el final de la sala, donde había unos grandes cilindros metálicos anclados al suelo. Levantó la cubierta de uno de ellos y una luz se encendió en su interior, al tiempo que dejaba a la vista un cilindro más pequeño que contenía dos docenas de viales idénticos al que él llevaba en el bolsillo.

Se trataba de muestras congeladas de virus de todo tipo. Desde el ébola hasta varias mutaciones de la gripe. Había más en los otros cilindros. Él sabía a ciencia cierta que la mayoría de esas muestras jamás serían utilizadas, por lo cual ese era el mejor escondite que podría encontrar para la suya propia. Escogió la de una mutación de la gripe bastante insignificante, del año 1981, en cierto modo de manera anecdótica, ya que era el año en el que había nacido su hermana Bárbara. Le quitó la pegatina identificativa que llevaba y se guardó la muestra de gripe en el bolsillo izquierdo. Metió la mano en el bolsillo derecho, y sujetó el vial con la sangre de Mordisquitos. Quizá fuera porque ahí dentro estaba prácticamente a cero grados, pero sintió cómo si el vial emitiese un poco de calor. Sin darle más vueltas, colocó la pegatina del virus de la gripe en el nuevo vial, y lo colocó en el mismo hueco que había dejado vacío instantes antes.

            Salió de la sala de muestras a toda velocidad, asegurándose que todo estuviese tal cual lo había encontrado. Esperó impacientemente a que la segunda compuerta se abriese y abandonó aquella pequeña salita con el corazón a punto de salírsele del pecho. Por fortuna no volvió a cruzarse con nadie hasta llegar al vestuario. Se desnudó, se colocó de nuevo la ropa de calle y salió por la puerta principal. Un hombre joven, que difícilmente tendría siquiera veinte años, le saludó amistosamente. Era uno de los nuevos guardas de seguridad, de los que habían entrado a trabajar hacía algo más de un par de semanas. El joven le saludó cortésmente, llamándole por su apellido, pues él sí le conocía. La placa que llevaba en el pecho rezaba su nombre: Adolfo. Guillermo devolvió el saludo, con una sonrisa forzada, y caminó a buen ritmo hacia el aparcamiento de empleados. Se desvió para tirar el vial que contenía el virus de la gripe a un contenedor cercano y se subió al coche.

Tan pronto cerró la puerta, sintió un enorme alivio, como si a partir de entonces lo que acababa de hacer quedase impune. Arrancó el motor y puso rumbo al hospital Shalom. Su madre recibiría esa misma tarde una nueva sesión de quimioterapia, y él siempre intentaba estar con ella en esos duros momentos.

3×939 – Azafata

Publicado: 24/02/2015 en Al otro lado de la vida

TOMO TRES

LA MUERTE ES SÓLO EL PRINCIPIO

 

Niños. Feéricos, vestidos con harapos. Dientes que brillaban como cuchillos. Heridas en los rostros desfigurados. El soldado, caído de espaldas, la boca y el cuello abiertos al cielo. Estaban alimentándose.

WILLIAM GIBSON, NEUROMANTE

 

Las ciudades, hermosas y fascinantes precisamente porque estaban vacías, porque en ellas se unían de manera extraordinaria dos extremos de la naturaleza, eran ahora como coronas de oro abandonadas en una selva y cubiertas de orquídeas salvajes.

G. BALLARD, EL MUNDO SUMERGIDO

 

Ni una pálida luz en las ventanas, ni un reflejo desmayado en las fachadas, lo que estaba ante ella no era una ciudad, era una extensa masa de alquitrán que al enfriarse se había moldeado a sí misma en forma de casas, tejados, chimeneas, todo muerto, todo apagado.

 JOSÉ SARAMAGO, ENSAYO SOBRE LA CEGUERA

 

RECETA PARA EL APOCALIPSIS: PASO 1

Precalentar el horno de la imprudencia a 240 ºC

939

Hospital Shalom, Sheol

17 de mayo de 1981

Bárbara tenía los ojos abiertos como platos, observando con atención desmedida todo cuanto la rodeaba. Estaba tumbada de espaldas sobre una pequeña manta muy cómoda con estampado de estrellas, dentro de una especie de urna de cristal con pequeñas ventanitas circulares a lado y lado. Se acababa de despertar. Bostezó con la boca bien abierta y los ojos fuertemente cerrados. Al volver a abrirlos, un movimiento en su visión perimetral le hizo girar la cabeza hacia la izquierda. Ahí había un hombre moreno, joven, aunque con unas prominentes entradas. En su mano derecha sostenía un gran ramo de rosas blancas. La miraba con una amplia sonrisa subrayada por un bigote negro perfectamente recortado. Le estaba hablando, pero ella no entendió una sola palabra. Sin embargo, no dudó un momento en corresponderle la sonrisa. Aunque no sabía muy bien por qué, ese hombre le transmitió muy buenas vibraciones.

Guillermo le hizo un par de carantoñas más a su hermana recién nacida y se alejó de la incubadora en la que la pequeña descansaba desde hacía poco más de una hora. Siguiendo las indicaciones de la enfermera, abandonó la sala y se dirigió hacia aquél largo pasillo en el ala de maternidad. Su madre se encontraba en la habitación 109. Guillermo se plantó frente a la puerta, se colocó bien las solapas de la camisa y golpeó con los nudillos la hoja de madera pintada de color rosa palo. Una voz apagada en el interior de la estancia le dio paso.

Su madre estaba tumbada sobre la cama, tapada hasta el pecho con una enorme sábana de color blanco nuclear que ocultaba el vendaje de su reciente cesárea. Tenía bastantes ojeras y parecía agotada, pero sonrió abiertamente al ver entrar a su primogénito. Hizo un gesto con el cuello, mirando hacia la puerta. Resultaba evidente que esperaba a alguien más, pero Guillermo había venido solo. La suya era la primera visita que ella recibía.

ANA – ¿No ha venido tu padre contigo?

Guillermo respiró hondo, con la mirada gacha. Negó ligeramente con la cabeza, algo abochornado.

Hacía unos meses que había acabado sus estudios superiores, master incluido, y había entrado a trabajar en los laboratorios ЯЭGENЄR, que dirigía su padre. Era la compañía farmacéutica más importante de España, y una de las más prestigiosas de Europa. Su principal acometido desde su fundación fue el de crear nuevos cosméticos, de ahí su nombre, pero ese no había sido más que un paso previo imprescindible para financiar los experimentos en otros sectores mucho más ambiciosos, en los que habían empezado a trabajar los últimos años.

GUILLERMO – Es… Ha… Vendrá un poco más tarde. Él… está liado con un experimento muy importante y me…

ANA – ¿Más importante que el nacimiento de su hija?

Guillermo alzó los hombros, en señal de impotencia.

GUILLERMO – Ya sabes cómo es… Cuando se le mete algo en la cabeza… Pero… Me ha dicho que… esta noche, o lo más tardar mañana por la mañana… Que… que no te preocupes, que él…

Ana respiró hondo, tratando de contenerse, y le mandó callar. Guillermo le ofreció aquél majestuoso ramo de rosas y ello pareció apaciguar un poco los ánimos de su madre. Ella olfateó su fragancia con los ojos cerrados y acto seguido las dejó en un sobrecargado jarrón con motivos asiáticos que había sobre la mesilla que se encontraba a su vera.

Había roto aguas estando en casa, con la única compañía de Gloria, el ama de llaves. Nadie esperaba que el parto se adelantase tanto, pues aún faltaban más de tres semanas para que saliera de cuentas. En esos momentos Guillermo y su padre José estaban trabajando a más de doscientos kilómetros de casa, supervisando las autopsias de unos primates en los que habían estado probando un fármaco experimental en el que llevaban varios meses trabajando. El resultado había sido un rotundo fracaso, y José estaba muy nervioso e irritado. Después de llamar a una ambulancia, Ana había telefoneado al número de contacto que su marido había dejado antes de partir, hacía un par de días. Tras más de cinco minutos de espera, por fin consiguió que alguien diferente a aquella secretaria de voz aguda le respondiese, justo antes que llegase la ambulancia.  Para su sorpresa, quien se encontró al otro lado de la línea era su hijo. Guillermo no pudo convencer a su padre para que le acompañase, y finalmente optó por ir solo. Cogió el primer tren en dirección Sheol que pasó por la estación, pero para cuando llegó su madre ya había dado a luz a la pequeña Bárbara.

ANA – ¿Has visto ya a tu hermana?

GUILLERMO – ¡Sí! Es rubísima. Es… Es preciosa. Se parece mucho a ti.

Guillermo sonrió de nuevo, sintiendo un agradable cosquilleo en el estómago. Había pasado su vida entera, más de un cuarto de siglo, como hijo único, y lo último que hubiese esperado era que sus padres le dieran una hermana a esas alturas. Pero así había sido, incluso con el peligro que ello entrañaba, pues dada la edad de Ana ese había sido un embarazo de riesgo. Sin embargo, estaba increíblemente emocionado con la idea de tener una hermana pequeña.

GUILLERMO – Siento haber llegado tan tarde. Cogí el primer tren que salía de la estación, pero…

ANA – No, hombre. Tranquilo. Cuando empezaron las contracciones llamamos a una ambulancia, y enseguida llegaron y me trajeron aquí. He estado muy bien atendida. Tú por lo menos has venido.

Un silencio incómodo se apoderó de la habitación durante unos segundos que a Guillermo se le antojaron horas.

GUILLERMO – ¿Y tú… qué tal estás?

ANA – No… Yo… Yo estoy bien. No tiene importancia. Lo que estoy deseando es que me dejen verla. Sólo la he podido ver un momento, y enseguida se la han llevado… Era tan… tan pequeña…

GUILLERMO – ¿Quieres que vaya a buscar a la enfermera, a ver si… pueden hacer algo?

Ana asintió vagamente, consciente que de poco serviría. Guillermo le guiñó un ojo y abandonó la habitación, emocionado ante la perspectiva de volver a ver a su pequeña Barbie.