Archivos para 24/02/2015

3×939 – Azafata

Publicado: 24/02/2015 en Al otro lado de la vida

TOMO TRES

LA MUERTE ES SÓLO EL PRINCIPIO

 

Niños. Feéricos, vestidos con harapos. Dientes que brillaban como cuchillos. Heridas en los rostros desfigurados. El soldado, caído de espaldas, la boca y el cuello abiertos al cielo. Estaban alimentándose.

WILLIAM GIBSON, NEUROMANTE

 

Las ciudades, hermosas y fascinantes precisamente porque estaban vacías, porque en ellas se unían de manera extraordinaria dos extremos de la naturaleza, eran ahora como coronas de oro abandonadas en una selva y cubiertas de orquídeas salvajes.

G. BALLARD, EL MUNDO SUMERGIDO

 

Ni una pálida luz en las ventanas, ni un reflejo desmayado en las fachadas, lo que estaba ante ella no era una ciudad, era una extensa masa de alquitrán que al enfriarse se había moldeado a sí misma en forma de casas, tejados, chimeneas, todo muerto, todo apagado.

 JOSÉ SARAMAGO, ENSAYO SOBRE LA CEGUERA

 

RECETA PARA EL APOCALIPSIS: PASO 1

Precalentar el horno de la imprudencia a 240 ºC

939

Hospital Shalom, Sheol

17 de mayo de 1981

Bárbara tenía los ojos abiertos como platos, observando con atención desmedida todo cuanto la rodeaba. Estaba tumbada de espaldas sobre una pequeña manta muy cómoda con estampado de estrellas, dentro de una especie de urna de cristal con pequeñas ventanitas circulares a lado y lado. Se acababa de despertar. Bostezó con la boca bien abierta y los ojos fuertemente cerrados. Al volver a abrirlos, un movimiento en su visión perimetral le hizo girar la cabeza hacia la izquierda. Ahí había un hombre moreno, joven, aunque con unas prominentes entradas. En su mano derecha sostenía un gran ramo de rosas blancas. La miraba con una amplia sonrisa subrayada por un bigote negro perfectamente recortado. Le estaba hablando, pero ella no entendió una sola palabra. Sin embargo, no dudó un momento en corresponderle la sonrisa. Aunque no sabía muy bien por qué, ese hombre le transmitió muy buenas vibraciones.

Guillermo le hizo un par de carantoñas más a su hermana recién nacida y se alejó de la incubadora en la que la pequeña descansaba desde hacía poco más de una hora. Siguiendo las indicaciones de la enfermera, abandonó la sala y se dirigió hacia aquél largo pasillo en el ala de maternidad. Su madre se encontraba en la habitación 109. Guillermo se plantó frente a la puerta, se colocó bien las solapas de la camisa y golpeó con los nudillos la hoja de madera pintada de color rosa palo. Una voz apagada en el interior de la estancia le dio paso.

Su madre estaba tumbada sobre la cama, tapada hasta el pecho con una enorme sábana de color blanco nuclear que ocultaba el vendaje de su reciente cesárea. Tenía bastantes ojeras y parecía agotada, pero sonrió abiertamente al ver entrar a su primogénito. Hizo un gesto con el cuello, mirando hacia la puerta. Resultaba evidente que esperaba a alguien más, pero Guillermo había venido solo. La suya era la primera visita que ella recibía.

ANA – ¿No ha venido tu padre contigo?

Guillermo respiró hondo, con la mirada gacha. Negó ligeramente con la cabeza, algo abochornado.

Hacía unos meses que había acabado sus estudios superiores, master incluido, y había entrado a trabajar en los laboratorios ЯЭGENЄR, que dirigía su padre. Era la compañía farmacéutica más importante de España, y una de las más prestigiosas de Europa. Su principal acometido desde su fundación fue el de crear nuevos cosméticos, de ahí su nombre, pero ese no había sido más que un paso previo imprescindible para financiar los experimentos en otros sectores mucho más ambiciosos, en los que habían empezado a trabajar los últimos años.

GUILLERMO – Es… Ha… Vendrá un poco más tarde. Él… está liado con un experimento muy importante y me…

ANA – ¿Más importante que el nacimiento de su hija?

Guillermo alzó los hombros, en señal de impotencia.

GUILLERMO – Ya sabes cómo es… Cuando se le mete algo en la cabeza… Pero… Me ha dicho que… esta noche, o lo más tardar mañana por la mañana… Que… que no te preocupes, que él…

Ana respiró hondo, tratando de contenerse, y le mandó callar. Guillermo le ofreció aquél majestuoso ramo de rosas y ello pareció apaciguar un poco los ánimos de su madre. Ella olfateó su fragancia con los ojos cerrados y acto seguido las dejó en un sobrecargado jarrón con motivos asiáticos que había sobre la mesilla que se encontraba a su vera.

Había roto aguas estando en casa, con la única compañía de Gloria, el ama de llaves. Nadie esperaba que el parto se adelantase tanto, pues aún faltaban más de tres semanas para que saliera de cuentas. En esos momentos Guillermo y su padre José estaban trabajando a más de doscientos kilómetros de casa, supervisando las autopsias de unos primates en los que habían estado probando un fármaco experimental en el que llevaban varios meses trabajando. El resultado había sido un rotundo fracaso, y José estaba muy nervioso e irritado. Después de llamar a una ambulancia, Ana había telefoneado al número de contacto que su marido había dejado antes de partir, hacía un par de días. Tras más de cinco minutos de espera, por fin consiguió que alguien diferente a aquella secretaria de voz aguda le respondiese, justo antes que llegase la ambulancia.  Para su sorpresa, quien se encontró al otro lado de la línea era su hijo. Guillermo no pudo convencer a su padre para que le acompañase, y finalmente optó por ir solo. Cogió el primer tren en dirección Sheol que pasó por la estación, pero para cuando llegó su madre ya había dado a luz a la pequeña Bárbara.

ANA – ¿Has visto ya a tu hermana?

GUILLERMO – ¡Sí! Es rubísima. Es… Es preciosa. Se parece mucho a ti.

Guillermo sonrió de nuevo, sintiendo un agradable cosquilleo en el estómago. Había pasado su vida entera, más de un cuarto de siglo, como hijo único, y lo último que hubiese esperado era que sus padres le dieran una hermana a esas alturas. Pero así había sido, incluso con el peligro que ello entrañaba, pues dada la edad de Ana ese había sido un embarazo de riesgo. Sin embargo, estaba increíblemente emocionado con la idea de tener una hermana pequeña.

GUILLERMO – Siento haber llegado tan tarde. Cogí el primer tren que salía de la estación, pero…

ANA – No, hombre. Tranquilo. Cuando empezaron las contracciones llamamos a una ambulancia, y enseguida llegaron y me trajeron aquí. He estado muy bien atendida. Tú por lo menos has venido.

Un silencio incómodo se apoderó de la habitación durante unos segundos que a Guillermo se le antojaron horas.

GUILLERMO – ¿Y tú… qué tal estás?

ANA – No… Yo… Yo estoy bien. No tiene importancia. Lo que estoy deseando es que me dejen verla. Sólo la he podido ver un momento, y enseguida se la han llevado… Era tan… tan pequeña…

GUILLERMO – ¿Quieres que vaya a buscar a la enfermera, a ver si… pueden hacer algo?

Ana asintió vagamente, consciente que de poco serviría. Guillermo le guiñó un ojo y abandonó la habitación, emocionado ante la perspectiva de volver a ver a su pequeña Barbie.