Archivos para 10/03/2015

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Oficinas centrales de la Organización Mundial de la Salud en Europa, Bélgica

15 de febrero de 1995

 

Guillermo seguía a través de unos auriculares que había conectados a la mesa el discurso que la intérprete iba traduciendo en tiempo real del oxidado inglés de su padre. Su posición era de las más privilegiadas, dentro de aquella gigantesca sala de conferencias en la que había al menos un millar de personas guardando el más estricto de los silencios. José se encontraba detrás de un atril con más de una docena de micrófonos, hablándole a todo el mundo mediante una señal que se estaba retransmitiendo en directo a todas las televisiones nacionales del planeta, y la mayor parte de las privadas. Una descomunal bandera europea pendía de la pared a su espalda, reivindicando la autoría de semejante avance de la medicina. Sin duda ese día marcaría un antes y un después en la manera cómo el hombre se iba a enfrentar a las enfermedades el día de mañana.

            Guillermo sólo había estado en una situación similar una vez en su vida, el año anterior, cuando su padre recibió el Nobel de medicina. En aquella ocasión Bárbara les había acompañado. Sin embargo ahora ella estaba en Sheol. Tras la enésima discusión con su padre, había decidido no acompañarles, pese al ultimátum en forma de amenaza que había recibido por su parte, dado lo importante que era para él ese acto. Su entrada en la adolescencia la había vuelto mucho más enérgica y rebelde, y su carácter cada vez chocaba más con el de su padre, por lo que las discusiones eran el pan de cada día. Guillermo siempre intentaba mediar, las veces que se reunían los tres, pero cada vez le costaba más.

            Guillermo se dio cuenta que no había estado prestando atención a lo que decía su padre tan pronto éste acabó su discurso y la entera totalidad de la sala se puso en pie y aplaudió durante al menos dos minutos, sin descanso. Él les imitó, con una radiante sonrisa en el rostro, pues había cientos de cámaras registrando ese crucial momento de la historia contemporánea.

Ese no era más que un mero trámite de cara a la prensa, para dar el pistoletazo de salida de la vacuna al mercado. Unos meses después de la muerte de Ana, el trabajo en el laboratorio empezó a dar buenos frutos, hasta unos extremos que ni siquiera ellos mismos hubieran podido prever. Encontraron una cepa especialmente estable, y empezaron a hacer una y mil combinaciones, contemplando atónitos cómo la tasa de rechazo era cada vez más pequeña, lo cual les permitió materializar en gran medida el sueño que había tenido su padre al comenzar con esa ambiciosa empresa.

La directora general de la OMS se acercó a José con un pequeño maletín plateado que colocó sobre el atril. Al menos un billón de personas debían estar presenciando la escena, por lo que nada podía salir mal. La directora general abrió el maletín y sacó un pequeño vial en el que se podían leer claramente las letras rojas de la compañía farmacéutica que había hecho posible el milagro. Aquella mujer de pelo canoso cogió una sofisticada jeringuilla del interior aterciopelado del maletín, y la llenó con el contenido violáceo de aquél pequeño vial.

Evidentemente, lo que estaban haciendo no era más que una burda pantomima. Aquél vial que la directora general sostenía entre sus dedos no contenía más que una solución salina tintada con el mismo color de la vacuna que ese mismo día se pondría en circulación por todo el globo. Guillermo lo sabía muy bien, porque él mismo había utilizado idéntico líquido unas semanas antes. Lo hizo en los laboratorios centrales de Sheol, cuando todos sus compañeros, su padre y él mismo habían hecho una ceremonia, bastante menos pomposa que la que ahí se estaba llevando a término, en la que se vacunaron con el fruto de casi un cuarto de siglo de trabajo ininterrumpido.

Si alguien le hubiera preguntado, Guillermo no hubiera sabido responder por qué había sustituido su vial por aquella muestra artificial que guardaban para la prensa, idéntica a la original tanto en su textura, como en su color y su olor. No es que desconfiara de la vacuna, pues su coeficiente de efectividad y su tasa cero de rechazo resultaban indiscutibles. Había pasado con rotundo éxito todos y cada uno de los tests propuestos por cientos de comités médicos de todo el mundo, e incluso había conseguido curar ya a cientos de personas con enfermedades en estado terminal que se habían ofrecido voluntarias para la experimentación humana. Sin embargo, eso no parecía ser suficiente para él.

Pese a que hacía más de una década de lo ocurrido, Guillermo no se lo había podido quitar de la cabeza. Él estaba convencido que de haber continuado trabajando con la cepa que habían desechado en el 85, los resultados hubieran sido infinitamente mejores. Sentía como si en cierto modo se hubieran conformado con una solución descafeinada a tan ambicioso trabajo, y él no estaba dispuesto a tomar partido en ello, aunque fuese con ese acto simbólico cuyo único conocedor era él mismo, pues a ojos del resto del mundo, él se había vacunado aquella tarde de otoño igual que su padre, igual que todos sus demás compañeros.

Un chorrillo de líquido violeta voló por el aire, captado por todas aquellas enormes y costosas cámaras de vídeo. José se quitó la americana, la posó con cuidado sobre el atril, se tomó su tiempo para quitarse los gemelos plateados de la manga izquierda de la camisa, los que Ana le había regalado en uno de sus últimos aniversarios de boda. Guardó la pieza metálica en su bolsillo, y se arremangó la manga de la camisa hasta la mitad del antebrazo, que luego presentó a cámara. La directora general limpió la zona en la que efectuaría el pinchazo con un algodoncillo empapado en alcohol, y acto seguido clavó la aguja hipodérmica en la piel de José, en un punto donde la vena sobresalía ligeramente, con un tono ligeramente verdoso. Todos guardaron silencio a medida que la solución salina entraba en el organismo del científico, y la sala estalló de nuevo en un aplauso multitudinario tan pronto la directora general volvió a meter la jeringuilla, ahora vacía, en aquél maletín.

A partir de ese momento, la vacuna ЯЭGENЄR entraba oficialmente al mercado, y en las próximas semanas millones de personas alrededor del mundo recibirían un pinchazo idéntico a ese, ignorantes de que al hacerlo estarían firmando sus sentencias de muerte.