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Centro de día para ancianos en Bayit, ciudad de Nefesh

7 de diciembre de 2008

 

CHRISTIAN – Pero es que es eso lo que no me entra en la cabeza. ¿Por qué no nos habíais dicho nada hasta ahora?

            Carlos respiró hondo, deseando que se lo tragara la tierra. Maldijo el momento en el que decidió no compartir con los demás la noticia del hallazgo de aquél lujoso velero que descansaba en la ensenada Tamir, a unos pocos kilómetros al sur de Bayit. Bajo esa nueva óptica, incluso le costó recordar los motivos por los que había decidido no contárselo a nadie en su momento.

Hacía un buen rato que habían empezado a discutir, tanto tiempo como hacía que se sentaron a la mesa y compartieron la ya añeja nueva con el resto del grupo. Bárbara y Carlos habían acordado hacerlo público durante la comida, tras la larga conversación que ambos hermanos habían sostenido, dada la férrea insistencia de la profesora, que no estaba dispuesta a echar a perder esa magnífica oportunidad. Zoe les había acompañado en silencio, aún sin haber tenido ocasión de digerir todas aquellas novedades. Ahora ambas estaban sentadas en uno de los extremos de una gran mesa que habían instalado en la sala principal del centro de día, comiéndose aquellos tallarines con tomate y bonito que había preparado Ío con bastante buena mano.

El instalador de aires acondicionados buscó en Bárbara algo de apoyo frente al linchamiento al que estaba siendo sometido, pero ella no parecía siquiera estar prestando atención a la discusión. La profesora masticaba distraída, con una tímida sonrisa dibujada en los labios, ajena al revuelo que había suscitado la noticia del hallazgo de aquél navío, que había ensombrecido por completo ante los demás a la del reencuentro con su hermano. Miraba al plato casi vacío que tenía frente a sí con la mirada perdida, sin duda trazando el plan maestro que la devolvería a los brazos de Guillermo y el pequeño Guille, a los que había creído muertos hasta hacía una hora escasa. Para ella, poco más importaba en esos momentos.

CARLOS – Joder, lo siento.

PARIS – Anda que si llego a ser yo el que os esconde algo así… No quiero ni pensar lo que hubierais llegado a decirme.

CARLOS – No hice bien, lo reconozco. Y por ello os pido disculpas. Por esos entonces… aún no habíamos levantado el último muro, y estábamos todos muy ilusionados con el barrio, y… pensé que contároslo podría… hacernos perder las ganas o… la ilusión…

PARIS – No, y si de vosotros depende, no nos hubiéramos enterado nunca.

CARLOS – Tampoco…

MAYA – ¿Pero cuánto hase de eso?

CARLOS – Una… una semana… o un poco más.

CHRISTIAN – ¡Madre mía!

CARLOS – Toda la culpa es mía. Bárbara sí quería contarlo. Fui yo quien la convenció para que no dijéramos nada.

PARIS – Eso no le quita culpa.

            La profesora ni siquiera levantó la mirada del plato. Resultaba evidente que no estaba escuchándoles.

Darío y Carla seguían la conversación pero sin involucrarse en ella, charlando entre sí de vez en cuando. La veinteañera observaba a Juanjo con el ceño ligeramente fruncido, preguntándose qué rondaría por la cabeza del banquero. Le extrañó que no hubiese participado de la discusión para desacreditar a Carlos, pues conociéndole como creía conocerle, esa hubiera debido de ser su primera reacción. Marion también guardaba silencio. Ella parecía bastante más enfadada que los demás, aunque se esforzase por parecer indiferente. Carlos sabía que le esperaba otra buena bronca, aunque esta sería en privado, unas horas más tarde.

CHRISTIAN – Nos lo tendríais que haber dicho.

            Christian no era el más indicado para juzgarle, no después de haberles guardado un secreto mucho más importante que ese desde antes incluso de llegar a la isla, aunque de eso ni Carlos ni ninguno de los demás presentes tenía noticia.

El instalador de aires acondicionados no pudo soportarlo más y se rebeló ante tantas críticas. No estaba acostumbrado a recibir reproches, y menos cuando lo que había hecho había sido fruto de la reflexión, pensando en el bien del que él consideraba su grupo, por más egoísta que pareciese a ojos de los demás.

CARLOS – ¿Alguno de vosotros quiere irse a algún lado? ¿Qué no estáis bien aquí donde estamos? ¿A alguien le hace falta ese maldito barco para… algo?

            Un silencio incómodo se apoderó de la sala, sólo quebrado por el quejido lastimero de uno de los bebés.

CARLOS – ¡Pues ya está! Hice mal, y os he pedido perdón por ello. ¿Qué más queréis que haga? Si se vuelve a presentar una situación parecida, prometo compartirlo todo con vosotros. Ya no habrá más secretos. Pero tengamos la fiesta en paz, por el amor de Dios. No vamos a ganar nada alargando más la discusión.

            En adelante cundió el silencio entre los presentes, que aunque no muy convencidos con las palabras del instalador de aires acondicionados, decidieron dejarlo pasar. Cada cual había sacado sus propias conclusiones al respecto, y eso era algo con lo que Carlos tendría que lidiar de ahí en adelante.

            Pasados unos minutos, cuando el tema de conversación había cambiado sustancialmente y el ánimo de los presentes se había relajado de nuevo, retomando incluso el tono cordial y distendido habitual en las sobremesas, Bárbara cerró los ojos, inspiró profundamente, y se levantó de su asiento arrastrando la silla tras de sí. Zoe la observó con atención desde su asiento. La profesora caminó hasta el otro extremo de la mesa y se plantó junto a Darío, con una expresión muy seria en el rostro.

BÁRBARA – ¿Podemos hablar un momento en privado?

            El viejo pescador asintió brevemente. Se levantó, se abrigó con el anorak de plumas que había colocado en el respaldo del asiento, y acompañó a Bárbara al patio de los álamos, donde corría una gélida brisa que parecía augurar un invierno especialmente frío. La profesora cerró con suavidad la puerta corredera acristalada tan pronto ambos salieron al patio, para evitar que el frío penetrase al centro de día donde descansaban todos los bebés limpios y con la panza llena. Carla se les quedó mirando desde su asiento, junto al pequeño Josete, que tenía toda la cara manchada de tomate frito alrededor de la boca, lo cual resultaba algo inquietante en los tiempos que corrían.