Archivos para abril, 2015

3×958 – Más

Publicado: 28/04/2015 en Al otro lado de la vida

958

 

Camarote principal del velero Nueva Esperanza

9 de diciembre de 2008

 

Zoe estaba sentada a un lado de la mesa, con la cabeza gacha. Carla y Bárbara estaban frente a ella, en el otro banco. La profesora había preparado una cena improvisada a la pequeña, pero Zoe no paraba de llorar y aún no había probado bocado. Darío seguía en cubierta, bien abrigado y ajeno a lo que ocurría en el camarote principal. La presencia de Zoe no suponía ningún inconveniente para él.

BÁRBARA – ¿Tú sabes lo preocupados que deben estar ahora los demás, Zoe? Esto que has hecho es muy irresponsable. Ahora vamos a tener que dar media vuelta por tu culpa.

            Zoe gimoteó de nuevo. Tenía los ojos rojos de tanto llorar. Nunca antes había recibido una bronca así por parte de Bárbara.

ZOE – Lo siento mucho… Lo siento, de verdad… Yo… Yo avisé a Ío antes de irme, y le dije que… que… que les dijera a los demás que me… que… que me había venido con vosotros. Ellos no… no… no se… yo se lo dije para que… para… para que no… no se preocuparan.

            Bárbara chistó con la lengua. Estaba disgustada con Zoe, pero en el fondo era incapaz de enfadarse con ella. Con frecuencia le costaba verla como lo que realmente era: una niña.

BÁRBARA – Te dije que no vinieras porque el viaje puede ser peligroso, cariño. Nos podemos cruzar con gente mala, como nos pasó la otra vez. ¿No lo entiendes? No es que no quiera que te vengas, es que… lo que no quiero que te pase nada malo.

ZOE – Morgan se fue, y no volvimos a saber nada más de él. Yo… no quería que tú también te fueras. Yo… quiero estar contigo.

            Zoe ocultó su rostro sobre los brazos que tenía apoyados en la mesa y empezó a llorar de nuevo. Bárbara sintió un pinchazo en el estómago. Negó con la cabeza, se levantó de su asiento y rodeó la mesa para colocarse a su vera.

BÁRBARA – Anda, ven aquí.

            La pequeña incorporó un poco la cabeza, y Bárbara la estrechó entre sus brazos. Zoe la abrazó con fuerza y siguió gimoteando, aunque ahora algo más calmada.

Carla las observaba con una sonrisa en los labios. Si no fuera porque sabía que no era así, hubiera podido jurar que eran madre e hija. Pronto reconoció que estaba de más ahí, y se apartó sigilosamente, para acto seguido subir a cubierta a hacer algo de compañía a su abuelo, que a esas alturas ya había asumido que nadie se iría a dormir en breve.

            Bárbara y Zoe se quedaron abrazadas cerca de un minuto, en silencio, hasta que el llanto de la pequeña se transformó en un ligero silbido.

BÁRBARA – Ya está… Ahora tranquilízate.

ZOE – Es que yo… no quería… Tenía miedo de que cuando encuentres a tu hermano y a tu sobrino… ya no quisieras volver con nosotros.

BÁRBARA – Zoe, por el amor de Dios. Eso no lo digas ni en broma. ¿Entendido? Tú también eres mi familia.

            La mandíbula inferior de Zoe empezó a temblar de nuevo. Ambas se aguantaron la mirada un par de segundos. Zoe estaba a punto de estallar de nuevo en llanto.

BÁRBARA – Ya verás cuando te presente a mi hermano. Le vas a caer genial. Es… un poco viejo, pero… es muy buena persona. Se le da muy bien hacer manualidades. Le diré que te enseñe a hacer pajaritas de papel. A mi intentó enseñarme cuando era pequeña, pero… yo era muy torpe y no me salían. A ti seguro que se te da mejor. Tienes mejor mano para esas cosas. Darío dice que podemos llegar ahí en cuatro o cinco días, si seguimos teniendo tan buen viento como hasta ahora.

ZOE – ¿Eso… eso quiere decir que… que me puedo quedar… con vosotros?

            La profesora respiró hondo y asintió, convencida. Zoe no pudo ocultar su alegría y la abrazó de nuevo, para luego besarla repetidamente en las mejillas. Bárbara rió, pues la niña le estaba haciendo cosquillas con la nariz.

BÁRBARA – ¿Te habrás traído ropa, por lo menos?

ZOE – ¡Sí! Tengo una mochila… ¡Mira!

Bárbara vio correr a la niña de vuelta a su escondrijo, del que sacó una enorme mochila de las que utilizaban para hacer las rondas de limpieza. Zoe la abrió y comenzó a extender su contenido sobre la mesa, explicándole a Bárbara sobre la marcha todo lo que había traído consigo. Había varias mudas limpias, un par de zapatillas de deporte, su pistola con algo de munición, algunas latas de conserva y varias bolsitas llenas de ositos de goma, entre otras muchas cosas de dudosa utilidad.

BÁRBARA – Así que… lo tenías todo planeado.

ZOE – ¡No! No, no. Se me ocurrió después de que tú te fueras.

BÁRBARA – ¿Pero cuándo subiste al barco?

ZOE – Cinco minutos después de que te fueras de casa. Ío me ayudó. Pero… a ella no le digas nada, ¿eh? Es todo culpa mía.

BÁRBARA – ¿Cómo que te ayudó Ío?

ZOE – Vosotros estabais ahí hablando al lado del barco, y… yo me colé por detrás. Ella me avisó para que subiera cuando no estabais mirando. Nadie se dio cuenta.

BÁRBARA – Madre mía…

ZOE – Me escondí ahí abajo, con la mochila, y cerré desde dentro. Cuando… cuando os parasteis a mitad de camino y empecé a escuchar disparos, salí a ver qué pasaba. Yo también maté a un par de infectados. Todavía no sé cómo no os disteis cuenta de que estaba ahí arriba en el barco. No sé cómo no me visteis.

BÁRBARA – Ahora que lo dices… algo me dijo Chris… Pero no le di importancia.

ZOE – Yo estaba convencida de que él tenía que haberme visto. Me agaché cuando él se giraba, pero… yo qué sé, no… no me vio. Luego cuando os subisteis otra vez a la furgoneta, me volví a esconder, y… como parecía que nadie se había dado cuenta… no dije nada.

BÁRBARA – Vaya una buena espía que estás tú hecha.

            Zoe mostró una sonrisa tímida. Aún estaba algo sensible, pero se había relajado mucho al ver que Bárbara ya no la reñía.

BÁRBARA – Mira, yo con que te vuelvas a esconder ahí abajo si pasa cualquier cosa, ya me conformaría. Si no te llego a escuchar estornudar, ni se me hubiera ocurrido que estabas aquí.

ZOE – Es que ahí abajo hay mucho polvo…

            Bárbara esbozó una sonrisa.

BÁRBARA – Ahora haz el favor de comer algo, que nos tenemos que ir a acostar.

Zoe asintió. Cogió el tenedor que había sobre la mesa y lo hundió en la lata de corazones de alcachofa que tenía delante. Resultaba evidente que la niña estaba hambrienta, pues pese a que ese no era uno de los platos favoritos, comió con ganas. A duras penas había probado bocado al mediodía y todavía no había cenado. Bárbara la observó alimentarse unos segundos y acto seguido subió a cubierta a dar la noticia a sus otros dos compañeros: Zoe se quedaría.

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3×957 – Salud

Publicado: 25/04/2015 en Al otro lado de la vida

957

Camarote principal del velero Nueva Esperanza

9 de diciembre de 2008

Bárbara estaba sentada a oscuras en el banco en forma de L que había junto a aquella gran mesa plegable. Después de estar varias horas dando vueltas en la cama había ido al servicio y se había equivocado de puerta al salir. Su camarote era el único que comunicaba directamente con el lavabo, que contaba con dos puertas. Estaba demasiado nerviosa por el viaje, intranquila ante la idea de que en cualquier momento les pudieran abordar, y ansiosa por llegar cuanto antes a Bejor y reencontrarse de una vez por todas con su familia.

            Darío empezó a silbar alegremente en cubierta, mientras dirigía el navío con mano experta. Pese a que hacía más de un lustro que no se subía a un barco, su habilidad no había menguado ni un ápice. La profesora le escuchaba desde ahí abajo y no pudo evitar esbozar una sonrisa. Había tenido muchísima suerte de cruzarse en su camino.

            Bárbara giró la cabeza hacia la izquierda al escuchar cómo la puerta del camarote de Carla se abría. Pese a la escasez de luz pudo distinguir a la veinteañera con el pelo alborotado, ocultando un generoso bostezo con la mano abierta y los ojos fuertemente cerrados. Carla no contaba con ella, y al descubrir su silueta en el banco se sobresaltó.

CARLA – Ah. ¿Qué… qué haces despierta a estas horas? Debe ser tardísimo ya.

BÁRBARA – No hay manera de que me entre el sueño.

CARLA – Pues… yo estoy que me caigo. Voy un momento al lavabo y… me echo otra vez en la cama. ¡Qué cómoda es la condenada! Cómo se nota que este barco era de gente… que manejaba pasta.

            Bárbara la siguió con la mirada y Carla desapareció tras la puerta del aseo. Un minuto más tarde salió del lavabo y se dirigió de vuelta a su camarote, tanteando los muebles con ambas manos, por miedo a tropezar. Tenía la mano sobre el tirador de la puerta cuando sonó un corto estornudo.

BÁRBARA – Salud.

CARLA – ¿Eh?

BÁRBARA – Tápate bien, no vayas a coger frío. Si te hace falta, puedes coger más mantas, de esas gruesas que nos dio Carlos. Están en el armario de la habitación de tu abuelo. Hemos traído un montón, para cuando… volvamos todos. Ahora no nos conviene coger un catarro.

            Carla se había quedado quieta, con la mano sobre el tirador, algo extrañada.

CARLA – Yo no he estornudado.

            Bárbara frunció el ceño. De lo que no cabía la menor duda era que Darío no había sido, pues el estornudo no provenía de cubierta, sino de ahí abajo. La profesora sintió un mal presagio.

BÁRBARA – ¿De verdad que no has estornudado?

CARLA – No. Además, el estornudo venía de donde estás tú.

BÁRBARA – ¿Entonces quién ha sido?

            La veinteañera alzó los hombros, demostrando su ignorancia al respecto. Tenía demasiado sueño y estaba dispuesta a pasarlo por alto, pero Bárbara se había puesto muy nerviosa y decidió llegar hasta el fondo del asunto.

Carla observó curiosa cómo la profesora sacaba una linterna de debajo del acolchado del asiento. Tuvo que llevarse el brazo a los ojos para protegerse del fogonazo de luz, pues sus pupilas estaban completamente dilatadas. Darío se asomó por la escotilla, algo molesto por el jaleo que sus compañeras de viaje estaban formando a esas altas horas de la madrugada.

DARÍO – ¿Se puede saber qué hacéis ahí abajo? ¿Tenéis una idea de la hora que es?

BÁRBARA – Espera… espera un momento.

DARÍO – Idos a dormir. Que si no mañana os vais a caer de sueño y no me vais a atender.

BÁRBARA – Sólo momento, por favor.

            El viejo pescador chistó con la lengua y puso los ojos en blanco. Abuelo y nieta observaron cómo Bárbara abría con sigilo la puerta de su camarote. Estaba convencida de que el estornudo había tenido que venir de ahí. La veinteañera tenía razón. Ambos contemplaron cómo la profesora abría un armario detrás de otro, enfocando con la linterna, apartando trapos y demás objetos. Lo puso todo patas arriba, sin que ello sirviese de nada. Todo parecía en regla, pero aún así Bárbara no estaba satisfecha. Ahora ya sólo le quedaba un sitio por revisar: el minúsculo espacio de almacenaje que había bajo la cama en forma de triángulo en la que había estado tumbada hasta hacía escasos minutos. A duras penas medía veinticinco centímetros de alto y poco más de un metro de profundidad. La profesora se puso de rodillas, linterna en mano, y deslizó la portezuela a un lado.

            El grito de Bárbara debió escucharse a más de un kilómetro a la redonda. Desde su posición, ni Carla ni Darío pudieron ver lo que sí veía la profesora, pues ésta lo ocultaba con su cuerpo.

BÁRBARA – ¡Joder, qué susto me has dado! ¡¿Se puede saber qué haces tú aquí?!

            Tras los gritos de Bárbara, sin solución de continuidad, se escucharon unos llantos infantiles. Ello hizo que abuelo y nieta se relajasen considerablemente. La veinteañera había contemplado incluso la posibilidad de coger una de las pistolas que tenían guardadas bajo el fregadero. Por fortuna, eso no haría falta.

La profesora se giró hacia atrás, todavía arrodillada en el suelo, con la linterna apuntando a la puerta. A la veinteañera le llamó la atención que estuviese sonriendo.

CARLA – ¿Qué pasa?

BÁRBARA – No, no pasa nada. Sólo que… tenemos un polizón.

            Bárbara se giró de nuevo hacia aquél minúsculo compartimiento y le ofreció una mano a Zoe para ayudarla a salir de ahí abajo. La niña la sujetó y salió dificultosamente de debajo de la cama, donde llevaba más de ocho horas escondida.

956

 

Cubierta del velero Nueva Esperanza

8 de diciembre de 2008

 

Bárbara respiró hondo, notando un intenso olor a mar. Se concedió unos segundos más para saborear la belleza del cielo estrellado que la envolvía. Resultaba conmovedor ver aquella mancha brumosa rasgando el cielo de un extremo al otro en diagonal, rodeada de todos aquellos miles de millones de pequeños puntos luminosos flotando en un mar de colores azulados y morados. Le hacía sentirse a uno insignificante. Entonces encendió la luminaria y dio un ágil salto que la llevó de vuelta a cubierta.

Esa era una de las luminarias que Carlos había tomado prestada de las farolas solares, que había instalado en cubierta esa misma mañana, cuyos cables Marion se había encargado de fijar al barco. La otra se encontraba en el camarote principal, pero aún no la habían encendido, pues estaban los tres fuera. Darío se encontraba tras el timón, de donde apenas se había movido desde que partieron de Nefesh. Carla estaba a su vera, dando buena cuenta de una barrita de chocolate rellena de caramelo, a modo de postre tras la opípara cena que acababan de compartir.

BÁRBARA – ¿Cómo va eso, capitán?

DARÍO – Pues la verdad es que vamos de lujo. No pensé que fuéramos a tener tan buen viento. Debemos ir a… cinco. Cinco o seis nudos.

BÁRBARA – ¿Eso es mucho?

DARÍO – Hombre… no es para tirar cohetes, pero para ir sólo a vela, la verdad es que está muy bien. A esta velocidad, llegaríamos en cuestión de tres o cuatro días como mucho, si no encendemos el motor. Pero… no vamos a tener tan buen viento todo el rato.

            Bárbara asintió, hechizada ante las palabras del viejo pescador.

Durante su anterior travesía había relegado toda la responsabilidad de la navegación en Salvador, y cuando éste les abandonó, en Carlos, que aunque a duras penas sabía utilizar las velas, había puesto todo su empeño para llevarles a tierra. Ahora no estaba dispuesta a echar a perder la nueva oportunidad que se le brindaba, y quería convertirse en la mejor discípula.

Darío se había demostrado un profesor paciente y entregado, y había dado una primera clase de nociones básicas a las dos marineras que le acompañaban. Carla sabía mucho más que Bárbara, y se demostró más hábil a la hora de hacer los nudos y entender el uso del sextante y la escala de las cartas náuticas, pero no por ello la profesora cejó en su empeño.

En cuanto empezó a oscurecer, bastante más pronto de lo que ellos habían previsto, decidieron posponer la clase para la jornada siguiente y preparar la cena. Aprovecharían también para estrenar las cañas y las redes que habían tomado prestadas de aquella tienda cercana al puerto deportivo, pero al menos esa noche se alimentarían con parte de la comida que habían traído consigo.

Fue Darío quien rompió el silencio, unos minutos más tarde. Para esos entonces Carla ya había empezado a dormitar en su asiento. La noche anterior apenas había dormido un par de horas, por culpa de los nervios ante el inminente viaje, y estaba agotada. Bárbara, sin embargo, estaba completamente desvelada y alerta.

DARÍO – Tendríais que iros a descansar ya. Yo me quedaré esta noche pendiente del barco. Mañana por la mañana os diré lo que tenéis que hacer, y me echaré una siesta. Por ahora estoy fresco.

CARLA – ¿No prefieres que nos quedemos una de las dos contigo, yayo?

DARÍO – ¿Para qué? Es mejor que estéis vosotras bien despiertas mañana. Con uno que esté pendiente en todo momento, es más que suficiente. Y por ahora, nos conviene más que ese alguien sea yo.

CARLA – Bueno… Como quieras…

DARÍO – Venga, idos, va.

BÁRBARA – Vale, Darío, pero… prométeme que nos despertarás si ves cualquier cosa rara, cualquier… luz, o… lo que sea. Da igual.

DARÍO – No te preocupes. No creo que nos crucemos con nadie, pero de todas maneras…

BÁRBARA – En serio, ¿eh? Estoy muy agradecida de que me estéis acompañando, más de lo que te puedas imaginar, pero… no me perdonaría por nada del mundo que os pasara algo por mi culpa. Y aquí… nos podemos cruzar con cualquiera. Ya escuchaste lo que os contó Carlos de lo que nos pasó la última vez que estuvimos en un barco.

DARÍO – Tú vete a dormir tranquila. Si veo algo raro, os pego un grito.

            Bárbara asintió. Carla le dio las buenas noches y un beso por mejilla a su abuelo. Bárbara se despidió de él y acompañó a la veinteañera al camarote principal. Ella misma encendió la luminaria que Carlos había instalado en el techo, junto a la oficial.

            Puesto que había tres dormitorios, aunque todos fueran dobles, por ahora cada uno ocuparía uno distinto. Cuando volvieran con quienes iban a rescatar de la península tendrían que reformular la distribución de los camarotes.

            Carla fue directa hacia el suyo, uno de los dos que había en la popa del barco, cuya puerta se encontraba junto a la escalerilla que comunicaba con cubierta. Su abuelo ocuparía el camarote contiguo. Bárbara le dio las buenas noches, y después de beber un vaso de agua y apagar la luz, se dirigió a su propia habitación, la de proa, y cerró la puerta tras de sí.

            Tan pronto empezaron a sonar los primeros ronquidos, gentileza de su nieta, Darío trepó por el mástil y apagó la luminaria que Bárbara había encendido. Para él era mucho más sencillo orientarse mirando las estrellas, y de ese modo evitarían ser vistos por cualquier otro barco que navegase en las proximidades. Incluso después de todo lo que había pasado, y de cuantas muertes había tenido que lamentar tras su milagrosa recuperación, fue incapaz de borrar la sonrisa de sus labios. Estaba haciendo lo que más amaba, y lo estaba haciendo en compañía de la persona que más quería en este mundo.

3×955 – Rampa

Publicado: 18/04/2015 en Al otro lado de la vida

955

 

Puerto deportivo de la ciudad de Nefesh

8 de diciembre de 2008

 

DARÍO – ¡Tira!

            Carlos chistó con la lengua y levantó ligeramente el pie del pedal de freno. El conjunto se movió hacia atrás a duras penas unos centímetros, y él volvió a hundir su bota en el freno, temeroso de acabar en el agua. Darío le iba haciendo gestos con la mano abierta, como quien ayuda a aparcar a un conductor inexperto. El instalador de aires acondicionados no las tenía todas consigo y estaba muy nervioso.

Se encontraban en una de las rampas de botadura del puerto deportivo de Nefesh. Tras más de diez interminables minutos de maniobras y de forzar la verja de entrada, consiguieron finalmente introducir el velero y la furgoneta, y ahora estaban bajando lentamente el conjunto por la rampa para poder botar el barco.

DARÍO – ¡Tira, tira, que vas bien!

CARLOS – ¿Cómo tengo las ruedas?

DARÍO – Todavía están secas. Tú tranquilo, que yo te aviso.

            Carlos resopló por enésima vez y volvió a hacer retroceder la furgoneta mientras controlaba con el volante que el conjunto no se le descontrolase. Bajo su punto de vista, el barco debía estar ya en el agua, así como media furgoneta.

DARÍO – ¡Sólo un poquito más!

            Bárbara se encontraba a la vera de Darío, supervisando la operación pero con un ojo puesto en la carretera que llevaba a ese extremo del puerto, arma en mano. Desde que llegaron no habían visto un solo infectado, ni siquiera ningún cadáver medio roído por el suelo, como era costumbre en los tiempos que corrían. Una vez se hicieran a la mar podrían olvidarse de ese problema durante días, pero hasta entonces no estaba dispuesta a bajar la guardia ni un instante.

            Carla y Christian estaban a bordo del velero, junto con todo el material de pesca que habían saqueado de una tienda que había justo al otro lado del paseo marítimo. Tuvieron que hacer una cadena humana para cargarlo todo, y se llevaron tanto que difícilmente encontrarían un buen lugar donde guardarlo en el velero, pero Darío estaba tan emocionado ante semejante hallazgo que no supieron decirle que no. Los dos más jóvenes habían subido al velero justo antes de que éste empezase a bajar por la rampa. Él hacía guardia desde arriba, comprobando que no se acercase ningún curioso a estropearles el trabajo. Carla sería la encargada de alejar a Nueva Esperanza del puerto tan pronto ésta se hiciese a la mar. Darío le había dado las indicaciones pertinentes, y ella estaba a los mandos del navío, muy concentrada en su quehacer.

DARÍO – ¡Vale, vale, vale, páralo!

Carlos respiró aliviado y no dudó un instante en echar el freno de mano. Tiró con tanta fuerza de él que temió que acabaría partiéndolo. Algo intranquilo, levantó con parsimonia el pie del freno, y no fue hasta que estuvo plenamente seguro que el conjunto no se movería que consintió en abandonar el vehículo.

            Lo primero que hizo al salir fue comprobar cuán bajo habían llegado en la rampa. Se sorprendió enormemente, pues ninguna de las ruedas estaba en contacto con el agua. Tan solo las del último eje del remolque eran lamidas muy sutilmente por la marea en su ir y venir. Él estaba convencido que al menos el remolque debía estar ya sumergido. Le llamaron la atención unos pantalones medio chamuscados que había flotando a unos metros de la rampa, sobre la superficie del agua, entre otro montón de desperdicios.

CARLOS – ¿No sería mejor bajarlo del todo, al menos el remolque?

            Darío negó con la cabeza, convencido de su veredicto. Había participado en alguna que otra botadura en sus tiempos de pescador, y si bien no era un experto en el tema, al menos sí sabía lo que no les convenía hacer.

DARÍO – Esto es más que suficiente. Además, si seguimos bajándolo, las ruedas perderían tracción con el verdín y sería peor. Yo ya he frenado el remolque. Ahora lo que hay que hacer es dejar que el barco se vaya deslizando por los rodillos poco a poco, aflojando este cabo, y… nada. En cuando empiece a flotar por sí solo, alejarlo un poco y… a navegar.

            Carlos asintió, y ambos se acercaron a la parte delantera del remolque, desde donde Carlos tendría que ir soltando cuerda hasta que el barco comenzase a flotar. Darío le dio todas las indicaciones necesarias, pero aún así se quedó con él.

DARÍO – ¡Chico! Ya puedes bajar. Y tú, Bárbara, ve subiendo. Yo enseguida estoy con vosotros.

            La profesora asintió. Dejó paso a Christian para que bajase por la escalerilla, intercambió dos besos con él, le imploró que cuidase de Zoe en su ausencia, y subió al velero. Carla le guiñó un ojo al verla llegar a cubierta. La profesora sorteó todos los útiles de pesca que habían dejado por ahí desperdigados y se acercó al extremo más alejado de la proa, desde donde tendría mejor visibilidad para abatir a cualquier infectado que osase acercarse.

El velero dio un bandazo que hizo que Bárbara, que estaba más pendiente de la carretera que llevaba al puerto que de lo que ocurría en el remolque, diese con las costillas en la barandilla.

CARLOS – ¡Perdona, Bárbara! ¿Estás bien?

BÁRBARA – ¡Tranquilo! Si ya sabes que yo soy de goma.

            Carlos se concentró en su quehacer. Estaba sorprendido, pues la mitad del casco del barco ya estaba por debajo del nivel del agua, y por más cuerda que soltaban, aquella mole no paraba de hundirse. Darío estaba muy serio. El velero fue alejándose poco a poco de la rampa, meciéndose con la marea, hasta que finalmente quedó suspendido. Los gritos de júbilo de Carlos y de Darío pusieron genuinamente nervioso a Christian. El viejo pescador y el instalador de aires acondicionados se abrazaron. Darío se dirigió a su nieta.

DARÍO – Carlita, cariño. Ahora ya puedes hacer lo que te enseñé antes. Y recuerda… muy suave. No hay prisa.

CARLA – ¿Y cómo vas a subir tú?

DARÍO – Coño, me echo al agua y subo por la escalerilla.

CARLA – Pero te vas a mojar.

DARÍO – Tengo ropa seca arriba.

CARLA – ¿Le doy?

DARÍO – ¡Adelante!

            La veinteañera del pelo multicolor asintió, y siguiendo las indicaciones de su abuelo, alejó unos metros el barco de la rampa, lo suficiente para asegurarse de que no hubiera peligro de que recibiese ningún golpe. El viejo pescador se despidió de quienes se quedarían en tierra, y sin pensárselo dos veces comenzó a bajar la rampa, empapándose los zapatos, los pantalones y hasta la camisa. En cuanto dejó de hacer pie se zambulló en el agua. Volvió a la superficie y nadó ágilmente hasta llegar al casco.

DARÍO – Está buenísima.

Su nieta puso los ojos en blanco. Ella sabía que el agua estaba helada, pero también conocía el amor que su abuelo sentía por el mar. El viejo pescador desanudó hábilmente el cabo que habían utilizado para botar el barco y le dijo a Carlos que lo recogiese, mientras él se dirigía a la escalerilla.

            Todavía empapado de pies a cabeza y goteando, se encargó de desenrollar la vela Mayor, que enseguida se irguió majestuosa. Acto seguido soltó la vela Génova y comenzó un complicado ritual corriendo de un lado para otro moviendo y atando cabos por aquí y por allí que hizo que Bárbara le bendijera por haber consentido acompañarla, pues  estaba convencida que ella jamás podría haber aprendido todo eso sólo con unas pocas clases prácticas.

            Carlos y Christian se despidieron de ellos agitando los brazos, con el rabillo del ojo puesto en sus espaldas y una pistola en la mano. Pese a que hacía un sol radiante, ya bastante próximo a la línea del horizonte, se había levantado algo de viento, y el velero enseguida empezó a alejarse de la costa a buena velocidad. Ambos se quedaron plantados ahí donde estaban durante al menos diez minutos, viéndolo alejarse hasta que ya no se distinguía más que un diminuto punto en el horizonte. Carlos sintió un cierto remordimiento por no estar a bordo.

954

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

8 de diciembre de 2008

 

CARLOS – ¿De verdad que no quieres que la vaya a buscar?

BÁRBARA – No. Si… si va a ser peor. Ya me he despedido de ella antes…

            Carlos puso los ojos en blanco. La partida ya se había demorado más de media hora entre lágrimas, preparativos de última hora y deseos de buena suerte. Zoe no había hecho acto de presencia en todo ese tiempo.

En cuestión de un tres o cuatro horas les alcanzaría el ocaso, ahora que los días se hacían cada vez más cortos, y el instalador de aires acondicionados se estaba empezando a poner nervioso. Nadie lo comentó abiertamente, pero más de uno tenía serias sospechas de si esa no sería la última vez que viesen a quienes estaban a punto de partir. Incluso la propia Bárbara albergaba dudas al respecto, pero con tal de reencontrarse con su hermano, todo lo demás parecía carecer de importancia.

CARLOS – ¿Entonces a qué esperamos? Se nos va a acabar haciendo de noche.

            Bárbara asintió y abrió la puerta del copiloto de la furgoneta que les llevaría al desierto puerto deportivo. Maya y Marion se encargaron de abrir los portones traseros del patio del colegio y Carlos encaró el vehículo, seguido de cerca por aquél imponente remolque. Cerraron tras de sí y abandonaron la fortaleza. En esta ocasión se dirigían hacia el norte. Seguirían la carretera de la costa hasta llegar al paseo marítimo y no pararían hasta alcanzar el puerto deportivo.       Bárbara se quedó mirando por el retrovisor a medida que se alejaban, viendo empequeñecer cada vez más el barrio amurallado hasta que la propia curvatura de la carretera le obligó a volver a mirar hacia adelante.

            Dentro de la furgoneta se respiraba un silencio tenso. Christian también les acompañaba, a petición de Carlos. Puesto que el instalador de aires acondicionados debería volver solo a Bayit con la furgoneta, un compañero armado podría serle de gran ayuda. Al ex presidiario le apetecía distraerse un poco y tenía mucha curiosidad por ver cómo se botaba un barco en un remolque. Pronto se demostró especialmente acertada la estrategia del instalador de aires acondicionados.

            El primer infectado pudieron sortearlo sin mayores dificultades. Pese al exceso de carga, la velocidad a la que iban superaba por mucho la de aquél pobre hombre, que cojeaba penosamente, pues alguien había devorado la mitad de su gemelo izquierdo durante el final de su vida anterior. Incluso se veía parte del hueso a través del pantalón rasgado, lo que no parecía importarle demasiado a él. Sin embargo, detrás de ese vinieron otros, y llegó un momento en el que Carlos asumió que no era seguro seguir adelante, pues para librarse de ellos hubiera tenido que llevárselos por delante, y lo último que necesitaban ahora era un pinchazo.

            Tal como habían pactado antes de partir, Carlos, Bárbara y Christian abandonaron el vehículo, dejando a Carla y a Darío a buen recaudo en la parte trasera. Ellos a duras penas tenían experiencia con las armas, y Bárbara se sentía tan en deuda con ellos que jamás se hubiera permitido ponerles en peligro. En un principio tan solo tendrían que deshacerse de quienes se acercaban a ellos por el paseo marítimo, lo suficiente para dejar libre de hostilidad el camino y seguir adelante. Acabaron con media docena en cuestión de un minuto, demostrando la utilidad de toda la práctica que habían ido adquiriendo en las rondas de limpieza. Sin embargo, el ruido que hicieron atrajo a más infectados, desde todos los flancos, y se vieron en la obligación de seguir acabando con ellos antes de retomar la marcha. Esa zona de la ciudad jamás había sido limpiada, ni por el grupo del Ayuntamiento ni por ellos. Resultaba evidente.

Tras abatir al cuarto infectado consecutivo, Christian notó por el rabillo del ojo cómo algo se abalanzaba hacia él, y se apartó rápidamente, atemorizado. Se giró a tiempo de ver cómo una infectada joven, de la edad de Carla, caía a plomo al suelo a escasos centímetros de sus pies. El ex presidiario frunció el ceño, extrañado. Bárbara y Carlos estaban al otro lado de la furgoneta, fuera de su arco de visión, y muy raramente podrían haberle cubierto a tiempo de volver a desaparecer tras el vehículo. De lo que no cabía la menor duda era que alguien había disparado, y con bastante buena puntería, a la cabeza de aquella infeliz. No había muerto, pues la bala tan solo había destrozado su nariz y parte de su garganta. Sin embargo parecía tener serios problemas para ponerse en pie. Christian miró en derredor, algo inquieto, pero no encontró nada que le llamase la atención. Dadas las circunstancias, decidió restarle importancia, acabó con la agonía de la infectada, y se reunió con sus compañeros frente al capó de la furgoneta Volkswagen.

Carlos negó con la cabeza al verle acercarse. Habían conseguido deshacerse con éxito de la primera oleada, pero una nueva horda de infectados venía a por ellos. Aunque no les vieran, les oían gritar. Debían abandonar la zona cuanto antes, y así lo hicieron, pues con algo de suerte aún podrían despistarles atrayéndoles a ese extremo del paseo, y todo aquél altercado al menos serviría para algo.

            Carla y Darío se interesaron por ellos tan pronto recuperaron sus posiciones. Por fortuna, todos los infectados habían sido abatidos antes de darles caza. Carlos arrancó y puso rumbo al puerto deportivo, que se encontraba a escasos dos kilómetros de donde ellos estaban ahora. Bárbara acabó de abatir a los últimos rezagados que les veían al encuentro, pero en esta ocasión hizo uso de la pistola con silenciador, con lo cual evitó repetir la escena que acababan de sufrir.

            Con todo, consiguieron llegar al puerto deportivo diez minutos más tarde del momento de su partida, con algo menos de munición y bastante peor cuerpo, pero convencidos de que ahora ya nada podría alejarles de su objetivo. Todo apuntaba a pensar que ningún infectado les había seguido.

3×953 – Mejilla

Publicado: 11/04/2015 en Al otro lado de la vida

953

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

8 de diciembre de 2008

GUILLERMO – Tened muchísimo cuidado, ¿vale?

BÁRBARA – Tú por eso no te preocupes. No nos falta de nada y… estaremos siempre alerta.

GUILLERMO – Es que… Me da muchísimo miedo que te pueda pasar algo. Ojalá pudiera ser yo el que fuese a buscarte.

BÁRBARA – Oye, lo siento, pero… os tengo que dejar. Me están esperando desde hace un rato. Vamos a salir ya. Si no… al final se nos va acabar haciendo tarde.

GUILLERMO – Vale… Pues… nada, muchísima suerte. Y… nos vemos pronto.

GUSTAVO – Que vaya bien el viaje, Bárbara.

BÁRBARA – Gracias. Dale saludos de mi parte a tu hermana.

GUSTAVO – Eso está hecho.

BÁRBARA – En una o… dos semanas lo más tardar, ya estaremos ahí. Podríamos llegar antes, pero vamos a intentar ir únicamente a vela, por lo que pueda pasar. Utilizaremos el motor sólo en caso de emergencia.

GUILLERMO – Mejor. Mucho mejor. No hay prisa ninguna. Tardad lo que tengáis que tardar, lo importante es que lleguéis bien. Nosotros no nos vamos a mover de aquí.

BÁRBARA – Venga… Hasta pronto. Cuidaos mucho.

GUILLERMO – Adiós, Barbie.

BÁRBARA – Adiós.

            Una pequeña variación en la estática delató que su hermano había cortado la comunicación. Ya estaba todo preparado para su partida, allá en la escuela pública de Bayit. Ella sólo había salido un momento a despedirse de su hermano, como habían apalabrado esa misma mañana, durante una larguísima conversación en la que por iniciativa propia, sin haberlo acordado previamente, ambos obviaron por completo un tema que tenían pendiente desde hacía meses. Bárbara acarició su anillo de pedida con la mirada perdida en un punto indeterminado de la pared.

BÁRBARA – Sam. ¿Estás ahí?

SAMUEL – Sí. ¿Quieres que corte ya?

BÁRBARA – ¡No! Tengo… Tengo que pedirte disculpas.

SAMUEL – ¿A mi?

BÁRBARA – Sí. Tuve… Tuve que avisarte antes de que habíamos encontrado un barco. No fue… No… No estuvo bien por mi parte. Lo lamento mucho.

SAMUEL – ¿Pero qué dices? No. No te las acepto, porque no hay nada que disculpar. Sólo faltaría.

BÁRBARA – No, pero… me sabe mal haberte… ocultado eso. Yo…

SAMUEL – ¿Por qué? Si yo estoy aquí encerrado es mi problema. Tú no tienes ninguna responsabilidad. ¡Solo faltaría!

BÁRBARA – Quiero… Sí. Lo tengo que hablar con Darío y con Carla. Pero… quiero ir a buscarte. Es lo mínimo que puedo hacer para agradecerte todo lo que has hecho por mí.

            La profesora esperó pacientemente unos segundos a recibir la réplica de su amigo, pero ésta no llegó. Ello la inquietó un poco.

BÁRBARA – ¿Sam, estás ahí?

SAMUEL – Sí… Sí… Sólo que… me… me has pillado con la guardia baja. Llevo mucho tiempo aquí encerrado…

BÁRBARA – Haré lo posible por pasar a buscarte a la vuelta, te lo prometo. De hecho… estás tú más cerca de aquí que ellos. Ya he localizado la estación en la que estás, en las cartas náuticas, con las coordenadas que me diste. Tendríamos que desviarnos bastante, pero… creo que es lo justo. Y a la vuelta ya no nos vendrá de unos días más o menos.

            De nuevo se repitió idéntico silencio, algo poco habitual en Samuel, que si pecaba de algo era de lo contrario.

SAMUEL – Tú… Haz lo que tengas que hacer. Y… vete ya, que te van a echar bronca.

BÁRBARA – Hasta luego, Sam. Y… gracias por todo. Nunca podré agradecerte lo suficiente lo que has hecho por mí.

SAMUEL – ¡Tonterías! Que tengáis buen viaje. Y no olvides llamarme en cuanto lleguéis, ¿vale?

BÁRBARA – Cuenta con ello, Sam. Hasta pronto.

SAMUEL – Adiós.

            Bárbara cortó la comunicación. Se levantó de aquél pequeño taburete y respiró hondo. Ahora venía la parte más difícil. Salió de su habitación y se dirigió a la de Zoe, que se encontraba justo al lado. La niña seguía tumbada bocabajo en la cama, gimoteando. Se había echado ahí a llorar tras la discusión que habían tenido en el centro de día, y desde entonces no se había movido. La profesora se plantó bajo el umbral de la puerta y la observó en silencio.

BÁRBARA – Zoe, cariño. Nos vamos a ir ya. Están todos esperándome abajo. ¿Por qué no vienes a despedirnos?

            La niña no se movió un milímetro. Tenía la cabeza hundida en la almohada, que estaba húmeda con sus lágrimas. Bárbara era consciente de que en ese estado no valía la pena seguir forzándola. Sólo el tiempo y la buena compañía acabarían por apaciguar su espíritu.

BÁRBARA – Bueno… ¿No me vas a dar un beso por lo menos? Para desearme buen viaje.

            Zoe se incorporó mecánicamente, se levantó de la cama, caminó hacia la puerta sin cruzar su mirada con la de Bárbara y le plantó un beso en la mejilla. Bárbara nunca la había visto en esa actitud. Acto seguido la niña desanduvo sus pasos y se volvió a echar en la cama. De nuevo empezó a llorar. La profesora negó ligeramente con la cabeza y decidió que no valía la pena seguir insistiendo, por más que se le partía el alma viéndola en ese estado. Estaba convencida de que había tomado la decisión correcta.

BÁRBARA – Intentaré volver lo más pronto posible. Cuida de los bebés y de Carboncillo en mi ausencia, ¿vale, guapísima?

            De nuevo todo cuanto obtuvo como respuesta fueron unos ligeros gimoteos. Consciente de que no serviría de nada seguir insistiéndole, Bárbara se dio media vuelta y abandonó el ático. Ya no le quedaba nada más por llevarse. Todo lo que les haría falta en el viaje lo habían subido ya a Nueva Esperanza.

            Al llegar al Jardín se sorprendió por la multitudinaria acogida. El único que faltaba era Juanjo, al que habían relegado al centro de día con los bebés mientras los demás se despedían de ella. En cualquier caso, Bárbara no le echó en falta. Le llamó poderosamente la atención el hecho que Paris se hubiese acercado a despedirla, y aún más que le desease buen viaje e intercambiase un par de besos con ella. De entre todos los habitantes de Bayit, él era el que menos confianza le inspiraba, a tenor de todos los desencuentros que habían tenido desde su desafortunado primer encuentro. Verle en una actitud tan afable hizo que se quedase algo más tranquila.

3×952 – Déjame

Publicado: 07/04/2015 en Al otro lado de la vida

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Centro de día para ancianos en Bayit, ciudad de Nefesh

8 de diciembre de 2008

ZOE – ¡Que me dejes!

BÁRBARA – Pero Zoe, cariño… Escúchame un momento…

Bárbara trató de alcanzar el hombro de Zoe, que tenía los ojos anegados en lágrimas, pero la pequeña se echó violentamente hacia atrás, evitando el contacto. Estaba hecha una fiera. La profesora no recordaba haberla visto jamás tan enfadada. A Bárbara se le rompía el corazón por verla en ese estado, pero aún así sabía que había tomado la decisión correcta. Ya había cometido demasiados errores a ese respecto con anterioridad. Zoe no debía acompañarla. Ese viaje podría ser peligroso, y si bien ella estaba más que dispuesta a asumir el riesgo, consciente de cuál sería la recompensa si tenía éxito, no quería imponérselo a Zoe, no después de haber trabajado tan duro para llevarla a un lugar seguro.

Había previsto una mala reacción por parte de la niña cuando le dijese abiertamente lo que ella ya sospechaba desde la jornada anterior, pero su respuesta había sido mucho más dramática de lo que hubiera podido imaginar. Todo había comenzado como una conversación serena, aunque algo tensa, en la que Bárbara intentó explicárselo con el mayor tacto posible, esforzándose por restarle importancia, enfatizando que no tardaría mucho en volver a Nefesh. Zoe enseguida comenzó a llorar y empezó a alzar la voz, suplicándole que le dejase acompañarla, prometiéndole que no molestaría y que le haría caso en todo lo que le dijese. Bárbara tuvo que ponerse firme, y eso fue lo que acabó de quebrar los nervios de la joven.

A esas alturas todos los demás habían dejado de comer y las estaban mirando, guardando un silencio tenso. Cuatro o cinco bebés habían empezado a llorar al escuchar los gritos de la embravecida Zoe, aunque algunos de ellos sólo gimoteaban exigiendo que se les cambiase el pañal por enésima vez. A la niña le temblaba la mandíbula inferior y su cara había adquirido un feo rictus de desolación.

BÁRBARA – Ven aquí, por favor… Si van a ser sólo unos días… Ya verás…

ZOE – ¡Déjame en paz! ¿No quieres que vaya contigo, verdad? ¡Pues ya lo has conseguido! ¡Espero que estés contenta!

Zoe corrió hacia la puerta que comunicaba con la cocina del centro de día. Lloraba y sollozaba penosamente en su huida. Bárbara se disponía a seguirla cuando notó cómo alguien le sostenía del antebrazo, impidiéndoselo. Se giró y vio el serio semblante de Carlos a su vera, negando sutilmente con la cabeza. Bárbara miró en derredor, algo abochornada por la escena que acababa de provocar. De haber sabido que acabaría así, hubiese esperado a conversar a solas con ella en el ático que compartían. Los demás se centraron de nuevo en sus platos a medio comer, como si nada hubiera pasado.

CARLOS – Déjala. Ya se le pasará. Tiene que aprender que no se va a salir siempre con la suya.

Bárbara chistó con la lengua y suspiró pesadamente. También le dolía tener que separarse de ella, y lo detestaba. Si el viento acompañaba y no encontraban compañía por el camino que les demorase, el viaje no tenía por qué durar más de unos pocos días. Al fin y al cabo, su hermano no estaba tan lejos. Sólo debía cruzar medio Mediterráneo para reencontrarse con él. Con un poco de suerte volverían a verse pronto, y enseguida olvidarían ese amargo episodio.

BÁRBARA – Si es que… no me gusta verla así.

CARLOS – Has hecho lo que tenías que hacer. Aquí la vamos a cuidar bien. Te doy mi palabra. No le des más vueltas.

La profesora respiró hondo, con la mirada perdida en un punto indeterminado de la mesa.

BÁRBARA – Gracias.

CARLOS – Ahora acábate eso, antes de que se te enfríe. Que al final se nos va a hacer tarde.

BÁRBARA – Sí…

Bárbara echó un vistazo al revuelto de verduras que tenía delante. La mayoría formaban parte del escaso botín que habían rescatado del huerto del hijo de Ramiro, aunque también contenía un par de frascos de conserva. El propio Darío se había encargado de cocinar ese mediodía, después de dejar bien claro a quienes se iban a quedar en Bayit qué debían hacer en su ausencia con el huerto y con los árboles que aún quedaban por plantar. Había sazonado el plato con una mezcla secreta de especias, receta de su difunta esposa, que incluso hizo que Carla se mostrase algo más sensible que de costumbre, aunque los demás lo achacasen a su inminente partida de Nefesh.

La profesora pinchó un rabanito con el tenedor y se lo llevó a la boca, donde lo masticó con desgana. Su mirada viró irremediablemente hacia su izquierda. El plato de Zoe estaba prácticamente intacto. La niña apenas había probado bocado desde la tarde anterior. Bárbara estaba preocupada por ella. La había encontrado especialmente callada desde su desvanecimiento, pero estaba tan emocionada y nerviosa por la noticia del reencuentro con su hermano y la proximidad de su viaje en barco, que apenas le había prestado atención. Eso Zoe lo había tomado como algo personal, y el reconocimiento oficial de que no pensaba contar con ella para el viaje acabó de hundirla. Pese a su aspecto fuerte y su carácter afable y aventurero, no era más que una niña, una niña huérfana que había perdido a sus padres de la peor manera imaginable hacía poco más de tres meses.

El resto de la comida transcurrió sin mayores sobresaltos. Tan pronto acabaron, Carlos, Darío, Carla y Bárbara se encargaron de finalizar lo que habían empezado esa misma mañana, trasladando a Nueva Esperanza todo lo que aún les faltaba por subir. Se llevarían muchísimo más de lo que iban a necesitar en alta mar, pero como no sabían cuánto tiempo estarían fuera de Bayit ni qué desventuras podrían vivir una vez partieran de la isla, todo les parecía poco.

Bárbara se mostró bastante distraída, por más que Carlos no paraba de bromear con ella, tratando de animarla. Gran parte de su abatimiento fue debido al hecho que Zoe no dio señales de vida en todo ese tiempo.

3×951 – Quédate

Publicado: 04/04/2015 en Al otro lado de la vida

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

8 de diciembre de 2008

Bárbara tuvo que llevarse el brazo libre a los ojos al salir al Jardín, de tan intenso que era el brillo del sol que reinaba ahí fuera. Los precedentes días de frío parecían estar remitiendo, aunque sólo fuese temporalmente. Con el brazo contrario tenía sujeta una pesada caja de cartón en la que llevaba armas y munición, así como tres chalecos antibalas. Confiaba no tener que necesitarlos durante la travesía, pero no estaba dispuesta a dejar nada al azar, y menos después de la amarga experiencia que tuvo la última vez que surcó el Mediterráneo. No era la primera caja que subía al barco, y no sería la última. Sólo con la comida y los litros de agua dulce que habían guardado ahí dentro, podrían aguantar al menos dos o tres meses en alta mar sin tener que preocuparse de nada más.

Ahí fuera había mucho movimiento. A excepción de quienes estaban al cargo de los bebés, Juanjo y Maya, el resto deambulaban erráticamente tanto por el Jardín como por el patio de la escuela. Estaban ultimando los preparativos para la partida de Bárbara, que si nada se torcía, se produciría esa misma tarde, después de la comida de despedida. La profesora se echó la caja al hombro, sujetándola con el brazo contrario, cruzó la carretera por el paso de peatones y siguió adelante por el camino pavimentado que llevaba a la escuela, cuya puerta de acceso estaba abierta de par en par. Saludó a Darío, que estaba reunido con Christian, con Ío, con Josete y con Zoe. El viejo pescador les estaba explicando detalladamente qué debían hacer con el huerto en su ausencia. La profesora aguantó la mirada un par de segundos con Zoe, que parecía a punto de ponerse a llorar. Respiró hondo y siguió adelante, con un desagradable nudo en el estómago. Rodeó el edificio de la escuela y llegó al campo de juegos que había detrás, en cuyo centro descansaba el velero que debía llevarla al encuentro con su hermano.

Caminó más lentamente al acercarse a su destino, sorprendida por algo que hasta el momento se le había pasado por alto. Las letras eran demasiado regulares para haberlas hecho directamente con una lata de spray en aerosol, como el mural de Christian. Ocupaban una cuarta parte de la eslora del barco, y habían sido pintadas con grandes letras negras, mayúsculas.

BÁRBARA – Nueva Esperanza.

Carlos se acercó a ella, sonriente, aunque algo incómodo por su presencia. Había bautizado al barco por iniciativa propia, sin pedir opinión ni permiso a nadie.

CARLOS – ¿Qué te parece?

BÁRBARA – Está genial.

CARLOS – Da mala suerte botar un barco que no haya sido bautizado. Es… espero que no te moleste. Quería… hacerle un pequeño homenaje al barco que… me robaron.

BÁRBARA – Está perfecto, Carlos, de verdad. Me encanta.

El instalador de aires acondicionados sonrió, y aprovechó para librar a Bárbara de la pesada carga que sostenía.

CARLOS – Oye… ¿Puedes… puedes venir un momento? Tenemos que hablar.

Marion miró a la profesora por encima del hombro, desde su posición sobre la cubierta del barco, en la que Carlos había instalado dos placas solares que esa misma mañana había tomado prestadas de dos farolas que quedaban extramuros, cerca de la obra que utilizaban de vertedero. De ese modo podrían disponer de luz por la noche y de algo de corriente eléctrica sin necesidad de encender el motor del barco, cuyo depósito también habían llenado hasta arriba. Bárbara la saludó, pero la hija del difunto presentador le giró la cara, y siguió protegiendo mecánicamente con cinta americana los cables sueltos que se dirigían al camarote principal del velero. Bárbara frunció ligeramente el ceño, sorprendida por su actitud. Carlos la asió amistosamente del hombro, invitándola a acompañarle. Ambos se alejaron un poco y se sentaron en uno de los bancos del patio. Carlos dejó la caja sobre el asiento y se dirigió a la profesora.

CARLOS – Es sobre… Lo hemos estado discutiendo esta noche Marion y yo…

Bárbara se mantuvo en silencio un par de segundos.

BÁRBARA – ¿Qué es lo que pasa?

CARLOS – Bárbara. Quiero ir contigo.

La profesora se quedó en silencio. Esa declaración la pilló por sorpresa. Había estado postergando esa conversación tanto con él como con la pequeña Zoe, que cada vez veía más inminente la separación, y estaba extremadamente sensible. Estaba ocurriendo todo demasiado rápido, y temía que a ese paso acabaría dejándose muchas cosas por hacer antes de partir.

CARLOS – No me fío de lo que os podáis encontrar por el camino y… querría acompañarte. ¿Qué me dices?

Bárbara negó ligeramente con la cabeza. No lo había hablado aún con nadie, pero ya había tomado una decisión en firme al respecto.

BÁRBARA – Te lo agradezco muchísimo, te lo digo con el corazón en la mano, Carlos. No se me ocurre nadie más capaz que tú para afrontar un reto como este, pero… Prefiero que te quedes aquí. Eres el único… del que me fío de verdad. No… no me quedaría tranquila dejando aquí solos a Zoe y a los bebés… con Paris… y con Juanjo, sin un adulto que cuide de ellos.

CARLOS – Bueno… Están Chris, y Marion…

La profesora alzó las cejas, con una media sonrisa. Carlos rió abiertamente. Ambos se entendían perfectamente, sin necesidad siquiera de mediar palabra. Bárbara nunca había tenido una relación de simple amistad tan intensa con nadie.

BÁRBARA – No… no me iría tranquila. Prefiero que te quedes tú. ¿Te… te molesta?

CARLOS – No… No. Si… sabía lo que ibas a decir. Marion va a estar muy contenta cuando se entere. Pero aún así…

Carlos chistó con la lengua.

BÁRBARA – En serio. De verdad. En esa caja llevo más munición, y he cogido también chalecos de los que usamos cuando fuimos a buscar a Zoe al hotel. Siempre va a haber alguno haciendo guardia fuera, y… Esto… Esto es cosa mía. Es… algo que tengo que hacer yo sola. Además, que… volveremos enseguida, en cuanto les recojamos. Quédate tranquilo.

Carlos sonrió, acarició el hombro de la profesora, cogió de nuevo la caja y comenzó a caminar en dirección al barco. Al dar un par de pasos se giró hacia ella, que seguía sentada en el banco, mirándole.

CARLOS – ¡Venga! ¿A qué esperas? Todavía queda mucho trabajo por hacer. ¡Levanta el culo!