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Cubierta del velero Nueva Esperanza

8 de diciembre de 2008

 

Bárbara respiró hondo, notando un intenso olor a mar. Se concedió unos segundos más para saborear la belleza del cielo estrellado que la envolvía. Resultaba conmovedor ver aquella mancha brumosa rasgando el cielo de un extremo al otro en diagonal, rodeada de todos aquellos miles de millones de pequeños puntos luminosos flotando en un mar de colores azulados y morados. Le hacía sentirse a uno insignificante. Entonces encendió la luminaria y dio un ágil salto que la llevó de vuelta a cubierta.

Esa era una de las luminarias que Carlos había tomado prestada de las farolas solares, que había instalado en cubierta esa misma mañana, cuyos cables Marion se había encargado de fijar al barco. La otra se encontraba en el camarote principal, pero aún no la habían encendido, pues estaban los tres fuera. Darío se encontraba tras el timón, de donde apenas se había movido desde que partieron de Nefesh. Carla estaba a su vera, dando buena cuenta de una barrita de chocolate rellena de caramelo, a modo de postre tras la opípara cena que acababan de compartir.

BÁRBARA – ¿Cómo va eso, capitán?

DARÍO – Pues la verdad es que vamos de lujo. No pensé que fuéramos a tener tan buen viento. Debemos ir a… cinco. Cinco o seis nudos.

BÁRBARA – ¿Eso es mucho?

DARÍO – Hombre… no es para tirar cohetes, pero para ir sólo a vela, la verdad es que está muy bien. A esta velocidad, llegaríamos en cuestión de tres o cuatro días como mucho, si no encendemos el motor. Pero… no vamos a tener tan buen viento todo el rato.

            Bárbara asintió, hechizada ante las palabras del viejo pescador.

Durante su anterior travesía había relegado toda la responsabilidad de la navegación en Salvador, y cuando éste les abandonó, en Carlos, que aunque a duras penas sabía utilizar las velas, había puesto todo su empeño para llevarles a tierra. Ahora no estaba dispuesta a echar a perder la nueva oportunidad que se le brindaba, y quería convertirse en la mejor discípula.

Darío se había demostrado un profesor paciente y entregado, y había dado una primera clase de nociones básicas a las dos marineras que le acompañaban. Carla sabía mucho más que Bárbara, y se demostró más hábil a la hora de hacer los nudos y entender el uso del sextante y la escala de las cartas náuticas, pero no por ello la profesora cejó en su empeño.

En cuanto empezó a oscurecer, bastante más pronto de lo que ellos habían previsto, decidieron posponer la clase para la jornada siguiente y preparar la cena. Aprovecharían también para estrenar las cañas y las redes que habían tomado prestadas de aquella tienda cercana al puerto deportivo, pero al menos esa noche se alimentarían con parte de la comida que habían traído consigo.

Fue Darío quien rompió el silencio, unos minutos más tarde. Para esos entonces Carla ya había empezado a dormitar en su asiento. La noche anterior apenas había dormido un par de horas, por culpa de los nervios ante el inminente viaje, y estaba agotada. Bárbara, sin embargo, estaba completamente desvelada y alerta.

DARÍO – Tendríais que iros a descansar ya. Yo me quedaré esta noche pendiente del barco. Mañana por la mañana os diré lo que tenéis que hacer, y me echaré una siesta. Por ahora estoy fresco.

CARLA – ¿No prefieres que nos quedemos una de las dos contigo, yayo?

DARÍO – ¿Para qué? Es mejor que estéis vosotras bien despiertas mañana. Con uno que esté pendiente en todo momento, es más que suficiente. Y por ahora, nos conviene más que ese alguien sea yo.

CARLA – Bueno… Como quieras…

DARÍO – Venga, idos, va.

BÁRBARA – Vale, Darío, pero… prométeme que nos despertarás si ves cualquier cosa rara, cualquier… luz, o… lo que sea. Da igual.

DARÍO – No te preocupes. No creo que nos crucemos con nadie, pero de todas maneras…

BÁRBARA – En serio, ¿eh? Estoy muy agradecida de que me estéis acompañando, más de lo que te puedas imaginar, pero… no me perdonaría por nada del mundo que os pasara algo por mi culpa. Y aquí… nos podemos cruzar con cualquiera. Ya escuchaste lo que os contó Carlos de lo que nos pasó la última vez que estuvimos en un barco.

DARÍO – Tú vete a dormir tranquila. Si veo algo raro, os pego un grito.

            Bárbara asintió. Carla le dio las buenas noches y un beso por mejilla a su abuelo. Bárbara se despidió de él y acompañó a la veinteañera al camarote principal. Ella misma encendió la luminaria que Carlos había instalado en el techo, junto a la oficial.

            Puesto que había tres dormitorios, aunque todos fueran dobles, por ahora cada uno ocuparía uno distinto. Cuando volvieran con quienes iban a rescatar de la península tendrían que reformular la distribución de los camarotes.

            Carla fue directa hacia el suyo, uno de los dos que había en la popa del barco, cuya puerta se encontraba junto a la escalerilla que comunicaba con cubierta. Su abuelo ocuparía el camarote contiguo. Bárbara le dio las buenas noches, y después de beber un vaso de agua y apagar la luz, se dirigió a su propia habitación, la de proa, y cerró la puerta tras de sí.

            Tan pronto empezaron a sonar los primeros ronquidos, gentileza de su nieta, Darío trepó por el mástil y apagó la luminaria que Bárbara había encendido. Para él era mucho más sencillo orientarse mirando las estrellas, y de ese modo evitarían ser vistos por cualquier otro barco que navegase en las proximidades. Incluso después de todo lo que había pasado, y de cuantas muertes había tenido que lamentar tras su milagrosa recuperación, fue incapaz de borrar la sonrisa de sus labios. Estaba haciendo lo que más amaba, y lo estaba haciendo en compañía de la persona que más quería en este mundo.