Archivos para 25/04/2015

3×957 – Salud

Publicado: 25/04/2015 en Al otro lado de la vida

957

Camarote principal del velero Nueva Esperanza

9 de diciembre de 2008

Bárbara estaba sentada a oscuras en el banco en forma de L que había junto a aquella gran mesa plegable. Después de estar varias horas dando vueltas en la cama había ido al servicio y se había equivocado de puerta al salir. Su camarote era el único que comunicaba directamente con el lavabo, que contaba con dos puertas. Estaba demasiado nerviosa por el viaje, intranquila ante la idea de que en cualquier momento les pudieran abordar, y ansiosa por llegar cuanto antes a Bejor y reencontrarse de una vez por todas con su familia.

            Darío empezó a silbar alegremente en cubierta, mientras dirigía el navío con mano experta. Pese a que hacía más de un lustro que no se subía a un barco, su habilidad no había menguado ni un ápice. La profesora le escuchaba desde ahí abajo y no pudo evitar esbozar una sonrisa. Había tenido muchísima suerte de cruzarse en su camino.

            Bárbara giró la cabeza hacia la izquierda al escuchar cómo la puerta del camarote de Carla se abría. Pese a la escasez de luz pudo distinguir a la veinteañera con el pelo alborotado, ocultando un generoso bostezo con la mano abierta y los ojos fuertemente cerrados. Carla no contaba con ella, y al descubrir su silueta en el banco se sobresaltó.

CARLA – Ah. ¿Qué… qué haces despierta a estas horas? Debe ser tardísimo ya.

BÁRBARA – No hay manera de que me entre el sueño.

CARLA – Pues… yo estoy que me caigo. Voy un momento al lavabo y… me echo otra vez en la cama. ¡Qué cómoda es la condenada! Cómo se nota que este barco era de gente… que manejaba pasta.

            Bárbara la siguió con la mirada y Carla desapareció tras la puerta del aseo. Un minuto más tarde salió del lavabo y se dirigió de vuelta a su camarote, tanteando los muebles con ambas manos, por miedo a tropezar. Tenía la mano sobre el tirador de la puerta cuando sonó un corto estornudo.

BÁRBARA – Salud.

CARLA – ¿Eh?

BÁRBARA – Tápate bien, no vayas a coger frío. Si te hace falta, puedes coger más mantas, de esas gruesas que nos dio Carlos. Están en el armario de la habitación de tu abuelo. Hemos traído un montón, para cuando… volvamos todos. Ahora no nos conviene coger un catarro.

            Carla se había quedado quieta, con la mano sobre el tirador, algo extrañada.

CARLA – Yo no he estornudado.

            Bárbara frunció el ceño. De lo que no cabía la menor duda era que Darío no había sido, pues el estornudo no provenía de cubierta, sino de ahí abajo. La profesora sintió un mal presagio.

BÁRBARA – ¿De verdad que no has estornudado?

CARLA – No. Además, el estornudo venía de donde estás tú.

BÁRBARA – ¿Entonces quién ha sido?

            La veinteañera alzó los hombros, demostrando su ignorancia al respecto. Tenía demasiado sueño y estaba dispuesta a pasarlo por alto, pero Bárbara se había puesto muy nerviosa y decidió llegar hasta el fondo del asunto.

Carla observó curiosa cómo la profesora sacaba una linterna de debajo del acolchado del asiento. Tuvo que llevarse el brazo a los ojos para protegerse del fogonazo de luz, pues sus pupilas estaban completamente dilatadas. Darío se asomó por la escotilla, algo molesto por el jaleo que sus compañeras de viaje estaban formando a esas altas horas de la madrugada.

DARÍO – ¿Se puede saber qué hacéis ahí abajo? ¿Tenéis una idea de la hora que es?

BÁRBARA – Espera… espera un momento.

DARÍO – Idos a dormir. Que si no mañana os vais a caer de sueño y no me vais a atender.

BÁRBARA – Sólo momento, por favor.

            El viejo pescador chistó con la lengua y puso los ojos en blanco. Abuelo y nieta observaron cómo Bárbara abría con sigilo la puerta de su camarote. Estaba convencida de que el estornudo había tenido que venir de ahí. La veinteañera tenía razón. Ambos contemplaron cómo la profesora abría un armario detrás de otro, enfocando con la linterna, apartando trapos y demás objetos. Lo puso todo patas arriba, sin que ello sirviese de nada. Todo parecía en regla, pero aún así Bárbara no estaba satisfecha. Ahora ya sólo le quedaba un sitio por revisar: el minúsculo espacio de almacenaje que había bajo la cama en forma de triángulo en la que había estado tumbada hasta hacía escasos minutos. A duras penas medía veinticinco centímetros de alto y poco más de un metro de profundidad. La profesora se puso de rodillas, linterna en mano, y deslizó la portezuela a un lado.

            El grito de Bárbara debió escucharse a más de un kilómetro a la redonda. Desde su posición, ni Carla ni Darío pudieron ver lo que sí veía la profesora, pues ésta lo ocultaba con su cuerpo.

BÁRBARA – ¡Joder, qué susto me has dado! ¡¿Se puede saber qué haces tú aquí?!

            Tras los gritos de Bárbara, sin solución de continuidad, se escucharon unos llantos infantiles. Ello hizo que abuelo y nieta se relajasen considerablemente. La veinteañera había contemplado incluso la posibilidad de coger una de las pistolas que tenían guardadas bajo el fregadero. Por fortuna, eso no haría falta.

La profesora se giró hacia atrás, todavía arrodillada en el suelo, con la linterna apuntando a la puerta. A la veinteañera le llamó la atención que estuviese sonriendo.

CARLA – ¿Qué pasa?

BÁRBARA – No, no pasa nada. Sólo que… tenemos un polizón.

            Bárbara se giró de nuevo hacia aquél minúsculo compartimiento y le ofreció una mano a Zoe para ayudarla a salir de ahí abajo. La niña la sujetó y salió dificultosamente de debajo de la cama, donde llevaba más de ocho horas escondida.