Archivos para 28/04/2015

3×958 – Más

Publicado: 28/04/2015 en Al otro lado de la vida

958

 

Camarote principal del velero Nueva Esperanza

9 de diciembre de 2008

 

Zoe estaba sentada a un lado de la mesa, con la cabeza gacha. Carla y Bárbara estaban frente a ella, en el otro banco. La profesora había preparado una cena improvisada a la pequeña, pero Zoe no paraba de llorar y aún no había probado bocado. Darío seguía en cubierta, bien abrigado y ajeno a lo que ocurría en el camarote principal. La presencia de Zoe no suponía ningún inconveniente para él.

BÁRBARA – ¿Tú sabes lo preocupados que deben estar ahora los demás, Zoe? Esto que has hecho es muy irresponsable. Ahora vamos a tener que dar media vuelta por tu culpa.

            Zoe gimoteó de nuevo. Tenía los ojos rojos de tanto llorar. Nunca antes había recibido una bronca así por parte de Bárbara.

ZOE – Lo siento mucho… Lo siento, de verdad… Yo… Yo avisé a Ío antes de irme, y le dije que… que… que les dijera a los demás que me… que… que me había venido con vosotros. Ellos no… no… no se… yo se lo dije para que… para… para que no… no se preocuparan.

            Bárbara chistó con la lengua. Estaba disgustada con Zoe, pero en el fondo era incapaz de enfadarse con ella. Con frecuencia le costaba verla como lo que realmente era: una niña.

BÁRBARA – Te dije que no vinieras porque el viaje puede ser peligroso, cariño. Nos podemos cruzar con gente mala, como nos pasó la otra vez. ¿No lo entiendes? No es que no quiera que te vengas, es que… lo que no quiero que te pase nada malo.

ZOE – Morgan se fue, y no volvimos a saber nada más de él. Yo… no quería que tú también te fueras. Yo… quiero estar contigo.

            Zoe ocultó su rostro sobre los brazos que tenía apoyados en la mesa y empezó a llorar de nuevo. Bárbara sintió un pinchazo en el estómago. Negó con la cabeza, se levantó de su asiento y rodeó la mesa para colocarse a su vera.

BÁRBARA – Anda, ven aquí.

            La pequeña incorporó un poco la cabeza, y Bárbara la estrechó entre sus brazos. Zoe la abrazó con fuerza y siguió gimoteando, aunque ahora algo más calmada.

Carla las observaba con una sonrisa en los labios. Si no fuera porque sabía que no era así, hubiera podido jurar que eran madre e hija. Pronto reconoció que estaba de más ahí, y se apartó sigilosamente, para acto seguido subir a cubierta a hacer algo de compañía a su abuelo, que a esas alturas ya había asumido que nadie se iría a dormir en breve.

            Bárbara y Zoe se quedaron abrazadas cerca de un minuto, en silencio, hasta que el llanto de la pequeña se transformó en un ligero silbido.

BÁRBARA – Ya está… Ahora tranquilízate.

ZOE – Es que yo… no quería… Tenía miedo de que cuando encuentres a tu hermano y a tu sobrino… ya no quisieras volver con nosotros.

BÁRBARA – Zoe, por el amor de Dios. Eso no lo digas ni en broma. ¿Entendido? Tú también eres mi familia.

            La mandíbula inferior de Zoe empezó a temblar de nuevo. Ambas se aguantaron la mirada un par de segundos. Zoe estaba a punto de estallar de nuevo en llanto.

BÁRBARA – Ya verás cuando te presente a mi hermano. Le vas a caer genial. Es… un poco viejo, pero… es muy buena persona. Se le da muy bien hacer manualidades. Le diré que te enseñe a hacer pajaritas de papel. A mi intentó enseñarme cuando era pequeña, pero… yo era muy torpe y no me salían. A ti seguro que se te da mejor. Tienes mejor mano para esas cosas. Darío dice que podemos llegar ahí en cuatro o cinco días, si seguimos teniendo tan buen viento como hasta ahora.

ZOE – ¿Eso… eso quiere decir que… que me puedo quedar… con vosotros?

            La profesora respiró hondo y asintió, convencida. Zoe no pudo ocultar su alegría y la abrazó de nuevo, para luego besarla repetidamente en las mejillas. Bárbara rió, pues la niña le estaba haciendo cosquillas con la nariz.

BÁRBARA – ¿Te habrás traído ropa, por lo menos?

ZOE – ¡Sí! Tengo una mochila… ¡Mira!

Bárbara vio correr a la niña de vuelta a su escondrijo, del que sacó una enorme mochila de las que utilizaban para hacer las rondas de limpieza. Zoe la abrió y comenzó a extender su contenido sobre la mesa, explicándole a Bárbara sobre la marcha todo lo que había traído consigo. Había varias mudas limpias, un par de zapatillas de deporte, su pistola con algo de munición, algunas latas de conserva y varias bolsitas llenas de ositos de goma, entre otras muchas cosas de dudosa utilidad.

BÁRBARA – Así que… lo tenías todo planeado.

ZOE – ¡No! No, no. Se me ocurrió después de que tú te fueras.

BÁRBARA – ¿Pero cuándo subiste al barco?

ZOE – Cinco minutos después de que te fueras de casa. Ío me ayudó. Pero… a ella no le digas nada, ¿eh? Es todo culpa mía.

BÁRBARA – ¿Cómo que te ayudó Ío?

ZOE – Vosotros estabais ahí hablando al lado del barco, y… yo me colé por detrás. Ella me avisó para que subiera cuando no estabais mirando. Nadie se dio cuenta.

BÁRBARA – Madre mía…

ZOE – Me escondí ahí abajo, con la mochila, y cerré desde dentro. Cuando… cuando os parasteis a mitad de camino y empecé a escuchar disparos, salí a ver qué pasaba. Yo también maté a un par de infectados. Todavía no sé cómo no os disteis cuenta de que estaba ahí arriba en el barco. No sé cómo no me visteis.

BÁRBARA – Ahora que lo dices… algo me dijo Chris… Pero no le di importancia.

ZOE – Yo estaba convencida de que él tenía que haberme visto. Me agaché cuando él se giraba, pero… yo qué sé, no… no me vio. Luego cuando os subisteis otra vez a la furgoneta, me volví a esconder, y… como parecía que nadie se había dado cuenta… no dije nada.

BÁRBARA – Vaya una buena espía que estás tú hecha.

            Zoe mostró una sonrisa tímida. Aún estaba algo sensible, pero se había relajado mucho al ver que Bárbara ya no la reñía.

BÁRBARA – Mira, yo con que te vuelvas a esconder ahí abajo si pasa cualquier cosa, ya me conformaría. Si no te llego a escuchar estornudar, ni se me hubiera ocurrido que estabas aquí.

ZOE – Es que ahí abajo hay mucho polvo…

            Bárbara esbozó una sonrisa.

BÁRBARA – Ahora haz el favor de comer algo, que nos tenemos que ir a acostar.

Zoe asintió. Cogió el tenedor que había sobre la mesa y lo hundió en la lata de corazones de alcachofa que tenía delante. Resultaba evidente que la niña estaba hambrienta, pues pese a que ese no era uno de los platos favoritos, comió con ganas. A duras penas había probado bocado al mediodía y todavía no había cenado. Bárbara la observó alimentarse unos segundos y acto seguido subió a cubierta a dar la noticia a sus otros dos compañeros: Zoe se quedaría.